NI SIQUIERA LA MUERTE

AVISO LEGAL – Ver capítulos anteriores.

NOTA DEL AUTOR – Esta vez seré más breve. Antes que nada, lo de siempre: para leer directamente, saltad hasta la siguiente línea, donde termina la cursiva.

La ventaja de haber dividido el contenido de dos capítulos en tres, es que ahora puedo continuar con más rapidez. ¡Aseguraos de que habéis leído el capítulo anterior, antes de empezar con éste!

Todos los secretos se revelan ya aquí; bueno, casi todos… aunque para alguna explicación más detallada, habrá que esperar al sexto y último capítulo. Estoy procurando publicar lo antes posible, pero este capítulo y el siguiente casi van a tener el doble de la extensión habitual, así que os pido un poco de paciencia.

Es posible que me odiéis por lo que va a pasar aquí, al final; pero si miráis atrás, os daréis cuenta de que las señales ya estaban ahí. En realidad, esto era inevitable desde el principio; así es como tenía que ser. Si lo consideráis una traición, sentíos libres de cancelar vuestras "suscripciones".

Naturalmente, siempre agradezco comentarios, críticas, sugerencias… Responderé por PM, como de costumbre. También podéis pasaros por el foro Cuartel General de Trost.

Gracias por todo vuestro apoyo, en este viaje que ya se va acercando a su fin.

¡Hasta pronto y que disfrutéis de la lectura!


CAPÍTULO 5 – REVELACIONES

[Publicado originalmente el 16 de mayo de 2015, con una extensión de 7.984 palabras.]


La zorra imperial, la tal Annie, naturalmente reaccionó apuntando de inmediato al otro policía, aquel llamado Marco Bott; aunque actuó con rapidez, no por ello estaba menos perpleja ante la actitud de su compañero.

La rubia vestida de negro no dijo nada todavía; pero por la forma en que había abierto los ojos, de los que había desaparecido todo rastro de furia gélida (al menos por el momento), estaba claro que formulaba una muda pregunta al moreno pecoso.

"Qué estás haciendo."

Sin embargo, su rostro no mostraba el dolor propio de una traición. ¿Sería aquello una ocurrencia habitual entre ambos? ¿O acaso ella ya sabía que su compañero estaba medio chiflado, si no del todo?

Marco fue dando algunos pasos, cautelosamente, apartándose de Levi y Petra para no ofrecer un blanco tan fácil; se quedó algo más cerca de él que de ella, algo que no le hizo mucha gracia al Capitán, pero así al menos su compañera estaba más protegida. Annie siguió apuntando con su revólver al moreno pecoso, olvidándose momentáneamente de los dos legionarios.

El imperial no parecía tan impasible como su compañera; le temblaba ligeramente la mano con que sostenía el arma. Sin embargo, su cara contaba otra historia; se le veía tranquilo, incluso amable, como quien va a pedirle fuego a un desconocido.

"Claro que quizás terminemos teniendo aquí un 'fuego' de otra clase."

–Y… ¿ya está? –le preguntó Marco a la muchacha de negro–. ¿Eso es todo? ¿Tanto tiempo esperando, para luego pegarle un tiro así sin más? Dije que te ayudaría a enfrentarte a un fantasma de tu pasado, pero… francamente, me esperaba más de ti. Mucho más.

–Sigo sin entender por qué me estás apuntando –contestó Annie con una voz monótona que, en realidad, reflejaba tanta confusión como su rostro.

–Bueno… Sólo quería que me prestaras un poco de atención, antes de que hicieras algo de lo que luego te arrepentirías.

"Mira quién fue a hablar." Levi tuvo que esforzarse para no resoplar por la nariz.

El policía, con movimientos pausados, bajó su arma, la desamartilló cuidadosamente y luego volvió a guardarla en su funda.

Por un momento, Levi creyó que la imperial le pegaría un tiro a su compañero justo entonces… pero para su sorpresa, Annie consiguió ocultar de nuevo su confusión tras una máscara de perfecta indiferencia (que incluso él aprobaba a regañadientes), dejó de apuntar a Marco con su revólver y bajó el brazo… aunque sin llegar a guardar el arma.

Marco abrió los brazos desenfadadamente, con una sonrisa en los labios que también ocultaba algo… y aquel extraño brillo en sus ojos castaños.

–Vamos –continuó hablando, tranquilo en apariencia–. No tienes miedo, de eso estoy seguro, por mucho que él sea un Ackerman. La élite de la élite… ¿De verdad que no tienes curiosidad por ver quién de los dos ganaría, en un enfrentamiento a la antigua usanza? No encuentras un desafío como éste, a tu altura, todos los días…

"Espero que lo de la 'altura' no haya ido con segundas," gruñó Levi para sus adentros.

Y de nuevo tuvo un mal presentimiento, o incluso algo peor: la certeza de que aquella sonrisa, aquel brillo, revelaban en el fondo una cualidad siniestra.

"Marco Bott… ¿Qué estás viendo en realidad, con esos ojos?"

Le pareció que incluso la imperial temblaba un instante, como sintiendo un escalofrío.

