DISCLAIMER: Los personajes son propiedad de Kishimoto.

.

.

.

"Éstas son las últimas cosas —escribía ella—. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo. No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Éstas son las últimas cosas. Una casa está aquí un día y al siguiente desaparece. Una calle, por la que uno caminaba ayer, hoy ya no está aquí. Incluso el clima cambia de forma continua: un día de sol, seguido de uno de lluvia; un día de nieve, luego uno de niebla; templado, después fresco; viento seguido de quietud; un rato de frío intenso y hoy, por ejemplo, en pleno invierno, una tarde de luz esplendorosa, tan cálida que no necesitas llevar más que un jersey. Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin."

Paul Auster. Fragmento de: El país de las últimas cosas. (pág.1)

.

.

.

.

RAMMEN

.

.

"Sobre lo que aconteció en la taberna

El tabernero

Y la petición de Naruto"

.

.

.

El ruido cesó fugazmente. El causante del breve silencio fue el hombre que se había desplomado en el suelo del local. Sólo se acercó una persona que estaba en el lugar. De forma brusca lo zarandeó de un lado a otro, esperando algún tipo de reacción. Nada. Llamó con señas a un señor mayor y, entre los dos, lo sacaron a rastras del local.

Cuando volvió a entrar al establecimiento, las gotas de sudor le caían por la frente. Como dueño de la taberna, tenía que encargarse de los borrachos que optaban por dormir la mona en cualquier lugar. Además, debía controlar los grupos de apuestas, que cada vez eran más reducidos debido al hijo del señor feudal. Y tenía que darles privacidad a los que se reunían de forma clandestina, ocultándolos por biombos de cañas de bambú, para que discutieran los asuntos de conspiración contra otras aldeas.

Hoy era un día especial. Hoy haría más dinero del habitual. Sabía que algunos consejeros planeaban algo grande. El mero hecho de que hubieran reservado todo el salón trasero, alejados del bullicio de la clientela, advirtiendo que no se les molestara bajo ningún concepto y dándole una gran cantidad de yenes; le decía que era algo importante. Ni siquiera había podido ver los rostros de los cinco señores. Sólo habían entrado, cerrado el espacio con los biombos y puesto a varios ninjas a vigilar que nadie les interrumpiera.

—La mujer está jugando todo lo que lleva. A este paso, se quedará sin cabeza. —susurró un hombre apoyado en la barra. Ese comentario captó su atención.

Fijó su concentración en la mesa del fondo. Tanto dinero amontonado sólo implicaba turistas. Sus pasos se detuvieron delante de la mesa de juego. Observó con sumo interés a la forastera. Nunca la había visto en su taberna. El color llamativo de sus ojos no era común en Kusagakure. No, ese verde intenso irradiaba sobre el rostro de porcelana que se apreciaba, a duras penas, tras las sombras de su capucha.

El griterío de los jugadores se elevó eufóricamente cuando la joven tiró un fajo de yenes en lo alto de la pirámide de monedas. El encargado de las apuestas, lo acomodó sutilmente.

La chica reparó en el hombre que la observaba. Alzó su vaso, bebiéndose hasta la última gota que quedaba, y se lo mostró. Enseguida entendió aquel gesto: agarró la jarra de sake que tenía en la barra y se acercó a ella para llenarle el vaso. Iba a retirarse de la mesa, pero la joven le quitó la jarra. La mano de la chica era fuerte y huesuda.

Tenía curiosidad por saber el aspecto que ocultaba bajo la capucha. Quería verle las facciones, estaba intrigado con esa mujer, con su comportamiento. Se iba a acercar más a ella. Cuando iba a verle el rostro, la mujer alzó unos billetes justo delante de su cara, impidiéndole verla.

Se alejó de la mesa tras coger los billetes. No sabía cuál era la razón por la que no podía evitar mirar hacia esa mujer.

El hijo del Daimyō controlaba el juego, siempre ganaba él. Quién osara ganarle, era hombre muerto. Todos perdían a propósito. A los extranjeros, quienes no eran conocedores de estas reglas, les amañaba las partidas. Una vez, hará unos años atrás, le había ganado un muchacho casi un millón de yenes y, de la paliza tan brutal que le habían dado, devolvió el dinero e incluso se ofreció a trabajar altruistamente.

Sakura inclinó el vaso hacia su boca lentamente, degustando el amargor del sake. Se relamió los labios. Fijó sus ojos en el mazo de cartas que tenía entre las manos, analizando la próxima jugada que iba a realizar. Ganar o perder, el todo o nada. Si quería hospedarse en un lugar calentito, darse un baño y comer un buen plato de comida, tenía que derrotarle. Llevaba varias noches durmiendo a la intemperie, necesitaba descansar en una habitación.

