Draco despertó tranquilamente esa mañana de sábado, y se acurrucó con placer bajo las mantas calientitas que lo protegían del condenado frío que debía hacer fuera de la cama. Se negó a abrir los ojos, dispuesto, como pocas veces en su vida, a continuar durmiendo un poquito más, como todo adolescente hace un sábado por la mañana. Llegó a sus oídos el sonido de la lluvia que había predicho el día anterior, suavizado por las ventanas y las cortinas de la habitación. Se preguntó qué hora era. Decidió que no quería saberlo, porque si era más tarde de lo habitual en él, se vería obligado a levantarse, y eso era justamente lo que quería evitar. Un suspiro satisfecho salió de sus labios, de esos que se preocupaba el día entero de esconderle a la gente a su alrededor, unida a una sonrisa placentera.

Pero su paz no duró mucho, porque como nunca, sus compañeros de habitación se levantaron antes de lo previsto. Le llegó tras la cortina el susurro de buenos días de Blaise a Theodore, y el roce de las sábanas con el cuerpo del primero que se levantó, seguido de un bostezo de Crabbe y una queja de Goyle. Alguien se adelantó hasta la ventana y corrió la cortina de la habitación, causando que la luz mañanera que permitía la neblina se adentrara a la habitación e iluminara sus cortinas verdes. Qué fastidio de estos idiotas. ¿Alguien no había entendido que quería dormir hoy?

—¡Joder! Cómo llueve—comentó Theo en un susurro un poco más fuerte que el de Blaise—. ¿Será buena idea ir a Hogsmeade con este clima?

—Ni que fuéramos muy seguido ¡Claro que es buena idea!—respondió Blaise con voz ronca. Lo oyó estirarse—. Draco ya debe de estar abajo, despotricando contra los flojos—. Hijo de puta—. ¿Nos damos prisa?

Draco abrió los ojos al fin, soltando el aire que había retenido en un intento por no ser descubierto. Sacó -con mucho esfuerzo- la mano de debajo de la sábana, y abrió la cortina de un tirón.

Se encontró a Theo junto a la ventana rascándose el trasero, y a Blaise acostado sobre las sábanas de su cama con las piernas y brazos abiertos, mirando al techo. Goyle había vuelto a roncar, y Crabbe se obligaba a levantarse posando un pie en el suelo, aunque el resto de su cuerpo grande y robusto seguía boca abajo donde mismo, dándole una desagradable muestra de su retaguardia.

—Si siguen hablando—les advirtió con voz ronca—, descubriré qué poción usaron contra Pansy y la usaré contra ustedes.

Acto seguido, volvió a cerrar la cortina y a posar su cabeza sobre la almohada.

Dos segundos después sintió que se la corrían.

—Mis ojos no creen lo que ven en este momento—oyó decir a Theo, el que se arrodilló en la cama y acercó su rostro al de Draco—. Pero si es Draco Malfoy, el más madrugador de la escuela, durmiendo a estas horas.

Draco gruñó.

—No estoy de humor, Theodore. Piérdete—le ordeno, empujándolo fuera de la cama, haciéndolo caer sobre sus cuartos traseros. La carcajada de Blaise le llegó tras su ojos cerrados.

Al final, Malfoy logró dormir tres horas más de lo acostumbrado. Se levantó sintiéndose culpable de haber perdido tres horas de la mañana, pero satisfecho de haber logrado olvidar sus problemas por ese mínimo de tiempo. Gozó con el agua caliente de la ducha, y se preocupó de verse tan maravillosamente elegante como siempre -dispuesto a brillar como nunca antes en su vida- y bajó al gran comedor.

La gran mayoría de los estudiantes ya estaban allí, disfrutando alegres de su desayuno, charlando a gritos, durmiendo con la comida en la boca o leyendo El Profeta. Un típico desayuno de sábado. Malfoy localizó a sus compañeros cerca de los de primero, y encaminó lentamente sus pasos hacia ellos, cuidando de oír los suspiros que oía al pasar, que día a día le alimentaban el ego. Extrañamente, le llegó un resoplido desde la espalda, y cuando volteó, vio la silueta de Potter pasar rápidamente a su lado en dirección a la mesa de Gryffindor, seguido de un dormido pelirrojo.

—¿Se puede saber por qué demonios estás tan malhumorado?—oyó que le preguntaba. Apenas escuchó el NO rotundo que Potter le devolvió antes de sentarse en su lugar, y agarrar lo primero que encontró de manera brusca. La comadreja se encogió de hombros y le imitó, sólo que con movimientos un poco más torpes.

Draco sacudió su cabeza y se sentó en el puesto que le ofrecieron sus compañeros que, lamentablemente, quedaba cerca del de Potter. Intentando ignorarlo, tomó delicadamente un pedazo de tarta y se la sirvió junto con su querido café.

—¿Sabes qué pensaba, Draco?—le preguntó Blaise antes de tomar un trago de leche—. Podríamos volver a intentarlo. Usar a Finstein no sería mala idea, después de todo, no se dio cuenta de nada. Y sigue siendo nuestra mejor opción. ¿Qué dices?

Draco miró de reojo a Pansy. La chica, impedida de hablar, se había quedado algo rezagada de sus amigas los últimos días. Ellas no la tomaban mucho en cuenta ahora que no tenía ningún chisme que contar, por lo que a menudo reían entre ellas mientras Pansy las observaba con una sonrisa tímida en el rostro. Ahora ni siquiera les prestaba atención. Tenía el codo apoyado en la mesa, la cabeza descansando sobre la palma de su mano, mientras revolvía, aburrida, su café. Recorría la mirada por la mesa de vez en cuando, y luego volvía a la posición inicial. Estaba deprimida, y Draco lo sabía.

—Podríamos, sí—aceptó Draco—pero tenemos que encontrar otra víctima.

Blaise y Theo lo miraron con curiosidad.

—¿Por qué?

—Porque Finstein se va a Australia—informó, aunque la voz le salió más satisfecha de lo que habría deseado. Los chicos lo miraron sorprendidos, y volvieron la vista hacia el susodicho, que se reía del comentario de uno de sus compañeros de casa. Ellos no lo notaron, pero la mirada de Finstein se desvió hasta la mesa de Gryffindor por una fracción de segundo, y una sonrisa triste se alojó en sus labios. Aunque se había prometido no caer en la tentación, Draco lo imitó, encontrándose con un mortificado Potter que le devolvía la mirada a su amante, más no el gesto. Tardó unos minutos en asomar un amago de sonrisa en su rostro, que parecía más un rictus de melancolía. Una contracción se le formó en el estómago al ser conciente del suspiro que se le escapó de los labios antes de desviar la vista hacia la sangre sucia, que le hablaba desde hacía rato de algo que, seguramente, no le interesaba en lo más mínimo.

HPHPHPHP

La salida a Hogsmeade fue bastante... educativa.

