Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.

Nota: ¡siento la espera! Sé que ha pasado bastante tiempo, pero no he tenido ni un momento para sentarme a ultimar los detalles de este capítulo. En compensación, este viene largo y los dos que quedan los subiré en los próximos días, prometido. Ahora mismo no sé si he contestado a los reviews, si no es así, lo siento. Los aprecio mucho, de verdad.


Sesión 4:

Relacionarse habitualmente

Hay más locos que cuerdos, y en el mismo cuerdo hay más locura que cordura.

—Nicolas Chamfort.

Draco se despertó con los primeros rayos de luz, que hicieron que le ardieran los ojos. Sentía como si tuviera arena bajo los párpados y alguien se estuviera dedicando a darle martillazos en el cráneo… desde dentro. Y hacía calor, muchísimo calor para estar en diciembre. Parpadeó varias veces, intentando acostumbrarse a la abrasadora luz y poder ver más que unos puntos negros. Se llevó un susto de muerte al ver una cara peligrosamente cerca de la suya.

Reconociendo los rasgos de la otra persona, cerró los ojos con fuerza, convenciéndose de que era una alucinación, y los volvió a abrir, deseando aparecer en su dormitorio. Pero Potter seguía ahí, babeando y con las gafas torcidas dolorosamente, así como la alfombra roja, marrón y dorada que tanto le había irritado la noche anterior.

—Oh, Merlín —murmuró, sintiendo que no estaba preparado para pensar en ello en ese momento.

Le dolía todo el cuerpo, especialmente el cuello y la espalda por haber terminado durmiendo en el suelo. A su madre le habría dado un ataque de haberlo visto tirado en la desgastada alfombra de Gryffindor y no se podía decir que él mismo se sintiera muy orgulloso. Volvió a abrir los ojos —que había cerrado ante el horror de la situación—, girando la cabeza para dejar de ver a Potter. Todos sus huesos se quejaron por el movimiento, incluso los que no tenían nada que ver con las articulaciones de su cuello. Levantó una mano y se la pasó por la cara.

Estaba sudando, producto del maldito calor. Como aún no había identificado su procedencia, intentó concentrarse para descubrirla. No tardó demasiado, teniendo en cuenta que la fuente del problema le rodeaba como un pulpo. Potter, en algún momento de la noche y sin consentimiento de Draco, había pasado un brazo por encima de su tórax y enterrado una rodilla entre sus piernas, quedando medio encima de él. Draco resopló con fastidio, aunque un poco preocupado por la temperatura de su compañero.

Intentó deshacerse del agarre, pero sólo consiguió que Potter le apretara más fuerte, murmurara un par de palabras ininteligibles y volviera a dormir, roncando suavemente. Genial, pensó Draco, está durmiendo la mona. Bueno, él no estaba dispuesto a quedarse ahí hasta que Potter se dignara a levantarse así que puso su mano libre en el hombro de Potter, ignoró su dolor de cabeza y empujó sin demasiadas ceremonias.

¡Expeliarmus!

Draco rodó, casi metiéndose dentro de la chimenea llena de cenizas, atemorizado ante el arrebato del Gryffindor que, sentándose con un movimiento fluido, había sacado la varita y lanzado el hechizo de desarme sin siquiera pestañear.

—¿Pero qué clase de cosas sueñas, Potter? ¡Podrías haberme matado! —gritó, gimiendo cuando sintió una dolorosa y palpitante punzada en la frente.

Potter hizo una mueca parecida a la suya, llevándose una mano a la frente y gimiendo con dolor. Parecía confundido, pero Draco no se sentía especialmente compasivo esa mañana ni tampoco demasiado empático. Tenía su propia resaca con la que lidiar.

—¿Qué pasa? —preguntó Potter, con un hilo de voz y sonando desamparado y soñoliento—. ¿Qué hora es?

Draco se acercó al sofá a cuatro patas —de una forma nada digna— y se arrastró hacia arriba hasta quedar sentado sobre los mullidos cojines. Suspiró, notando como sus músculos y huesos adoloridos parecían suspirar con él. Se apretó el puente de la nariz y cerró los ojos, ignorando las preguntas de Potter. Sus recuerdos de la noche anterior eran más o menos claros, aunque contaba con algunas lagunas, sin embargo, recordaba todo el asunto de la mancha rosa y la conversación que tuvieron a raíz de eso. Sintió un ligero calor en las orejas, recordando lo que había hecho. Merlín, casi había besado a Potter.

—He tenido un sueño tan raro… —habló el susodicho, haciendo que Draco se sobresaltara—. ¿Nos emborrachamos ayer?

—Sí —respondió Draco, aliviado porque Potter no parecía recordar nada… aún—. Y ya estás llamando a tu elfo doméstico para que consiga una poción contra esta resaca.

—No —negó, sorprendiendo a Draco, que estaba dispuesto a torturarle—. Nos lo merecemos.

Draco le miró con los ojos abiertos por varios segundos, antes de lanzar un grito ahogado, echando la cabeza hacia atrás bruscamente, mareándose en el proceso. Lloriqueó un poco y se dejó caer sobre el sofá de costado, con las piernas todavía fuera de la mullida superficie. Maldijo y miró a Potter entornando los ojos.

