Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.
Nota: Quiero hacer una mención especial a lopez-ying.1999, que siempre comenta y a quien he visto en muchísimos de mis fics. Muchas gracias :)
Este fic participa en el "Reto Especial: Intercambio de Regalos 2014" del foro La Sala de los Menesteres. Está basado en la petición de mi AS, Kayazarami, en la que pedía un fic slash Harry/Draco en el que se vieran obligados a estar juntos y con final feliz.
Vacaciones de Navidad:
Haciendo los deberes de la terapia
¿Qué es la Navidad? Es la ternura del pasado, el valor del presente y la esperanza del futuro.
—Agnes M. Pharo.
Draco se levantó de la silla, que Pansy había dejado libre al entrar en el despacho de madame Pomfrey —ocupado en ese momento por mademoiselle Dómine—, cuando vio que su amiga salía de su charla privada con la psicomaga. Iba tan perdida en sus pensamientos que ni siquiera reparó en que Draco seguía ahí y salió de la enfermería sin mirarle. A Draco le pareció extraño y se le crisparon los nervios.
Suspiró y traspasó la puerta del despacho momentos después, encontrándose con la psicomaga sentada en una silla de aspecto cómodo, detrás de un escritorio en el que todo estaba perfectamente ordenado. Se sentó a un gesto de la mujer y dejó caer su mochila a sus pies.
—Hola, Draco —le saludó, con ese entusiasmo que le resultaba tan irritante—. Me alegro de verte por aquí, ha pasado mucho tiempo.
—Sí, bastante —contestó sencillamente.
Mademoiselle Dómine asintió.
—¿Y bien? —preguntó, reclinándose en la silla y lanzándole una mirada inquisitiva—. ¿Por qué has dejado la terapia?
—No creo que la necesite —se apresuró a responder, dejando claro que su postura era inamovible—. No tengo ningún trauma.
Para su enorme molestia, mademoiselle Dómine se carcajeó en su cara, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo de la silla. Draco estuvo a punto de largarse, pero la mujer consiguió controlarse justo cuando estaba recogiendo su mochila del suelo.
—Espera, espera —pidió, secándose una lágrima—. Lo siento, eso ha sido poco profesional —Soltó una risita, pero le instó a quedarse con un poco más de firmeza. Draco asintió con sequedad—. Lo siento —repitió—. Es que es divertido ver que ni siquiera te has dado cuenta de lo jodido que estás.
Draco abrió los ojos al nivel de una caricatura. ¿Qué coño estaba insinuando esa mujer? Esta vez nada le detuvo a la hora de levantarse. Sin embargo, no contó con que la psicomaga tendría el valor de lanzarle un hechizo a la puerta, el mismo que debió usar el primer día de terapia con las de la enfermería, pues no hubo manera de revertirlo.
—Déjeme salir —susurró Draco, con un tono de voz mortal—. Déjeme salir antes de que pierda la paciencia.
—No me harás nada, Draco —aseguró ella, muy convencida—. Ambos sabemos que pendes de un hilo. Te mandarían a Azkaban sin pensárselo dos veces.
—¿Me está amenazando?
Mademoiselle Dómine pareció contrariada por la pregunta, como si no hubiera nada más lejos de la verdad. Draco pensó que su expresión parecía sincera, pero no dejaba de sentirse amenazado.
—No, no quiero que eso pase —contestó la mujer finalmente—. Pero sé que es la única forma de que accedas a hablar conmigo. Por favor, siéntate —Draco lo hizo, refunfuñando—. Gracias —No pudo evitar sentirse un poco aplacado ante su sonrisa, pero luchó contra la sensación—. Quiero hacerte una pregunta, Draco…
—Preferiría que no se tomara tantas confianzas.
—Muy bien —accedió, tras unos segundos de miradas retadoras—. ¿Señor Malfoy está bien? —Draco asintió—. Como iba diciendo, señor Malfoy —Se sonrió—, quiero hacerle una pregunta. Si no tiene ningún trauma, ¿qué fue lo que pasó cuando Ron mencionó cierta palabra?
Draco se tensó, pero intento ocultarlo. Esa maldita pregunta le había desarmado ya que no se esperaba que nadie lo sacara a relucir. Pansy había evitado hacerle preguntas, comprendiendo que eso era algo con lo que debía lidiar solo, al igual que él no la había presionado sobre por qué necesitaría coser ella misma su túnica. Pero claro, esa mujer estaba ahí para remover toda la basura dentro de sus cabezas. Pensándolo bien, debió haberlo imaginado.
—Sólo fue un mareo —replicó—. Ya lo dije en su momento.
Ella se inclinó sobre la mesa, apoyando los brazos en la madera pulida.
—No te creo —susurró, mirándole fijamente—. Ni un poco, de hecho.
Draco no dijo nada y ella continuó:
—No voy a insistir en ello porque sé que es inútil. Es una pena, Draco. Sé que hay cosas buenas dentro de ti, pero estás tan cerrado a los demás que no dejas que nadie lo sepa. Hasta te engañas a ti mismo, convenciéndote de que eres el chico malo.
Draco siguió en sus trece, callado y sin siquiera pensar en replicar por la vuelta a su nombre de pila. La dejaría hablar si eso era lo que quería, pero él no se iba a dejar convencer. No iba a participar en ese burdo intento de sacarle todos sus secretos.
—Que tengas unas buenas vacaciones, Draco. Pásalo bien —terminó, con tristeza.
El muchacho recogió sus cosas y salió de ahí con una sensación de fracaso que no supo de dónde venía.
