Las veces que nos vimos
Palimpsesto
Capítulo II
Hubo muchas otras ocasiones en las cuales nos vimos y pasamos mucho tiempo juntos, pero siempre fueron momentos sexuales. Seto Kaiba nunca vino a mi casa y yo nunca fui a la suya. Nunca salimos a pasear por la ciudad como una pareja enamorada ni como amigos. Nunca nos tomamos de la mano.
No creo que él me quisiera. Seto Kaiba vivía bajo el yugo de su pasado y no podía o no quería liberarse de él. Yo sí lo quería. No se equivoquen, no sólo me refiero a lo sexual, sino también a la persona que era o, más bien, a la persona que creía que era.
Seto tenía grandes ojos azules, brillantes e inaccesibles. Intenté innumerables veces penetrar la muralla infranqueable que era su mirada fría y descubrir sus emociones, pero todo fue en vano.
Es cierto, yo lo quería, pero su poca disponibilidad a acceder a conocernos me desalentó, y la imagen que yo había ideado de él comenzó a desdibujarse con el pasar de los días y entonces el amor que le tenía también empezó a acabarse, aunque, si soy sincero, eso pasó mucho después de que él y yo termináramos, así que la explicación a por qué dejé de amarlo tal vez tenga más relación con nuestro término que con una decisión mía, y, al final, sólo quedaron los recuerdos de nuestros momentos.
No creo tampoco que él comprendiera que de pronto mi interés en él ya no sólo radicaba en tener sexo, sino también en cruzar fronteras. No creo que él se hubiera fijado en mí más allá del tiempo que pasábamos juntos en un cuarto pequeño y luminoso de un motel lejano, donde nadie más que él y yo podíamos llegar. Nunca preguntó acerca de mí ni se interesó sobre lo que hacía cuando él no me veía. Nunca nos conocimos.
Yo siempre le pregunté, pero él no contestó una sola vez.
Es cierto, amaba a Seto por la persona que era, pero, honestamente, la persona que era Seto no era la que siempre imaginé y de la cual me enamoré. En realidad, Seto Kaiba era una persona extremadamente triste y débil. Triste, porque nunca lo oí reír. Débil, porque no era capaz de escapar de sus demonios ni de aceptar la ayuda de una mano amiga.
Cuando miro hacia atrás, recuerdo siempre su cuerpo tibio bocabajo sobre las sábanas blancas y mis manos acariciando esa piel tersa y pálida y pidiendo un poco de amor. Y recuerdo que fui feliz.
La última vez que nos vimos fue en una tarde de primavera. Habíamos hecho el amor ¿o simplemente sexo?. ¿Existen diferencias entre esos dos términos? Y Seto permitía que yo apoyara mi cabeza en su pecho cálido y suave y duro. Y Seto permitía que mis manos jugaran con el vello oscuro y ralo que nacía en su ombligo y se espesaba en la zona donde se cobijaba su miembro. Y Seto permitía que en silencio lo amara. En silencio, porque yo creo que él sabía que lo amaba, pues, aunque no se lo había confesado, todos mis gestos, mis atenciones, mi interés lo revelaban. Y él había aceptado tácitamente ese amor quieto y callado y calmo accediendo a que nuestro sexo fuera también tierno y suave, cálido y conmovedor.
Seto Kaiba fumaba. El humo gris se elevaba sobre nuestras cabezas y se desvanecía en el aire fresco que entraba por la ventana abierta de nuestro cuarto, que era el mismo de siempre. Seto terminaría su cigarro, se vestiría y se marcharía. Yo me quedaría observando por la ventana su partida, extrañando ya su presencia callada, inalterable y apacible.
Pero esa tarde no sucedió nada de aquello. Mientras Seto encendía su segundo cigarro, yo concebía esperanzas de una tarde más larga, de una noche juntos, de un día compartido y de un cariño más profundo. Me incorporé sobre su pecho y fijé mis ojos en los suyos, que ahora, después del sexo, lucían muy azules y vulnerables. Alcé mi mano para despejar los mechones húmedos de su espeso cabello castaño que caían desordenadamente sobre su frente amplia y sudorosa. Y él me dejó, e hizo más: con la mano que no sostenía su cigarro me recorrió el contorno de mi cuerpo desde mi hombro izquierdo hasta mi cadera. El leve contacto de sus yemas ardientes me produjo temblores en todo el cuerpo y una sensación de bienestar profundo se alojó en mi corazón. Mis propios dedos reconocieron sus párpados, sus mejillas sonrosadas, su nariz, su boca, su barbilla un instante que fue breve, pero que perduró en mi memoria durante mucho tiempo. Quise pedirle que me contara sobre él, que me abriera las compuertas de su alma, que me enseñara a comprenderle, pero simplemente hablé con el corazón.