—Te odio… —murmuró, siendo casi sincero—. Cuando vuelva a poder sostener una varita, te voy a lanzar tantas maldiciones punzantes que no podrás volver a sentarte sobre tu culo en meses. Lo juro.

—Tienes una mala obsesión con mi culo.

Draco soltó un sonido indignado a la vez que Harry soltaba una risa, antes de que ambos gimieran de dolor. Merlín, eran tan patéticos. Estaba tan mareado que ya ni le importaba lo que había pasado o no la noche anterior. Habían hablado de muchas cosas a parte de la relación fallida entre la comadrejilla y Potter. Oh, mierda, ¿Potter había dicho que no le gustaban las chicas? ¡Merlín, había intentado besarle! Ah, y todo eso después de que le obligara a decir sexo casi contra sus labios. ¿Qué le estaba pasando?

Draco se levantó como pudo, dispuesto a abandonar la maldita y chillona sala común de Gryffindor en ese instante para buscar a un elfo doméstico que le aprovisionara de pociones contra la resaca. Potter murmuró algo desde el suelo, pero a Draco le importaba un bledo lo que tuviese que decir. Ya le había retenido la noche anterior —no sabía ni cómo— y no volvería a hacerlo otra vez.

—Malfoy —le llamó, sin levantarse—. Malfoy, espera. ¡Draco, maldita sea! ¡Espera!

Draco se detuvo, sorprendido por el uso de su nombre de pila. No recordaba si Potter lo había dicho alguna vez y sonaba de lo más extraño en sus labios. Sonaba… diferente, mejor.

—Merlín, me he convertido en una quinceañera enamorada —musitó, apoyándose en la pared cuando le sobrevino un mareo—. Estoy mal…

—¿Qué mascullas? —saltó Potter, mirándole de una forma de lo más extraña.

—Que voy a arrancarte la cabeza después de hacerte tragar tus propias tripas —replicó de mala manera. Por alguna razón, a Potter le hizo gracia.

El Gryffindor sonrió débilmente, un poco atontado, y alargó una mano para ayudarle a sostenerse. A Draco ese compañerismo se le antojó de lo más extraño, pero se sentía demasiado como una mierda como para quejarse. Ya se burlaría de él cuando volviera a ser una persona cuerda. Se rió mentalmente ante la idea, pensando en que a mademoiselle Dómine le hubiese encantado. "Es que es divertido ver que ni siquiera te has dado cuenta de lo jodido que estás". Perra manipuladora. ¿Qué podía saber ella? Ni siquiera había estado en el país durante todo el horror. ¿Había perdido a gente? Bueno, él también lo había hecho entre otras tantas cosas. Su vida entera se había perdido, tragada por máscaras de plata y una marca que llevaría permanentemente en el brazo. Y se atrevía a decir que no se daba cuenta de lo jodido que estaba. Draco sabía perfectamente que estaba jodido.

—¿En qué piensas? —preguntó Potter, tras ordenarle a su feo elfo doméstico que les consiguiera unas pociones. Draco le agradeció mentalmente que hubiese cambiado de idea—. Estás muy callado.

Draco le miró, debatiéndose entre reír o darle un puñetazo. ¿En serio? ¿Qué esperaba, que charlaran sobre sus sentimientos? Cretino.

—No sé tú, pero yo no hablo con el enemigo.

—Vamos, Draco —Hizo una mueca, molesto porque pareciera haberse acostumbrado a llamarle por su nombre. No estaba cómodo con lo que eso le hacía sentir—, no somos enemigos.

Draco bufó, sin querer añadir nada más. No creía de verdad que siguieran siendo enemigos —dudaba de que alguna vez lo fueran realmente—, pero seguía sin sentirse cómodo hablando con él como si fueran amigos de toda la vida. Sólo quería volver al pasado, a ese momento en el que las cosas eran fáciles. Un poco amargas, sí, pero siempre fáciles. Merlín, la resaca le hacía ser más depresivo que de costumbre.

Kreacher, o algo así recordaba, les entregó las pociones mirándoles de mala manera, como si no aprobara su comportamiento. Ciertamente, a Draco le importaba poco o nada lo que un elfo doméstico pensara de él, pero no pudo evitar sentirse como si hubiera hecho algo malo. Técnicamente sí, ya que las normas del colegio no permitían alcohol entre los alumnos, pero ya era mayor de edad así que suponía que tampoco se le podía aplicar del todo. ¿Qué más daba de todas formas?

Draco estaba sintiendo cómo desaparecía su dolor de cabeza felizmente cuando escuchó un ruido raro del lado de Potter. Habían vuelto a sentarse en el sofá, bien lejos el uno del otro, así que Draco sólo tuvo que girar la cabeza para ver qué era lo que iba mal. Potter estaba inclinado, con la cara de alguien que está próximo a vomitar. Draco olisqueó su frasco de poción, convencido de que el maldito elfo doméstico les había envenenado, sin embargo, no captó nada más que el fuerte olor a canela que desprendía cualquier poción contra la resaca.

