Sé que he tardado mil años en actualizar esto. Perdón. Los SHERLOCK POV me están requiriendo de bastante tiempo más del que pensaba que me tomarían en un primer momento, no quiero dejarme nada y al mismo tiempo, dejarlo todo bastante inteligible. En Sherlock de mi cabeza tiene demasiadas líneas de pensamiento a la vez, reacciones contradictorias de vez en cuando, y pensamientos dispersos. Me está resultando algo difícil explicar algo así y que tenga un sentido visto desde primera persona. Si tardo tanto es por culpa de las clases, además. No quiero poner una fecha de actualización porque tal y como están las cosas, creo que no podré cumplirla con el rigor que me gustaría. Intentaré, de todos modos, que no pasen más de dos semanas entre capítulo y capítulo.

Espero que os guste, de todas formas!


Fricción

Podía sentir el calor recorriéndome entero. Era una sensación completamente nueva para mí, y tan impactante... Podía sentir el roce de los labios de John sobre los míos. No podía moverme. Estaba completamente paralizado.

Ante semejante situación, me refugié a toda velocidad en mi Palacio Mental, pero allí las cosas no estaban mucho mejor. Hacía calor. Mucho calor. Un recalmón sofocante que pedía a gritos un poco de agua y abrir las ventanas de par en par, pero por mucho que separara los cristales, la brisa no soplaba. Calmas ecuatoriales. ¿En un Palacio Mental? ¿Estás de broma?

Sentí la repentina necesidad de abanicarme, pero ni siquiera eso fue capaz de funcionar. Las puertas de todas las habitaciones empezaron a temblar y a batirse, golpeando repetidamente contra las paredes. El suelo bajo mis pies empezó a sacudirse y temí que todo mi Palacio se viniera abajo. Traté de concentrarme, cerrar los ojos y evadirme de todas aquellas sensaciones que estaban derruyendo aquel mi santuario. No funcionó. Estaba completamente saturado. El mármol bajo mis pies descalzos vibraba. Empecé a hiperventilar cuando me di cuenta de que la fuente de calor provenía justamente del cuarto en el que tenía a John. Toda la información que tenía de él, todos los recuerdos, las cosas que nunca dije y las que sí. Lo que él nunca me dijo y lo que sí. El pequeño John que vivía en mi cabeza era el culpable de lo que estaba pasando allí dentro. Si mi refugio se había convertido en el equivalente psíquico del desierto del Sahara en Agosto solo por un beso de John, era una señal inequívoca de que tenía un problema grave.

Al menos, eso pensé.

Sin embargo, tan pronto como sus labios se apartaron de los míos, todo se detuvo: el calor, el batir de puertas, el temblor del listón de madera tras el cual se encontraba el cuarto de John. Era vagamente consciente de mi postura ahí fuera, en el mundo real. Estaba demasiado ocupado dentro de mi universo particular como para modificarla o que me importara en absoluto. Solo cuando John se fue, deseé tomar medidas al respecto, pero para entonces, el suave chirrido de la puerta de mi compañero abrirse me distrajo. Era la única puerta que había permanecido cerrada mientras todas las demás se abrían.

Me acerqué cuidadosamente, ojeando las estancias que estaban abiertas. El contenido parecía estar intacto y en su lugar, lo que me alivió bastante. Mi preocupación crecía conforme avanzaba hacia la habitación en cuestión. Cuando llegué, me llevé una sorpresa.

Estaba completamente vacía.

La alarma me asaltó enseguida. Entré como un huracán, con el corazón a cien. No. No podía haber desaparecido todo. No podía haberlo borrado, haber borrado a John. Pero el cuarto blanco inmaculado decía lo contrario. Lo único que había, tirado en el suelo, era el feo bastón metálico de hospital con el que había aparecido el primer día. Lo tomé entre las manos, observándolo con curiosidad y algo de pánico reprimido. ¿Cómo podía ser esa cosa lo único que hubiera quedado...?

Sherlock.

Me giré para ver a Molly de pie detrás de mí. Sentí un ataque de rabia que no sabría explicar. ¿Por qué John había sido borrado y ella no? Inmediatamente después me di cuenta de lo cruel que había sido eso por mi parte, pero no por ello menos dolorosamente cierto.

La patóloga vestía con una falda de tubo negra y una camisa gris con volantes en la parte delantera. Era un recuerdo de la única vez que la vi con el pelo suelo, con un clip para recoger el flequillo y poder trabajar. El día que murió su padre y decidió que trabajar era mejor que pasarse las horas llorando en casa por algo que no tenía solución. Ese día había coincidido con que yo estaba en el laboratorio de Bart's analizando unas muestras de sangre de una víctima para un caso de Yard. No sé qué fue lo que me hizo levantar la mirada del microscopio para mirarla. Normalmente con tener su presencia en mente era suficiente. Tenía su persona memorizada lo suficientemente bien como para no necesitar mirarla para saber que estaba conmigo en la habitación. Su imagen daba vueltas en mi cabeza de vez en cuando mientras estaba allí abajo a mi lado. Supongo que fue su silencio. Molly acostumbraba a sacar temas de conversación banales con tal de mantener una conversación, aunque ésta fuera en su mayoría externamente unilateral. Ese día no había dicho nada. Se había puesto la bata del laboratorio, y se había sentado a mi lado con un expediente a revisar un cerebro de un paciente que había muerto de un ICTUS isquémico y que padecía un estado avanzado de alzhéimer y demencia senil.

Creo que no dije nada. Simplemente me giré y me bastó un vistazo para apreciar en sus labios apretados y en su ceño fruncido que estaba intentando no llorar. Sus ojos enrojecidos eran la prueba más clara, hinchados e irritados. Sus manos temblorosas lo siguiente. Recuerdo, no obstante, la abrumadora sensación de que por primera vez en mucho tiempo no tenía ni la menor idea de qué debía hacer. Prefería no decir nada porque cada vez que abría la boca conseguía enfadar a todos. Y no era que eso me molestara la mayor parte del tiempo, pero yo sabía lo que se sentía al perder a alguien a quien quieres, lo mucho que dolía. Y no era un completo gilipollas. Sabía ser amable si quería. Era simplemente que no todo el mundo merecía mi tiempo.

Sin atreverme a decir nada, cogí una jarra de café que había sobre una mesa, y vertí un poco dentro de un vaso de precipitados limpio y desinfectado que había en un estante. No era lo más apropiado utilizarlo para beber, pero tampoco sería la primera vez que ninguno de nosotros lo utilizara. Abrí un sobre de stevia que había junto a la máquina de café (a Molly le gustaba con stevia), y lo vertí dentro. Luego se lo tendí, acercándome por detrás. Carraspeé.

Creo que deberías empezar a mirar por el lóbulo temporal. Esas manchas oscuras no tienen buen aspecto —sugerí, no muy seguro de si era la mejor forma de proceder —. Cuidado, aún está caliente.

Molly se giró y estaba a punto de decir algo cuando vio el café recién hecho en mi mano. Lo miró, luego a mí, y lo tomó con un gracias murmurado entre los labios antes de volver al cerebro. Me permití el poner una mano sobre su hombro y darle un suave apretón en señal de simpatía.

Más tarde, cuando pasaban de las once de la noche, sugerí que fuéramos a cenar. Sabía que si estaba en Bart's era porque quería estar sola, pero no es que yo fuera una excelente compañía, de modo que sería casi lo mismo. Además, hacía por lo menos media que había resuelto el caso y enviado los resultados, de modo que estaba sin ocupaciones. Ella accedió, aunque no con el entusiasmo con el que lo habría hecho de ser cualquier otro día. Salimos a cenar tomando un taxi. La invité a Angelo's para que no tuviera que pagar la consumición, e hice la excepción del año, y también comí. Ella me habló de su padre, casi sin parar, y yo escuché, almacenando la información cuidadosamente en su apartado correspondiente en mi palacio. La cena duró tal vez dos horas, tal vez menos. No conté el tiempo que pasó y ella tampoco. Lo que sé fue que, cuando la dejé en su taxi, parecía menos deprimida que cuando llegó a Bart's. Me di por satisfecho con eso.

