NI SIQUIERA LA MUERTE


NOTA DEL AUTOR – ¡Bienvenidos! Como de costumbre, si queréis leer directamente la historia, saltad hasta la siguiente línea, allí donde termina la cursiva.

Cuando se me ocurrió esta idea por primera vez, y cuando luego fui convirtiendo los borradores en lo que leeréis ahora, por más que lo intenté no pude continuar el primer capítulo de otra forma. Sentía que era imprescindible, incluso vital, narrar en cierto momento desde la perspectiva de los imperiales.

Primero, para escapar del tópico "república buena contra imperio malvado" y dejar claro que no todos ellos son demonios sedientos de sangre, sino simplemente gente normal que nació en otro lugar… Puede que a los imperiales les haya tocado ser los "villanos" en esta historia, pero eso no significa que sean malvados; espero respetar así el espíritu de la serie original, donde "los malos" también tienen sus razones.

Otra razón es lo que los ingleses llaman "foreshadowing" y que podría traducirse como "presagiar". Es algo que suele hacer Isayama: ir dejando un sutil rastro de miguitas de pan que puedes ver si prestas atención y vas fijándote en los detalles. ¡Me encanta cuando sale bien! He intentado hacer aquí algo parecido, espero haberlo conseguido; no diré más para no quitarle la emoción al asunto.

Por último, aclarar que éste es el único capítulo narrado desde el punto de vista de los imperiales. En los siguientes volveremos con la pareja trágica; serán Levi y Petra quienes terminen de contarnos esta historia… su historia, al fin y al cabo.

Recordad: siempre hay sitio para uno más en el foro Cuartel General de Trost… y siempre contesto a cada review por PM, es una buena manera de aprender.

Gracias a todos por vuestro apoyo ¡Hasta la próxima y que os vaya bien! ;)

AVISO LEGAL – En serio, mi verdadero nombre NO es Hajime Isayama. No soy el autor de Shingeki no Kyojin, ni he creado a sus fascinantes personajes. Escribo esto en FANFICTION, sin ánimo de lucro.


CAPÍTULO 2 – LOCURA Y VENGANZA

[Publicado originalmente el 17 de abril de 2015 con una extensión de 5.271 palabras.]


El joven oficial Marco Bott experimentaba, en aquel momento, sentimientos encontrados.

Una parte de él casi apreciaba la belleza del espectáculo, la poesía que desprendían con cada movimiento los involuntarios participantes en aquella danza macabra, de la que no se perdía ningún detalle.

Multitud de figuras vestidas con los hermosos uniformes negros (a él le encantaba el suyo) iban y venían sobre la nieve, iluminados por el gran foco que era la luna llena; aquel gran ojo parecía observar, imparcial como una diosa distante, a los soldados que tanto se habían afanado momentos antes en despedazar a quienes llevaban un uniforme distinto.

Los camaradas de Marco (o al menos los que todavía seguían en pie) no se conformaban con el generoso baño de luz plateada y habían encendido sus escasas lámparas de aceite, así como unas cuantas antorchas que si bien prosaicas resultaban igualmente efectivas en aquella situación. Los diminutos focos amarillo-anaranjados se unían de tal forma al resplandor lunar, que al imperial le extrañó que no hubiera más gente admirando el paisaje.

No le fascinaba menos el contraste entre el blanco de la nieve, allí donde se mantenía pura, y el rojo oscuro (casi negro) que osaba mancillarla en las posiciones donde había caído algún policía; aquellos charcos de sangre no reflejaban, atrapaban la luz, de tal manera que parecían contener toda la vida que había escapado de sus antiguos dueños, atravesados por una bala o destrozados por la metralla de las granadas.

En efecto, una parte de él casi apreciaba la belleza del espectáculo.

Pero cuando prestó atención a los gritos de dolor de los numerosos heridos, muchos de los cuales se unirían a las filas de los muertos en cuestión de minutos u horas, y se descubrió a sí mismo moviendo ligeramente los brazos como si dirigiese una orquesta invisible…

Fue en ese momento cuando la otra parte de él, la que aún era capaz de reconocer la locura como tal y mantenerla a raya, tomó el control y detuvo a tiempo aquel despropósito.

Respiró con alivio. Había estado cerca. Demasiado.

"Al final sí que va a ser cierto lo que dicen de nuestra familia… Supongo que la luna llena también tiene algo que ver."

