Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimo de lucro.

N/A: ¡Hooolaaa! Oh, sí, puedo sentir vuestro odio rezumando a través de la pantalla. En fin, lo siento mucho. Merezco una buena sesión de tortura por la cantidad de tiempo que os he dejado a UN capítulo del final, pero me han surgido algunos problemas personales que aún estoy tratando de superar. Sin embargo, las musas han sido bondadosas y me han permitido terminar esto. Espero que os guste y la espera haya merecido la pena.


Sesión 6:

Perdonar y perdonarse

Siempre hay un poco de locura en el amor. Pero siempre hay también un poco de razón en la locura.

—Nietzsche.

Draco se separó de Harry varios minutos después. Sin aliento y con la cara roja por una mezcla de excitación y vergüenza por su entusiasmo, le miró a los ojos buscando en esos orbes esmeraldas miedo o rechazo. Sabía que era un poco estúpido sentirse inseguro sobre los sentimientos de Harry después de los besos que acababan de compartir, pero no pudo evitarlo. Sin embargo, el Gryffindor parecía tan abrumado como él.

Draco se sentía un poco confuso. Estaba excitado, feliz, un poco asustado y bastante desconcertado. No tenía ni idea de cómo habían terminado así. Lo único de lo que estaba seguro era de que no se arrepentía.

—¿Cuándo…? —comenzó Harry, pero se detuvo para aclararse la garganta. Draco tragó saliva, sintiendo que su cuerpo respondía a la voz ronca del otro chico—. ¿Cuándo empezaste a…? Quiero decir que…

—No lo sé —le cortó Draco, sonriendo ligeramente ante los balbuceos de Harry—. Sólo… pensé que lo necesitabas.

Se miraron por un rato más, incapaces de decir nada. Sus respiraciones se fueron normalizando poco a poco y el latido de sus corazones, aunque todavía algo acelerados, también terminaron calmándose. Draco no sabía qué decir o hacer a continuación. Sólo había besado a Pansy antes y la situación era diametralmente distinta. Este era Harry Potter. Harry Potter de entre todas las personas.

Draco pensó en la pregunta de Harry. ¿Cuándo había comenzado esto? Su mente viajó hacia la última Navidad. Había esperado pasarla solo, aislado del resto del mundo y sintiéndose miserable. Pero Harry había aparecido de pronto. Se lo había encontrado borracho como una cuba en mitad del pasillo del séptimo piso y, cuando la idea de chivarse le había pasado por la cabeza, su conciencia le había gritado que fue en ese mismo lugar en donde Harry le había salvado la vida. Así que le cargó. Le sacó de ahí intentando no pensar en lo cerca que estaban sus cuerpos o en lo bien que olía el estúpido nido de pájaros que era su pelo.

Sí, probablemente ahí había empezado todo.

De pronto, se habían convertido en algo más. Harry estaba en la enfermería y él había preferido ir a hacerle compañía que revolcarse en su soledad. Habría sido pasmosamente fácil dejarse vencer por el orgullo, pero después de una guerra y todo lo que ello conllevaba, Draco estaba empezando a cansarse de la soledad. Y poco a poco, Harry había empezado a gustarle como persona. No en un sentido romántico, sino siendo él mismo. Pasó de ser el jodido Potter al jodido, divertido y adorablemente ingenuo Potter.

Era como la pieza del rompecabezas que siempre le había faltado. Una parte de un todo que siempre había estado incompleto. Draco se sentía como la persona más cursi y romanticona del mundo sólo de pensarlo, pero de alguna forma sentía que era lo correcto. Que ellos, Harry Potter y Draco Malfoy, eran perfectos juntos. Él no creía en las almas gemelas, pero no encontraba un término mejor para definir lo que Harry era para él.

—Deberíamos volver —dijo Draco, minutos después.

Harry asintió, pero no se movió ni un ápice y Draco tampoco. Se miraron por unos segundos, sintiéndose reacios a alejarse y volver al castillo. El claro parecía haber dejado de afectar a Harry, que se mostraba sereno y sonriente. Por primera vez en su vida, Draco se sintió orgulloso de sí mismo. Un orgullo sincero y sin mácula.

Entonces, Harry se puso serio y se apartó un poco.

—¿Ocurre algo? —preguntó el Slytherin, nervioso.

No tenía muy claro en qué punto de su relación les dejaba ese beso. No sabía si seguían siendo amigos, novios o qué. No tenía ni idea de nada y la incertidumbre le atenazó las entrañas por primera vez en todo ese tiempo.

—Yo… Es este sitio —dijo Harry, mirando a su alrededor. Draco se maldijo, sintiéndose tonto por creer que su sola presencia mitigaría los miedos del otro chico—. Aquí morí.

Draco frunció el ceño, un poco confuso. Había escuchado esa historia antes (era un rumor extendido por el castillo), pero siempre había creído que era un añadido a la leyenda de Harry Potter, no un hecho veraz. Sin embargo, observando la expresión del Gryffindor y conociéndole como le conocía, no podía negar que él jamás mentiría sobre algo así. Además, su miedo parecía demasiado real, casi tangible. No podía ser una invención o una treta. Sencillamente no cuadraba con su carácter.

