Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.
Este fic participa en el "Reto Especial: Intercambio de Regalos 2014" del foro La Sala de los Menesteres. Está basado en la petición de mi AS, Kayazarami, en la que pedía un fic en el que Draco y Harry se vieran obligados a soportarse y que tuviera un final feliz.
Sesión 2:
Crear rutinas
Locura es hacer la misma cosa una y otra vez, esperando obtener diferentes resultados.
—Albert Einstein.
Draco se dejó caer en el sillón de cuero negro que se situaba justo frente a una de las cinco chimeneas que tenía la sala común de Slytherin. Se sentía totalmente agotado, además de desanimado. Esa estúpida psicomaga le había emparejado con Potter. Con él, de todas las malditas personas. Casi hubiera preferido terminar con Weasley o con Granger. Casi.
En cierto modo, no había sido tan malo como esperaba. Después de que esa incompetente entrometida les mandara arreglar su estropicio, se habían puesto a trabajar juntos (uno al lado del otro, más que otra cosa, pero era gramaticalmente correcto), manteniendo el silencio. Había sido incómodo, pero podría haber sido mucho peor.
—Menuda basura —dijo Pansy, sentándose en el sillón de al lado—. ¿Has escuchado lo que me ha dicho? "Tienes un carácter explosivo que habla de problemas con los progenitores". Será repelente.
—Pansy, de verdad, no me apetece escucharte ahora mismo.
—Draco, eres un borde —sentenció la muchacha, pero sin abandonar su lugar.
Se quedaron en silencio, pensando en todo y en nada. Draco no tenía ningún argumento con el que rebatir tal declaración, así que lo dejó pasar. Suspiró, pensando en lo patético que se sentía. Estaba tan cansado. Deprimido había dicho su madre, pero él no le había hecho caso. Y todo esto de la terapia… Pansy tenía razón en una cosa: era una basura. ¿Qué pretendían con eso? Una hora al mes no iba a ayudar a nadie a superar la guerra y Draco no era de los que lloraban en el hombro de nadie.
Se estremeció, pensando en la última vez que alguien le había visto llorar. Esa era otra razón para mantenerse alejado de Potter: había estado presente en su momento de mayor vulnerabilidad. Su reacción había sido un poco desproporcionada (pero sólo un poco), pero Potter tampoco se había detenido a la hora de lanzarle ese sectusempra. Menudo héroe.
Había escuchado millones de apelativos refiriéndose a él, pero nadie se atrevía a nombrar a las personas que habían muerto por su culpa. Empezando por sus padres y terminando por todos los que murieron en la Batalla. Draco ya no era tan ingenuo ni estaba tan ciego, había visto lo que el Señor Oscuro hacía hasta con los suyos y era consciente de que la victoria de Potter había sido lo mejor, dentro de las peores situaciones. Pero eso no evitaba que odiase toda esa maldita situación y que le odiase a él. Y un poco a sí mismo, en realidad, porque tenía pequeños momentos de debilidad en los que casi, casi, estaba agradecido con él por salvarle la vida. Pero entonces recordaba que eso sólo significaba que tenía una deuda de la que no podría zafarse.
En conclusión: su vida era una mierda.
—¿Vas a ir a la próxima sesión? —preguntó Pansy, un poco indecisa. Casi parecía tenerle miedo—. Yo creo que no lo haré.
Draco suspiró, sintiéndose mal por haber llegado a inspirar temor en la que antaño fue su mejor amiga e incluso algo más. La relación con Pansy siempre había sido extraña. Ella había estado ahí desde que Draco podía recordar, pero en realidad no fueron demasiado cercanos hasta entrar en Hogwarts. Hubo ciertas cosas en el colegio, como la injusticia con la Copa de la Casa de primero, que consiguió unirles un poco. En realidad, lo que los había llevado a ese punto era la decepción que sentían por el mundo.
