Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.
N/A: Aquí vuelvo, con el penúltimo capítulo. Me da pena saber que estamos llegando al final, especialmente porque es mi primer Drarry, pero todo debe tener un final así que... ¡Pero no hablemos de eso ahora! Este capítulo es el que llevo queriendo escribir desde el principio y confio en que os gustará. No digo más :D
¡A leer!
Sesión 5:
Confiar en el otro
La única diferencia entre un loco y yo, es que el loco cree que no lo está, mientras que yo sé que lo estoy.
—Salvador Dalí.
Harry decidió que no volvería a la terapia. No pensaba denunciar a Aimée por el uso de Veritaserum, pero no iba a aparecer en las sesiones. No podía confiar en que sus recuerdos más amargos y sus secretos mejor escondidos se quedasen sólo en su cabeza, así que ya no había nada que hacer. Hermione insistió en que debería seguir, pero claro, a ella no la habían drogado.
Ron dejó el colegio sólo una semana después de su confesión. Durante esos siete días él y Hermione no se separaron ni un segundo, más unidos de lo que Harry les había visto jamás. Se alegraba por ellos, pero no podía dejar de envidiarles y sentirse un poco desplazado. Después de eso las cosas se volvieron un poco más aburridas. Harry quería mucho a Hermione, y había compartido buenos momentos con ella, pero la muchacha se mantenía en un estado de alerta constante, obsesionada con los É.X.T.A.S.I.S hasta el punto de que empezaba a ponerle nervioso a él también, algo que nunca había pasado hasta que sólo quedaban pocas semanas para los exámenes.
Por suerte para él, su amistad con Draco se mantenía y desarrollaba. Entre él y Hermione le mantenían informado de todo lo que pasaba en la terapia aunque aún no se explicaba por qué el Slytherin continuaba con ella cuando estaba claro que la odiaba. Aimée no le insistió para que volviera, pero siempre le lanzaba una mirada triste si se encontraban en los pasillos, haciendo que su resolución flaqueara. Pero estaba decidido y nada le haría cambiar de opinión. Ni siquiera las palabras de disculpa que le susurró al oído le habían conmovido ni un poquito.
Fue precisamente tras un encuentro con Aimée que a Harry le pasó una de las cosas más extrañas y sorprendentes de su vida. Volvía al castillo después de haber estado tomando el té con Hagrid, solo, porque Hermione estaba en la biblioteca, y la psicomaga pasó a su lado mientras Harry cruzaba el pasillo. Cuando la mujer salió por las enormes puertas que daban a los jardines y desapareció de su vista, unas manos pequeñas tiraron de él hacia una zona oscura del vestíbulo. Se alarmó tanto que su varita no tardó ni dos segundos en estar entre sus dedos.
—Baja eso, Potter. No quieres hacerte daño.
Harry jadeó, sorprendido al reconocer a la dueña de la voz.
—¿Parkinson? —inquirió para cerciorarse.
—No, Santa Claus. No te jode —espetó la chica. A Harry le sorprendió esa muestra de vulgaridad, ¿no se suponía que las sangre pura eran todas unas damas o algo así? —. ¡Claro que soy Parkinson, estúpido!
—¿Yo soy el estúpido? ¿Qué pretendías al arrastrarme así hacia lo oscuro, que te maldiga? —respondió Harry, indignado. Merlín, cómo la odiaba.
Parkinson murmuró un par de cosas que Harry no entendió, retorciéndose las manos con nerviosismo. Ahora que se fijaba, podía asegurar que la chica estaba muy inquieta a juzgar por la forma con que jugaba con las mangas de su túnica y se atusaba el flequillo maniáticamente. Le pareció raro y se preguntó si, después de todo, sí que tendría que hechizarla. No estaría tan mal, pensó perversamente. Nunca había sido una persona rencorosa, pero Pansy Parkinson le molestaba por alguna razón que no llegaba a entender. Sí, era odiosa y superficial, y sí, había intentado entregarle a Voldemort, pero antes no la había odiado de esa forma, sólo le caía mal. ¿Qué había cambiado?
—Mira —comenzó Parkinson, sacándole de sus pensamientos—, quiero terminar con esto cuanto antes así que hagámoslo de una vez.
—¿Hacer qué? —Su tono de miedo le avergonzó.
—Lo que sea que te estés imaginando, olvídalo —dijo con un poco de asco, como si pensara que Harry había llegado a la conclusión de que iban a enrollarse o algo. Se estremeció sólo de pensarlo—. Sólo quiero compartir un secreto contigo.
Hubo un silencio de lo más elocuente en el que Harry no sabía si reír o empezar a llamar a un sanador de San Mungo porque Parkinson se había vuelto definitivamente loca. ¿Compartir un secreto con él? ¡Había perdido el juicio! Entonces, recordó que la tarea de Parkinson era contarle un secreto a alguien que no fuera de su Casa y todas las piezas cayeron en su lugar. Sonrió, inexplicablemente orgulloso de que le hubiera elegido a él.
—No pongas esa sonrisa de suficiencia, no te va a salir gratis.
—¿Perdona? —soltó, incrédulo—. Es tu tarea, ¿por qué debería contarte un secreto?
—¡Porque así me aseguro de que no vas por ahí contando el mío! —chilló, agitada. Su grito resonó por todo el vestíbulo y posiblemente un par de pisos más arriba. Ambos se quedaron en silencio por unos segundos, esperando por si alguien les había oído. Cuando no pasó nada, Parkinson continuó—: Ni siquiera quiero un secreto, sólo una pregunta a la que quiero que me contestes con sinceridad. Yo no cuento lo que me digas y tú no cuentas lo que yo te diga, ¿trato hecho?