Aunque Draco no tenía ni el más mínimo interés, sacó la capa del baúl y acompañó a sus compañeros de casa a las Tres Escobas a pasar el rato. Se sentaron cerca de la ventana, y tomaron unas enormes jarras de cerveza de mantequilla mientras veían a los demás alumnos que habían aprovechado la salida protegerse de la lluvia allá afuera. El escenario era acogedor, cálido en su temperatura, lleno de risas, conversaciones animadas y música ambiental. Ideal para pasar los malos ratos.

Le mandó una sonrisa de suficiencia –de esas que las derretían a todas- desde su mesa a Patricia Burton, una pelirroja de su mismo grado que compartía casa con el fofo, de apetecibles pechos redondos y piernas de modelo que desde principio de año le lanzaba miradas lujuriosas. Pues bien, hoy necesitaba de su lujuria. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa coqueta, miró de reojo en dirección a los baños y volvió a su vista a él. Con movimientos felinos, se levantó de su mesa y desapareció por el pasillo oscuro y vacío que estaba a la derecha del local. Draco lanzó una risita, y disculpándose de sus compañeros, la siguió gustoso.

Cuando Draco salió del baño, se arregló la túnica y el cabello tanto como pudo y se encaminó hacia la mesa. Blaise lo miró extrañado, como preguntándole por qué se había demorado tan poco en el polvo que obviamente se iba a dar con la pelirroja. Pero Draco no le contestó, se sentó a su lado y continuó con la charla que había dejado pendiente como si nada hubiera pasado. Burton salió una rato más tarde, con sus pechos en su lugar y la falda donde debía estar, y se ubicó en su sitio. Draco no le prestó más atención.

Después de un rato más en el lugar, comenzó a sentirse ahogado. Los chicos no quisieron irse, así que los mandó a un lugar desagradable y salió a tomar un poco de aire fresco lo más lejos posible del barullo. Recorrió con la mirada las tiendas que lo rodeaban desde las puertas de Las Tres Escobas, todas repletas de gente que se resguardaba de la lluvia, reconociendo a algunos de los clientes como habitantes del castillo. Aspiró el aire limpio y libre de vómito alcohólico, se tapó con la capucha y salió a estirar las piernas. No se decidió a entrar en ninguna de las tiendas por las que pasó, aunque no estaba seguro de qué buscaba. La verdad no buscaba nada. Sólo quería recorrer las calles bajo la lluvia (aunque ya se había cuidado de remangar sus pantalones para evitar que se ensuciaran con barro), y relajarse todo lo que no había podido la noche anterior.

No llevaba más de cinco minutos caminando cuando una conocida silueta abrigada salió de una tienda y se encaminó a paso lento en dirección a la casa de los gritos. Draco se cuestionó el si llamarle o no la atención, pero contra todo pronóstico, no tenía deseos de pelear ese día. Sin embargo, lo siguió.

Lo vio sentarse sobre un tronco caído (todo mojado), y mirar a la nada por un largo rato. Malfoy se aburrió esperando, y rezó para que algo interesante pasara, pero al rato se arrepintió de ese pensamiento.

Como si fuera una maldición, Ethan Finstein se le acercaba lentamente por la espalda, se sentaba detrás de él y lo rodeaba con los brazos.

—Deberías estar despidiéndote de tus compañeros—le oyó decir con voz débil, sin rechazar ninguno de los besos que Finstein repartía por su rostro y cuello. Más bien, se le ofrecía en bandeja de plata.

—Se pusieron repetitivos—repuso Finstein pegado a su piel. Potter suspiró con cansancio, pero no dijo nada. Se quedaron un momento en la misma posición, hasta que la lluvia cesó. Potter pareció aburrirse, porque volteó y se sentó a horcajadas sobre Finstein y le besó suavemente en los labios—. ¿Me tienes preparado algo interesante para esta noche?—le preguntó el fofo cuando fue soltado. Harry sonrió y apoyó mansamente la cabeza en el hombro de su amante, el que lo acurrucó en sus brazos.

—Sí—le respondió débilmente, seguido de un suspiro—¿A qué hora te vas?

—A las once.

—Genial. Me quedaré contigo hasta el último minuto—aseguró Potter, levantando la cabeza y regalándole una sonrisa que Draco jamás había recibido de su parte. Ni siquiera en sus sueños.

HPHPHPHPHPHP

—¿Estás seguro de que estás bien?—le preguntó Blaise por enésima vez esa tarde. Draco le lanzó una mirada fría, pero no contestó. Se la llevaba dos horas mirando el reloj con nerviosismo, como si fuera a recibir una sentencia al anochecer.

Faltaban cinco para las ocho.

Su mano palpó la botellita que aún estaba guardada en su túnica, y se removió entre sus dedos. Draco casi podía sentir revolverse el líquido en su interior. No entendía por qué estaba tan nervioso. Imágenes ridículas y nada agradables se apoderaban de su mente una y otra vez, oprimiéndole el pecho, alterándolo. Su cuerpo no parecía querer mantenerse quieto a pesar de lo que su mente le ordenaba. Sus pupilas se iban solas en dirección al reloj cada cinco minutos; sus piernas insistían en levantarse de la cama y dirigirse a la puerta; sus nervios le daban choques eléctricos cada vez que una de esas imágenes se posaba en su cabeza. Gracias a Merlín, tenía voluntad de acero.

—¿No quieres bajar a tomar un poco de la cerveza de mantequilla que Rikky trajo de Hogsmeade?—insistió Blaise, acercándose un poco hacia la cama en la que Draco se encontraba acostado, moviendo los pies compulsivamente de un lado al otro. Draco no le miró. Simplemente se levantó de un salto, y comenzó a recorrer la habitación a paso largo, al tiempo que miraba el reloj nuevamente y se acariciaba el pelo platino violentamente. Blaise miró también el reloj, tomando en cuenta la idea de que tal vez estuviera hechizada o fuera la puerta de un laberinto secreto.

Eran las ocho y cinco.

—Ve tú, estoy bien—respondió secamente, volviendo a sentarse. Blaise se cruzó de brazos, no estando tan seguro de querer seguir aguantando ese cambio tan extraño que su amigo había sufrido recientemente. Específicamente, desde que fuera a por la misión.

—No me iré hasta obtener una explicación satisfactoria—sentenció, mirándolo con seriedad. Draco le lanzó una ojeada de rabia contenida.

—No tengo nada que explicarte, metiche. Ya sal de aquí antes de que te hechice—lo amenazó.

—Tendrás que hacerlo, porque no me moveré de aquí. Estoy harto, ¿entiendes? Harto de preguntarte qué te sucedió en esa maldita casa como para que anduvieras así.

—No ando de ninguna manera en especial.

—Andas taciturno, irritante, y más desagradable de lo normal. Y eso es decir mucho—comentó Blaise, abriendo los brazos. Draco chasqueó la lengua, y lanzó su espalda sobre la cama.

—Nada pasó—le dijo sin mirarlo. Blaise suspiró.

—Y dale con que las gallinas mean.

—Las gallinas no son mi tema.

—Entonces estaría muy agradecido de que me dijeras cuál es—le dijo Blaise a Draco.

Draco volvió a sentarse, y miró nuevamente el reloj, ignorando completamente a Blaise.

Las ocho y quince.

