Hola a todos, no se alarmen por el título del capítulo, esta historia no está pronta a terminar, así que descuiden... tendrán mucho más de mí y de VV por un tiempo. Quiero agradecer por el soporte que me dan capítulo tras capítulo... Es algo muy significativo. Me encanta que la historia prospere y no podría habelro hecho sin ustedes, mis amados y amadas lectores/as. Un beso grande a todos y gracias por sus Reviews 3
-Capítulo 7: Todo tiene un final-
La mañana se alzaba con firmeza y la neblina comenzaba a disiparse. Harris, Hubert y Hamish se escurrían nuevamente dentro de la cocina. Rudi aún no había despertado, por lo que era la ocasión perfecta para tomar un bocadillo antes del desayuno.
Con gran destreza y habilidad, los tres hermanos usaron su inteligencia y su fuerza combinada para llegar hasta el gran tarro de galletas que habían visto esconder a Rudi sobre la alacena. Hubert iba a por ellas, casi las tenía, cuando las puertas del palacio se abrieron bruscamente, provocando que su torre de sillas y de ellos mismos; desequilibrara y se desarmara por completo.
-¡Fergus!- Escucharon. Era la voz de su madre, con ese tono que siempre usaba cuando algo iba realmente mal. Seducidos por la curiosidad, se acercaron sigilosamente hacia la puerta de la cocina, abriéndola lentamente, para luego ver cómo su padre corría hacia su madre.
-Elinor, ¿qué sucede?- Pregunta éste. La Reina apenas podía respirar, no lloraba, pero se notaba que estaba punto de hacerlo.
-Se fue…- Susurro, sin darle a su esposo la posibilidad de escucharle.
-¿Qué?- Preguntó éste, ingenuo.- Elinor, ¿qué ocurrió?- La mujer levantó sus ojos verdes hacia su amado, pero esta vez inundados de una gran ira y una profunda tristeza.
-¡Se fue!- Gritó.- ¡Se fue con ese vikingo!- Fergus, quien no era demasiado inteligente, no consiguió interpretar las palabras de su esposa de inmediato, pero luego de una rápida unión de cabos, entendió.
Mérida se había marchado con Hipo.
La joven princesa observaba cómo se alejaba de su hogar y éste se perdía en el horizonte. Realmente lo había hecho. Había elegido a Hipo. Ahora no había vuelta atrás, ya había jugado todas sus cartas. Era ganar o morir.
-Meri…- La llama el jinete. Ella estaba de espaldas a él, abrazada a sus rodillas, aprovechado que Chimuelo se mantenía muy estable en su vuelo.- Meri, creo que debemos hablar sobre lo que pasó ahí atrás.- Volvió a decir, sin obtener ninguna respuesta por parte de la pelirroja, por lo que terminó por suspirar y volver la vista hacia adelante.
-¿Me amas?- Preguntó ella, de repente. Las mejillas de Hipo se enrojecieron como fuego ardiente.
-¿A qué viene esa pregunta?- Quiso saber, antes de contestar lo ya claramente obvio.
-Si no me amas, estoy perdida.- Confesó ella, dispuesta a contarle sus inquietudes.- No podré volver jamás… Bueno, por lo menos, no sin provocar una guerra entre Las Tierras Altas y Berk.- Se sinceró.- Dios santo, ¿en qué estaba pensando?- Susurró para ella misma, aterrada, mientras hundía su cabeza entre sus rodillas. Hipo, al escuchar esto, dejó a Chimuelo planenado y se soltó para girarse hacia la joven princesa. La tomó por la cintura y la giró hacia él, con cierta dificultad por encontrarse sobre un dragón a tantos metros de altura; pero lo logró.
-Ey, ¿qué diablos dices?- Le preguntó, tomándola del rostro y haciendo que sus ojos se conectaran.- ¿Acaso te estás arrepintiendo?- Mérida simplemente suspiró.- ¡Mérida!- Se sobresaltó él.- ¿Cómo vas a si quiera considerar la idea de que yo podría dejarte tirada como si no me importaras en lo más mínimo?- La princesa desvió la mirada, solo para volver a ser atraída hacia los ojos verdes de Hipo por sus fuertes pero suaves manos.- ¿Estás bromeando, Mérida?- Se ofendió él.-
-Solo hemos estado juntos dos días, ni si quiera te conozco.- Pronunció ella, casi susurrando, pero fue suficiente para destrozar el corazón de Hipo. Él, furioso con la pelirroja pero aún más consigo mismo, soltó con delicadeza el rostro de la joven y giró para tomar las riendas de Chimuelo y hacer que éste diese una vuelta de 180°.
