Ey ey ey, hola a todos otra vez. ¿Ha pasado poco, eh? Lo sé, estoy intentando remediar mi ausencia tan larga... Bueno, éste capítulo promete. Sinceramente me está fascinando escribir esta historia porque al fin estamos llegando a la parte interesante. Quiero agradecer a todos los que me alientan para seguir adelante y a los que siguen este Fic. Muchísimas gracias por formas parte de esta historia. Sin más preámbulos: El capítulo...

-Capítulo 6: Lo correcto-

-Mérida, ya para.- Pidió el castaño entre risas. La bella princesa no paraba de dar vueltas por toda la casa, cantando y bailando, a veces arrastrando a Hipo en su camino. Esa mañana se había despertado con todo el humor del mundo e Hipo sentía cierta culpabilidad de la buena por ello. Al fin Mérida había vuelto a ser la alegre pelirroja que recordaba con tanto cariño y él se sentía mucho más relajado y… feliz.

-Todos bailando, damas girando, padres cantando así… ¡Yeah!- Cantaba ella con tanto entusiasmo mientras hacía que, dé a turnos, Hipo y la anciana se movieran con ella. Era obvio, algo había cambiado en su interior, ella misma lo sentía con mucha profundidad; y sabía perfectamente que esa alegría que no había experimentado en meses se debía a aquel despertar junto a su amado Hipo.

Lo tenía claro. Lo amaba, no había nada que hiciera que cambiase de opinión. Aceptarlo la había llevado a darse cuenta de dos realidad completamente diferentes: La primera era que finalmente y luego de tanto esperar, se había enamorado realmente. La segunda, por desgracia, era que lo había hecho del chico más erróneo que alguna vez pudo imaginarse.

Sin embargo, no quería pensar en aquello, por ahora solo quería dejar que su corazón disfrutara de ese calor agradable que le había faltado por tanto tiempo.

-¡Muy bien, muy bien!- Hipo tomó en brazos a la bella joven que se desplazaba por la cocina y la atrajo hacia él para pararla. Sus ojos estaban inundados de felicidad. Eso lo reconfortaba ya que Mérida había derramado demasiadas lágrimas en muy poco tiempo y verla sonreír era todo un logro para el domador de dragones. Con su mano libre se aseguró de acariciar la suave mejilla de su amada amiga, solo para luego no poder contener el impulso de darle un ligero beso en los labios.

-¿A qué se debe ese beso?- Preguntó ella con una sonrisa. Una inocente y cálida sonrisa que cada vez que tenía la osadía de aparecer, a Hipo le fallaban las neuronas.

-Esta mañana estas radiante.- Confesó él, con cierto sonrojo placentero.- ¿Cómo piensas que pueda resistirme?- Mérida simplemente sonrió y volvió a entrelazar sus labios, esta vez llegando un poco más allá que un simple roce. A sus espaldas se escucharon varios carraspeos incómodos.

-Bueno, supongo que es mejor que vaya a dar un paseo.- Comenzó a decir la anciana bruja que, aunque ambos se habían olvidado de su presencia, ella seguía estando allí.

-Oh, no es necesario.- Dijo Mérida en cuanto se separaba rápidamente de Hipo y sus mejillas se tornaban aún más rojas de lo que ya naturalmente eran.- Solo estábamos…- Quiso agregar.

-Hija.- La interrumpió ella.- Quizá sea una anciana de trescientos años que se pasa sus días esculpiendo madera, pero sé exactamente cuándo ciertas situaciones requieren de privacidad.- Sonrió, mientras guiñaba un ojo hacia la pareja de jóvenes.- Iré a la ciudad en busca de provisiones.- Agregó.- Intenten no desordenar demasiado la casa.- Sonrió y, luego de un breve saludo con la mano, se colocó su capucha para retirarse con el silencio de una sombra por la puerta.