Harry lo pensó por un momento. La idea no le convencía del todo, pero se encontraba deseoso de saber qué podría contarle Parkinson. También podría contarle una nimiedad en comparación a la pregunta y todo le saldría mal. O podría mentir y después ir contando por ahí lo que fuera que él tuviera que contestarle. Eran muchas cosas a tener en cuenta. Además, ¿qué podría querer saber ella de él? Seguramente algo relacionado con Draco, ¿pero qué? Ellos se conocían de toda la vida, no había nada que Harry pudiera saber sobre el Slytherin que ella no.
—Trato hecho —cedió finalmente, con un suspiro.
Ella pareció más tranquila.
—Bien, sabía que podríamos entendernos —Se atusó el pelo nuevamente, miró a todas partes y se acercó un poco más a él—. Bueno, aquí va: no tengo dinero —soltó a bocajarro, sonrojándose ligeramente—. Mis padres lo invirtieron todo en el Señor Oscuro —Se estremeció, tan afectada por la simple alusión al mago como Draco— y lo que no, fue expropiado por el Ministerio. Lo hemos perdido todo: oro, inmuebles, negocios… Todo. Sólo nos queda una pequeña cantidad de dinero que el Ministerio dejó porque yo estoy estudiando. ¿Qué se supone que vamos a hacer con tan poco dinero? El mes pasado mis padres vendieron las joyas de mi abuela porque no les llegaba para comer…
A esas alturas ya estaba llorando, incomodándole. Nunca se había manejado bien con las lágrimas y no tenía ni idea de cómo consolar a Parkinson. ¿Qué se le dice a una chica con la que las únicas palabras que has cruzado han sido insultos? Merlín, ahora sabía cómo se sentía Ron continuamente.
—Todas las mañanas me levanto y no puedo evitar hacerme preguntas. No sé de qué voy a vivir cuando salga de aquí, mierda, no tenía pensado trabajar hasta hace unos meses. Toda mi vida se ha dado la vuelta y no sé cómo manejarlo. ¡Todo estaba perfectamente planeado! —Sollozó, abrazándose a sí misma, pero sin detenerse—. ¿Dónde está mi final feliz, eh? ¿Y mi marido sangre pura, mis preciosos hijos y mi casa en Plymouth? ¿Dónde ha ido a parar todo eso? No he hecho nada malo, jamás maté a nadie y, Merlín, ¿sabes la de veces que pensé en suicidarme el año pasado? ¡Merezco un jodido final feliz tanto como tú! —Se estremeció brutalmente y bajó la cabeza—. ¿Y qué si intenté entregarte al Señor Oscuro? ¡Era lo más lógico! Y tenía miedo y estaba desesperada. No podía dejar de pensar en lo que nos haría… ¡y a mi familia! Nunca he sido valiente, ¿vale? La mayoría de la gente no lo es y no me avergüenzo de ser como soy, pero Merlín… ¡Tú no estuviste aquí el año pasado! —gritó de repente, señalándole con enfado—. ¡Tú no soportaste los horrores! Todas las noches escuchaba gritos desde mi habitación porque los Carrow —Se estremeció casi tanto como al hablar de Voldemort. Harry se sintió afortunado de no haberles conocido más afondo— usaban las mazmorras para los castigos. Era horrible. Y luego te hacían sostener tu varita y torturar a tus compañeros mirándoles a los ojos… ¡Juro que no lo disfrutaba! Sólo tenía miedo, Merlín, tenía tanto miedo.
Sin saber muy bien qué hacía y esperándose un maleficio en cualquier momento, Harry la envolvió en los brazos con cuidado e indecisión. Para su enorme sorpresa, Parkinson enterró la cabeza en su pecho y sollozó más fuerte. No le devolvió el abrazo, pero al menos no intentó hacerle volar por los aires. La situación era incómoda, a Harry no le gustaba la sensación del cuerpo femenino apretado contra él tan estrechamente. Si hubiese sido Hermione, que era como una hermana para él, entonces todo estaría bien, pero Parkinson no era su amiga y la situación era la más surrealista que jamás había vivido.
Sin saber por qué, Harry no pudo evitar comparar ese abrazo con el que le había dado Draco. Eso había sido extraño, pero placentero de una forma totalmente nueva para él. El cuerpo del Slytherin era firme y le había apretado con fuerza, como si quisiera fundirse con él, mientras que el de Pansy era pequeño, blando, no terminaba de encajar como Draco lo había hecho. Sus cuerpos se habían pegado totalmente y había sido placentero, diferente y correcto. Lo que no había dejado de darle vueltas en la cabeza y aún no había conseguido llegar a una conclusión. Pero lo que más había disfrutado, sin duda, había sido su olor: manzana y miel, que Harry sabía que eran los aromas de su champú y su gel de baño, respectivamente. Lo sabía porque había estado en su habitación y se había reído de él de lo lindo. La verdad es que pasar tiempo con él siempre era agradable, algo que le habría resultado inconcebible sólo unos meses antes.
Pansy se separó de él, cortando su línea de pensamiento. Se limpió la cara casi con violencia, como si pudiera eliminar ese momento si hacía desaparecer el rastro de lágrimas. Estaba hecha un desastre lacrimoso y de nariz congestionada. Se sorbió la nariz y volvió a atusarse el flequillo. Parecía ser una manía muy arraigada.
—Tienes que contestarme a una pregunta —dijo, cuadrando los hombros. Parecía determinada y a Harry le dio la sensación de que no sabía en dónde se había metido—: ¿tienes intención de mantener una relación sentimental con Draco?
—¿¡Perdona!? —gritó Harry, asustando a una lagartija que correteaba por ahí. Su voz resonó por todas partes, devolviendo las palabras hacia ellos en un eco interminable—. Desde luego que no —susurró vehementemente, mirando a todas partes por si alguien le había escuchado—. Me gustan las chicas.
