Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.


Este fic participa en el "Reto Especial: Intercambio de Regalos 2014" del foro La Sala de los Menesteres. Está basado en la petición de mi AS, Kayazarami, en la que pedía un fic en el que Harry y Draco se vieran obligados a estar juntos y que tuviera un final feliz.


Sesión 3:

Sortear los obstáculos

Hay cierto placer en la locura que sólo el loco conoce.

—Pablo Neruda.

Harry gruñó mientras caminaba por el pasillo sin levantar la vista ni un momento del Mapa del Merodeador. Llevaba días tratando de pillar a Malfoy a solas, pero Pansy no se separaba de él nada más que para mear y lo hacía siempre dentro de la Casa de Slytherin. Y todo era aún peor porque él no quería ver a Malfoy, pero estaba obligado a hacerlo para terminar la estupidez de las cartulinas que tenían que rellenar. Podría haberlo hecho en las clases que compartían, pero su compañero parecía siempre tan concentrado y le trataba de una forma tan exigente, insistiendo en que debía hacer su mejor esfuerzo en lo que estuvieran haciendo, que Harry no se acordaba de comentarle lo de las rutinas.

Si Harry había seguido yendo a la terapia era por una mezcla de varias cosas. En primer lugar, la enorme insistencia de Hermione, que podría haberle vuelto loco de no haber estado tan acostumbrado; en segundo lugar, que Aimée realmente le gustaba y, por alguna extraña razón, no quería decepcionarla. Igual era porque parecía una niña pequeña, con esos ojos grandes y que a veces parecían asustados (especialmente cuando Pomfrey andaba cerca) y ese cuerpo de niña, prácticamente tapado por las túnicas que llevaba siempre. Y para terminar, porque una parte de él quería ver qué salía de todo eso. Aunque en ese momento tenía una respuesta bastante clara: una basura, eso era lo que salía.

Finalmente, dobló la esquina y se encontró con las puertas de la biblioteca. Dando gracias a Merlín por su buena suerte, Harry corrió hasta Malfoy que salía en ese momento de la sala. El Slytherin pareció asustado por un segundo y a Harry le dio la sensación de que había tenido la intención de sacar la varita. Eso le hizo sonreír.

—Malfoy —dijo, derrapando hasta quedar frente a él—, tengo que hablar contigo.

Malfoy levantó una ceja con suspicacia, miró a todas partes como si esperase que saliera un montón de gente gritando que era una broma y, cuando nada pasó, se encogió de hombros y empezó a caminar hacia el patio interior.

Harry le siguió, todavía un poco jadeante pero, sobre todo, vigilando a Malfoy por si hacía alguna tontería como correr o intentar matarle. Le parecía de lo más sospechoso que no hubiera ofrecido ningún tipo de resistencia, como si fuera algo normal que ellos dos se detuvieran en mitad de los pasillos para charlar. Raro y un poco escalofriante. A Harry no le gustaba la actitud del Slytherin, que se había comportado de manera demasiado pasiva e indiferente desde que empezaron el curso. Le hacía pensar que estaba tramando algo.

—No sé qué plan maligno crees que estoy llevando a cabo ahora, Potter —comentó casualmente, sentándose en uno de los bancos de piedra que rodeaban el recinto del patio—, pero déjalo. Sólo conseguirás decepcionarte.

—¿Es así? —inquirió Harry, sentándose al otro extremo y sin saber qué esperaba conseguir con esa pregunta.

Malfoy le miró y una de sus comisuras se levantó ligeramente. Harry se preguntó cuándo había sido la última vez que le sonrió. ¿En cuarto? ¿Quinto, quizás? Claro, no era una sonrisa sincera, pero era lo máximo que Harry podía conseguir de él.

—Te sorprenderías de lo poco malvado que soy en realidad —respondió, estirando las piernas y poniendo una expresión de inocencia que Harry no se tragó.