—¿Moriste? —inquirió, para asegurarse.

Harry asintió y le miró a los ojos. Draco controló un estremecimiento cuando sus ojos grises se encontraron con la mirada torturada de Harry. Era desgarrador, pero también un alivio saber que también podía sentir miedo. A veces, Draco dudaba que Harry fuese una persona real, alguien como el resto. Sin embargo, no parecía un gran héroe mientras se encogía como un niño. Parecía un ser humano.

—Él me mató. Estaba dentro de mí y la única forma de sacarle era dejando que me matara. Caminé hasta aquí sabiendo que no viviría. Estaba seguro de ello —explicó, sacudiendo la cabeza—. Pero tardé demasiado en enterarme —añadió, mirando sus pies y apretando las manos en puños—. Fui demasiado lento y demasiadas personas murieron. Todo fue culpa mía, ¿entiendes? Si yo hubiera hecho algo más. Si hubiera comprendido antes…

—Detente —le cortó Draco, sintiendo que la ira hervía en su interior—. Para ahora mismo. ¿Cómo puedes ser tan estúpido? Sin ti no estaríamos aquí, Harry. Sin ti todo esto se habría ido a la mierda.

—Sin mí todo esto no habría pasado. Voldemort no…

—¿Te culpas por haber nacido? —inquirió, estupefacto—. Si es así, entonces eres mucho más idiota de lo que creía.

—Draco, no es momento para…

Draco no le dejó terminar. No quería seguir escuchando sandeces. Salvó el poco espacio que había entre ellos y cerró sus manos alrededor de los brazos de Harry. Acercándose todo lo posible, pegando sus cuerpos hasta que sus límites fueron inciertos y sus respiraciones se mezclaron, Draco atrapó la mirada de Harry y dejó que todo su enfado corriera sin barreras.

—No es una broma ni una pulla, Harry. Es la jodida verdad. Porque nada de esto sería posible sin ti. Ni lo malo —Le apretó un poco más cuando vio que iba a intervenir, silenciándole— ni lo bueno. Sin ti, yo seguiría siendo un niño estúpido y petulante que es incapaz de vivir sin sus padres. No sabría nada. No me habría encontrado a mí mismo. No he tomado buenas decisiones en mi vida, Harry, pero al menos podré vivir sabiendo que, cuando tuve la oportunidad, elegí salvar tu vida, la más importante en esta guerra.

—Había más…

—Lo sé. Sé que hubo más vidas —le interrumpió una vez más, irritado—. Todavía recuerdo el aspecto del Gran Comedor, Harry, y los cuerpos tirados en los pasillos y los jardines. Los veo cada noche. Cada vez que cierro los ojos están ahí y no puedo evitar preguntarme cuántos de ellos fueron víctimas de mis padres. Pero tú sobreviviste. Tú volviste de la muerte, si es cierto lo que dices, y te enfrentaste a Voldemort una vez más —Esta vez, Draco pudo controlar su voz al decir el maldito nombre—. No digo que seas el único héroe en esta guerra, Harry, pero está claro que has sido la pieza clave. Todos te debemos la vida. Yo te debo la vida y creo que nunca te lo he agradecido adecuadamente así que gracias. Gracias por ser un valiente y tremendamente gilipollas Gryffindor.

Había sido el discurso más largo de su vida, pero Draco no se paró a pensar en la de cosas vergonzosas que había admitido y que nunca le había contado a nadie, sino que acunó el rostro de Harry una vez más y volvió a besarle. Esta vez, su beso fue más suave, más lento, como una caricia. Harry se aferró a él y a Draco le dio la sensación de que estaba agradecido. Parecía más ligero, ingrávido, como si se hubiera quitado un peso de encima. Sin embargo, no era tan optimista como para creer que toda la culpa de Harry había sido lavada. Probablemente nunca desaparecería.

—Vamos —dijo finalmente, momentos después—. Tenemos que volver.

Harry asintió y, sorprendentemente, le tomó de la mano. Draco no estaba demasiado seguro de qué eran, pero ese pequeño gesto le llenó de una seguridad y un alivio que no recordaba haber sentido nunca. Ambos sabían que el camino no sería fácil —no por nada eran Harry Potter y Draco Malfoy—, pero estaban dispuestos a intentarlo. Draco había jodido muchas cosas a lo largo de su vida, pero deseaba intentar preservar esta. La mano de Harry envolviendo la suya, sus dedos entrelazados, sus cuerpos encontrándose a cada paso, buscando el calor del otro. Las sonrisas cómplices y los besos. Draco lo quería todo y lucharía por tenerlo.


Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.

—El Principito.

Granger tardó semanas en digerirlo. Draco la entendía, no podía pretender que olvidara todo lo que había hecho durante esos años, pero hubiese deseado que dejara de echarle miradas extrañas cada vez que se encontraban. Los murmullos, los dedos señalándole y los rumores se extendieron como la pólvora en pocos días, pero ni Harry ni él les prestaron atención.

La comadreja apareció por ahí la primera semana de mayo, casi echando espuma por la boca. Draco temió por su vida durante unos instantes antes de que Granger y Harry intervinieran. Weasley no se marchó contento, pero sí aplacado. En cualquier caso, Draco sabía que eso era lo mejor que podía esperar. Tampoco a él le interesaba ser amigo de un Weasley, pero lo toleraría porque sabía que era importante para Harry.