—Te dije que debías ser sincero conmigo.
—¡Estoy siendo sincero! —replicó, exasperado. Soltó un gruñido de molestia y cerró los ojos, tomando una respiración profunda para calmarse—. Mira, yo no quiero nada más que una sana amistad con Draco.
—¿Insinúas que las relaciones entre dos hombres o dos mujeres no son sanas? —soltó Parkinson traviesamente, con la intención de enfadarle más.
—Vete a la mierda.
Harto, Harry dio media vuelta y echó a andar para salir de esa zona en penumbra. Parkinson se tomó un segundo, pero el muchacho no había dado tres pasos cuando una mano pequeña se cerró alrededor de su brazo con una fuerza que nadie se esperaría de una chica de apariencia tan enclenque. Miró a Parkinson sobre el hombro, alzando una ceja en una pregunta silenciosa.
—Potter, lo único que quiero es que Draco esté bien —confesó, mirándole con súplica—. Temo por él.
—¿Por qué?
Se mordió los labios, mirando a todas partes para comprobar una vez más que estuviesen solos. Era sábado por la mañana así que la gente dormía hasta tarde o se quedaba en sus salas comunes o en la biblioteca, así que el silencio era absoluto a excepción del susurro del viento en los corredores y los sonidos que venían de los terrenos del castillo. En conjunto, a Harry le dio la sensación de estar absolutamente solo en ese inmenso lugar. Solo con Parkinson, pensó, genial.
—Porque le quiero y porque no me gusta lo que pasa entre vosotros —explicó fríamente, recomponiendo un poco su máscara de indiferencia. Los ojos hinchados y la nariz roja estropeaban el efecto, pero Harry ya podía intuir a la Parkinson de siempre.
—No pasa nada entre nosotros —dijo Harry, poniendo los ojos en blanco—. Sinceramente, me da la sensación de que estás celosa y ya está, pero Draco y yo sólo somos amigos.
—Por ahora…
Tras esas dos palabras tan inquietantes y que a Harry le sonaron como una profecía perturbadoramente certera, Parkinson pasó a su lado y comenzó su camino hacia las mazmorras.
—… y después Brown se echó a llorar, diciendo que era la cosa más bonita que le habían dicho en toda su vida —terminó Draco, riendo con ganas.
Harry soltó unas risas ligeras, observando las tranquilas aguas del lago. Estaban a mediados de marzo y el primer día soleado y medianamente templado invitaba a todos los alumnos a pasar un rato en los jardines. No les quedaban muchas oportunidades para tomar aire fresco y disfrutar y ya varios estudiantes debían estar mirando los terrenos verdes de Hogwarts con nostalgia, al otro lado de las ventanas de la biblioteca. Tan cerca, pero tan lejos. Hermione era una de ellos así que Harry podía pasar todo el tiempo que quisiera con Draco.
Su relación se había estrechado más en esos meses y pasaban todo el tiempo que podían juntos. Hermione y Draco aún no terminaban de congeniar, pero al menos se trataban con cordialidad. En cualquier caso, no tenían que pasar mucho tiempo juntos así que todos contentos.
—¿Por qué no vuelves a la terapia? —preguntó Draco, intentando hacerse el indiferente.
Harry suspiró, hastiado de esa conversación que habían mantenido tantas veces ya.
—Porque me drogó, Draco, ¿cómo puedo confiar en alguien así?
—No hace falta confiar —alegó, con el mismo tinte de sorpresa que la primera vez que se lo había dicho. Para Draco la confianza no era tan importante como la posibilidad de sacar información a sus compañeros—. Si te ofrece algo, recházalo. Es sencillo.
—Pero a veces no se puede rechazar, como lo de los papeles —discutió, mirándole con indignación—. Todas nuestras tareas estaban determinadas desde el principio. Y me preocupa un poco no saber cómo se entera de todos nuestros secretos.
Draco se encogió de hombros, sonriendo un poco. No parecía importarle mucho, la verdad, de hecho, a Harry le pareció ver algo así como admiración en sus ojos. Eso le molestó un poco, no veía qué había de admirable en el comportamiento de la psicomaga, pero Draco era así: puro Slytherin. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios al pensar en ello. Le gustaba esa parte de Draco, que era tan distinta a él.
—Me gusta esto —soltó Harry a botepronto.
—¿El qué? —preguntó Draco distraídamente, arrancando un poco de hierba.
—Tú y yo, juntos.
Draco se sonrojó de pronto, mirando hacia el Bosque Prohibido. Las copas de los árboles se agitaron lentamente, al ritmo de la brisa. Harry le observó, pero pronto prefirió no pararse a pensar en esa reacción tan misteriosa. Desde la noche de Navidad sentía que algo había cambiado, no sólo entre ellos, sino también en sí mismo. Fue esa conversación, ese casi beso del que ninguno de los dos había hablado pero en el que Harry no había podido dejar de pensar en meses. Draco había tenido la intención de besarle y él le habría dejado. Le había costado aceptar que era cierto, pero lo más difícil era no saber dónde les dejaba eso.
—A mí también —murmuró Draco tras unos segundos, interrumpiendo sus pensamientos—. Aunque a veces me siento raro.
A Harry se le aceleró el corazón, sacando un montón de conclusiones de esa sencilla frase. ¿Le pasaría a Draco lo mismo que a él? ¿Tendría las mismas dudas y las mismas ganas de esclarecerlas? ¿Habría sentido alguna vez ese calor en el cuerpo cuando estaban cerca, como aquella vez que se abrazaron? ¿Qué pasaría si fuera así? Oh, Merlín, ¿qué estaban haciendo?
—Raro… ¿cómo? —preguntó, un poco sin aliento.