En cuanto a Petra… Levi suspiró, resignado. No le costaba ver que, en aquellas circunstancias, su compañera seguía siendo un caso perdido. Incluso a él le estaba costando mantenerse entero, de una pieza, en aquel extraño torbellino de locura y misterios; sin olvidarse, además, del enfrentamiento entre su furia ardiente y el odio gélido de la perra imperial.

Por no hablar de las respuestas que había en el aire, a preguntas que él preferiría que quedaran sin contestar; algo más sobre lo que no tenía control alguno.

Y entonces, en la tensa calma nocturna, sonó otra vez la voz del muchacho, pero distinta. Y supo que no se había equivocado, al adivinar en él un fondo siniestro, un lado oscuro quizás… que ahora se hizo claramente visible.

–Además, si lo que quieres es hacerle daño a ella, dispararle sería demasiado sencillo. No, Annie, destrúyele a él antes… y ella sufrirá cada golpe, todo ese dolor, multiplicado por diez.

Lentamente, Levi fue girando la cabeza y fijó su mirada sobre aquel maníaco… y éste de repente se volvió hacia él, sonriendo con amabilidad; de nuevo, una persona completamente distinta.

"En serio, ¿quién eres?"

–Creo que está usted pensando… en tomarme como rehén –dijo Marco–. Usarme de escudo humano, ¿verdad? Y funcionaría en otras circunstancias, seguro. Pero no con Annie, ¡qué va! Ella aprovecharía la excusa para dejarme como un colador, ganas no le faltan.

–Me pregunto por qué será… –replicó Levi, con un tono que rezumaba sarcasmo.

–Bueno, en realidad ella está siempre enfadada… aunque normalmente no se le nota tanto.

El legionario volvió a mirar a la rubia vestida de negro, que ahora le examinaba a él con atención, midiéndole, valorándole…

–¿Tan buena eres? –le preguntó Levi, en voz baja pero perfectamente audible–. Permíteme que lo dude. Esta noche nos habremos cargado lo menos a cincuenta compañeros vuestros… Si fueras tan buena, habrías hecho algo para evitarlo, ¿no?

Se oyó el chasquido de alguien apretando con fuerza los dientes. Annie frunció el ceño; su máscara estoica se quebró por un instante y en sus ojos volvió a brillar un fuego helado, una silenciosa promesa de muerte, esta vez específicamente para el Capitán. Al su lado, Petra tembló todavía más; no dijo nada, pero casi le pareció oír su voz… "No la provoques."

–En concreto, Annie es la mejor de nuestra unidad en combate cuerpo a cuerpo –explicó Marco en lugar de su compañera, con lo que parecía orgullo en su voz, incluso admiración–. El problema es que, en esta época, con tantas armas de fuego, ya apenas hay oportunidades para decidir las cosas a la antigua usanza.

"Y lo dice en serio… pero incluso a mí me tienta ya la idea. Si tan decidido está, a ponerme en bandeja la oportunidad de partirle el cuello a la zorra ésa, pues tendré que aprovecharla."

Le dio a Petra un último apretón en el hombro, tratando de transmitirle parte de su determinación; querría poder rescatarla de la temible pesadilla en la que parecía estar atrapada, fuera cual fuese.

"Y por qué tanto odio… contra ella, específicamente."

Dejó caer lentamente al suelo la mochila medio vacía; luego se quitó la capa con la que habían estado cubriéndose los dos y se la colocó con cuidado a su legionaria. A través de la tela, le pareció sentir que el cuerpecillo de ella ya no temblaba tanto.

"Eso está bien."

–Cuídamela mientras soluciono esto, ¿de acuerdo? –susurró.

Petra asintió, de manera apenas perceptible; pero ya era una reacción, y él se quedó más tranquilo.

No tardó mucho en apartarse de ella; sobre todo, para que la imperial siguiera fijándose en él y no en la legionaria. Sin la mochila ni la capa, se sentía más ligero, listo para salir disparado como una bala contra su rival en cualquier momento. Avanzó algunos pasos hacia Annie, con lentitud; la perra todavía le miraba como dudando, con la pistola en la mano pero sin apuntarla contra él.

Petra se había quedado atrás, aparte, como olvidada por los imperiales (para gran alegría de Levi). Marco también avanzaba lentamente hacia su compañera, mirándola, con aquel extraño empeño en atraer su atención.

–Es decir –continuó el moreno pecoso, con el mismo tono de admiración y los ojos brillantes–, Annie es Annie… y además de eso, es una Leonhart. Oye Annie, ¿puedo revelarle a nuestro enemigo jurado los secretos ancestrales de tu línea de sangre, o prefieres que se lleve la sorpresa?

La rubia vestida de negro le echó a su compañero otra "mirada de la muerte" de las suyas; aun así, Levi se sintió especialmente alerta. Detrás de él, le pareció oír que Petra ahogaba una exclamación; él supuso que ella seguía temiendo que la zorra imperial explotase en cualquier momento.

"Así que Leonhart… Extraño, el apellido me suena pero no demasiado. Si es una familia tan importante, ¿no deberíamos saber más? No recuerdo que hubiera información sobre ellos, en los dossieres que nos pasaba Erwin."

