Abrió lentamente sus ojos al sentir la luz del sol sobre su rostro. Se llevó una mano a la boca desviando su mirada hacia el espacio vacío junto a ella. Comenzaba a acostumbrase, aunque en un principio le molestaba terminó por aceptarlo. Así serían las cosas, pasaría de una increíble noche con un esposo a una mañana sin él…esa ahora era su nueva rutina, no podía hacer más que adaptarse a ella.

-Buenos días, Alumi-Chan.

La rubia reconoció al instante esa voz. No podía ser otra, era inconfundible. Cubrió su cuerpo rápidamente con la sábana para después ponerse de pie. Ahí estaba él, sentado en el marco de su ventana…el hombre que la había atacado apenas dos días atrás.

Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir esa repugnante mirada sobre ella, pero no iba a permitirle atacarla nuevamente, y mucho menos en su propia casa.

-¿Qué haces aquí?-ella le miró severamente, dispuesta a atacar en cualquier momento.

-No me veas así preciosa, tan solo vine a asegurarme de que estuvieras a salvo-le miraba fijamente al dar unos cuantos pasos hacia ella-Además…no hay nada que puedas hacer sin tus Silver Arms… ¿o me equivoco?

-¿Quieres apostar?-Alumi lo desafiaba, pero él no caería tan fácilmente.

-No, no puedo. Recuerda que te necesitamos sana y salva-observó de pies a cabeza a la mujer, que estaba envuelta solo con una sábana- Vaya…parece que tuviste una buena noche. Hana-kun es muy afortunado de tener tan exquisita mujer. Tal vez debería encargarme de él.

-No te atrevas-amenazó la rubia reparándose para abofetear al hombre, pero este desapareció ante sus ojos dejándola atónita. De pronto, sintió una mano en su vientre y otra en su boca, impidiéndole moverse con facilidad.

-No me digas qué hacer cariño, solo pierdes tu tiempo. Si yo quiero, puedo hacer eso…y más-susurró en su oído para después rozar con sus labios el cuello de la mujer-Eres en serio hermosa…Alumi-Chan.

-¡No vuelvas a tocarme!-dio la vuelta propinándole tremendo bofetón. Se alejó un poco de él, quien limpiaba con su mano la sangre que salía de su boca. Vaya que golpeaba fuerte para ser una mujer.

-Vaya, vaya, golpeas duro-dijo reponiéndose ante la agresión. Alumi permanecía atenta a cualquier movimiento que el pudiera hacer-Bueno, yo solo quería asegurarme de que estuvieras bien, y como veo que lo estás, no tengo nada más que hacer aquí.

-Lárgate entonces… ¿o quieres que yo misma te saque?

-No será necesario mi pequeña preciosura-respondió pellizcando una de las mejillas de la rubia-Solo recuerda que vendré a visitarte muy pronto. Cuídate, Alumi-Chan.

Acto seguido, el hombre desapareció sin más, dejándola consternada. Solo esperaba que no se atreviera a tocar a Hana, porque de lo contrario no se contendría, como lo acababa de hacer. Sacudió su cabeza intentando olvidar esos pensamientos. Hana podría defenderse, eso no sería ningún problema, sin embargo…estaba de verdad asustada.

Suspiró, nada ganaría con asustarse, además comenzaba a sentirse mal otra vez. Tal vez una buena ducha la haría sentir mejor, así que se dirigió al closet, sacando de él un sencillo vestido de tirantes blanco con un listón azul a la altura del talle, que combinaba perfectamente con sus ojos. Una vez en la regadera, abrió las llaves, dejando que esa tibia agua se llevara con ella aquel malestar, y de paso sus preocupaciones.

Salió de la regadera sintiéndose un poco mejor, aunque todavía estaba algo mareada. Comenzó a vestirse para desayunar y comenzar con los quehaceres que su casa requería, tal vez eso la distraería de todo lo que había ocurrido en esos días. Tras bajar a la cocina tomó cereal y leche, pues a decir verdad lo último que quería hacer era cocinar. Sin embargo, al ver su "desayuno", su estómago se revolvió en menos de un segundo, obligándola a ir de vuelta al baño.

-¿Alumi?-esa voz le pareció sumamente familiar… ¿Qué demonios estaba haciendo él ahí?

-¡¿Hana?!-la pobre apenas levantó la cabeza, él la veía extrañado, no entendía por qué su esposa estaba hincada frente al inodoro-¿Qué haces tan temprano aquí?

-Gakko se las ingenió para hacer explotar el microondas de la cafetería, y también para provocar un corto circuito en todo el edificio, así que nos dieron el día libre-respondió acercándose a ella para ayudarle a levantarse-¿Te encuentras bien?

-Pero por supuesto que sí, solo mira mi rostro. Soy la viva imagen de la salud- Hana hizo una mueca al ver el demacrado rostro de la rubia, quien hacía un esfuerzo por sonreír.

-Si, claro. Ven aquí- dijo él cargando en sus brazos a su esposa, que, por cierto, le pareció ligeramente más pesada- Supongo que tu horrible comida al fin te hizo efecto.

-Cierra la boca, idiota- alegó débilmente a esa broma, no tenía fuerzas ni siquiera para eso-Mi comida es deliciosa.

-Pues tendrás que conformarte con mi comida por hoy-respondió depositándola suavemente en la cama mientras acariciaba su mejilla. Nunca había visto a la poderosa Alumi Asakura tan mal- Por lo pronto te traeré un té. Descansa.