Intentó encontrarle una explicación racional a aquel comportamiento, quitarle importancia; quiso creer que actuar de aquella manera era simplemente una forma de lidiar con el terror que había sentido, que todavía sentía, después de una eternidad (¿minutos u horas?) bailando con la muerte… y habiendo sobrevivido, de algún modo, para poder contarlo.

Claro que, en realidad, nunca se lo contaría a nadie.

"De los asuntos de los Bott, sólo hay que hablar con los Bott. Ser los Mensajeros de la Casa Imperial no garantiza nada. Dejemos que los rumores sigan siendo simplemente eso, rumores. No digamos nada y así nuestros enemigos seguirán en la duda."

Sin embargo, no era sólo por su apellido que había conseguido un puesto en la Policía Imperial; aquel logro, así como su rápido ascenso, se debía a sus propios méritos. Aquel cuerpo era la élite del Imperio y él había demostrado que estaba a la altura, tanto durante la instrucción como en combate real.

Claro que nunca había pasado por nada parecido a lo de aquella noche.

"Cuando crees que ya has descubierto el círculo más profundo del infierno, al día siguiente te sorprendes viendo que el abismo continúa… y puede que en realidad no tenga fondo."

Cerró los ojos, marrones y expresivos; sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo pasó por la cara, retirándolo manchado de sudor y hollín, e incluso un poco de sangre.

"Esa bala pasó muy cerca."

Notó que empezaba a temblarle la mano. Guardó el pañuelo y se peinó los cabellos negros, mientras trataba de respirar hondo. Luego sonrió, algo nervioso, y después de comprobar que no le miraba nadie (todos parecían ocupados con cualquier otra cosa), hizo lo que siempre había hecho, desde niño, para recuperar la calma: contar sus pecas. Fue pasando la punta de su dedo índice por cada una de ellas, sonriendo ya con más naturalidad al notar aquella sensación familiar, a pesar del frío; cuando terminó, se dedicó a observar por unos momentos, fascinado, el vaho que formaba delante de él su propia respiración.

Ser parte de la élite imperial no servía de mucho cuando uno se enfrentaba a leyendas vivas… a dioses.

"Se supone que nosotros tenemos al menos a una de nuestra parte, ¿no? Sina, la única y verdadera. Pues oye, gracias por nada…"

Se palpó el cuerpo, una vez más, para comprobar que seguía de una pieza. Al menos, todas las extremidades estaban en su sitio… Había perdido la boina, el rifle se le había encasquillado y las granadas ya las había gastado. Todavía tenía su revólver, unas cuantas balas y la bayoneta reglamentaria. Abrió un momento su mochila, sacó la cantimplora y bebió un trago de agua.

"Al menos aún tengo los pantalones limpios. Algo es algo."

Volvió a cerrar la mochila y empezó a andar, sin rumbo fijo, aturdido como muchos de los supervivientes en aquel lugar; era demasiado difícil asimilar lo que acababa de pasar.

"Cinco legionarios. Cinco. Y del centenar que empezamos, quedaremos de pie la mitad. Por Sina, ¿pero qué les dan de comer en la República? Creía que todo aquello de los herejes aliados con los demonios sólo era propaganda… ahora ya no estoy tan seguro."

El desasosiego empezaba a apoderarse de él, mezclado con la sensación culpable de estar él vivo y tantos otros muertos; además, seguramente era uno de los pocos oficiales que seguían enteros y ya comenzaba a notar el peso de aquella responsabilidad que quizás debería ir asumiendo, tomando decisiones que provocarían aún más muertes.

"Y ni siquiera nos hemos cargado a todos esos monstruos."

Sus pasos le llevaron, precisamente, hacia el lugar donde aquel enemigo temible había roto el cerco. Se trataba del punto donde las defensas eran más débiles… y de los pocos policías que habían llegado hasta allí, prácticamente todos cayeron abatidos en los últimos momentos de la batalla, quizás los más feroces. Así que, cuando Marco se acercó a los pinos que bordeaban el claro en aquella zona, casi estaba solo.

Casi. Porque dándole la espalda, con la mirada perdida en el bosque nevado, se encontraba otra joven oficial de negro uniforme: bajita, delgada y en impecable condición física; sus cabellos dorados ondeaba levemente con la suave brisa nocturna, pues en el fragor de la batalla se le había desecho el discreto moño en que solía llevarlos recogidos. No podía verle la cara, pero sabía que sobre su nariz única brillaban dos ojos azules, claros y bellos como el más hermoso cristal… aunque no por ello menos implacables.