Había seguido la pista desde Taki no Kuni: tres largos días saltando de árbol en árbol sin parar. Se había enterado, por casualidad, en una noche de borrachera, que se planeaba derrocar a la fuerza política de Konoha. No podía permitir que eso sucediera. Había algunas aldeas que le guardaban rencor a Konoha. Por culpa de ésta, la economía en varios países había decrecido, sobre todo en aquellos países en las que se sustentaban del turismo para vivir. Ahora el eje central era Rammen, la gran capital del País del Rayo, dónde la unión entre todas las aldeas estaba presente.

Facciones de extremistas buscaban el caos. No les gustaba que sus ganancias mermaran por causa de la paz. Ellos necesitaban la violencia, la guerra, para así vender armamento. Tenía que desenmascarar con pruebas refutables a los implicados, presentándolas en el gran consejo formado por los Kages.

No tenía ganas de regresar a su aldea. No soportaba el hecho de que él nunca más pisaría aquel sitio. Los años no habían conseguido borrar su rostro, sólo lo habían desdibujado como si de un boceto se tratase. Desde la primera vez que había visto a Sasuke Uchiha supo que jamás podría dejar de amarlo a pesar de todo el daño y dolor que le había causado.

Y ahora, tras haberse mantenido alejada del mundo shinobi, por azar del destino, tenía que realizar una misión más sin que nadie se la hubiese encomendado. ¿Quién la mandó a estar en el momento y lugar equivocados? ¡Maldito País de la Cascada!, pensó. Cuando escuchó la conversación de la mano derecha del Damyō, en la que planeaban un golpe de estado a Konoha, no lo había podido creer. Debía mostrarse cautelosa, se ocultó lo mejor que pudo y averiguó que la reunión se celebraría en la taberna los "Hierbajos".

Había llegado unas horas antes de que los demás miembros accedieran al reservado. Analizó todos los lugares claves para poder espiar mejor, pero no encontró ninguno. Por esa razón, sabía que los "Hierbajos" era el lugar por excelencia para llevar a cabo complots. Seguramente, esas paredes de madera habían guardado más secretos de lo que jamás se sabría.

Había recurrido a Katsuya para que le ayudase a oír todo lo que discutían ahí dentro. Su amiga, su invocación personal, la única que le había acompañado durante este tiempo. La soledad le gustaba más de lo que hubiese pensado. La soledad le hacía ser más fuerte. La soledad le ayudó a no llorar más. La soledad era su mejor consejera.

Vivía en ninguna parte. No tenía un lugar de residencia. Solía recorrer todos los países, conociendo los lugares. Nunca pensó que se enamoraría de la naturaleza en todo su esplendor, quizá influyó los años que pasó en el Bosque Shikkōtsu. Cuando más perdida estaba, supo que aún tenía que ir a un lugar que la ayudaría a sentirse en paz consigo misma.

Tsunade-sama le había sugerido que fuera allí. Ella siempre le solía hablar de aquel sitio. Y ahora entendía el porqué. No podría describir la belleza del Bosque, las palabras no harían honor a lo que sus ojos habían contemplado.

Y ahí estaba, intentando descubrir los entresijos de un nuevo conflicto.

Seguramente ya han acabado la reunión, pensó cuando vio desfilar a los cinco hombres hacia la puerta. El sonido imperceptible de Katsuya, le confirmó sus peores sospechas. Deshizo la invocación sin que nadie se diese cuenta. Ahora tendría que centrarse en conseguir un poco de dinero.

El humo del tabaco le hizo volver a la realidad, provocando que centrara la atención en el jugador que tenía justo enfrente. Los demás jugadores ya se habían retirado de la partida, sólo quedaban ellos dos.

Nadie le echaba el humo a la cara, pensó enfadada. Sin mover un solo músculo de su cuerpo, el cigarro quedó aplastado en el suelo. Ahora todos contemplaban expectantes la escena, esperando la reacción de Gō. Nadie se atrevía a moverse. Nadie respiraba. Nadie hablaba.

La tensión pendía de un fino hilo.

La ira se acumulaba en el rostro moreno de Gō. Sus oscuros ojos refulgían. El enojo no pasaba desapercibido para nadie.

Rodarían cabezas, aseguraron más de uno. Nadie se había atrevido a desafiarle de esa forma.

La chica meneó la cabeza al mismo tiempo que soltaba las cartas encima de la mesa.