Hipo y Mérida compartieron una mirada avergonzada, un poco pretenciosa y juguetona. La pelirroja decidió aligerar el ambiente mientras recogía los utensilios que habían utilizado para el desayuno, labor que nunca realizaba, pero debía comenzar por algo.

La mente del domador de dragones era un verdadero desastre. No encontraba otro milímetro más de materia gris que ocupar. Era evidente que su vieja amiga lo volvía loco y hacía que todos sus principios se esfumaran con tan solo dedicarle una sonrisa; pero también era evidente que lo que hacía se llamaba traición y engaño. Mientras él pretendía jugar al amante con Mérida, quien por supuesto no tenía la culpa de absolutamente nada, Astrid se encontraba sola en casa, aguardando por su llegada. No necesitaba ser un genio para saberlo, puesto que él también la echaba de menos y estaba cien por ciento seguro de que ese sentimiento era mutuo. Se sentía un completo fracasado, mal novio y amigo.

Una duda se plantó en lo profundo de su mente, dejándolo perturbado y muy enfurecido consigo mismo: ¿Qué haría ahora?

Dejar a Mérida en ese momento no era una opción, puesto que había sufrido mucho estos últimos días y no quería causarle más dolor. Tampoco era viable quedarse en Dunbroch, ya que a pesar de que no quería admitirlo, debía volver a Berk con su padre y su futura esposa; no podía quedarse haraganeando.

La joven princesa desvió la vista hacia su amigo, solo para notar que éste miraba con un semblante demasiado triste hacia el horizonte. Dejó su tarea de lado y se acercó a él para tomarlo por el hombro y preguntarle si todo andaba bien.

-Solo estoy algo perturbado.- Confesó él, intentando ser lo más honesto posible con la pelirroja. Era lo que ella se merecía, después de todo.

-¿Qué es lo que te aflige?- Preguntó con dulzura, mientras lo tomaba del brazo y lo hacía sentarse en un sofá que se encontraba no muy lejos de ambos, para luego ella colocarse frente a él. Hipo agachó la mirada, sin saber qué responderle a la joven. Herirla haría que perdiera todo el respeto que se tenía a sí mismo. No, no iba a decirle nada sobre Astrid. Por lo menos, no aún; no ahora que el estado de Mérida era tan delicado.

-Es Chimuelo…- Mintió, rompiendo su idea de ser completamente sincero con ella.- Entiende que no estoy acostumbrado a estar mucho tiempo separado de él. Es mi mejor amigo, después de todo.- Dijo, con algo de decepción en su tono de voz. Mérida pareció no notarlo, o quizá ella no quería notarlo. Tal vez simplemente no quería dudar de él.

-¿Acaso no tienes otros amigos en Berk?- Sonrió ella con aire gracioso, intentando subirle el ánimo al castaño.- No creí que mi partida te hubiese traumatizado tanto como para no volver a hacer amigos humanos.- Hipo soltó una leve risita ante este último comentario.

-No te burles.- Le pidió.- Hasta que no le demostré a todo Berk que era un grandioso domador de dragones, nadie me creía y no tenía ningún amigo.- Confesó, algo triste.- Chimuelo fue el primero de todos, de hecho. Pero luego los salvé a todos de una muerte horrible a menos del dragón Alfa y los amigos, el respeto, las invitaciones… las mujeres…- Sonrió, provocando a su amiga.- Llegaron solos.- Mérida estiró la mano para rozar sus cálidos dedos al dorso de la palma de Hipo.

-Lamento no haber estado ahí para apoyarte.- Hipo levantó la vista, para ver que los ojos de Mérida se mostraban realmente arrepentidos.- Yo te hubiese creído.- Hipo bufó.

-Luego de ver cómo reaccionaste ante Chimuelo me cuesta mucho creerte.- Mérida se cruzó de brazos, ofendida.