—Si eso te ayuda a dormir por las noches…

—Cuando duermo, sí.

Hubo un silencio de lo más extraño tras las palabras de Malfoy. Harry se sentía incómodo y hasta un poco culpable por no haber pensado antes en que Malfoy, bueno, en que él también debía haberlo pasado mal. Esto no quería decir que sintiera alguna pena por él o confiase en su persona, pero no podía evitar pensar que, al final, Malfoy había hecho alguna que otra cosa bien.

—Quería preguntarte una cosa —comenzó Harry, mirando hacia el otro lado del patio para evitar encontrarse con los ojos inquisidores de Malfoy—. ¿Por qué no… por qué no dijiste quién era cuando nos capturaron?

Escuchó a Malfoy tomar una respiración profunda, para después soltar todo el aire de golpe. Le miró, tratando de adivinar sus pensamientos, pero Malfoy siempre había sido un maestro a la hora de enmascararlos y si Harry no le conociera mejor, habría dicho que estaba aburrido. Sin embargo, pudo notar cierta tensión en su cuerpo y el aire de laxitud que había tenido hasta el momento se había esfumado.

—Te lo diré… cuando lo sepa —contestó finalmente, mirando el cielo tormentoso. A Harry le dio la sensación de que estaba mintiendo—. Va a llover —Harry parpadeó, un poco confundido por el repentino cambio de tema y elevando la mirada al cielo—. Querías hablar sobre la rutina, ¿verdad?

Harry apartó la mirada de las nubes grises, que le provocaban una extraña sensación de tristeza, clavando los ojos en el perfil de Malfoy. Había adelgazado tanto durante los dos últimos años que sus angulosos rasgos se habían vuelto más afilados, pero había dejado la niñez atrás y las líneas eran definidas, fuertes, capaces de darle un aire de superioridad y encanto que le resultaron algo extraños.

—Sí —contestó, recordando que Malfoy estaba esperando una respuesta—. Te fuiste demasiado rápido de la terapia y parecías cabreado, no quise terminar sin cabeza.

Malfoy sonrió, como si le divirtiera la posibilidad. Harry sonrió a su vez, medio idiotizado. ¿Qué le estaba pasando? Llevaba hablando con Malfoy… ¿cuánto? ¿Diez minutos? ¿Algo más? En todo ese tiempo no habían intentado maldecirse y Harry hasta se sentía un poco más humano, como si le hiciera bien ver que esa parte de su pasado seguía ahí, intacta.

—Bien, pues no deberías haberte tomado tantas molestias —dijo el Slytherin, ampliando la sonrisa maliciosa—. No voy a volver a la terapia. Lo siento, te has quedado sin mi agradable compañía.

—Genial, Malfoy —bromeó Harry, tras un segundo de sorpresa—. ¿Y ahora quién me va a ayudar a superar mis traumas de la infancia?

Malfoy bufó con una pizca de verdadera diversión y Harry sintió que había tenido éxito en algo. ¿En qué? Pues ni idea. Sólo en algo.

—Como si tú tuvieras traumas infantiles.

A Harry se le borró la sonrisa y miró hacia otro lado, pensando en todo lo que había pasado con los Dursley. Los últimos años habían sido un poco mejores, al menos casi habían empezado a tratarle como a una persona, pero su infancia… Recordó su alacena oscura y siempre llena de pequeñas arañas, los sueños de los que descubriría el significado sólo años después, la incertidumbre con la que se despertaba cada mañana, pensando en lo que haría mal ese día, en por qué no le querían y, tras todo eso, en las constantes burlas de sus compañeros. Por su ropa, siempre varias tallas más grande, por sus gafas y porque, sencillamente, era ese niño al que Dudley le tenía manía. Y si a Dudley no le gustaba, entonces a nadie debía gustarle.

—¿Qué hay de ti? —soltó Harry, tratando de desviar la conversación—. ¿Cómo superarás tus traumas sin mi ayuda?