Draco evitó su mirada, arrancando más hierba, esta vez de forma que se podría haber clasificado como frenética. Un suave color rosa parecía haberse instalado en sus mejillas, pero pronto le vio controlar su expresión y sus emociones, y el rubor fue desapareciendo con los segundos. Se aclaró la garganta y dijo:
—Bueno, hace unos meses ni siquiera podíamos estar juntos en la misma habitación sin querer matarnos. Tienes que admitir que esto —Movió la mano entre ellos, abarcando con ese sencillo gesto todo lo que les rodeaba, incluyéndoles— no es muy normal.
—No, no lo es —admitió, mirándole con intensidad.
Entonces, volvió a pasar. No era la primera vez, pero Harry no lograba acostumbrarse y sabía que Draco tampoco. Sus ojos conectaron de una forma que al Gryffindor se le antojaba como íntima, y toda su atención recayó exclusivamente en ese mar de mercurio que le invitaba a perderse en él durante horas. Draco no era muy expresivo y sus ojos pocas veces traicionaban sus emociones, pero cuando se producía esa conexión, a Harry le daba la sensación de que podía entenderle completamente, ver todos sus secretos y que Draco podía hacer lo mismo con él. Era una cursilada, digna de una novela rosa, pero no había nada que pudiese hacer para evitarlo.
Harry se acercó un poco, bajando la mirada a los labios del Slytherin durante un ínfimo segundo. Eso fue todo lo que Draco necesitó para reaccionar. Se levantó inesperadamente, sacudiéndose con nerviosismo las hojas y la hierba que se le había pegado a la túnica.
—Bueno… yo… tengo que… que terminar la redacción de Encantamientos. Sí, ¡eso es! Nos vemos, Harry.
Recogió sus cosas del suelo y salió pitando, apartando a un par de Hufflepuffs de primero que se tambalearon, a punto de caerse de culo al suelo. Harry soltó una risita, pero el sonido estaba lleno de amargura. Si eso no había sido un rechazo, no sabía qué otra cosa podría ser. ¿En qué estoy pensando? Se preguntó, volviendo su mirada hacia el lago, ¿y por qué me afecta tanto?
Harry se encontró el día quince de abril caminando hacia la enfermería. No lo había planeado, sus pies, aparentemente desconectados de su cerebro, le habían conducido hacia las puertas dobles de madera y ahí le dejaron para que, esta vez sí, su cabeza decidiera si quería o no quería seguir con la terapia. Por un parte, la desconfianza seguía ahí, y ningún argumento que Draco pudiera darle iba a cambiar eso, pero por otra, estaba cansado de sentirse derrotado. Las sesiones habían llegado a asustarle en algunos momentos, le hacían sentirse vulnerable, pero también había pasado buenos ratos y las cosas parecían haber mejorado. Esa loca mujer había salvado la relación de sus amigos, había ayudado a Justin a dejar de estar asustado, había hecho de Lavender una mejor persona, había abierto a Luna al mundo, había dado confianza a Hannah y traído de vuelta al viejo Neville, ese que disfrutaba de charlar con sus amigos, e incluso había hecho milagros con Pansy, que había dejado de actuar tan prepotentemente aunque sólo en ocasiones, cuando tenía la guardia baja. Merlín, había conseguido que dos enemigos jurados se convirtieran en amigos… Si había ayudado a tanta gente, ¿no podría ayudarle a él también?
Respiró hondo, con miedo. No sabía qué esperar de esa sesión, no tenía verdadera idea de en qué punto estaban sus compañeros a pesar de que Draco y Hermione le solían relatar todo lo que pasaba, cada uno desde su peculiar punto de vista. Alargó los brazos y empujó, haciendo que las puertas se abrieran lentamente, con pereza y esfuerzo. Cuando las hubo abierto lo suficiente, se dio cuenta de que había llamado la atención del pequeño grupo de personas que estaba ahí reunido. No eran sus compañeros de terapia y se dio cuenta en ese momento de que, de hecho, llegaba cinco minutos antes de la hora.
Aimée le miró por unos segundos, poniéndole todavía más incómodo que el súbito silencio que había en el grupo. No los conocía, eran bastante más pequeños que él, de tercero como mucho. Le dio un poco de pena imaginar a esos críos viviendo todo un año de horror y se preguntó cómo era posible que hubieran vuelto, de dónde habían sacado el valor para hacerlo. Finalmente, la psicomaga le sonrió alegremente y volvió a su grupo.
—Chicos, hemos terminado por hoy. Por favor, recordad traerme ese dibujo.
Harry se hizo a un lado cuando el pequeño grupo empezó a desfilar por las puertas, unos detrás de los otros, hablando en parejas o caminando solos, perdidos en sus pensamientos. Había demasiada seriedad en sus rostros, a Harry no le gustó.
—Es un poco triste, ¿verdad? —Harry saltó, sorprendido por la proximidad de la voz. Aimée sonrió indulgentemente—. Es un grupo complicado, los pequeños siempre lo son. Su personalidad no está asentada a tan corta edad y acontecimientos como los del año pasado se arraigan más profundamente en ellos. Pero intento no mirarles con pena, no hay nada que les enfurezca más.
Harry se quedó en silencio, sin saber muy bien qué decir. Tampoco sabía qué hacer y se sentía un poco avergonzado, consciente de que ambos sabían la razón por la que había dejado la terapia. Finalmente miró a Aimée, pidiendo instrucciones. Esperaba que su expresión no fuese tan desesperada como se temía.
—Siéntate, charlemos —invitó la mujer, indicándole una de las familiares sillas blancas de la enfermería—. ¿Qué tal te va con Draco? He oído que os habéis hecho muy amigos.