–Je je, tomaré eso como un "no" –Marco no parecía desanimarse ante nada; luego miró de reojo al Capitán–. Sin embargo… Sé que usted sabe quién soy yo, qué significa mi apellido, pero por su expresión de ahora… ¿No ha oído usted hablar antes de los Leonhart? ¿El nombre "Leona Negra" no le dice nada?

–¿Acaso debería? –contestó Levi con tono despectivo, sin dejar de mirar a la imperial, atrayendo sobre sí su mirada fulminante; ya no sentía sus efectos con tanta intensidad, debía de estar acostumbrándose.

Y aunque ella estuviera armada y él no, ya se había acercado lo suficiente como para poder lanzarse sobre su enemiga… y estrangularla.

Una parte de él disfrutó con esa idea; la otra, se sintió horrorizada sólo de pensar en ello. Miró con recelo a Marco; empezaba a temer que su locura fuera contagiosa.

–Sólo le diré, Capitán, que ella es muy fuerte… mucho más de lo que aparenta, sobre todo en una noche como ésta, en un sitio como éste. Le sugiero que no se contenga.

–No me hacen falta tus consejos de mierda –replicó Levi, aunque su tono era neutro.

Y fue entonces cuando Annie decidió volver a intervenir.

–No lo entiendo, Marco… –movió la mano con que sostenía la pistola, sin apuntar a nadie en concreto, abarcando con el gesto todo lo que les rodeaba– ¿Por qué tanto empeño… en esto?

–Sabes, tienes razón… –contestó el chico, sin dejar de acercarse a ella–. No es sólo porque "dispararle y ya está" sería una decepción. Tampoco se trata de que hagas sufrir a nadie. En realidad…

El muchacho había llegado hasta su compañera; ésta le observaba atentamente, con la pistola todavía en la mano derecha. Clavaba en él sus ojos helados, pero su rostro traicionaba duda.

–En realidad qué, Marco –exigió.

–Quiero verte luchar –contestó él.

Algo en su tono, en la forma en que lo dijo, hizo que las palabras pareciesen tener un significado completamente distinto. Annie también se dio cuenta; por un instante, apareció un leve rubor en sus mejillas…

"Por qué no os vais a una posada," bromeó Levi para su adentros.

La reacción de la imperial fue mejor de lo que habría cabido esperar; con tranquilidad, enfundó el revólver y le pasó el cinto con el arma y la munición a su compañero, sin dejar de mirarle.

"Bien, tú sigue centrada en él y olvídate de lo demás."

Quizás habría sido un buen momento, para salir corriendo de allí con Petra y olvidarse de todo, tratar de perderle la pista a sus perseguidores… pero ahora a él también le picaba la curiosidad; quería saber cómo sería un combate contra aquella mujer, a la que guardaba una ira y un rencor difíciles de acumular contra alguien en una sola vida.

"Leonhart, Leona Negra… Nada, no me suena, no tanto como lo de Bott antes. Qué extraño. Si los de esa línea de sangre son 'personas de interés', ¿por qué el Imperio no lo aprovecha como propaganda? O quizás pretenden tratarlo como un 'arma secreta'… Hum, ¿tan secreta que ni siquiera Erwin sabe de esto? O puede que sí lo sepa, pero entonces… ¿Por qué nos ocultaría esa información?"

Por otro lado solía decirse que, para conocer verdaderamente a alguien, tenías que luchar contra él… o ella; quizás, combatiendo contra una Leonhart, podría averiguar más cosas sobre esa familia y su línea de sangre, obtener respuestas… aunque quizás debería temer algunas de ellas.

Annie también había entregado a su compañero el rifle y la mochila. Luego Marco se la quedó mirando un rato; ella enarcó una ceja, luego suspiró y puso los ojos en blanco, pero al final le pasó al chico una bayoneta que tenía guardada.

–Sabes perfectamente que no te va a hacer falta –la animó el joven–. En una noche como ésta, en este lugar… aquí hay poder. –Marco sonrió de nuevo, de esa manera tan inquietante, con un brillo desquiciado en sus ojos–. ¿No tienes curiosidad por ver hasta dónde llegan tus habilidades? –Bott negó con la cabeza antes de que ella pudiera contestar–. No, Annie, no… Me refiero a tus otras habilidades.

Levi volvió a sentir aquel temor… más que un mal presentimiento, era como si ya hubiera ocurrido algo terrible, aunque él prefiriese ignorarlo; algo que no se podía explicar con las reglas de siempre, porque aquella noche se estaban aplicando otras completamente distintas. Pero esas dudas y temores volvieron a consumirse en el fuego de su determinación; el lema no oficial de la Legión era "¡adelante!" y eso estaba dispuesto a hacer él, por más que aquellas circunstancias fueran cada vez más extrañas.

Tenía que hacerlo, por él mismo y por ella. Nada le detendría.

–Levi –oyó una suave voz a sus espaldas.

Casi saltó de la sorpresa, pero se controló y simplemente se dio la vuelta…

Petra estaba allí, a su lado.

La mujer que tenía enfrente, parecía ahora completamente distinta a la de hacía apenas unos instantes; si, seguía siendo ella, pero al mismo tiempo… era más.

