NI SIQUIERA LA MUERTE

AVISO LEGAL – Ver capítulos 1, 2 y 3.

NOTA DEL AUTOR - ¡Volvemos a encontrarnos! Para ir directamente a lo interesante y saltar el "rollo", empezad en la siguiente línea, donde termina la cursiva.

Siento la tardanza, prácticamente he tenido que reescribir todo lo que me quedaba; demasiado contenido para sólo dos capítulos, así que lo he distribuido en tres… de ahí que el five-shots se haya convertido "de repente" en un SIX-shots, aunque ya avisé en una nota anterior de que era una posibilidad.

Había pasado demasiado tiempo y el capítulo 4 iba camino de convertirse en una monstruosidad del tamaño de todos los anteriores juntos. Supongo que esta nueva entrega se queda en mero "capítulo de transición", antes de que la tormenta vuelva a estallar en el capítulo 5 (dos personas van a tener más que palabras entre ellas).

No se trata sólo de demostrar que esta historia sigue viva, que no me he olvidado de ella ni he perdido el interés; como lector, prefiero actualizaciones más frecuentes aunque no sean tan extensas… le veo más sentido a poder leer un capítulo de 5.000 palabras cada semana, en vez de tener que esperar un mes para leer un "monstruo" de 15.000 (y he descubierto que soy incapaz de escribir algo tan largo).

Además, planteé inicialmente el "short"-fic de cierta manera, pero luego la historia ha seguido su propio camino y el resultado ha terminado siendo bien distinto; creo que así ha quedado mejor. Estos cambios los exigía la coherencia narrativa, la lógica interna; era algo que debía hacerse, imprescindible.

Sé que, por mucho que lo intente, jamás podré alcanzar la perfección; pero apuntando alto, incluso si "fracaso", todavía obtendré un buen resultado. Teniendo en cuenta el interés que ha despertado la historia, dadas las circunstancias, prefiero tardar más y hacerlo bien, en vez de correr demasiado y que al final me salga un churro; sería otra forma de faltar al respeto a los lectores.

Me gustaría poder dedicarme en exclusiva a escribir, pero nada más difícil que compaginar esa dedicación con un trabajo, multitud de tareas, no disponer siempre del equipo necesario… Además de que pensar demasiado, escribir demasiado, termina "quemando" por más que uno no quiera; a veces hay que hacer un alto, alejarse y coger algo de perspectiva, antes de volver a la carga.

Bueno, creo que ya es momento de terminar, con lo de costumbre: se agradecen comentarios, críticas y sugerencias; siempre contesto por PM; y os invito a echar un vistazo en el foro Cuartel General de Trost, seguro que encontráis algo que os interese.

Y ahora… ¡a disfrutar de la historia! ;)


CAPÍTULO 4 – NO TAN DISTINTOS

[Publicado originalmente el 13 de mayo de 2015, con una extensión de 4.854 palabras.]


En realidad, el Capitán Levi era un hombre apasionado.

Pero eso no significaba que se dejase controlar por sus emociones, ni siquiera en las situaciones más extremas; alguien como él, siempre mantenía el control.

Control sobre su cuerpo, sobre su mente; sobre cada músculo, cada pensamiento. Era lo que le había permitido llegar hasta allí; era la razón por la que había sobrevivido, en tantas ocasiones, a cosas que habrían matado a cualquier otro.

Sin embargo, nada le impedía usar el fuego de sus emociones, de manera controlada, para arrasar con precisión destructiva los obstáculos que se interpusieran en su camino; eso sí, manteniendo siempre oculto aquel fuego, bajo una máscara de apatía e indiferencia… Al fin y al cabo, sus enemigos no podían defenderse de algo que ni siquiera veían venir.

Quienes habían llegado a conocerle realmente con el paso de los años, sabían todo esto y bromeaban diciendo que él "siempre estaba furioso"; algo que no iba muy desencaminado, no la mayor parte del tiempo.