-Hipo, en aquel entonces yo te veía a ti como… como un genio.- Sonrió, algo ruborizada.- Para mí, todo lo que tú hacías o decías era lo correcto y te admiraba como jamás he admirado a nadie en mi vida. Siempre supe que tú serías diferente, pero el tipo de personas diferentes que hacen cambios tan grandes y extraordinarios que quedan grabados en las estrellas.- Hipo se sonrojó ante los halagos de su amiga, ella estiró su brazo para llegar a la mejilla de éste y acariciarla con dulzura.- Yo hubiese puesto mis manos al fuego por ti. Lo seguiría haciendo hasta el día de hoy. Sé que eres capaz de cosas magníficas y nunca dudé de que toda Berk se inclinaría ante ti algún día.- El domador de dragones, ya completamente halagado, tomó la mano que antes mantenía presa su mejilla y la llevó a hacia sus labios, para luego depositarle un tierno beso.

-Entonces… ¿Confías en mí?- Le preguntó, con cierto aire juguetón. La princesa asintió, interesada por el repentino cambio de humor de su amigo.- Bien, porque hay algo que quiero que intentes.-


Las fuertes pisadas de aquellas botas de piel de dragón resonaban en la habitación de aquel apestoso bar en esa brumosa isla en medio del océano. Todos esos criminales y mentes malvadas le serían muy útiles en su venganza contra Berk. Ya tenía el ejército y los hombres necesarios gracias a la amabilidad de la Reina Elinor, ahora solo necesitaba los dragones.

Se sentó en la barra, siendo protagonista de muchas de las miradas de los allí presentes. Pidió cerveza, la cual le fue servida por el camarero luego de lanzar un gruñido ante la actitud dominante de su cliente. Podía oír cómo susurraban a sus espaldas.

-¿Quién se cree ese forajido?- Preguntaba uno.

-Él es Drago Mano Dura.- Le respondía otro. Al escuchar esto, sonrió y se giró ante su público.

-Así es, mis apestosos amigos.- Le dio un buen sorbo a su bebida, para luego volver la vista a todos aquellos criminales que gozaban de su presencia.- Mi nombre es Drago Mano Dura y no me he ganado el respeto de todo el Océano Nórdico precisamente por ser un encanto de persona.- Rió.- Estoy buscando un equipo de caza dragones que tangan las suficientes agallas como para trabajar para mi causa.- Le dio otro sorbo a su trago antes de continuar.- La paga vale la pena, pero deberán ser eficientes. No tolero errores ni quejas, no soy el tipo más paciente tampoco.- Desvió la mirada hacia todos aquellos que le prestaban atención, que eran absolutamente todas las personas allí presentes. Un joven fornido, de cabello castaño y tatuajes en la cara, fue quien dio un paso al frente.

-Mi tripulación y yo estamos acostumbrados a lidiar con dragones. Jamás se nos ha escapado ninguno.- Drago sonrió con suficiencia.

-¿Crees que tienen la habilidad necesaria para cumplir todas mis expectativas?- El joven asintió.- Bien, comenzarán ahora mismo. ¿Cómo se supone que debo llamarte?- Rió Drago, sorprendido ante sus sarcásticos modales.

-Mi nombre es Eret.-


-H-hipo.- Tartamudeó Mérida.- Creo que esto no es una buena idea.-

-Estaremos bien.- Dijo él, absolutamente relajado, aunque algo falto de aire debido al fuerte abrazo que le proporcionaba Mérida.- Dijiste que confiabas en mí.- La acusó él.

-Confío en ti.- Aclaró.- Pero no confío en él.- Confesó mientras le lanzaba una mirada de disgusto al dragón.

Ambos se encontraban en el mismo lugar en donde se habían reconcentrado, lugar en donde se ocultaba Chimuelo. El dragón se mostró algo repulsivo hacia la princesa, aunque no era su culpa, puesto que Mérida tampoco se veía muy convencida de la idea de montarse en un Furia Nocturna o montarse en cualquier otra cosa que no fuera su preciado Angus. Sin embargo, Hipo se las arregló para convencer a su amiga de dar un único vuelvo con él. Si no le agradaba, jamás volverían a intentarlo y dejaría de insistir.