—Creo que te amo—dije.
Su mano cayó inerte sobre las sábanas arrugadas, el cigarro quedó suspendido a centímetros de su boca ancha y sensual, sus labios gruesos se tensaron en una línea delgada y finas arrugas nacieron de la comisura de su boca, sus párpados cayeron sobre sus ojos durante un tiempo más de lo necesario y cuando volvieron a levantarse, su mirada había retornado a la de siempre: fría e imperturbable.
—Creo que es tiempo de que esto termine—respondió él con voz seca y acerada.
Esa vez, yo me fui primero. Él contemplaba el cielo rojo por el atardecer y no me dirigió una sola mirada mientras me desenlazaba de su cuerpo, mientras me vestía torpemente conteniendo la ira, el dolor, la pena, mientras me encaminaba hacia la puerta de salida. No me miró ni siquiera cuando me despedí.
—Adiós, Seto—murmuré con una voz que no reconocí como mía porque sonaba pequeña e inestable.
Me quedé un rato, descansado contra la puerta cerrada del cuarto que había sido testigo de todos nuestros silencios y de todas nuestras palabras, grabando en mi memoria esa última imagen: Seto medio sentado sobre las sábanas todavía húmedas, apoyando su espalda contra los almohadones, fumando mansamente su cigarro, los ojos fijos en el cielo infinito, y la luz rojiza del sol iluminándole el semblante. Nunca giró su rostro duro para mirarme.
El enojo se esfumó nada más llegar a mi casa y sólo quedó el desconsuelo y la soledad más honda y cierta que nunca. No me arrepentía de mis palabras, porque yo siempre fui demasiado sincero y no creo que eso pudiera cambiarlo alguna vez, pero sí me arrepentía de haberme marchado, porque yo lo amaba y no me importaba tanto que él no me correspondiera de la misma manera como no estar cerca de él. Quería regresar y decirle que siguiéramos como siempre, que yo no exigiría nada (todavía, pero eso no se lo diría), que, por favor, consintiera en tenerme a su lado de nuevo de vez en cuando (esto es, cuando quisiera sexo). ¿Por qué esta perseverancia? Porque con Seto, a pesar de todo, había sido muy feliz. Y, como todos saben, la vida es muy corta para desaprovechar ocasiones como ésta. Los momentos felices nadie podría quitármelos ni yo podría borrarlos de mi memoria. Seguir con Seto me depararía más instantes como ésos, y, aunque fueran efímeros, yo siempre podría evocarlos, pero si mi relación con Seto acababa definitivamente, no podría atesorar más recuerdos. Un día lo nuestro terminaría, ya sabía eso, pero ¿tenía que ser ahora? Yo no pensaba eso.
Lo busqué e intenté hablar con él en cada oportunidad que se presentó, pero él nunca aceptó siquiera hablar conmigo, como si nunca me hubiera conocido. Llegó a tanta mi desesperación que fui hasta su casa y grité, pero él se mantuvo impasible.
Días más tarde me llegó una carta de él. La abrí con dedos vacilantes y ansiosos.
Jou:
No insistas, por favor. Te dejo no por tus palabras, que agradezco, sino porque había comenzado a enamorarme de ti, y no estoy interesado en una relación amorosa. No quiero cambiar ni mi modo de ser ni mi forma de vida, que son muy distintos de lo tuyo.
Te deseo suerte.
Seto.
Los ojos se me llenaron de lágrimas calientes e incontrolables y apretando la carta contra mi pecho, lloré.
Seto me había escrito más palabras de las que nunca me habló, cavilé después de que recuperé la calma y me repuse un tanto. Al menos, Seto me había querido.
Igual, lloré otro rato cuando llegó la noche y el día siguiente y otros días cuando ya la separación fue patente y un hecho fehaciente. Después se me pasó la pena y continué adelante.
Sin embargo, hubo muchas otras veces en que nos encontramos, debido a nuestros trabajos, pero no creo que él me viera. Supongo que ya me había olvidado.
Entonces, también, a veces, me acuerdo de él y me embarga la tristeza, pero más son las veces en que sonrío evocando su cigarro y sus manos esbeltas, firmes y cálidas tocándome cuando hacíamos el amor.
Fin.
Nota de la autora: Gracias por leer. Gracias por los reviews.