Podía reconocer el odio como lo que era, incluso cuando se salía de lo normal; y sabía que no era muy normal, la oleada de odio gélido que había caído de repente sobre él, en aquella noche de luna llena en el Bosque Negro. Sintió un frío que no tenía nada que ver con la nieve que le rodeaba; algo que no se conformaba con su cuerpo y también invadía su alma.

"No vais a salir vivos de este bosque."

Aquella voz perversa… Aún no sabía de quién era; lo que sí supo, en cuanto la oyó, fue que tenía el poder de destruirle.

Sin embargo, el terror que había sentido al principio, iba dando paso a otra cosa. Porque Levi no tardó en comprender que todo ese odio no iba dirigido contra él; al menos no sólo, no directamente. Aquel "no vais" había sido apuntado y disparado, en realidad, contra su compañera, su legionaria: la soldado Petra Ral, que a su izquierda seguía apoyándose en él, cubierta por la impoluta capa del Capitán que ambos compartían.

La pequeña rubita, aparentemente delicada, aún tenía aquella venda alrededor de su cabeza; podía ver claramente sus dientes apretados, los ojos azules desmesuradamente abiertos (aquellos lagos se habían convertido en océanos espantados), su piel tan pálida que en verdad parecía una estatua de mármol, petrificada… o no del todo, porque temblaba bastante.

La luz de la luna revelaba claramente su pánico.

Un pánico que Levi también era capaz de sentir; como si viniese de ella, como si la mente de Petra no pudiera soportar una carga tan abrumadora y estuviera cediéndole a él una parte, porque no tenía más remedio… porque no tenía otra manera de sobrevivir, de evitar morir de terror.

El Capitán había sentido antes, en varias ocasiones a lo largo del camino, una aprensión que casi le había paralizado; como un puño implacable que estrujaba sin piedad su corazón, hasta que ya no podía respirar. Sin embargo, ahora se trataba de algo completamente distinto; ahora se trataba de Petra.

Y pocas cosas ponían más furioso a Levi… que alguien atacase así a su camarada. Furioso hasta el punto de casi perder, casi, ese control que le era tan preciado como el aire que respiraba.

El fuego de sus pasiones, normalmente oculto, ardió con tanta fuerza en ese momento que desintegró aquella parálisis gélida, aquella indecisión que le había acometido en un instante de debilidad. Petra seguía fuera de combate, pero Levi ya había recuperado su fuerza y estaba dispuesto a usarla contra aquella voz que había sonado a su derecha.

Giró la cabeza y vio de quién se trataba.

Por un momento, habría preferido no hacerlo; las llamas de su determinación volvieron a congelarse.

Fue como si, por un instante, sus peores pesadillas se hubieran hecho realidad; como si la Muerte hubiera venido para llevárselo.

Una Muerte que tenía el aspecto de Petra.

¿O acaso era Petra? La Petra que podría haber sido, en que podría haberse convertido si sus circunstancias hubieran sido distintas, otras sus decisiones; como un reflejo en un espejo tenebroso, que mostrara un lado oscuro que terminaría reemplazando a la mujer que se encontraba a su lado.

Por algún razón, todo aquello le resultó terriblemente familiar.

Al principio, entre las sombras creadas por la luna al caer sobre los pinos, sólo pudo ver el resplandor de unos ojos azules; dos orbes fríos, helados, que parecían prometer una eternidad en el más gélido de los infiernos, el lugar donde acabaría sin poder hacer nada para evitarlo.

En comparación, los ojos de la loba de antes habían sido amables.

Porque aquellos otros ojos, de zafiro implacable, parecían hacerse cada vez más grandes, gigantescos, hasta ocuparlo todo… y devorar a Levi, ahogarlo y abrasarlo al mismo tiempo; atraparlo en un tormento sin fin, hasta no dejar de él más que agonía y desesperación.

Cuando por fin consiguió apartar la vista de aquellos trozos de infierno azul, pudo distinguir unos cabellos rubios que parecían de plata a la luz de la luna, sueltos en una pequeña cascada que le llegaba hasta la nuca. Fue aún peor cuando vio que aquella sombra infernal tenía la misma altura, la misma forma, que su legionaria.