Annie Leonhart.

También conocida como "la Leona Negra", desde que ingresó en la Policía Imperial; un título al que había hecho justicia en aquella noche aciaga, sin lugar a dudas. No era la primera vez que Marco la veía en acción, pero durante la batalla tuvo el honor de combatir a su lado… y ahora sabía perfectamente de lo que ella era capaz.

"Puede que, en realidad, sí que tengamos a una diosa de nuestra parte…"

No había que ser un genio para darse cuenta de que Leonhart preferiría estar a solas en ese momento, debatiéndose con las dudas que cruzaban su mente; el joven imperial tenía una vaga idea de cuáles podían ser, pero aun así siguió andando y se colocó a su lado. Annie ni siquiera reaccionó y continuó mirando algún punto distante entre los árboles, sin un solo temblor a pesar del frío, casi sin pestañear.

Marco se asustó un poco al ver, en aquellos lagos de hielo que eran sus ojos, una expresión aún más implacable que la que tuvo en el punto álgido de la batalla; cuando la Leona cogió todas sus granadas y las de él, formó un solo paquete explosivo, se lanzó a toda velocidad hacia la cabaña en la que parecía haberse atrincherado la propia Muerte… y la hizo volar por los aires en una nube de fuego y metralla que todavía le parecía ver cuando cerraba los ojos.

Independientemente de aquello, no estaba seguro de a cuántos legionarios más se habría cargado Annie, con aquel fusil que, aun anticuado, en sus expertas manos parecía convertirse en una extensión de su propio cuerpo.

"Y aun así… Cincuenta bajas nuestras, entre muertos y heridos. Joder. Claro que han sido cinco leyendas contra sólo una… o dos, si contamos al Coronel Ackerman."

Estaba seguro de que él no era el único que sentía, quizás no alegría, pero sí alivio al saber que el "Carnicero de Karanese" había caído; tener entre sus filas a alguien como Kenny… a veces le hacía plantearse cómo les juzgaría la historia, en años venideros.

Pero los republicanos tampoco eran unos santos. Nunca habían reconocido la autoría de los atentados de Stohess; pero estaba claro quién andaba detrás de todas aquellas bombas, que habían acabado con un buen número de oficiales imperiales de alto rango… y al menos diez veces ese número de ciudadanos, "culpables" de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

"Espero que esos legionarios estén ardiendo en el más profundo de los infiernos."

Aquel odio feroz casi le hizo sentir fuego en el estómago, abrasándole por dentro. Y de nuevo aparecieron en su mente imágenes… No estaba seguro de si eran cosas que habían pasado, cosas que pasarían o cosas que podrían pasar; ver más allá del presente era uno de los "dones" de la línea de sangre de los Bott, aunque controlar aquellas visiones ya era algo completamente distinto.

Campos de batalla, ciudades destrozadas, cuerpos con uniforme verde oscuro formando ríos de sangre… aquellas infames Alas de la Libertad, destrozadas.

Marco, al menos, sí podía controlar sus propias emociones al tener aquellas experiencias, por fortuna poco frecuentes; y cuando se dio cuenta de que se alegraba al ver esas imágenes e incluso deseaba poder tomar parte… supo que estaba yendo demasiado lejos otra vez. No se aferró a las visiones, dejó que pasaran y respiró hondo; le sorprendió la facilidad con que pudo serenarse y supo que la presencia de Annie a su lado había tenido algo que ver.

La Leona Negra daba miedo la mayoría de las veces, pero no sólo eso; también tranquilidad, calma… paz. Le extrañaba que los demás no pudieran verlo. Intuía que la explicación era sencilla y tenía un nombre muy concreto; pero recordaba entonces que estaban en guerra, que los dos eran miembros de la Policía Imperial y que su mayor preocupación debería ser otra bien distinta.

Como, por ejemplo, aquel legionario que había escapado… algo por lo que, al parecer, Annie se sentía culpable. Ella seguía igual que antes, sin decir nada.

–Has hecho más que todos nosotros juntos –intentó animarla Marco–. No tiene ningún sentido que…

–Que a ti te vaya la autocompasión no significa que a los demás nos pase lo mismo, Bott, ni que yo necesite la tuya… –la voz de Leonhart era tranquila, neutra, incluso suave–. Si vas a abrir la boca para decir ese tipo de cosas, entonces te sugiero que te calles.

