Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertence, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.

Nota: Aquí vamos con el primer capítulo. Espero que os guste :)


Sesión 1:

Participar en el grupo

Cuando todo el mundo está loco, ser cuerdo es una locura.

—Paul Samuelson.

Harry despertó el día quince de septiembre con la firme intención de saltarse la primera sesión de terapia. Sin embargo, Hermione estaba de acuerdo con la directora así que no hubo forma de librarse. Le enganchó nada más salir de Encantamientos, arrastrándole junto con Ron hacia el primer piso.

Es increíble la fuerza que tiene.

Harry, incómodo, enfadado y bastante nervioso, atravesó las puertas de la enfermería tras sus amigos. La simple idea de estar yendo a terapia le parecía estúpida. Nadie podría ayudarle porque él ni quería ni necesitaba ayuda. Habían sido demasiados años de maltratos, horrores y muerte como para que un psicomago pudiera curarle.

Se hizo con una de las sillas blancas que había colocadas en un círculo en mitad de la enfermería, la arrastró hacia atrás y se sentó, alejado de los demás. Lo que debería estar haciendo en ese momento era la redacción de Encantamientos o practicando con la escoba. No entraría al equipo ese año, el quidditch había dejado de interesarle, pero volar y sentir el aire en la cara, caer en picado hasta rozar el suelo y volver a elevarse a la altura de las nubes, era algo que siempre había conseguido despejarle.

Habían sido los primeros en llegar, a pesar de que eran pasadas las diez. Harry tenía la esperanza de que nadie más llegara, el psicomago decidiera dejar la sesión y McGonagall entrara en razón. Pero eso habría sido demasiado bonito y en menos de un minuto más personas empezaron a llegar poco a poco, como a cuentagotas.

Los primeros fueron Neville, al que Harry se alegró de ver, aunque estaba bastante sorprendido de no haberse enterado antes de que les acompañaría, y Luna, que miró a todas partes con su característica expresión soñadora. Tras ellos llegaron Hannah Abbot y Lavender Brown, que al parecer se habían hecho muy amigas durante el año anterior. Poco después de las chicas Justin Finch-Fletchley traspasó las puertas, encogido como un animalillo asustado. Harry no había vuelto a hablar con él desde… ¿quinto año? ¿Sexto, quizás? No estaba demasiado seguro, pero hasta él se había dado cuenta del cambio que había dado. Menos de treinta segundos después de que Justin se uniera a ellos, Harry quiso levantarse y largarse al ver lo que entraba por la puerta.

Draco Malfoy caminó con la cabeza alta y se dejó caer en una silla con elegancia, pero sin sacar las manos de los bolsillos, adoptando una postura que decía claramente que todo lo que pasara ahí le resbalaba. Poco después entró Pansy Parkinson y, bruscamente y sorprendiendo a todos, las puertas se cerraron tras ella a cal y canto.

—Vale, eso ha sido raro —dijo Hannah, mirando a todas partes como si de repente algo fuera a aparecer de la nada y los fuera a atacar.

Los demás, influidos por el miedo de la Hufflepuff, se removieron en las sillas, también alerta. Harry metió la mano en el bolsillo de la túnica, cerrando los dedos firmemente alrededor de su varita. Una parte de su mente le decía que estaba siendo paranoico, que ya todo había acabado, pero la opinión de esa parte quedaba ahogada por su instinto más primario, uno que había desarrollado en los últimos años y que le obligaba a no bajar la guardia.

—Esto no me gusta —murmuró Justin—. Esto no me gusta. Esto no me gusta.

Lavender, siendo tan sutil y empática como siempre, alejó su silla de él varios centímetros, pero eso no evitó que le diera un par de palmaditas torpes en la cabeza, como si fuera un perrito. Justin, asustado, dio un pequeño bote e imitando a la chica, arrastró su silla lejos de ella. Lavender pareció indignada y arrugó la nariz, mirando hacia otro lado.

Entonces, todos escucharon un bufido.

—Esto es una estupidez —declaró Malfoy, acercándose a la puerta en cinco pasos largos a la vez que Parkinson se sentaba en la silla que quedaba—. Si tan nerviosos os pone una puerta cerrada, bien podríais intentar abrirla.