Ya se había recuperado de aquel impacto gélido; ahora se mantenía erguida y sus cálidos ojos azules le contemplaban con serenidad. La capa de él, con la que ella se cubría, le daba un aire casi regio. Con movimientos pausados pero decididos, se quitó la venda que le cubría la frente y las sienes. Dejó caer la blanca tela, que fue arrastrada por una leve brisa como un pequeño dragón con vida propia. El viento agitó sus cabellos rubios…

Levi tragó saliva cuando se dio cuenta de que, a pesar de las manchas que el combate había dejado en su uniforme, Petra en sí no tenía ni una sola marca, ni una sola herida. Después de aquel combate feroz, desesperado, casi inhumano, su piel brillaba a la luz de la luna como si fuese plata… y sin un solo rasguño. Ya sin la venda cubriéndole la cabeza, podía verlo con claridad.

Levi ignoró deliberadamente el hecho de que él mismo, e incluso su uniforme, habían salido bien parados de aquel temible enfrentamiento… demasiado.

Lo que ya no pudo ignorar, fue el notable parecido entre la legionaria Petra Ral y la policía Annie Leonhart. No la nariz, desde luego; pero el cabello, el color de los ojos, la altura, ciertas facciones… incluso un aura de poder, que emanaba de ellas en esa noche tan especial.

Sin embargo, donde Leonhart parecía ser capaz de estrujar su espíritu con un gigantesco puño de hielo, en cambio Petra era como un fuego cálido… que a él le daba la vida.

Aquella diferencia crucial se notaba, sobre todo, en sus ojos. Dos orbes azules, unas puertas gemelas al cielo, al paraíso. Aun siendo consciente de los dos imperiales que había a sus espaldas, Levi habría querido salvar la distancia que le separaba de ella y abrazarla… pero se conformó con verla ya recuperada, confiando incluso en sus posibilidades de salir de allí con buen pie.

Quiso creer que el fuego que sentía arder en su interior, había terminado alcanzando a Petra, animándola, como ella había hecho antes con él. Casi rió otra vez, al recordar lo que se le había escapado a su legionaria… "una sola carne"; quizás no tanto, pero sí era cierto que estaban juntos en aquello.

Eso era lo que más le motivaba ahora.

El tal Marco, aunque estuviera medio chiflado, parecía tener cierto sentido del honor, e incluso parecía capaz de influir en su peligrosa compañera; así que, si Levi conseguía derrotar a la Leona Negra en combate, quizás podrían terminar escapando de aquel bosque. Su instinto ya le advertía que era mala idea subestimar a su rival… y también otra cosa más, algo relacionado con Petra.

En ese momento, en sus cálidos ojos azules, había una inmensa tristeza, inconmensurable; también le pareció ver, en aquellos orbes de zafiro, compasión. "Una sola carne." Quizás no lo fueran, pero él casi podía sentir lo mismo que ella.

Y entonces lo supo. La respuesta que había tenido delante de él todo este tiempo; la que había querido ignorar. Volvió a sentir pánico, ante aquella revelación inevitable. ¿Por qué? ¿Era sólo eso… o había algo más? Una respuesta encadenada con otra… y la segunda sería mucho peor que la primera. ¿Lo sabía ella? ¿Lo sabían ya los imperiales? ¿Era él el único que todavía se resistía, que se negaba a reconocerlo?

En aquel instante, supo que ya no podía seguir ignorando esa verdad, no del todo; ya no había vuelta atrás. Sin embargo, su valor flaqueó y no fue capaz de hacerle frente directamente.

–Petra, di lo que tengas que decir… por favor –Levi habló en voz baja, con calma; pero en su tono había una nota de desesperación, similar a la de un náufrago que se aferrase a una tabla.

Esta vez, sería ella quien le rescatase a él… aunque todavía se negaba a reconocer de qué exactamente.

–Levi –susurró ella, dolida, pero sin dejar que ello hiciera mella en su determinación; decidida y al mismo tiempo dudando, como si no fuera capaz de decirlo todo… y temiendo que incluso sólo una parte de ese todo ya fuera más de lo que él pudiera soportar.

Hubo un instante de silencio. Por la forma en que a Levi se le erizaron los pelos de la nunca, supo que los dos policías estaban observándoles; pero a pesar de su situación, algunas cosas ya no admitían más demora. Ciertos secretos tenían que desvelarse de una vez.

–Levi –repitió Petra; oírla susurrar así su nombre le reconfortó–. Sé que tienes que luchar contra ella, pero por favor… no la mates.

–Por qué.

No fue una pregunta, ni una exigencia. Simplemente, era lo que debía decir en ese momento.

Silencio…

–Porque es mi hermana.

Silencio.

La vida, el tiempo, sus respiraciones… Todo parecía haberse detenido en aquella noche.

Y sin embargo… era inevitable.

"Mi verdadero apellido no es Ral," había dicho ella antes.

Esos parecidos… el cabello rubio, los ojos azules, incluso el cuerpecillo menudo pero rebosante de energía… y poder.

"¿…le revelo a nuestro enemigo jurado los secretos ancestrales de tu línea de sangre…?", había bromeado antes el policía imperial.