—Yo no necesito ayuda de nadie —contestó—, así que vas a tener que buscarte unos cachorritos sin madre a los que cuidar.

Malfoy se levantó, metiendo las manos en los bolsillos y echando a andar un segundo antes de que la primera gota de lluvia impactara contra la piedra del patio. En dos segundos la fina llovizna se convirtió en un fuerte aguacero y Harry quedó empapado de la cabeza a los pies. Se detuvo un segundo y levantó la cabeza al cielo. Respiró el aire cargado de los olores de la tierra mojada y entró dentro. Malfoy ya había desaparecido.


—¡Buenos días, chicos! ¿Qué tal os habéis despertado esta hermosa mañana?

Harry miró el exterior a través de las ventanas, constatando que el día estaba tan nublado y triste como lo había visto esa mañana al levantarse. Después miró a la psicomaga, negando con la cabeza un segundo después. Estaba claro quién necesitaba la terapia.

—¿Dónde está Draco? —preguntó Aimée, abriendo los ojos con sorpresa y mirando a cada uno de ellos en busca de una respuesta—. ¿Se encuentra bien?

Harry miró a Parkinson, que había apretado los labios. La imaginó tragándose una respuesta envenenada y esperó que se atragantase con ella. Nunca le había caído bien, pero ese año se estaba luciendo. No sólo seguía con su comportamiento insoportable (eso sin contar con que había intentado entregarle a Voldemort), sino que se había convertido en la mamá gallina de Malfoy, defendiéndole de una manera tan vehemente que llegaba a ser cansina.

—No va a volver a la terapia —contestó Harry tras comprobar que Parkinson no iba a decir nada.

Aimée frunció el ceño, como si no hubiera contemplado la posibilidad de que eso pasara. Se notaba que no conocía a Malfoy, por mucho que hubiera leído sobre él. De pronto, sonrió.

—¿Y cómo es que tú sabes eso, Harry? ¿Has estado hablando con él?

Harry se removió en la silla, incómodo. Todos habían dirigido sus miradas hacia él y mantenían una expresión entre la sorpresa y la suspicacia. Cruzó miradas con Ron, que parecía sentirse traicionado. Harry era muy consciente de los sentimientos de su amigo hacia el Slytherin, que habían pasado de la sencilla competitividad y el desprecio al odio más absoluto. Ron no le había perdonado lo que les hizo pasar durante el colegio y ni mucho menos que se quedara mirando mientras Bellatrix torturaba a Hermione. Harry no había recordado ninguna de esas cosas mientras hablaba con él.

—Estuvimos hablando hace unos días —respondió mirando a Aimée, que parecía ser la única contenta—. Le comenté lo de la rutina y él dijo que no me molestara porque no iba a volver a la terapia.

—Vaya —murmuró Aimée, desencantada—. Bueno, pues te encargo que le convenzas para volver.

—¿¡Qué!? —gritaron Parkinson y él a la vez—. Creo que yo soy la más indicada para eso —continuó Parkinson, arrugando la nariz.

Aimée negó con la cabeza, cerrando los ojos y levantando la cabeza en un gesto de lo más determinado.

—No, no —enfatizó—. Harry es la pareja de Draco, es su deber. Espero que pongas lo mejor de ti en esto, Harry.

—Yo…

—Dicho esto, es hora de continuar —dijo la psicomaga, haciendo caso omiso del intento de oposición de Harry—. Hoy tenemos muchas cosas que hacer, pero primero quiero dejar finiquitado lo de vuestros deberes para este mes—Sacó un bol de ninguna parte y revolvió con la mano los papeles doblados que tenía dentro—. Cada uno de vosotros va a elegir uno de estos papeles y vais a tener que hacer lo que diga durante el mes que viene. No habrá una sesión antes de Navidad, sólo tendré una conversación individual con cada uno porque esa misma mañana tengo que irme a Francia —explicó, sacando la mano del recipiente y sin esperar respuesta—. ¿Quién quiere ser el primero?