—No creo que funcione así, Malfoy —contestó Hermione, pero levantándose igualmente.

Llegó a la altura del Slytherin, que se apartó de ella como si apestara. Hermione se puso muy recta y le miró con el desafío pintado en toda su cara. Harry esperó mientras observaba a Malfoy. Tenía el mismo aspecto de siempre, quizás algo más delgado. Pero el pelo rubio engominado estaba ahí, así como sus ojos plateados y su alta figura. Igualmente, miraba a Hermione con el mismo desprecio de siempre. Eso, por alguna razón que Harry no llegaba a comprender, llegó a consolarle un poco. Al menos algo había permanecido intacto después de todo.

Finalmente, Malfoy se tragó la réplica que debía estar quemando en su lengua y agarró la manilla de la puerta con una mano. Tiró, pero no pasó nada. En décimas de segundo ya había sacado la varita y aplicaba diferentes encantamientos sobre las puertas, pero no pareció obtener más que un ligero bamboleo. Frustrado, dio dos pasos atrás y Harry temió que estuviese a punto de lanzar un bombarda.

—¡Malfoy, lo que sea que pienses hacer, déjalo! —intervino Hannah, que debía haber pensado lo mismo que él, a voz en grito—. Conseguirás que nos castiguen a todos. —añadió, en un tono mucho más controlado y respetuoso, como si le diera miedo su propio arranque.

—Al menos yo estoy intentando salir —replicó, mirándola con arrogancia—. Has sido tú la que se ha quejado primero y es tu amigo el que no deja su mierda paranoica. ¿Por qué no intentas ayudar, al menos?

—Déjala en paz, Malfoy —dijo Ron, en tono de advertencia.

El Slytherin se encogió de hombros, diciendo con ese simple gesto que, para él, no merecía la pena contestar a alguien como Ron. Harry sacudió la cabeza, molesto, pero no dijo nada, demasiado cansado de toda esa situación.

Hermione, que había hecho sus propios intentos por salir durante la corta conversación, negó con la cabeza, Harry no sabía si por su falta de éxito o por el comportamiento de sus amigos, y volvió a su sitio. Neville miró su reloj y murmuró:

—Son más de las diez y media… —Eso sólo consiguió que el nerviosismo aumentara, y hasta Luna pareció algo intranquila—. Esto es muy sospechoso.

Malfoy bufó y se apoyó contra la puerta. Parecía haber elegido los bufidos como mejor medio de comunicación pues no dejaba de hacerlo. A Harry le resultó increíblemente molesto.

—Esto es una mierda.

—Grandiosa aportación, Parkinson —dijo Ron, regalándole una mueca a la chica.

Parkinson se levantó de golpe, arrastrando la silla a un metro de su posición inicial. Su cara de bulldog estaba contraída y había cerrado las manos en puños. Harry no sabía dónde había quedado la legendaria paciencia de las serpientes, porque estaba claro que en esos dos no sobraba.

—Asqueroso traidor…

—Pansy.

Harry miró a Malfoy, sorprendido de que la hubiera detenido. Los dos Slytherins cruzaron miradas, hablando sin decir una sola palabra. Finalmente Parkinson cedió, giró sobre sus talones y se sentó en su silla recatadamente, sin molestarse en devolverla a su lugar por lo que quedó igual de alejada del grupo que Harry.

—En vez de pelear —intervino Luna por primera vez, sin mirar a nadie en particular—, deberíamos pensar cómo salir de aquí. ¿A qué altura están las ventanas?

—Yo no pienso saltar por una ventana —contestó Hannah, mirándola como si estuviera loca—. Lo digo por si es eso lo que estás insinuando.

Luna no contestó, pero pareció contrariada.

—Podríamos ver si hay alguna salida por el despacho de madame Pomfrey —sugirió Neville, mirando a su espalda—. Podría haber una chimenea, por ejemplo.

A todos pareció entusiasmarles la idea y, como por arte de magia, el grupo entero, menos Harry, se dirigió rápidamente hacia la puerta que había al fondo de la sala. Harry les observó distraídamente, pensando en lo que habría para almorzar, si es que conseguían salir de ahí para entonces. A pesar de estar pensando en otra cosa, no se perdió las caras de decepción de la mayoría cuando volvieron a sus asientos habiendo sido incapaces de abrir la puerta.