-¿Lista?- Le preguntó, una vez que estuvieron al borde del risco, con la cascada cayendo a su derecha. La princesa miró por sobre el hombro de su amigo cómo el suelo se terminaba y comenzaba una caída de muerte. No le temía a las alturas, lo que le preocupaba era que su vida dependiese en ese momento de un animal que alguna vez intentó matarla.

-Creo que comienzo a arrepentirme.- Confesó.

-Entonces estás lista.- Anunció el jinete, para luego indicarle a su amigo que avanzara.

Automáticamente, el dragón dio un salto para luego caer en picada al vacío. Hipo reía ante el repentino abrazo mortal que su amiga le estaba brindando en ese momento. Cuando tan solo estuvieron a metros del suelo, Chimuelo desplegó sus alas, elevándolos en el acto. Una vez la caída libre había terminado, Mérida se animó a abrir los ojos y, al hacerlo, se deslumbró con la rapidez y belleza que el animal se desplazaba sobre el océano. Hipo le indicó a Chimuelo que se elevara y que pasaran a centímetros de la cascada, haciendo que su ala derecha se mojara un poco, salpicando a ambos amigos montados en su lomo.

El abrazo que antes los aferraba, ahora solo era parte del recuerdo. Mérida se había soltado por completo, maravillada por la asombrosa vista que desde allí arriba podía presenciar. Ahora entendía por qué Hipo la había persuadido a ser su pasajera, él sabía que ella amaría aquellas vistas. ¿Qué mejor para un arquero que la altura? Desde allí se sentía la reina del universo. Se sentía… libre.

Hipo, ya un poco aburrido de la velocidad crucero, guió a Chimuelo hacia las alturas, volviendo a generar que los brazos de Mérida lo rodearan, esta vez un poco más sueltos. Cuando su amigo alado no pudo subir un centímetro más, comenzaron a girar y a bajar velozmente. Chimuelo casi ronroneaba de alegría, después de casi dos días sin volar. La joven princesa a sus espaldas tampoco parecía nada acobardada, gritaba de emoción y reía como una niña que es arrojada hacia arriba y luego vuelto a ser atrapada por su padre.

-Odio tener que admitirlo.- Dijo Mérida minutos después, cuando el sol ya se estaba escondiendo y ellos disfrutaban de la vista desde el lomo del dragón, mucho más relajados y con su sed de emoción satisfecha.- Esto es algo de otro mundo. Jamás había experimentado algo como esto.- Suspiró, algo avergonzada debido al recuerdo por haber actuado de una forma tan terca e infantil el día que se rencontraron.- Lamento haber sido tan…-

-Meri…- La interrumpió Hipo.- No tienes por qué disculparte.- La princesa sonrió y depositó su mejilla sobre el hombro de su amigo, abrazándolo de la cintura. Hipo se soltó de su agarre para depositar sus manos sobre las de la pelirroja y suspirar con pesadez. Su tacto le quemaba y se depositaba bajo su piel. Mérida era toda perfección. Todo en ella era perfecto. Su sonrisa, sus rizos, sus manos, sus ojos, su risa, su espíritu… Dejarla sería muy duro. La calidez que ella le provocaba era peor que cualquier tabaco o alcohol, se había vuelto adictivo y demasiado tentador como para manejarlo. A pesar de que Astrid era una de las mujeres más codiciadas de todo Berk, apostaría su vida que si Mérida ponía un pie nuevamente en esa isla, todos se arrojarían a ella como fieras. Sin embargo, ninguno de aquellos revoltosos y brutos vikingos se merecía el amor de esta dulce princesa, ni si quiera él.

Era un idiota y un estúpido por haberse ganado el mejor premio de todos ocultando verdades. Si tan solo se hubiese tomado el tiempo de decirle a Mérida que estaba comprometido y no haberlo desperdiciado en intentar conquistarla, se estaría ahorrando todas esas batallas mentales que ahora le estaban evitando poder disfrutar de su compañía.