Habían visto pasar los años, siendo cada vez más despreciados, juzgados sin que nadie hiciera nada. Y escuchaban los comentarios, los halagos hacia Dumbledore, Potter, Granger y la horda Weasley, y sentían envidia. ¿Era eso todo lo que los había unido? ¿Qué podría mantenerles juntos ahora que no quedaba nada por lo que luchar? El Señor Oscuro había muerto y sus familias habían sido desprestigiadas hasta el extremo. Slytherin era de nuevo un pozo negro de magos oscuros y cuna de mortífagos. Jamás conseguirían quitarse esa lacra.
Pero a pesar de haber estado unidos, no todo había sido fácil entre ellos. Pansy era muy pesada cuando quería, y a Draco le gustaba tener su espacio de vez en cuando. Por otra parte, él la veía como una obligación, una posible esposa en el futuro con la que tener hijos que preservarían su apellido. Ella le quería de una forma más romántica. Y Draco lo intentó… durante un tiempo. Pronto fue obvio que las atenciones de Pansy no conseguían nada más que elevar su ego, porque ninguna otra parte de él parecía demasiado interesada. Cuando se besaba con ella solía pensar en quidditch o en la nueva caja de bombones que le había enviado su madre esa mañana. Tuvieron una discusión épica cuando Pansy se enteró, ya ni recordaba cómo.
Luego llegó sexto y las cosas terminaron definitivamente. Pansy estaba entusiasmada al saber que Draco era un mortífago por fin, pero ninguno de los dos había entendido aún las implicaciones de tal cosa. Pronto se demostró que no todo era tan bonito como se lo habían vendido desde que eran pequeños. Draco, con la desesperación haciéndose más aguda a medida que pasaban las semanas, se volvió frío con ella e incluso se puso violento alguna vez. Ahora que lo pensaba, suponía que debería disculparse, hasta se sentía culpable por la forma en que había tratado a todos, no sólo a Pansy. Pero tampoco tenía ganas de sacar el tema y recordar ese maldito año.
—Draco, ¿me estás escuchando?
—¿Qué? Oh, sí, sí —dijo, más por cumplir que otra cosa—. Hablabas sobre la terapia.
Pansy levantó una ceja suspicazmente, pero lo dejó pasar. Parecía haber gastado sus ganas de discutir en la terapia. Eso había sido divertido, no podría negarlo, y hacía mucho tiempo que no escuchaba el pintoresco reparto de insultos de Pansy desplegado al máximo. Si algo le había concedido la vida, era una lengua viperina y un cerebro imaginativo.
—¿Y bien? ¿Irás? —inquirió Pansy tras otro medio minuto de silencio.
—No lo sé —respondió, echando la cabeza hacia atrás y clavando los ojos en el techo de piedra ligeramente húmedo—. No veo cómo podríamos escaquearnos.
Tiempo atrás habría dicho algo así como "se lo diré a mi padre, él nos librará de esto". Soltó una pequeña risa, pensando en lo mucho que había admirado a su padre desde que era niño. Ahora, lo único que le quedaba de él era un anillo con el escudo de los Malfoy, una casa que no podrían mantener por mucho tiempo y un apellido manchado. El final feliz que siempre había imaginado.
—¿De qué te ríes? —Pansy ladeó la cabeza, mirándole con desconcierto—. Estás muy raro, ¿sabías?
—He cambiado —dijo, como si eso lo explicara todo.
Para Pansy debió tener sentido, porque asintió con la cabeza con determinación. A Draco le hubiera gustado contar con la misma seguridad.
—¿Qué hora es? —preguntó Pansy sin detenerse.
—¡Tarde! —gritó Draco—. ¡Muy tarde!
Él había insistido en que no iban a llegar a Pociones. Lo había hecho con ganas, pero Pansy le había asegurado de que tenían tiempo de sobra. Bueno, pues ahí estaban, corriendo como si les fuera la vida en ello y todo porque la Slyhterin tenía que desayunar consistentemente.
Draco saltó dos escalones, cuidando de no tropezar con el bajo de su túnica. Se detuvo al escuchar un grito ahogado que reconoció perfectamente. El tono agudo de su amiga era inconfundible. Giró sobre sus talones, jadeando. Pansy estaba tirada en el suelo cuán larga era, lloriqueando porque se había dado de bruces contra la piedra. O quizás era porque se le había roto la túnica a la altura de la rodilla. Con Pansy era difícil de adivinar.