—Opino que deberíamos lanzar una bombarda —dijo Malfoy, mirando las puertas dobles de la enfermería contemplativamente—. Seguro que eso las abre.

—O te explota en la cara —opinó Hermione, preocupada por las ideas del Slytherin tal y como Harry lo había estado momentos antes—. Podría tener una protección tan poderosa que…

Nadie sabría nunca cómo terminaba la frase de Hermione porque en ese momento las puertas de la enfermería explotaron, lanzando por los aires unos pocos trozos de madera que tuvieron que esquivar, así como un montón de polvo y astillas.

Harry, con la varita en la mano y sintiendo un terrible déjà vu, intentó asegurarse de que todos estaban bien mientras mantenía un ojo en la entrada recientemente abierta de la enfermería. Una vez que todos lanzaron un grito, una maldición o un simple chillido, Harry pudo centrarse mejor en lo que había hecho saltar por los aires dos puertas de madera maciza.

Esperándose encontrar algún mortífago o cualquier cosa igual de terrorífica, su sorpresa fue máxima cuando se cruzó con unos ojos grandes y de apariencia inocente de color marrón o quizás negro, no podría haberlo asegurado a esa distancia. La mujer no aparentaba tener más de veinte años y eso siendo generoso. Pero a pesar de su apariencia inofensiva, Harry no bajó la varita, vigilando atentamente la que tenía la mujer en las manos.

—¡Buenos días! —exclamó alegremente, como si no acabara de hacer explotar nada—. Bienvenidos a la primera sesión de terapia. Me alegra ver que ya todos estáis aquí.

Confundidos, los diez alumnos observaron a la mujer cruzando el espacio que les separaba , dando pasitos cortos y entusiasmados. Parecía saltar en vez de caminar. Con una rapidez digna de ser admirada, invocó una silla y en menos de diez segundos desde que había aparecido estaba sentada.

Harry, ahora más relajado, se fijó mejor en la psicomaga. Ya se había percatado de sus rasgos aniñados, acentuados por esa mirada inocente, pero no había reparado en el velo que cubría su pelo negro, a juzgar por el par de mechones que se le habían escapado. Su túnica era holgada, lo que la hacía parecer todavía más pequeña. En conjunto parecía agradable, pero Harry no se fió. No olvidaba que esa mujer estaba ahí para entrometerse en sus vidas, encima de forma pública, y calcular cómo de locos estaban.

Recogió su silla del suelo y se dejó caer como un saco de patatas, pero mucho más interesado en la terapia que minutos antes. Si su peculiar entrada significaba algo, Harry estaba seguro de que les esperaban sesiones de lo más curiosas.

—Mi nombre es…

—¡Merlín! —la interrumpió la conocida voz de madame Pomfrey. La mujer, que no había llegado a decir su nombre, se encogió en el asiento, mirando las puertas que colgaban de sus goznes con poco disimulado terror—. ¡Mademoiselle Dómine! ¡Mademoiselle...! ¡Ah, ahí está! —exclamó la enfermera, saltando sobre un trozo de madera especialmente grande—. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién ha sido?

Ron, Hannah, Neville, Pansy y Lavender no tardaron ni un segundo en dirigir su dedo índice hacia la psicomaga, que dio un saltito asustado en la silla. Harry se encontró pensando en ella como en un conejo sorprendido por los faros de un coche.

—La puerta no… No se abría —explicó la mujer, con un hilo de voz.

Algunos rieron y otros, como Harry, sólo esperaron a ver qué pasaba.

—¡Pues claro que no! —gritó la enfermera, mirando los restos de sus puertas con la cara roja de enfado—. ¡Usted misma dijo que no quería que nadie les interrumpiera y colocó el hechizo para que las puertas se cerraran cuando todos hubiesen llegado! ¿Acaso no se acuerda?

—Eh… Sí, claro —dijo, no demasiado convencida—. Pero es que no me acordaba de cómo revertirlo.

Hubo un silencio incrédulo por parte de la enfermera y expectante por el de los adolescentes. Harry podría haber estado aprovechando el tiempo, cierto, pero ahora se sentía con la obligación de darle las gracias a Hermione por haberle hecho ir. Un espectáculo como ese no se ve todos los días.