—Supongo que he ganado. — confirmó con una sonrisa falsa. Sus dedos iban a aferrar su premio, pero un cuchillo le detuvo, fijando su palma contra la superficie de madera. No gritó. No se inmutó. El dorso de su mano había sido atravesado como advertencia.

Ahora el que reía era él.

—Creo que lo dejarás como pago al insulto que me acabas de hacer. —anunció Gō con un deje de belicosidad.

El dueño, Mui, se acercó rápidamente cuando se percató de que la situación se estaba poniendo muy fea para la forastera. No deseaba que nada le ocurriese, mucho menos en su local. No quería que Gō la liara en su taberna, no lo consentiría. Pero por otra parte, tenía miedo de perder todo lo que poseía. Sabía que, si intercedía en favor de ella, los problemas no acabarían nunca y tendría que irse a otro lugar. Lo que sí podría hacer por ella, sería evitar que cavara su propia tumba.

Su sorpresa fue en aumento al ver como la chica con su otra mano, se sacó el cuchillo, lanzándolo al aire y cayendo en medio de la entrepierna de Gō. Unos milímetros faltaron para dejarle castrado de por vida.

Un gritó de furia resonó.

Toda la clientela marchó de lugar, quedando los hombres de Gō y Mui.

—¿Pero quién te has creído? —gritó levantándose y dirigiéndose a ella. Unas manos rudas le agarraron de la túnica negra, provocando que la capucha se le cayera, revelando así el color de su cabello. Le apretó el cuello con fuerza, intentando asfixiarla. Y de repente, desapareció, dejando en su lugar un tronco de madera.— ¿Pero qué…?

No pudo terminar su pregunta, pues un puño le golpeó por la espalda, alejándole varios metros y destrozando todo lo que había a su paso. Se acomodó la capucha de nuevo, tapando su cabello rosado. Los demás hombres, intentaron atacarle, pero fue en vano. Todos acabaron inconscientes, al lado de Gō.

Mui se había alejado de la escena cuando descubrió quién era ella. Ese pelo junto con esos ojos y la fuerza monstruosa que había demostrado... No cabía dudas: era una de los legendarios Sannin. Había visto alguna foto de los famosos Sannin en una de las revistas que empezaron a divulgar por todas las aldeas. Por lo que tenía entendido, su paradero era desconocido. Desapareció poco después de acabar la cuarta guerra y, desde entonces, nadie la había vuelto a ver.

Por lo que había leído, Sakura era una gran ninja médico, una persona amable dispuesta a ayudar a cualquiera. Sus habilidades médicas iban más allá que las de la legendaria Tsunade-sama, el alumno había superado al maestro.

La chica ni siquiera había reparado en él. Agarró todo el dinero que había desparramado por el suelo y caminó hacía la salida. Miró su herida y la cerró, sin siquiera emitir chakra de su palma; sólo desapareció como si jamás hubiese estado ahí. Ya no necesitaba usar las manos para realizar jutsus médicos. Al pasar por su lado, le dejó una buena propina.

—Espera. —la llamó al ver como se iba. No quería perder la única oportunidad de poder curar a su hija, necesitaba que se quedara.

Sakura se detuvo en el umbral de la puerta, dispuesta a irse de una vez por todas.

—Sé quién es. Usted es Sakura-sama. Si quiere puede alojarse en mi casa; allí no le buscarán los hombres de Gō, aunque sé que no necesita protección. Mi mujer prepara una comida deliciosa y dispongo de buen sake. Además, me gustaría, si no es mucho pedir, que viera a mi hija. Está enferma desde hace varios meses, nadie ha podido diagnosticar lo que le ocurre… Sé que usted es la mejor.

—No me dedico a curar. —sentenció fríamente. Iba a irse, pero una mano le agarró del brazo, impidiéndole que marchara. Podía dejarlo inconsciente, como al resto, pero tampoco le gustaba herir sin ninguna razón.

—Por favor, Sakura-sama, se lo suplico. Le daré todo lo que quiera, sólo le pido que la vea. No gastará más de cinco minutos…sólo examínela.

—No. — se separó de él, golpeándolo suavemente. Avanzó por la calle desierta, iluminada por el haz de luna, y se detuvo cuando escuchó el débil llanto del hombre.