—Dra-Draco… No me… —Tomó una respiración profunda, intentando hacerse entender a pesar de que el Slytherin imaginaba lo que quería decir—. No me siento bien —articuló finalmente, aunque con mucho esfuerzo.

—¿Potter?

Draco se mordió el labio nerviosamente sin saber qué hacer. Observó al otro chico que se apretaba el estómago con fuerza con la frente perlada de sudor. Alargó el brazo tentativamente para tocarle, notando en cuanto sus dedos se acercaron un poco —todavía sin rozar su piel— el calor abrasador que emanaba de él. Preocupado, y suponiendo que no le había sentado bien la mezcla de alcohol, poción para la fiebre y poción para la resaca, se acercó un poco más para sostenerle de un brazo.

—Vamos con madame Pomfrey —dijo Draco, muerto de miedo. ¿Y si le pasaba algo grave? Merlín, ¿y si se moría? Sería un final de lo más triste—. ¡Venga, Potter! ¡Levánta…! ¿Potter? ¡Potter!

Draco vio cómo el Gryffindor se tambaleaba todavía sentado y caía hacia delante, inconsciente.


—¡Joder, joder , joder! —murmuró Draco, inquieto.

El estúpido Potter por poco se le muere en los brazos, el muy egoísta. ¿Es que no entendía que sería muy sospechoso? Si se tenía que morir, que lo hiciera cuando él no estuviese cerca. Quizás estaba exagerando un poco, pero lo cierto era que se había asustado muchísimo cuando le vio caer al suelo. Le había tenido que cargar todo el camino hasta la enfermería —que no estaba precisamente cerca— y aguantar las miradas insidiosas de Pomfrey, que parecía saber perfectamente lo que habían estado haciendo la noche anterior.

Ahora Potter estaba tirado en una de las muchas camas de la enfermería, con la enfermera revoloteando a su alrededor nerviosamente. Agitaba la varita de un lado a otro mientras Draco la observaba sin entender nada de lo que hacía. Finalmente suspiró, le lanzó otra mirada de desaprobación y dijo:

—No es nada grave, pero necesitará estar aquí unos días. Se ve que mezcló ciertas… sustancias —Draco no pasó por alto el tono de reproche, pero había decidido que le importaba una mierda lo que ella tuviera que decir al respecto. Él era mayorcito y ella no era su madre— que no debería haber mezclado. Reaccionaron juntas y perjudicaron su organismo ya de por sí maltrecho. ¿Tenía fiebre, temblores o malestar la ayer por la noche?

—Se quejó un par de veces —admitió, lanzándole una mirada a Potter por encima del hombro de la enfermera—. Se tomó una poción para la fiebre…

—Después de ingerir grandes cantidades de alcohol para, esta mañana, tomarse una poción contra la resaca —completó la mujer, mirándole ceñuda—. Estos jóvenes…

Draco se encogió de hombros, sin confirmar ni desmentir sus palabras. Por supuesto, ambos sabían que había dado en el clavo, pero ninguno iba a decirle nada a nadie. Era la única razón por la que Draco se mostraba medianamente respetuoso con ella, siempre era mejor tener de su parte a la enfermera.

—¿Cuánto tiempo va a tener que quedarse aquí?

—Con unos días bastarían, pero preferiría que se quedara la semana entera, por si acaso.

Draco asintió, le echó un último vistazo a Potter y, girando sobre sus talones, procedió a abandonar el lugar. No tenía nada más que hacer ahí.


Draco, contra todo pronóstico —incluso del suyo propio—, visitó a Potter cada día de la semana y le atiborró a zumo de calabaza y empanadas que robaba de la cocina, ya que madame Pomfrey no le dejaba comer otra cosa que caldos, cremas y agua.

—Me parece que me merezco tu amor eterno —dijo Draco, el último día que estaría Potter en la enfermería—. ¿No dicen los muggles que a un hombre se le conquista por el estómago?

—Deja tus fantasías para ti, Draco. Vas a terminar produciéndome pesadillas.

Draco rió, sacudiendo la cabeza. Harry hizo una mueca extraña, pero después no pudo controlar una sonrisa divertida. El Slytherin le observó mientras devoraba la comida que le había llevado ese día —sándwiches, refresco de naranja y un trozo de tarta de melaza—, charlando de todo un poco. Cuando terminó de comer, el propio Harry se encargó de hacer desaparecer las pruebas.

—Salgo en un par de horas —le informó el chico, mirándole con algo parecido a la esperanza mezclada en el verde natural de sus ojos—. ¿Te apetece que quedemos luego, en el campo de quidditch? Podríamos jugar un partido.

Draco dudó, pensando que ese era un paso demasiado grande. Sonaba casi como si Harry Potter quisiera ser su amigo o algo por el estilo. Sus ojos grises se clavaron en los verdes y no pudo evitar suspirar con resignación cuando vio esa puñetera expresión de súplica que sabía que le traería problemas en el futuro.

—Muy bien —cedió finalmente, arrancándole otra sonrisa al Gryffindor.

—A las cuatro.

—A las cuatro —repitió Draco, sonriendo a su vez y sin saber por qué.