—No voy a decir nada —declaró madame Pomfrey, levantando las manos y cerrando los ojos a la vez que tomaba una respiración profunda—. Voy a entrar a mi despacho y, cuando salga dentro de —Comprobó su reloj— media hora, esto va a estar impoluto y mis puertas arregladas. ¿He sido lo suficientemente clara?

La mujer asintió con brío y madame Pomfrey suspiró. La vieron desaparecer en su despacho, no sin cierto pesar. Habían esperado un final diferente, mucho más épico.

—Bueno, después de este pequeño paréntesis —dijo la mujer, todavía sin nombre—, creo que lo mejor será retomar la sesión por donde la habíamos dejado. Mm… ¿Alguien me puede decir dónde estábamos?

Hubo un silencio incómodo hasta que Hannah decidió apiadarse de la psicomaga.

—Iba a decirnos su nombre.

—¡Ah, sí, muchas gracias, Hannah! —La muchacha abrió mucho los ojos, impresionada por ser tratada de forma tan familiar. Seguramente tampoco se esperaba que la desconocida supiera su nombre—. Me llamo Aimée Dómine y me gusta que me llamen por mi nombre así que no os cortéis. Se suponía que íbamos a tener más tiempo así que os explicaré a grandes rasgos en qué va a consistir la terapia, os daré unas pocas directrices sobre el experimento que acabamos de llevar a cabo —Los diez chicos se miraron entre sí, confundidos. ¿De qué experimento estaba hablando? — y os daré unos deberes —sonrió jovialmente, confundiéndoles más aún.

Hermione, que miraba el velo de la mujer con ojo crítico, levantó la mano en cuanto dejó de hablar tal y como haría en una clase normal. Aimée la miró, sonriente e invitándola a hablar.

—Esto… Disculpe, ¿pero a qué experimento se refiere? —preguntó, indecisa.

—¡Oh, es uno genial! —exclamó, dando palmas con entusiasmo—. Lo mejor de ese experimento es que ni vosotros mismos sabíais que lo estabais haciendo. Ha salido mejor de lo que esperaba aunque la puerta se me ha resistido más de lo contemplado en mis planes. Desde luego, siento haber destrozado la enfermería, pero no era así como yo quería que terminara la cosa, ¡pero vosotros le habías lanzado un millón de cosas! ¿Es qué acaso no sabéis que la magia reacciona con otra magia? ¡No podéis lanzar hechizos como si tal cosa!

Harry se había perdido a mitad del discurso. La mujer hablaba con tal efusividad que conseguía obnubilar los sentidos y la rapidez de su verborrea sólo confundía más a los chicos. Merlín, Harry no entendía ni cómo se podía comprender a sí misma. El caso es que, para cuando cerró la boca, ninguno de ellos habían captado en qué experimento habían participado, pero por lo menos habían sacado en claro que lo del encierro no había sido un accidente.

—Entonces —intervino Hermione por segunda vez—, ¿lo de dejarnos encerrados ha sido un experimento?

—Sí, exacto —Aimée asintió con la cabeza, adoptando una expresión algo más profesional—. Ahora, y si no hay más preguntas —Los miró a todos, paciente. Nadie habló—, os voy a explicar en qué consistirá la terapia —Puso las manos sobre sus rodillas, una encima de la otra, y sonrió—. Estoy aquí para ayudaros a superar las posibles secuelas de la guerra. Entendemos que habéis pasado por situaciones de extremo estrés y miedo, y eso sin contar con aquellos que, posiblemente, habéis sido torturados a varios niveles —Varias personas se estremecieron y Justin se encogió todavía más—, y en consiguiente, creemos necesaria una intervención, una guía para que volváis a hacer vida normal.

—Disculpe —la interrumpió Neville—, pero ¿a quién se refiere cuando habla en plural?

—A la directora McGonagall, al Consejo de la escuela y a los expertos de San Mungo —contestó ella, antes de continuar como si nada—. Como iba diciendo, esta terapia se trata de construir unas rutinas, unos hábitos saludables y, en definitiva, las bases para una vida nueva. Pronto saldréis de Hogwarts y os enfrentaréis al mundo, es importante contar con ciertos recursos porque las situaciones que habéis vivido podrían perseguiros el resto de vuestra vida.