Para sorpresa de todos, Justin fue el primero en reaccionar. Harry le había prestado más atención durante los últimos tres meses a raíz de las sesiones de terapia. Parecía que las horas que compartía con Lavender, que se había tomado muy en serio el consejo del primer día de la psicomaga, le estaban haciendo bien. Ya no temblaba tanto y parecía mucho más cómodo cuando estaba con ellos. Al quedarse solo, se había fijado Harry, volvía a su comportamiento nervioso e indefenso pero al menos parecía estar mejorando.

Aimée le sonrió, exudando felicidad. Justin esbozó una sonrisita en respuesta y sacó uno de los papeles. Desdobló el trozo de pergamino y leyó en voz alta lo que estaba escrito:

—Habla con un desconocido todos los días —Justin frunció el ceño, un poco confuso—. ¿Quiere decir que tengo que presentarme a una persona distinta todos los días o que debo trabar amistad con uno solo?

—Lo primero —contestó la psicomaga, con un tono de voz demasiado travieso como para no ser sospechoso—. Aunque si ves que alguien merece la pena, bueno, adelante con la amistad —Justin asintió, guardándose el papel en el bolsillo de la túnica—. ¡Siguiente!

La siguiente fue Hermione, a la que le tocó hacer quince bromas distintas a quince personas diferentes durante ese mes; Ron la siguió, con la tarea de hablar sobre sus sentimientos con cinco personas y hacerlo sinceramente —Harry se rió de lo lindo al ver la cara de ambos—; luego fue Lavender, que tenía que pensar en las cosas malas que había hecho y disculparse por ellas —Hermione sonrió con suficiencia antes de recordar lo que le había tocado, o eso se imaginó Harry—; Hannah tenía que gritar en la cara de cada persona que la molestara, olvidando su timidez y su miedo; Luna tenía que relacionarse habitualmente con cinco chicas que no compartieran clase con ella; Neville debía deshacerse de diez de las cosas que más hubiera en su habitación, en su caso diez plantas —de esas que habían colonizado su parte de la habitación indiscriminadamente—; Parkinson debía contarle un secreto a alguien que no fuera de su Casa —lo que inició una discusión que podría haberse alargado durante horas si Aimée no tuviera esa capacidad calmante tan suya—; y entonces llegó el turno de Harry, que se había quedado el último a conciencia.

Quedaban dos papeles en el bol, uno de ellos perteneciente a Malfoy. Harry suspiró antes de levantarse de la silla y acercar la mano al recipiente que Aimée le había acercado un poco. La mujer le sonrió alentadoramente y Harry no pudo evitar una sonrisa en respuesta, que debió verse tan nerviosa como la de Justin.

—Vamos allá —murmuró para sí mismo. Cogió un papel y lo desdobló—. Hablar sobre la infancia delante de los miembros del grupo de terapia.

Harry frunció el ceño y miró a Aimée. Antes de que la mujer pudiera apartar el bol de su alcance, alargó una mano e intentó coger el papel que le hubiese quedado a Malfoy. No pudo hacerlo. Sus dedos se negaron a cerrarse alrededor del pergamino y su mano salió despedida hacia atrás. La acusación brilló en sus ojos.

—¿Algún problema, Harry? —inquirió Aimée, sonriendo inocentemente. Nadie más se había dado cuenta de lo que había pasado.

—No, no pasa nada.

Se sentó en su sitio, elucubrando sobre lo que acababa de ocurrir. Estaba claro que la psicomaga había amañado el sorteo, pero por alguna razón Harry no se sentía con ánimos de discutir. De una forma u otra, Aimée conseguiría lo que quería así que él se inventaría una historia algo más edulcorada que la realidad y listo.