Por eso, cuando me dijo que le recordaba a su padre el día en que salté de la azotea, a penas escuché. Yo recordaba todo lo que me había contado, cada minúsculo detalle. Y ella creía que yo lo había pasado por alto. Igual que había creído que ella no importaba. No sabía por qué guardaba aquella imagen concreta de ella, pero supongo que me gustaba. Por algún motivo, siempre que tenía algún problema, Molly aparecía siempre antes que nadie en mi palacio. Antes incluso que Mycroft. Últimamente a la par que John.

— ¿Qué? —espeté a su imagen, aún con el odioso bastón entre las manos.

Mantén la calma. ¿Qué ha pasado en esta habitación?

— ¡Eso me gustaría saber!

Ella no se amilanó por mi grito. Se llevó las manos a las caderas y me miró severamente, como si fuera mi madre a punto de regañarme por tener mal carácter.

Lo sabes. Dilo, Sherlock. Qué. Ha. Pasado. Aquí.

Estrujé el bastón entre mis manos y escuché el crujido del metal articulado al empezar a ceder.

— Que he borrado a John.

Molly se cruzó de brazos y con un gesto de la cabeza me señaló.

Bravo, Sherlock. Y si lo has borrado, ¿por qué recuerdas su nombre?

Parpadeé, sorprendido. La Molly de mi cabeza tenía razón. Si hubiera borrado a John Watson de mi Palacio, a estas alturas del juego ya no recordaría ni su nombre. pero lo hacía. Si me paraba a pensar, podía recolectar todos los conocimientos que tenía del buen doctor: su cojera psicosomática, sus preferencias en cuanto al café, su adicción insana a las apuestas, su reputación de ligón (Tres Continentes, me recordé), la forma en la que arrugaba la nariz cuando estaba enfadado, lo que tardaba en ducharse, qué productos usaba para ello, en qué lado de la cama dormía, si descansaba bien por las noches, sus idas y venidas a la clínica. El olor a desinfectante y látex que llevaba pegado cuando volvía de allí, y el de colonia masculina y madera que tenía en casa. El verde, que estaba por todas partes. El azul pálido de sus ojos mirándome. El tacto cálido de sus manos sobre mi piel.

Todo estaba allí, en algún lugar. John estaba en mi palacio.

— Sigue aquí ¿Pero...?

Molly hizo un gesto con la cabeza, y señaló la puerta.

Acompáñame. Te llevaré con él. Le gustará verte.

Arqueé las cejas, intrigado por lo que me estaba diciendo. Tiré el maldito bastón al suelo y caminé tras ella cuando abandonó el cuarto blanco y aséptico. La puerta se cerró tras nosotros con un chasquido suave, para nada una de las sacudidas de antes. La puerta se fue estrechando paulatinamente hasta desaparecer en el crudo inmaculado de la pared. Seguí a Molly por los pasillos solitarios de mi palacio, sintiendo que era algo curioso hasta el extremo que fuera ella quien me llevara por allí, y particularmente curioso el que yo necesitara un guía por mi propio mundo onírico. No obstante, mantuve mis comentarios al mínimo, demasiado intrigado por la situación.

A medida que avanzábamos volvía a sentir el cálido foco de fuego en mi interior, como si intentara recordarme que los rescoldos seguían bajo mi piel, esperando a ser encendidas en cualquier momento, al menor despiste, y abrasarme.

A medida que avanzábamos por las habitaciones, me di cuenta de que había una sutil redistribución de los elementos en cada una de ellas. En la biblioteca, una fiel reconstrucción mental de la Biblioteca Nacional de Francia de la que me sentía muy orgulloso, justo frente a una de las altas estanterías del cuerpo central, estaba el sillón rojo de John, con su manta de lana de cuadros doblada sobre el respaldo, y la mesa de ébano con el juego de té aún humeante, como si estuviera recién hecho. En el estudio había libros de medicina entre las enciclopedias químicas y el libro de J. H. Gladstone, Nobel y otros. Había un viejo clarinete de escuela junto al violín que allí guardaba, un Stradivarius original que habían robado en Viena en 2007 y que nunca se había encontrado. El hallado era una copia casi tan buena como el original, y al serles devuelta, los dueños nunca lo advirtieron el cambiazo, pero yo sí. Fantaseaba a menudo con que un día encontraría el instrumento y me lo quedaría como pago por mis servicios. Además, un uniforme militar y un traje de camuflaje de la RAMC colgaban de unas perchas especiales de uno de los colgadores descubiertos.

Uno de los premios que John ganó en la escuela al mejor expediente estaba sobre la repisa de la chimenea que había en la habitación que reservaba para los momentos de calma, y que era la viva imagen del 221 B de Baker Street. También estaba otro premio ganado en una competición de rugby, y colgado de la pared, enmarcado, estaba el diploma de John de cuando se graduó en la universidad después de terminar medicina. Había fotos de John con Mike Stanford cuando aún eran unos estudiantes jóvenes y alegres, y fotos más recientes de John con Lestrade. Estos gadjets estaban distribuídos entre los recuerdos de los casos, mi expositor sobre los murciélagos e insectos y algunas facturas clavadas con una navaja al estante, junto con viejos artículos de casos sin resolver.

La Sig Sauer de John descansaba junto a mi lupa portátil sobre la mesa del salón.

Nada más cruzar la puerta que nos separaba del gran salón central de mi Palacio, sentí un cosquilleo en las puntas de los dedos. una oleada cálida me removió el pelo, dándome de lleno en la cara, y me encontré sonriendo sin saber por qué ni a causa de que. Cuando hablé, aún sorprendido por la visión indescriptible que mi mente me ofrecía, lo hice con la voz sonando como un suspiro, mi aliento saliendo entre mis labios como si estuviera siendo succionado.

— John...


Fui vagamente consciente de la mano de John agitándose frente a mis ojos cuando volví a la realidad, desde el más profundo y recóndito rincón de mi cabeza. Supe, leyéndole los labios, que intentaba que reaccionara, que me pusiera en marcha. Asentí y me separé de él para vestirme, aprovechando ese tiempo para volver a conectar todas mis neuronas de vuelta en su lugar.

Como un simple roce de labios podía haber generado semejante desajuste en mi Palacio, aún no lo sabía. Tampoco era como si tuviera prisa por averiguarlo. A menudo las investigaciones requieres de grandes inversiones de tiempo y eso era algo que, precisamente en el lugar donde estábamos, no escaseaba.

A medida que iba poniéndome capa tras capa de ropa, notaba como mi cordura y mi conciencia volvían un poco más. La boca me hormigueaba allá donde la de John se había posado, y eso me tenía intrigado. No entendía por qué la piel reaccionaba de esa manera. Era mera epidermis, igual que la del resto de la cara y el cuerpo en general. No era que los labios fueran una zona especialmente sensible en relación con otras (sin duda los labios poseían más receptores sensitivos que el resto de la piel facial), pero eso no explicaba el picor. La sensación de vacío, como si le faltara un complementario.

Yo me consideraba un hombre de ciencia. Y, además, empírico. Todo aquello que no pudiera demostrar, era falso hasta que se evidenciara lo contrario. Por lo tanto, yo no podía dar por sentado que la reacción de mi boca era simplemente la causa de un estímulo (sexual, romántico, cutáneo o psicológico), si no había pruebas que lo respaldaran.

Tan pronto como terminé de vestirme, me coloqué frente a la puerta y la mantuve abierta para él, observándole en silencio. Mis ojos vagaron por su rostro y descendieron por todo su cuerpo hasta sus manos, firmes y colgando a ambos lados de su cuerpo en su habitual posición de descanso. A pesar de todo, aprecié el sutil detalle que no me habría pasado inadvertido aún en mi peor día: dos de sus dedos (el corazón y el índice, para ser más exactos), temblaban de vez en cuando y se contraían en espasmos que yo sabía del todo involuntarios. Un reflejo inconsciente de la agitación interna de mi compañero que, si bien no era lo suficientemente relevante como para preocuparle en demasía, le tenía en un estado de tensión.