Qué alentador, pensó Harry mordazmente. A decir verdad, todos parecían compartir su opinión. Las expresiones variaban de una persona a otra, pero había algo en común en todos: estaban asustados. La terapia insinuaba de por sí que estaban en problemas, y las palabras de la psicomaga no eran demasiado positivas. La posibilidad de no poder volver a ser los de antes, a pesar de que en su fuero interno sabían que era imposible, era aterradora en cierto sentido.

—Por supuesto, vosotros no seréis los únicos en recibir terapia. Debo decir que no había tenido tanto trabajo en… Bueno, nunca —continuó alegremente—. Pero no debéis preocuparos por el resto. Las personas que veis aquí son las que os acompañarán durante las ocho sesiones que nos quedan. Quise que fueran más que una al mes, pero McGonagall se empeñó en que necesitabais el tiempo para estudiar —añadió, claramente descontenta. Hermione no dijo nada, pero Harry se dio cuenta de que estaba de acuerdo con la directora. Eso le hizo sonreír—. He observado vuestro comportamiento durante el experimento y creo que tengo suficiente información como para hacer las parejas en este mismo momento.

Harry, por primera vez en casi cuarenta minutos, intervino en la conversación:

—¿Parejas?

—Sí, Harry, parejas —repitió, toda sonriente y con los ojos brillando con diversión contenida, como si disfrutase de un chiste privado—. Tengo mucha información vuestra, de vuestros últimos años en el colegio y, junto con el experimento, considero que es suficiente para saber qué parejas serán más provechosas. Os informaré en breve, ya que quiero que trabajéis juntos en lo primero que os voy a mandar —Su expresión cambió a una misteriosa, aunque no dejó de reflejar cierta diversión—. Bien, ahora os cuento. Iremos uno por uno —Se giró ligeramente sobre la silla y miró a Lavender, sentada a su izquierda—. Lavender, te has comportado de forma un tanto pasiva ante el problema, pero has consolado a Justin cuando has creído necesaria tu intervención —comenzó, elogiándola—. Eso demuestra que esperas la ayuda de los demás para salir de los apuros, pero que te preocupas por ellos en cierta medida. Mi consejo es que no dejes de lado esa empatía, pero que intentes pensar un poco más y ser menos dependiente. Esa actitud es algo inmadura e improductiva.

La cara de la Gryffindor fue un poema, debatiéndose entre la indignación y la más absoluta sorpresa. Se escucharon varias risitas, pero había algo de histeria bajo ese ambiente aparentemente relajado. De pronto, todos se habían puesto en guardia. Aimée, haciendo cuenta de que no había pasado nada, llevó su mirada hasta Hannah, sentada al lado de Lavender. La muchacha se encogió un poco bajo los ojos negros, esperando el veredicto.

—Hannah, te he visto precavida, deteniendo a Draco —El aludido hizo una mueca, molesto ante el uso de su nombre de pila como si fueran familia o algo cercano—. Sin embargo, has desdeñado la proposición de Luna, que no carecía de sentido del todo. Desde luego —añadió—, no era viable porque lo único que hay ahí abajo es un abismo de piedras escarpadas, pero no estaba de más comprobarlo. Te recomiendo que tomes más en cuenta a los demás y, como ya le he dicho a Lavender, no debes ser tan pasiva. Has rechazado los intentos de tus compañeros y no has aportado nada.

Y continuó con lo mismo, hablando de las intervenciones, o la falta de ellas, de cada uno en su intento de solucionar el problema. Elogió a Malfoy, Neville y Hermione profusamente, pero especialmente al primero. Harry no estaba escuchando realmente, pero imitó la mueca de Ron cuando la psicomaga empezó a hablar sobre lo admirable que había sido la determinación del Slytherin. Ron parecía a punto de estallar de pura impotencia y Harry estuvo a punto de reír.

Entonces, le llegó el turno a él.