Pero entonces, conforme la siniestra figura fue avanzando lentamente hacia él, con el paso de una depredadora confiada en que su presa no va a escapar, Levi se dio cuenta de varios detalles; detalles que revelaban que aquel ángel de la muerte no había adoptado la forma de Petra para torturarle, sino que tenía otra bien distinta.

Para empezar, la nariz. Aquella nariz era… diferente. Muy característica. Grande, sobre todo en una persona tan pequeña.

También vio que se trataba de alguien bastante más joven que Petra; apenas una muchacha.

Y su uniforme negro sin distintivos era el de unos demonios, pero no salidos del infierno sino del mismo mundo en que se encontraban: la Policía Imperial de Sina.

Ya algo más cerca, comprobó que se trataba de una persona de carne y hueso, no un terrible ángel caído; en sus espaldas no llevaba unas alas negras, sino la mochila y uno de aquellos rifles anticuados. En su mano derecha no tenía una espada llameante, sino algo mucho más mundano: un revólver, que apuntaba hacia el suelo, consiguiendo que de algún modo así pareciera más amenazante, más serio y menos pueril que si hubiera estado apuntándole a él directamente.

Incluso si no era la Muerte encarnada, estaba claro que tampoco podía subestimarla.

Y aquella furia ardiente, auténtica, pura, volvió a rugir en el interior de Levi con más fuerza, derritiendo de nuevo el terror helado y convirtiéndole a él en la amenaza por aquellos lares.

La imperial se había detenido a unos quince metros de los legionarios; seguía observándoles a los dos, pero parecía mirar con más intensidad a Petra, por mucho que el Capitán trataba de protegerla con su cuerpo.

En aquella mirada gélida, dedicada a su compañera, había odio… y algo más.

Había una silenciosa promesa de muerte.

Y entonces Levi lo supo.

Mataría a aquella zorra imperial.

Esa rabia, esa ira, ardía en él cada vez con más fuerza. Levi sabía que no era del todo racional… Quería destruirla, sí; porque se había atrevido a amenazar a Petra, porque se interponía en su camino hacia la libertad, porque seguramente se habría cargado a alguno de sus camaradas…

Antes, en un momento de debilidad, había estado convencido de que su muerte era inevitable; ahora en cambio, con la misma certeza, estaba seguro de que su destino era enfrentarse a aquella mujer, en una noche de luna llena en el Bosque Negro, en mitad de la nieve.

Como si ya hubiera ocurrido antes algo parecido; acaso en otra vida, pero quizás no tan distinta a ésta… La idea le parecía absurda; pero más aún le costaba creer que se pudiera sentir tanta animadversión hacia alguien, tanto rencor acumulado contra esa chiquilla en una sola vida.

Estaba decidido. Levi trazaba con rapidez el mejor plan posible, para lanzarse sobre la zorra imperial y partirle el cuello, sin que Petra saliese herida; a él no le importaba lo que pudiera pasarle, mientras consiguiera que ella estuviese a salvo…

Y entonces se dio cuenta de que no estaba solo.

Porque detrás de él, a tan sólo unos metros de distancia, había oído un chasquido.

Fue el sonido de una rama al romperse porque la había pisado alguien, pero extrañamente había parecido… algo deliberado; como si quien quiera que fuese, estuviera avisando de su presencia para evitar luego una reacción peor, casi como disculpándose.

El Capitán miró hacia atrás y, aunque su furia no menguó, tampoco fue en aumento; más bien, se llevó una sorpresa, ante una visión bastante inesperada.

A unos diez metros de distancia, había otro policía imperial, también con un revólver en la mano apuntado hacia el suelo.

"Qué considerados, estos dos… ¿Y han venido ellos solos? ¿Por qué no más gente, por qué éstos en concreto? ¿Qué pretenden? ¿Acaso están jugando con nosotros?"

Pero su cabeza dejó de dar vueltas en aquel torbellino de preguntas, al darse cuenta de que algo no encajaba en el nuevo "intruso"; como si, en realidad, aquel espacio lo estuvieran ocupando al mismo tiempo dos personas diferentes.