Por lo demás, la vida seguía como antes.

Harry y él se encontraban en los pocos momentos en los que podía abandonar la biblioteca, la mayoría de las veces con la mirada acusadora de Granger pegada a sus nucas. También se escapaban a Hogsmeade algunas noches, usando los pasadizos que Harry parecía conocer tan bien. Se besaban y se cogían de la mano, pero todavía no habían definido qué eran. Draco no estaba muy seguro de cómo sentirse al respecto. ¿Eran… novios? Por alguna razón, la palabra no llegaba a abarcar todo lo que Harry significaba para él.

Entretanto, los exámenes y los numerosos deberes llenaban sus mentes. Los ÉXTASIS se acercaban con pasmosa rapidez y la tensión se hacía notar en la sala común de Slytherin. Además, su relación con Harry Potter, la razón por la que muchos de sus compañeros lo habían perdido todo, no sentó demasiado bien. Incluso Pansy le trataba de forma diferente.

—¿Vas a contarme qué es eso que tanto te molesta o seguirás de morros? —espetó Draco una noche, mientras ojeaba la última edición de El Profeta.

Pansy hizo un sonido estrangulado y se removió un poco en el sillón de cuero negro. La sala común estaba prácticamente vacía. Mientras los alumnos de quinto y séptimo apuraban hasta el más mínimo segundo en la biblioteca, los demás dividían su tiempo entre estudiar para sus exámenes —de manera mucho más relajada— y salir a los jardines a pasear y divertirse. Por lo tanto, Pansy y él habían disfrutado de los mejores asientos de la sala común con más frecuencia de la habitual, aunque la mayoría de las veces se dedicaban a repasar lo que habían estudiado en la biblioteca.

Al no escuchar una respuesta, Draco suspiró y bajó el periódico, dejándolo a un lado con elegancia. Cruzó las piernas y apoyó la cabeza en su puño cerrado, lanzándole una mirada inquisitiva a Pansy. La muchacha se atusó el flequillo nerviosamente, pero cuadró los hombros y se enfrentó a sus ojos grises.

—No me gusta —declaró sencillamente.

Draco se tragó un nuevo suspiro intentando ser paciente.

—¿Qué no te gusta? —preguntó, a pesar de saber perfectamente a qué se refería su amiga.

—Potter. No me gusta lo que te traes con Potter.

Se miraron durante unos segundos, tanteando al otro. Se conocían desde lo que parecía un millar de años. Había crecido y vivido juntos desde hacía muchísimo tiempo y se conocían mejor que nadie. Pansy fue su primer beso y, por un tiempo, pensó que la quería. Sin embargo, Draco estaba seguro de que sólo había sido un amor fraternal, pues para él Pansy se había convertido en eso, en una hermana. Sentía una ternura infinita por ella aunque jamás se lo diría.

—¿Qué me traigo con él, según tú? —Se irguió en el asiento y entrelazó los dedos en el regazo.

—No lo sé. Dímelo tú —Pansy también se puso recta, pero cruzó los brazos en actitud defensiva. Su nariz estaba arrugada y le daba un aspecto graciosamente porcino. Draco pensó que era mejor no señalarlo—. ¿Qué sois? ¿Novios? —continuó burlonamente.

—Creo que sí —contestó de todas formas, sin poder controlar cierto rubor. La idea todavía le parecía extraña—. No hemos hablado de eso.

—Ah. Muy bien. Perfecto —Su tono sarcástico no lograba enmascarar del todo cierta amargura—. Felicidades, Draco. Eres la puta de Potter. Tu padre habría estado muy orgulloso.

Sus palabras se clavaron como puñales en el corazón de Draco. Sabía perfectamente lo que todos pensaban, lo que todos murmuraban con burla cuando él pasaba, pero a él le importaba una mierda. Había vivido condicionado por lo que los demás dirían de él, por lo que su padre pensaría, y había decidido que no quería seguir así. Pero Pansy le importaba. Él quería a Pansy aunque jamás se lo hubiera dicho. Entre ellos no era necesario. Un Slytherin no necesita decir que quiere a alguien, sencillamente lo demuestra con acciones sutiles, pequeños gestos y cruces de miradas. Pansy y él tenían un lenguaje y nunca habían necesitado más. Por eso, nunca hubiese esperado eso de ella.

La ira y el dolor burbujeaban en su sangre. Hubiese deseado levantarse y cruzarle la cara a Pansy de una bofetada para después aovillarse en un rincón y llorar, pero no lo hizo. Por supuesto que no. Era un adulto y un Malfoy. Además, él jamás le haría daño a Pansy. Sin embargo, sus ojos ardían con llamas grises que se dirigían hacia la muchacha. Deseaba decir algo, cualquier cosa que la hiriera, pero su lengua estaba como dormida, inerte.

Pansy parecía horrorizada. Se había tapado la boca con las manos y le miraba con arrepentimiento y culpa. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Sabía perfectamente que había cruzado la línea, que le había herido.

—Lo siento, Draco. Yo no… Yo no quería… Lo siento. Lo siento mucho.