—Harry —Se temió lo peor al escuchar la dureza con la que Aimée había pronunciado su nombre—, me has decepcionado mucho. He escuchado un millón de cosas buenas sobre ti y me esperaba más. Esa puerta no era un mago oscuro, pero por lo menos podrías haber intentado calmar los ánimos. Ha sido a ti al que he visto más asustado y paranoico y ni siquiera te has dado cuenta de ello. Te has quedado ahí, encogido en tu silla y mirando a todas partes, mintiéndote a ti mismo. Lo único que has hecho bien ha sido comprobar que todos seguían enteros cuando la puerta ha explotado. A parte de eso no has hecho nada más. Has observado pasivamente desde tu sitio —Señaló la silla en la que estaba sentado con la cabeza, con la sonrisa totalmente desaparecida—, y no has dicho nada.

A esas alturas, Harry ya estaba más que enfadado.

—Mire, no quisiera faltarla al respeto —comenzó—, pero no me interesa su opinión. Siendo sincero, me importa una mierda la terapia y lo que crean, la profesora McGonagall, el Consejo y todos sus expertos de San Mungo, que es mejor para mí. Toda mi vida han sido otras personas las que decidían lo que debía hacer y lo que no —Su elocuencia había arrancado varios jadeos de sorpresa y Hermione parecía a punto de lanzarse sobre él y obligarle a callar, pero Harry no había terminado—. Ahora yo digo lo que es mejor y no pienso volver a esta estúpida terapia.

—Harry…

—¡No! —gritó, perdiendo los papeles completamente—. Se ha sentado ahí y ha ido diseccionado nuestro comportamiento como si fuéramos unas ratas de laboratorio. No nos conoce y no sabe por lo que hemos pasado, así que no se haga la entendida.

Decidido, se levantó de la silla, recogió su mochila del suelo y procedió a irse, captando la sonrisilla satisfecha de Malfoy por el rabillo del ojo, que parecía estar pasándoselo en grande. Sin embargo, no había dado más de dos pasos cuando Aimée le llamó:

—Harry, espera —Se detuvo y se dio la vuelta, a la defensiva—. Me alegro de ver que al menos sabes hablar —Rió alegremente, confundiéndolos a todos—. He pasado la guerra en Francia, en mi casa, así que no te voy a negar que hay cosas que no puedo comprender del todo, pero yo también he perdido familiares y amigos este año.

—Lo siento —murmuró Harry, agradecido por la sinceridad de la psicomaga—. No lo sabía. Pero eso no cambia nada realmente —añadió, negando con la cabeza.

Ella sonrió, un poco triste, pero no parecía enfadada o incómoda por haber compartido esa pequeña pieza de información con diez adolescentes que eran, en la práctica, unos desconocidos.

—No tenías por qué. Me habría preocupado si llegas a saberlo. Y entiendo lo que dices, pero me gustaría que pensaras si realmente quieres abandonar la terapia —Rió ligeramente, volviendo a adoptar el entusiasmo del que había hecho gala hasta el momento—. Por favor, vuelve a sentarte.

Harry dudó, pero finalmente decidió quedarse lo que quedaba de sesión, que no debía ser mucho. Percatándose de la mirada de Aimée, cogió la silla y la acercó al grupo, suspirando con resignación.

—Muy bien —continuó, tras apuntar un par de cosas en la libreta que llevaba y de la que Harry no se había percatado antes. Le sorprendió ver que utilizaba un bolígrafo y no una pluma—. Dicho esto, procederé a anunciar las parejas. Antes de nada os explicaré un poco lo que implica estar así organizados —Se inclinó, mirándoles a los ojos y cerrando las manos alrededor del borde del cuaderno, poniéndose seria—. La terapia es de grupo, durante la hora trabajaremos juntos la mayor parte del tiempo, pero la pareja es para cuando estéis fuera. Es para que os ayudéis mutuamente. Fue lo único que se me ocurrió para que la terapia hiciera verdadero efecto, porque sigo pensando que una vez al mes no es nada. Necesitaréis mucho más de lo que yo os puedo dar, o de lo que se me permite daros.

Terminada la explicación, volvió a reclinarse contra la silla y sonrió traviesamente, como si hubiera hecho una cosa muy mala. Harry temió saber con quién le había emparejado, empezando a formar miles de escenarios distintos en su mente. Ninguno fue demasiado alentador.

—¿Las parejas son intercambiables? —preguntó Malfoy, haciéndole un favor a Harry sin saberlo ya que no había querido ser él el que lo hiciera.