Salir ilesa de un combate a vida o muerte, sin un solo rasguño, a pesar de tanta sangre. ¿Dos balas, o tres, por la espalda? Pero Petra no tenía ni un sólo agujero.

Noche de luna llena en el Bosque Negro. Una fuerza que despertaba, se desataba, al darse las circunstancias apropiadas.

En realidad, tenía sentido. Petra, Annie… Ambas resplandecían a la luz de la luna.

Levi comenzó a flaquear… pero ella no. Ella se mantuvo firme por los dos; siguió mirándole, como de costumbre más preocupada por los demás que por sí misma. Él sonrió. "Típico de Petra." Incluso ahora, ella temía más por lo que él pudiera pensar, por si se consideraba traicionado de alguna forma; el Capitán supo que debía tranquilizarla inmediatamente.

–Petra Leonhart no suena mal del todo –contestó él con calidez, sin necesidad de fingir.

La leve sonrisa que fue apareciendo en el rostro de ella… era recompensa más que suficiente.

Pero todo eso acabó de repente.

De pronto, Levi se sintió como si un gigantesco puño invisible hubiera empezado a estrujar su cuerpo, arrebatándole todo el calor de sus miembros con aquel agarre gélido; como si la Muerte hubiera decidido venir al fin para cobrar su deuda, llevárselo… y devorarlo.

Lo que le permitió seguir consciente en aquel mundo fue el aplomo de Petra. Ella también debió de sentir aquel tremendo golpe de odio gélido, pero se mantuvo firme. Sus ojos brillaron con determinación y, también, con aquella compasión que él había visto antes.

Quien habló entonces no fue Petra.

No te atrevas –susurró una voz fría, como un puñal de hielo, cargada con aquel odio inconfundible.

Aquella voz, a espaldas de Levi, le atravesó como un disparo invisible… y pareció impactar de lleno en la legionaria. Petra siguió de pie, pero en su rostro se reflejó un dolor inconmensurable, un padecimiento atroz; tanto, que incluso Levi lo sintió, como si fuera el suyo propio. Parecía imposible que alguien pudiera…

Yo no tengo hermana. Mi hermana está muerta.

No. Se había equivocado. No era imposible. Aquello, aquello era mucho más cruel y dolía mucho más. Para Petra, debía de ser un sufrimiento indescriptible; no se había podido contener más, de sus ojos empezaron a brotar las lágrimas…

Y Levi experimentó, una vez más, sentimientos encontrados; un torbellino de emociones cruzadas que, en cualquier momento, estallaría arrasándolo todo a su paso.

Se dio la vuelta. Fulminó con la mirada a la zorra imperial, que se había atrevido a hablarse así a su Petra.

Annie no sonreía; tampoco mostraba una actitud condescendiente. Le había entregado las armas a su compañero. Marco se había dado cuenta de lo que estaba a punto de pasar y, discretamente, se había ido echando para atrás, tragando saliva y con cara de circunstancias; era normal que no quisiera estar en medio, cuando aquellos dos titanes chocasen.

La perra imperial había abandonado ya toda pretensión de indiferencia, de que el asunto no iba con ella. Su diminuto cuerpo parecía temblar, como tratando de contener una energía que excedía aquellos límites… y algo parecido le pasaba a Levi; todo ese dolor que acababa de sentir, como algo físico, se había transformado en otra cosa bien distinta.

Antes había creído que estaba verdaderamente furioso, que era imposible estarlo más…

Se equivocaba.

Ahora estaba furioso.

Como fuego líquido que recorría sus venas; como si cada músculo, cada nervio, ardiese con llamas de energía pura. Como si su cuerpo y su mente estuvieran por completo centradas en un solo objetivo, ignorando todo lo demás a su alrededor.

Su objetivo era matar a Annie Leonhart.

Petra tuvo el buen sentido de retroceder un par de pasos, de no insistir, no intervenir; se dio cuenta de que esa fuerza que se había desatado, ya no se podía controlar.

Y después de eso… para Levi ya no existió nada más. Annie y él, solos, en aquel bosque. Uno de los dos terminaría muerto. Lo supo. Nada podría evitarlo.

Un silencio tenso cayó sobre ellos. No se oía ni un ruido…

Y entonces Levi salió disparado contra la imperial.

Aquel primer salto con que se impulsó, fue tan potente que le extrañó que el suelo no cediera bajo sus pies; apenas quedaron unas huellas en la nieve.

Con gran satisfacción, pudo ver que en el rostro de Annie aparecía otra expresión completamente distinta: miedo. Prácticamente podía olerlo… y le encantaba.

Despertaron todos sus instintos; se dispuso a poner en práctica, sin pensar apenas, todo lo aprendido en años de combates. Técnica y experiencia, intuición y conocimiento, talento natural y entrenamiento continuo… todo ello le convertía en la máquina de matar definitiva.

Mientras surcaba el aire, con los cabellos negros agitados por el viento y el pañuelo blanco revoloteando en su cuello, justo antes del impacto, aquel proyectil humano se dio cuenta de una cosa.

Annie estaba sonriendo.

Era la viva imagen de la felicidad.

Sólo pudo intuir que, en el fondo, ella estaba deseando librar aquel combate tanto como él.