¿Habría ya llegado Potter? Quizá no, él siempre se demoraba. Aunque, viendo cómo se había comportado ese último día, lo más probable era que hubiese llegado puntual. ¿Y Finstein? No… Él siempre llegaba a todas partes a la hora. Lo más probable era que ambos estuvieran en ese instante dándole al otro deliciosas frutillas con chocolate derretido, mientras el otro las recibía sensualmente con la boca, lamiendo el chocolate despacio y sin prisa, para luego morderla de a poco, pedacito a pedacito, hasta llegar a los dedos, los que sigue lamiendo. Casi podía ver a Potter alargar la lengua a los dedos gordos de Fintein, y humedecerlos con su saliva ardiente, mientras éste suspira a cada lamida, a cada beso. Luego Potter lo mira y se acerca a él de manera lenta, para entregarle el sabor del chocolate al otro por medio de un beso fogoso. Draco ya puede saborearlo. Es delicioso. Abre su camisa, y acaricia la piel expuesta con sus dedos húmedos. Es tan suave al tacto como la recordaba. Siente el peso del otro sobre sí, su pecho caliente sobre el propio, mientras su lengua recorre el interior de su boca como en un paseo. Acaricia sus hebras negras, y siente las cosquillas que éstas le causan en la palma de la mano. Lo abraza, lo aprieta, lo apresa contra su propio cuerpo…

—¡Draco!

La imagen se desvaneció de su cabeza ante el grito que su compañero de casa le mandó. No tardó en sentir la sangre caliente que había alojado en sus mejillas, la que seguramente le enrojeció el pálido rostro. Blaise alzó una ceja, pero respiró unas cuantas veces antes de arrodillarse frente a él y mirarlo calculadoramente.

—¿No has pensado que tal vez yo pueda ayudarte?—le preguntó con voz suave. Draco lo miró ausente. Jadeaba un poco, aunque no sabía la causa de ello.

—No puedes ayudarme—sentenció, girando el rostro—. No querrás hacerlo.

—¿Por qué?

—No lo entiendes.

—No me lo has explicado…

—¡No lo entiendes!—explotó, mirándolo con toda la rabia que se había estado guardando. Blaise alzó las cejas, sin dejarse intimidar, exasperando aún más a Draco—. ¡Están juntos!—gritó, señalando el reloj que llevaba una hora mirando. Blaise parpadeó, sin comprender. Pero no tardó en hacerlo. Draco estaba celoso. Celoso de alguien. Al principio la idea le pareció absurda, pues Draco Malfoy nunca tenía motivos para estar celoso (sin tomar en cuenta sus absurdos celos a Harry Potter) : era rico, tenía un padre poderoso, era el líder de su casa… Lo tenía todo.

Exacto, le dijo una vocecita en su mente, está acostumbrado a tener todo lo que desea.

Y por lo que pensaba, en este minuto había algo que Draco quería que no había podido obtener, y que para colmo, otro había conseguido. Bien, eso explicaba muchas cosas.

—Y… ¿Quiénes están juntos?—aventuró. Draco parpadeó varias veces, haciéndose conciente de que se había descubierto frente a Blaise.

—Nadie. Olvídalo—. Blaise lo tomó de los hombros, arriesgándose a ser mandado a la mierda. Draco no era de los que disfrutaba con las muestras de cariño. Pero nada pasó, pues el rubio estaba demasiado distraído como para siquiera darse cuanta.

—Puedes confiar en mí, y lo sabes. ¿Hay alguien a quién deseas? Sólo dime sí o no—. Draco dudó, pero finalmente terminó afirmando con la cabeza. Blaise suspiró, agradeciendo al cielo que estuvieran avanzando—. Yo puedo ayudarte a obtenerlo, Draco. No importa quién sea. Y quitaremos al que te lo impide del camino.

Draco resopló, aunque no dijo nada. Se negaba a dirigirle la mirada, pero Blaise no se la buscó. Simplemente esperó a ver qué pasaba.

—No tienes que hacerlo—le dijo serio después de unos segundos—. Estoy desvariando, ése es el problema. Imagino cosas... Cosas que me sacan de quicio. Eso es todo.

Un silencio que a Draco le pareció muy cómodo se instaló en la habitación. Blaise se rascó la cabeza, intentando pensar en la situación de su compañero.

—¿Patricia Burton?—aventuró. Draco resopló, como si la idea de que Burton le quitara el sueño fuera imposible.

—Por favor… —le dijo con una sonrisa irónica en el rostro—. Es linda, pero no tiene idea de cómo chupársela a nadie. Sin contar con lo fácil que es. Puta de mierda…—comentó entre carcajadas que le pegó a Blaise, el que se sostuvo el abdomen del dolor.

—¿Y tú? ¡Te has comido a toda la escuela!—lo molestó, intentando animarlo. Draco le sonrió con superioridad, sin dejarse fastidiar.

—Es diferente—le aclaró, echando la espalda sobre su cama nuevamente y apuntándole con el dedo—. Yo escojo con mucho cuidado a mis amantes, y sólo les dejo paso a los que realmente me interesan. Ella le abre las piernas a todo el mundo.

—¿Y por qué te la jodiste, entonces?

La sonrisa de Draco se borró, manteniendo los ojos fijos en el techo. Blaise también se puso serio, e iba a disculparse cuando los ojos de su compañero viajaron nuevamente al reloj. Y Blaise lo supo:

—¿Otra vez esa persona que te tiene loco?—preguntó con voz suave. Draco bufó.

—No me tiene loco.

—Cuéntame de una vez, ¿quieres?

Draco lo miró con una chispa de culpa en los ojos, y le lanzó la bomba.

—Jamás llegué a Ravenclaw.

Blaise pestañeó, sin entender a qué venía esa declaración. Hasta que la información le llegó al cerebro, claro.

—¿Qué?

Y Draco le contó absolutamente todo. Incluso la identidad del amante de Finstein. Y aunque Blaise quedó en shock por una buena cantidad de tiempo, y se rió de él la hora siguiente, no le culpó de nada.

HPHPHPHPHPHPHPHP

—No puedo creerlo—le dijo Blaise la mañana siguiente en le Gran Comedor. El día había amanecido soleado y radiante. Parecía que se guiaba por las emociones de Draco, porque desde que había hablado con Blaise, había sentido que le quitaban un peso de encima. Se sentía más libre, más claro, más astuto y frío que los días anteriores, y era casi como volver a casa después de mucho tiempo fuera. Ni siquiera le molestaba que Blaise mirara Pottercon una expresión extrañada—. ¿En verdad te gusta?—le preguntó en voz baja. Draco sonrió, y acercó su rostro al de él, para que nadie más lo oyera.

—No es que me guste—le comentó, untando mantequilla sobre su tostada—. Simplemente no puedo quitarme de la cabeza la idea de metérsela.

—Te gusta… —. Draco bufó, pero no dijo nada. Blaise miró en dirección al fofo por unos instantes— ¿Sabes? No sé por qué te haces tanto problema. Finstein se va hoy, y tienes el camino libre.