—Leí que usted era amable, generosa. No tiene ni una pizca de bondad. ¿Acaso todos los artículos que leí del famoso equipo siete eran mentira? ¿El Hokage tampoco es cómo dicen? ¿No tienes corazón? Una pobre niña, es mi hija la que está postrada en una cama. Creí todo lo que leí de vosotros. Vuestras proezas son las que sueñan los hijos de todas las aldeas, las que marcan la diferencia. Todos quieren ser como vosotros, incluso mi hija quiere ser cómo usted. ¿Acaso vas a permitir que muera…? Le obligaré a que la vea. Si no es por las buenas, será por las malas. —alzó sus puños en posición de pelear. Corrió a donde estaba Sakura, pero al llegar ya no estaba ahí. Al girarse, vio que la mujer estaba justo detrás suyo. Con un solo dedo, le derribó. Y ante el asombro de la chica, a duras penas se levantó.

Sakura descubrió la tenacidad de ese hombre. Era tan perseverante como Naruto. Incluso su pelo grisáceo parecía igual que el de Kakashi. O los ojos tan negros como los de Sasuke. Quizá, por esos ínfimos detalles, decidió escucharle y mostrarse amable con el tabernero. Pero de ahí, a ayudarle había mucho que considerar.

—Se lo ruego. —suplicó llorando. El hombre se había arrodillado, agarrándole las piernas, mientras temblaba de la impotencia.

Y sea por lo que fuera, Sakura no pudo evitar tenderle una mano. Ese único gesto le recordó a sus días como genin.

—Vamos, levanta. Dame una cama, un buen plato y miraré a tu hija. —dijo con firmeza. Una vez más, se acomodó su capa.— Ah, y no quiero que nadie se entere de que estoy en este lugar, ¿entendido?

—Gracias, gracias. Pero tendrá que ir adelantándose usted sola. Tengo que cerrar el local, en breve despertará Gō, y no habrá quién lo aguante. Tome, aquí tiene mi dirección.— dijo entregándole una nota. —Dígale a mi mujer que viene de mi parte, ella le dará todo lo que necesite. No se preocupe, Tomoyo no dirá nada y ni siquiera hará preguntas.

—De acuerdo. Nos veremos más tarde.

Sus pasos resonaron por las callejuelas. La aldea de la Hierba era famosa por la cantidad de plantas medicinales que se podían encontrar por los alrededores. Sus edificios eran principalmente de madera con techados en verdes, ocultándose así desde el cielo. La mayoría de las casas tenían sus ventanas en formas de hojas al igual que las puertas. Incluso los nombres de las calles eran nombres de plantas.

Llegó a la calle Azalea, en el número nueve. Llamó, golpeando débilmente la puerta con los nudillos. Esperó. Al cabo de unos segundos, una mujer de rostro rollizo con grandes ojos grises le abrió la puerta.

—He venido a ver a su hija. Me manda…— ni siquiera le había preguntado el nombre al tabernero. Al ver que la señora seguía observándola, dubitativa, prosiguió— dijo que necesitaba a un médico.

—Pase, pase. —la mujer se apartó de la puerta, dejándole espacio para que entrara en la casa. El olor a omusubi y tomate impregnó gratamente la nariz de Sakura, provocándole tristeza. Los recuerdos inundaron inconscientemente su mente. Ese era el plato preferido de Sasuke.— Venga, le llevaré a la habitación de mi hija. Luego, podrá darse un baño, veo que viene de viaje. —añadió señalando la capa cubierta de polvo.

—No, primero me daré el baño. Más tarde la veré. —sentenció, sin admitir réplica. Ahora mismo necesitaba estar a solas, no podía concentrarse pensando en Sasuke. Además, tenía ganas de relajarse con el agua caliente de la bañera.

—Como usted diga. Mi nombre es Tomoyo Kinomoto, soy la mujer de Miu Kinomoto. —se presentó presurosa.

—Bien. —la grosería formaba parte de ella. No tenía intención de presentarse, no le importaba aquellas personas, sólo iba a dar un servicio a cambio de otro. No quería relacionarse, en realidad había perdido todas las formas de contacto con el exterior desde hacía bastante tiempo. —¿Y dónde está el baño? Necesitaré algo para secarme—exigió.

—Tome, aquí tiene, señorita—dijo dándole unas cuantas toallas blancas y señalándole una habitación. Le arrebató las prendas que le tendía y sin volverse a verla, se encerró en el cuarto de baño.

Se apoyó contra la pared de madera. Suspiró. Se fue desabrochando la capa, dejándola deslizarse por su cuerpo hasta caer al suelo. Se quitó toda la ropa de forma lenta, mientras abría el grifo de la ducha. El vapor del agua caliente le ayudaba a relajarse. Se miró en el espejo que tenía enfrente, deteniéndose en sus ojos verdes y lo que reflejó, no le gustó. Vacía, así se sentía. El espejó se empañó, ocultando su reflejo. Giró la cabeza palpándose la cicatriz de ácido que aún conservaba en el brazo. La acarició suavemente con la yema de sus dedos, otorgándole un cosquilleo que le recorrió desde la punta de los pies hasta la cabeza. Y cerró los ojos, aspirando intensamente, intentando que el aroma de Sasuke volviese a ella una vez más.