Draco se despidió de Pansy, sintiéndose un poco culpable por el alivio que le daba perderla de vista. Era su mejor amiga, y nada en el mundo cambiaría eso, pero Merlín, era una pesada sin remedio.
Suspiró, frotándose la cara con una mano para intentar despejar el cansancio. Llevaba meses durmiendo fatal, pero la noche anterior se llevaba la palma. Había sido una mezcla de pesadillas, sueños desconcertantes que no sabía clasificar y vueltas en la cama.
Su dormitorio se había vuelto especialmente silencioso sin la presencia de sus compañeros, pero lo peor eran las noches. Draco se sentía terriblemente solo y deprimido cuando se metía bajo las mantas y no escuchaba nada más que su respiración. Entonces, su mente le recordaba que meses atrás Vincent había estado roncando estruendosamente a sólo dos camas de donde estaba y los ojos empezaban a picarle por las lágrimas que no se había permitido derramar en meses.
Se sentía extraño caminando por los pasillos vacíos. Normalmente estaría en el tren de vuelta a casa, imaginando la cantidad de cosas que sus padres le tendrían preparadas para las vacaciones. Pero ese año no se había sentido con ánimos, no le apetecía volver a su casa y tener que soportar esa atmósfera de depresión que envolvía todo el lugar. Así que se había quedado en Hogwarts, pensando en adelantar un poco de trabajo. Le interesaba una buena nota en los É.X.T.A.S.I.S a pesar de que todavía no sabía qué iba a hacer.
En su paseo hacia ninguna parte, giró una esquina y se dio de lleno contra algo demasiado sólido como para mantener el equilibrio. Cayó al suelo de culo, soltando un siseo a la vez que escuchaba una maldición. Reconociendo la voz al instante, Draco se puso en pie y se sacudió la túnica con el fin de mantener su estampa imponente. Mientras él hacía todo eso, Potter seguía tirado en el suelo. ¡Hasta se había tumbado de espaldas! El golpe no podía haber sido tan grave, pero Draco se inclinó de todas formas para comprobar que ese inútil miope (porque le importaba una mierda si Potter tenía hipermetropía, conjuntivitis o cataratas) siguiera respirando. Sí, lo hacía. De hecho, su pecho se sacudía de forma extraña, como si le estuviera dando un ataque.
Draco empezó a preocuparse.
—¡Eh, Potter! ¿Te estás muriendo? Porque si es así avisa. Sería muy sospechoso que me encontraran junto a tu cadáver —Draco le movió un poco con el pie de manera experimental, llevándose una buena sorpresa cuando el Gryffindor dejó salir una estruendosa carcajada—. ¿Qué mierdas te pasa?
El chico se rió un poco más, revolcándose por el suelo en el proceso, para finalmente levantarse con algo de esfuerzo. Draco se apartó un par de pasos, temiendo que su locura fuera contagiosa. Potter se sacudió el polvo y le miró.
—De todas las personas en el mundo, Malfoy —comenzó el chico con una sonrisa ácida en la cara. Resultaba extraño ver esa expresión tan maliciosa en la cara de Potter—, tiene que ser contigo con quien me quede a pasar las Navidades. ¿Es qué no hay una jodida forma de librarse de la terapia?
Draco no sabía de qué estaba hablando a pesar de estar poniendo toda su atención en sus palabras. Vale, había pillado que en realidad Potter estaba molesto, podía verlo por el sarcasmo y su recién descubierta habilidad para reír oscuramente sin que los demás se dieran cuenta. Pero lo demás no lo había entendido. ¿Por qué iba a tener él algo que ver con la terapia? Odiaba esa maldita cosa y hasta la había dejado. Si había ido a la última era sólo porque Pansy le había convencido (se había puesto pesadísima).
—¿De qué hablas?
Potter suspiró con resignación y le hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Draco dudó, observando la espalda del Gryffindor mientras se alejaba. No se detuvo en ningún momento, dándole a Draco la oportunidad de largarse.
No lo hizo.
Se apretó el puente de la nariz, se pasó una mano por la cara y, con la sensación de que era una idea pésima, echó a andar antes de que Potter se perdiera en la siguiente esquina. Le alcanzó un poco después, sorprendido por lo rápido que era.
Se dirigieron hacia la salida sin cruzar una palabra y con Draco dándole vueltas a lo que fuera que Potter quisiera decirle. ¿Aimée les habría encargado más cosas? Y si era así, ¿por qué se molestaba Potter en decírselo cuando sabía perfectamente que ya no participaba en la terapia? Esa conversación en especial seguía produciéndole sentimientos contradictorios. Draco no estaba seguro de cómo había pasado, pero se había sentido hasta cómodo hablando con él. Seguramente porque tenía la cabeza embotada después de seis horas estudiando. Sí, eso tenía que ser. Había estado idiotizado por una mezcla de Historia de la Magia, Transformaciones y Pociones.
—¿Y bien? —demandó Draco, una vez que salieron al exterior.
Hacía un frío de cojones y él sólo llevaba una túnica así que no pudo evitar un escalofrío cuando una brisa helada los envolvió a ambos. Observó a Potter aspirar el aire. Había cerrado los ojos y tenía una pequeña sonrisa en los labios. Por alguna razón, el corazón de Draco dio un pequeño saltito y empezó a latir un poco más rápido. Apartó la mirada, confundido, y clavó los ojos en la fina capa de nieve que cubría la entrada.
—Tenemos cosas que hacer de la terapia. Deberes —contestó el Gryffindor finalmente—. Me han encargado que te convenza para volver.
Draco hizo un ruido sarcástico y sonrió.
—Pues vas a tener que trabajar muy duro, Potter. Y me temo que lo más seguro es que no te sirva para nada.