—¡Hey! ¡Despierta!—le contestó Draco, golpeándole despacio la cabeza con el puño, como tratando de descubrir si estaba hueca— ¡Es Potter! Jamás en su puta vida se abriría de piernas para mí por voluntad propia.

—Pero sí para Finstein—aseguró Blaise estúpidamente. Draco asintió.

—Eso es obvio, ¿no te parece?—. Blaise no contestó por un momento.

—¿Cuánto crees que Potter lo extrañe cuando se vaya?

Silencio. Draco lo miró extrañado, con la jarra de leche a medio camino hacia su vaso.

—¿Qué demonios quieres decir?

Blaise lo miró con una sonrisa sospechosa.

HPHPHPHPHPHPHPHP

Se le hizo una gran despedida a Finstein. Dumbledore le dedicó unas palabras en el desayuno, seguido de un aplauso general de ánimo y buenos deseos que Draco imitó con mucho entusiasmo. Sus compañeros Ravenclaws se reían de sus chistes y le daban golpecitos amistosos en la espalda a cada rato, los que no cesaron mientras caminaba con sus maletas listas hacia las puertas de la escuela junto a un profesor, seguido de varios compañeros. Otros le esperaban en las puertas mismas, ansiando darle buenos deseos, incluyendo miembros de las otras casas. Incluso algunos Slytherins se habían acercado al grupo, pero de pura curiosidad. Entre ellos, claro, estaba Draco, mirando el espectáculo con satisfacción e impaciencia. ¿Por qué demonios se demoraba tanto en partir? Miró con enfado a los que le cerraban el paso, demorándolo, y paseó la vista con desdén entre todos los presentes.

Y en ese paseo, divisó una figura que se acercaba a las puertas, allá en lo alto de la escalera. Caminaba lento e indeciso, como si no supiera si era o no buena idea acercarse a Finstein y despedirse de él. Draco pensó que se lanzaría a sus brazos, pero no lo hizo. Se quedó apoyado en el marco de la gran puerta mirándolo con amargura, tristeza y rabia, sin intervenir, despedirse, o intentar detenerlo cuando el fofo dio la espalda a Hogwarts y caminó con su equipaje hacia el carruaje tirado por thestrals que Dumbledore le había preparado. Pero Finstein sí volteó, justo antes de entrar, y le sonrió desde su posición. Potter lo imitó, pero no hizo nada más, y vio con impotencia cómo su amante se subía al carruaje y se perdía en el horizonte.

Potter estuvo muy malhumorado los días siguientes a la partida de Finstein. Lanzaba miradas fieras a cualquiera que se le cruzara por el camino, amigo o enemigo, y lanzaba garabatos cada dos por tres al aire. Otras veces, se quedaba silencioso y quieto en una esquina, alejado de los demás, y gruñendo cuando alguien se le acercaba.

Sus amigos hacían de todo por animarlo al principio, pero pronto decidieron dejarlo en paz y esperar a que se le pasara la recaída.

En cambio, Blaise lo animaba todos los días a que cumpliera con sus deseos y agarrara a Potter desprevenido, de manera que no pudiera rechazarlo. Draco se negó en un principio, considerando que esa jugada lo rebajaba, pero pronto comprendió que si no era de esa manera, no sería de ninguna otra, a menos que lo hiciera por la fuerza. Y él quería a Potter bien activo en el acto.

Así esperó hasta una cálida noche de sábado después de la práctica de los Gryffindors. Los vio dirigirse a los vestidores sumergidos en una conversación, mientras comparaban las heridas que se habían hecho durante el juego, se reían y se daban empujones amistosos. Oyó una carcajada apagada de Potter desde su escondite en las gradas, y corrió hacia el interior del castillo al verlos desaparecer tras la puerta. Se escondió detrás de una estatua y esperó.

Los jugadores tardaron en llegar, pero finalmente se oyeron sus voces acercándose al castillo. Entraron a paso lento, quejándose de dolores musculares y acusando a Potter de ser muy duro. Lo oyó bufar, pero se rió por lo bajo, y siguió conversando con otro de sus jugadores, quedándose rezagado de los demás. Draco arrugó la nariz. Debió haber previsto que Potter no se quedaría solo. ¡Siempre había alguien cerca de él!

Asomó la cabeza desde su escondite, y asegurándose de que su plan no se echara a perder, lanzó un hechizo a la figura ennegrecida del compañero de Potter.

—¿Sabes, Harry?—le dijo un segundo después de ser alcanzado por el embrujo—, he olvidado algo allá en los vestidores, así que iré a buscarlo, ¿sí? Después te alcanzo.

—Claro, como quieras—respondió el pelinegro, encogiéndose de hombros, y siguió su camino antes de ver desaparecer a su compañero en el patio. Draco le siguió, con un hechizo que desaparecía el sonido de sus pasos sobre la piedra, mientras que los de Potter se oían fuertes y claros y rebotaban en las paredes. Eso era una ventaja para Draco, y lo sabía. Una luna despejada iluminaba su figura sombría por unos segundos al pasar junto a una ventana, y luego volvía a desaparecer en la oscuridad, y el sonido fantasmal de una que otra ráfaga de aire se unía a los golpes que le daba su corazón en el pecho. Pero no de miedo; de anticipación. Lo deseaba. ¡Lo deseaba tanto!

Potter no tardó mucho tiempo en intuir que no se encontraba solo.

Apenas tuvo el tiempo de esconderse cuando éste volteó el cuerpo con rapidez, buscando a su seguidor, y retrocedió sus pasos como un felino que busca una presa; sus ojos alerta y los colmillos a la vista. Draco contuvo la respiración cuando oyó sus pasos secos pasar junto a él, y cuando lo intuyó lo suficientemente lejos, se adelantó al camino de Potter y dobló una esquina, haciendo adrede un sonido que lo alertara. Y lo hizo. Curioso por naturaleza, Potter siguió el sonido y dobló a la esquina, para ver una túnica que desaparecía en el pasillo siguiente. Y como era de esperarse, corrió en su búsqueda, pero no encontró nada. Desenfundó la varita y continuó con su camino. No había dado ni diez pasos cuando el sonido de pies que subían por una escalera lo alertó a su espalda, y con un movimiento rápido los siguió. Y subieron y subieron hasta llegar al séptimo piso, y Harry llegó justo a tiempo para ver la túnica desaparecer tras la puerta de la sala multiuso, y oír el golpe de ésta al cerrarse. Harry caminó decidido, pero con cuidado hacia la entrada de la sala, y se quedó unos segundos frente a ella antes de alargar la mano, girar la manilla y abrir la puerta.

La luz amarillenta y crepitante de una chimenea le dio la bienvenida. El cuarto era pequeño, sin muchos muebles más que un armario, unos almohadones regados por el piso y una cama matrimonial. Caminó al interior del cuarto con cautela, la varita fuertemente sostenida en su mano y los ojos alertas a cualquier movimiento. Pero no se esperaba el agarre por la espalda. Luchó contra su escurridizo perseguidor intentando propinarle una patada en sus partes nobles, pero una voz conocida en su oído– demasiado conocida – detuvo todos sus movimientos…

—¡Detente!