Aún rememoraba el amago de abrazo que Sasuke le dio. Su olor, a pesar del sudor, era agradable, como vainilla y miel. Su tacto era como la lluvia al rozarte, un cosquilleo que te recorre de pies a cabeza, embargándote en la calma más absoluta. Incluso, la torpeza con que la aferró a su cuerpo era majestuosa. Todo en él era perfecto.

Sacudió la cabeza, alejando todos esos pensamientos, mientras una lágrima resbalaba por su delicado rostro. Se adentró en la ducha, deleitándose con el roce del agua caliente sobre su cuerpo. Se enjabonó minuciosamente, aseándose lo más pulcramente que era posible. Se quitó el jabón. Se secó con cuidado y se volvió a poner su misma ropa.

Al salir, pudo escuchar la conversación del matrimonio. Tomoyo no estaba muy contenta con alojar a una maleducada en su casa, eso fue lo que escuchó antes de asomarse a la sala donde estaban los dos.

—¿Quieres comer algo? Mi mujer ha hecho omusubi… realmente cocina muy bien. Quizá fue por eso que me casé con ella. —intentó bromear, haciendo el ambiente más distendido. La mujer le dio un pequeño golpe en la cabeza, provocando que el marido se quejara.

—¡Deja de decir tonterías!— exclamó indignada y divertida, dándole un ligero toque en el hombro. Se acercó a le mesa, esperando a que Sakura tomara asiento. Ya intuía que no les hablaría. —Siéntate y come lo que te apetezca.— señaló la silla que había a la derecha de ella. Al ver que no se movía del mismo sitio, decidió acercarse y agarrarla del brazo, para después sentarla y colocarle un plato de comida delante de sus narices.

Miró intensamente las bolas de arroz de forma triangular que sobresalían por encima de unos tomates, estaban decoradas con una franja de alga nori. Poco a poco, dejó de escuchar la voz melodiosa de Tomoyo que discutía con Mui, abstrayéndose de la realidad. No pudo evitar perderse en el piélago de sus recuerdos como un náufrago en una tempestad. Prisionera de su infancia y adolescencia.

Inconscientemente, agarró los palillos grácilmente y se llevó una pieza a la boca. Su sabor era exquisito, lo mejor que había probado en mucho tiempo. Los granos de arroz se deshacían al contacto con su lengua, dejándole un manjar de sabores dulces y salados con un toque al final de vinagre. Ayudó a tragar la bola de arroz con un poco de sake caliente.

Y no sabía en qué momento había perdido el control de su mente. Las sillas y la mesa rectangular se había convertido en una manta de lana tirada en medio del bosque; los platos no eran blancos sino eran bandejas negras de usar y tirar; la voces se intercambiaron por el piar de los pájaros y el rumor del agua; y su cuerpo de mujer se había tornado a un cuerpo de niña. Contempló a Kakashi más rejuvenecido leyendo su libro de Icha Icha, a Naruto y Sasuke reducidos a unos críos de doce años que no paraban de insultarse.

Sakura les llamaba para que se sentaran a degustar la primera comida que había preparado especialmente para Sasuke. Naruto no esperó, arrasó con todo lo que había de por medio, llevándose varios golpes por parte de la pelirrosa. Sasuke, que al principio se negaba a comer, se llevó una bola a la boca y no pudo parar de comer. Kakashi había aprovechado la distracción de sus alumnos para comer rápidamente, sin darles tiempo a que le vieran sin la máscara. Y a partir de ese día, Sasuke declaró que su plato favorito era el omusubi acompañado de tomates, y todo gracias a ella.

—¿Te encuentras bien? —preguntó preocupada Tomoyo al ver como la chica comía y lloraba a la vez. Sakura volvió en si cuando la mujer la zarandeó levemente. No se dignó a contestar, no merecía la pena. Meneó la cabeza brevemente, terminó su comida y se levantó de la mesa.

—Llévame con tu hija.

La pareja la observaban asombrados. Nunca habían conocido a una persona tan seca, maleducada y fría en sus años. Ellos eran lo opuesto a ella. Si las circunstancias hubiesen sido otras, otro gallo cantaría, pero tenían que amoldarse a esa prepotente. Su marido le había explicado quién era ella, por eso consentía toda la grosería que ella desprendía.

