Capítulo 1

La detective lo miraba sin dar crédito. ¡Qué hacía Castle ahí! ¡Y con la rubia! La azafata los miró, primero a uno, luego al otro y dio un par de palmadas, llamando la atención del escritor.

-¿Guapo? ¿Qué haces, te vas o te quedas a pasar un buen rato?

Beckett le lanzó una mirada envenenada y esperó, deseando más que nunca llevar encima su arma. El escritor no respondió, toda su atención se concentraba en aquella mujer embutida en un traje de cuero que resaltaba cada una de sus curvas. Llevaba el pelo recogido en una cola alta, liso, pero aun así la había reconocido, Castle reconocería esa melena en cualquier parte. Y ese culo… Dios, aquella visión lo mataría. Pero tras la sorpresa inicial la excitación del hombre dio paso a la razón. ¿Por qué estaba ella allí? ¿Desde cuándo a la detective le iban esos rollos? Y lo más importante, ¿quién era el cabrón afortunado que iba a jugar con ella?

-¿Ricky? –Jacinda probó de nuevo. No sabía que se traía el escritor con esa mujer, ni tampoco le importaba, ella sólo quería jugar. Se colocó delante de él, bloqueándole la visión. Le tomó el rostro con ambas manos y lo besó, apasionadamente, no sin antes girarse y dedicarle una pérfida sonrisa a la otra. Beckett apretó los puños, soltando un "zorra" entre dientes. Castle se dejó llevar durante unos segundos, luego se apartó, jadeando, el beso le había dejado sin aire. La detective no pudo evitar que el dolor se reflejase en su rostro, pero dispuesta a no pasar más humillaciones se dio la vuelta, impertérrita.

-Beckett, espera –pidió, sujetando las manos de la rubia. Pero la mujer lo ignoró y se sentó junto a la barra. Castle se acercó a ella, haciendo caso omiso de la mirada de advertencia de Jacinda.

-Vodka.

-Lady Heat, me alegra verla por aquí de nuevo. Hacía ya mucho.

-Años. –puntualizó ella. Castle se mantuvo un poco alejado, pero pendiente en todo momento de la conversación. ¿Lady Heat? Beckett se hacía llamar Lady Heat en ese sitio. Y por como hablaba con el hombre, era muy conocida allí.

-¿Qué ha sido de usted?

-Necesitaba un cambio de aires –respondió mientras que tomaba su copa.

-¿Cambio de aires? ¿No habrá estado jugando en otro club? Algunos de nuestros chicos la han echado mucho de menos, no les gustaría saber que su ama se ha ido para jugar con otros.

-No he estado jugando.

-¡Vaya! ¿Puedo preguntar por qué? ¿Alguien especial, tal vez?

La detective se rio, tomando un trago antes de contestar, siempre con esa fría pero impecable sonrisa.

-Tal vez, pero eso ya pasó.

-Así que la cosa no salió bien… -adivinó él. La mujer se encogió de hombros.

-Ni bien ni mal, simplemente no salió. Él resultó ser un gilipollas.

El escritor frunció el ceño. ¿De quien hablaba ella? Quizás se refería a Josh, pensó.

-Debe realmente ser gilipollas para dejarla ir –observó. Ella suspiró, bebiendo el resto de su copa de una sola vez, dejando el vaso en la barra.

-No creo que le importe mucho, la verdad es que se dedica a jugar con otras.

-Sí, definitivamente es gilipollas.

-Puede ser. Pero sabes, ya no me importa. He decidido olvidarle.

-Hace usted muy bien.

-Lo sé. Y ahora dime, qué me recomiendas, veo muchas caras nuevas –dijo, echando un vistazo alrededor.

-¿Por qué no prueba con una mujer? Esa de ahí se muere por conseguir una ama decidida e inflexible –le respondió señalando a una joven rubia de ojos claros. Beckett la observó, negando con la cabeza. En otros tiempos le hubiera gustado jugar con ella, era muy guapa, pero hacía muchos años que no sometía a nadie y ella siempre había preferido a los hombres. Estos eran más sensibles, aunque pareciera lo contrario y a la vez más rebeldes, justo lo que ella necesitaba en esos momentos. Alguien con quien ser dura, dejar claro quien mandaba pero a la ver, siendo tierna. A pesar de su sonrisa, siempre fría e inflexible y de sus ojos, autoritarios, Beckett nunca había sido una dominatrix cruel. Le gustaba dominar, no torturar, eso se lo dejaba a otras. Por eso había sido una de las más preciadas en el club, no había sumiso o sumisa en aquel local que no le suplicase y ella disfrutaba con ello tanto o incluso más que con la dominación en sí.

-Esta noche quiero un hombre. –Sí, quería un hombre, uno que le hiciera olvidar que el único al que ella amaba estaba por ahí, tirándose a otra. Se arrepentía de haber dejado al Colin en el bar, pero cuando él había intentado besarla tras invitarla a un par de copas, ella se había alejado rápidamente, murmurando unas disculpas ininteligibles. Al principio había pensado en irse a casa, pero después, al pensar en Castle con la azafata los celos y la rabia se habían apoderado de ella y había tomado una decisión. Olvidar. Y nada le gustaba más a la detective que olvidar jugando.

-En ese caso… ¿qué tal él? Viene desde hace unas tres semanas, suele jugar con Cristal, pero esta noche ha venido solo.

No estaba mal, pensó. Tendría su edad, puede que un par de años menos y estaba bueno, muy bueno. Además, Cristal no era posesiva. Sonrió. Bien, ya tenía presa.