Potter se zafó de su agarre con un movimiento rápido y se alejó un paso de él, volteado a verlo en el acto. La expresión se sorpresa no tardó en aparecer en su rostro, demasiado impactado como para creer lo que estaba viendo. Draco no dijo nada. Tampoco sabía muy bien qué decir, en realidad.

—¿Ethan?—se oyó su voz susurrante. Potter parecía haber olvidado cómo respirar. Draco lo observó en silencio, notando con interés los diferentes colores dorados y rojos que tomaba su rostro al estar cerca del fuego. El silencio inundó la habitación, interrumpida sólo por el sonido crepitante de la chimenea. Y justo cuando Draco iba a abrir la boca y decir algo, Potter pareció volver a la realidad y recordar que tenía su varita en la mano. Y Draco se vio con su punta frente a su nariz al segundo siguiente—. ¿Quién eres tú?——le preguntó con la voz grave, mirándolo con una frialdad a la que Draco estaba acostumbrado. Malfoy alzó las manos de Finstein en son de paz.

—Calma Potter, estoy desarmado—afirmó, agitando las manos gordas del fofo a sus lados. Potter apoyó la punta de su varita en la nariz del Slytherin, y repitió la pregunta:

—¿Quién eres tú?

—Eso no importa ahora—. Potter hizo una mueca de desagrado.

—Tienes razón, no importa. Voy a romperte los huesos de todas formas—afirmó, apretando la punta de la varita con fuerza contra su mejilla. Draco dobló un poco la espalda, intentando disminuir la presión—. ¿Qué clase de broma sádica es ésta?

—No es lo que piensas.

—¿Ah, no?—preguntó con voz aguda, y una sonrisa mordaz en el rostro.

—No.

—¿Y entonces?

Draco sonrió, sin poder evitarlo, y en un rápido y sorpresivo movimiento agarró la muñeca de Potter y tiró de él. El cuerpo del desprevenido pelinegro golpeó contra una pared, y se vio apresado por el del hombre que había tomado la forma de Ethan. Pero Potter aún no había soltado su varita, y apuntó al costado del impostor con una expresión furiosa.

Draco no se dejó amedrentar, y volvió a sonreír. Iba a ganar esta partida, de una forma u otra; y era un juramento.

Y antes de que Potter pudiera prevenirlo, los labios falsos de Ethan Finstein estaban sobre los suyos, mientras su lengua intentaba entrar con movimientos suaves y calientes. Draco lo sintió resistirse dentro de su abrazo, y apretar la varita contra su abdomen, pero no lo soltó. Había soñado tantas noches con este momento, que no dejaría libre a su presa ahora que lo tenía donde lo quería. En vez de liberarlo, impidió que se alejara agarrándole con ambas manos la cabeza, mientas aumentaba la urgencia del beso. Y por muy milagroso que pareciera, los músculos tensos de Potter fueron cediendo poco a poco, cayendo en una languidez que precedía la derrota. Abrió la boca, manso, y se dejó hacer, como si de pronto hubiera olvidado que podía moverse. Lo sintió derretirse bajo sus manos como mantequilla en pan caliente, ceder ante su calor y gemir bajo sus labios. Y supo que había ganado.

Despacio, una de sus manos resbaló desde la tersa y lampiña mejilla de Potter. Recorrió el hueco del cuello en una caricia lenta, y bajó por su brazo hasta agarrar la mano que aún sostenía la varita, la que disminuyó su fuerza con sorprendente rapidez y dejó caer la varita sobre la alfombra gris con un sonido amortiguado. Sólo entonces, Draco terminó el beso y lo miró a los ojos con las pupilas brillantes. Potter jadeaba, incapaz de hacer o decir nada, y lo observaba con la mirada perdida.

—No es una broma, Potter. En realidad, vengo a ofrecerte un intercambio—le dijo el rubio con la voz ronca. Potter cambió su expresión a una de extrañeza, como si pensara que hablar de negocios después de ese beso era algo descabellado. Draco sonrió, conciente de lo que había logrado: por fin, después de años, tenía a Potter a sus pies—. Sé que tú y Finstein eran amantes—continuó—, y sé que lo extrañas—. Potter iba a decir algo, pero no pareció tener las fuerzas—. Y como te habrás dado cuenta ya, te deseo. Así que te propongo una oferta tentadora: puedes tener a Finstein ahora, a través de mí.

—¿A cambio de qué?—le preguntó, recuperando la voz. Draco sonrió.

—Sólo déjame quererte.

Esta vez, se acercó a sus labios con lentitud, y los rozó con los propios con delicadeza antes de apoderarse de ellos. Potter cerró los ojos, aceptando el trato. No pareció importarle que no fuera Finstein quien lo estuviera besando y acariciando sobre la camisa de la escuela. Más bien lo aceptó mansamente, y pronto comenzó a responder a las caricias olvidando por completo que Draco no era Finstein. Y aunque al rubio le dolió un poco en su orgullo, aceptó que estaban jugando con sus propias reglas, y como tales, debía respetarlas.

Draco no podía negar que ese beso se sentía muy bien. Potter no sólo se lo estaba respondiendo, sino que también podía sentir sus dedos clavándosele en la espalda, sobre la túnica de la escuela, desesperado por más contacto. Pronto, Draco no aguantó más y le quitó la camisa, sintiendo por segunda vez la piel caliente y los músculos fuertes de la espalda de Potter bajo sus palmas. Profundizó el beso y Potter gimió contra sus labios y se apretó más a él. Una de las manos de Potter subió por su espalda y le sujetó de la cabeza, revolviendo sus cabellos perfectamente peinados. Y por primera vez en años, a Malfoy no le importó. Simplemente se deleitó del trasero del pelinegro, agarrándolo con fuerza, y lo empujó con su cuerpo a la cama que estaba unos pasos más allá. Cayeron juntos a los pies de la cama, Draco arriba, quien pronto apoyó las rodillas sobre el colchón, rodeó a Potter con los brazos y lo arrastró hasta la cabecera. Potter, riéndose dentro del beso, le quitó la túnica y le levantó la camisa para acariciarle la espalda desnuda con ambas manos, mientras apoyaba los pies sobre la cama. Draco se acomodó entre las piernas de su nuevo amante, y bajó hasta su cuello, sintiendo que los gemidos del pelinegro aumentaban. Draco sonrió, conciente de que le había encontrado un punto sensible.

—Bonito cuarto—lo oyó decir en un tono medio irónico, mientras Draco besaba uno de sus hombros. Lo miró. Potter sonreía, y lo miraba con un cariño que, aunque no iba dirigida a él, lo conmovió. Volvió a sentir envidia de Finstein. Le dio un beso corto en los labios.

—La sala lo escogió—le explicó, sonriendo de lado—, yo sólo le pedí un lugar que fuese acorde a mis planes.

La sonrisa de Potter se esfumó, reemplazándola una expresión triste.

—¿Qué te hizo estar tan seguro de que aceptaría?—le preguntó. Draco aumentó más su sonrisa, creando ese gesto puramente Malfoy que lo caracterizaba.