-¿Q-qué haces?- Se sobresaltó Mérida, tanto por la repentina maniobra que casi la tira como por el hecho de que volvían hacia Dunbroch.
-Te llevo de vuelta.- Mérida tomó a Hipo de los hombros, tirándolo hacia atrás.
-¡No! ¡Espera!- El castaño se mantenía firme.- No me he explicado bien. Por favor, escúchame.-
-Ya has dicho suficiente.- La cortó él.
-Hipo, entiende que yo estoy en la cuerda floja… Si tú me dejas o, los Dioses jamás lo permita, te mueres… ¿Entonces qué será de mí, Hipo? ¿Qué haré sola y asustada en Berk?- El castaño fingía no escucharla, pero en sus palabras encontraba una triste realidad. Además, aún debía darle la terrible noticia de que estaba comprometido. ¡Estaba llevando a su amante a su propio hogar! Era una receta para el desastre, pero se juró a sí mismo jamás herirla. No quería hacerlo. Ella no se merecía aquello.- Hasta que apareciste, jamás me había enamorado, pensé que nunca encontraría a alguien que sintiera que me completara; y, entonces, te encontré. ¿Quieres la verdad? Estoy aterrada. Aterrada porque lo que siento es demasiado fuerte para controlarlo, aterrada porque estoy actuando de la manera más egoísta del mundo, aterrada porque me dirijo a un lugar casi desconocido con el chico que mi madre me prohibió acercarme y, principalmente, aterrada porque siento que esto está bien a pesar de que se que es absolutamente lo contrario.- El domador de dragones suspiró, con terrible tristeza cargada en su corazón, porque él se sentía de igual forma y ahora, ninguno de los dos estaba pensando racionalmente.- No nos conocemos. A penas si es que hablamos sobre nosotros. Ni si quiera sé si en verdad no hay alguien…- Mérida sintió como el pánico inundaba su garganta.-… no hay alguien esperándote e Berk.-
-¿Eso importa?- Preguntó con desilusión el castaño.
-Sí, Hipo.- Confirmó ella, con firmeza.- Importa y mucho más para mí.- El terror se apoderó de ella.- ¿Hay alguien, Hipo?- Quiso saber. Era hora, necesitaba decírselo. Necesitaban tomar una decisión y eso requería toda la verdad. A continuación, divisó un archipiélago a lo lejos y decidió aterrizar ahí. Hipo desmontó a Chimuelo, seguida por la ahora muy preocupada Mérida.
-Hay algo que debes saber.- Pronunció, mirando hacia su amada amiga, quien ahora lo observaba con los ojos inundados de ansiedad.
Tormenta olfateó toda la zona. Haberlo entrenado como una rastreador había servido mucho los últimos años, le resultaba más fácil encontrar a Hipo. Había viajado por dos días sin descansar, por lo que suponía que aquel viaje que a su prometido le habría levado semanas, ella lo había reducido increíblemente. Su dragón estaba agotado, pero también estaba entusiasmado, sentía que el final del rastro no estaba lejos.
-Tranquilo, amigo, estoy segura de que no anda demasiado lejos.- Por lo menos tenía un buen presentimiento, estaba casi segura de que seguía vivo. Tormenta comenzó a precipitarse, había encontrado un rastro muy fuerte, tanto de Hipo como de Chimuelo. Había neblina, lo que obligó a Astrid a entrecerrar los ojos para divisar su objetivo. Eran unas cuantas islas, llenas de montañas y, a lo lejos, podía divisar un castillo.- Oh, Hipo. ¿En donde rayos te fuiste a meter?-
Ambos se acercaron a un claro, cerca de un risco del cual descendía una hermosa cascada. Todo estaba muy silencioso y presentía que algo malo había pasado allí. El sol ya iluminaba con todo fervor el cielo diurno, haciendo que un pequeño objeto se destacara por su brillo entre el césped. Caminó con cautela hasta llegar a centímetros del objeto y, sin ninguna necesidad de tomarlo, reconoció de qué se trataba. Era esa piedra caliza que le había dado a Hipo antes de uno de sus primeros viajes tan largos. Ahora la preocupación la sofocaba.