Cuando mis ojos se toparon, sin mi consentimiento, con los labios entreabiertos de John, sentí mi cara arder con el rubor incontrolable que había ascendido hasta mis mejillas. Hubiera deseado poder controlarlo, obligar a mis capilares a cerrarse y evitar que mi pálida piel adoptara un tono vergonzosamente escarlata que podía llegar a resultar demasiado revelador para mi gusto, pero la biología es un ente caprichoso y no iba a permitir que algo tan vasto como una voluntad, por férrea que esta se demostrara, pudiera domarla.

Me descubrí comparando a John con otros de mis compañeros sexuales. John era diferente con mucho a todos ellos, en los que lo que había sido primordial había sido mantener el control y satisfacer una serie de necesidades en pos de conseguir un cierto nivel de equilibrio en la química imparable de mi cuerpo humano. Con ellos siempre me había preocupado de mantener el control, de establecer un cuidadoso orden, pero John era el caos, el epíteto de lo indomable. No había manera en la que yo pudiera desear o conquistar el deseo de John de prevalecer sobre mis hilos, de mantenerse por encima de mi lógica estructurada con sus apocalípticos sentimientos. La vorágine se desataba constantemente cuando él estaba presente, y cuando se iba la orogénesis resultante empezaba a terraformar mi mundo desde dentro en un acto silencioso. Cosas que había dado por sentadas toda mi vida, los dogmas auto impuestos, las convicciones a las que me había aferrado, caían destruídas y reducidas a cenizas cuando John se introducía en ellas, fluyendo como el agua, imparable, omnipresente como el aire. Se había colado en todas partes y se había convertido, antes de que yo me diera cuenta, en el pilar central sobre el que se sostenía todo mi universo, mi pequeño cúmulo de cosas. Había sustituido la inalienable masa de dogmas y creencias, de ciencia y soledad que habían construido el que creía que era el duro cemento sobre el que había construido mi vida. John era la pieza central e indispensable, el principio y el fin. El alfa y el omega de todo lo que yo era desde que atravesó la puerta del 221 B aquel día veintinueve de enero de hacía ya casi tres años.

Así que, donde antes yo había sido el dirigente, el Dios indiscutible, el líder y dirigente, John había aparecido y arrasado. Y era un caos hermoso, una alteración extrañamente armónica a partir de la cual se creaba el Ordo at Chaos.Watson y yo habíamos establecido una relación de simbiosis perfecta entre dos entidades que podían sobrevivir perfectamente como unidades individuales, pero que juntas eran las piezas bien engrasadas de la máquina más perfecta que la humanidad pudiera concebir jamás. Ninguna de mis anteriores parejas me había resultado un reto, pues yo mismo seleccionaba cuidadosamente aquellos sujetos que podían ofrecerme lo que buscaba y que sabía que no me darían problemas, mientras que el segundo nombre de John Watson podría ser con facilidad "problemas". John me suponía un reto porque no existían indicios de subyugación en él, sino todo lo contrario.

Yo deseaba a John Watson. Lo anhelaba en casi todos los aspectos de mi ser, en todos aquellos ámbitos que mi pobre condición humana podía ofrecer en su limitación mundana. Y él me deseaba a mí de igual modo, solo que sus ojos aún no podían ver la evidencia frente a ellos. Su cabeza aún no había aceptado algo que todo su ser ya había abrazado y tomado como propio. Pero Sherlock Holmes no es alguien dado a dejar las cosas a medias, y menos si se trata de algo importante. No soy alguien dado a dejar las cosas pasar. De modo que iba a pelear por John Watson. Pelearía con uñas y dientes por tenerle como no lo había hecho nunca por nadie. Porque si llegara a creer en el mito de Adán y Eva, y creyera en la creación del segundo ser humano sobre la tierra a raíz de una costilla arrancada, el origen del complementario perfecto de otro ser, juraría que John había sido arrancado de mi costilla.

De modo que si el primer paso para la conquista del nuevo territorio empezaba por descubrir por qué mis labios se sentían así de temblorosos cuando me miraba con esa expresión, y para ello era necesario un beso, así sería.

Le tomé por la muñeca, cerrando los dedos alrededor a ella, y tiré de él hacia mí. Su cuerpo cayó sobre el mío, desequilibrado por la repentina fuerza inesperada que se le había aplicado, y atrapé su boca con la mía, concentrándome en el sabor que tenía: a jabón y a John.

Desempolvé toda la información no eliminada que tenía sobe los besos y todo aquello que tuviera que ver con el sexo. Descubrí que toda la que tenía pertenecía más al acto en sí que a los preliminares, lo que tenía cierta lógica. Durante el tiempo que tuve pareja, no me preocupaba en conseguir hacer algo elaborado, romántico o placentero. Buscaba un objetivo muy concreto, la satisfacción de una necesidad, sin querer recrearme en ello. Sin embargo, besar, como todo, es un arte. Y la sangre de los Vernet tenía las artes doblegadas a su voluntad desde tiempos antiguos. Tal vez esa fuera la primera vez que me alegrara de compartir genética con mi madre de una forma sincera.

Noté la tensión de su cuerpo cuando mi mano libre bajó hasta su cintura y se deslizó hasta la zona de la cadera donde el sacro comenzaba, acercándole a mí. Podía notar su corazón palpitante contra el mío, y los latidos acelerados en las venas de su muñeca, aún rodeada por mis dedos. No había sido casual que le cogiera de esa manera. Quería valorar sus reacciones, establecer un patrón de reacciones mientras le besaba, porque quería aprender qué era lo que le gustaba y lo que no. Qué estaba haciendo bien y qué no. Qué clase de cosas era bueno hacer con mi lengua, o si que le mordiera era agradable o no. La idea de bajar mi boca a la suave piel de su cuello y probarla hasta dejar una marca de propiedad sobre mi compañero me asaltó de pronto, y tuve que poner más fuerza de voluntad de lo habitual para resistir el impulso. No sabía mucho de relaciones, pero no creía que hacer un... ¿chupetón? sin haber establecido como mínimo ciertas bases, estuviera bien visto. Probablemente John me partiría la cara si lo hacía. Me pregunté si querría él hacerme uno. De vez en cuando le pillaba mirándome el cuello fijamente. Sobre todo la clavícula. Nunca le había dado la menor importancia, pero ahora empezaba a cobrar cierto sentido.

Fui vagamente consciente del gemido que dejó escapar, sorprendido por mis repentinas acciones. Estaba demasiado concentrado en hacerlo bien como para appreciarlo como we merecía. Empezaba a estar frustrado por no obtener una respuesta por parte de John. Parecía que estuviera dejando que me desahogara, cuando lo que yo realmente quería era que la maldita tuerca polvorienta que había en su cabeza y que conectaba sus labios con su cerebro empezara a girar de una maldita vez. Recordando uno de mis veranos en Francia, siendo un adolescente, cuando aprendí lo que era un beso al estilo francés, ejecuté la técnica lo mejor que pude. Fue por un caso, y luego lo borré de mis archivos. No obstante, la noche anterior, junto con la búsqueda de las hormonas del amor, había encontrado también algunos artículos interesantes que habían despertado mi curiosidad. Eso hizo que rescatara antiguos conocimientos perdidos como ese.

Por lo visto fue lo que hacía falta para hacer girar la rueda del demonio, porque John suspiró, con los ojos aún cerrados, y sus labios se movieron sobre los míos, abriéndose, su lengua rozando la mía tentativamente. Me encontré temblando ante la sensación tan nueva, y le solté, notando como todo en mi cabeza empezaba a dar vueltas. Vi como recuperaba el aliento, ligeramente ruborizado, mientras jadeaba. Parpadeó varias veces una vez abrió los ojos, intentando enfocar la vista. Sonreí.

— Vamos, John. Hay que jugar al escondite.


- Cuando todo esto se finiquite, tú y yo hablaremos seriamente de esos impulsos cleptómanos.