Draco inhaló hondo, tratando de calmarse. La ira iba desapareciendo, ahogándose en el dolor. Era por eso que Draco nunca se había permitido querer a nadie. Si quieres, sufres. Su padre se lo había dicho infinidad de veces. Por amor a sus padres había estado a punto de asesinar al profesor Dumbledore y era su amor por Pansy lo que le laceraba el corazón en ese momento. ¿Sería así con Harry? ¿Terminaría destrozado por él? ¿Iba a arriesgarse a seguir sufriendo por lo que fuera que tenían? El sí que hasta entonces había sonado tan claro y contundente en su mente, se tambaleó.

—Está bien, Pansy. Déjalo —dijo finalmente, una vez que hubo recuperado la compostura.

Se levantó del sillón con gracilidad, contento porque no le temblaran las piernas y su voz hubiera sonado fuerte y clara, sin rastro de dolor. Quería alejarse de ella.

—No, no está bien —repuso ella, siguiéndole por la sala común. Las pocas personas que había se giraron a mirarlos con perezosa curiosidad antes de volver a lo que estaban haciendo—. Lo siento. No debería haberlo dicho así. No quería decir eso.

—Querías decirlo, Pansy. Es lo que piensas.

—¡No! —Ya habían terminado de bajar el tramo de escaleras que llevaban a las habitaciones de los chicos y se dirigían a la habitación de Draco. Ya que no quedaba ningún otro chico de su año, Draco ya la consideraba como suya—. Por favor, Draco. Lo siento. Yo…

—Pansy, déjalo. No me apetece escucharte ahora.

La muchacha resopló detrás de él y no le dejó cerrar la puerta de la habitación, frustrando su intento de dejarla fuera. Entonces, una vez dentro de la habitación, Pansy dejó de disculparse y observó las camas perfectamente hechas y vacías. No había un baúl al pie de cada cama, ni ropa tirada de cualquier manera, ni el olor fuerte que caracteriza una habitación llena de adolescentes. Sólo una nada terrible, un vacío que ya no se podría llenar.

Se quedaron en silencio por unos segundos, olvidando la discusión. Draco parpadeó rápidamente intentando luchar contra las lágrimas. A su lado, Pansy no se contuvo y una lágrima se deslizó por su mejilla hasta perderse en la curva de su mandíbula.

—Se han ido —murmuró con la voz rota.

Draco olvidó que estaba enfadado con ella y envolvió su mano con delicadeza. De pronto, la discusión le pareció estúpida. Sabía que Pansy sólo estaba asustada de que Draco la dejara de lado y, probablemente, también un poco celosa. Sólo quedaban ellos dos y no tenía sentido discutir.

—Sí, sólo quedamos nosotros —dijo, apretándole la mano.

—¿Pero por cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que decidas que prefieres pasar el tiempo con Potter, Granger y Weasley? —escupió, confirmando las sospechas del muchacho.

Draco rió sin poder contenerse.

—¿Con Granger y Weasley? Pansy, por favor, no me insultes.

La muchacha le lanzó una mirada airada y le dio un puñetazo nada amistoso en el hombro. Draco rió más a pesar de que había dolido y le sacó la lengua como cuando eran niños. Eso arrancó una sonrisa a Pansy aunque a regañadientes.

—Hablo en serio —murmuró, atusándose el flequillo y bajando la mirada, incómoda.

—Lo sé, pero estás siendo estúpida. No te cambiaría por ellos, Pan —Utilizó el diminutivo a conciencia, sabiendo que conseguiría hacerla sonreír. No se equivocaba—. De hecho, te voy a necesitar para hacerle la vida imposible a Weasley.

Pansy soltó una risita y en sus ojos brilló la malicia.

—Cuando quieras.


Las tres cosas más difíciles en esta vida son: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo.

—Benjamin Franklin

El quince de mayo Draco subía las escaleras de las mazmorras dirigiéndose hacia su última sesión de terapia, que empezaría en cinco minutos, completamente solo. Pansy había salido al pueblo con un chico, y Harry estaba en la biblioteca con Granger repasando para el examen teórico de Defensa Contra las Artes Oscuras que todos tendrían a última hora de la tarde. La muchacha le había invitado a ir con ellos, pero Draco había declinado la oferta a sabiendas de que Granger no disfrutaría de su compañía. Los cuatro se encontrarían en la enfermería a las diez.

Por lo tanto, Draco disfrutaba de su soledad cuando vio algo que confirmó aquello que llevaba sospechando desde hacía varios meses. Mientras se escondía en un nicho de la pared, el aire se convirtió en algo repentinamente pesado, tangible y la magia chisporroteó invisible durante un segundo antes de que una figura conocida apareciera como salida de la nada. Aimée se sacudió la ropa y tosió delicadamente mientras parecía acomodarse a su cuerpo una vez más. Draco sonrió aunque también estaba un poco molesto.

Desde que la terapia había comenzado, Draco se había estado preguntando cómo era capaz la psicomaga de saber cosas que sólo le había contado a algunas personas en confidencia. Le había dado vueltas al asunto durante meses, repasando las conversaciones, buscando algo que se le hubiera escapado, hasta que, por fin, lo vio. Un elemento recurrente en muchos de sus recuerdos del último año.