Draco se sentía demasiado sucio como para volver al castillo de esa guisa. Puede que no hubiera nadie para verle, pero de todas formas no pensaba pasearse por ahí todo cubierto de barro, oliendo a sudor y a fango. No llevaban jugando ni hora cuando la lluvia comenzó y Harry, como el enorme idiota que siempre ha sido, decidió que era buena idea lanzarle al suelo embarrado. Draco respondió consecuentemente y al final ambos habían terminado sucios hasta la raíz del pelo, con dolor de estómago de tanto reír y, posiblemente, con un constipado. El segundo para Harry, vaya.

—Yo voy a ducharme aquí —dijo Draco, instándole a que se fuera sin él.

—Yo también. Estoy helado y no me apetece pillar una pulmonía.

Draco asintió y ambos chicos se metieron en los vestuarios. Draco se detuvo un momento, pensando en que estaba desvistiéndose con Harry al lado, justo detrás de él. Sin saber por qué, echó un disimulado vistazo por encima de su hombro, encontrándose de repente con el torneado trasero de su acompañante. Sintiendo que sus mejillas ardían, se obligó a mirar fijamente a la taquilla que tenía enfrente. De pronto ya no sentía frío, sino que una sensación cálida parecía haberse alojado permanentemente en su bajo vientre.

¿Qué coño me pasa?

Draco entró primero a la ducha, con la esperanza de terminar tan rápido que a Harry no le hubiese dado tiempo ni de abrir el grifo. Pero ni dos minutos después el maldito Gryffindor ya estaba ahí, duchándose tranquilamente como si tal cosa. Draco, sin saber por qué, le echó un vistazo de reojo. Estaba completamente desnudo —Por supuesto, ¿cómo quieres que esté si no? , con la cabeza gacha y el cuerpo relajado bajo el chorro de agua caliente que se deslizaba por su cuerpo de una forma que se le antojo sensual y le dio envidia. A él le gustaría deslizar sus dedos sobre el cuerpo de Harry de esa manera.

Y mientras su excitación crecía, Draco Malfoy se cuestionó por primera vez en su vida su orientación sexual.


Lo días pasaron con rapidez y Draco no sufrió ningún otro incidente relacionado con Harry y su sexualidad. De hecho, al de unas horas estuvo convencido de que había sido pura casualidad y no una reacción al cuerpo desnudo de Harry. Siguieron quedando, al principio sólo para jugar al quidditch pero, cuando el tiempo empeoró y la lluvia dio paso a una serie de nevadas tardías, comenzaron a hacer más cosas. Jugaban al ajedrez, estudiaban juntos, se escapaban a Hogsmeade por los pasadizos que Harry demostró conocer muy bien y hablaban. No paraban de hablar. Una vez que empezaron, ya no pudieron dejarlo. En un primer momento habían sido cosas pequeñas, cómo conocieron a sus respectivos amigos, sus asignaturas favoritas, la primera chica a la que besaron y a veces surgían cosas que les hacían reír como aquel "Eh, ¿te acuerdas de cuando los gemelos Weasley encantaron a la Señora Norris para que su pelaje cambiara de color?" y cosas por el estilo. Momentos perdidos que ambos habían disfrutado. Draco nunca mencionó ese casi beso que se habían dado la noche de Navidad y Harry tampoco.

Era el último día antes de que terminasen las vacaciones y, por primera vez en la historia, la sala común de Slytherin daba la bienvenida a un Gryffindor. Draco se sentía extraño con el simple hecho de que Harry Potter estuviese sentado en el mismo sillón que solía ocupar Pansy y el contraste entre ambos le resultó gracioso. Estaba por comentárselo a Harry cuando este preguntó:

—¿Cómo fue?

Draco enarcó una ceja, mirándole con confusión.

—¿Cómo fue vivir con Voldemort?

Si no hubiese sido por el silencio de la sala, Draco no le habría escuchado. Pero lo hizo y no pudo controlar un estremecimiento al escuchar ese horrible nombre. Harry no hizo ningún comentario burlón ante su evidente e irracional terror al nombre de un monstruo que llevaba tiempo muerto, sino que se limitó a mirarle con expectación y algo de culpa, como si se arrepintiese de haber roto el ambiente relajado del que habían disfrutado hasta el momento.

Draco pensó en si realmente quería contestar a esa pregunta. Se quedó en silencio con la mirada perdida en la pared de piedra del otro lado de la sala. Había una lagartija correteando por la superficie rugosa y húmeda y Draco no pudo evitar preguntarse si sería la misma que había visto el día del banquete de bienvenida. Por alguna razón, se levantó del sillón —notando la mirada de Harry en su espalda— y se acercó al reptil. No le costó demasiado apresarlo entre sus manos, seguramente debía estar medio dormido o quizás más muerto que vivo si había pasado mucho tiempo sin que le diera el sol para calentar su sangre.