Potter suspiró y echó a andar de nuevo, con Draco pisándole los talones. Estaba interesado en lo que tenía que decir, además de que toda la situación prometía ser buena para burlarse de él un poco. Era uno de los pocos placeres que le quedaban en la vida, no iba a desaprovecharlo.
Ambos chicos se detuvieron cerca de la orilla del lago. Potter se quitó su túnica, revelando otra debajo. Extendió esa de la que se acababa de deshacer y se sentó encima, invitando a Draco a hacer lo mismo. El Slytherin negó, quedándose de pie y sin ninguna gana de estar más cerca de Potter de lo que necesitase. Él susodicho se encogió de hombros y se acomodó mejor, apoyando la espalda en el roble que tenía detrás.
—El caso es, Malfoy —Cogió una piedra medio congelada y la lanzó al lago. La piedra se deslizó suavemente sobre la superficie helada hasta detenerse varios metros más allá—, que yo sí voy a seguir con la terapia y te necesito.
Esto despertó el interés del Slytherin. No todos los días escuchaba a Potter diciendo cosas así. Sonrió con satisfacción y algo de arrogancia a la vez que se ponía más recto.
—¿Ah, sí?
—Que no se te suba a la cabeza. Sé que me quieres, pero yo no me junto con serpientes —se mofó, sonriendo a su vez.
Draco amplió la suya.
—Por favor, Harry —pronunció su nombre venenosamente, intentando no atragantarse—, ambos sabemos lo mucho que me deseas.
—Ni en tus sueños más húmedos.
—¿Pensando en mis sueños húmedos, Potter? Qué pervertido —se burló, deleitándose con el color rojo que empezaba a llenar las mejillas del Gryffindor.
Potter murmuró algo, pero lo hizo tan bajo que Draco no pudo oírle. Tampoco le importaba mucho ya que en ese momento estaba celebrando su victoria. Últimamente le ganaba mucho. Se sonrió, satisfecho consigo mismo.
—Mira, Malfoy, quiero que trabajemos juntos. Sólo será por unos meses y no son cosas tan complicadas —argumentó, indiferente ante la terquedad de su compañero—. Toma —dijo con un suspiro, alargando un pergamino que Draco cogió con cautela.
—¿Qué es? —preguntó antes de abrirlo.
Potter puso los ojos en blanco, molesto por sus precauciones. ¿Qué? ¿Esperaba que no sospechara cuando, de la nada, su enemigo de toda la vida aparecía con un trozo de pergamino? Bueno, dicho así sonaba un poco estúpido, pero para él tenía toda la lógica del mundo.
—Es lo último que hicimos en la terapia —explicó, instándole a abrirlo—. Son tus deberes. Cada uno tenemos una tarea. Por otra parte —continuó, esta vez con marcado desagrado—, se supone que tenemos que buscar intereses comunes y explotarlos. Dicho en pocas palabras: pasar tiempo juntos.
Draco le miró, casi con miedo. ¿Pasar tiempo juntos? ¿Ellos dos? Ya era un milagro que pudieran hablar. No, espera, era un milagro que pudieran no hablar, especialmente en las clases en las que el otro se equivocaba, ¿y pretendía esa imitación de profesional obligarles a estar juntos? Loca, estaba completamente loca.
—¿No decía que había leído sobre nosotros? —soltó Draco, todavía sorprendido—. ¿Cómo es que no ha llegado a la conclusión de que eso es imposible y muy peligroso?
—Lo sé —convino él, en un tono que dejaba claro que tampoco entendía en qué estaba pensando la psicomaga.
Se quedaron en silencio por un segundo. Draco no había desdoblado el pergamino, temiendo lo que le pudiera haber tocado. No había tenido mucho contacto con mademoiselle Dómine, pero sabía por experiencia que estaba loca, tenía coraje y una mente retorcida y astuta. Hubiese sido difícil catalogarla en Hogwarts aunque Draco pensaba que se inclinaba hacia el lado Slytherin. Eso podía llegar a admirarlo, pero sólo un poco.
—¿Qué te ha tocado a ti? —preguntó al de un rato, tratando de ganar tiempo.
Potter hizo unas cuantas cosas diferentes y un poco raras. Primero abrió mucho los ojos, sorprendido por su interés, después apretó los labios, miró hacia otro lado, se rascó el brazo nerviosamente y se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz de manera tan brusca que debió de dolerle. Finalmente suspiró y se encogió de hombros, restándole importancia.
—Hablar sobre mi infancia.
¿Y esa mierda de tarea le había provocado tanto nerviosismo? Eso inflamó la curiosidad de Draco. ¿Qué podría haberle pasado de pequeño para que la psicomaga quisiera hurgar?
—Ah —dijo simplemente, guardándose sus pensamientos—. ¿Y con quién tienes que hacerlo?
El muchacho resopló, molesto por el interrogatorio.
—Con todos los de la terapia, en la próxima sesión, supongo.
Draco asintió, aunque un poco decepcionado. Bueno, ya obligaría a ir a Pansy para que le contara lo que pasara en la próxima sesión. Suspiró y desdobló el pergamino, sabiendo que no merecía la pena alargar lo inevitable. La caligrafía era un poco apretada y bastante pequeña, muy femenina, y se le dificultó leerla al principio.
No podía estar hablando en serio.
—¿Qué mierda…? ¿Esto es una broma, Potter? Porque si lo es, menuda basura —espetó, mirando al Gryffindor con la ira reluciendo en sus ojos.
Potter soltó una risa socarrona que logró crisparle los nervios más de lo que ya lo estaban.