Castle miró al hombre al que su detective había elegido y frunció el ceño. Por favor. Ese niñato no tenía nada que hacer ante semejante mujer, ella merecía algo más. Se levantó y se acercó a ella, no iba dejar que Beckett jugase con él, ni hablar.

-Beckett, ¿podemos hablar?

-Lo siento, se me han pasado las ganas de hablar –replicó ella, caminando con paso firme hacia el otro, ¿Qué se creía? Ella le había pedido unas horas antes unos minutos para hablar, pero él tenía cosas mejores que hacer. Pues ahora ella también tenía planes.

-Kate –la llamó por su nombre, algo que nunca hacía, sólo en casos de gravedad. Eso la obligó a pararse, aunque no relajó el ceño.

-¿Qué coño quieres, Castle?

-No puedes acostarte con ese tío –respondió sin pararse a pensar, ganándose una mirada asesina.

-¿A no? ¿Y se puede saber por qué?

-Tú te mereces algo mejor –contestó. Sus miradas se enfrentaron durante unos segundos, siendo ella la primera en apartarla.

-Tú no tienes ni idea de lo que yo me merezco –dijo, fríamente. Yo te quería a ti pero tu preferiste volver a ser el niñato inmaduro y egoísta –vuelve con esa y déjame en paz.

Lo dejó ahí plantado, acercándose con ojos altivos hasta su presa que la recibió gustoso. Algunos lo miraron con envidia, desde que Lady Heat había entrado en el local todos habían puesto sus ojos en ella, esperando poder jugar con aquella belleza. El elegido miró hacia abajo, sumiso, esperando a que su ahora ama decidiera que hacer. Llevaba en el cuello un collar BDSM con una anilla de la que colgaba una cadena de acero. Beckett la tomó y le hizo un gesto para que la siguiera. Castle hizo un último intento.

-No lo hagas por favor –suplicó.

-Tu dueña te espera –contestó ella fríamente y se perdió escaleras arriba.

Castle tardó unos minutos en reaccionar. La detective se marchaba, con ese. Jacinda estaba detrás de él, mirándolo con los brazos en jarras, parecía cabreada. Se acercó a él, golpeándolo en el pecho con el dedo. Se apartó el cabello rubio de la frente antes de hablarle, o más bien, gritarle.

-Mira, no sé qué coño te pasa con esa, me da igual. Yo sólo quiero jugar así que decídete, ¿subimos o no?

-No –respondió y se dio la vuelta para marcharse, ignorando las miradas de asombro de los hombres que contemplaban la escena. ¿Quién en su sano juicio diría que no a esa rubia? La azafata tragó saliva, incrédula y luego le tiró con fuerza las llaves del Ferrari a la espalda.

-Bien, vete a casa, no eres un hombre para mí.

-Eso seguro… -murmuró él antes de salir. Se apoyó en la fría pared del pasillo que separaba el local de la puerta, tapándose el rostro con las manos. Se estaba volviendo loco. Beckett, su Beckett estaba arriba, vestida de cuerdo, bellísima, salvaje y jugando con un hombre, un hombre que no era él -. ¿Por qué me haces esto? –suspiró. El escrito no podía entender como Beckett, la mujer a la que amaba, le hacía tanto daño. Primero le mentía, haciéndole creer que no había oído su declaración, dándole una muestra de lo poco que él le importaba. Ahora esto. Imaginar a ese tío con las manos sobre el precioso cuerpo de la detective era algo que no podía soportar. Tenía que hacer algo. O simplemente tenía que dejarla ir. Sería lo mejor para él y también para ella.

-Miss Aire se está volviendo loca. –Castle se sobresaltó con la voz del barman que había hablado con Beckett en la barra del local. Lo miró desconcertado, cayendo en la cuenta.

-¿Jacinda?

-No usamos nuestros nombres aquí, pero sí, la rubia que ha venido con usted. Una belleza, ¿no cree?

-Sí, desde luego.

-Pero no tanto como Lady Heat –sonrió. Castle negó, no, Jacinda era guapa, atractiva, estaba buena, pero no le llegaba a la suela de los zapatos a la detective. El escritor dudaba que hubiera alguna mujer que pudiera superar a Beckett. Ese precioso rostro, esa envidiable figura, una melena sedosa y esos increíbles ojos. Aquellos ojos le habían hipnotizado desde la primera que la vio y ahora dudaba que pudiera vivir sin ellos. Pero él estaba dolido y ella… ella simplemente no estaba. -¿Por qué no se lo dice? –Le sugirió.

-¿Decirle qué?

-Lo que siente.

Lo miró sorprendido. ¿Tan evidente era qué ese hombre al que no conocía de nada se había dado cuenta?

-Llevo muchos años aquí, he visto de todo. Parejas con ganas de juego, enamoradas, otros que sólo vienen a pasarlo bien, sumisas que sólo desean ser controladas, sumisos que quieren encontrar mujeres con las que follar... de todo. También he visto como a veces alguien viene para desahogarse, soltar toda su rabia. Lady Heat estaba dolida, usted enamorado. Creo que no hay más que decir, ¿no?

-Ella no siente lo mismo –respondió él, seguro de lo que decía.

-¿Está seguro?

-Está aquí, ¿no? Con otro.

-Usted también ha venido con otra –repuso afablemente.

-No es lo…

-No pierda el tiempo, joven créame, esa mujer lleva muchos años deseando ser amada. Si de verdad la quiere, dígaselo, no permita que el orgullo acabe con ustedes.

Se marchó dejándolo sólo, pensativo. Y entonces tomó una decisión.