—Porque yo siempre consigo lo que quiero.

Potter volvió a sonreír.

—Oye, ese gesto se me hace conocihhdhmmm…

Cortó la frase con un beso, y pronto Potter olvidó lo que iba a decir. Perdió la noción del tiempo y el espacio, y volvió a entregársele como sólo él podía hacerlo.

Malfoy se quitó la camisa, mientras Potter le desabrochaba los pantalones y se los bajaba hasta las rodillas junto con la ropa interior. Draco volvió a besarlo al tiempo que hacía esfuerzos por quitárselos, hasta que finalmente quedaron en el suelo. Sintió las manos calientes de Potter sobre su cuerpo falso, recorriéndolo con familiaridad en cada recoveco y cada redondez que poseía, como si se las conociera de memoria. Gimió dentro de beso, y Potter sonrió, lamiéndole el labio y llevando sus manos hasta el borde de su pantalón en un movimiento sensual. Malfoy entendió el mensaje y sonrió. Trazó un camino de besos lentamente, bajando desde su cuello, y desabrochó su cremallera al llegar al vientre. Aprovechando el impulso, quitó de en medio pantalón y ropa interior en un solo movimiento, y depositó un beso al interior del muslo izquierdo. Potter jadeó al sentir un escalofrío.

—Ethan…

Malfoy alzó la cabeza al oír ese nombre, encontrándose con la mirada de Potter sobre él. Éste le sonrió con culpabilidad, como si recién se hubiera percatado de su error, y se sentó sobre la cama manteniendo las piernas abiertas, donde Malfoy aún lo esperaba. Sin otra palabra, las manos de Potter acariciaron las propias con lentitud, y subieron por sus brazos hasta los hombros, donde lo agarró con suavidad, y lo obligó a erguirse hasta su altura. Draco se acomodó frente a él, sin entender lo que deseaba hacer. Mirándolo a los ojos, Potter sonrió y se acercó a sus labios con parcimonia, en un beso dulce y delicado. Draco cerró los ojos y respondió, mientras sentía las manos de Potter dirigirse a su espalda desnuda. De pronto, sus labios dejaron los de Draco y se dirigieron a su mejilla, pasando por la quijada y la clavícula, donde no escatimaron en besos, mordiscos y lamidas, mientras sus brazos lo rodeaban y las caderas del pelinegro se alzaban y se posaban sobre su pene erecto.

Draco gimió al sentir que Potter se empalaba en él, llenándolo de su suavidad hirviente. Potter lo imitó, dividiéndose entre el deseo y el dolor, y no tardó con el vaivén, llenando la habitación de gemidos que parecían rebotar en las paredes, los que fueron aumentando de ritmo acorde con los movimientos. Potter lanzó un grito al sentir el golpe en su próstata, y Draco se entretuvo con uno de sus pezones, sintiendo que le corrían gotas de sudor por la frente y la espalda.

Los dedos de Potter se enterraron sobre su piel, rasguñándola, cuando llegó éste al clímax, seguido de Draco, el que lanzó un gemido ahogado al sentir su semilla expulsada en el interior del pelinegro. Pudo sentir el corazón de Potter golpear contra su pecho, junto a los estremecimientos de su cuerpo, y se preguntó si Finstein lo hacía desfallecer de la misma manera como él lo había hecho. Empujó a Potter hasta la cama, recostándolo. Éste simplemente se dejó llevar por Draco, y le permitió con gusto apoyar el rostro sobre su pecho. Alzó la mirada. Potter mantenía los ojos cerrados, y su pecho se alzaba ahora con tranquilidad en una respiración pausada. Sabía que estaba despierto, pero no se atrevió a hablar.

Cerró los ojos, concentrándose en los latidos del corazón de Potter que golpeaban contra su oído, mientras el fugaz pensamiento de que debía irse lo embargó.

No se sintió capaz de alejarse de los brazos que lo tenían rodeado, ni del sonido bombeante que llenaba sus sentidos. Tenía el cuerpo agotado, y sus extremidades se sentían laxas y hormigueantes.

Se fue quedando dormido con lentitud, mientras el cabello negro de Finstein iba tomando un tono amarillento.

………………………………………

Cuando Potter despertó al sentir los rayos del sol sobre el rostro, se encontró con que abrazaba algo tibio. No se atrevió a abrir los ojos, pensando que tal vez soñaba. Pero al aspirar el aire en busca de más oxígeno, el olor de otra persona le llegó a los sentidos. Y entonces comprendió.

Estaba abrazado a alguien.

Abrió los ojos, alterado, y se descubrió con el rostro apretado contra una espalda masculina que le era completamente desconocida. Sostuvo el aire en los pulmones, aguantando el impulso de alzar la vista y ver el rostro o los cabellos del que la noche anterior había tomado el lugar de su amante viajero.

No quería saberlo. No deseaba conocer la identidad del hombre que había logrado… someterlo de esa manera. Porque eso había hecho. Se había apoyado en un conocimiento que casi nadie tenía, y lo había doblegado, engañado, estafado, chantajeado… Ya ni sabía de qué calificarlo. ¿Cómo pudo ser tan estúpido para permitir que sucediera?

Oh, por Dios, Ethan se acababa de ir, y ya se había acostado con otro hombre. ¿Tan desesperado estaba?

Cerró los ojos de nuevo.

Tenía que salir de ahí.

Draco Malfoy se despertó al sentir un rápido movimiento a su espalda. Lo primero que sintió fue rabia por ser molestado a esa hora de la mañana, pero al ver que nadie intentaba levantarlo, se extrañó.

Así que abrió los ojos.

Una habitación conocida -que casualmente no era su cuarto- fue lo que encontró. Arrugó el entrecejo y se llevó una mano al rostro para desperezarse, pero algo lo instó a dejarla a medio camino. La miró por un par de segundos antes de reaccionar.

Era su mano. Su mano de verdad. La gorda de dedos cortos que la noche anterior había tenido había desaparecido.

Oh, Merlín.

Dio un salto involuntario al percatarse de la situación, y levantó la sabana para mirarse los genitales, que casualmente eran los suyos.

Reconocería su pene en cualquier parte, y ese era su pene.

Oh, Merlín.

Se había dormido, la poción había terminado su efecto, y Potter estaba a su lado. Y para colmo, había despertado antes que él.

Volteó rápidamente la cabeza hacia el pelinegro. Lo encontró al borde de la cama sentado, de espaldas a él y con la cabeza gacha. Podía sentir su respiración trabajosa y jadeante desde donde estaba.

Intentó decir algo, pero fue rápidamente interrumpido.

—No digas nada—lo detuvo Potter desde su lugar, sin voltear a verlo. Draco cerró la boca, sin saber por qué le hacía caso. Esperó a ver qué quería hacer Potter a continuación—. No te vi el rostro, así que no sé quién eres. Y no quiero saberlo. Sólo… vístete y sal de aquí.