Harry enarcó las cejas, empezando a sospechar. No era como si lo hubieran mantenido escondido, no tenían nada que ocultar, pero intuía que esa conversación tenía otro fin a parte del interés de Aimée por su más reciente e imprevista amistad.
—Todo va bien, mucho mejor de lo que esperaba.
Aimée asintió.
—Suele pasar… —Se quedó pensativa por unos segundos y luego sonrió nerviosamente—. Harry… No he podido evitar que pensar que hay… Bueno, no quiero ofenderte, pero… —Hizo una pausa, dudosa. Le miró a los ojos, tomó aire y preguntó—: ¿Hay algo más entre vosotros?
Harry abrió la boca varias veces. Al principio de pura sorpresa, pero pronto se encontró con que no sabía cómo contestar. Pensó varias respuestas posibles, pero nada le convencía. No quería mentir y tampoco sabía cómo explicar lo que sentía, lo que Draco le hacía sentir. No sabía qué era, no había sentido algo así antes. Era cálido y le hacía sentirse eufórico, y a veces algo deprimido. Otras veces era puro fuego, quemando su piel y haciendo hervir su sangre y, la mayoría de las veces, era una mezcla de un millón de emociones superpuestas y sinsentido.
—No lo sé —respondió finalmente, un poco sorprendido.
—Harry, ¿te gustan los chicos?
Harry se dio cuenta de la forma en que Aimée había evitado decir "gay", pero no tuvo tiempo de contestar o siquiera pensar en ello cuando se escucharon a las primeras personas llegando a la enfermería. Psicomaga y estudiante giraron la cabeza a la vez, y Harry apartó toda la conversación de su mente cuando vio a Draco entrando, mirándole con una ceja alzada. Esa era su forma de mostrar sorpresa y confusión. El Gryffindor le sonrió y Draco le devolvió la sonrisa. No habían hablado del incidente de aquella tarde de marzo, habían preferido ignorarlo, como siempre.
—Buenos días —saludó el Slytherin amablemente, sentándose al lado de Harry—. ¿Cómo es que has vuelto? —preguntó unos momentos después, cuando vio que Aimée estaba ocupada colocando las sillas.
—No ha sido algo premeditado. Sólo ha pasado.
Se miraron por unos segundos, perdidos en los ojos del otro. Harry quería saber si eso estaba bien para Draco, que no había tenido mucho que hacer desde que se quedó sin pareja y Aimée no quiso ponerle con Pansy. Qué estaba buscando Draco en los suyos, era un misterio para él, pero no le importaba.
Ambos apartaron la mirada cuando escucharon un carraspeo.
Aimée les sonreía traviesamente, encantada ante la aparente conexión entre ellos, pero más personas habían empezado a entrar en la sala así que no era el momento de ahondar más en eso. Harry asintió con la cabeza, agradecido. No tenía ni idea de qué pasaba entre ellos —bueno, puede que tuviese una ligera idea— y no sabía cómo afrontarlo. Merlín, ¿era gay?
Dos minutos después, todo el grupo de terapia había llegado. Nueve alumnos se sentaban en las sillas y Aimée, en uno de los extremos del círculo, les sonreía. Hermione le lanzó una mirada a Harry con la confusión pintada en sus ojos marrones. Sin embargo, no dijo nada, sentándose a su lado serenamente.
—Buenos días, chicos —les saludó la psicomaga, exhibiendo ese entusiasmo suyo tan característico—. ¿Qué tal habéis pasado el fin de semana?
—Yo tengo algo que contar —dijo Hannah, cuando el silencio se alargó un par de segundos—. Yo… Mi madre murió cuando estaba en sexto y desde entonces mi padre… Bueno, él… Se volvió un borracho y yo no podía estar con él todo el tiempo que me hubiese gustado. El caso es que terminamos distanciándonos y… y yo comencé a odiarle —confesó, con la cabeza gacha y las manos apretadas. Harry estaba sorprendido de que estuviera contando algo tan personal, ni siquiera Lavender, de la que se había hecho muy amiga, parecía saber nada de lo que Hannah estaba contando—. Pensaba que era culpa suya. Al principio creí que era mía, pero después… ¿cómo podría serlo si yo había estado en el Colegio? Yo no podía parar a los mortífagos, pero mi padre… Creía que mi padre debería haberla protegido… o muerto con ella —Hannah empezó a llorar y Neville le apretó la mano, tratando de consolarla. Se le veía inquieto, pero decidido a ayudarla. La chica le miró brevemente y continuó—: El sábado recibí… una carta suya. Dice que ha dejado de beber, que lo siente y que sabe que debería haberla salvado, que se odia a sí mismo y que… que quiere verme. Me fui a vivir con mi abuela así que no nos vemos desde hace dos años. Yo… no sé qué hacer. Ya no pienso lo mismo, el dolor no es tan reciente y puedo pensar con claridad, pero… pero no sé si estoy preparada.
Aimée la miró y todos esperaron su respuesta. La psicomaga parecía estar pensando profundamente, analizando todo lo que Hannah le había contado. Finalmente, esbozó una pequeña sonrisa.
—Hay un montón de cosas que podría decirte como tu psicomaga, pero no voy a hablarte como una simple sanadora, voy a hablarte como lo haría con una amiga —dijo, mirándola directamente a los ojos. Exudaba sinceridad—. Pienso que deberías darle una oportunidad, pero sólo en el momento en que estés segura de que puedes hacerlo. Si te quiere y ha cambiado como afirma, esperará a que tú estés preparada, si no… Bueno, si no lo hace ya te ha respondido.