―Sólo te pido que seas amable con ella. Tiene seis años. Es una niña muy dulce. Por favor―suplicó Mui, deteniéndose frente a una habitación. Sakura inclinó levemente la cabeza, asintiendo a su petición. Al abrir la puerta, una ligera fragancia a cerezos disfrazaba el aroma a penicilina y cloro, se encontraba dormida una niña de larga cabellera azul. Su respiración no era constante, se aceleraba a la misma velocidad que disminuía. De su pequeña boca emitía pequeños murmullos.

Sakura se aventuró al interior, observando todo minuciosamente. Le hizo un gesto al padre, para que la dejara a solas. No quería compañía, trabajaba mejor sola. Se acercó despacio al futón. Observó pequeñas manchas azuladas y rosáceas en la piel de la niña, no tendrían más de unos 3 cm de grosor, no eran usuales. Con cuidado le puso la mano sobre la frente, perlada en sudor, comprobando que su temperatura era muy elevada, más de lo que debería.

La niña se arqueó al toser. Abrió los ojos, agarrándose la garganta. Sakura se apresuró a aliviarle, aplicándole un poco de chakra a su sistema respiratorio.

―Voy a sacarte sangre. Éstate quieta―ordenó. Sacó una pequeña jeringuilla de su bolso lateral, asió con fuerza el brazo de la chica y, con gran destreza, le buscó la vena. En quince segundos el tubo de ensayo estaba lleno, listo para que lo analizara. Guardó la muestra y, sin mirarla, salió de la habitación.

Afuera esperaban impacientes los padres.

―¿Ya sabes lo que tiene? ¿Tiene cura?¿Se pondrá bien pronto?― todas esas preguntas y más salieron a borbotones de los labios de la mujer, quien escudriñaba a Sakura como si ella fuese la salvadora.

―¿Desde cuando está así? ¿las manchas en la piel, cuándo le aparecieron? ¿Habéis notado algún otro síntoma? Necesito que me deis todos los datos posibles.

―Hay veces que tiene hemorrágias por todos los orificios del cuerpo. Pierde mucha sangre y, cuando eso sucede, le hacemos transfusiones de sangre. Las articulaciones siempre le molestan, imposibilitándole caminar con normalidad. Y las manchas las tendrá desde hace un par de meses, aproximadamente. ―añadió cabizbaja.― Su temperatura corporal suele ser alta, la fiebre siempre está con ella. Todos los médicos que la han visto, a pesar de las pruebas a la que la sometieron, no han sido capaces de determinar qué le ocurre, sólo nos mandan bolsas de sangre e infusiones de saponaria᾽. No sabemos qué más hacer. ― murmuró con la voz rota. Estaban desesperados, nadie les ayudaba a encontrar una cura. Tomoyo alzó el rostro, preocupada y esperanzada, esperando que algún milagro se produjera.

―Analizaré la muestra, a ver que encuentro. ¿Dónde queda el hospital? Necesito usar su instrumental.

Mui se ofreció a acompañarla, pero Sakura simplemente se negó. Salió de la casa con su capa cubriéndole, ayudándose de la oscuridad para pasar desapercibida. Recorrió la distancia en el menor tiempo posible, realmente estaba intrigada por la enfermedad de la chica. Le resultaba extraño que ningún médico hubiese sido capaz de hacer un diagnóstico correcto. Había estudiado muchos pergáminos de medicina, más de los que se acordaba, y conocía todas las dolencias de memoria con los tratamientos posibles. Incluso, Katsuya le había dejado estudiar libros prohibidos con todo tipo de venenos, antídotos, enfermedades y curas.

El hospital estaba camuflado al tener todas las paredes recubiertas con hojas. Era mucho más pequeño de los que había estado. No tenía seguridad a esas horas de la noche, lo que le permitió a Sakura entrar sin mucho esfuerzo, ver el mapa del lugar y adentrarse en los laboratorios tras realizar un jutsu de transformación fingiendo ser una enfermera.

La mesa del laboratorio estaba pulcra y recogida. No había nadie en el interior. Se acercó al microscopio, sacó la muestra que guardaba y en un diminuto cristal depositó una gota de sangre. Acercó su ojo al ocular, cerrando instintivamente el otro ojo y movió con cuidado el revólver, ajustándo el aumento. No puedo evitar fruncir el ceño. Volvió a mirar, cerciorándose de que lo que veía era correcto. Sacudió la cabeza. Volvió a poner otra gota de sangre, cambió el aumento y observó, llegando a la misma conclusión que la anterior. No podía creérselo, era la primera vez que tenía un caso como ese. Lo había leído hacía bastante tiempo, la ausencia de plaquetas en la sangre con las consecuencias que acarreaba, le llamaban la enfermedad púrpura. Aún tendría que realizar una última prueba para verificar el diagnóstico, quizá le doliera, pero no tenía más remedio que hacerlo para ajustar el tratamiento.