-¡Alto ahí! ¡No te muevas!- Escuchó, proveniente del bosque. Al voltearse, notó a cuatro hombres con relucientes armaduras apuntándola con sus lanzas. Luego llegaron a sus oídos los quejidos de Tormenta, quien luego de voltearse hacia él, notó que lo habían sometido violentamente contra el suelo otros cinco hombres más.
-¡No lo lastimen!- Reclamó, para luego sentir cómo las lanzas anteriores se habían aproximado aún más a su cuerpo. Levantó las manos hacia la cabeza con lentitud, mientras observaba como trataban a su dragón con tanta rudeza.- Por favor, haré lo que sea, solo no lo lastimen.- Rogaba, ahora rendida.
-Tú vienes con nosotros.- Pronunció uno de los hombres.
-¿A dónde me llevarán?- Quiso saber, antes de moverse.
-Tu destino será juzgado por nuestra Reina, Elinor de Dunbroch.-
Hipo caminó en círculos, muy nervioso, intentado encontrar las palabras exactas para decirle a la mujer que amaba aquello que de seguro lo haría perderla. Ni si quiera sabía qué era lo que él quería, pero necesitaba decírselo, liberarse de ese peso de una vez por todas. Una vocesita en el fondo de su mente le decía a gritos que si Mérida decidía perdonarlo, era hora de comenzar a tomar serias decisiones.
El castaño se acercó a su amada para mirarla a los ojos. Iba a ser completamente sincero. El tiempo había llegado de hacerse cargo de sus errores.
-Estoy comprometido.- Confesó, sin dejar de mirarla. A continuación, recibió tal golpe en la cara que lo tiró al suelo. Tan rápido que ni lo vio venir, aunque tampoco lo hubiese impedido, pues sabía que lo tenía bien merecido.
-¡Lo sabía!- Gritó la pelirroja.- Eres un farsante y un mentiroso.- Lo acusó. Hipo fue lentamente recuperándose del golpe y se reincorporó mientras frotaba su mejilla. Se merecía la furia de Mérida, sus golpes, sus insultos; no iba a poner oposición alguna.- ¿Cómo pudiste hacerme algo como esto?- Él simplemente levantó la vista, arrepentido.
-No fue mi intención…- Comenzó.
-¡Tampoco la mía!- Le gritó. Su respiración comenzó a agitarse tanto que cayó al suelo de rodillas para abrazarse a sí misma con mucha fuerza.- ¿Qué diablos hice?- Susurraba para ella misma.- Mi madre tenía razón.- Volvió a decirse, cerrando los ojos y tapándose la cara con las manos. No quería que él la viera llorar, se sentía humillada y usada. Hipo se acercó lentamente a ella.- ¿Cómo pudiste?- Le preguntó, levantando la vista hacia él y revelando que sus mejillas estaban cubiertas de lágrimas. El castaño se odiaba en aquel momento, quizá aún más de lo que Mérida debía estar odiándolo. No era un buen día, para nada.
-Jamás fue mi intención lastimarte.- Le dijo, observándola a los ojos. Quería que ella viera que él hablaba en serio, que esta vez estaba siendo cien por ciento sincero.
-Pero lo hiciste, Hipo.- Sollozaba ella.- Me engañaste.- Lo acusó.- Y yo como una tonta confesándote que te amaba, eligiéndote a ti en lugar de a mi propio reino… mi propia familia.- Continuó.- ¿Cuál era tu plan, eh? ¿Qué habrías hecho al momento de arribar a Berk?- Ella lo miró con ojos repletos de lágrimas.- ¿Me habrías abandonado, no?- Hipo se animó a aproximarse a la bella princesa y se arrodilló a su lado, acortando la proximidad entre ambos.
-No, claro que no.- La pelirroja bufó.- Meri, quizá haya sido un completo estúpido, pero no soy un monstruo.- Ella volvió a fijar la vista en él. El domador de dragones, ya con el corazón hecho pedazos, estiró la mano para llegar al suave rostro de la joven princesa, pero fue detenida por ésta al tomarlo del brazo.
-Basta, deja de intentar enmendar las cosas.- Le ordenó, con tanta firmeza en su voz, que Hipo terminó por simplemente retirar su mano y alejarse del rostro de la joven.- ¿Cómo se llama?- Le preguntó. El castaño suspiró.