Lo que le preocupaba no era eso, sino cómo había podido ella descubrir qué era lo que les ponía más incómodos. Justin y su miedo a los desconocidos; Lavender y todas las cosas malas que había hecho —que no eran grandes cosas en realidad—; Hermione y su incapacidad para hacer bromas; Ron, que nunca había sabido manejarse con los sentimientos, propios o no; Hannah y su personalidad pasiva y tímida; Neville que, por lo que le había contado Ginny, se había aferrado a sus plantas durante la guerra, como un medio para escapar de lo que pasaba a su alrededor; Luna y la dificultad que entrañaba para ella hacer nuevos amigos, en especial mujeres; Parkinson, con esa fobia que parecía tenerle al resto de Casas; y él, contando cosas sobre su vida con los Dursley, algo sobre lo que ni Ron ni Hermione sabían casi nada, a pesar de que se imaginaban muchas cosas. Harry se preguntó qué encerraba el pergamino dedicado a Malfoy.

—Bien, ya todos tenéis vuestra tarea así que eso está cubierto —Aimée se levantó de la silla y les instó a los alumnos a imitarla—. Ahora vamos a salir fuera y nos vamos a internar en el Bosque Prohibido.

—¿En el bosque? ¿Por qué en el bosque? —preguntó Lavender con voz aguda.

—Porque quiere que revivamos las cosas que pasaron durante el curso pasado —respondió Luna, sorprendiendo a todos. Aimée la miró con los ojos abiertos y luego sonrió—. ¿Me equivoco?

—No —confirmó la psicomaga, encabezando la marcha hacia los jardines—. Todos luchasteis durante la batalla, pero no es eso lo que más os ha afectado. No me malinterpretéis —añadió, al escuchar ruiditos escépticos—, esa noche os marcó para toda la vida, eso es innegable. Pero fue la presión, el miedo y la tortura psicológica a la que os sometieron durante el año lo que os ha calado más hondo. Aunque no todos estuvistéis aquí durante el curso —explicó, mirando a Justin, a Ron, a Hermione y a él por encima del hombro—, creo que esto será beneficioso para todos. Iremos al Bosque, a un sitio especial.

Harry se preocupó al verla estremecerse. Su intuición le decía que no era buena idea, que el lugar al que iban no le iba a gustar. Caminaban ya por el bosque cuando el muchacho se detuvo, reconociendo el camino.

—No —rechazó—. No, no y no. No pienso volver ahí.

—Harry…

Harry negó con la cabeza de nuevo. Se dio la vuelta y echó a correr, huyendo del lugar. No sabía qué provocaría su reacción, pero le daba igual. Él no iba a volver al lugar en el que había muerto, literalmente. Ese pequeño claro en el que había ardido una hoguera, en donde se había enfrentado a Voldemort aceptando su propia muerte, había llenado sus pesadillas desde hacía meses. Le daba pánico volver.

Corrió sin ver hacia dónde estaba yendo y no se detuvo hasta sentir que estaba lo suficientemente lejos. Miró en derredor, nervioso. Había acabado al pie de las escaleras de la Torre de Astronomía, a pesar de que no tenía intención de subir. Se apoyó en la pared, tratando de recobrar el aliento y dejar de sentirse tan patético.


—¡Harry! —gritó Hermione, interceptándole cuando entraba en el Gran Comedor para la comida—. ¡Harry! ¿Estás bien? —soltó sin más al alcanzarle.

Ron iba detrás de ella y no parecía nada contento. Harry le preguntó con la mirada qué le pasaba, pero él miró a otro lado. Ah, estaba enfadado con él.

—Sí, no te preocupes —respondió, ignorando a Ron—. ¿Qué pasó con la terapia después de que me fuera?

Hermione resopló, dejando traslucir su molestia. Harry sabía que no estaba demasiado contenta con las extravagancias de Aimée y que se había tragado demasiadas réplicas y comentarios. Así, el muchacho se preparó para soportar un discurso sobre todo lo que la psicomaga estaba haciendo mal y cómo enfocaría ella la terapia. No pudo evitar estar de acuerdo con algunas cosas, pero la mayoría del tiempo se lo pasó pensando en lo que podría haber molestado a Ron y en cómo arreglarlo.