Por un lado, aquel muchacho vestido con el uniforme negro, aunque más alto que su compañera imperial e incluso que los legionarios (algo que el propio Levi reconoció a regañadientes), parecía el más joven de todos los presentes. Los cabellos negros con la raya en medio, la piel pálida a la luz de la luna con varias pecas en sus mejillas, una sonrisa incómoda y algo de sudor en la frente a pesar de la nieve… casi todo en él hacía pensar en un niño que había mentido sobre su edad para poder alistarse, temiendo que le descubrieran en cualquier momento; alguien al que no le pegaba, para nada, estar en aquel lugar, con una pistola en la mano.

Pero sus enormes y expresivos ojos castaños contaban otra historia bien distinta.

Aquellos grandes orbes marrones no brillaban reflejando la luz de la luna, sino que parecían absorberla; si uno seguía fijándose en esos ojos, parecían volverse cada vez más oscuros, más negros, como un vórtice que llevara a un lugar con demasiadas respuestas a preguntas que ni siquiera se habían planteado.

Aquello hizo que Levi sintiera, otra vez, un atisbo de terror.

El legionario apartó la mirada, algo mareado, meneando ligeramente la cabeza para despejarse. Si los ojos eran el espejo del alma, entonces ese "muchacho" no era tal en realidad; parecía mayor, cansado… agotado como sólo podía estarlo quien ya había visto demasiadas cosas.

Bien por decisión consciente, bien por una reacción instintiva, el Capitán regresó al "aquí y ahora", dispuesto a enfrentarse contra algún rival al que sí pudiera batir, algo que fuera real aunque no por ello menos terrible. La otra policía seguía observándoles con hostilidad manifiesta, sobre todo a Petra; de cuando en cuando, también le dedicaba una de esas gélidas miradas a Levi… y a su compañero imperial.

"¿Acaso cada uno ha venido aquí por su cuenta? ¿Es una competición para ver quién se lleva antes la medalla? Esto nos da una oportunidad… Aunque estemos desarmados, si conseguimos que se enfrenten entre ellos…"

Miró a Petra, a su lado, para ver si podía contar con ella… y descubrió desolado que ocurría todo lo contrario; la legionaria se había quedado paralizada, aterrada, desde que oyó la siniestra voz… y más aún al ver aquella siniestra aparición. Era como si la imperial se hubiera convertido en todo su mundo; un mundo de pesadilla, del que no había escapatoria posible. Ni siquiera había reaccionado al oír acercarse por detrás al otro policía… o quizás estaba tan espantada y perdida en ese infierno personal, que ni siquiera lo había oído.

Levi apretó los dientes, furioso. Del mismo modo que antes había sentido cómo ella le transmitía esa calidez que le había dado la vida, ahora él deseaba poder transmitirle a ella parte de su determinación, rescatarla de la visión infernal en que estaba atrapada.

"No importa, Petra. Me encargaré yo de ellos. No dejaré que te toquen."

Pero cómo acabar con dos enemigos armados, posicionados de esa forma…

Fue entonces cuando, por primera vez en aquel largo silencio, oyó otra voz bien distinta… amable, incluso.

–No nos imaginábamos que estaría usted aquí.

Se dio la vuelta y se encaró de nuevo con el joven policía, que aún tenía esa sonrisa incómoda en los labios, como diciendo "usted disculpe pero yo sólo cumplo órdenes". Aquellos remolinos oscuros habían desaparecido de sus ojos, pero el chico seguía mirándole con demasiada intensidad; como si pudiera ver a través de él… porque en realidad ni siquiera estaba allí.

Entonces el muchacho levantó las cejas, su sonrisa se volvió algo menos forzada y en su rostro surgió genuina admiración.

–Caramba… No todos los días se encuentra uno con el Capitán Ackerman.

Por un momento, el fuego de la ira que ardía en su interior se quedó congelado, por el desconcierto. ¿Cómo podía saber él que…? Luego, las llamas volvieron a crepitar aún con más fuerza; si las miradas matasen, el joven habría caído fulminado allí mismo.