Pero incluso sabiendo que aquello no estaba bien, por alguna razón sentía que era lo correcto. Eso que sentía no podía surgir de un día para otro, es decir, habían pasado poco más de veinticuatro horas desde su rencuentro y el sentía que estaba demasiado enamorado para dejarla ir. ¿Cómo era eso posible? La enorme belleza tanto física como espiritual de Mérida no eran excusas válidas. Ese amor que se sentían debió haber nacido hace demasiado tiempo, solo que tuvo que esperar muchos años para hacerse presente. Debía esperar a que ambos estuvieran lo suficientemente listos para concretar aquella pasión que los unía, pero ahora, que ambos tenían planes y futuros tan diferentes, ¿cómo llevarían el pesar?


La cama no se veía nada tentadora a pesar de que había pasado casi dos días sin dormir desde la huída de Mérida la noche anterior. Fergus le rogó que se quedara en la habitación y que intentara recuperar fuerzas, pero era imposible, sus pensamientos la hacían dar vueltas sin parar, haciendo que conciliar el sueño sea una misión imposible.

Así que ahora se encontraba deambulando por los pasillos del castillo, idealizando una y otra vez la muerte de aquel joven domador de dragones. Sin poder contener la ira, corrió hacia afuera y descargó aquel grito que tenía en su garganta desde hace ya demasiado tiempo. Como si aquello no hubiese despertado a la mitad del castillo, la mismísima Reina Elinor tomó un hacha que yacía clavada en el centro de un árbol ya talado; y comenzó a darle golpes desgarradores a uno de los mástiles que sostenían el establo de los caballos.

-Piensa Elinor, piensa.- Se decía entre cada golpe.- ¿Dónde pueden estar escondiéndose?- Se preguntaba.- He buscado en todo rincón de la isla...- Una idea aterradora se le vino a la mente.- No, Mérida no sería capaz de irse… ¿O sí?- Gritó nuevamente, desahogando su furia.- ¿Por qué tuvo que aparecer? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?- Se preguntaba, mientras caminaba de aquí para allá, mordiéndose las uñas con manos temblorosas.

-¡Majestad!- Escuchó a sus espaldas.- ¡Los hemos encontrado!- Elinor se volteó a ver al joven guardia que corría hacia ella con gran entusiasmo.

-¿Dónde? ¿Dónde están?- El muchacho, exhausto por la travesía que debió pasar corriendo, se tomó simplemente algunos segundos para respirar, los que fueron suficientes para agotar la paciencia de la Reina.- ¡Responde, maldita sea!- El guardia levantó su dedo y apuntó hacia el bosque.

-Vimos al dragón a lo lejos y al atravesar el bosque para ir en su búsqueda nos encontramos con una pequeña cabaña. Parecía abandonada, hasta que nos acercamos.- Comentó, entre jadeos, para luego tenderle a Elinor un pequeño broche de oro con el símbolo de su castillo. Un broche que le había obsequiado a Mérida para su cumpleaños número dieciocho.- No había nadie en la casa, pero la chimenea estaba encendida y lucía en buen estado. La princesa Mérida se esconde en aquel lugar.- Elinor levantó la vista, enfurecida.

-Mi hija no se está escondiendo.- Lo corrigió.- La mantienen cautiva.- Aferró el broche en su puño.- Ese domador de dragones es una amenaza. Si no lo obligamos a irse, nunca lo hará. Prepara a la guardia real, iremos por Mérida.-


Hipo y Mérida caminaban entre risas de regreso a la cabaña. Él mantenía sus manos unidas a pesar de que debido al entusiasmo de la joven por haber volado, daba brincos y giros, pero siempre encontraban la forma de volver a unirse.

La cabaña se veía algo obscura, probablemente el fuego que habían dejado de aquella mañana ya se había extinguido hace horas. La anciana bruja tampoco parecía haber vuelto, por lo que ambos acordaron encender la chimenea y preparar pan fresco antes de que ella volviese.