Era curioso como una simple frase podía despertar imágenes totalmente ajenas al contenido de ésta. Sonreí ligeramente solo imaginando la cara que pondría John si supiera lo que me estaba pasando por la cabeza gracias a sus palabras. Sobre todo teniendo en cuenta el asombroso nivel de detalle con el que podía imaginarlo todo gracias a la cuidadosa recolección de datos que había hecho desde que le vi por primera vez. La gente solía pensar en mí como un ser completamente asexual, incluso John aquí presente, pero no es así. Que no priorice el sexo por encima de todo lo demás y no sea arrastrado y doblegado por él como un animal no significa que la idea de una buena sesión no me atraiga, o que mi cuerpo no la desee en determinadas ocasiones. Así mismo, tenía fantasías como cualquiera, y muchas de ellas ni siquiera tenían un sentido lógico. Esas eran mis preferidas. Aquellas que me dejaban intrigado por no tener ningún sentido. En ese momento, tres o cuatro fantasías se sucedieron en mi mente a toda velocidad, y todas ellas tenían a John de protagonista.

Curioso.

- No será lo único que hagamos, espero —dije, encendiendo la pequeña luz led portátil que siempre llevaba encima, aparcando mi deseo y centrándome en el problema que teníamos entre manos... Oh, vaya. Debía enterrar más hondo todos esos anhelos... Ahora todo tenía un doble sentido que se prestaba a la originalidad. Mientras intentaba enfocar mi mente en las cajas y cajas que se apilaban en la bodega, me pregunté si John habría captado mi insinuación. Esperaba no haber sido lo suficientemente directo ni demasiado sutil.

Mi linea de pensamiento se vio interrumpida por la queja de John. Me giré para mirarle, sorprendido por el ruido repentinamente agudo de su voz en el silencio total de aquel lugar.

- ¿Qué demonios estás haciendo? —siseé, apuntándole con la linterna. Entrecerró los ojos y alzó una mano para cubrirse de la luz.

- Lo siento.

Oh. Sí lo había pillado.

Bien.

Continuamos en la oscuridad, intentando ver las cajas de pescado entre todo el cargamento de abordo, pero bajo aquella luz, todas parecían iguales. Estuvimos un buen rato buscando entre los paquetes. En otras circunstancias habría estado retozando alegremente entre las cajas, encantado de estar embargado por la emoción de un nuevo caso y del peligro de estar infiltrados, pero había empezado a hacer planes alternativos que resultaban bastante más apetecibles que dar vueltas a oscuras en un cuarto cerrado, rodeados de comida cruda, enlatada y en conserva, buscando armas, droga, o Dios sabe qué. De alguna manera, que John aceptara su sexualidad y se abriera a mí parecía haber tomado el primer plano en toda línea de pensamiento que yo pudiera emprender.

Después de que John captara mi atención con su descubrimiento sobre las anfetas (Brillante. Genial y perfecto conductor de luz, John Watson), y oyera el ruido de unas pesadas pisadas por el pasillo, me descubrí apagando la linterna y empujando a John hacia atrás, obligándole a retroceder. A penas noté el frío alarmante que tendría que haber sido una advertencia más que clara sobre el lugar al que nos estábamos dirigiendo de manera inconsciente en un desesperado intento por ocultarnos. Cuando John señaló lo evidente, que estábamos en una nevera, a penas le oí. Estaba demasiado ocupado pensando en cómo podría derribar al hombre que había entrado en la sala mientras investigábamos en caso de que nos descubriera, protegiendo nuestras identidades y evitando que John saliera herido. El cubrí la boca con la mano en un intento de pasar desapercibidos. Podía analizar al sujeto a través de la gruesa puerta de la nevera.

Hombre mayor, rozando la senilidad. Tiene sobrepeso y los pies planos. Jadea cuando anda porque le cuesta respirar. Tiene problemas de colesterol alto, insuficiencia cardíaca y es alcoholico. Fumador compulsivo por su tos. Tararea mientras remueve los productos. Su acento es italiano, del sur diría. Probablemente se trate del cocinero por el sonido de sus pisadas. Esos no son los zapatos con los que uno iría por las cubiertas de un barco, aunque sí por una cocina.

Podía notar el corazón latiéndome en las sienes. Todo en lo que podía pensar era en que se fuera. En que pasara por alto el sutil cambio en la distribución de los objetos, en el polvo movido de los estantes. Que no reparara en la tapa mal puesta de la caja con la droga. Que cogiera lo que había ido a buscar y se fuera...

Mis pensamientos parecieron ejercer un cierto efecto sobre los acontecimientos, porque los pasos se alejaron, y se oyó el gemido grave de la puerta cerrarse.

- ¿Cómo demonios vamos a salir de aquí? No hay picaporte ni lector de tarjeta…

Gracias por resaltar lo evidente, John.

Miré la puerta, agachándome para observar el espacio que quedaba entre el listón y la pared, intentando averiguar con que tipo de cerradura iba a tener que pelearme. En mis años junto a Victor Trevor había aprendido cerrajería, algo extremadamente útil, y sabía que este tipo de puerta en particular tenía dos tipos posibles de cierre. El fácil y el difícil. El fácil era solucionable simplemente pasando algo como una tarjeta por la rendija para desbloquearla y poder abrirla sin más complicaciones. La prueba me dijo que no iba a ser tan sencillo.

Extraje mi ganzúa preferida de mi estuche de utensilios (plateada de punta diamante, regalo de Victor), y trabajé en el cierre poniendo atención en no soltar el tensor. La cerrajería era algo laborioso, lento y muy preciso. El más mínimo movimiento en falso podía romper la ganzúa de mala manera dentro de la cerradura, entre los pernos, y hacer que se quedara allí alojada, imposibilitando la apertura por otros medios.

Empezaba a sentir los efectos de la baja temperatura después de que el estómago de John empezara a hacer ruidos especialmente molestos. Como si mi mente no tuviera ya lo suficientemente presente que John estaba allí conmigo, probablemente incubando un resfriado o algo peor. Eso no hacía más que acrecentar mi inquietud al respecto. Las manos habían empezado a temblarme junto con el resto de cuerpo, y empecé a moverme mucho más despacio, temiendo que los espasmos producidos por el frío hicieran que la ganzúa se partiera, como así sucedió. Miré los pedazos rotos brillando plateados en el suelo y maldije. Esa ganzúa, que nunca me había fallado, que siempre había sido mi primera y única opción a la hora de abrirme puertas y otros elementos, aquella que se había mantenido bajo estricto cuidado y mimo desde que se me fue regalada, yacía rota en pedazos en el suelo congelado de aquella nevera. Fruncí el ceño, aprensivo, y saqué otra sin darme tiempo para molestarme por su pérdida.

Lo primero era salir vivos de aquella pequeña Antártida.

Cuando sentí el cuerpo de John pegado al mío, empecé a apretar los dientes, intentando mantenerme despierto. Se me estaba haciendo muy difícil mantenerme consciente por las bajas temperaturas. John iba más abrigado que yo siempre, pero ese día más que nunca. Podía notar el fuego quemándome los pulmones y la tráquea cada vez que respiraba, y me dolía el pecho con cada bocanada, como si aspirara cristales de hielo. John era un foco de calor a mi lado. No era como si solo con eso pudiera entrar en calor, pero era mejor que nada. Le noté acurrucarse contra mí, intentando guardar algo de calor corporal. Por el rabillo del ojo podía ver el vaho de su respiración.

— Si consigues sacarnos de esta, prometo que haré lo que quieras durante veinticuatro horas, y no me quejaré —murmuró, y noté la presión de su frente febril en mi espalda. Me dolían los labios y a penas notaba los dedos.

La insensibilización de las manos me dio problemas a la hora de trabajar en la cerradura, pero me mantuve firme. Mordí mis carrillos por dentro, intentando despejar la mente con el dolor, y cuando las palabras de John entraron finalmente en mi cerebro, una ola de calor me recorrió entero.

Eso era exactamente lo que necesitaba para poder abrir la maldita puerta.

Dejé que el calor de la excitación me recorriera el cuerpo, corriendo por mis venas al ritmo de los latidos de mi corazón, y pareció ser suficiente para que me hormiguearan las puntas de los dedos de la mano. Me estremecí, sin dejar de mirar el agujero de la cerradura, olvidando si quiera como se parpadeaba, haciéndolo únicamente cuando notaba que la visión se me tornaba negra. Podía notar que estaba cerca. Lo sabía. Un par de suaves giros y los pernos rotarían en su lugar...