—Lo que sea que te haya tocado es cosa de Aimée, así que no me eches la culpa a mí —Se sonrió misteriosamente, como si supiera algo que Draco no, y se levantó de su sitio—. Por cierto, ¿qué te ha tocado?
Hizo el amago de coger el pergamino, pero Draco lo alejó de él. Si lo leía no habría nadie que pudiera soportarlo. Aunque, ¿qué coño? No iba a volver a la terapia así que daba igual lo que esa chiflada le hubiese mandado, ¿cierto? Un poco más aliviado, consintió que Potter viera en qué consistía su tarea.
—Dar un abrazo a las cinco personas que peor hayas tratado en el colegio —leyó el Gryffindor, aguantándose la risa—. Podría haber sido peor, Malfoy. A Ron le tocó hablar de sus sentimientos.
—Me da igual —le informó Draco, metiéndose las manos en los bolsillos—. Como no estoy participando en la terapia nadie puede obligarme a hacer estas cosas. Que te vaya bien con tu tarea, Potter.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse, soñando ya con el maravilloso calor del castillo. Escuchó a Potter llamándole, pero no le hizo caso. Qué le jodan, pensó. Lo mejor que podrían haber hecho todos era dejar esa estúpida terapia que no servía para nada. Sólo era un fraude y un burdo intento por el Consejo del colegio de quedar bien ante los padres. Ni siquiera se habían molestado en buscar a alguien que hubiera vivido la guerra, sólo cogieron a la psicomaga más incompetente que pudieron encontrar. Seguro que cobraba poco y por eso la habían contratado.
Todavía perdido en sus pensamientos, Draco se tiró sobre su cama con dosel y cerró los ojos, disfrutando de saberse libre de la terapia, de Pansy y, especialmente, de Potter.
oOo
Harry se levantó la mañana de Navidad con la sensación de haber cometido un enorme error al quedarse en Hogwarts. Hacía siete años que no pasaba ese día solo, aunque las últimas no habían sido especialmente placenteras… Pero la cuestión era que estaba totalmente solo, en su solitaria torre de Gryffindor con sus solitarios regalos. Todo era tan deprimente…
Ese año no había demasiados regalos: el de Hermione, que era un kit de pociones relajantes y que agudizaban la memoria y la paciencia —esa la iba a necesitar—; el de Ron, una primera edición de Quidditch: la verdadera historia —el quidditch era la única razón por la que Ron le regalaría un libro— y después toda una serie de regalos del resto de la familia Weasley, de los que Harry no se sentía merecedor. Algunos los abrió y otros no, un poco desencantado. Le faltaba algo, un poco de calor humano.
Suspiró, decidiendo que le estaba dando demasiadas vueltas al asunto. Era una tontería quejarse por estar en Hogwarts en Navidad, la mejor época del año en el castillo. Tenía una buena cantidad de regalos, la torre vacía para hacer lo que le diera la gana y podría disfrutar del maravilloso banquete navideño del colegio. No serían sus peores navidades ni de lejos.
Un poco más animado, dejó la torre en dirección al Gran Comedor. Sin embargo, su ánimo se cayó de nuevo al encontrarse con una sola y pequeña mesa en mitad del comedor, que parecía muchísimo más grande de lo habitual sin las cuatro mesas de las Casas. ¿Cuántas personas se habían quedado en el castillo para que sólo hubiese una mesa pequeña? Harry entendía que ningún padre quisiera perder a sus hijos de vista más tiempo del necesario —la guerra podía haber acabado, pero el miedo seguía ahí, aplacado y desapareciendo, pero tomaría un tiempo—, pero le hubiera gustado que hubiera más gente.
—Buenos días, señor Potter —le saludó la directora, con la que no había vuelto a cruzar palabra desde la batalla—. Feliz Navidad y mejor Yule*.
Hubo un segundo antes de que Harry contestara en el que el muchacho no pudo evitar mirar al resto de personas, buscando una túnica brillante a juego con unas gafas de media luna. Después recordó que jamás volvería a ver a Dumbledore y los ojos le empezaron a picar. Se aclaró la garganta e intentó sonreír.
—Buenos días —Su voz salió un poco ahogada, pero nadie se dio cuenta—. Feliz Navidad y mejor… eh…
—Yule —repitió la mujer, sonriendo con algo de diversión.
—Sí, eso.
Harry escuchó un bufido, todavía parado en la entrada del Gran Comedor. Buscó el origen del sonido y no se sorprendió al ver a Malfoy poniendo los ojos en blanco. Se sonrojó un poco, consciente de que se burlaba de su torpeza. Bueno, vale, no tenía ni idea de qué era el Yule, pero no tenía por qué mofarse.
Sintiéndose incómodo, Harry se acercó a la mesa y se sentó entre la profesora Sinistra, que había dibujado la constelación de Scorpio a base de uvas y una destreza admirable, y el profesor Slughorn, al que cada vez le apretaba más el chaleco. Miró alrededor, reconociendo a todo el mundo. Al fin y al cabo, no eran más de diez y la mitad eran profesores. Estaban los ya nombrados, la profesora Trelawney, el profesor de Runas del que Harry no conocía el nombre, Sarah Meyers, bateadora en el equipo de Hufflepuff, Lisa Turpin, con la que no había cruzado más de dos palabras en toda su vida, Juno Vals y su novio Mark a los que conocía porque Hermione había tenido que hacer proyectos de Runas con la Ravenclaw. Toda la situación le recordó irremediablemente a la terapia, lo que le hizo lanzarle una mirada a Malfoy.