Cogió prestado el microscopio, unas cuantas agujas y tubos de ensayo, y salió de allí sin hacer ruido.

No tuvo necesidad de llamar, Mui la esperaba impaciente y con el rostro desencajado.

―Rápido, tienes que venir. No para de gritar y de agarrarse la barriga. Nunca la habíamos visto. Le hemos dado un calmante, pero no le hace efecto.

Los gritos de la niña se mezclaban con su llanto. Se mecía de un lado a otro, sujetándose con ambos brazos el abdomen. Esputó con violencia sangre de la boca. De la nariz caía un hilo de sangre al igual que sus lárgimas eran de color carmín. Sus ropajes se tiñeron de rojo.

―Sui, calma, calma. Respira―la voz cariñosa tenía un deje de pánico. Tomoyo hacía un gran esfuerzo por no desmoronarse delante de su hija. Con sus manos intentaba taponar la nariz, mientas suplicaba con su mirada a Sakura.

El horror de tanta sangre le recordó a la guerra, se bloqueó. Estaba parada en el umbral, contemplando la escena, quieta. Su semblante mostró horror. Por primera vez, sus facciones habían perdido la frialdad que la habían caracterizado todos estos años. Los recuerdos que intentaba mantener enterrados en lo más profundo de su ser, hacían todo lo posible por salir al exterior. El grito de auxilio y la sacudida que le dio Mui, la hicieron salir del bloqueo.

Su palma emanó la cantidad suficiente de chakra para dejarla inconsciente. Así podría trabajar mejor.

―Necesito paños limpios. Traedme agua caliente. Rápido ―ordenó.

Le comprobó el pulso, lo tenía bastante alto; si seguía así podría provacarle un paro cardiaco. Con su mano derecha, comenzó a escanear lentamente la zona del abdomen y descubrió que tendría que estirparle el bazo. Aunque antes, tendría que sacarle líquido de la médula ósea.

―Necesitaré pincharle en la columna y extraerle líquido. Quiero cerciorarme de que se trata de la enfermedad púrpura. Se despertará e intentará moverse, tenéis que agarrarla fuertemente, y no la soltéis hasta que yo termine.

Al ver que ambos asintieron, sacó una aguja alargada, de más de diez centímetros. Posicionó a la chica de espaldas, le subió la camiseta. Tomoyo y Mui inmovilizaron efizcamente el cuerpo de la chica, mientras Sakura procedía a penetrar la piel con la aguja. Sui gritó e intentó liberarse, pero fue en vano.

―Ya casi termino, tranquila.― susurró cariñosamente, sorprendiendo a los progenitores. ―Podéis soltarla. Lo has hecho muy bien, pero ahora debes descansar.― dijo. Emanó una pequeña luz verde de sus dedos y Sui cerró delicadamente sus párpados. ―Si se despierta, avísenme. Iré a mi habitación a analizar esta muestra.

No esperó a que le respondieran. Marchó y ,al perderse por el pasillo, escuchó un "gracias". Entró en la oscura habitación, prendió las luces y sacó el microscopio. Al cabo de media hora, verificó que su diagnóstico era concluyente. No había error. Cogió un pergamino, escribió el tratamiento con las plantas que tendría que usar; además de transfusiones periódicas de plaquetas, necesitaría acompañarlo con corticoides, con hojas de menta y cebolla conjuntamente. Conjuntamente, indicó que tendrían que operarla y perdería el bazo. Explicó todo detalladamente, lo dejó en la cama y salió de la casa por la ventana.

No tenía remordimientos de consciencia, el trato era diagnosticarla, eso había hecho. Estaría mejor atendida en un hospital, allí le darían todo lo que necesitase. No podía operarla en la suciedad de una casa, por muy higiénica y estirilizada que estuviese. Además, tenía ganas de estar a solas, relajarse en la espesura de los bosques.

.

.

Cuando ya llevaba más de dos horas de camino y el alba se hacía presente, decidió parar a descansar. Invocó a Katsuya; no había tenido tiempo de hablar con ella y averiguar que es lo que tramaban esos cinco individuos. La pequeña babosa apareció, haciéndole una grácil reverencia y se acopló a su lado.