—Tienes que hablar con Malfoy —dijo Hermione en algún punto de la comida, llamando su atención.

—¿Perdona?

Ron gruñó, atacando sus salchichas con saña. Bueno, al menos había descubierto qué era lo que le molestaba. Había comprobado que no sólo estaba enfadado con él, sino también con Hermione. Debían haber discutido.

—Lo que oyes —continuó Hermione, sirviéndose más agua—. Aimée dijo que, a aparte de convencerle de volver a la terapia, tienes que buscar intereses comunes con él y a ser posible verle durante las vacaciones de Navidad. ¡Ah, y tienes que darle esto! —terminó, entregándole el pergamino que había quedado en el bol. Harry intentó desdoblarlo, pero no hubo éxito—. Ni lo pienses —dijo su amiga—. Aimée le hizo algo y no se puede leer.

—Ya veo… —murmuró Harry, suspirando—. Oye, ¿no tenemos demasiados deberes este mes? Buscar intereses comunes, hacer lo de los papeles…

—Quedar con él en las vacaciones —añadió Ron, hosco pero un poco más comunicativo—. Jodido si estás emparejado con Parkinson. La odio.

Hermione le dio un pequeño beso en la mejilla, pero eso fue todo.

—Y no es durante este mes —le recordó Hermione, volviendo a la conversación original—. No volveremos a tener terapia hasta después de Navidad.

Harry asintió, animándose un poco al recordarlo. Lo sentía por la psicomaga, pero sus sesiones cada vez le daban más miedo. Además, cuanto más tiempo pasara antes de volver a reunirse con todos los que habían presenciado su momento de debilidad, mejor. Mentalmente, les agradeció a sus amigos que no hubieran profundizado en el tema.

—¿Os vais a quedar en Hogwarts en las vacaciones? —preguntó, cambiando de tema.

—Ni pensarlo —murmuró Ron, con la mirada perdida en un punto fijo—. No me quedaré aquí más tiempo del necesario.

Le lanzó una mirada resentida a Hermione que la muchacha encajó con estoicismo, como si no fuera la primera vez que pasaba. Harry se preguntó distraídamente si ahí estaba la raíz de sus discusiones. Ya no eran como las de años anteriores, en las que parecían alejarse y buscarse continuamente. Ahora sólo peleaban por hacerlo.

—Yo voy a pasar las vacaciones con mis padres, no me dejarán quedarme —comentó Hermione, sonriendo ligeramente al recordarles.

Su amiga había partido a Australia en julio y había vuelto una semana después con unos señores Granger resentidos hacia la magia, enfadados con su hija y totalmente aliviados de haberla recuperado. Desde luego, habían pasado el año sin saber que tenían una, pero al recordarla no habían podido evitar sentirse traicionados. Eso era lo que Hermione le había contado, al menos.

—Yo sí me voy a quedar aquí.

Sus dos amigos le miraron con un poco de sorpresa. Ambos habían esperado que volviera con los Weasley, y Ron, a pesar de seguir algo molesto por todo lo de Malfoy, hasta llegó a discutir un poco. Harry había temido ese momento, pero se veía incapaz de ir ese año a la Madriguera. Sabía que la señora Weasley estaría muy decepcionada, pero Harry creía que ese año tenía que estar la familia sola para llorar lo que habían perdido en la guerra.

Finalmente ambos desistieron y Harry continuó comiendo, tratando de fingir que no notaba el vacío entre los tres.


Hasta aquí por ahora, gente. Muchas gracias por leer, comentar y añadir a favs. y alertas. Lo contestaré todo cuando tenga un poco más de tiempo, lo prometo.

Hasta pronto :DD