No era sólo Levi el que estaba mirando de esa forma al muchacho; la imperial, que no escapaba a su visión periférica, también había puesto de repente cara de querer arrancarle el corazón a su camarada, con un terrible brillo en sus ojos azules, aunque más que odio parecía irritación ante un imprevisto que también le desconcertaba a ella.

–Nadie se lo esperaba, ¿verdad? –dijo el moreno pecoso, que parecía haber leído a su compañera como si fuera un libro abierto… y luego miró a Levi de tal forma que le hizo sentir un escalofrío–. Se suponía que sólo había escapado uno.

Y el Capitán, en aquel instante de silencio, se dio cuenta de varias cosas a la vez.

Lo primero: que el chico que tenía delante estaba loco; o, al menos, no del todo en su sano juicio.

Lo segundo: que aquel imperial había perdido parte de su cordura, quizás, porque podía ver cosas invisibles para los demás; cosas que no estaban allí del todo, que aún no habían ocurrido.

Y también supo, o al menos intuyó, que en realidad ese policía estaba de su parte; o al menos no tan en contra de ellos como lo estaba su compañera; por la forma en que ésta miraba ahora al chico, daba la impresión de que era algo intencionado, que quería distraer su atención…

…de Petra.

Sólo por ello, a cierto nivel, ya empezó a caerle bien el muchacho.

Naturalmente, le partiría el cuello sin dudarlo, si era necesario.

Para ganar tiempo y averiguar qué pretendía exactamente, decidió que le seguiría el juego.

A todo esto, Levi no había dejado de sostener a Petra. Podía sentir que ya iba reponiéndose, que aquel pavor helado se desvanecía de sus miembros y la calidez retornaba a su cuerpo, aunque todavía temblaba un poco. Él querría abrazarla, tranquilizarla, asegurarle que todo iría bien… pero no podía saberlo aún con certeza; demasiada incertidumbre, demasiadas variables desconocidas, demasiadas cosas que escapaban a su control. Así que su mejor opción era ésa, ganar tiempo e intentar obtener algunas respuestas… aunque sabía que algunas, preferiría no conocerlas nunca.

Por otro lado, si la cosa se ponía fea y empezaban los tiros, sería mejor sujetar a Petra sin llegar a abrazarla; si había que actuar, podía empujarla al suelo para ponerla a cubierto mientras él se encargaba de los imperiales.

"Quizás si cojo al capullo éste y lo uso como escudo humano… Además, parece que están solos. Debe ser que les hemos dado una buena paliza a los suyos."

–Ya sabes mi nombre –dijo Levi en voz baja, controlando aquella furia que ardía en su interior, presta a desatarse ante la más mínima provocación–. ¿Quién coño eres tú?

–Marco Bott, oficial de la Policía Imperial de Sina –contestó rápidamente el otro, incluso con cierta formalidad dadas las circunstancias.

Y la súbita revelación golpeó al legionario como un mazazo.

"Pues claro… Cómo no me he dado cuenta antes."

Y se preguntó cuántas respuestas más tendría justo delante de sus narices… sin haberlas visto todavía.

Los soldados de la Legión, especialmente los oficiales de cierto rango como Levi, tenían acceso a información sobre nombres importantes, "personas de interés", objetivos potenciales… enemigos que, en caso de encuentro fortuito, convenía capturar con vida, tanto para obtener información como para un posible intercambio de rehenes en el futuro.

Uno de los apellidos que recordaba era, precisamente, el de la familia Bott, cuyos miembros habían servido por tradición como Mensajeros Imperiales, bastante próximos al trono… y de quienes se rumoreaba que tenían cierta propensión a la locura.

Pero, en aquella noche de luna llena en el Bosque Negro, Levi se preguntaba… ¿Qué tenía más sentido? ¿Que el Emperador tuviera cerca de él a un montón de chiflados "por tradición"… o que quisiera poder contar en cualquier momento con gente capaz de ver cosas que todavía no habían ocurrido? Quizás también se trataba de aquel viejo dicho, "ten aún más cerca a tus enemigos".

Su instinto de supervivencia ya estaba gritándole cuál era la respuesta correcta… incluso antes de haberse planteado la pregunta.