—Pero si no le veo y vuelve a caer en la bebida por mi culpa…
—No, no sería culpa tuya —alegó Aimée, muy seria—. Nada de lo que le pase a tu padre sería culpa tuya. Él debe hacer una elección también. Debe elegir entre la vida que ha llevado desde la muerte de su esposa… o tú. A mis ojos es sencillo, y a los suyos debería serlo. Si no, es que no merece la pena que te preocupes —La dureza de sus palabras sorprendió a todos y a Harry le dio la sensación de que ya no hablaba de Hannah, parecía hablar de una experiencia propia. La curiosidad del Gryffindor se inflamó—. Pero preferiría hablar de esto en privado. Aquí tratamos los temas de la guerra, para lo demás podéis acudir a mí en cualquier momento. No quiere decir que hayas hecho mal —se apresuró a decir cuando vio que Hannah se sentía un poco avergonzada—, me alegro de que estés lo suficientemente cómoda en el grupo para contar algo así. Muchas gracias, Hannah, has sido muy valiente.
La muchacha asintió con una pequeña sonrisa. Neville intentó apartarse, pero Hannah le apretó la mano, manteniéndole a su lado. Harry sonrió al ver el sonrojo de su amigo, feliz por ambos. Cuanto más pensaba en ello, más cosas buenas veía en esa terapia. Quizás… quizás no era tan mala, igual no debía dejarla porque Aimée hubiera cometido un error de juicio.
—Ahora debemos continuar —Con una última sonrisa, la psicomaga revolvió un poco entre la gran cantidad de notas que se acumulaban en su portapapeles y apuntó un par de cosas antes de mirar de nuevo a los chicos—. Hoy la cosa no va a ser demasiado complicada ni nos va a llevar demasiado porque no quiero robaros tiempo de estudio. Realmente me gustaría pasar más tiempo con vosotros, pero Minerva —El reproche y la molestia fueron bastante obvios en su tono— insiste en que debéis estudiar —Sacudió la cabeza y volvió a enfocarse en ellos—. Pero de todas formas debo admitir que vuestros progresos son asombrosos. Nunca había visto un grupo que respondiese tan bien a la terapia. Felicidades —Un estúpido sentimiento de orgullo pareció recorrerles a todos a la vez, plantando tontas sonrisas en sus caras. Hasta Draco sonrió un poco—. ¿Recordáis aquella pregunta que os hice, casi al comienzo de las sesiones? —Se miraron entre ellos, confusos—. Quería saber cuáles eran vuestras aspiraciones, pero sabía que me mentiríais básicamente porque ni vosotros mismos estabais seguros de lo que queríais. Ahora bien, me gustaría volver a plantearla: ¿cuál es vuestro mayor sueño? ¿Qué queréis hacer al salir de aquí?
Justin fue el primero en contestar.
—A mis padres les mataron los mortífagos —escupió a bocajarro, parpadeando furiosamente— y me dejaron mucho dinero. Voy a abrir un centro para ayudar a todas esas personas que han sufrido durante la guerra. Esta terapia me ha ayudado mucho y quiero extender esa ayuda a los demás. Me convertiré en psicomago y abriré ese centro. Lo tengo decidido.
Su determinación era tal, que Harry pudo sentirla dentro de sí mismo. No era el mismo Justin que había visto en septiembre, era uno mucho más maduro, más decidido y centrado. Valiente. Ya no se encogía ni temblaba aunque seguían sin gustarle los desconocidos.
Sus palabras le dieron ánimos a los demás.
—Yo voy a conseguir un puesto en el Departamento de Ley Mágica Internacional —intervino Hermione, con el ceño fruncido y las manos apretadas en el regazo. Harry la miró con un poco de sorpresa. Sabía que su amiga había estado pensando en ello, el mismo Ron lo había mencionado durante su confesión, pero también era consciente de que no estaba segura de que trabajar para el Ministerio fuera lo que quería. Su repentina decisión le sorprendió y alegró—. Iré a vivir con Ron y… Bueno, no es seguro, claro, pero un día me gustaría casarme con él —Sonrió soñadoramente, con las mejillas rosas y los ojos brillantes.
—Yo voy a ser auror —soltó Parkinson, con los ojos clavados en su falda. Se escucharon jadeos de sorpresa e incluso alguna maldición. Harry pudo controlar una exclamación, pero su expresión debía decirlo todo—. Ayudaré a atrapar a todos los mortífagos que han convertido mi vida en esto.
Las expectativas de cada uno se sucedieron las unas a las otras de forma frenética, como si alguien hubiera echado abajo el enorme muro que mantenía todos sus sueños bien sujetos y encerrados. De pronto todos reían y comentaban las aspiraciones de los otros, daban consejos y se burlaban amistosamente, como si fueran amigos cercanos. Harry no participaba, observando con incredulidad el espectáculo que se desarrollaba a su alrededor. Las cosas parecían haber cambiado mucho en esos dos meses que había estado ausente y esa unidad entre todos le hizo sentir marginado, solo. Entonces, Draco se giró hacia él, sonriendo con más comprensión de la que Harry era capaz de admitir sin sentirse demasiado incómodo. Se removió en la silla, apartando la mirada.
—¿Cuál es tu sueño, Harry?
El suave aliento de Draco sobre su oído le hizo estremecer, lanzando un latigazo de placer por todo su cuerpo. No tenía ni idea de que algo tan sencillo como una simple respiración pudiera hacer eso y, asustado, se apartó un poco. Estoy más jodido de lo que creía, pensó. Mierda, mierda, mierda. ¿Le gustaba Draco? ¿Era eso lo que reptaba por su pecho y hacía que su estómago se retorciera? Merlín, ¿qué estaba mal con él?
—¿Harry?
El muchacho no tuvo tiempo de contestar al susurro preocupado de Draco porque Aimée, riendo y aplaudiendo con entusiasmo, llamó la atención de todos. Parecía contenta, llena de satisfacción, y Harry supo que en ese momento la psicomaga estaba recibiendo su recompensa por el trabajo. Sus métodos podían no ser los mejores, pero desde luego eran efectivos. Pura Slytherin.