Draco se encontró con una gran cantidad de frases atoradas en su garganta, ahogándole. Y aunque debería sentirse aliviado de que Potter no lo hubiera descubierto, no se sentía satisfecho. Una parte de él había deseado que Potter lo viera, que se enterara de quién le había dado el placer la noche anterior; que había sido suyo.

Que por una vez en la vida, le había vencido.

Algo similar a la osadía se apoderó de Draco, y se acercó con cautela al Griffindor, con una sonrisa mordaz en el rostro. Potter se sobresaltó al sentir un beso en su espalda, pero no se atrevió a voltear, conciente de lo que el otro hombre pretendía hacer. Corrió su cuerpo para evitar un segundo contacto.

—Ya vete, ¿quieres?—impuso cortante, decidido a no mirarlo. Malfoy arrugó el entrecejo, y depositó un nuevo beso sobre la curva de su cuello. Potter se tensó, y con una sonrisa, Draco rodeó su vientre con ambas manos, y lo acercó hacia él. Quería que lo sintiera, que supiera cómo era su cuerpo en realidad. Quería que lo deseara a él, que lo sintiera a él, que lo tocara a él.

Potter no hizo nada por impedirlo, pero seguía tenso. Tampoco lo miró, lo que desconcertó un poco a Draco.

¿No quería verlo?

Pues que lo escuchara.

Acercó sus labios lentamente hasta el oído de su enemigo.

—No me des ordenes, porque sabes que no te obedeceré.

El arrastre de las palabras era tan peculiar, que cualquiera lo hubiera identificado. Mucho más Potter, que lo oía todos los días en cada insulto que había recibido de él durante años. La inconfundible voz de Draco Malfoy.

Potter inspiró con dificultad, y aún con la vista en la pared, agarró las manos de Draco con fuerza e intentó separarlas de su piel. Pero Draco aumentó el agarre y lo lanzó de espaldas sobre el colchón, quedando encima de él con su rostro a dos centímetros del de Potter. Éste lo miraba con los ojos muy abiertos, y parecía haber olvidado cómo respirar o moverse. Draco no dijo nada, conciente de que Potter aún trataba de asimilar su situación.

La asimiló rápido.

Draco lanzó un gemido al sentir el puño directo a la mandíbula, y se llevó una mano al rostro con dolor. Potter lo empujó lejos de él.

—¡No me toques, hijo de…!

—No te quejaste la noche anterior—alegó Draco, sobándose la parte dolorida. Los ojos de Potter refulgieron de rabia, e impulsivo como era, se le lanzó encima con la clara intención de hacerle el mayor daño posible. Draco sintió un segundo golpe en la mejilla, pero logró esquivar el tercero. Para su suerte el pelinegro estaba fuera de sí, y lanzaba golpes sin objetivos fijos, sólo concentrándose en soltar la furia sobre él, por lo que le fue un poco más fácil someterlo. Lo agarró de las muñecas con toda la fuerza que tenía (no fue fácil, Potter era delgado, pero tenía mucha fuerza) y las colocó sobre su cabeza, ayudándose con el resto de su cuerpo para mantenerlo fijo a la cama. Potter gritó de furia, pataleó, se sacudió y luchó hasta el cansancio, mientras Draco hacía lo posible para dominarlo, hasta que las gotas de sudor corrieron por su rostro y cayeron sobre Potter, el que parecía tan fresco como si acabara de salir de una ducha.

—¡¡¡YA!!!—gritó el rubio, fuera de sí. Contra todo pronóstico, Potter terminó con los movimientos, pero jadeaba de rabia como un toro furioso. Malfoy le devolvió la mirada helada que éste le daba—. Compórtate, ¿quieres? Tú aceptaste, no me culpes de todo a mí.

—¡SUÉLTAME!

—¡Sabías que no era Finstein, y aceptaste!—repitió, ignorando la orden del Gry.—¡No te importó mi verdadera identidad!

—¡Me importa ahora! ¿Qué demonios sacabas con todo esto?

Draco no supo qué contestar en un principio. ¿Qué sacaba? No tardó mucho en comprender que había sido con una sola razón.

—Era lo que quería—respondió tranquilo, mirándolo a los ojos. El rostro de Potter se deformó en una mueca furiosa.

—¡Pues lo lograste! ¡Ya puedes ir a contarle a todas tus amigas serpientes!—Potter forcejeó de nuevo—¡SUÉLTAME!—. Malfoy volvió a arrugar el entrecejo, enojándose él también. Tomó su varita, que estaba en una mesita de noche, y ató las muñecas de Potter a la cabecera de la cama, para luego erguirse con tranquilidad y tomar su ropa para vestirse— ¡Hijo de…!

—No voy a arriesgarme a que me golpees nuevamente—le dijo, colocándose los pantalones. Aunque sabía que no serviría de nada, Potter siguió intentando zafarse.

Cuando estuvo listo, Draco se acercó a él, y esquivando una patada, acercó su rostro al de Potter.

—Adiós, cariño—le dijo con una sonrisa mordaz, y le dio un beso forzado de despedida. Ignorando los insultos, Malfoy se acercó a la puerta y la abrió. Sólo entonces desató las manos de Potter, y salió corriendo antes de que lo matara.

—¡TE ODIO!—se oyó hasta las escaleras.

……………………………

A pesar de que no se sentía bien del todo a causa de cómo habían terminado las cosas, le confirmó a Zabini que había logrado su objetivo. Porque lo había logrado, ¿no? Se había metido en los pantalones de Potter. Zabini se mostró muy contento con su triunfo, y hasta lo invitó a una cerveza de mantequilla en la próxima salida a Hogsmeade como celebración, no sólo por haber logrado el objetivo, sino que porque a causa de eso, había saciado sus deseos al fin, y ya no tendría que pensar en Potter nunca más. Y Draco sonrió, sabiendo que era cierto. ¡Era libre del pensamiento de ese Gryffindor en su cabeza para siempre!

Los primeros días después de esa noche, fueron maravillosos. Se sentía como un rey que había ganado una guerra en el territorio enemigo, orgulloso de sí mismo y de lo que era capaz. Su cabello se veía más brillante, y su piel más lozana; su porte más imponente y su mirada más poderosa. Se acostó con tantos durante esos días, que en ningún momento pensó en el pelinegro, ni soñó con él. Ni siquiera se lo cruzaba por los pasillos.

Hasta el día en que sí se lo encontró, claro.

Lo encontró apoyado sobre el muro de piedra, conversando con un chico de Ravenclaw. Estaban cerca de la clase de Aritmancia, y como no pertenecía a esa clase, ni lo había visto jamás por esos lados, se extrañó de su presencia. Por primera vez en mucho tiempo, no prestó atención a los suspiros de admiración femeninas, centrado como estaba en la única persona de la que quería atención. De la que siempre había querido atención.

Pero Potter no le había dedicado ni la más mínima mirada fugaz, demasiado entretenido en ese nuevo chico, que le sonreía como un idiota mientras hablaba.

—¡Buenas tardes, Samantha! Te vez muy hermosa hoy—le dijo muy fuerte a una chica sangre pura de Slytherin con la que se había acostado hace… bueno, con la que se había acostado. La respuesta de ella fue la esperada: se quedó sin palabras, demasiado excitada como para poder contestar, mientras las otras la miraban con odio.