–Entonces es cierto –se atrevió a interrumpir el tal Marco, con algo de timidez–. El coronel Kenny y usted son… bueno, eran parientes.

Levi, por su visión periférica (otra de las cosas que le habían permitido sobrevivir tan largo tiempo) pudo ver que la rubia vestida de negro parecía haberse olvidado de Petra; ahora mirabaa con intensidad a los dos hombres, algo que el mayor volvió a agradecerle mentalmente al joven… aunque, si creía que sólo por eso ya iban a ser amigos, estaba muy equivocado.

–Hace tiempo que no uso ese apellido –replicó Levi, tratando de contener su irritación–. Es sólo un apellido, pero no tengo ganas de que se me asocie con esa escoria.

El muchacho ya parecía algo más confiado, jovial incluso, y sonreía con más naturalidad; como si por haber soportado aquella situación sin desmayarse, hubiera terminado acostumbrándose y pudiera hacerle frente con más entereza. El chico levantó una ceja, escéptico, y luego levantó la mano que tenía libre; empezó a contar con los dedos.

–Primero –dijo con tranquilidad–, esos reflejos y esa velocidad y destreza en combate no son casualidad, así que ustedes dos comparten… compartían algo más que "sólo un apellido". De lo contrario, no habría salido usted ileso de un asedio como ése, prácticamente sin un rasguño…

Entonces se detuvo, como extrañado. Luego miró otra vez a Levi, como atravesándole. El Capitán se sintió verdaderamente incómodo, casi con vértigo; por alguna razón, empezó a recordar los últimos momentos del intenso combate, un infierno de balas y metralla, y después… nada, un espacio en blanco, como si le faltasen demasiadas piezas de un puzzle y no pudiera ver la imagen que formaban. De nuevo sintió las náuseas, el frío… aquella maldita aprensión de la que era incapaz de deshacerse, que ahora volvía con más fuerza aún; no se había marchado, sólo se había escondido esperando una ocasión propicia.

–Y segundo –continuó enumerando el policía, rescatándole de aquellos pensamientos tan funestos–. No está bien hablar así de los muertos… Además, usted conoce a alguien más con ese mismo apellido, ¿verdad? Alguien vivo, quiero decir. A los Bott nos gusta leer informes, saber quién es quién… Una chica joven, ¿verdad? ¿Es familia, o "sólo un apellido"? ¿No quiere saber nada de ella, es también "escoria" para usted…?

La coraza gélida que había vuelto a formarse con aquellos malos presentimientos, la parálisis causada por esa aprensión… todo lo deshicieron las llamas de su ira, al oír hablar al otro con tanta tranquilidad de algo que no le concernía, algo demasiado personal. Si las miradas matasen, Levi ya habría hecho que el tal Marco explotase.

"Deja. El. Tema."

No tuvo que decir ni una sola palabra. Su mirada fue lo bastante significativa y ese imperial no era un "idiota suicida"; tragó saliva en cuanto captó el mensaje… pero eso no le detuvo para pasar a otro tema relacionado, o más bien, regresar a uno anterior.

–Una lástima, lo de Kenny y usted. Incluso siendo parientes lejanos, que tuvieran que terminar así… Porque si él entró en esa cabaña y luego ya no volvió a salir, me imagino cómo debió terminar el asunto… o más bien quién terminó con él. "Combatir el fuego con el fuego", ¿no?

Esto, sin embargo, lo fue diciendo mientras miraba a su compañera. La imperial ya no rezumaba odio, ahora en cambio tenía sobre su rostro una cuidada máscara de indiferencia… de ésas que se usan para ocultar cualquier otra cosa; Levi lo supo, porque era algo que él también hacía con frecuencia.

"Los dos están actuando de manera extraña y no es sólo por el sitio… Maldita sea, la respuesta está aquí, justo delante, ¿tan difícil es? O acaso es tan terrible, que no me atrevo a…"

Porque parte de él sabía que, a una respuesta, iría encadenada otra.

Y esa otra respuesta era la que le aterraba; y tenía una vaga noción de cuál sería la pregunta.