—Bien, bien. No sabéis cuánto me alegro de que esto esté sucediendo —Parpadeó repetidas veces, emocionada—. No quiero robaros más tiempo —Harry miró su reloj, sorprendido de que no le recorriera un estremecimiento de dolor al pensar en que había pertenecido a un Weasley, muerto en la guerra al igual que Fred, comprobando que había pasado más de media hora sin que se hubieran dado cuenta—. Os voy a dar una tarea para este mes, la última —Sonrió con tristeza y la expresión se reflejó en el rostro de casi todos—. Debéis confiar en el otro. En vuestra pareja. Mostradle vuestro mayor miedo e intentad superarlo junto a vuestro compañero. No será sencillo, pero confío en vosotros. Pansy, sé que no tienes pareja, pero no tienes que hacer esto. Compartiste un secreto con alguien ajeno a tu Casa, no te voy a pedir más por ahora a menos que quieras hacerlo por tu cuenta —La muchacha asintió con expresión aliviada y Harry se preguntó si se lo habría dicho ella o si Aimée lo habría descubierto por su cuenta—. Bien, entonces, nos veremos el mes que viene. ¡Estudiad mucho!
Los chicos fueron dejando la enfermería lentamente, con pereza. Se dispersaron en el pasillo de tal manera que, al final, Draco y él se quedaron solos. Hermione se despidió de ellos en la esquina, alegando que debía ir a la biblioteca a estudiar, aprovechando que no tendrían más clases esa mañana. Les lanzó una mirada de reproche, recordándoles que deberían estar haciendo lo mismo que ella, y desapareció en la esquina.
—Por mucho que me duela —comentó Draco, dirigiéndose a las escaleras que llevaban al vestíbulo—, Granger tiene razón: debería estudiar.
Harry asintió, pero perdido en sus pensamientos. Confiar en el otro. Mostrar sus miedos. Harry sabía muy bien cuál era ese miedo que le perseguía en sus pesadillas. Era ese claro, ese relámpago verde encontrándose con su pecho, llevándole hasta Dumbledore, hasta ese limbo en donde todo podría haber acabado. En donde, por primera vez, pudo elegir.
Su expresión hizo que Draco se detuviera y enarcara una ceja, preguntando sin decir ni una palabra. Harry le miró, sopesando sus opciones. El Slytherin no dijo nada, sólo le miró con esos ojos plata que últimamente le llevaban de cabeza, y frunciendo los labios de una forma que a Harry se le antojó seductora. No sabía de dónde venían esos pensamientos, pero ahí estaban. Draco se había convertido en una parte importante de su vida y le había contado cosas que pocos sabían. En unos meses había pasado de ser su enemigo jurado a uno de sus mejores amigos. Aún recordaba su expresión de vulnerabilidad cuando había hablado sobre la capacidad de sanación de las lagartijas, deseando poder sanar con la misma facilidad. Sí, habían compartido un millón de cosas, pero, ¿podía confiar en Draco Malfoy? La respuesta llegó con facilidad, deslizándose por su mente sin obstáculos. Brutalmente sincera. Sí, podía hacerlo.
—Acompáñame.
El Bosque Prohibido le parecía excepcionalmente oscuro e intimidante, sobre todo porque nada debería parecer tan amenazante bajo el brillante sol que relucía esa tarde de abril. El aire seguía siendo frío, sin embargo, y hacía que el viento susurrase entre los árboles y arrancase gemidos estrangulados al pasar entre las ramas. Ambos chicos se estremecieron y se miraron entre sí.
Harry les había guiado al principio, pero pronto tuvo que ser Draco quien abriese la marcha después de sonsacarle a su compañero cuál era su destino. Se detuvieron en la linde, observando la silueta de los árboles y los helechos con nerviosismo. Harry sintió los ojos del otro chico clavados en su rostro, pero se negó a apartar la vista del Bosque. Tomó una respiración profunda y echó a andar, intentando recordar el camino. Pero no tenía nada de qué preocuparse. A pesar de que en su momento no había estado pensando realmente en la dirección que tomaba, su cerebro sí parecía haber registrado sus últimos momentos, frenético por atesorar cada detalle de su alrededor que, creyó, serían los últimos que vería.
Caminaron por un tiempo indefinido, en silencio. Draco no preguntó nada, intuyendo que el momento era demasiado solemne e importante como para romperlo con su voz. Se movieron entre la maleza sin grandes dificultades, pero con sus terminaciones nerviosas al límite, enviando escalofríos por sus columnas. Harry tragó saliva audiblemente al llegar a una zona que sabía que estaba cerca del claro y se detuvo segundos después, echando el primer vistazo a una pequeña área totalmente despejada.
—No tenemos que hacer esto —susurró Draco, poniéndole una mano en el hombro y sonando preocupado. Harry tembló y se encogió un poco, aceptando con alivio el apoyo de su amigo—. Podemos volver. De verdad.
Harry se sintió tentado, pero sacudió la cabeza. Necesitaba hacer eso. Tenía que enfrentarse a ese miedo que le atenazaba el estómago y le hacía sentir patético y enfermo. Quería dejar de sentirse así porque era casi como si una parte de Voldemort todavía anidase dentro de él. No podría zafarse de esa monstruosidad que le nublaba el juicio y poblaba sus pesadillas hasta que no diese diez pasos y entrase en ese claro. Sólo diez pasos. Diez pasos y sería libre de verdad.
—Vamos —murmuró, volviendo a ponerse en movimiento.
Draco le siguió, pero no parecía muy convencido. Su mano desapareció y Harry sintió un escalofrío. Le hubiese gustado que no se apartase, que siguiera tocándole, dándole apoyo. ¿Pasaría algo si alargaba la mano y entrelazaba sus dedos? La simple idea le hizo sentir como una chica, pero no podía desterrar del todo la necesidad a pesar de intentarlo.