-Su nombre es Astrid.- La princesa simplemente desvió la vista. Tratar aquel asunto la destrozaba, pero necesitaba saberlo. Necesitaba odiarlo más para poder alejarse completamente de él.
-¿La amas?-Volvió a preguntar.- Y quiero la verdad.- Lo amenazó.
-La amo.- Respondió el domador de dragones. Mérida tuvo que contenerse para no vomitar.- Pero no de la forma en que te amo a ti.- A pesar de que las intenciones de Hipo eran enmendar las cosas, parecía que cada muestra sincera que le demostraba empeoraba aún más las cosas. Ésta vez, Mérida simplemente dejó salir un sollozo, que poco después fueron acompañados por varias lágrimas.
Lo enfermaba ver a Mérida en aquel estado. Incluso sentía que le había hecho más daño que su madre. Solo quería que dejase de llorar, que fuera feliz… con o sin él; así tuviera que ser devorado por dragones salvajes para verla sonreír.
Por otro lado, la confundida pelirroja solo quería que esa horrible pesadilla pasara. Sabía que debía odiarlo por haberla transformado en la amante, pero su amor hacia él era demasiado y, a pesar de que solo habían estado dos días juntos, sabía que sin él su vida sería más vacía y solitaria que nunca. Lo necesitaba, incluso si tenía que sacrificarlo todo… incluso si eso significaba verlo casado y feliz con otra mujer. Con su amistad, su compañía y su cariño sería suficiente; aunque el dolor de haberlo perdido sería una carga muy triste y pesada.
-Te amo.- Confesó él, al ver que ella no cesaba de llorar.- Más que a nada en este mundo.- Dijo después. Mérida levantó la vista hacia él, haciendo que sus ojos vidriosos se reflejaran en los suyos.- No quiero perderte.- Hipo se animó a extender su mano otra vez y, para su felicidad, no fue detenida. Logró alcanzar la húmeda mejilla de la pelirroja.- Meri, he sido el más grande idiota de todo el mundo. Sé que esto sonará como chantaje, pero te juro que estoy hablando con tanta sinceridad que duele.- Se acercó aún más a ella.- Necesito que entiendas que nada de esto era parte de mi plan. Si hubiese podido… si hubiese sido más fuerte habría dado media vuelta y me hubiese ido. Pero no puedo, me es imposible alejarme de ti.- La pelirroja bajó la vista, para luego volver a centrarse en él, ésta vez con una mirada mucho más firme y gélida.
-¿Y qué piensas hacer?- Lo desafió.- ¿Dejarás a la pobre de Astrid solo por un capricho?-
-No eres solo un capricho, Mérida.- Hipo también se puso firme.- Eres mucho más que eso. Además, no espero que lo entiendas. Quizá sea la primera vez que tu te hayas enamorado, pero no es la mía. Estuve enamorado de Astrid por tres años y al igual que todos en aquella maldita isla, solo me notó cuando domé a Chimuelo. Tuve que volverme lo que soy hoy para que ella me aceptara. Y tú, sin embargo, querías que fuese yo mismo. Sin la armadura, sin la apariencia de chico maduro. La amo, es verdad, pero siento que es un amor nacido a base de apariencias. Lo que yo siento por ti es tan fuerte, que a pesar de que la solución más fácil sea dejarte e irme con mi futura esposa, esa ni si quiera es una opción para mí.- Se tomó un momento para ver a los ojos de la pelirroja, estos se encontraban llenos de confusión.- Desde que nos volvimos a encontrar en aquel claro, mi mente está buscando soluciones para mantenerte conmigo.- Hizo otra leve pausa.- No puedo separarme de ti.- A continuación, Mérida se reincorporó lentamente y le tendió una mano para ayudar a Hipo a levantarse. Él la tomó, con cierta esperanza, solo para enfrentarse a la cruel y dura realidad.
-Entonces, si no puedes, te obligaré a hacerlo.- La princesa se acercó a Chimuelo y se montó en su lomo.- Llévame a Dunbroch, es tiempo de terminar con esta tontería.- El rostro de la princesa se mantenía fruncido, enojado con todo el mundo.
-Mérida… por favor…- Rogó él, sintiendo cómo un grito ahogado se atascaba en su garganta.
