-Hey, pecho plano, ya llegué- anunció tirando el portafolio al sofá para después dirigirse a la cocina por un bien merecido vaso de naranjada. La mujer suspiró, al parecer él estaba bien.
-Ya me dí cuenta, Hana- respondió la rubia al sentir que se acercaba-No soy idiota, ¿sabes?
-¿Así es como recibes a tu esposo?- reclamó abrazándola por la cintura mientras plantaba un delicado beso en su mejilla- Podrías ser más amable, ya que por culpa tuya debo ir a trabajar a ese circo.
-¡Ha! ¿Ahora es mi culpa?- ella dió la vuelta para quedar frente a su marido, quien ahora besó sus labios- Recuerda que ahora tienes una esposa que mantener, es tu obligación trabajar. Y por si no lo recuerdas, trabajas en una oficina, no en un circo.
-Es lo mismo, estoy rodeado de animales…comenzando por Gakko- dijo al liberarla de su agarre para tomar su tan preciado néctar naranja- ¡Hey! Al fin hiciste las compras.
-¿Cómo que "al fin", idiota?- cuestionó la mujer siguiéndole la broma al rubio- Deberías agradecer que yo misma lo hago en lugar de mandarte a ti.
-Vale, vale pues. Te lo agradezco.-rió divertido-¿Qué cocinaste hoy? No huele nada mal.
-Hice curry, pero no hay nada para ti- le dió la espalda para comenzar a servir, Hana automáticamente hizo un puchero. Alumi adoraba verlo así.
-Malvada, me muero de hambre, dame un poco, por favor…-suplicó rodeándola con sus brazos mientras besaba su cuello, haciéndola reír. De pronto, se detuvo al percatarse de algo extraño en ella.
-¿Todo bien, Hana?- preguntó la mujer al notar el gesto de su esposo.
-¿Quién te hiso esto?- cuestionó con seriedad señalando un moretón en el brazo de Alumi, quien, al instante, recordó al hombre que la había atacado un rato antes. Seguro fue producto del fuerte apretón que este le había dado.
-Oh eso…no sé…tal vez me golpee con algo- sonrió, esperando que Hana se lo creyera. Lo último que deseaba hacer era preocuparlo.
-¿Quién fue?- la miró severamente. Quien se metiera con su esposa tendría que atenerse a las consecuencias. Alumi tragó saliva.
-Nadie, ya te lo dije. Seguro que sin darme cuenta me lo hice mientras limpiaba la casa. ¿Qué se yo?
-De acuerdo, si tú lo dices…-dijo él no muy convencido- Vamos a cenar.
-¡Seguro! –respondió con una gran sonrisa mientras comenzaba a servir la comida para Hana, quien probó el delicioso platillo una vez que estuvo frente a él.
-Vaya, vaya, no es tan malo como creí- dijo sonriendo, su esposa era una excelente cocinera. Valía la pena trabajar si después era recompensado con esa deliciosa comida.
-Cierra la boca tarúpido, que mi comida es exquisita.
-¿Tarúpido?- cuestionó el rubio ladeando un poco su cabeza, cosa que hizo reír a la mujer.
-Sí, tarúpido. Es una combinación de "tarado" y "estúpido"- respondió orgullosa- Es un insulto que acabo de inventar, totalmente inspirado en ti, mi querido esposo.
-No te hubieras molestado, cariño- dijo con notorio sarcasmo- Ya me pensaré algo para ti. Por cierto, en estos días será el aniversario de la empresa, y nuestro jefe organizará una reunión para conmemorarlo, así que espero que te dignes a ir.
-Oye, soy tu flamante esposa. Por supuesto que iré- afirmó llevándose un bocado a la boca. Le encantaba ir a las reuniones del trabajo de Hana, sobretodo porque verlo celoso con cuanto hombre se le acercara no tenía precio- Además, ya ha pasado mucho tiempo desde que me invitaste a salir, maldito tacaño.
-¡Pero si salimos a cenar la semana pasada!- se defendió el rubio ante tales acusaciones- Te llevé a ese restaurante de comida italiana que tanto te gusta, así que no me vengas con que soy un tacaño.