Dar el último paso le resultó imposible. Su respiración era errática a esas alturas, como si hubiera corrido una maratón, y el corazón golpeaba contra su caja torácica frenéticamente, produciendo una serie de dolorosos pinchazos. El sudor caía por su frente y se deslizaba por su espalda, haciéndole estremecer. Podía ver de nuevo la hoguera encendida, arrancando destellos inquietantes y aterradores de los ojos rojos de Voldemort. Olía el Bosque a su alrededor y recordaba a los mortífagos moviéndose nerviosamente, rodeando a su señor. Hagrid estaba acurrucado en un árbol y la silueta fantasmal de sus padres, Remus y Sirius terminaba de desaparecer mientras la piedra se deslizaba por sus dedos, cayendo sobre la hierba silenciosamente. La guerra había vuelto y todo era caos y sangre y muerte. Su muerte. Toda la paz había sido soñada, ¿en qué mundo él y Draco Malfoy eran amigos? Sólo estaba delirando, aterrorizado por llegar al fin de su vida.
Y entonces…
Una mano se posó en su hombro y apretó. Una voz le llamó a lo lejos y, parpadeando furiosamente, todo el escenario se difuminó y desapareció ante los ojos de Harry. En su lugar, el rostro de Draco reflejaba pura preocupación e incluso un tinte de miedo. Harry enfocó la vista, sorprendido, antes de volver a cerrar los ojos con fuerza, temiendo no poder distinguir lo que era real de lo que no. ¿Estaba en el Bosque Prohibido con Draco o con Voldemort? ¿Había muerto? ¿Era eso lo que pasaba?
—Harry. Eh, Harry, escúchame.
Estaba muy cerca y Harry estuvo casi seguro de que no podía estar imaginando dos manos fuertes y de dedos largos aferrados a sus hombros, el aliento cálido sobre sus labios y el sabor a menta deslizándose por su lengua. Las manos subieron por sus hombros y se cerraron alrededor de sus mejillas, acunando su cara. No, definitivamente no podía estar creándolo su mente, no tenía tanta imaginación.
—Harry, reacciona. Todo está bien. Todo terminó. V-Voldemort —Fue un desliz pequeño, pero Harry lo notó—, está muerto. Todo terminó. Todo está bien. Estoy contigo. Estoy contigo.
Harry jadeó temblorosamente, sintiendo ganas de llorar. Se controló, pero por muy poco. Se concentró en la voz suave que seguía murmurando casi contra sus labios. Abrió los ojos lentamente, con el miedo y la esperanza entremezclados. El rostro temeroso de Draco le recibió. Sus ojos estaban imposiblemente abiertos y tan cerca que Harry no tuvo que esforzarse para ver las líneas azules que nunca había podido apreciar en los iris plata. Un nuevo detalle que se añadía al enorme puzle que era Draco Malfoy, con sus sonrisas ladeadas y su pelo rubio siempre perfectamente colocado; su humor ácido y sus respuestas mordaces; su rostro pálido y carente de emoción, excepto cuando Harry se burlaba de él por usar acondicionador y mascarilla para el pelo o cuando hacía o decía alguna estupidez, arrancándole una carcajada que le hacía echar la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello blanco y totalmente sugerente.
Harry deseó besarle. Draco lo deseó también.
Y ambos sucumbieron.
Harry no supo lo mucho que había deseado hacer eso hasta que sus labios se encontraron. Los dos cerraron los ojos a la vez, perdiéndose en la sensación de sus bocas unidas. Millones de emociones se fundieron y mezclaron en ese beso, llenándoles de tal forma que Harry no pudo controlar un gemido. El corazón le palpitaba en los oídos y sentía las mejillas calientes, todavía bajo las manos de Draco. Subió sus propias manos, agarrándose a los brazos del Slytherin en un intento por no caer de rodillas patéticamente porque sentía sus piernas temblar. Se apretó contra él y pasó la lengua por el labio inferior de Draco. El joven apretó su agarre y ambos gimieron cuando sus lenguas se encontraron por primera vez. Harry supuso que debería sentirse mal, creer que lo que hacían era incorrecto, pero no podía pensar en nada más que en sus bocas unidas, sus lenguas luchando en un beso frenético y apasionado, deseando más que eso, deseándolo todo.
Harry fue el primero en romper el beso, jadeando todavía aferrado firmemente a Draco. No abrió los ojos, perdido en la fantasmal sensación de los labios del otro sobre los suyos. Se había olvidado completamente de que estaban en el claro que tanto le había aterrorizado, ya ni siquiera le importaba, sólo quería sentir esos labios de nuevo sobre los suyos.
—Harry…
Harry abrió los ojos al escuchar el susurro necesitado de Draco. Parpadeó, intentando enfocar la vista, un poco mareado por todas las emociones que revoloteaban en su estómago. Se encontró con la sonrisa pequeña que el Slytherin esbozaba siempre que estaba nervioso. Eso le puso nervioso a él también. Merlín, ¿qué acababan de hacer?
—Yo… —No supo cómo continuar así que calló, esperando a que Draco dijera algo.
—Me ha gustado —soltó el Slytherin, demostrando una valentía con la que supuestamente no debería contar—. Y quiero hacerlo de nuevo.
Harry sintió que se derretía.
Sintiéndose feliz, nervioso y un poco como una quinceañera enamorada, Harry acercó sus rostros y fundió sus labios con los de Draco una vez más, sintiendo que podría quedarse ahí por el resto de su vida.
¿Qué puedo decir? Soy una romántica sin remedio y no he podido resistirme. Espero que os haya gustado.
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