El odio gélido de ella, contra la furia ardiente de él. Un infierno de hielo, contra otro de fuego.

Dos Muertes enfrentadas entre sí.

El Capitán saltó hacia Annie y le lanzó una poderosa patada voladora que le habría reventado la cabeza… si no fuera porque la imperial se apartó justo a tiempo, echándose a un lado, mientras abría considerablemente los ojos, sin perder del todo aquella sonrisa suya.

Levi moderó la fuerza de su ataque, de modo que cuando topó contra el tronco de un pino, no lo golpeó sino que lo usó como apoyo, cambiando en apenas un instante de dirección y volviendo a lanzarse desde allí, impulsándose con las piernas, de nuevo volando hacia su rival.

Atacó con una feroz patada descendente que habría acabado con cualquiera, pero ella volvió a echarse a un lado… Entonces, él se apoyó con los brazos en el suelo y giró las piernas en un potente barrido que debería haber dado con Annie en el suelo, pero tampoco hubo manera; ella volvió a dar un salto por encima de sus piernas… y luego le lanzó una poderosa patada al Capitán.

Levi tuvo que rodar hacia delante, por debajo de ella, para esquivar el golpe; poco le faltó, para recibirlo de lleno en toda la cara. Se incorporó enseguida, encarando a su rival… No sudaban todavía, ni siquiera respiraban con demasiada agitación. Ninguno le quitaba la vista de encima al otro.

–¿Ya está? Qué poco aguante… –bromeó ella, con esa sombra de sonrisa en los labios y un brillo bastante animado en sus ojos azules.

–Tsk –replicó el Capitán–. La niñata de mierda hace chistes de niñata de mierda, vaya sorpresa.

Ella contestó a eso… pero no con palabras; dio un salto, giró sobre sí misma y lanzó una patada que le habría destrozado el pecho si Levi no se hubiera echado para atrás. Se preparó para contraatacar con un puñetazo… pero tuvo que rectificar en el último momento, dando otro salto hacia atrás y esquivando por un pelo la coz que le soltó Annie al tocar tierra.

Levi se quedó en su posición, pero ella todavía lanzó otra patada giratoria, antes de volver a incorporarse y mirarle de frente, con los brazos colocados en una guardia alta a ambos lados de la cabeza, los puños cerrados… Un arma lista para dispararse contra él en cualquier momento.

El legionario se preguntaba cómo tocar siquiera a alguien así.

Y eso, a pesar de que se sentía mejor que nunca, animado por el frenesí del combate; no estaba seguro de haber librado antes uno semejante en toda su vida. Y aunque él se notaba más rápido y más fuerte, ella también lo era… Quien consiguiera dar el primer golpe, seguramente ganaría; o más bien, perdería quien cometiese el primer error.

Fuego contra Hielo. Uniforme verde contra uniforme negro. Ojos grises metálicos, clavados en orbes de zafiro, no menos implacables; y sin embargo… con el cabello rubio así suelto, el parecido con Petra… Levi se permitió sentir un escalofrío.

Ella aprovechó su supuesto momento de debilidad y se lanzó contra él.

A Levi casi se le escapó una sonrisa. Casi.

"Ha sido echar el cebo y ella ha picado rápido…"

Annie fue a darle un puñetazo, pero él estaba preparado y se echó a un lado con rapidez, listo para…

Entonces ella, con un solo movimiento fluido y más veloz aún, convirtió aquel puñetazo en un codazo, cambió de dirección y…

Todo lo que pudo hacer Levi fue retroceder a tiempo para no recibir de lleno el impacto; pero sintió como si le hubieran golpeado con una maza justo en la frente.

Retrocedió varios pasos y aumentó la distancia, meneando la cabeza para despejarse. Ella había visto su amago y había respondido con otro… Tragó saliva; iba a ser difícil. Y eso que se había apartado un poco; si no hubiera retrocedido a tiempo para aminorar el impacto…

…podría haber muerto.

Annie le observaba, otra vez con aquella guardia alta suya, que parecía ser su postura característica; tener así los brazos le permitía responder con rapidez a cualquier movimiento, atacando o defendiendo según fuera más conveniente.

"Quizás me estoy complicando demasiado."

–En realidad, es muy sencillo –susurró él casi con maldad, sonriendo levemente, mientras usaba las palabras de ella.

Annie enarcó una ceja, pero no tuvo tiempo para más; Levi se lanzó a por la imperial, amagando con lo que parecía ser un ataque frontal directo…

…y que al final resultó ser un ataque frontal directo.

Aquello no era un hombre. Era un torbellino de piernas que habría triturado cualquier cosa en su camino. Cualquier cosa… pero no a Annie.

Una, dos, tres patadas le dio el Capitán, tan rápidamente que parecieron una sola, elevándose cada vez más en el aire… donde luego giró sobre sí mismo; una hazaña casi imposible para quien no fuera él, con una elegancia más propia de un acróbata que de alguien capaz de matar con un solo golpe. Esa última patada podría haber derribado un árbol…

…pero Annie ni siquiera pestañeó.