—¡Vamos, vamos! —dijo Draco, acercándose a ella con un suspiro—. No es para tanto, Pan.
Pansy sonrió al escuchar ese apelativo cariñoso, uno que no había escuchado desde hacía dos años. Draco no sonrió, pero se sintió un poco mejor al saber que al menos le había alegrado la mañana a la muchacha. En el fondo, valoraba mucho a esa chiflada.
—Se me ha roto la túnica —se quejó ella, levantándose del suelo con dificultad—. Voy a tener que coserla.
—¿Perdona? —soltó Draco, mirándola con los ojos abiertos por la sorpresa. ¿Había dicho que tendría que coserla? Estaba seguro de haber oído mal, por lo que expresó sus pensamientos en voz alta—. ¿Has dicho que tendrás que coserla?
Pansy se sonrojó ligeramente, pero lo suficiente como para que Draco lo notara. El contraste con su piel pálida era notable, hasta un ciego se habría dado cuenta. Ella no contestó y en su lugar empezó a caminar, apretando el paso cada vez más.
Draco la siguió, dejándole algo de espacio. Ambos sabían que habría sido capaz de alcanzarla de haberlo querido, pero decidió que era mejor que ella sola se explicara. No le sonsacaría nada a la fuerza así que era una pérdida de tiempo y un derroche de energía que ninguno de los dos necesitaba. Decidiendo que pensaría en ello más tarde, se unió a Pansy frente a la puerta del aula de Pociones.
Ambos jadeaban de una forma no demasiado digna así que esperaron hasta que sus respiraciones se estabilizaron. Pansy se atusó el pelo y Draco se colocó la túnica correctamente, alisando un par de arrugas en el proceso. La miró, esperando a que diera su consentimiento para poder llamar a la puerta. Pansy asintió con la cabeza y cuadró los hombros y Draco hizo lo propio.
—Señor Malfoy, señorita Parkinson, ¿a qué se debe su retraso? —preguntó el profesor Slughorn, sin darse cuenta de las risitas que había levantado su pregunta.
Algunas personas les miraron suspicazmente, como si pensaran que habían estado preparando un plan de dominación mundial. Otros, con expresión traviesa, seguramente habían elegido como posible respuesta que se hubieran estado liando en alguna esquina perdida del castillo o en algún cubículo del baño.
Draco sonrió encantadoramente, de la misma forma que su madre le había enseñado años atrás, y contestó en tono entusiasmado:
—Disculpe, profesor, nos hemos entretenido en la biblioteca. No volverá a repetirse.
—Espero que no, espero que no… —dijo el hombre, pasándose una mano por el pelo.
Pansy y él se dirigieron a sus asientos habituales en la parte de atrás de la clase. Era el sitio favorito de cualquier Slytherin ya que podía ver al resto de sus compañeros sin que nadie se percatase de su presencia. No eran muchos ese año y habían juntado a más Casas de lo habitual. Ahí estaban Potter, Weasley (ambos habían podido tomar la clase porque Slughorn era mucho menos exigente que Snape) y Granger, sentados en parejas tres mesas por delante de él. La comadreja y la sabelotodo se habían puesto juntos, dejando a su amigo del alma solo. Draco sonrió ligeramente.
—Esto… como iba diciendo, hoy vamos a preparar una de las pociones más complejas de las que veréis en Hogwarts. Se trata de la poción Crecehuesos —Algunos, como Draco, se inclinaron en sus asientos interesados ante el reto, mientras que otros, como Pansy, suspiraron con resignación—. La complicación de esta poción es controlar el tiempo. Si os equivocáis aunque sea en un solo segundo, el resultado será desastroso. Podrías convertir a un humano en elefante. —rió y todos le imitaron en mayor o menor medida.
Draco, por primera vez en mucho tiempo, se sintió verdaderamente entusiasmado con algo. Siempre había sido bastante bueno en pociones, por mucho que ciertos Gryffindors insistiesen en desestimar su valía. Era verdad que su padrino había tenido favoritismos con él, pero Severus Snape nunca había sido un idiota y jamás había tolerado la incompetencia.