"¿Qué pasó exactamente en aquella cabaña?"

Pero dejó que aquellas dudas fueran ardiendo en el fuego de su ira, ya algo más controlada. Los dos imperiales no les dejarían marcharse sin pelear… ¿O quizás sí?

"Por probar, nada se pierde."

–Supongo que sería mucho pedir que vosotros os fueseis por vuestro lado y nosotros por el nuestro, ¿verdad? –Levi suspiró, resignado.

El tal Marco se quedó mirando un momento la nubecilla de vaho, condensada por el frío de aquella noche; un frío que, sin embargo, no afectaba tanto a Levi… porque sabía que los escalofríos que sentía de cuando en cuando, se debían a otra cosa completamente distinta.

–En realidad, la decisión no es mía… –el chico susurró primero, con la vista perdida; luego pareció animarse y se fijó en su compañera–. Oye, ya lo has oído, es el Capitán Ackerman. ¿No te gustaría medirte contra él?

La interpelada se le quedó mirando con cara de "¿pero tú eres idiota?"; Levi tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse. Empezaba a caerle bien, aquel muchacho, aunque fuese un maldito imperial; y si así podía darle una buena paliza a aquella zorra, a la que ya odiaba con toda su alma…

"¿De verdad crees que voy a dejar que le hagas daño a Petra? Por encima de cadáver."

–Sé que es inesperado –continuó explicándose el joven pecoso–, pero uno debería aprovechar estas oportunidades cuando se presentan.

Levi pudo atisbar en el chico, bajo una máscara de alegría casi desenfadada (y tan fuera de lugar en aquella situación), lo que ocultaba en realidad: miedo… pero no al legionario, sino a lo que sería capaz de hacer la imperial. La misma que antes había estado mirando a Petra como si quisiera arrancarle los músculos, los nervios, los huesos, uno por uno, causándole el mayor dolor posible.

Esa mirada que, por encima de todo, Levi jamás le perdonaría.

Y sin embargo, allí estaba el otro imperial, tratando de distraer a su propia compañera…

–Por qué –Levi, más que preguntar, lo pensó en voz alta, mirando aquellos ojos castaños que estaban y no estaban al mismo tiempo.

–Por qué… –repitió Bott, devolviéndole la mirada, su repentino pánico a duras penas controlado–. Porque fui yo quien la convenció para venir aquí. Porque creí que quería enfrentarse a un fantasma de su pasado, pero para aclarar algunas cosas y no para…

No llegó a terminar; como si le aterrase aquella conclusión inevitable.

–¿Es por lo de Stohess? –preguntó el Capitán.

Marco le miró de forma extraña.

–Capitán… Su grupo no estuvo implicado, ¿verdad?

No estaba seguro del porqué, pero Levi sintió el deseo… no de justificarse, ni de pedir perdón, pero sí de dejar las cosas claras, para que no se hiciera una idea equivocada.

–No fui yo –contestó–, pero si me hubieran dado la orden… la habría cumplido.

–A pesar de…

–Si. Exacto. "A pesar de".

Por un momento, el rostro del policía mostró genuina curiosidad más que otra cosa.

–Y ahora que lo pienso… ¿Nunca se ha planteado usted que quizás la República no tuvo nada que ver? Lo digo porque, bueno… Casi todos los oficiales que murieron pertenecían a una camarilla bastante crítica con el Emperador. Mucha casualidad, ¿no le parece?

A pesar de su situación, aquel enfoque del tema, desde una perspectiva completamente distinta, dejó perplejo a Levi. "Siempre había dado por hecho…" Aquello también debía de ser una idea nueva para el imperial, porque se le veía incluso entusiasmado.

–Trost nunca ha dicho ni que sí ni que no… Supongo que les conviene dar a entender que ellos serían capaces de hacer algo así de despiadado. Quizás por eso nunca lo han negado directamente…

"Es bastante retorcido. Por otro lado, el mariscal Erwin… Siempre supe que era un manipulador, pero, ¿esto? Llegar a esos extremos… Cuando dice que está dispuesto a cualquier cosa con tal de alcanzar la victoria, no bromea."