La princesa se encontraba en la cocina, pretendiendo hacer algo, puesto que ser servida por toda su vida había afectado sus dotes culinarios. Hipo, por otro lado, había ido en busca de leña y ahora regresaba a la cabaña con un montón de ésta última en sus brazos. Al ingresar, encontró a Mérida algo perdida y no pudo evitar soltar una carcajada.

-¡No te burles!- Le ordenó ella.- La cocina nunca ha sido mi fuerte.- Se excusó. El castaño simplemente menó la cabeza con aire divertido y, remangándose la camisa, se acercó a la cocina para ayudar a su amiga. Se paró detrás de ella y tomó sus manos en las suyas, ayudándola a tratar la masa de una forma más dulce. Mérida, un poco avergonzada por la cercanía del castaño, giró levemente la cabeza, dejando su mejilla cerca de sus labios. Hipo estaba descontrolado, había perdido todo el control sobre sus pensamientos. El olor de la piel de Mérida era una tortura y se animó a deslizar sus labios hasta su cuello y depositar allí algunos suaves besos.

¿Por qué no detenía aquella falta de respeto una princesa? Fácil, porque simplemente no podía. ¿Y por qué de hacerlo? Si en realidad le encantaba. Hipo era su debilidad, ya había aceptado que lo que sentía por él solo podía ser amor, así que ahora iba a darle riendas sueltas a su corazón y, por primera vez, iba a darle la voz de la razón.

Los besos se intensificaron, provocando que la joven princesa se girara para saborear los dulces labios de su amado. Hipo profundizó el beso de inmediato y se aferró a la cintura de la princesa. Ésta se divertía jugando con aquel cabello castaño que adoraba, llenándolo de harina en el proceso. Pero a ninguno de los dos le importaba si terminaban cubiertos de ella, estaban demasiado concentrados amándose como para notar cualquier otra cosa.

El domador de dragones ahora estaba siendo domado por una princesa.

-¡Mérida! ¡Hipo!- La voz angustiada de la anciana los precipitó a ambos, arruinando el ambiente y llenándolos de temor.

-¿Qué ocurre?- Se alarmó la pelirroja, acercándose a la anciana, seguida por Hipo.

-Algo terrible, hijos míos, deben irse de aquí ahora mismo.- La bruja comenzó a empujar a ambos jóvenes hacia la puerta.- Deben marcharse, vayan hacia Berk, allí estarán a salvo.- Hipo se sobresaltó.

-¿Por qué? ¿Qué ocurrió?- Preguntó, ya casi enfurecido.

-¡Es la Reina! Está viniendo hacia aquí, con toda la guardia real. Vienen en busca de Mérida.- La joven princesa abrió los ojos de par en par. Su madre estaba totalmente enloquecida, pero sabía que si movía a toda la guardia real solo para venir en su búsqueda, es porque además viene buscando cazar a Hipo.

-Debes irte.- Le rogó al castaño.-

-¿Qué?- Preguntó éste, confundido.- Mérida… ¿por qué? No te dejaré.- Confirmó, decidido.

-Hipo ella te matará si te encuentra.- Tomó el rostro del joven entre sus manos.- Jamás me perdonaría si te hacen daño.- Hipo tomó las manos de Mérida entre las suyas y le lanzó una mirada totalmente convencida, llena de seguridad.

-No pienso irme de ésta isla sin ti.- La pelirroja le sostuvo la mirada por un par de segundos, antes de ser distraída por la anciana, que llamó su atención al hacer aparecer la armadura de Hipo, que había quedado en el castillo, puesta en él; luego su arco, cual se posó entre sus manos, y su carjac de flechas bien puesta en su espalda.