Un pequeño pinchazo le atravesó el pecho al pensar en su difunto profesor. Aún no sabía qué había sido exactamente de él, excepto que, de la nada, Potter había alegado que era un héroe y que el Señor Oscuro le había matado. Para Draco, la idea de un Snape de los buenos seguía siendo inconcebible y no podía imaginar qué había llevado a Potter a decir tales cosas. Igual la guerra le había trastocado de alguna forma mucho más profunda de lo que se apreciaba a simple vista.
—¡Ah, se me olvidaba! —exclamó Slughorn, sacándole bruscamente de sus pensamientos—. Mademoiselle Dómine —Draco se temió lo peor al escuchar el burdo francés de su profesor, imaginando lo que se le podría haber ocurrido a esa loca— me solicitó que cambiara la organización de la clase, así que… Veamos —Se palmeó los bolsillos del chaleco, que amenazaba con explotar en cualquier momento, hasta dar con un trozo de pergamino—. Bien, a ver, el señor Weasley debe sentarse junto a la señorita Parkinson; el señor Malfoy deberá hacerlo junto al señor Potter; y la señorita Brown debe hacerlo con el señor Finch-Fletchley. El resto que se empareje como quiera pues su pareja no está en el aula.
Draco gruñó igual que todos aquellos a los que les había tocado cambiarse. Estaba bastante molesto, a decir verdad. Ser pareja de Potter una vez al mes durante una hora pase, pero tener que aguantarle durante todas las clases que compartieran era demasiado. Captó una mirada de Potter, como si esperase que fuera él quien se moviera. Pues no, no le daba la gana. O se cambiaba él o se quedaban como estaban.
Le vio mascullar algo, apretarse el puente de la nariz y, para satisfacción del Slytherin, levantarse de la silla y acercarse a él. Dejó caer la mochila en el suelo, bien lejos de las manos de Draco, como si temiese que le robara algo, y se sentó en la silla que había ocupado Pansy momentos antes. Draco le lanzó una sonrisa socarrona, disfrutando de esa pequeña victoria. Últimamente no tenía mucho por lo que celebrar y eran esas cositas las que le alegraban el día.
—Me alegra ver que te diviertes —espetó el Gryffindor de manera sarcástica, dando un fuerte golpe con el libro.
—Ni te lo imaginas, Potter.
Tras ese corto intercambio, Slughorn dio la señal y todos se concentraron en sus pociones. Draco estaba determinado a conseguir la aprobación del profesor, que se había tambaleado el último año. Sin embargo no había contado con la torpeza de su compañero. No es que fuera un completo inútil, simplemente no era el mejor.
—No las cortes así, Potter, todas tienen que tener la misma longitud —le amonestó, horrorizado al ver cómo cortaba las raíces como si fueran cebollas—. ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí?
Potter se encogió de hombros, pero eso no le sorprendió. De todas formas, no había esperado ninguna respuesta y habría sido raro recibirla.
—¿Qué hora es? —preguntó Potter, al parecer sin percatarse de que tenía su propio reloj.
—Y cuarto, hay que añadir las raíces en dos minutos —contestó, mirándole de reojo y calculando las posibilidades de que le contestase si le preguntaba sobre su reloj. No eran muy altas, pero no tenía nada que perder—. ¿Qué le pasa a tu reloj, tiene los números demasiado pequeños para tu miopía?
—Primero, no tengo miopía, tengo hipermetropía, y segundo, no te importa una mierda.
—Tú siempre tan encantador, Potter —replicó Draco, arrancándole las raíces de las manos al ver que no las echaba—. Te mataré si no hacemos bien esto, te lo juro.
—No sería la primera vez —murmuró el Gryffindor por lo bajo, pero Draco pudo escucharle perfectamente.