-De acuerdo, de acuerdo, no eres un tacaño- respondió ella divertida mientras Hana se ponía de pie y recogía su plato- Deja eso ahí. Cuando yo termine de comer lo llevo al lavabo.
-Yo puedo hacerlo, no te preocupes. Iré a darme una ducha, nos vemos en la habitación- dijo acercándose a su esposa para depositar un rápido beso en sus labios- Gracias por la cena.
Dicho eso, le dio otro beso y se retiró, desapareciendo de la vista de la rubia al subir los escalones. Dejó de comer, no podía dejar de pensar en ese tipo. Ni siquiera lo conocía, y mucho menos sabía que era esa cosa que quería de ella. Suspiró, no quería que Hana se enterara de ello, pues estando él al margen podría protegerlo. Tomó de nuevo el tenedor y comenzó a comer lentamente. Durante los últimos días se había sentido algo mal y por tanto, no debía malpasarse con sus hábitos alimenticios. Una vez terminada su cena, se dispuso a dejar el plato en el lavabo, total, al día siguiente podría lavarlo. Suspiró un tanto agotada, había sido un día complicado así que se merecía un buen descanso, y así, sin más tareas por hacer, se dirigió a su habitación.
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Amaba darse una buena ducha justo antes de dormir, era muy relajante. Salió del baño con solo un pantalón puesto mostrando el perfectamente bien marcado cuerpo que poseía, fruto de tantos años de entrenamiento. Hacía un calor insoportable, aún siendo de noche. Llegó a su habitación encontrándose con su esposa, quien peinaba un poco su cabello antes de dormir, como era su costumbre. El hombre se recostó en la cama para tener su añorado descanso, aunque no pudo evitar recorrer con su mirada de pies a cabeza a la hermosa mujer que se encontraba frente a él, comparándola con la enana plana que era hacía unos cuantos años. Había dejado crecer su rubia y rebelde cabellera, que ahora era más lacia y le llegaba más o menos a la cadera. Su estatura aumentó considerablemente, al mismo tiempo que sus caderas se ensancharon y su cintura se volvía más breve. Poseías piernas largas y bien torneadas, además de un trasero voluptuoso. Sus pechos también habían crecido, adquiriendo un tamaño bastante decente, aunque a Hana ese detalle había dejado de importarle mucho atrás. Su rostro era delicado y hermoso, de finas facciones y cuyos ojos de un azul profundo resaltaban. Sin dudas, la bruja de la que tanto se quejaba se había convertido en una verdadera diosa, de la cual estaba orgulloso de ser esposo.
Alumi tampoco podía quejarse. Hana era sumamente atractivo y varonil, poseedor de unos ojos color miel capases de enamorar a cualquier mujer que los viera. De su cuerpo destacaban esos músculos tonificados, sobretodo en el área del abdomen y los brazos. Era un hombre, en todo el sentido de la palabra, y ella era feliz reclamándolo suyo ante toda mujer que se le acercará. Fuera como fuera, ella era su total y absoluta dueña.
Terminó de cepillar su cabello y se recostó a lado de su esposo, quien la rodeó con uno de sus brazos mientras la acercaba a él. La rubia recargó su cabeza en el pecho de Hana sintiendo como él la apretaba un poco más, haciéndola estremecer. Amaba que hiciera eso pues la hacía sentir segura, protegida ante cualquier peligro. Cerró sus ojos, permitiéndose descansar finalmente.
-Hey, pecho plano- susurró Hana acariciando el hombro de su esposa.
-¿Qué quieres, idiota?- cuestionó ella esbozando una sonrisa mientras se abrazaba a él.
-No creas que he olvidado esa "discusión" que dejamos pendiente en la mañana, ¿eh?
-Mmmm, ¿discusión? No sé de qué estás hablando- respondió ella colocándose sobre su esposo- ¿Podrías recordármelo?
-Con gusto- el rubio sonrió introduciendo una de sus manos bajo la blusa de Alumi acariciando su espalda mientras besaba sus labios tiernamente. Ella cerró sus ojos, aunque fuera por un instante, olvidaría todo lo demás.