-¡Ambos deben irse!- Les ordenó. Hipo se aferró a la mano de Mérida.- Pequeños…- Comenzó.- Su reencuentro es obra del destino, lo que ambos comparten es único y mágico. Sin embargo, un amor así no puede existir sin antes ponerse a prueba. Vendrán épocas oscuras, de mucha tristeza y soledad, pero les aseguro que no serán nada comparado a la felicidad que se brindarán mutuamente en cuanto hayan pasado todas sus pruebas. Créanme, el destino los ha hecho esperar todo este tiempo por una sola razón. Ahora es el momento de que ambos la descubran.- Habiendo dicho esto, la anciana misteriosamente se desvaneció, dejando la casa a oscuras y a ambos jóvenes repletos de preguntas.

Nuevamente, fue Mérida quien tomó la iniciativa y, aferrada a la mano de su amado, comenzó a correr en dirección hacia el acantilado, en donde aguardaba Chimuelo.

-¡Allá van!- Se escuchaba a sus espaldas.

-¡Son ellos! ¡Capturen al muchacho y rescaten a la princesa!- Gritaba otro.

Al llegar donde el dragón, Hipo despertó bruscamente a Chimuelo, intentando no asustarlo demasiado. Logró subirse a su lomo, pero cuando le tendió la mano a su amada amiga para que ella se posicionara, un grito desgarrador la paró en seco.

-¡Mérida!- Era su madre, con aquel llanto tan aplastante que le recordó la pésima hija que había sido esos últimos días.- Hija mía, por favor, no lo hagas.- Suplicaba ella. Los guardias ahora se mantenían apuntando sus lanzas y arcos hacia Hipo y su dragón, algunos bastante asombrados por el exótico animal. Sin embargo, la joven princesa se enfocaba en las armas que éstos portaban y pudo notar que la única razón por la cual aún no habían derribado a Hipo era porque ella se interponía en su camino. Entendió, entonces, qué era lo que debía hacer.- Mérida, por favor, vuelve a casa.- La princesa volteó para ver a su amado, quien aún tenía su mano tendida hacia ella.

-Si voy contigo… ¿Lo dejarás ir?- Preguntó, con el corazón haciéndose pedazos.

-Haré lo que sea…- Contestó ella.

-¡Mérida, no!- Gritó Hipo a sus espaldas, provocando que la Reina frunciera el seño.- No tienes que hacerlo. Ven. Vámonos.- Le rogaba.- Ella solo te mantendrá prisionera de tu propio castillo.-

-¡Silencio, bastardo!- Se desquitó.- Tú has puesto la vida de Mérida en riesgo demasiadas veces, no te entrometas esta vez.- Volvió a fijar la vista en la joven.- Hija, siempre he sabido que tu corazón es demasiado noble como para cometer cualquier acto de maldad. Eres una excelente princesa y una hija extraordinaria. Sé que harás lo correcto.- Terminó por decir, antes de tenderle la mano.

-¿Lo correcto?- Susurró la joven princesa, mirando a su madre y luego girando nuevamente para enfocar la vista en la aún tendida mano del castaño, quien en sus ojos reflejaban temor. Aquel temor que ya había visto en sus ojos una vez, aquella noche en que sus caminos se vieron separados. Esos ojos que temían volverla a perder.- Sí madre… voy a hacer lo correcto.-


¡Question Time!

Me encanta que dejen Reviews por el hecho de que me encanta leerlas/los.

¿Me los merezco esta vez?

Tengo un par de preguntas que amaría que contestaras... Tú, si tú, el que esta leyendo esta historia:

1- ¿Qué es lo que te llevó a abrir este Fic? ¿El título? ¿El resumen? ¿La foto de portada? ¿El hecho de que era un Fic de Mericcup y hay pocos en español?

2- ¿Cuál ha sido tu parte favorita hasta ahora?

3- ¿Cuál crees que será la decisión de Mérida?

Tengo pensado hacer algo innovador, algo que involucre a los lectores. ¡Si veo que se comprometen a participar entonces llevaré a cabo mi plan! n.n

Un saludo... Y UN ABRAZOTE