A pesar de que hizo como si no le hubiera oído, Draco no pudo evitar darle vueltas al asunto. ¿Había intentado matarle alguna vez? No, que él recordase. Sí le había lanzado algún que otro crucio, y puede que intentase que le echaran del colegio, ¿pero matarle? Él fue quien detuvo a Crabbe antes de que le matara y, antes de eso, quien no le delató en la mansión. Podría haberlo hecho y entonces el Señor Oscuro habría llegado antes y su familia habría sido premiada en vez de torturada. ¡Qué mierda, él había arriesgado su pellejo por Potter!
—Maldito hijo de puta —escupió en un susurro.
—¿Qué has dicho?
Draco le miró, percatándose al instante de que Potter no había entendido sus palabras, sólo le había oído hablar. Suspiró, consciente de que lo que menos necesitaba en ese momento era tener a Potter más en su contra. Se sentía bastante mal callándose la réplica que tenía en la punta de la lengua (era casi como si se traicionara a sí mismo, tal y como había dicho Pansy), pero se contuvo. Al final, era el testimonio de Potter lo que le separaba de una celda en Azkaban.
—Que tenemos que añadir el zumo de sanguijuela —respondió finalmente, sonriendo para sí mismo.
Potter lo comprobó en la lista de instrucciones y asintió con la cabeza. Echó el zumo que tenía apartado a un lado y ambos esperaron la reacción que debería darse en ese momento. Efectivamente, y para alivio de Draco, empezó a salir una fina niebla blanca que se describía en el libro y que era la predecesora del color azul claro que debía tener a esas alturas.
—¡Sí! —exclamó, contento.
Potter no dijo nada, pero sonreía un poco. Al menos, pensó Draco, sirve para que le manden.
—¡Bienvenidos a la segunda sesión de terapia!
Draco hizo caso omiso del saludo de mademoiselle Dómine mientras acercaba una de las decenas de sillas blancas que había en la enfermería. Las odiaba. Eran duras, pesadas y las barras horizontales que tenía el respaldo se le clavaban en la espalda. Sin embargo, no hizo ni una mueca cuando se sentó en la que había cogido.
A su alrededor los alumnos imitaban sus movimientos con mayor o menor entusiasmo. Estaban los mismos que los de un mes atrás, a pesar de que a más de uno le había escuchado decir que no volvería. Pansy, sin ir más lejos, estaba sentada a su lado de brazos cruzados y con un puchero bastante bonito. Draco no había tenido que convencerla, ella había ido por sí sola cuando se enteró de que él había decidido seguir.
Le había costado un poco, pero tras un par de días pensando en ello llegó a la conclusión de que no sería tan malo. No es que necesitase algo como una terapia, ni mucho menos, pero así podría reírse un rato del resto, además de conseguir bastante información. Había escuchado los rumores que corrían por el colegio, que eran muchos, que aseguraban que la psicomaga había conseguido hacer hablar a varias personas en sólo dos sesiones. Él no era de esos, no conseguiría nada de él, pero a lo mejor del resto sí y, como su padre le había repetido hasta la saciedad, la información es poder.
Además, tal y como le había explicado a Pansy, no creía que hubiera una forma de zafarse. McGonagall insistiría y podría llegar a amenazarles. No abiertamente, no, los nobles Gryffindors no hacen esas cosas, pero prefería no arriesgarse. Si le echaran, a su madre le daría un ataque y Draco consideraba que ya había sufrido suficiente.
—¿Qué tal os ha ido este mes? —preguntó la psicomaga, escrutando los rostros de todos. Draco la miró a los ojos cuando pasó su mirada sobre él, intentando intimidarla. Ella sonrió—. No me mires así, Draco. Era una pregunta inocente.
—Sí, casi tanto como emparejarnos en todas las clases que compartimos —replicó, sin poder contenerse.
Mademoiselle Dómine cruzó las piernas y se colocó el velo que llevaba sobre la cabeza permanentemente, ocultando su pelo. Draco se percató de que parecía extrañamente interesada en lo que él tenía que decir al respecto, como si hubiera estado esperando ese momento.
—¿Hay algo que te incomode de compartir cosas con Harry?
—¿Compartir cosas con Potter? —repitió, sonriendo con socarronería—. Yo no comparto nada con él.
—Y es como mejor estamos, Malfoy —le espetó Potter, con cara de haber chupado un limón.