"Vaya. Podría haber salido mejor."

Al menos su tono no tenía aquel ligero matiz amenazador que, en ciertas ocasiones, venía a significar "tienes cinco segundos para salir corriendo antes de que te arranque la cabeza". Y sin embargo, por aquella misma razón (no tan absurda) cuyo nombre se negaba a reconocer, ésa era otra de las cosas que le gustaban de ella; puede que no hablase mucho, pero cuando lo hacía… cada palabra contaba.

"Mi corazón late más deprisa… pero es obvio que eso se debe a la amenaza de muerte implícita, ¿verdad?"

–Veo que también has perdido la boina –intentó de nuevo–. ¿Y tu rifle…?

–De todas formas era una mierda –contestó Annie en el mismo tono–. He intentado conseguir uno de los de retrocarga, pero no ha habido manera.

–Si tanto quieren que ganemos la guerra –intervino una tercera voz a sus espaldas–, deberían darnos mejores armas. A veces pienso que, en realidad, no les interesa que esto se acabe…

Marco se dio la vuelta y vio, caminando hacia ellos lentamente por la nieve, a quien de manera no oficial era el líder de su pequeña cuadrilla. Se trataba de otro joven oficial, algo mayor que ellos, con los cabellos castaños peinados hacia atrás debajo de la boina negra (que milagrosamente aún conservaba); sus ojos verdes eran penetrantes e intensos y en los labios solía llevar una sonrisa algo burlona, como si no se tomara nada demasiado en serio.

–Marcel –Annie le reconoció incluso sin darse la vuelta, todavía mirando al Bosque Negro.

El interpelado, que llevaba su rifle sobre los hombros con descuido, llegó a la altura de ellos y se dirigió a Marco.

–Qué, ¿ya has conseguido meterle mano? –bromeó guiñando un ojo.

El moreno pecoso dejó de respirar. Creyó oír un chasquido, como si de pronto alguien hubiera apretado mucho los dientes, y miró de reojo a su compañera. Leonhart había desenfundado su revólver… para sacarle las balas y empezar a limpiarlo con un pañuelo.

–Camarada Berwick –Marco habló con seriedad–, esa clase de comentarios no son propios de un oficial de…

–Ah, Bott, por lo que más quieras, déjalo –Marcel movió una mano como apartando algo–. Sólo he estado a punto de morir una docena de veces… igual todos los aquí presentes, supongo. Creo que me he ganado el derecho a hacer todos los comentarios que me dé la gana, ¿no?

–Bajo tu propia responsabilidad –le advirtió Annie cuidadosamente, con un susurro en el que (esta vez sí) Marco pudo oír el matiz amenazador que había estado ausente hasta entonces.

Marcel Berwick sonreía; pero el Mensajero podía ver con claridad, a través de aquellos ojos verdes, en el interior de su compañero. Cada uno combatía la tensión, la desesperación incluso, de una manera distinta… y la manera del Bromista era reírse para evitar quedarse encogido en un rincón, temblando y llorando.

"En realidad, yo no soy nadie para reprochárselo. Por amor de Sina, pero si antes me he puesto a dirigir una orquesta…"

Al final, después de limpiar su arma, Annie volvió a guardarla en la funda y siguió vigilando el Bosque Negro. Se la veía atenta contra aquella amenaza invisible, aunque todavía sin decidirse a perseguirla; dudaba, como si estuviera esperando algo… o a alguien.

Marco tuvo un mal presentimiento; como si, a pesar de la temible y feroz batalla, todavía tuviera que ocurrir algo mucho más terrorífico en aquella noche de luna llena.

"Y estos presentimientos nunca me han fallado…"

–Nos hemos quedado sin oficiales superiores, ¿verdad? –preguntó Bott, sacando el tema para tratar de ignorar su desazón interna.

–Eso parece –Marcel se quitó la boina y se rascó la cabeza, apoyándose en su rifle para usarlo como bastón–. El idiota de Djel se empeñó en ofrecerse voluntario para esperar en la cabaña. Se le veía entusiasta, al hombre… –sonrió con acidez–. A sus subordinados, ya no tanto. Si todavía quedaba alguno con vida, saltó por los aires con todo lo demás. Vamos a necesitar una pala y un cubo para recoger sus restos…

–La camarada Leonhart hizo lo que tenía que hacer –la defendió Marco, algo exasperado–. Lo que cualquiera de nosotros debería haber hecho. ¡Por Sina! Sé que no tenemos las mejores armas, ¡pero éramos cien contra cinco! ¿Cómo ha podido ocurrir esto?