—Me gustan las lagartijas, ¿sabías? —comentó, decidiendo que no quería hablar sobre el Señor Oscuro, aún era un tema delicado—. Siempre me han fascinado y no tengo ni idea de por qué. Igual es por su enorme capacidad para adaptarse, ¿sabías que están presentes en todos los continentes? Menos en la Antártida. Y también se curan con rapidez. Si les arrancas la cola —Draco estuvo a punto de hacerlo, pero no quería lastimarla así que retrocedió—, les volverá a crecer en unos días. ¿No sería genial? Sanar en pocos días, quiero decir. Poder dejar una parte de ti atrás y que vuelva a aparecer al de unos días, nueva, sana, quizás no igual, pero eso no es malo.

Harry no dijo nada, pero Draco supo que había hablado demasiado. Lo sabía por el brillo triste de sus ojos, que eran terriblemente expresivos. No quiso que Harry sintiera pena por él, nunca había soportado bien la lástima, así que dejó la lagartija donde la había encontrado y la observó mientras correteaba fuera de su alcance antes de cambiar de tema:

—¿Crees que mañana hará buen tiempo para jugar al quidditch?

Y con eso ambos volvieron a charlar tranquilamente.


Draco asistió a la cuarta sesión de terapia —la primera del año— con la sensación de estar traicionándose a sí mismo. Había decidido que no iría, pero de pronto recordó que Harry iba hablar sobre su infancia —algo sobre lo que Draco había querido hablar con él desde que vio su reacción ante la mención del tema, esa tarde fría en la que le había entregado su tarea— y se sintió incapaz de perdérselo a pesar de que ya tenía planeado mandar a Pansy a recabar información por él. Pero ahora ahí estaba, sentado en una de esas incómodas sillas blancas que estaban convirtiéndose en un elemento familiar que aparecía una vez al mes. Por un segundo, se le pasó la cabeza que era como si tuviese que sufrir de menstruación. Se lo comentó a Pansy, que le lanzó una mirada de indignación, alegando que eso no era nada con lo que tenían que sufrir las mujeres con la regla. Entonces apareció mademoiselle Dómine con esa maldita sonrisa radiante y Pansy le dedicó una mueca como diciendo "Acabo de cambiar de idea".

—¡Buenos días, chicos! ¿Qué tal lo habéis pasado en Navidad? ¿Me habéis echado de menos? ¿Os han regalado muchas cosas? ¿Habéis hecho los deberes? ¿Habéis estudiado? Eso es importante, Minerva no perdonará si no habéis estudiado nada. ¿Por qué no decís nada?

Merlín bendito. Draco se preguntó cuál sería el tamaño de los pulmones de esa mujer, porque no era normal la cantidad de palabras que podía decir sin tomarse siquiera un pequeño respiro. Las preguntas habían brotado de su boca en un torrente irrefrenable y que les sumió a todos en la más absoluta confusión, sin saber muy bien si debían realmente contestar o sólo quedarse callados y esperar a que cerrase la boca.

—¿Y bien? —inquirió la mujer, todavía sonriendo.

—Todo ha ido muy bien, Aimée —respondió Granger, hablando por todos.

—Maravilloso —La psicomaga sonrió con entusiasmo, iluminada como un farolillo de Navidad—. Pues vamos a hablar de ello, ¿qué os parece? Pero antes, ¿haríais un brindis conmigo? No debería decir esto, pero sois mi grupo favorito, me hubiese gustado pasar las fiestas en Hogwarts. ¿Me concedéis ese pequeño capricho? Por favor —suplicó, alargando las vocales.

Se escucharon unos cuantos resoplidos, pero todos terminaron aceptando. La psicomaga no tardó ni cinco minutos ir hasta el despacho de Pomfrey y reaparecer con una botella de zumo de calabaza tamaño familiar y unas diez copas de distintos colores. A Draco le dio la sensación de que todo estaba calculado y no dudó en fingir que bebía el contenido de su copa verde para después derramar el contenido dentro de su mochila sin que nadie se diera cuenta. A su lado, Pansy hizo lo mismo. Definitivamente, habría sido una Slytherin, decidió Draco, viendo cómo el resto de inocentes se bebían el líquido de un trago. A saber lo que llevaban las copas.

—Genial, muchas gracias, chicos. Me hacía mucho ilusión. Ahora continuemos. A ver… ¡Luna! ¿Qué tal te ha ido conociendo a otras chicas?

Luna parpadeó un par de veces para enfocar la vista y clavó sus ojos azules en los negros de mademoiselle Dómine. Draco la observó de cerca aunque no podía decir que fuese la primera vez. Al fin y al cabo, había sido su prisionera durante meses y él mismo había tenido que alimentarla, a veces hasta conseguía colar alguna manta para que ella y el maestro de varitas pudieran arroparse por la noche, cuando la temperatura en el sótano rozaba los cero grados. No hablaron nunca, pero ella siempre le sonreía. Draco se preguntaba qué pensaría de él.

—Bien, aunque sólo he conseguido relacionarme con dos, las otras tres no parecían cómodas conmigo. No sé por qué, la verdad.

—¡Pero eso es fantástico! —exclamó la psicomaga, tomando notas con entusiasmo—. ¿Cómo se llaman las dos chicas?

Luna sonrió un poquito, pareciendo agradecida porque no la hubiera regañado. A Draco le dio la sensación de que había perdido ese aura de ensoñación que la acompañaba en años anteriores y se le antojó que la guerra debía haber traspasado todas sus barreras, realmente debía haberla cambiado.