—No —respondió Aimée tajantemente—. Algunos no estaréis contentos —Harry creyó que los ojos de la psicomaga se clavaban en el por un segundo—, pero no pienso cambiar las parejas. Ya están hechas —Esperó un segundo, dejando que todos lo asimilasen. Luego, continuó—. Bien, vamos allá. Las parejas serán: Lavender y Justin —La chica suspiró, pero parecía algo aliviada, como si se hubiera quitado un peso de encima. Ciertamente, podría haber sido peor—; Hermione y Luna —Hermione hizo una mueca. Lo más seguro era que estuviese pensando en la cantidad de discusiones que iban a tener. Luna, por su parte, sonrió ampliamente, contenta. Harry observó la mueca de Aimée, que se veía resignada por algo—; Ron y Pansy…

Ah, ahí estaba.

Dos sillas fueron lanzadas a la vez, produciendo un estrepitoso ruido. La de Ron se rompió por la fuerza con la que había chocado contra el suelo, y la de Pansy terminó muy lejos del círculo. Por supuesto, ambos estaban dispuestos a discutir y así lo hicieron durante mucho rato, entremezclando sus quejas, amenazas e insultos. Harry no estaba seguro de si tenía ganas de reír o de tirarse de los pelos. Sólo quedaban Hannah, Neville y Malfoy. Le daba igual quedar con cualquiera de los dos primeros, pero su instinto gritaba otra cosa. Lo notaba en el estómago y en el cosquilleo que le recorría la nuca: Aimée iba a emparejarle con el Slytherin.

—¡Silencio! —gritó la psicomaga, cortando la discusión de raíz—. Ya he explicado cómo va a funcionar esto, así que no admitiré más quejas. Sois pareja, asumidlo y dejadme trabajar.

Ron refunfuñó mientras reparaba su silla, recibiendo miradas comprensivas de Hermione, que le palmeó la mano cuando el chico se sentó a su lado. Ron gruñó algo, pero entrelazó sus dedos con los de ella. Harry sonrió, contento de ver que no todo estaba perdido. Ya lo había pensado durante el verano y el principio de curso, y a medida que pasaban los días no podía dejar de ver cómo la relación de sus amigos iba tornándose más fría. Pero si todavía tenían momentos como ese quería decir que aún había algo ahí. Algo por lo que deberían luchar.

—Continuemos —dijo Aimée, sonriendo de forma tensa—. Hannah y Neville —Ya está, pensó Harry, se acabó. Él no iba a hacer nada con Malfoy. Jamás. No se fiaba de él y nadie podría obligarle a hacerlo—; y Draco y Harry.

Malfoy protestó, como era de esperar, aunque de una forma mucho más digna que Parkinson. Harry no creyó que mereciera la pena. No iba a discutir, simplemente pasaría de esa estupidez. Lo sentía por Aimée porque parecía ser agradable y tener ganas de ayudar, pero él no pasaría más tiempo del necesario con Malfoy.

Nuevamente, Aimée acalló las quejas y continuó explicando lo que quería que hicieran:

—Hechas las parejas —Se escucharon varios gruñidos y palabras no demasiado educadas, pero la psicomaga lo ignoró todo con naturalidad—, os diré cuáles son vuestros deberes. Como es la primera sesión y entiendo que acabáis de empezar el curso y todavía os tenéis que adaptar, será algo sencillo y que no os ocupará mucho tiempo si trabajáis en equipo. Es algo muy simple: ayudarme a reparar esa puerta.

Se levantó del asiento, dejó el cuaderno y el bolígrafo sobre la silla y sacó la varita, como si no se diera cuenta de las caras de los chicos. De pronto, escucharon a Neville reír, antes de que se levantara, instando a Hannah a hacer lo mismo. Entonces, todos salieron de su sopor y se unieron a ellos, debatiéndose entre la incredulidad, la diversión y, aunque sólo un poco, la indignación.

—¡Vamos, vamos! —exclamó Aimée—. ¡Estrenad pareja!

Así, Harry se vio obligado a trabajar junto a Malfoy, pero se aseguró de no cruzar ni una sola palabra con él. Malfoy hizo lo mismo.


Hasta aquí el capítulo. Subiré otro en las próximas horas :)

Muchas gracias por los reviews, lo valoro mucho, una lástima que no los pueda contestar.