–Lo sé, lo sé… –Berwick asintió, comprensivo, mientras volvía a ponerse la boina–. Naturalmente, ya después de la acción, se me están ocurriendo un montón de ideas geniales. Podríamos haber llenado de explosivos la cabaña… aunque entonces seguramente los legionarios no habrían picado. Di lo que quieras de Djel, pero creo que su "cebo" fue lo que les hizo seguir adelante, a pesar de que era obvio que se trataba de una trampa.

–Ralph también está muerto, ¿verdad? –preguntó Annie con voz neutra.

–Sí, fue uno de los primeros en caer –confirmó Marcel–. Cuando el chiflado ése empezó a lanzar granadas como si fueran caramelos en una cabalgata… y una cayó justo donde estaba el idiota ése, hablando con nuestro idiota.

–Un momento –intervino Marco, preocupado–. ¿Te refieres a…?

–Sí, Dennis está muerto. ¿Aún no lo sabías?

–No… No, qué va. Joder.

Había querido creer que, de algún modo, el oficial Dennis Eibringer, su superior inmediato, habría sobrevivido a la masacre. No era alguien que se hiciese respetar, más de una vez le habían llamado la atención por dedicar demasiado tiempo a beber y jugar a las cartas… pero sabía reconocer las cualidades de quienes le rodeaban; a Marco y los demás, aquel oficial les dejaba hacer las cosas a su manera, algo que siempre le habían agradecido. Y ahora estaba muerto.

Ya no volverían a echar partidas al póquer, ni a enfadarse porque él hiciera trampas descaradamente; ya no le oirían relatar por enésima vez aquellas hazañas imposibles que ni él mismo se creía… Sí, sería un vago, un fanfarrón; un "idiota", como dijo Marcel, pero era su idiota. Eibringer había sido, ante todo, un buen hombre que les había tratado con amabilidad y les había ayudado a llegar lejos.

Sin que nadie lo propusiera, se hizo el silencio; aunque Annie no parecía muy afectada, como si ya lo hubiera sabido. Pasaron unos largos segundos; sólo se oían los gritos de los heridos, las voces de quienes intentaban poner orden en aquel caos… Marco creyó reconocer algunas.

–Lo de Ralph y Eibringer… –comentó.

–Sí, Dennis estaba intentando solucionar el despropósito con el cerco –continuó Marcel–. Ni idea de en qué estaban pensando los que tuvieron la feliz idea de preparar la emboscada con un centenar de soldados de al menos cuatro unidades distintas. Habría sido más sencillo dejar actuar a Kenny por su cuenta, como él mismo había propuesto desde el principio.

–No se trata de "pensar" –Annie no hablaba muy a menudo y los dos chicos prestaron atención–. Se trata de que todo el mundo quería colocarse la medalla por liquidar a "los Infames de Levi". Como no se ponían de acuerdo, se les ocurrió juntar a cuatro oficiales, bien cabezotas, cada uno con su idea de cómo llevar el asunto. En realidad, lo que ha ocurrido era inevitable… aunque, siendo optimistas, ahora hay cuatro idiotas menos en la Policía Imperial.

–Joder, Annie –musitó Marco, impactado por su frialdad.

–Oye, razón no le falta –la defendió ahora Marcel–. Lo hecho, hecho está. El "Escuadrón Levi", como tal, ya ha dejado de existir. Alguien tiene que llevarse el mérito… y ese "alguien" somos nosotros, que estamos vivos.

–Pero ha escapado uno –gruñó Leonhart, sin dejar de mirar hacia el bosque.

–Es la ventaja de que Kenny y los demás estén muertos, podemos echarles la culpa de todo lo que ha salido mal.

–Joder, Marcel –Bott ahora no daba crédito a lo que decía el castaño.

–¿Qué? –Berwick se encogió de hombros–. ¿No te quejabas tú cada dos por tres de que las cosas deberían hacerse de otra manera? Pues ahora es nuestra oportunidad. Después de esto, fijo que nos ascienden. He estado hablando con Reiner del tema y él también lo ve así…

–¿Reiner está bien? –preguntó Annie, fingiendo perfecto desinterés.