La rubia había captado enseguida la situación: Levi se había abalanzado sobre ella con demasiada rapidez como para esquivar, demasiada fuerza como para controlarla y volverla contra él usando alguna llave o proyección. Así que ella también se limitó a hacer "lo más sencillo": bloquear aquellos golpes demoledores, uno detrás de otro.

Y lo peor fue que, ya de nuevo en el suelo, retirándose a una distancia prudencial, el Capitán se dio cuenta de que, si no fuera por aquella energía que animaba su cuerpo, aquel fuego que rugía en su interior… él se habría destrozado al chocar contra aquella defensa inquebrantable.

Los brazos de su rival parecían de hierro…

Pero cuando Levi se incorporó y volvió a mirarla con atención… se le paró el corazón.

Hierro no. Hielo.

Las manos de Annie, y por extensión sus brazos debajo de las mangas de su uniforme, estaban recubiertas de una fina capa azul cristalina; el humo que emanaba de aquella superficie color zafiro, revelaba que se trataba de hielo.

La chica había convertido su cuerpo, literalmente, en la mejor arma y la mejor defensa; si le daba a él un solo golpe…

Y entonces fue cuando se fijó en su cara.

Su disciplina, su veteranía y experiencia, fue lo que le permitió contener un grito de terror.

Porque en sus ojos azules, allí donde antes estaban sus irises, ahora ardía un fuego helado, resplandeciente, que prometía consumirle…

De nuevo le invadió la desesperación; todo ese temor, esa terrible certidumbre de que le aguardaba una eternidad de dolor y sufrimiento a manos de aquella… criatura.

Se había equivocado. Ése era su verdadero aspecto. Era la encarnación de la Muerte y había venido a por él.

Y cuando la vio sonreír aún más ampliamente, de veras creyó que aquellos dientes, aquellos labios, devorarían su alma.

Lo que sintió con cada fibra de su ser, en ese momento, fue desesperación en estado puro.

Y ella avanzó un paso, luego otro… El suelo vibraba bajo sus pies, el mundo temblaba con cada uno de sus pasos. Era una fuerza primigenia, gigantesca… que le aplastaría.

"¿Y Petra también es una Leonhart?", consiguió pensar Levi, en un breve instante de lucidez. "Porque nunca la he visto hacer algo así."

Y entonces… recordó.

Recordó que todo ese odio, ese poder, toda esa furia gélida, había ido dirigida en un principio a Petra.

Y supo que, si él fracasaba, su legionaria sufriría un destino mucho peor que el suyo.

La siniestra sonrisa de su temible enemiga no dejaba lugar a dudas… y ella también se había dado cuenta. La sonrisa de Annie se hizo aún más amplia, el fuego azul en sus ojos más intenso…

Y Levi supo que se enfrentaba al Mal.

–Primero la desollaré viva, lentamente, poco a poco –susurró la Muerte–. Luego le iré arrancando los músculos, los tendones, uno por uno… naturalmente, trataré de dejar en su sitio los nervios. Quiero que sufra. Y ya lo creo que va a sufrir… Una vez, y otra, y otra… Y cuando me canse y haya tenido suficiente, la devoraré viva. Oh, pero todo eso es exactamente lo que te voy a hacer a ti, delante de ella, para que sufra todavía más –su sonrisa se hizo aún más amplia–. ¡Será como matarla dos veces!

Y Levi supo que Annie sería capaz de hacerlo.

No fue "la gota que colmó el vaso".

Fue, más bien, un dique que se vino abajo de repente, un torrente de furia asesina y justa ira… que se abalanzó sobre aquel demonio de ojos azules.

Ya antes creía haberse sentido más rápido y más fuerte que cualquier otro día de su vida… y sin embargo, toda esa potencia palideció comparada con la que ahora recorría su cuerpo; nunca antes había sentido algo parecido. Como si hubiera ido al infierno… y luego regresado al mundo de los vivos, cargando con ese fuego del que daría a probar a aquella zorra.

No gritó. Su silencio fue mucho más terrorífico que cualquier palabra.

El mundo tembló con el enfrentamiento entre aquellos dos colosos.

Como si dos dioses hubieran decidido resolver sus diferencias a puñetazo limpio…

No había nada más en el bosque. Sólo la luna, los pinos, la nieve… y ellos. Parecía increíble, tanta violencia y furia desatadas, en un lugar tan tranquilo.

Ya no se trataba de dar un primer y único golpe letal, esquivando los del otro… Cada uno estaba como poseído, repleto y al mismo tiempo consumido por aquellas energías desbordantes, que chocaban entre sí…

El Capitán lanzó una patada baja, casi un barrido, con una pierna; Annie respondió saltando y pegando una patada lateral, a la altura de la cabeza de él. Levi se protegió justo a tiempo con el codo y fue a aprovechar la apertura de ella para soltarle un directo en el pecho…

Ella fue más rápida. La palma extendida de su poderosa mano, cubierta con aquel fuego helado azul en estado sólido, se incrustó en su cara y le partió la nariz al Capitán.

Ese impacto habría bastado para matar a cualquier otra persona… normal; y sólo unos instantes antes, Levi habría quedado como mínimo aturdido… pero ya no. Era como si todo el dolor que hubiera podido sentir, lo hubiera dejado para más adelante; como si no le importase arder en el infierno, si al menos antes conseguía matar a la perra imperial y salvar a Petra.