Lo siguiente que recuerdo es estar en el calor del camarote, disfrutando de la sensación de la adrenalina y de la piel recuperando una temperatura normal. John y yo estábamos riendo, probablemente por haber salido con vida de una situación en la que habíamos tenido todas las de perder, cuando mi móvil sonó y la irritable voz de mi hermano sonó al otro lado del aparato.

— Hola, Sherlock. He recibido tus fotos. ¿Habéis...?

— Sí, Mycroft. Lo hemos confirmado —gruñí.

Casi podía ver su expresión insatisfecha al otro lado del globo. Chasqueó la lengua y escuché el tintineo característico de una copa con hielo. ¿Ya estás otra vez con elJohnnie Walker, Mycroft?

— Imagino que...

—No, no fui yo... sí, fue John. ¿Eres tan incompetente que necesitas escuchar mi voz diciéndotelo?

Eos pareció dejarle satisfecho, porque oí como sonreía. Juro que pude hacerlo. El tic tac del reloj isabelino de pared que tenía en su despacho en el club Diógenes resonaba de fondo, un metrónomo marcando los compases de la conversación.

— Vamos, Sherlock. He estado vigilándote desde que tenías tres años. ¿Crees que no puedo saber si has tomado drogas, aunque sea una cantidad minúscula, solo por el sonido de tu voz al otro lado de un teléfono? Me estaba refiriendo a que, ahora que ya tienes pruebas recaudadas, querrás volver a Londres. En lo que a mí respecta, el caso está resulto. Aunque está claro que por tráfico de drogas podrían caerles unos... ¿catorce años? Siete, con buen comportamiento. Si lo destapas todo, podrían tener la perpetua. Pero eso te obligaría a quedarte a bordo más tiempo...

— Ya… Bueno, pues avisa a Lestrade de que cuando vuelva, quiero un par de casos, y que no sean mediocres, por favor.

— ¿Entonces vais a terminar el caso?

La sorpresa en su voz casi me hizo bufar.

— Oh, claro que nos vamos a quedar… —aclaré, y me giré para mirar a John, que no tenía ni la más mínima idea sobre los derroteros de nuestra conversación. Sus palabras murmuradas en la nevera volvieron a mí con intensidad. Por supuesto que íbamos a quedarnos. Todo el tiempo que hiciera falta hasta que consiguiera la perpetua para esa gente, y para que John fuera completamente mío. Porque iba a conseguir que cayera a mis pies, por supuesto. Eso estaba fuera de toda discusión. Quería que lo hiciera, pero no quería perderle, de modo que todo tenía que ser medido y cuidadosamente calculado, cada una de mis acciones tenían que estar planificadas con celo. Si daba un paso en falso, si me equivocaba en algo, incluso si iba demasiado deprisa, podía provocar la marcha de John, y esa era la única consecuencia de todo eso que había empezado a planear en mi cabeza que yo no podía soportar —. Hemos pagado el viaje al fin y la cabo.

— Sherlock... no está bien manipular los sentimientos de las personas. ¿Qué te dijo madre sobre eso? —regañó Mycroft. Tomé una profunda inspiración, intentando reprimir las ganas que tenía de decirle a mi querido hermano todo lo que pensaba de él de una manera no muy sutil —. No irás a jugar con el doctor Watson, ¿verdad? De todos modos, dudo que él guste de estar en algo así con... bueno. Un hombre sin experiencia, por decirlo de alguna manera. Y sospecho que no debo recalcar el hecho de que probablemente lo que el doctor busque no sea el elemento masculino de esa frase. Se le conoce por su atracción por las faldas, Sherlock, no por los pantalones.

Qué sabrás tú de experiencia.

Resultaba exasperante. ¿Por qué todo el mundo creía que era virgen? Es más, ¿por qué todo el maldito mundo parecía darle tanta importancia a eso? Se podía ser un conocedor amplio del sexo sin necesidad de haber tenido sexo real. Por lo menos hoy en día, donde uno pude practicar el voyeurismo sin más público que uno mismo si así lo desea, completamente gratis. En una sociedad donde el sexo y todo lo relacionado con ello había tomado tanta relevancia, era prácticamente imposible mantenerse al margen de ese tipo de conocimiento.

— Pues puede que lo haga, sí. Que sepas que no es de tu incumbencia.

— Te tengo vigilado, hermanito.

— Oh, pues búscate un buen sofá y coge palomitas, porque va para largo.

— Supongo que sería mucho pedir que no cometas ninguna locura y que por favor, no hagas nada... indecoroso.

— Sabes que no tengo ese tipo de complejos —sonreí, recordando la sensación de estar en el palacio de Buckingham con una sábana vieja como única protección contra los elementos. La cara de mi hermano simplemente no había tenido precio.

Oí como se pasaba la mano por la cara, suspirando.

— Por desgracia, así es.

— Ve a comerte a alguien, Mycroft, y déjame en paz.

Colgué y lancé el teléfono sobre mi abrigo en el suelo, antes de cerrar los ojos y apoyar la cabeza contra la pared. Así que Mycroft no quería que hiciera nada indecoroso, ¿no? ¿Sería una desafortunada coincidencia que mis planes a cerca de lo que acontecería durante el resto del día fueran absolutamente contrarios a su petición? Estaba seguro de que Mycroft había instalado cámaras de vigilancia a lo largo del crucero o, si eso era demasiado indiscreto, habría un infiltrado número tres al que ni John ni yo conocíamos. Descarté la opción de que fuera Lestrade. Esta era una misión demasiado delicada para meter a un aficionado con trabajo de niñera a tiempo parcial. De modo que tenía que ser uno de los agentes del MI6, por supuesto.

Escandalizar a mi hermano era mi segunda actividad favorita en el mundo. Tal vez la tercera.

— John.

Oí el carraspeo de mi compañero cuando enfocó la vista en mí.

— ¿Sí?

— ¿Recuerdas qué me prometiste si conseguía que saliéramos de esa nevera?

Alzó las cejas con sorpresa, como si no esperara que yo recordara algo así. Empecé a analizarle con cuidado, estudiando sus reacciones: el sutil cambio de peso del cuerpo de un pie al otro, la forma en la que los huesos de su mandíbula se recolocaron, la tensión en su espalda cuando se enderezó sin darse cuenta. La dilatación en sus pupilas y como sus labios se entreabrieron ligeramente para dejar pasar el aire durante la respiración, con indicios de empezar a estar acelerada. John no había querido decir lo que yo interpreté que había dicho con esa frase, pero ahora que conocía el significado que yo le había asignado, no lo rechazaba.

Interesante.

— Esto... era una broma, Sherlock.

— No fue eso lo que me pareció —repliqué. John se estaba haciendo de rogar. Bien. Dos podían jugar a eso. No era la primera vez que tenía que lidiar con la cabezonería de mi compañero, y no sería la última. Sabía exactamente que hacer y cómo hacerlo para que cediera. Me acerqué a él, aprovechando su posición favorable a mis planes. Me cerní sobre su pequeño cuerpo, apoyando ambas manos en la pared, a ambos lados de su cabeza, y luego me dejé caer hasta que mi pecho rozaba el suyo. Podía sentir la calidez de su aliento en la cara, y por un momento me permití experimentar. Tomé una inspiración profunda cuando él inspiró, pasando el dióxido de carbono de sus pulmones a los míos. La reacción lógica que tuvo mi cuerpo a continuación fue fascinante aunque previsible. Me sobrevino una ligera sensación de ahogo y un ligero mareo, pero la sensación de estar tomando algo que no era mío, era sentirse un ladrón del aliento de John. Y eso era mucho mejor que un chute de droga. Podía notar la piel de todo mi cuerpo erizarse en una ola progresiva. ¿Apreciaría John el sutil cambio en el ritmo de mi respiración, la dilatación en mis pupilas, el temblor que recorrió mi cuerpo? No, claro que no. John no observaba como yo. Pero estaba dispuesto a hacerle ver. Estaba dispuesto a enseñarle. Así tardara años. John tenía las capacidades para ello, no era idiota. También tenía predisposición (era médico militar, y como tal necesitaba tener buenas capacidades de observación para hacer diagnósticos rápidos y certeros en pleno campo de batalla, por lo que no había mejor base de la que partir que esa). Solo necesitaba una motivación, una aplicación que pudiera darle a ello, además de la médica — ¿Tengo que dejar de confiar en tu palabra, John?