—Bueno, pues vamos a cambiar eso, ¿no? —Eso cortó la discusión de raíz y ambos chicos la miraron con fijeza—. Pero ahora no vamos a hablar de eso. Como todavía no nos conocemos demasiado bien —continuó, sin prestar atención a las caras de desagrado de los dos chicos—, quiero que hablemos un poco sobre nosotros. No vamos a contarnos nuestra vida —explicó, riendo—. No, he elegido un tema muy concreto. Quiero que hablemos sobre nuestros sueños y aspiraciones. ¿Quién quiere empezar?
Hubo un silencio de lo más elocuente, en el que los alumnos se miraron los unos a los otros. Draco apretó los labios, como si así pudiera dejar claro que no iba a decir una sola palabra. A parte de que tenía el sentido preservación muy desarrollado, el tema le ponía incómodo. Le hacía preguntarse cosas en las que no quería pensar. Pero se sintió un poco (sólo un poco) mejor cuando vio que todos tenían expresiones similares a la suya, como si no supieran qué contestar, como si fuera una pregunta demasiado difícil para ellos. Hasta Granger parecía preocupada.
—Muy bien, empezaré yo —atajó mademoiselle Dómine finalmente—. Mi sueño es ayudar a todos los jóvenes que pueda y, cuando sea mayor, comprar la casa de mi hermana y restaurarla. Ella murió hace muchos años y tuvimos que vender su casa, pero yo no quiero darla por perdida. Me gustaría recuperarla y pasar mis últimos años en ella, y después legársela a mis hijos. Convertirla en la casa de la familia Dómine.
—Eso es muy bonito —comentó Hannah distraídamente, casi como si no se hubiera dado cuenta de que había dicho algo—. Perdón. —añadió, sonrojándose.
Draco puso los ojos en blanco, un poco divertido ante la cursilada de sueño que tenía la psicomaga. Él respetaba su aparente lealtad por la familia, era algo que tenía iba intrínseco en su persona, pero le parecía demasiado banal, casi como si no fuera verdadero. De hecho, no podía evitar preguntarse si todo lo que les contaba ahí era cierto o una burda patraña.
—Draco, ¿quieres decir algo? —inquirió la mujer, sonriendo como si pudiera leerle el pensamiento.
—Yo no…
—Adelante —le animó ella, ampliando la sonrisa y dándole un matiz travieso. Merlín, parecía una puñetera cría en Navidad—. No te avergüences.
—Eso, Malfoy, no te avergüences —se burló Weasley, sonriendo socarronamente.
La psicomaga le miró mal, pero no consiguió borrarle esa expresión de satisfacción que tenía en la cara. Draco le miró con desprecio, pero tampoco consiguió reacción alguna. Eso era lo que más le molestaba, que nunca había podido someterles.
—Ahora mismo no sé muy bien qué quiero hacer —admitió con indiferencia.
—Claro, cumpliste tu sueño al convertirte en mortífago, ¿verdad? —espetó la comadreja con una mueca de asco en la cara.
Draco lo sintió como un golpe físico y el tatuaje en su brazo izquierdo ardió. El Slytherin miró hacia abajo, asustado al sentir como si el Señor Oscuro le llamara. Se estremeció, presa del pánico, pero la sensación había sido tan rápida que cualquiera habría pensado que se la había imaginado. Pero él no.
Luchó por controlar su respiración y estuvo a punto de llevarse una mano a la Marca antes de que su cuerpo se detuviera, escuchando el argumento de su cerebro, que consideraba que esa no era una buena idea. El momento pasó tan rápido como había llegado, pero le dejó un nudo en el estómago. Muerto de miedo, miró a su alrededor por si alguien se había dado cuenta. Todos le miraban, pero no parecían haberse percatado del alcance del problema.
Mademoiselle Dómine le miraba atentamente, pero había cierta satisfacción en sus ojos, como si hubiera esperado ese momento. Draco se volvió a estremecer, inquieto ante la astucia que había vislumbrado en sus ojos. Esa mujer guardaba más secretos de lo que cualquiera podría haber llegado a imaginar.