—Claudia Benson y Lauren Singer, las dos son de Hufflepuff. He descubierto que los de esa Casa suelen ser los más amables —añadió, como si hubiera llevado todo un experimento sobre el tema—. Las dos me caen bien, pero con la que más he hablado ha sido con Lauren porque no vive muy lejos de mi casa.

—Genial, sencillamente perfecto. Felicidades, Luna, has progresado mucho —Se sonrieron la una a la otra antes de que Aimée continuara—. Bien, ahora le toca a… ¡Neville! Cuéntanos, ¿qué supuso para ti separarte de diez plantas?

Longbottom se sonrojó un poco, admitiendo que le había resultado difícil por no sé qué de un vínculo con ellas… En fin, algo que Draco no se molestó en escuchar. Sinceramente, le importaba muy poco, lo que quería era saber qué le había pasado a Harry, no podía pensar en nada más. ¿Qué podría ser lo suficientemente malo como para que la psicoloca —nombre inventado por Pansy— quisiera hurgar en ello? ¿No le hacían reverencias cuando pasaba o qué?

Draco volvió a prestar atención cuando se produjo una pequeña conmoción en el lado de Harry, Granger y Weasley. La comadreja se había levantado, al parecer por insistencia de mademoiselle Dómine. Parecía incómodo, pero determinado. Ah, sí, recordó Draco, a él le tocaba hablar de sus sentimientos.

—Adelante —dijo la mujer, animándole con la mirada—. Habla con ella.

Weasley se giró hacia Granger, mordiéndose los labios con nerviosismo. La chica le miraba un poco asustada y Draco se preguntó si no estaría a punto de asistir a una ruptura pública. Merlín, eso sería memorable.

Weasley tomó una respiración profunda y empezó a hablar:

—Te quiero —Fue lo primero que dijo, mandando las esperanzas de Draco a un pozo oscuro—, Merlín sabe que te he querido desde siempre. Me gusta escucharte reír y que lleves el pelo recogido, porque así puedo verte la cara bien. Tienes una cara bonita, ¿sabías? No sé, como con forma de corazón y tu piel es suave y huele bien y, bueno… Eso, que me gusta tu rostro —A esas alturas estaba rojo hasta la raíz del pelo y seguramente hasta la punta de los dedos de los pies. Draco creyó que en cualquier momento empezaría a vomitar—. También… También me gusta que seas lista y que puedas patear el culo a un montón de mortífagos y partirle la nariz a Malfoy —Draco puso los ojos en blanco, sintiéndose un poco avergonzado de que ese detalle de su pasado saliera a la luz, pero todos parecían embelesados con la declaración de amor así que no hubo comentarios o miradas burlonas—. Y que nos pongas en nuestro lugar cuando hacemos algo mal y que, al final, siempre nos ayudes con los deberes. Haces una mueca graciosa al ceder, siempre me ha gustado —Granger parecía a punto de desmayarse y le brillaban los ojos en una mezcla de lágrimas y lo que a Draco le pareció que era amor, uno tan puro que casi doloroso de ver. De pronto, se sintió terriblemente solo—. El caso es… Es que te quiero pero no quiero seguir aquí —El simple hecho de decirlo en voz alta pareció quitarle un peso enorme de encima, algo que a Draco le dio algo de envidia. Le hubiese gustado ser capaz de hacer lo mismo—. Vine porque tú me lo pediste, pero ya no me siento cómodo en este lugar. Cada vez que entro en el Gran Comedor no puedo evitar recordar el cuerpo de Fred en el suelo y no dejó de recordar la explosión que se lo llevó, la jodida guerra que no me deja en paz ni en sueños, necesito salir de aquí. Merlín, me gustaría pasar cada minuto de mi vida a tu lado, te lo juro, pero no puedo seguir en Hogwarts. Simplemente no puedo. Sé… Sé que no será lo mismo tener una relación a distancia, pero sólo serán unos meses y luego… Mira, el propio Shacklebolt me pidió que me uniera a los aurores sin necesidad del entrenamiento, igual que a Harry y a ti, así que empezaré a trabajar directamente y a ganar dinero y, quizás, si tú quieres, podríamos buscar un piso en Londres. Sé que quieres ese puesto en el Departamento de Leyes del Ministerio así que los dos estaríamos cerca del trabajo y… Bueno… Yo…

Draco apartó la mirada cuando Granger demostró haber recobrado el poder sobre su cuerpo lanzándose a los brazos de Weasley y plantando un asqueroso beso húmedo en su boca. Draco cruzó una mirada con Pansy, que arrugaba su cara de bulldog en una mueca de absoluto asco, sin embargo, le hizo gracia comprobar que no apartaba la mirada del espectáculo.

—Bien, bien —mademoiselle Dómine dio unas palmadas con alegría, cortando el momento—. Eso ha sido muy bonito, Ron. Sabía que podías hacerlo —Bajó la mirada a sus notas y continuó—: Bien, sólo quedáis tres: Pansy, Harry y Draco. ¿Por qué será que siempre sois vosotros los últimos en intervenir? —se preguntó la mujer, pareciendo sinceramente desconcertada. Draco puso los ojos en blanco, ¿sería posible que no se hubiera dado cuenta de lo descontentos que estaban con la terapia? —. Pansy, empieza tú. ¿Le has contado un secreto a alguien ajeno a tu Casa?