Era un fastidio que siguiese empeñado en no continuar. Cierto era que a Harry no le habría importado de no tener que trabajar con él, pero el hecho era que tenía que hacerlo y no sabía de qué forma convencer a Malfoy. Normalmente lo habría mandado todo a la mierda, pero estaba tan cansado de no hacer nada y dedicarse a ver pasar el tiempo. Quería sentirse mejor, lo necesitaba.
—Esto… ¿qué es el Yule? —preguntó Lisa, que se había criado con muggles al igual que Harry.
Malfoy resopló, negando con la cabeza mientras atacaba su desayuno.
—Parece que el señor Malfoy desea explicarlo —comentó la directora, mirando al Slytherin severamente.
Malfoy no pareció perturbado por el poder de la anciana, pero asintió mientras sonreía de manera presuntuosa. Harry puso los ojos en blanco, pensando en lo mucho que le gustaba lucirse.
—La festividad de Yule es un antiquísimo ritual que ya llevaban a cabo los celtas. Es una celebración de familia, en la que se rinde honor a esta, a la fertilidad y al solsticio de invierno, así como a los lazos mágicos que lo unen todo. Por supuesto —añadió venenosamente—, en totalmente mágica así que no es de extrañar que un niño de once años nacido de muggles no la conozca.
Harry escuchó la explicación, haciendo caso omiso al tono de Malfoy. Le traía sin cuidado lo que él pensara, a pesar de que era cierto que a esas alturas había muchas cosas que debería saber. Se preguntó distraídamente por qué los Weasley no celebraban Yule ni se lo habían comentado nunca.
Decidiendo que ya se lo preguntaría a Ron en algún momento, atacó su desayuno autoimponiéndose disfrutar del momento.
Harry estaba borracho. Muy borracho. Tras descubrir que el regalo de Percy era una botella del coñac más caro del mundo mágico —y que Harry no sabía apreciar—, había decidido echar un trago, sólo para ver si era tan increíble como decía la etiqueta. Ciertamente lo fue… Tanto que ya no pudo parar.
Borracho como una cuba, Harry había visto en su tabla de rutina —o quizás en la de Ron— que le tocaba pasear por el castillo. Aimée había dicho "me da igual lo que digan las normas del colegio" y él lo había seguido a pies juntillas. Agarró su botella de coñac y salió a dar vueltas por los pasillos mientras intentaba mantenerse derecho. Y ahora ahí estaba: tirado de cualquier manera frente a la antigua entrada de la Sala de los Menesteres, sin atreverse a pedir algo. Le dio otro trago a la botella, buscando en su interior el legendario valor Gryffindor. Pero todo parecía haberse esfumado para dejar sitio al miedo y el patetismo. Porque así era como se sentía: asustado y patético. Había huido del bosque cuando Aimée le intentó llevar al claro de Voldemort —así lo había bautizado en su cabeza— y ahora no era capaz de levantarse y pedir un lugar en el vomitar.
Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la piedra. El frío contrastaba divinamente contra su piel, cuyo antinatural calor le envolvía como una manta. Sabía que debía tener unos grados de fiebre, pero no le importaba. Le dio otro trago a la botella y cerró los ojos, empezando a adormecerse. No obstante, no pasó mucho tiempo antes de que escuchara unos pasos resonando por el pasillo y que le obligaron a ponerse alerta.
Maldijo al darse cuenta de que no había cogido la capa de invisibilidad, por lo que estaba a merced de quien fuera. Suspiró con resignación, esperando ver aparecer a algún profesor. No creía que fueran a expulsarle, pero tampoco le apetecía estar castigado por mucho tiempo. Suficiente tenía con asistir a la terapia. Volvió a cerrar los ojos y se reclinó contra la pared.
—Joder —escuchó murmurar a alguien. Eso le pareció raro, un profesor no hablaría así—. Siempre tienes que ser tú, ¿no? ¡Potter! ¡Eh! ¿Me oyes?
—Malfoy, cállate —espetó Harry, reconociendo la voz una vez que la tuvo más cerca.
Escuchó reír al Slytherin —o quizás bufar, no estaba seguro— y abrió los ojos para ver cómo cogía la botella de su mano izquierda, acuclillado frente a él. Silbó apreciativamente al ver la etiqueta.
—¿En serio, Potter? —Malfoy parecía divertido y un poco incrédulo—. ¿Te has emborrachado con coñac añejo? —La observó más detenidamente, y soltó otra carcajada a la vez que Harry fruncía el ceño—. ¡No te has bebido ni la mitad!
—Vete a la mierda —murmuró, arrugando la nariz.
Malfoy sacudió la cabeza y soltó otro par de risitas burlonas. Harry quería estar enfadado, pero también le parecía gracioso. Un poco mareado y bastante divertido, empujó a Malfoy casi cariñosamente e intentó levantarse. El pasillo dio vueltas y tuvo que parpadear varias veces, a la vez que se apoyaba en la pared.
—Debería chivarme, ¿sabes? —dejó caer Malfoy, sosteniéndole del brazo con una mano.
—Adelante —respondió Harry, sacudiéndose de su agarre—. Sé que te encantará hacerlo.
Le escuchó suspirar con fastidio y, antes de darse cuenta, le había pasado un brazo por la cintura y le separaba de la pared. Harry se tambaleó, arrastrando a Malfoy consigo, que a duras penas soportaba casi todo su peso. La mano del Slytherin se sentía firme en su costado y su cuerpo frío, seguramente porque Harry estaba ardiendo. Se estremeció e intentó agacharse para recoger la botella.
—Yo me encargo —dijo Malfoy, deteniéndole. Le devolvió a la pared sin demasiada ceremonia y cogió la botella—. Lo hago porque no quiero que queden pruebas, no porque te vaya a dejar seguir bebiendo.