–Naturalmente, a nosotros tampoco nos cuentan nada más que lo que les conviene a ellos –Marco sonrió, con la mirada algo ausente–. Supongo que, en el fondo, no somos tan distintos…

Sin embargo, su expresión tranquila se convirtió de repente en otra alarma. Su mirada se había centrado en un punto más allá del Capitán; éste la siguió…

La otra imperial estaba apuntando a Petra con su revólver.

A apenas quince metros de distancia, no podía fallar ese disparo. El gesto casi parecía desganado, pero su mano no temblaba… y todo el odio de sus gélidos ojos azules estaba concentrado sobre la legionaria, que parecía haberse convertido en una estatua, incapaz de reaccionar.

Irónico, que quienes trataban de distraerla hubieran terminado distrayéndose a su vez; había bastado un solo instante, un solo despiste, para que se produjera justamente la situación que habían intentado evitar a toda costa.

Y cuando la muchacha vestida de negro habló, cada una de sus palabras cortó el aire, sus espíritus, como un puñal de hielo.

–Tengo que reconocer que, más de una vez, traté de imaginarme cómo sería este encuentro. Lo que yo diría, las patéticas excusas que tú pondrías… Ral.

Escupió el apellido como si fuera un insulto. Al lado de Levi, Petra tembló como si hubiese recibido un golpe; en cambio, la furia que sentía el Capitán fue en aumento.

–Annie… –susurró la legionaria.

"¿Así se llama la zorra imperial ésa?" Levi miraba alternativamente a las dos "¿Acaso se conocían de antes?"

Pero dejó de darle vueltas y centró toda su atención en la tal Annie… al ver el cambio que se producía en ésta.

Fue como si, al oír su nombre en boca de Petra, la muchacha vestida de negro se transformase. En sus ojos, ante había odio; ahora en cambio…

Lo que surgió en sus orbes azules fue como un fuego helado y gigantesco, un glaciar de furia asesina, tan gélida como ardiente era la de Levi. El Capitán, con toda su atención centrada en ella, volvía a sentirse como si estuviera a punto de arder, si no hacía ya algo, y aun así… sintió de nuevo, al mismo tiempo, lo que parecía el frío abrazo de la Muerte.

Sin embargo, la mirada mortífera iba dirigida a Petra. Ella no se movió, no dijo ni hizo nada; como si se hubiera convertido en una estatua de hielo.

Las siguientes palabras de la imperial, la tal Annie, que no dejaba de apuntar con su revólver a la legionaria, sonaron con el carácter definitivo de paletadas de tierra cayendo sobre la tapa de un ataúd.

No te atrevas a pronunciar mi nombre.

Y Levi descubrió, impotente… que no era capaz de hacer nada. Un terror irracional se apoderó de él. No quería, no podía dejar que aquella mirada gélida cayese sobre él y le fulminase allí mismo…

Annie amartilló su revólver, listo para disparar. El Capitán se recuperó de su helado estupor, pero ya era demasiado tarde.

Aquel breve instante de duda le había costado la vida a su compañera.

No podría llegar a tiempo. ¿O quizás sí? Todavía…

Justo entonces, detrás de él, oyó el chasquido inconfundible de otro revólver amartillado.

Por un momento, se había olvidado del otro policía.

"Mierda."

Ya no había ninguna posibilidad. Había fallado… y si sólo fuera a morir él por su propio error, lo habría aceptado; pero que también fuese a caer Petra por su culpa…

"Entonces… Annie tenía razón: los dos vamos a morir en este bosque. Y yo antes me había jurado a mí mismo que sacaría a Petra de aquí, costase lo que costase. Je, menudo éxito. Inútil, fracasado…"

Pero interrumpió aquel ataque de autocompasión al darse cuenta, por su visión periférica, de que el otro policía, el tal Marco Bott…

No le estaba apuntando a él.

Tampoco estaba apuntando a Petra.

El imperial, con una sonrisa como disculpándose y un brillo extraño en los ojos, apuntaba a Annie.