-Hipo, no hagas más difícil esto de lo que en realidad es.- Le pidió ella, intentando ocultar su terrible dolor.- Llévame a casa.-
Elinor intentaba concentrarse, de veras lo intentaba, pero su mente se mantenía ocupada en su hija, que solo Dios sabía dónde se encontraba ahora mismo. Volvió a centrar la vista en las cartas que los Lores le habían enviado solicitando, una vez más, la unión de la princesa con sus progenitores; incluso sabiendo que aquel trato ya no se cumpliría más por petición de la misma princesa.
Le costaba entender por qué todos aquellos hombres de sangre pura no fueron lo suficientemente buenos para llamar la atención de su hija y aquel vikingo salvaje logro conquistarla en cuestión de días. Los hijos de los Lores habían estado intentando cautivar el corazón de la princesa por años, sin dudas aquel domador de dragones tenía que tener alguna práctica domando princesas.
-Reina Elinor.- Un caballero de la Guardia Real ingresó lentamente en la habitación. Traía noticias, se notaba en su rostro que estaba preocupado. Sin embargo, también se encontraba confundido.
-¿Cuál es el problema?- Preguntó, la ahora intrigada, Reina.
-Hemos hallado a un vikingo en el bosque.- El corazón de Elinor dio un brinco y se paró tan rápido que sintió una punzada en las costillas, justo en donde horas antes le habían aplicado el tratamiento.
-¿El domador?- Preguntó, ya incapaz de controlar su entusiasmo.
-No, es una… una mujer, alteza.- Elinor estaba confundida. ¿Por qué una mujer de Berk vendría a Las Tierras Altas?- También venía en un dragón.- Eso era obvio, no había barcos que vinieran ni fueran hacia a Berk.
-Traedla ante mí.- Ordenó y, luego de una leve reverencia, el guardia volteó para indicarle a los demás que trajeran a la prisionera ante la Reina.
Elinor reconoció el rostro de la joven de inmediato. Se trataba de la hija de Adonio, uno de los mejores vikingos en la historia de Berk. Había crecido, pero se parecía tanto a su madre que era casi imposible no reconocerla. No recordaba su nombre y prefería fingir que no la conocía.
-Tu nombre.- Le dijo, con firmeza y frialdad en su voz, a la joven arrodillada por la fuerza ante ella. Astrid se mantuvo serena. Callada.- He dicho: Tu nombre.- Volvió a repetir. La rubia alzó la mirada hacia la Reina, quien ahora se mantenía firme ante ella. Fue un acto de rebeldía, una pequeña venganza por el trato que habían tenido sus guardias con Tormenta; Astrid escupió sobre los zapatos de la Reina, obteniendo como recompensa un buen golpe por parte de los guardias.- No se preocupen…- Comenzó la Reina.- Es típico de su especie ser salvajes y poco éticos. Animales sin sentido de lo pulcro y de lo moral.- Siguió humillando a la vikinga.- Deja que te lo explique lentamente, pequeña bestia, pues quizás no entiendas nuestro civilizado idioma.- Se arrodilló para quedar cara a cara con la ahora furiosa Astrid.- Dime… tu… nombre.- Exigió la Reina, recalcando cada palabra.
-Astrid.- Pronunció la vikinga, terminando por rendirse.
-Ah, entonces me comprendes. Bien, al fin tu primitiva especie logró dar un paso hacia adelante. ¿Cuál es tu propósito en estas islas?- La rubia no podía dejar de mirar a la Reina con todo el asco y odio que ni siquiera le había dedicado a un dragón jamás. Sin embargo, ponerse terca no era una opción. Si colaboraba, quizá evitaría que la matasen.- ¡Tu propósito, niña!- Gritó Elinor, impaciente.
-Estoy buscando a alguien.- Contestó la vikinga.
-¿A quién exactamente?- Quiso saber la Reina.
-A mi prometido.- Astrid sentía un terrible dolor en el pecho por estar confesado con tanta facilidad, pero quería mantenerse viva y, si Hipo ya se había ido o había sido capturado, quizá pudiese saberlo a través de la Reina.- Su nombre es Hipo Horrendo Abadejo III. Vino a estas islas por un motivo que desconozco, simplemente estoy en su búsqueda. Mi intención no es ninguna más que encontrarlo.- Elinor no podía creer lo que escuchaba. Tenía ante ella a la futura esposa del hombre que huyó con su hija. Los sentimientos y las ideas invadieron su cuerpo, haciendo que tuviese que darle la espalda a la joven para que no notase que sonreía de gusto. Si Mérida y el vikingo se dirigían hacia Berk, entonces Hipo sabría que Astrid había ido en su búsqueda y, para su deleite, tendría que volver a Dunbroch. Además, conociendo a su hija, lo acompañaría. Gracias a la estupidez de Astrid no solo obtendría la captura de aquel vikingo traidor, sino que también recuperaría a su hija.