Harry empezó a protestar, pero tuvo que cerrar la boca para controlar una nausea cuando Malfoy volvió a tirar de él. Esta vez, le obligó a pasarle un brazo por los hombros mientras él volvía a colocar la mano izquierda en su cintura. Empezaron a andar —aunque Harry casi se arrastraba— intentando hacer el menor ruido. Bueno, Malfoy lo intentaba.
—Tengo tanto sueño —dijo Harry en voz alta—. Y frío, mucho frío.
—Eso es porque tienes fiebre —le informó Malfoy, de forma clínica—. No te llevo con Pomfrey porque ella no dejaría pasar esto.
Harry le miró, girando la cabeza. Estaban muy cerca, más de lo que jamás habían estado. Se concentró en atravesar la bruma del alcohol, encontrándose con el perfil perfectamente definido de Malfoy. Lo primero que vio fueron los labios, rosas y entreabiertos por la trabajosa respiración; después siguió la línea de su nariz, sin perderse ligero color que tenían sus mejillas, normalmente pálidas, hasta llegar a sus ojos grises, fríos y determinados, enmarcados por unas pestañas cortas y de un color dorado que iba degradando hasta el castaño claro en la zona más cercana al párpado. Por último, se dio cuenta de que algunos mechones de pelo rubio habían escapado del poder de la gomina, y caían sobre sus ojos o se pegaban a su frente por el sudor. A Harry le pareció que estaba muy guapo.
Malfoy resopló con cansancio al de un rato, y Harry se preguntó si realmente sabía adónde estaba yendo. Decidió que le daba igual, siempre que fuera él quien le guiara.
—Potter —jadeó, deteniéndose un momento en mitad del pasillo—, me vendría bien que pusieras de tu parte. Al fin y al cabo, es tu culo el que intento salvar.
—No es mi culpa que te encante mi culo —soltó Harry para después dejar escapar una risita estridente—. A veces soy tan ingenioso…
Malfoy hizo un ruido en el que se entremezclaban la molestia, la resignación y un poco de diversión, aunque Harry no estaba seguro de no habérselo imaginado. Siguieron andando y Harry, a pesar de sus palabras, intentó andar más o menos erguido. El Slytherin soltó un suspiro que sonó agradecido.
Dieron un par de vueltas más antes de que Malfoy volviera a detenerse.
—Bien, a partir de aquí vas a tener que guiarme —Le miró, seguramente preocupado porque Harry había empezado a canturrear y estaba a punto de volver a sentarse—. Ni se te ocurra —le advirtió, volviendo a agarrarle—. ¿Dónde está tu sala común, Potter? Vamos, tienes que guiarme.
Harry hizo lo que pudo, intentando concentrarse. Pero a pesar de estar esforzándose, tuvieron que volver sobre sus pasos varias veces. Finalmente, lograron llegar ante la Dama Gorda que también estaba medio borracha de vino pintado. Harry se preguntó cómo era eso posible, pero no le dio vueltas por demasiado tiempo.
Malfoy hizo un ruidito de disgusto cuando entraron.
—Chillona, cómo no —murmuró, tirando de Harry hasta el sofá de dos plazas que había frente a la chimenea—. Aquí te quedas, Potter. Yo paso de intentar hacerte subir por las escaleras.
Se quedaron en silencio, Harry totalmente mareado después de la caminata y Malfoy tratando de estabilizar su respiración. Le miró entre las pestañas, observando su pecho subir y bajar rápidamente. El Slytherin se inclinó, apoyando las manos sobre las rodillas.
—¿Por qué? —inquirió Harry, un poco más lúcido.
Malfoy se irguió, apretándose las costillas.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué me has ayudado? Podrías haber avisado a algún profesor, pero no lo has hecho —explicó, abriendo los ojos totalmente para poder ver mejor su expresión—. No lo entiendo.
El chico resopló, miró hacia otro lado y se apartó el pelo de la frente, intentando devolver los mechones rebeldes a su sitio. Al final suspiró, dejándose caer al lado de Harry, pero lo suficientemente lejos como para que no llegaran a tocarse en ningún momento. Todavía sostenía la botella de coñac en una mano.
—Porque tengo una deuda contigo —respondió, tras varios minutos de silencio—. No lo cubre, pero tampoco podría haberte dejado ahí.
—No me debes nada —repuso Harry, confuso y sincero.
—En mi mundo sí —Malfoy miró la botella contemplativamente, se encogió de hombros y le dio un trago—. Puede que a los muggles no les importe que les salven la vida, pero entre los magos se crea un vínculo que no se puede deshacer hasta haber cubierto la deuda… o se le liberé de ella —Le lanzó una mirada a Harry de manera elocuente.
Harry pensó en ello, pero se sentía demasiado cansado. Le arrebató la botella de las manos y Malfoy no se resistió, aunque le miró mal.
—Me duele el cuerpo —musitó Harry, medio hipnotizado por los colores del débil fuego que se consumía lentamente en la chimenea—. Tienes razón, tengo fiebre.
—Eso lo dije hace milenios —replicó el muchacho—. Date una ducha fría y métete en la cama. Tal vez así sobrevivas hasta mañana.
Malfoy hizo el amago de levantarse, pero Harry no quería quedarse solo. Era la noche de Navidad y no quería pasarla tirado en la cama llorando o cualquier cosa igual de triste y patética. Necesitaba un poco de charla, necesitaba a ese Slytherin arrogante, que era el único que seguía tratándole como antes. Así pues, alargó una mano y rezó para atinar. Merlín debió escucharle, porque sus dedos se cerraron alrededor de la manga de la túnica de Malfoy.