—Draco, ¿estás bien? —preguntó Pansy, poniéndole una mano en el hombro.
—Sí, no pasa nada, sólo ha sido un mareo.
Pestañeó un par de veces para aclararse la vista. Se dio cuenta de que Granger discutía con Weasley en voz baja y haciendo aspavientos con las manos. Supo que estaban hablando de él. Saber que la Gryffindor le estaba defendiendo no despertó en él ni un pequeño atisbo de compañerismo o lo que fuera que debía sentir. Sin embargo, su atención no estaba centrada en esos dos, sino en Potter, que le miraba atentamente. Lo odió.
—Bien, ¿quién es el siguiente?
Draco escuchó al resto de sus compañeros mientras se recuperaba lentamente del ataque. No le había pasado antes, igual porque todos a su alrededor habían evitado la palabra mortífago como a la peste. ¿Había sido eso? ¿Una reacción ante esa palabra de tan oscuro significado? Desde luego, no le traía buenos recuerdos.
Casi una hora después, todos habían hablado de lo que les gustaría hacer después del colegio. Algunos tenían las cosas más o menos claras: un trabajo aquí o allá, una casa y, eventualmente, una familia. A Draco le había parecido que casi todos habían sonado bastante forzados, pero no comentó nada. Le daba igual cuáles fueran sus aspiraciones en sus patéticas vidas. Pansy, como él, no había dicho nada a pesar de tener muy claro lo que quería.
—Ha sido genial escucharos, chicos —dijo la psicomaga una vez que todos hubieron hablado e incluso pareció sincera—. Ahora vamos con los deberes. Como estamos empezando, vais a hacer algo bastante sencillo: crear una rutina.
—Nosotros ya tenemos rutinas —replicó Granger, confundida—. El colegio nos las da.
—No, Hermione, tú te refieres a un horario —la corrigió, para satisfacción de Draco—. Y me da igual lo que digan las normas del colegio, quiero que creéis vuestras propias rutinas, unas que no tengan nada que ver con las antiguas. Es una forma de dejar el pasado atrás —explicó, sonriendo comprensivamente—. Ya no sois los de antes, pero eso no tiene por qué ser malo —Hubo un momento de incomodidad general del que la mujer no pareció percatarse—. Dicho esto —continuó—, os voy a dar unas tablas —Se giró un poco, alargando la mano hacia un maletín que tenía detrás de la silla y sacó unas cuantas cartulinas— en las que quiero que anotéis lo que vais a hacer durante la semana. No quiero que planeéis todo minuto a minuto, pero os vendrá bien tener un esquema mental. Recordad añadir muchas horas de estudio, así la directora McGonagall tendrá que agradecérmelo.
Algunas personas rieron y otras no, pero todos cogieron su respectiva cartulina. La de Draco era de un color verde botella bastante predecible. ¿Por qué todos se empeñaban en relacionarle con ese color? No le desagradaba y estaba muy orgulloso de ser Slytherin, pero el verde nunca había sido su color favorito.
—Antes de que os vayáis, debéis saber una cosa: vuestro horario debe coincidir con el de vuestra pareja —Esto levantó ampollas. Draco perdió la poca paciencia que le quedaba y comenzó a discutir al puro estilo Pansy, como si le fuera la vida en ello. En parte, era así—. No, no, Draco. Detente ahora mismo —El chico calló, pero para nada satisfecho—. Ya os expliqué cómo iba a funcionar esto y no voy a repetirlo. Fuera de aquí es vuestra pareja quien os ayudará. Yo no puedo hacer más.
Draco sabía que era una batalla perdida así que empujó de mala manera la estúpida cartulina dentro de su mochila y se largó de la enfermería a pasos agigantados y con Pansy corriendo y gritando detrás de él.
Ya lo había pensado antes, pero quería repetirlo una vez más: la terapia era una basura.
Muchas gracias por leer, comentar y añadir a favs. y alertas, lo valoro mucho. Ahora mismo no tengo tiempo de contestar los reviews, pero quiero que sepáis que estoy muy agradecida y sorprendida por la acogida del fic :)
Hasta pronto :D