Pansy apretó los labios y se hundió un poco en la silla, mirando hacia cualquier parte menos a la psicomaga. A Draco le pareció raro, casi parecía como si Pansy se sintiera culpable de no haberlo hecho. ¿Acaso estaba empezando a gustarle la terapia? Increíble.

—No —confesó finalmente, todavía sin mirar a nadie.

Mademoiselle Dómine pareció contrariada, pero pronto volvía a sonreír.

—Está bien, te daré una semana más. Si no lo haces, lo remitiré a la directora.

Pansy asintió secamente y la atención recayó sobre Harry. Draco suspiró, aliviado de que no le tocase a él todavía. Las cinco personas a las que se suponía que abrazar estaban presentes: Granger, Weasley, Longbottom, Luna y Harry.

—Muy bien —dijo Harry, con aire de haberse preparado un discurso, pero Draco pudo ver algo más, una paz que no era propia del Harry al que conocía. Merlín, ¿de verdad acababa de pensar eso?—. ¿Qué quieres saber?

—¿Tus tíos te trataban bien? —preguntó Aimée, poniendo especial énfasis en la última palabra.

—No, no realmente —Harry pareció sorprendido por su propia respuesta, pero continuó con rapidez—. Siempre pensaron que era un bicho raro y me tuvieron miedo desde pequeños. Sabían que era un mago, pero no me lo dijeron nunca. Me enteré a los once años, cuando Hagrid fue a buscarme porque no me dejaban leer mi carta de Hogwarts.

—Eso es horrible —se apiadó Hannah, mirándole con tristeza.

Harry enrojeció, pero parecía confuso. De pronto, sus ojos se esclarecieron, como si hubiera dado con la respuesta a una pregunta que le rondase la cabeza con ahínco. Draco llegó a la conclusión de que había descubierto el engaño de las copas. ¿Le habría dado Veritaserum? Eso era denunciable, podrían encarcelar a la psicomaga. Pero Draco sabía muy bien que Harry no la denunciaría, lo más seguro era que simplemente dejase la terapia. Eso le hizo sonreír, aunque por dentro se sintió un poco triste. Al fin y al cabo, era una buena oportunidad para conocer más trapos sucios de sus compañeros.

—¿Alguna vez te maltrataron? —soltó Draco, sin siquiera pararse a pensar en ello.

Todos se giraron en su dirección, antes de prestarle total atención a Harry que, por supuesto, se vio obligado a contestar.

—Creo que sí —dijo, confundiendo al resto. ¿Cómo podía no saber si le habían maltratado?

—¿Qué quieres decir? Explícate —demandó Granger, mirando a Harry como si fuera la primera vez que le veía.

El silencio era pesado y la atmósfera se había tornado tensa y expectante. No quedaba nada del relajado ambiente que había derivado de la confesión de amor de Weasley o de las demás historias felices del resto de participantes. Ahora, era todo sobre Harry y su infancia inesperadamente desgraciada.

—Creo que, de haberles denunciado, podrían haberles metido en la cárcel. Nunca me pegaron, que creo que es a lo que te referías. Hubo algún empujón o un apretón demasiado fuerte, pero no palizas. Eso nunca —se explicó, dando la clara impresión de que quería detenerse ahí. Pero la poción le hizo seguir hablando, exponiendo su vida sin poder hacer nada para pararlo. Draco se compadeció de él—. Pero sí me hacían dormir en una alacena y me obligaban a limpiar durante horas y horas, y no podía salir mucho a la calle porque a los vecinos no les gustaba. Tampoco me dejaban jugar con otros niños ni con Dudley y todos los juguetes que tenían estaban rotos, los rescataba de la basura cuando mi primo se aburría de ellos. También me hacían cocinar algunas veces y no me dieron de comer apropiadamente y mi ropa era toda heredada. Algunas cosas se podrían considerar explotación infantil y negligencia, pero supongo que lo peor es que nunca me hablaron de mis padres.

—¿No sabías nada de ellos? —susurró Longbottom, mirándole con los ojos abiertos.

—Creía que habían muerto en un accidente de coche —Todos soltaron un jadeo, menos Draco, Pansy y la psicomaga, pero el Slytherin podía sentir una opresión en el pecho. Le resultó increíblemente triste e injusto lo que le habían hecho sus tíos y le hizo sentirse extraño, consciente de que, tan sólo un año o dos atrás, posiblemente se habría burlado de él—. Ni siquiera había visto una foto suya hasta que Hagrid me regaló el álbum de fotos.

—¿Cuál es tu peor recuerdo? —inquirió mademoiselle Dómine, inusualmente seria.

Harry se quedó pensativo por unos segundos, al parecer habituado a la poción. Por alguna razón, no parecía demasiado molesto con la situación, pero bien podría ser un efecto secundario del Veritaserum.