—Aún queda mucho coñac —susurró, mirando sus dedos—. Si me lo bebo no creo llegar vivo a mañana.
Malfoy se quedó quieto, quizás intentando decidirse o igual sólo se estaba burlando de Harry mentalmente, asegurándose de que el momento quedaba grabado en su memoria. En cualquier caso, Harry no levantó la mirada aunque sí deshizo su agarre sobre él, dándole total libertad para irse. Le escuchó suspirar, un segundo antes de que el sofá se hundiera ligeramente a su lado.
—Dame esa botella —exigió el chico, casi arrancándosela de las manos.
Dos horas después su borrachera había llegado hasta límites insospechados. Harry, en un momento de especial lucidez, había llamado a Kreacher, que todavía no parecía acostumbrado a tenerle como amo, y le había pedido que le consiguiera una poción para la fiebre. El elfo había vuelto en unos minutos y, aunque le aconsejó que no era buena idea mezclar la poción con el alcohol, Harry se bebió el contenido del frasco de un solo trago.
—Por Merlín y la oscura Morgana, Potter —estaba diciendo Malfoy en ese momento, arrastrando tanto las palabras que a Harry le costaba seguirle—, eres un borracho de lo más deprimente.
—Y tú no dejas de hablar de tu madre.
Los dos soltaron fuertes carcajadas, apretándose el estómago. Harry sentía que sus intestinos iban a saltarle de la boca en cualquier momento, pero no le importaba. Se encontraba extrañamente relajado, despreocupado y todo le parecía de lo más gracioso. La poción se había mezclado con el coñac y creyó que esa debía ser una experiencia parecida a fumar de esas drogas muggles. Sólo faltaban los colores que salían en las películas que veía su primo Dudley a veces y que él se dedicaba a espiar mientras hacía la cena.
—Somos los dos unos borrachos deprimentes —declaró Malfoy, mirando el techo—. No me gusta este sitio. Tiene una mierda de combinación de colores. No hay nada más chillón que el dorado y el rojo juntos.
—¡No sólo hay dorado y rojo! —argumentó Harry, intentando recordar qué más colores había—. Hay marrón, azul, verde, rosa…
—Para, para, para —dijo Malfoy, subiendo una pierna flexionada al sofá, de forma que pudiera mirarle mejor—. ¿Has dicho rosa?
Harry asintió, señalando una porción rosácea de alfombra a pocos centímetros del zapato izquierdo de Malfoy. El Slytherin siguió su mirada y entrecerró los ojos. Se inclinó sobre el borde del sofá, quedando su torso casi en paralelo al suelo. A Harry le hizo gracia la extraña postura, digna de un contorsionista, y soltó una risita que Malfoy no escuchó, concentrado en intentar ver lo que Harry había dicho que era rosa.
—No veo una mierda, Potter —murmuró, todavía buscando—. ¿Dónde está?
—¡Ahí mismo! —exclamó Harry, incrédulo—. ¿¡Cómo puedes no verlo!?
Harry, con las piernas sobre el sofá y la espalda apoyada en el reposabrazos, soltó una carcajada que le hizo echar la cabeza hacia atrás cuando vio a Malfoy perder el equilibrio, tambalearse de forma extraña, agitar los brazos como si pretendiera echar a volar y, finalmente, caer al suelo de bruces en su empeño por ver la pequeña mancha rosa que Harry sabía que era esmalte que Ginny había derramado en quinto.
—Ahora tienes el rosa en la boca —soltó, volviendo a caer en un ataque de risa.
Malfoy se dio la vuelta, quedando bocarriba. Jadeaba y se debatía entre las lágrimas —producto del dolor que debía sentir en la nariz— y la risa. Pronto los dos se estaban riendo de lo absurdo de la situación y Malfoy hasta llegó a revolcarse por el suelo, peligrosamente cerca de la chimenea.
—Odio esta jodida alfombra —aseguró el Slytherin, arrancando trozos de hilos sueltos—. Es muy roja y está gastada, ¡y no tiene nada rosa, Potter!
Harry se bajó del sofá y se arrastró hasta donde Malfoy estaba tumbado.
—Aparta el culo, Malfoy —le dijo, empujándole. Malfoy se dio la vuelta, apoyando la cabeza en los antebrazos, mientras seguía todos sus movimientos con la mirada—. Mira, aquí —Le señaló una manchita rosa, ganándose un ruido de indignación del otro—. ¿La ves ahora?
—¡Claro que la veo! ¡Y eso es una mierda de mancha, eso no vale!
—¿Por qué no? —preguntó, confuso—. La hizo una Gryffindor, así que cuenta como parte de esta sala.
—¿Qué Gryffindor? —demandó, intentando arrancar la mancha de esmalte raspando con la uña.
Harry suspiró ligeramente, con su ánimo cayendo en picado de nuevo. Pensó en Ginny y en cómo explicarle a Malfoy su repentino bajón. Se dio la vuelta, mirando el techo alto, frotándose la cara para tratar de desterrar el cansancio y el embotamiento de su cerebro.
—Ginny —respondió, consiguiendo que Malfoy desistiera y le prestara toda su atención—. Se estaba pintando las uñas y Ron la empujó. Esa pelea fue bastante divertida…
Harry sentía la mirada de su compañero, pero no quiso devolvérsela. Se sentía un poco indefenso y no le apetecía hablar del tema.
—No os he visto juntos —tanteó Malfoy, en un susurro. Harry se estremeció placenteramente, sintiendo su respiración acariciándole la oreja—. ¿Ha pasado algo?
Harry se encogió de hombros, restándole importancia.