-No te preocupes, estoy bien-susurró levemente mareada, intentando levantarse sin embargo, perdió el equilibrio apenas puso un pie en el suelo, siendo atrapada por Hana, quien la recostó de nuevo.

-Si, se nota que estás bien-dijo con evidente sarcasmo-Te vas a quedar ahí, y esa es mi última palabra. Voy por tu té…ya vuelvo.

Dicho eso, el rubio se dirigió a la cocina, siendo observado por su esposa. Soltó un suspiro, Alumi era una mujer sana, en toda la extensión de la palabra, jamás se había enfermado, así que algo debía andar verdaderamente mal con ella. Odiaba verla así, ya que no podía hacer gran cosa para hacerla sentir mejor. Preparó rápidamente el té para después dirigirse a la habitación, subiendo con precaución los escalones. Entró silenciosamente al cuarto, encontrándose con que su esposa no se encontraba en la cama, como se suponía que la dejó. La escuchó toser desde el baño, haciéndolo correr hacia este. Allí estaba ella, de rodillas nuevamente junto al inodoro.

-Lo…lo siento-la rubia apenas susurró mientras acomodaba tras su oreja un mechón de cabello. Lo último que deseaba es que él la viera así.

-No te disculpes idiota- suspiró Hana acercándose a su mujer para cargarla nuevamente en sus brazos. Alumi adoraba que él hiciera eso, y más en esos momentos en los que de verdad se sentía mal.

Con ella aún en brazos se dirigió a la alcoba, depositándola nuevamente en el lecho que compartían, recostándose él también para después abrazarla. Eso la hacía sentir mejor.

-¿Qué demonios comiste para que te pusieras así?-cuestionó el rubio, acariciando el hombro de su esposa.

-Nada fuera de lo normal-respondió Alumi recargando su cabeza en el pecho de su esposo, quién se limitó a besar su frente. La rubia se sentó con ayuda de su esposo, dándole un sorbo a su té- Gracias…

-No agradezcas, solo tómatelo y ya- él sonrió, al parecer se sentía un poco mejor.

-¿No es ese tu celular?- preguntó ella al sentir una vibración que provenía del bolsillo del pantalón de Hana, quién bufó molesto.

-Si, es el cuatro-ojos-respondió al ver de quien era la llamada-Disculpa, ya vuelvo.

La voz de Hana se desvaneció conforme este abandonaba la habitación, tal vez era algo importante, así que no dijo nada. Fijó su mirada en el techo, pero las aspas del ventilador hicieron que ese horrible mareo se volviera más fuerte, obligándola a colocar una almohada sobre su rostro. Podía jurar que todo comenzada a dar vueltas.

-Levántate pecho plano, iremos al hospital- sentenció Hana, quien estaba de pie, recargado en el umbral de la puerta. Alumi apenas movió la almohada para verlo.

-No quiero-refutó cubriéndose de nuevo el rostro con la almohada- Los doctores solo saben inyectar, y yo no quiero que me inyecten… ¿Entendido?

-Pareces una niña. Anda, mientras más rápido vayamos, mejor. No quiero que esto, sea lo que sea, empeore.

-Tendrás que cargarme para que yo vaya al hospital.

-Perfecto-eso era pan comido para el rubio, quien se acercó decidido hacia ella.

-Silver Shield…-dijo la mujer, y al instante el espíritu aludido formó un escudo a su alrededor, impidiéndole a Hana acercarse a ella. Hana cruzó sus brazos. Alumi era en verdad tramposa.

-¡Eres una…!-le miró molesto, pero ella ya estaba dormida, así que decidió bajar a la cocina y preparar algo que la hiciera sentir mejor- Creo que aún no puedo contra ti.

Apenas había bajado unos cuantos escalones cuando escuchó que llamaban a la puerta, obligándolo a apresurarse y abrir, encontrándose con una no tan grata sorpresa. Ambos se miraron por unos segundos. Hana no se animaba a hablar, así que ella tomó la iniciativa.

-¿No me dejarás entrar?-le miraba severamente. El rubio tragó saliva.

-Claro…entra-se hizo a un lado, permitiéndole pasar. Observaba todo detenidamente, buscando la más mínima imperfección. No la había.

-¿Dónde está tu esposa?-dirigió su mirada hacia él, quien se sonrojó levemente.

-Dormida, en nuestra habitación-respondió rascándose la cabeza. Esa mujer lo ponía nervioso-Se ha sentido mal, así que, por favor, no hagas mucho ruido.

-Muy bien-la dama sonrió-¿Qué has pensado?

-¿Sobre qué?

-Sobre lo que te propuse, no te hagas el idiota. ¿Dejarás esta casa?

-No lo sé…aún no lo pienso. Además…-desvió su mirada para evitar hacer contacto con esa mujer-No sé cómo lo vaya a tomar Alumi.

-¿Te preocupa?-arqueó una ceja, sorprendida.

-Su salud no está muy bien últimamente. No quisiera que esto le hiciera más daño.

-Vaya, vaya…ahora resulta que eres un buen esposo. Interesante.

-¿Por qué lo dices así?-cuestionó el rubio.

-Después de todo lo que has hecho me sorprende que ahora me salgas con que eres un esposo ejemplar.

-Bueno, bueno, dejemos eso de lado. Alumi podría oírnos. No quiero que lo sepa.

-¿Qué es lo que no quieres que yo sepa?