—Yo debía tener cinco años y era verano. Mis tíos me encerraron en la alacena por la mañana, no recuerdo por qué, y me dejaron horas ahí dentro. No podía ver nada, nunca se veía nada ahí dentro si mis tíos no querían, y el calor era tan fuerte que me costaba respirar. Recuerdo que me acurruqué en la cama y empecé a llorar, pidiendo perdón. Siempre estaba pidiendo disculpas por todo, ¿sabéis? Incluso cuando no era culpa mía. A Dudley le pasó algo por la tarde, yo estaba medio dormido, cansado de tanto llorar y porque no había comido nada desde la noche anterior, pero escuché el alboroto. Creo que se tragó algo, una pieza de algún juguete, seguramente. Me dejaron encerrado y empecé a ponerme nervioso, a hacerle preguntas. "¿Y si hay un incendio? ¿Y si me quedo sin aire? ¿Y si se olvidan de mí y me muero de hambre? " y un montón de cosas más que ya no recuerdo. Volvieron del hospital al día siguiente, yo estaba histérico. Tenía hambre y miedo y me dolía la garganta y la cabeza de llorar. Tía Petunia me dio comida y me pasó una toalla para que me limpiara. Me dejaron salir al día siguiente como castigo porque me había meado encima, pero al menos no volvieron a encerrarme durante tanto tiempo.

Hubo un silencio un largo silencio en el que todos reflexionaron sobre lo que acababan de escuchar. Draco se sentía mal, enfermo. Le hubiese gustado no escuchar nada de eso porque la imagen de un niño de pelo negro y revuelto y ojos verdes encerrado, llorando y siendo tratado tan cruelmente, le estaba afectando a niveles que nunca antes había experimentado. Le picaban los ojos y, sorprendido por esa reacción tan emocional, luchó por controlar su expresión.

Mademoiselle Dómine tuvo la decencia de no hacer ningún comentario. Se levantó de la silla, dejando tras de sí el cuaderno en donde tomaba notas, y se arrodilló para estar a la altura de Harry. Le susurró algo al oído y el chico asintió, pero con expresión seria. Draco quiso saber qué le había dicho. La psicomaga volvió a su sitio, se aclaró la garganta y esbozó una pequeña sonrisa.

—Bueno, continuemos, ¿sí? Sólo nos quedas tú, Draco. ¿Has hecho tus deberes? Confío en que Harry te dio tu pergamino.

Draco asintió, pero tuvo que admitir que no lo había hecho. Entonces, siguiendo un impulso, se levantó de la silla y se acercó a Luna, la más cercana a él.

—Mi tarea consiste en darle un abrazo a las cinco personas que peor he tratado, así que… —Dejó la frase en el aire, dando pie a que cada uno sacase sus propias conclusiones—. Vamos, Luna, tengo que darte el abrazo.

—Nunca me trataste mal, Draco.

—Sí, me he burlado de ti y… —argumentó Draco, antes de que Luna le interrumpiera.

—No. Ambos sabemos por qué quieres darme ese abrazo y yo te digo que no fue culpa tuya. No fuiste tú el que me encerró en ese sótano —le contradijo, sonriendo de esa forma tan característica que era puramente de Luna Lovegood.

—Estuviste ahí abajo durante meses.

Draco escuchaba al resto murmurando a sus espaldas, pero no les hizo caso. Debía resolver eso, sólo así podría descansar en paz. Si para perder esa culpa que le atenazaba el estómago debía disculparse, pues demonios, lo haría aunque supusiera perder su orgullo por unos minutos. Sólo quería dejarlo todo atrás, de una vez por todas.

—Ven aquí.

Luna se levantó y le envolvió en sus brazos, acariciándole el pelo como si fuera un animalillo herido. De alguna forma, Draco se sentía como tal. No cerró los ojos ni lo disfrutó especialmente, pero sí la envolvió con sus brazos, respirando hondo. Repitió el proceso con Longbottom y con Granger, e incluso con Weasley aunque eso fue muchísimo más incómodo y complicado y, sinceramente, no sirvió para nada.

Entonces, le llegó el turno a Harry.

—Disculpas aceptadas —dijo el Gryffindor, antes de que Draco hubiera siquiera abierto la boca.

Harry se levantó e hizo lo mismo que Luna, apretando sus brazos alrededor del cuerpo del Slytherin. Esta vez fue diferente. Draco no pudo evitar cerrar los ojos e inhalar fuerte, perdiéndose en la sensación de tener a Harry abrazándole. No se paró a pensar en que era muy extraño estar disfrutando de eso, sino que simplemente enterró la cabeza en el hombro del Gryffindor, llenando sus pulmones del olor a túnica limpia y a menta. Su piel se sentía suave contra su mejilla y su cuerpo era firme, duro, algo a lo que anclarse. Draco sintió que podría quedarse así toda la vida, simplemente abrazando a Harry. Recordó lo que el Gryffindor había contado sobre su infancia y le estrechó con más fuerza, apretándose contra él como si quiera fundir sus cuerpos.

Draco pensó que disfrutaría mucho si eso llegase a pasar.


Lo he leído varias veces, pero es tan largo que seguramente se me hayan pasado cosas.

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