—Una lagartija, quién lo hubiera pensado —exclamó, saliendo de su escondite dramáticamente. Nunca había podido resistirse a un poco de teatralidad—. Bastante inocente, la verdad.

—¡Draco! —exclamó la mujer, alarmada por un segundo. Después, sonrió ladinamente, asemejándose a una niña traviesa—. ¡Me pillaste! —dijo, soltando una risita infantil.

Draco no sabía muy bien cómo manejar la información que ahora poseía, además de que se sentía inseguro ante esa reacción tan extraña. En vez de parecer nerviosa o alarmada, Aimée le sonreía tan contenta, aceptando su silencio tranquilamente. Era raro, desconcertante.

—Entonces —comenzó finalmente—, ¿así es como recabas información? No es un método muy ortodoxo.

Draco no pudo evitar que cierta admiración se reflejara en su tono.

—Hago lo que puedo para ayudar a los demás, Draco —contestó ella, seria pero relajada—. Creo que tú puedes entender eso, ¿verdad? No somos tan diferentes, tú y yo, aunque yo soy bastante más atractiva.

La boca del muchacho amenazó con rozar el suelo. ¿Acababa de hacer un chiste? Un chiste malo, pero un chiste al fin y al cabo. Draco la observó atentamente, intentando decidir si podrían haberla drogado. ¿Sería un efecto de la transformación? No recordaba a McGonagall siendo especialmente divertida al volver a su forma humana, la verdad.

Su mirada inquisidora y confusa arrancó otra risita de Aimée, que parecía estar pasándoselo en grande.

—Deja de darle vueltas al asunto, querido. Te estallará la cabeza —Se acercó a él en dos pasos largos y le colocó una mano en el hombro. Su rostro estaba teñido de ternura y seguridad—. Soy una animaga registrada así que no tengo nada que temer. Sencillamente, mientras que otros se dedican a lamerse las patas cuando se transforman, yo uso mis capacidades para ayudar a mis pacientes. Sí, he escuchado conversaciones a las que no fui invitada, pero eso me ha permitido conoceros y sanaros —Le sonrió y Draco no pudo seguir estando molesto. Esa mujer parecía haber nacido para lidiar con personas como él—. Sin embargo, no puedo estar en todas partes y tampoco observo aquello que no me hace falta. No soy ninguna pervertida, Draco, puedes estar seguro de ello.

El Slytherin asintió tras unos segundos. Se sentía extrañamente orgulloso de sí mismo por haberlo sospechado y por haberlo descubierto finalmente, aunque hubiese sido una casualidad. Aimée le dedicó una sonrisa de niña que hizo brillar todo el pasillo. Era extravagante en muchos sentidos, Draco podía decirlo, pero lo cierto era que también tenía carisma y hacía que todo el mundo deseara estar con ella. Estaba loca, pero les había ayudado más de lo que ninguno se habría imaginado jamás. Sólo por eso, Draco estuvo dispuesto a guardar su secreto.

Harry y Granger ya estaban en la enfermería cuando Aimée y él llegaron. Harry les lanzó una mirada suspicaz, pero se olvidó de sus sospechas cuando Draco se inclinó para depositar un beso rápido en sus labios. Granger, sentada a su lado, desvió la vista y se sonrojó predeciblemente. El muchacho sabía que pasaría mucho tiempo antes de que se acostumbrara a su presencia.

Los demás llegaron poco a poco, a cuentagotas como el primer día. Parecían reacios a entrar, conscientes de que esa iba a ser una hora difícil. Era la última sesión de terapia y ya todos sentían como si la fueran a echar de menos. Si alguien se lo hubiera dicho a Draco en septiembre, probablemente se habría reído.

Pansy llegó un segundo antes de que la psicomaga comenzara a hablar. Por su sonrisa, Draco podía decir que le había ido bien en su cita.

—¡Buenos días, chicos! —exclamó con entusiasmo mientras la Slytherin se sentaba al lado de Draco—. Sé que hoy tenéis algún que otro examen, pero os pido que os centréis en esta hora de terapia. Hoy vamos a hablar mucho más que otros días. Es la última sesión y quiero que hagáis algo a lo que no os habríais atrevido en septiembre.

El nerviosismo pareció elevarse como en una ola antes de caer sobre todos ellos. Un par de sillas rechinaron cuando sus ocupantes se removieron en el asiento y la tensión fue repentinamente palpable. Draco también sintió esa tensión en el latido acelerado de su corazón. Había algo de miedo dentro de él, pero su rostro permaneció impasible. A su lado, Harry suspiró con resignación.

—Quiero que me contéis lo que pasó el día de la Batalla. Todos estabais aquí y todos tenéis una versión sobre esa noche.

Draco sintió todos sus músculos contraerse. Su corazón se saltó un latido antes de empezar a latir frenéticamente y un nudo de puro miedo se apretó en su estómago. Repentinamente, la Marca Tenebrosa hormigueó y ardió. Era como volver a esos días en los que la calma antes de la tormenta llenaba sus sueños de pesadillas, y cuando la tormenta por fin llegó, Draco hubiese deseado no haber nacido nunca. Recordaba esos días, recordaba ese día.