—Cortamos durante el verano.
—Ah —dijo simplemente, pero Harry intuyó más preguntas en su tono.
Suspiró, entrelazando sus manos sobre el estómago.
—Pensé que estaríamos juntos después de la guerra y estoy seguro de que la quise mucho en sexto y tiempo después antes de la Batalla —comenzó, tratando de ceñirse a la verdad—. Pero después de lo que pasó aquí, después de la muerte de Fred, de Remus, de Tonks... De tantas personas, simplemente no podía afrontar algo como una relación. Pero tampoco sentí nada, ¿sabes? —confesó, llegando a la parte que más le confundía—. Es decir, he escuchado un montón de cosas sobre, bueno, ya sabes qué…
—¿En serio? —se burló Malfoy, interrumpiéndole y soltando una risa—. ¿Puedes decir el nombre del Señor Oscuro, pero no puedes decir sexo? Eres único, Potter.
—Claro que puedo decirlo —aseguró, sintiendo que sus mejillas se calentaban. Rezó porque fuera de fiebre y no de vergüenza—. No soy un crío.
Malfoy se apoyó sobre su brazo derecho y pasó el izquierdo sobre el cuerpo de Harry, depositando su mano a un lado de su cabeza y quedando sobre él. Acercó su cara al rostro de Harry, mirándole a los ojos y esbozando una sonrisa traviesa. A Harry se le cortó la respiración y su corazón empezó a latir más rápido, sintiendo la mitad del cuerpo del otro chico sobre el suyo. Estaban tan cerca…
—Dilo —susurró Malfoy, casi sobre sus labios.
—Yo… —Sus ojos se pasearon por el rostro de Malfoy, idiotizado por el calor y el aroma a menta y madera de su aliento, producto de una mezcla entre dentífrico y coñac—. Sexo.
El tiempo pareció detenerse y todo quedó suspendido en el aire. Harry tenía los ojos tan abiertos como podía y se obligaba a no parpadear, vigilando los movimientos de Malfoy atentamente. El Slytherin se acercó un poco más, acariciando sus labios experimentalmente, entornando los ojos. De pronto, Malfoy se alejó cuando Harry pensaba que iba a pasar algo. Cualquier cosa.
—Sigue contándome —le instó, tumbándose de nuevo—. Hablabas sobre que la comadreja no te la ponía dura.
Harry se sonrojó todavía más, acalorado y confundido. Parpadeó rápidamente, intentando aclararse las ideas. Lo que acababa de pasar le había dejado el cerebro embotado y ya ni recordaba de qué estaban hablando antes. Ganando tiempo, se sentó de nuevo y buscó la botella. Quedaba un último trago y se tomó la libertad de tomárselo sin preguntárselo a Malfoy. Sintió el calor del alcohol bajando por su garganta y asentándose en su estomago, dándole un poco de valor.
—Es una forma de decirlo —contestó algo molesto, volviendo al tema—. No había nada. Ella intentó llegar a más que unos besos, pero no… No. Pero eso sólo fue un ingrediente más en la poción, la raíz del problema estaba en que no conectábamos. Era todo una fachada, aunque creo que Ginny no se había dado cuenta todavía. Me pasó algo parecido con Cho —añadió, pensando en la Ravenclaw.
—Entonces... ¿no te gustan las chicas? —soltó Malfoy, tras unos segundos de silencio.
No parecía asqueado, Harry tenía entendido que la homosexualidad no era un problema en el mundo mágico, aunque tampoco se veía del todo bien según qué sectores. Le sorprendió que Malfoy pareciera indifrente, teniendo en cuenta que donde más controversia había era dentro de los sangre pura, que creían en la familia tradicional por encima de todo. Además, dos hombres nunca podrían tener un heredero totalmente legítimo. Igual sólo era a causa del alcohol, la misma razón por la que Harry se estaba cuestionando su sexualidad.
—No lo sé —respondió finalmente, perplejo ante el repentino descubrimiento. Siempre había pensado que le gustaban las chicas, y no sabía cómo encajar sus dudas en la ecuación.
Se quedaron en silencio una vez más, perdidos en sus pensamientos. Harry se estaba preguntando si a Malfoy le estarían pesando tanto los ojos como a él, cuando volvió a sentir el aliento del chico en su oído. Giró la cabeza y se encontró con el rostro de Malfoy a escasos centímetros de él, dormido. Tenía los ojos cerrados y los labios entre abiertos, y su expresión era relajada y su cuerpo estaba laxo.
Harry sonrió y cerró sus ojos, perdiéndose en las brumas del sueño, decidiendo que se preocuparía de las consecuencias por la mañana.
Hasta aquí el cap. de hoy. Este es especialmente largo porque quería dar un par de pasos hacia delante en la relación de estos dos y quería la perspectiva de ambos. Lo de la borrachera es un cliché, lo sé, pero no he podido evitarlo, además de que es un recurso para que estos dos hablen como se debe :D Por cierto, he estado pensando en añadir un capítulo extra en el que se contase un poco cómo llevan sus deberes el resto de personajes. Veríamos a Ron hablando de sus sentimientos, a Hermione gastando alguna broma (aunque eso aparecerá en el próximo cap.) y esas cosas. No sé si lo publicaría al final, después de este (por lo que necesitaría un par de días para escribirlo) o como a parte, como si fuera una expansión de este fic. Decidme qué os parece mejor, cómo os gustaría o si simplemente no debo hacerlo porque no os interesa XD
Como siempre, muchas gracias por los comentarios, los favs. y las alertas, ahora mismo voy a responderos a todos :D Espero que os haya gustado este capítulo y me dejéis vuestra opinión.