Aprecié un deje tembloroso cuando habló para contestar.

— ¿Qué quieres que haga?

Sonreí. Tantas cosas, John... Quiero tanto... Quiero enseñarte, consumirte, iluminarte. Quiero abrirte hasta las entrañas y ver qué pasa dentro de ti, cómo funcionas. Quiero que seas mío, que me pertenezcas y que digas siempre mi nombre. Quiero que digas que soy brillante, que pienses que soy increíble. Quiero memorizarte y atarte a mi Palacio para nunca olvidarte. Quiero ver como te retuerces, quiero ver los cambios de tu cuerpo. Quiero que puedas ver el mundo como lo veo yo. Quiero que escuches mi violín, y que el piso huela siempre a té. Quiero que seamos tú y yo solos, contra el resto del mundo.

Por supuesto, no dije nada de eso. Demasiado pronto para decirlo. Demasiado inconexo. Ni siquiera estaba seguro de dónde habían salido la mitad de las cosas que me vinieron a la cabeza. Algunas me eran tan ajenas, tan impropias de mí... y sin embargo ahí estaban. Recordé los mensajes de La Mujer, y se me ocurrió una forma sutil de sugerir mis intenciones. Además, era pasado el mediodía y John necesitaba comer, o se ponía de muy mal humor.

— Vamos a comer.

No resultó muy difícil que aceptara mi propuesta. Le arrastré tras de mí hasta el comedor, y seleccione una mesa alejada del resto de comensales, por precaución. Cualquier cosa podía salir en la conversación durante la comida, y prefería que fuera lo más privada posible. John se sentó frente a mí en la silla, y cuando el mantel blanco y alargado cubrió mis piernas de rodilla para abajo, pensé en las múltiples utilidades de cubremesas como aquellos. La tela parecía bastante gruesa, lo suficiente opaca... Corté esa línea de pensamiento cuando sentí un tirón en la parte baja del estómago. Necesitaba estar concentrado, y para eso necesitaba una buena irrigación sanguínea en el cerebro. No podía permitirme reacciones biológicas incontrolables en ese momento.

- Estás gastando mis veinticuatro horas de "esclavitud" haciéndome venir a comer -observó mientras extendía su servilleta sobre su regazo, y pareció confundido -. No me puedo quejar, la verdad.

Sonreí y me llevé las manos a la barbilla. Si tu supieras, John...

— Bueno, tengo mis motivos, Hamish.

Se rió. Sabía que odiaba el nombre. Ese era uno de los motivos de que lo hubiera escogido para él.

— Seguro que sí. Tú con tus misterios...

Después de que el maître trajera nuestra comida, y de que John me viera ingerir algo de alimento, bajo su incrédula mirada, confirmé mis sospechas. El cocinero había sido el que había estado en la alacena, y era italiano. Solo un chef de origen podría hacer un plato con tanto nivel de detalle. Probablemente incluso tenían productos importados en el almacén.

Cuando el maître volvió con una botella de vino tinto, Pinot Noir, y lo sirvió en ambas copas, esperé sinceramente que John no lo rechazara. Yo iba beber también, solo una copa. Esa cantidad de alcohol no iba a afectarme demasiado, y sin embargo a John ni le iría mal. Ciertas deshinibiciones serían necesarias si quería llevar a cabo mi plan. No quería emborracharle, simplemente que se dejara llevar un poco. Además, el sabor de ese tipo de vino con la pasta estaba bastante bien. Supuse que le gustaría.

Me quedé mirando el vino, que tenía un tono ligeramente ocre en la copa, mientras mis pensamientos se sucedían uno a uno en un orden extraño. Seguía intrigado por la redistribución de mi Palacio esa mañana. Todo había pasado sin mi permiso, lo que no era muy normal. Es decir, aquel era mi Palacio. Nada pasaba allí si yo no quería, y todos los cambios eran voluntarios y controlados. Mientras John terminaba de comer, me hundí en mis reflexiones sobre esos cambios, recordando a la Molly que vivía en mi cabeza, guiándome por los pasillos cálidos y las habitaciones cambiadas, con nuevos y bienvenidos intrusos que alteraban el cuidadoso orden establecido allí.

El ruido de sus cubiertos sobre la cerámica del plato fue lo que me despertó de mi trance, y decidí que era el momento de marchar. En un momento dado, antes de llegar a la habitación, me detuve. preguntó si quería investigar algo más, pero nada en aquel barco llamaba más mi atención en esos instantes que el individuo que tenía delante. No habría más caso que John Watson en lo que quedaba de día, eso lo podía asegurar. En mi mente, aquello tenía una nueva y exquisita prioridad. No obstante, necesitaba aclarar una cosa antes de proseguir con mi plan.

— Tengo una pregunta a cerca de tu promesa.

Su cuerpo volvió a tensarse, y sus dedos de nuevo volvieron a someterse al espasmódico tic nervioso inconsciente.

— Dispara.

— ¿Se trata de veinticuatro horas a contar desde la primera vez que te haga hacer algo, o veinticuatro horas en tiempos de mi elección?

Suspiró.

— Me inclino por lo primero, si no te importa.

Fruncí el ceño. Eso reducía bastante los pasos de mi plan hasta prácticamente cinco. No era un plan que me beneficiara en absoluto, la verdad.

— Pero... ¡no es justo! ¡Por lo menos nueve te las pasarás durmiendo!

Pareció meditar la cuestión durante un tiempo en el que me mantuve en vilo. Si descubría mis auténticas intenciones para con su promesa, estaba seguro de que diría que no. No me daría el tiempo que necesitaba para hacer funcionar aquello. Y yo necesitaba que funcionara.

— Está bien. Tienes razón. Que sea en tiempos de tu elección, pero que sepas que ésta será la primera y última vez que algo así suceda, de modo que ya puedes disfrutarlo.

Eso era suficiente. Más que suficiente. Veinticuatro horas era todo lo que necesitaba para que John me aceptara. Veinticuatro horas para que John se aceptara a sí mismo. Mi corazón volvió a latir a un ritmo normal de nuevo.

— Puedes contar con ello.

Entré en el camarote (curiosamente la puerta que tenía detrás, qué coincidencia), y me senté en el filo de la cama, mirándole. La puerta se cerró tras él cuando entró en el cuarto y se me quedó mirando, como si no entendiera por qué estaba observándole tan fijamente. Vi por su tensión muscular que estaba luchando contra el impulso de cubrirse o escapar de mi mirada. Una parte de él estaba de acuerdo con mi escrutinio. Afiancé mis manos sobre el colchón, tomando una amplia bocanada de aire. A partir de aquí tenía que ser cuidadoso, lo sabía. Todo tenía que estar medido, calculado. Tenía la sensación de que si hacía algo mal, John saldría corriendo, lo que era ilógico ya que John era un soldado. Si había soportado Afganistán podría con esto. Era solo que tenía miedo, por primera vez, de que lo que iba a empezar saliera mal y quedarme solo. Era consciente de que la mayor parte de mis acciones en este campo estaban inevitablemente bajo el dominio férreo e inestable de las emociones, y eso me aterrorizaba.

— Está bien. Tomaré un poco de ese tiempo, John —dije, y vi como la nuez de su cuello se movía cuando tragó, nervioso. Seguí el movimiento del músculo, hipnotizado por su desplazamiento bajo la piel clara del cuello de John. Concéntrate, Sherlock. Focaliza—. Quiero que dejes de pensar.

— Oye, yo no sé si te has dado cuenta, pero la gente normal no puede dejar de pensar. No tenemos un interruptor en el cerebro para eso.

Bufé ¿Tenía John que ser tan literal? Menudo absurdo. Me vi en obligación de aclararle lo que realmente quería, no fuera a ser que hiciera algo de lo que luego ambos podíamos arrepentirnos.

— No me refiero a eso. Digo que no quiero que le des vueltas a lo que sea que te haga hacer. Simplemente hazlo, ¿de acuerdo?

— Lo intentaré, pero no te prometo nada. ¿Qué quieres que haga?