-Llévenla a los calabozos. Enciérrenla en el más oscuro y seguro de todos. Nadie más que yo y su guardia de celda serán capaces de verla. Maten al dragón, ahóguenlo y luego quítenle las escamas, vuelvan al bosque y desparrámelas por allí. Dejen su aroma en todos lados. Él tiene que saber que ella se encuentra aquí.- Astrid miraba a la sombría mujer horrizada y no tardó en empezar a gritar piedad por su dragón, pero fue acallada debido a un terrible golpe detrás de la nuca que la dejó inconsciente en el acto.
El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte y las islas de las Tierras Altas se alzaban sobre el mar imponiendo su lugar en el paisaje. Hipo mantenía su vista en las islas, más precisamente en la isla de Dunbroch, en donde dejaría a la mujer que más amaba quizás para siempre. La joven princesa miraba hacia el horizonte, melancólica debido a que su libertad se había ido con dos simples palabras: "Estoy comprometido" resonaba por su cabeza una y otra vez. Se había enamorado de un hombre que ya tenía dueña y, a pesar de que lo seguía amando, no sería capaz de hacerle daño a alguien que ni si quiera conocía. No era justo, no era correcto y no era lo que deseaba.
-Sujétate, vamos a aterrizar.- Informó el jinete con la tristeza cortándole la garganta.
Chimuelo descendió con facilidad y delicadeza, haciendo que Mérida ni si quiera tuviese la necesidad de aferrarse a Hipo… o si quiera tocarlo. Una vez en tierra firme, la princesa desmontó al dragón y se dispuso a irse al castillo. El castaño bajó del lomo de su amigo con rapidez para tomar a la princesa del brazo y detener su marcha.
-¿Piensas irte sin despedirte?- Le preguntó, sin ánimos.
-No te mereces más que mi odio Hipo Horrendo Abadejo.- Comenzó la princesa, haciendo que el castaño desviase la mirada hacia el suelo, avergonzado.- Sin embargo, es imposible ignorar mis sentimientos y eso es lo que me aterra. A pesar de que me quiero convencer a mi misma de que te desprecio, sé que sigo amándote y por eso tengo que irme antes de que cambie de decisión.- Los ojos de Hipo de nublaron de alegría… aún había esperanzas. Ella lo seguía amando.- Así que no quiero despedidas cursis, ni abrazos, ni llantos… ni besos. Simplemente quiero irme y terminar todo esta locura justó aquí, donde empezó. Solo quiero que quede una cosa clara antes de marcharme: Tú y yo no somos nada, ni si quiera amigos. Así que no tienes ninguna razón para regresar aquí jamás. Al igual que yo lo hago contigo, hazme el favor de desaparecer para siempre de mi vida. No necesito una razón más para llorar.- Finalizó la pelirroja.
-Meri…- Balbuceó el domador de dragones.
-Princesa Mérida de Dunbroch.- Lo corrigió.- Hasta nunca, Hipo.- Terminó por decir, antes de caminar con rapidez hacia el bosque y, una vez dentro de éste, comenzar a correr frenéticamente.
Hipo, por otro lado, cayó de rodillas al suelo, sin poder evitar que algunas lágrimas de completa furia se le escaparan. Golpeó el suelo tantas veces y tan salvajemente, que podía escuchar sus nudillos rompiéndose entre cada golpe. Se odiaba. Él mismo había ocasionado lo que no quería: Había vuelto a perder a Mérida.
Chimuelo se arrojó sobre él para evitar que se lastimase aún peor, pero solo logró que su dueño liberase un grito ahogado y desgarrador antes de seguir desquitándose con el suelo. Al cabo de algunos segundos, las energías se le agotaron y, a pesar de que quería correr en búsqueda de la pelirroja, se subió con pesadez al lomo de su dragón y le ordenó a éste tomar rumbo hacia Berk.
Se había terminado. No había nada más que hacer. Debía renunciar a ella, después de todo, sabía que estaría mejor sin él.
Pero… ¿Cómo viviría él sin ella?
¡Un saludo a todos y nos leemos en el próximo capítulo!
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