Pero Harry Potter no volteó a verlo, y Draco comprendió que lo ignoraba a propósito. ¡Lo ignoraba!

Se preguntó seriamente si Potter planeaba tirarse a ese chico, el que sin dudas estaría encantado con la idea. Se asqueó de las imágenes que se agolparon en su cabeza, donde había un gran enredo de piernas y un par de caderas que se agitaban con fuerza, mientras Potter gemía y gritaba su nombre.

"Draco"

Un momento, no su nombre…

"Draco"

El nombre de ese chico desconocido…

"Draco"

Ese que lo miraba con expresión embobada…

"¡DRACO!"

Sacudió su cabeza involuntariamente, horrorizado. Las imágenes volvían de nuevo, y no quería que volvieran a atormentarlo. Respiró hondo, tratando de calmarse, y se acercó un poco a la pareja, con el fin de oír lo que conversaban.

—¿Estás seguro? No quiero que te arrepientas a último minuto. Y sobre todo, no quiero molestarte—decía Potter con voz calmada. El chico negó con la cabeza enérgicamente.

—¡No lo haces! Me encanta enseñar, y mucho más si se trata de historia.

—En verdad te gusta esa materia, ¿no?—comentó Potter, con una sonrisa de lado.

—¡Oh, me fascina! Espero trabajar con algo relacionado—le dijo el chico con orgullo. Potter se rió.

—Pues, sería fantástico que alguien reemplazara al profesor Binns, ¿no crees?

Ambos se carcajearon despacio justo cuando la profesora caminaba por el pasillo en dirección a la clase.

—Debo irme—declaró el otro chico con un poco de pena. Potter le sonrió.

—Claro. Gracias de nuevo. Y que Hermione no se entere, o me matará.

—No se enterará. ¡Hasta luego!

Y desapareció tras la puerta.

Malfoy, aunque tenía clase también, no entró. Se quedó en el pasillo, observando cómo Potter alzaba su mochila del suelo y se la ponía al hombro, para luego seguir con su camino. En un impulso, Draco lo siguió.

Últimamente tenía muchos impulsos.

—No me buscaste para matarme—le dijo al llegar a un pasillo vacío a sus espaldas. Potter se detuvo, y volteó a verlo con el entrecejo fruncido.

—¡Oh!—dijo como si acabara de reconocerlo—eres tú.

Y siguió con su camino. Malfoy lo siguió, con el orgullo herido. ¡Nadie lo ignoraba a él!

—¿Te da miedo mirarme a la cara nuevamente, Potter?

El Gry se detuvo nuevamente, y volteó a verlo con una expresión de desdén, como si mirara a un insecto insignificante.

—Puede ser. No es agradable vomitar cada vez que lo hago, hurón.

—¡Ya veo! Nos pusimos sensibles—se defendió Malfoy con voz tranquila, aunque sintió que sus mejillas enrojecían. Se acercó al otro hasta estar a un palmo de su rostro—. Pero a mí me pareció que esos gemidos que lanzabas, no eran por ganas de vomitar.

Potter apretó la mandíbula.

—No te emociones tanto, hurón—masculló, apretando los puños—, no gemía por ti.

La veracidad de esas palabras lo hirieron, pero no se dejó amedrentar. Se alzó cuan alto era (más que Potter), y lo miró desde su altura.

—Estas enfadado porque sabes que Finstein no puede superarme—repuso—. ¿Has pensado en mí mucho últimamente, Potter?

—No. ¿Y tú?

—¿Yo? Para nada. He estado… ocupado.

—¡Mira qué casualidad! Igual yo—le dijo Potter, mirándolo con seguridad. Draco no entendió si la palabra ocupado significaba lo mismo para Potter que para él, pero prefirió no hacerlo—. Y ahora, hazme el favor de subir tu ego con otra persona, porque yo tengo cosas más importantes que hacer.

Potter volteó para continuar caminando, pero la siguiente frase de Draco lo detuvo.

—¿Qué puede ser más importante que yo, por Merlín? No seas ridículo.

Exasperado, el Gry volvió sobre sus pasos.

—¿Por qué demonios tienes que ser tan presumido?—le preguntó con rabia, fuera de sus cabales. Draco sonrió— ¡EL MUNDO NO GIRA A TU ALREDEDOR!

—¡Por supuesto que el mundo gira a mi alrededor! Incluida tu pervertida mente—acercándose un paso.

—¡El pervertido eres tú, Malfoy! Sólo tú podías caer tan bajo como para hacerte pasar por otra persona para acostarte conmigo—acercándose otro.

Es sí que era pisar la cuerda floja.

—Pero tú aceptaste, ¿no? Caíste tan bajo como yo—masculló. Ya se tocaban las narices.

—¡Te aprovechaste de mi situación! ¿Qué crees que eso te hace?—golpeando el índice sobre su pecho.

—¡Acepta que lo disfrutaste!—Silencio. Potter tomó aire con le rostro deformado de rabia, y mirándolo con los irises brillantes. Draco sonrió con suficiencia—. Lo disfrutaste.

—No era en ti en quien pensaba precisamente, hurón.

Directo a la mandíbula.

—¡Y sin embargo era yo el que te tenía en sus brazos, Potter! Era a mí al que le gemías, y le gritabas, y besabas. Y estoy seguro de que tu novio no te hacía sentir lo que yo.

—¡Mi relación con él no es de tu incumbencia!—repuso Potter, cruzándose de brazos. Malfoy lanzó una carcajada mordaz.

—No tienes ninguna relación con él, Potter. Te abandonó, ¿recuerdas?

—No – hizo – eso.

—Claro que sí. Quieres aferrarte a él, pero no me puedes sacar de tu cabeza, ¿cierto?

—¡CALLATE!

—Me deseas.

—Eso no es cierto.

Aún con una sonrisa en el rostro, Malfoy tomó el de Potter entre sus manos y unió sus labios en un beso forzado. Potter se resistió, pero no por mucho tiempo. Draco vio el cielo abierto para él cuando sintió que su beso era respondido, y que las manos que antes intentaba golpearlo, ahora rodeaban su cuello, profundizándolo.

Cuando se separaron, Potter no parecía creer lo que acababa de hacer.

—Esto… esto nunca pasó, ¿me entiendes?—le dijo, con el dedo alzado frente a su cara. Malfoy volvió a sonreír, y estirando la mano frente a él, besó la palma con delicadeza, para luego volver a acercarlo a su cuerpo tirando de ella. Potter se estremeció al caer en sus brazos, y no se resistió al segundo beso. Contrario a todo lo que había dicho, volvió a responderle, acariciando los cabellos blanquecinos que se colaban entre sus dedos.

Draco cortó el beso, y lo miró con una sonrisa.

—Pero ese sí sucedió.

Y soltándolo al fin, se alejó en sentido contrario, hacia la clase de Aritmancia. Potter se apoyó en la pared, incapaz de mantenerse en pie, y se llevó una mano a los labios.

Sonrió.