―Esto es malo, Sakura-sama. Ellos planean destruir el sistema shinobi. Hablaron de una alianza entre aldeas secundarias para destruir a la Alianza. No podemos permitir esto. Quieren destruir Rammen, están preparando un arma que destruiría la ciudad en un segundo. Hablaron sobre un jutsu que destruía ciudades prohibidas… Todos fueron palabras claves, Sakura-sama. Sólo se reunieron para firmar el documento. Estaban presentes los líderes de las aldeas: Cascada, Hierba, Artesanos, Cerradura y Aguas Termales. Quieren buscar a posibles aliados, quieren realizar un gran golpe. ¿Por qué buscarán destruir la paz? No entiendo a los humanos— confesó, un poco aturdida. —Debemos avisar a…

—No— interrumpió violentamente. Apretó con dureza sus puños hasta tal grado de hacerse sangre con sus uñas. —Quiero investigar más a fondo el asunto. Quiero comprobar que no haya nadie más implicado, debemos reunir suficientes pruebas para llevarlas ante el consejo. Hay que cerciorarse de qué se trata dicho jutsu. —comentó para sí misma. Sus pensamientos se desvanecieron cuando un halcón surcó el aire, descendiendo rápidamente hasta la posición en la que se encontraba Sakura. El ave se apoyó en su mano, esperando pacientemente a que leyera el pergamino que llevaba enroscado en su pata. Escudriñó atentamente la petición que le hacía el Hokage. Extrañada, la releyó una vez más.

—¿Ocurre algo malo, Sakura-sama?— inquirió la babosa al ver su rostro desencajado.

—Mmm…Es Naruto. Me necesita.— bajó sus ojos al pergamino que tenía entre sus manos, mientras jugaba a enrollarlo y desenrollarlo. —Él siempre ha respetado mi deseo de no volver, pero me suplica que acuda. No me dice nada más, sólo me pide que vuelva, que es urgente. —añadió, alarmada.— Llevo dos años sin comunicarme con él, no sé qué decirle. Normalmente él me contaría todo por una carta, pero esta vez es diferente, ha omitido toda la información.

—Creo que es hora de que vuelvas, Sakura-sama. Quizás, es tiempo de curar antiguas heridas.—las pequeñas antenas de la babosa se movían en un rítmico compás de arriba abajo. —No es bueno que estés sola tanto tiempo. Además, podrías aprovechar para revelarle la trama que hay tras esas aldeas, antes de que sea demasiado tarde, juntos lo averiguaréis antes.

—No sé si estaré preparada para enfrentarme a los fantasmas del pasado.—murmuró al tiempo que una lágrima descendía por su rostro. —No iré. Tenemos que averiguar más.

—Tienes que afrontarlo de una vez por todas, deja de hacerte la dura. ¡Has cambiado tanto!—exclamó con pesar. —Tienes que ir y ayudar al Hokage, no sabemos que puede necesitar y si te pide ayuda, acudes. —le reprimió enfadada. —No puedes negarte a ayudarle, menos a él. Son tu única familia, Sakura-sama. Tolero que hables mal a los demás, que no les atiendas cuando necesitan cuidados médicos, incluso que tu rostro sea tan inexpresivo como una piedra tallada. Nunca te dije nada, lo acepté, sin rodeos. Pero ahora, tienes que ir a Konoha. Hiciste un juramento al entrar a la academia ninja, ahora es tu deber cumplirlo. Le debes lealtad a tu Hokage, es tu deber como alumna de Tsunade-sama. ¿Qué pensaría de ti si supiera que no fuiste al llamado de Naruto? ¿Defraudarla? Sakura-sama, vas a ir por las buenas o por las malas.—ordenó amenazadoramente justo antes de que la pelirosa deshiciera la invocación.

—No tengo ganas de escuchar sermones. —se justificó al ver como la babosa desaparecía.

Y tras una hora escuchando el piar de los pájaros mientras contemplaba el espléndido amanecer en el horizonte, tomó una decisión.

.

.

Notas de la autora: Lo prometido es deuda, aquí tenéis el capítulo dos. ¿Qué os ha parecido la actitud de Sakura? Quince años pueden hacer modificar el carácter de una persona.

Muchas gracias a todos los que habéis gastado vuestro tiempo en leerme y en dejarme vuestra opinión. Os iré contestando por mensajes privados.

Y sobretodo muchas gracias a JUST-HATSUMI, la mejor beta que uno puede tener.

Espero que os animéis a dejarme un REVIEW, quiero saber que os está pareciendo la historia.

.

.

Saponaria: planta con propiedades analgésicas.