Sonreí. Sabía que el primer paso sería que me dijera exactamente lo que le pasaba por la cabeza. Era la primera orden, la que había establecido cuidadosamente después de horas de darle vueltas al orden en el que debían suceder los acontecimientos. Que se cruzara de brazos fue mi perdición en ese sentido, ya que el movimiento hizo que recordar algo que siempre había querido ver y que él nunca me había permitido. Siempre había querido examinar su herida de bala en el hombro para poder deducir correctamente las causas de su lesión. Era quizá la única parte del puzzle que él era que me quedaba por aclarar. Eso, y saber qué ocultaba John bajo esos horribles suéteres de ochos que llevaba siempre. ¿Cómo un veterano del ejército, aunque fuera médico militar, podía tener una constitución física mediocre? El físico no lo era todo, por supuesto. Ser un culturista difícilmente aporta algo bueno a menos que el cerebro vaya casi o totalmente a la par que el músculo. Un cuerpo sin cerebro difícilmente resulta muy atractivo. Es bonito de ver, entretiene durante un tiempo, pero a la larga no sacia. Todos esos pensamientos enloquecidos e inconexos, rebeldes en su mayoría, se unieron a la pregunta realizada por John, y las palabras huyeron de mis labios antes de que tuviera tiempo de reprimirlas.

— Sácate la camisa.

Quise retractarme y dar marcha atrás antes de que fuera tarde, pero John se me adelantó. Sus manos fueron hacia su camisa, y le dio un tirón, sacándola de su prisión bajo la cintura de sus pantalones. Quedé atrapado por el movimiento rítmico y mecánico de sus dedos desabrochando los pequeños botones, empujando las diminutas piezas de plástico a través de los ojales. Iba deliberadamente despacio, y si en lugar de estar siguiendo como un idiota los movimientos de sus dedos, me hubiera preocupado de alzar la mirada hasta su cara, probablemente habría reparado en su nerviosismo, en su excitación. En los esfuerzos que estaba haciendo por ralentizar el proceso, fuera consciente de ello o no. Habría visto lo mucho que en realidad él deseaba lo que estaba por venir, y habría dejado de preocuparme tanto, pero mis neuronas habían cortocircuitado en el momento exacto en el que un pedazo de carne empezó a aparecer bajo la prenda.

Palmeé la cama a mi lado, deseando con un anhelo despejado que se acercara para que pudiera examinarle. Me picaban los dedos por las ganas que tenía de pasarlos sobre su piel. podía ver los músculos firmes pero discretos de su cuerpo, el asomo de una barriga bajo los pectorales, manifestándose en una suave curva de piel acaramelada, reflejo de sus tres años fuera del servicio, comiendo de forma regular hidratos de carbono y sin un ejercicio físico extenuaste y diario para eliminarlos, ni la necesidad de ello. Los casos habían mantenido a John en forma, no obstante. Un militar retirado promedio ya habría perdido la musculatura en favor de la vida descansada de civil. John se había mantenido en forma gracias a nuestras actividades de justicieros de la ciudad. Me mordí los carrillos, intentando que eso me ayudara a mantener el control.

Mis ojos se posaron sobre la piel arrugada de la herida de bala en su hombro, y mis labios se abrieron. Quería decir algo, pero no recordaba cómo formar palabras en una frase coherente, así que abandoné mi empeño. Notaba los movimientos suaves de contracción y dilatación de los pulmones de John, el movimiento de subida y descenso de sus hombros con cada respiración. El pulso palpitando en la carótida, expuesta y pulsante en su cuello. Alargué los dedos hacia la piel rosada, y me detuve, alzando la mirada. No quería molestarle, y no sabía si que le tocara en esa zona lo haría. No dijo nada, por lo que tomé su silencio como consentimiento.

Mis dedos rozaron la piel que, a pesar de ser cicatricial, era más suave que el resto, sin rastro de vello de ningún tipo. Aproveché mis progresos para continuar mi exploración torso abajo. Seguí la elevación de sus bíceps, y descendí por sus costillas, contando en silencio el número de ellas que podía apreciar, notando las depresiones que formaban en la piel que las cubría. John era un mundo nuevo y yo un cartógrafo ávido por establecer un mapa exacto de toda su geografía.

Me levanté y me arrodillé tras él, necesitando una percepción trescientos sesenta grados de su cuerpo. Posé mis labios sobre la base de su cuello, sobre el punto en el que la arteria principal era apreciable y visible, y noté su pulso en mis labios, el calor de su sangre bajo la piel. Subí con ellos rozando la piel febril de su cuello hasta llegar a la nuca, y suspire cuando aspiré el olor hasta ahora desconocido de su pelo. Todos los datos estaban siendo cuidadosamente almacenados en el rincón más seguro de mi Palacio. Noté la primera reacción cutánea de John ante mi tacto: su piel se erizó y se estremeció entero ligeramente. Apoyé la frente un momento en sus hombros antes de continuar, recuperando el aliento y lo poco que quedaba de mi cordura. No había esperado que esto fuera tan... intenso.

Bajé con mi boca hasta su hombro, saboreando su piel hasta alcanzar el orificio de salida de la bala. Había sido un disparo limpia, no letal. De un francotirador a casi un kilómetro de distancia. John había estado agachado cuando se produjo, a juzgar por el ángulo de la trayectoria de la bala. Probablemente, debido a su posición en el ejército, estaría atendiendo a algún herido, tras una cobertura que resultó no serlo. Rechacé la hipótesis. Si hubiera sido solo por eso, no era probable que hubiera desarrollado una cojera psicosomática. No era una circunstancia traumática.

Lo que sí podría haberlos sido, era que hubiera estado escudando a alguien con su cuerpo. Tal vez alguien a quien debieran escoltar. Un herido, un diplomático. Un protegido de guerra. El ángulo y la situación del disparo encajaban con una situación como esa. Entonces lo vi claro. John había estado escudando a un protegido con su cuerpo mientras le atendía, un objetivo claro del enemigo, tal vez por información, tal vez por el poder que poseía, y su hombro había sido atravesado por la bala que tenía como destino al otro sujeto, que había muerto en el acto, su corazón atravesado por el proyectil que perforó a John para llegar hasta él.

Abandoné la zona herida cuando tuve claras las circunstancias de la lesión. Se lo tendría que comentar en algún momento para comprobar la teoría. Pero no ahora.

Descendí por su espalda con mis dedos, resiguiendo sus vértebras y nombrándolas una a una en un intento por no ceder ante el impulso humano. Pude oír como él también las recitaba, nombrando con precisión todas y cada una de ellas. Se estremeció de nuevo cuando llegué al final de su espalda, y me aparté, con la respiración agitada. Mi corazón nunca había latido ni tan deprisa como entonces, ni tan desincronizado ¿Estaría desarrollando una arritmia?

Puse mis manos sobre sus hombros.

— Túmbate.

Verle allí tendido, mirándome expectante mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su acelerada respiración, con la piel enrojecida por el rubor de la expectativa me envalentonó. Me lamí los labios, notándolos secos, y vi como John mordía el suyo. Sonreí. Me consolaba el pensar que no era el único que estaba teniendo dificultades para concentrarse.

Me coloqué sobre él, con las piernas a cada lado de su cuerpo como había hecho esa mañana, impidiendo de firma simbólica su huida. Pude notar el principio de algo creciendo bajo la línea de su cintura, lo que me hizo repentinamente consciente de todo su cuerpo bajo el mío. Casi podía leer en sus ojos todos los pensamientos "indecentes" que estaban pasando por su cabeza. Una parte de mí dejaba que Mycroft, estuviera donde estuviese, viera esto. Al menos después ya no tendría excusa para apelar a mi supuesta ignorancia respecto al sexo.

Miré a Watson desde la altura que me proporcionaba mi posición actual y, ya establecido el que John no se marcharía, decidí que podía subir un punto el nivel.

—Vaya. Parece que estamos sensibles hoy, John.

Repetí la postura de esa madrugada, sabiendo que había tenido un efecto positivo en él, y le aprisioné las manos por encima de la cabeza, bajando mi rostro hasta estar a centímetros del suyo. Aproveché esa distribución para hundir la nariz en el cálido hueco de su cuello, donde el aroma característico de John fluía libremente, y cuando pasé a su hombro sano, me atreví a lamer la piel con la lengua despacio, saboreando. Necesitaba todos los datos de John que pudiera obtener, y el gusto era uno de los sentidos más importantes.