—Había… Había muchos de ellos —Lavender fue la primera en hablar aunque su voz no se elevaba por encima del volumen de un suspiro—. Los mortífagos estaban por todas partes y los hechizos volaban de un lado al otro. Creo que… Creo que por un momento… pensé que… que era incluso bonito. Todos esos co-colores —La voz le temblaba desgarradoramente y Draco se encontró casi incapaz de seguir mirándola, de seguir escuchando—. Y la gente… Había personas en el suelo y… un niño. Se había quedado atrás y lloraba. Me acerqué a él, estaba a punto de llegar a su lado cuando… cuando…

Lavender enterró la cabeza en las manos y sollozó. Era un sonido terrible, que hizo que los ojos de todos se humedecieran. Draco no necesitaba saber el final de su historia. Él también había visto el cadáver de un par de niños mientras corría por los pasillos. Probablemente, se habían rezagado o habían querido quedarse por alguna razón estúpida. Draco nunca se lo había preguntado porque se negaba a pararse a pensar en los detalles de aquella noche.

La muchacha no pudo continuar, pero Aimée tampoco la presionó. Estaba inusualmente silenciosa, esperando. Draco no pensaba hablar. Creía que había superado esa fase, pero aparentemente tendría que volver a su actitud de negación. No veía de qué iba a servir relatar lo que pasó aquella noche. Todos lo habían visto y vivido, no era necesario que recordaran el humo, los muertos, la lucha... y la voz de Voldemort en sus cabezas.

Sin embargo, no todos pensaban lo mismo que él. Justin fue el siguiente en contar su historia, que no difería mucho de la de Lavender. Así, unos detrás de otros, fueron hablando de aquello que recordaban hasta que no podían seguir. Entonces, le llegó el turno a Harry.

—Yo… —Harry miró a su alrededor y clavó sus ojos verdes en los de todos. Parecía perdido, desesperado y asustado. Draco no recordaba haberle visto así alguna vez, ni siquiera en el claro del Bosque Prohibido—. Yo… Lo siento. Lo siento mucho —dijo finalmente, bajando la cabeza—. Lo siento. Todo esto… Todo lo que habéis contado fue por mi culpa. Debí darme más prisa, debí haber ido al encuentro de Voldemort antes y no dejar que tanta gente muriera. Lo siento mucho.

Draco estaba a punto de levantarse, de tomar a Harry en sus brazos y sacarle de ahí para darle la paliza que se merecía. ¿Cómo alguien podía ser tan condenadamente estúpido? Sin embargo, Pansy se adelantó a él y, rápida como una gacela, envolvió sus manos alrededor de las solapas de la túnica de Harry y le obligó a levantarse.

—No te atrevas, mequetrefe inútil —escupió, iracunda—. Fui yo la que dijo que te entregaras y no me hiciste ni puto caso. No te atrevas ahora a venir aquí y hacerte la víctima.

—Yo no…

—¡Sí, lo haces! ¡Vienes aquí y lloriqueas pidiendo perdón! ¡Tus putas disculpas no nos van a devolver a nadie! Así que deja de ser tan débil, tan egocéntrico, porque lo que pasó fue culpa de Voldemort y tú no puedes llevarte el mérito.

Harry pareció despertar de un trance ante esas palabras. Draco estaba a punto de levantarse y terminar con la pelea, ya que nadie parecía dispuesto, pero Aimée le detuvo con una firme mirada.

—¿El mérito? ¿Crees que a Voldemort deberían darle una medalla? —gritó fuera de sí.

—¡No, soberano gilipollas, deja de entenderlo todo al revés! Voldemort destruyó todo lo que conocía, todo lo que era seguro para mí. Ha destruido a mi familia, a mí y a mi futuro. ¿Te crees que aún sueño con ser una puta mortífaga? ¡No todos somos tan estúpidos como tú, Potter! —Pansy estaba roja de ira y sus manos, que habían soltado a Harry hacía tiempo, se apretaron hasta que las uñas abrieron pequeñas heridas en la palma—. ¡Fue él y no tú, joder! —Su voz se elevó hasta límites insospechados, retumbando en los oídos de los presentes—. Hubiese deseado que todo fuera culpa tuya, Potter, no sabes cuánto lo he deseado. Así podría odiarte sin más, pero lo cierto es que fue culpa de él. Por lo tanto, deja de revolcarte en tu autocompasión y sé un hombre por una vez en tu patética vida —Jadeando, Pansy controló un sollozo antes de continuar—: Era una guerra —Parecía derrotada y retrocedió varios pasos. Draco no apartó la vista de ella, preocupado—. En las guerras muere gente y no es culpa de nadie, Potter. Siempre tiene que morir alguien. Siempre.

El silencio perduró mucho tiempo después de que Pansy hubiese recogido sus cosas y se hubiera marchado. Draco sentía una tristeza profunda en su corazón y lo único que quería en ese momento era levantarse y correr tras ella, pero sabía que su amiga necesitaba ese tiempo a solas. Aunque sus palabras habían sido funestas, Draco, que la conocía bien, había escuchado un deje de esperanza en su tono, algo parecido al perdón. Quizás, Pansy se estaba convenciendo a sí misma de que no era culpa de nadie. De que no era culpa suya que todos sus amigos hubiesen terminado muertos, encarcelados o desaparecidos.