–Sí, está bien –la tranquilizó Marcel con una sonrisa–. Y Bertolt, naturalmente. A Boris le hirieron, pero con suerte sobrevivirá… aunque no sé si podrá reincorporarse al servicio. Hitch y Marlo tienen algunos rasguños, nada grave. Están poniendo orden entre todos, seguro que así sumamos más puntos… Quedará bien en nuestro informe.

Marco no pudo evitar que se le escapara un suspiro de alivio. Sabía que era egoísta, alegrarse de que por los compañeros a los que conocía bien y que, en cambio, los demás no le importasen tanto; pero así era. Annie, Marcel, Reiner, Bertolt, Hitch, Marlo, Boris… Todos habían formado parte de la misma unidad durante mucho tiempo; a veces no se soportaban y más de una vez habían tenido sus peleas, pero ante todo eran camaradas. Si uno de ellos hubiera caído, todos lo habrían sentido; dadas las circunstancias, el pequeño grupo había sido afortunado.

"Hay que verle el lado bueno a todo esto, Marcel tiene razón…"

El joven líder se había dado la vuelta y contemplaba el claro con sus ojos verdes, la mirada algo perdida; los restos de la cabaña, antes llameante y ahora tan sólo humeante, habían quedado carbonizados… junto con todo lo que había dentro.

–Esto es sólo un contratiempo… –Berwick parecía pensar en voz alta, como tratando de convencerse a sí mismo–. Al final ganaremos, tenemos que ganar. Somos más, muchos más.

"Ahí también tiene razón, nuestros muertos son muchos más." Naturalmente, Marco no dijo aquello en voz alta.

–Bien, ¿cuál es el plan? –preguntó, tratando de mantener a raya aquellos pensamientos tan fúnebres.

–Bueno, ya lo dije antes… –Marcel se rascó la nuca–. Creo que hemos cumplido con nuestro objetivo, Levi y los suyos han dejado de ser un problema. Lo mejor será…

–Ha. Escapado. Uno –insistió Annie con voz gélida.

Hubo un silencio incómodo… y luego Berwick siguió como si aquello le hubiera entrado por un oído y salido por otro.

–Lo mejor será evitar una persecución a ciegas, que sólo nos causaría más bajas, además de que nadie ha podido sobrevivir a eso… –observó a Annie muy serio, con una muda advertencia en sus ojos verdes–. Incluso si, de algún modo, alguien lo hubiera conseguido, ¿a nosotros qué? Estará herido, sin equipo y sin rumbo, perdido en mitad de un bosque, con nieve y un montón de lobos hambrientos que acudirán raudos a por su presa en cuanto huelan la sangre.

–No te tenía por un cobarde… –susurró Annie con desprecio.

–Di lo que quieras de mí –Marcel pronunció las palabras con una calma ausente de su rostro–, pero si dividimos nuestras fuerzas y perdemos el tiempo, cada vez habrá menos heridos y más muertos. Sé que lo de Dennis no te importa tanto, pero… ¿estarías tan tranquila si uno de nosotros estuviera tirado en el suelo?

Fue entonces, en mitad de aquella conversación, cuando Marco tuvo la visión del lobo.

El muchacho se había dado la vuelta, estaba mirando hacia el Bosque Negro al igual que su compañera y, del mismo modo que supo que no era real, una parte de él no pudo dejar de pensar lo contrario: que era demasiado real.

Se trataba de una criatura espléndida, de gran tamaño y pelaje gris que brillaba como plata a la luz de la luna llena.

–O igual es una loba –musitó sin proponérselo.

Cuando se dio cuenta, apurado, ya era demasiado tarde; incluso Leonhart se había dado la vuelta, con una expresión poco habitual en ella… pánico. Sólo duró un instante, pero pudo verlo claramente en su rostro.

–Tío, ¿estás bien? –le preguntó Marcel, preocupado.

Marco parpadeó un par de veces y luego miró de nuevo hacia el bosque. La loba había desaparecido.

"Sé que no son imaginaciones mías. Bueno, no del todo… pero Annie no reaccionaría así, a no ser que significase algo para ella."

Entonces hizo algo a lo que no se habría atrevido en otras circunstancias: se giró hacia Annie, se acercó hasta quedar a dos pasos de ella… y la miró directamente a los ojos.

–Caramba… –murmuró Berwick, sorprendido.