Escuchar su gemido fue lo más gratificante de la última media hora.

Atendiendo a mi deseo de hacía unas horas, rasqué con los dientes la fina piel de su cuello, deseando marcarle. Una vez consideré que los roces habían sido suficientes como para permitir que la sangre de los capilares fluyera bajo la dermis, me retiré para observar mi obra. John jadeaba, estaba rojo y excitado, y sus pupilas se habían dilatado como nunca las había visto. Su boca estaba entreabierta, y la marca enrojecida que habían dejado mis dientes en su cuello era una señal inequívoca de pertenencia, una señal clara y llamativa de lo que estaba pasando allí.

Vi exactamente el momento en el que aparcó todos sus prejuicios y se dejó llevar, el momento en el que lo que los demás pudieran pensar dejó de importarle. El sentimiento de triunfo me inundó, y me encontré desarrollando un rol, algo que nunca había hecho por encontrarlo absurdo. En ese momento, tenía a mi médico debajo de mí, dispuesto a lo que fuera, completamente entregado y sumiso. No había nada de racional en aquello, ya.

Si alguna vez había pensado que el sexo era algo supeditado a las drogas, esa vez comprobé que estaba completamente equivocado.

Cuando tomó mis dedos y los besó uno a uno, sentí que mi razón se iba un poco más con cada toque de sus labios, y cuando finalmente su lengua rodeó mi meñique, sin dejar de mirarme, perdí mi foco de visión y ahogué un gemido, perdido todo control. Podía imaginar con meridiana claridad su lengua haciendo esas mismas cosas en otro punto de mi anatomía...

Empezó a desvestirme y me dejé hacer. probablemente me hubiera gustado que fuera un poco más ágil, pero no tenía fuerza ni ganas ni voluntad para decir nada al respecto de su velocidad. Vi como se sacaba la alianza de la Señora Hudson y fui a hacer lo mismo cuando me detuvo. Alcé una ceja, curioso de lo que podía estar haciendo ¿Era una fantasía? ¿tener sexo con un hombre casado? No. Eso no. Otra cosa.

Se me cerraron los ojos cuando se metió mi dedo en la boca y me mordí el labio hasta que creí que me haría sangre. No podía soportar la intensidad de todo lo que estaba pasando. Nunca me había detenido a pensar en los preliminares, jamás. Me habían parecido siempre estúpidos y sin sentido, como creo haber señalado con anterioridad. Con John eran más que unos meros preparativos, más que un calentamiento. Era otro nivel de sexo. Completamente distinto y mucho más excitante, a mi parecer, que el propio acto en sí. Estaban abiertos a las interpretaciones y algo estímulos, a las sensaciones. Requerían de una cuidadosa estimulación de los puntos erógenos de tu pareja de una forma mucho más creativa, evitando los puntos obvios. También de un alto grado de conocimiento del cuerpo ajeno y de los gustos de la otra parte. En aquella parte del juego ya no era solo yo el que leía lo que John quería, sino que John me estaba leyendo a mí, aun cuando yo no era consciente de querer la mitad de las cosas que me estaba haciendo.

La alianza se deslizó fuera de mi dedo con insultante facilidad, y una vez fui liberado, perdí toda intención de llevar las cosas despacio. Mi libido explotó como no lo había hecho jamás, nublando mi juicio y mis acciones. Nada importaba además del hecho de que John seguía estando demasiado lejos, y de que aún había demasiada ropa de por medio. Molesta masa de lana, algodón y poliéster teñido artificialmente.

Le arraqué los pantalones mientras se quitaba los zapatos, escuchando en la lejanía nuestros jadeos, igual que si fuera la sinfonía más hermosa del mundo. Cuando le tuve en ropa interior, decidí que era momento de igualar las cosas, de modo que me deshice de mis pantalones, también. Una parte aún consciente de mi cerebro registró lo divertido que resultó ver en su expresión que no sabía que tendía a ir sin ropa interior por considerarlo una molestia innecesaria. Mi momento de contemplación se vio interrumpido cuando me rodeó la cintura con las piernas y rodó, aprisionando mi cuerpo contra el suyo. Sentir el roce de su erección atrapada en los calzoncillos contra la mía fue el principio de mi fin. Los labios me picaron con la ausencia de los suyos de nuevo, y el corazón me iba a estallar dentro del pecho. Notaba los pulmones oprimidos, me estaba costando respirar.

— Bésame.

Por fin, la boca de John estuvo sobre la mía, y sabía al vino de la comida y a lasaña y a John. Noté como los ojos se me ponían en blanco mientras estaban cerrados, y por un momento que pareció durar eones, mi mente quedó completamente en blanco. Los estímulos continuos que estaba recibiendo mi cuerpo en todo momento empezaban a resultar abrumadores, pero yo no podía pensar en otra cosa que no fuera la lengua de John rozando la mía, o su boca abriéndose para mí. perdí completamente la racionalidad de nuevo, y me arqueé, tomándole por los hombros para acercarle más. Se me olvidó hasta el respirar, perdido como estaba en el movimiento de su boca. Acaricié con una mano perdida su herida, y el gemido que dejó escapar en mi boca frente a mis acciones hizo que mi miembro pulsara en concordancia con el sonido. Clavé las uñas en sus omóplatos con fuerza cuando sus caderas se apretaron, frotando, contra las mías. Me costó seguir el beso en ese momento, ya que mi boca se abrió automáticamente, sin que le hubiera dado la orden. Sentía todo mi cuerpo como una mansa temblorosa de músculo, piel y hueso.

Una sensación de ansiedad que no sabría describir correctamente ni en un millón de años me cubrió, y me apresuré a retirar sus bóxers. Notaba la tensión acumulándose en mi bajo vientre. Lo único de lo que era consciente era de lo cerca que estaba de acabar, y que no quería hacerlo así.

Cuando le tuve completamente expuesto, libre por fin de las capas tras las que se ocultaba, olvidé mi deseó de obtener información sobre él. Todo había quedado ahogado por el tsunami, por la necesidad primitiva y salvaje de aligerar la tensión que me estaba matando. Podía ver chiribitas blancas y negras cubriendo el mundo. Ya no entraba suficiente aire en mis pulmones. Estaba mareado.

Cuando se irguió, sentándome sobre él, agradecí que me sostuviera, porque no habría sabido cómo hacerlo por mi mismo. Mientras me besaba con urgencia, hambriento de mí, decidí que si alguien tenía que dar el segundo paso, tenía que ser yo.

Tomé en una de mis manos temblorosas nuestros miembros, ya húmedos y resbaladizos por la excitación, y aceleré mis movimientos cuando sentí sus caderas moviéndose inconscientemente contra mi mano, envistiendo. Le oí gruñir mi nombre un par de veces contra mi boca, y lo siguiente que puedo recordar es un destello blanco tras los ojos.

Su cabeza cayó sobre mi hombro, y cuando mi cuerpo ya no pudo sostenerme, caímos de lado sobre el colchón. Sentía mis músculos pesados, mis huesos eran blandos, y mi sangre magma, caliente y espeso. Mi cabeza daba vueltas todavía, perdida en el orgasmo tan brutal que acababa de tener. Nunca, en mi años de experiencia, había sentido algo como eso. Nunca había perdido el control. dejé caer la cabeza hacia el lado donde John yacía, aun recuperando la respiración, y recuperé algo de raciocinio. Sonreí al ver que no era el único al que eso había dejado para el arrastre.

— Gracias, doctor. ya no tengo frío —jadeé, exhausto como si hubiera corrido una maratón.

John meneó la cabeza, con una sonrisa, y rompimos a reír, una risa suelta y ahogada.

Una risa, al fin y al cabo.


¿Alguna petición más que tengáis para mí? Sabéis que esto es un fic un poco a la carta... si queréis un capítulo concreto en POV Sherlock, solo tenéis que decírmelo en un review o en un PM. Pedid y se os dará ;)

Tengo clarísimo que capítulos quiero poner aquí, pero megustaría saberqué pasa porvuestra perversas y oscuras mentes traviesas. *3*

Nos vemos en el siguiente!

MH