—Pienso igual que ella —Draco se puso en pie porque sentía que era lo que debía hacer. Nadie más lo había hecho—. Creo que en las guerras la gente muere y no es culpa de nadie. No… No fue culpa mía que Vin muriera, ni que Greg esté en Azkaban. Tampoco es culpa mía que Blaise… —Le falló la voz un segundo, recordando el día en que le habían dado la noticia. Pensó que probablemente el siguiente sería él—… que Blaise se suicidara ni que Daphne haya desaparecido. No fue culpa mía la muerte de todas esas personas. Yo no podía hacer nada más de lo que hice… Yo no… Tomé las decisiones que creí correctas y… y no voy a torturarme por ello.

Cuando terminó de hablar, todo su cuerpo estaba temblando y notaba el sudor corriéndole por la espalda y el pecho, empapando su frente y sus axilas. La corbata le asfixiaba y la túnica le pesaba una tonelada. La Marca le ardía. Sentía que iba a desmayarse en cualquier momento, pero sabía que todo lo que había dicho era cierto. Lo sentía en el fondo de su alma aunque era consciente de que convencerse de ello iba a ser más difícil. No podía evitar pensar en las cosas que podría haber hecho de manera diferente, pero iba a intentar seguir con su vida.

Con esa extraña y agridulce paz inundándole, clavó sus ojos grises en los marrones, enormes y aniñados de Aimée, que le sonrió con un deje de tristeza, pero con muchísima ternura y orgullo. A Draco eso le hizo sentir bien. Entonces, tembloroso, se dio la vuelta y buscó a Harry. El Gryffindor seguía de pie, a su lado, pero un par de pasos por detrás de él. No se había movido desde el momento en que Pansy había abandonado la terapia. Estaba como dormido, en trance.

Draco alargó la mano y la cerró alrededor de la de Harry atrayéndolo hacia él. Necesitaba tenerle cerca, sentir su calidez, y quería que él también sintiera esa paz, esa sensación de perdón que le llenaba. Todo era surrealista y Draco esperaba despertarse en cualquier momento, pero la solidez del cuerpo de Harry tan cerca del suyo le dio seguridad. El Gryffindor también parecía más centrado. Ojos verdes se clavaron en los grises, buscando desesperadamente algo. Draco imaginó que consuelo.

—Tampoco fue culpa tuya, Harry. Te lo dije en el claro y te lo repito: no fue culpa tuya. Gracias a ti estoy aquí, te debo la vida.

Harry pareció no poder contenerse más y envolvió a Draco en un apretado abrazo. El muchacho se lo devolvió mientras sentía los estremecimientos de Harry, que luchaba por no romper a llorar. Se separaron momentos después y, aunque había conseguido controlarse, Draco pudo ver que el Gryffindor tenía los ojos enrojecidos y brillantes, y notaba el hombro ligeramente húmedo. Draco le sonrió y le dio un beso rápido antes de obligarle a sentarse de nuevo.

Entonces, el muchacho recordó que había más personas con ellos. Se había olvidado de los demás totalmente y un ligero sonrojo le adornó las mejillas al percatarse de sus miradas. Granger lloraba a moco tendido, al igual que Hannah y Aimée. Los demás parecían estar haciendo serios esfuerzos por no imitarlas.

—Eso ha sido… —La psicomaga tomó una respiración profunda y carraspeó intentando controlarse—… Ha sido muy bonito, Draco. Muchas gracias, de verdad —Le sonrió sinceramente antes de mirar a los demás—. Todo lo que Draco y Pansy han dicho es cierto, aunque la señorita Parkinson debería revisar sus métodos —Todos rieron ligeramente, pero Draco no pudo evitar una amplia carcajada, divertido por la ironía. Aimée le guiñó un ojo sin discreción—. El objetivo de toda esta terapia ha sido siempre ese: ayudaros a daros cuenta de que no fue culpa vuestra. En la vida, las cosas pasan sin que podamos evitarlas. Tomasteis decisiones difíciles en momentos de gran presión e hicisteis más de lo que jamás se os debió exigir. Voldemort comenzó la guerra. Voldemort es la causa de todo esto, no vosotros. Sin embargo, hay que perdonar y perdonarse a uno mismo. Probablemente no sea hoy el día en que lo hagáis, pero confío en que será el comienzo de una nueva vida —Aimée se detuvo durante un segundo para tomar una respiración profunda. Estaba triste, Draco lo notó, pero también orgullosa y feliz, por extraño que fuera—. Este es el final, chicos. Es la última sesión y hace cinco minutos que deberíamos haber terminado. Sin embargo, no voy a dejar pasar la oportunidad de deciros que sois un grupo asombroso. Vuestro progreso ha sido prodigioso y vuestra fuerza y valentía la recordaré toda la vida. Me habéis aportado mucho, chicos, y me alegro de haberos conocido aunque haya sido en estas circunstancias.