–Pero Bott, qué haces… –su compañera no le insultó, pero con ese tono no le hizo falta.

El moreno pecoso casi se sintió bucear en aquellos lagos de hielo; no era un contrasentido, sabía que debajo de la superficie había agua… había vida. No usó a propósito su don, simplemente dejó que pasaran por su cabeza montones de ideas al mismo tiempo, tantas que notó como que se ahogaba. Tuvo que apartar la mirada, porque verdaderamente creyó que se iba a morir.

"En serio, demasiado cerca. ¿Cuántas veces van ya esta noche? ¿Cuántas me quedarán todavía?"

Retrocedió un poco, sin hacer caso de las expresiones desconcertadas de sus dos camaradas, y levantó la cabeza, clavando sus ojos en la luna llena. Fue perfectamente consciente de la sonrisa enorme, casi maníaca, que apareció de pronto en su rostro; poco le faltó para empezar a aullar… pero no le hizo falta.

Puede que no supiera cómo iba a terminar la noche, pero sí supo que todo estaba conectado: la luna, la nieve, el Bosque Negro, la loba, Annie… y un legionario que había escapado de una muerte prácticamente segura.

Del mismo modo, supo que ese tipo de cosas no se podían decir en voz alta; el mundo no estaba preparado. Sin embargo, cuando por fin consiguió controlar su expresión y se giró de nuevo hacia la Leona, vio brillar en sus ojos azules un fuego helado, intenso…

"Ella también lo sabe."

–Tenemos que entrar en el Bosque Negro –anunció Marco con solemnidad.

Berwick le observó atentamente, con aquellos ojos verdes que reflejaban tantas cosas: confusión, dolor, duda, miedo… y a pesar de todo, también la determinación de un líder nato. Con él al mando, los demás estarían bien; pero él no sería capaz de comprender… no como Annie.

"Esto es algo que tenemos que hacer ella y yo solos."

–Estoy contigo, ahora la prioridad es salvar a todos los que podamos –explicó Marco–. Pero ha escapado un legionario, eso no lo podemos ignorar. Nuestra "victoria" será aún más completa si averiguamos qué ha pasado exactamente con ese sujeto. No hace falta que enviemos a la mitad de las tropas, basta con que vaya yo… y Annie, también. Es buena rastreadora y mejor tiradora, si encontramos algo… ella se encargará sin problemas.

Otro habría esperado al menos una muestra de agradecimiento, pero la mirada con que le fulminó la Leona fue una mezcla de "retrocede ahora que todavía puedes" y "como digas una sola palabra más guardarás silencio para siempre". Sin embargo, el Mensajero ya se esperaba aquella reacción; no sería la primera vez… ni la última.

"Y luego dicen que ella no es expresiva…"

–Mira, incluso si ocurre lo peor, siempre puedes echarme a mí la culpa –continuó Marco–. Puedes decir que actué por mi cuenta, sin dar explicaciones… Créeme, nadie te hará responsable por lo que pueda pasarme, al fin y al cabo soy un Bott, ya sabes lo que dicen de nosotros.

–¿Y ella? –Marcel, que todavía dudaba, señaló con la cabeza a su compañera.

–Pudo seguirme para asegurarse de que yo no cometía una estupidez –Marco sonrió con confianza–. Por otro lado, si esto sale bien y podemos confirmar que nos hemos cargado al Escuadrón Levi entero… haremos todavía más méritos todavía, ¿no? Y tú serás quien nos habrá liderado en esta hora tan oscura. Como ves, el juego está amañado… no puedes perder.

Berwick empezó a sonreír; le gustaba lo que oía. Sin embargo, luego se quedó muy serio, se acercó a su compañero y le puso una mano encima del hombro, mirándole con mucha solemnidad.

–Camarada Bott… –el Bromista levantó entonces una ceja pícara–. No estará usted haciendo esto sólo para poder quedarse a solas con la camarada Leonhart y meterle mano, ¿verdad?

Marco estuvo a punto de atragantarse con una mezcla de terror y risa a duras penas contenida. Debería habérselo esperado, pero a veces Marcel le daba aquellas sorpresas.

–No, no… –consiguió decir–. Sólo lo haría si quisiera que me pegasen un tiro y luego enterrasen mi cadáver en la nieve, donde nadie pudiera encontrarlo.

–Eso, tú dame ideas –advirtió Annie, que se mantenía sorprendentemente serena.

–Ya veo –Berwick aún no estaba convencido del todo–. Leonhart, ¿tú qué opinas?

–Si así podemos asegurarnos de que todos esos bastardos están muertos…

–Entonces, de acuerdo –Marcel asintió con la cabeza–. Tenéis vía libre. Pero en cuanto podamos, nos iremos de este maldito lugar… con o sin vosotros.

–No te preocupes, me las apañaré.

–¿Y Marco qué?

–Precisamente. Si se me acaban las provisiones, todavía le tengo a él.

–¿Para que te dé las suyas?

–No, para comérmelo.

Bott levantó las cejas, sorprendido. "¡Ha hecho un chiste! O eso espero…"

Berwick debió pensar lo mismo; como buen Bromista que era, dio su aprobación con una sonrisa. Le entregó su rifle y una bolsa con munición a Leonhart, que los aceptó silenciosamente

–Entonces nos despedimos aquí… al menos por ahora. Procurad volver enteros, ¿de acuerdo?

Fue a despedirse de ellos haciendo el saludo con el puño cerrado sobre el corazón, pero se detuvo en el último momento.

–¡Ups! Casi saludo como los herejes –abrió la mano y colocó la palma extendida sobre su pecho.

Sus compañeros le devolvieron el saludo imperial, solemnes. Después, sin decir nada, Marcel dio media vuelta y se dirigió hacia donde estaban los demás… aunque no sin marcarse antes un par de pasos de un extraño baile.

–La guerra nos está afectando a todos… –pensó Marco en voz alta–. Sólo espero que, para cuando esto termine, todavía quede alguien con vida.

–¿Y en su sano juicio? –le siguió Annie.

–Ya no pido tanto…

Por un momento, los dos guardaron silencio; no era incómodo, pero sí expectante. Ambos sabían que, en cuanto entrasen en el Bosque Negro, ya nada volvería a ser igual.

–Vamos a dejar las cosas claras –dijo la Leona en voz baja, muy seria–. Cuando estemos allí dentro, cazando, seguirás mis instrucciones y no harás nada si no te lo he indicado yo antes. No me interesa tu opinión, pero si no puedes contenerte y tienes que decir algo, ahora es el momento.

–Creía que eras tú la que quería preguntar –respondió el Mensajero con sencillez.

Se hizo de nuevo el silencio. Sólo duró un breve instante.

–Por qué –susurró ella, duda y furia mal contenida a partes iguales.

Otra vez aquella mirada… Alguien en su sano juicio habría echado a correr; pero claro, él era un Bott.

"Además, ya he perdido la cuenta… Al final uno se acostumbra."

–Digamos que tengo una corazonada –contestó Marco, algo ausente.

–Vas a tener que concretar más.

–Sé que tienes que hacerlo, que es personal. Un fantasma de tu pasado, ¿verdad? Y tienes que enfrentarte a él…

Otra vez el silencio; ahora tenso, incómodo.

–Sí, es personal… – Annie parecía confundida–. Por eso no lo entiendo. ¿A ti qué mas te da? ¿Por qué estás haciendo esto?

"Lo hago por ti," habría querido responder él. "Porque eres mi camarada, mi compañera. Porque hemos luchado juntos, sufrido juntos. Porque me importas. Porque yo te…"

Ni siquiera pudo terminar de pensar aquello. Sí se atrevió a mirarla a los ojos, a perderse de nuevo en aquellos océanos que le habían fascinado desde el primer día… pero algunas cosas, era mejor no decirlas en voz alta, aun cuando él sabía que ella sabía.

Así que, en aquella ocasión, Marco fue un poco cobarde y dijo la verdad… pero no la que tenía en mente.

––Los dos necesitamos saber cómo acaba esto.

Frente a ellos, aguardaba el Bosque Negro; cubierto de nieve, a la luz de la luna llena, parecía prometer que revelaría sus secretos a los intrépidos que osasen penetrar en su oscuridad.

A pesar de todas las dudas y todos sus miedos, Marco consiguió sonreír, sin tener que esforzarse; su sonrisa se hizo aún más amplia al ver que Annie hacía otro tanto, con naturalidad… todavía más hermosa.

"Quizás no salga vivo de aquí. Quizás me toque morir en una noche como ésta. Quizás ya haya pasado por esto antes."

Sin embargo, en aquel momento, no le importó. No demasiado. Siguió sonriendo.

–¿Vamos? –preguntó con amabilidad.