Hannah fue la primera en lanzarse a los brazos de la psicomaga incluso antes de que la mujer se hubiera levantado del asiento. Tras ella, Lavender, Justin, Neville y Luna se unieron al abrazo grupal, seguidos muy de cerca por Granger y Harry. Draco dudó un momento, pero tuvo que acercarse cuando Aimée, rodeada de un montón de cabezas y brazos, se puso de puntillas para lanzarle una mirada de reproche.

—¡Venga, venga! —exclamó finalmente la psicomaga, deshaciéndose de ellos mientras se secaba los ojos con el dorso de la mano—. Tenéis que estudiar y todas esas cosas. Si suspendéis, McGonagall vendrá a reclamarme a mí y, entre nosotros, esa mujer es aterradora.

Con una mezcla de risas, lágrimas y conversaciones animadas, los alumnos fueron recogiendo sus cosas y saliendo de la enfermería. Todos se detuvieron al menos un momento para darle las gracias a Aimée y despedirse de ella individualmente. Draco se quedó atrás mientras Harry hablaba con la mujer. Finalmente, se quedó a solas con ella aunque Harry le indicó que le esperaría en la salida.

Se quedaron en silencio durante unos segundos. Draco estaba intentando explicarle lo mucho que le había ayudado, contarle lo cerca que había estado de terminar con todo de la peor manera, decirle que le había salvado al ponerle a Harry de pareja. Pero nada salía de su boca.

—Gracias —dijo finalmente, una pequeña palabra que no parecía abarcar todo lo que sentía.

—De nada, Draco —contestó ella, sonriendo y, aparentemente, comprendiendo.

El muchacho sacudió la cabeza y salió al pasillo, donde Harry le esperaba apoyado contra la pared. Se sonrieron tímidamente, inseguros. Draco, tras su conversación con Pansy en su habitación, había tenido muchas dudas sobre lo que el futuro le deparaba al lado de Harry Potter, pero mirándole ahora, se sentía incapaz de abandonar eso que tenían. No eran novios ni amigos, eran algo más que no se podía definir. Algo que iba más allá y que no tenía ganas de etiquetar.

Se acercó a él con las palabras que deseaba decir desde hacía mucho en la punta de la lengua. Sin embargo, Harry, como siempre, fue más rápido que él.

—Te quiero —dijo, sin titubeos—. Sé que es pronto y que todo esto es rarísimo porque, en fin, hasta hace no mucho no éramos ni siquiera amigos, pero…

Draco, sonriendo ladinamente, se inclinó para besar los labios de Harry antes de que pudiera seguir diciendo tonterías. Lo había hecho ya miles de veces, nunca perdía la oportunidad de perderse en esa boca, pero esa vez fue diferente. Había algo más entre ellos. Otra barrera que caía y dejaba salir miles de emociones reprimidas durante demasiado tiempo. Harry le buscó desesperadamente. Bebió de él todo el amor, la paz y el perdón que Draco podía ofrecerle. La pequeña parte que todavía era buena dentro de Draco fue para Harry. Se aferraron el uno al otro, sintiendo cómo se derrumbaban y renacían. Porque habían empezado a sanar y, aunque el camino iba a ser muy largo, todo iba a ir bien a partir de ese momento.

—Yo también te quiero —susurró Draco, aún sonriendo.

La vida daba muchísimas vueltas y el futuro era incierto, pero en ese momento Draco sólo podía pensar en lo mucho que le gustaba perderse en los labios de Harry y en la cantidad de tiempo que tenía para hacerlo.


El final. Siempre hay un final para las historias. Esto me pone triste y contenta al mismo tiempo, creo que entiendo a Aimée y a todos estos chicos, para mí también se acaba la terapia. En fin... Ah, hablando de la terapia. Os invito a contar (sí, sí, a contar). Veréis, en el primer capítulo, Aimée dice que serán nueve sesiones y lo han sido. Si ahí arriba pone "Sesión 6" es porque estaba contando desde el punto de vista de Harry, que se ha perdido dos, y porque, además, no he contado la de Navidad, esa que vimos narrada por Draco. Lo digo por si a alguien le da por reclamarme :)

Bien, a parte, alguien, en algún momento, me dijo que le gustaría haber visto más cosas de Harry y Draco durante las vacaciones de Navidad. Esto me ha llevado a pensar en comenzar un fic de capítulos independientes con "escenas eliminadas" del fic. No tendrían que ser exclusivamente de Harry y Draco, podrían ser también de Ron y Hermione, por ejemplo, o de Pansy o de Hannah, de cualquiera de los personajes que han aparecido en Weigthless, incluso de Aimée. ¿Qué os parece?

Finalmente, ¿qué os ha parecido este final? ¿Está bien, está mal? ¿Demasiado abierto, quizás? No sé, no estoy segura de si está bien. Los finales no son lo mío, lo confieso XD

En cualquier caso, espero que os haya gustado aunque sólo sea un poco. Muchas gracias a todas esas personitas que han comentado esta historia, que la han añadido a sus favoritos o que sencillamente la siguen (o ambas cosas), pero, sobre todo, muchas gracias por vuestra infinita paciencia. Sé que soy una tardona, pero hago lo que puedo con el tiempo que tengo, de verdad. Bueno, ya nos leeremos en otros fics, espero :)

Muchos besos,

Luna Lunática.