Aceptó el dolor. No perdió ni un instante. Reaccionó casi a la velocidad del pensamiento.

Antes de que Annie pudiera retirar su mano, Levi la mordió.

Sus dientes no atravesaron aquella coraza gélida que parecía recubrir su piel, sintió un dolor punzante por aquel frío… pero ni pretendía lo primero, ni le detuvo lo segundo.

Conectó un directo con la cara de Annie, le alcanzó de lleno… y algo más.

Él supuso que ella podría proteger cualquier parte de su cuerpo de la misma manera, recubriendo su piel con aquel cristal gélido…

Todas las partes de su cuerpo… menos una.

El Capitán Levi le destrozó los ojos a Annie Leonhart.

Notó como si le ardiera la mano… mientras él no dejaba de morder la de ella.

Después de aquel repugnante sonido, hubo un instante de silencio.

Luego ella… no gritó; un humano gritaría, pero lo que salió de su boca tenía más de animal que de humano. Fue una mezcla de aullido y rugido… y al mismo tiempo, algo completamente distinto, algo que no era de este mundo. Como el grito de un alma en pena, condenada a vagar por toda una eternidad de dolor y sufrimiento.

Había creído que un sonido como ése prendería fuego al bosque, haría explotar los árboles en varios kilómetros a la redonda; pero no ocurrió nada de eso.

En cambio, fue como si la realidad temblase; como ondas en el agua tras el impacto de una piedra. Y Levi… él también tembló.

Sintió como si hubiera estallado en llamas. Retiró su mano, dejó de agarrar la de ella con los dientes; retrocedió un par de pasos, cayó rodilla a tierra mirando al suelo, sintiendo como que se moría… Como si un fuego distinto al de su ira le estuviera consumiendo ahora; como si hubieran vertido sobre él metal al rojo vivo y aquella masa incandescente, como el magma de un volcán, estuviera destruyendo desde dentro cada célula, hasta no dejar nada y desaparecer por completo como si nunca hubiese existido.

Pero entonces recordó que eso sería lo que le pasaría a Petra si él dudaba y fallaba ahora; si no terminaba lo que había empezado…

Así que se lanzó a por Annie.

Ella se había llevado las manos a los ojos, en un acto reflejo…

Así que no pudo cubrirse del siguiente impacto. Ni siquiera lo vio venir.

El pie de él se estrelló contra la cara de ella en una patada voladora frontal. Un golpe, justo en la frente, que debería haberle licuado los sesos a cualquier otro… pero no a ella.

A pesar de todo, la imperial retrocedió con aquel fuerte impacto…

Y Levi cometió el error de confiarse.

Durante unas décimas de segundo, en vez de limitarse a actuar, pensó cuál sería la mejor manera de acabar con ella… la más dolorosa. Creía que Annie ya se había quedado ciega. Creía que él ya había ganado el combate.

Se equivocó.

Ella apartó las manos de la cara… y Levi se quedó paralizado de terror.

A pesar de toda la furia incandescente que ardía en su interior.

Lo supo. Estaba mirando a la Muerte a los ojos. Bailando con el diablo, a la luz de la luna, en aquel bosque nevado.

Donde antes había unos ojos, ahora brotaban llamas azules… como si esa energía gélida y cristalina de su interior, amenazara con desbordarse por aquellas cuencas y arrasarlo todo a su paso.

No sonreía. Más bien enseñaba los dientes en una mueca feroz, como la de una loba a punto de lanzar una dentellada con la que desgarrar la garganta a un rival.

En vez de eso, lo que ella lanzó fue su mano extendida, con la punta de los dedos por delante, como si de una estocada de espada se tratase…

Fue demasiado rápido. Levi no pudo esquivar, no pudo retroceder. Sí consiguió, en el último momento, atrapar aquella cuchilla afilada entre sus propias manos… pero esos dedos atravesaron su uniforme, la piel de su pecho, desgarraron su carne y buscaron con ahínco su corazón para arrancárselo.

A través de aquella herida, mientras sujetaba aquella mano para evitar la muerte, Levi sintió frío… frío en sus propias manos, en su pecho, que iba extendiéndose por todo su cuerpo; invadiendo todos sus miembros, arrebatándole todo el calor y la vida… hasta perder su alma.

Y perder a Petra.

Pero no iba a permitirlo. Simplemente no era una posibilidad.

Con toda la fuerza que pudo reunir, Levi apartó aquel puñal de hielo antes de que terminase de perforarle el pecho; consiguió echarlo a un lado y, mientras lo hizo, sintió el dolor llameante y gélido al mismo tiempo, conforme aquella cuchilla de carne y hueso rasgaba su uniforme y cortaba su pecho, aun sin llegar a alcanzar órganos vitales.

Con aquel agarre, los dos estaban bastante cerca… Quizás no había espacio para dar patadas, pero sí algún rodillazo; y él estaba usando dos manos para apartar la de ella, que todavía tenía una libre.

Antes de que Annie intentara atravesarle de nuevo, Levi cerró con rapidez aquella distancia escasa, para evitar que ella le atacase donde tenía ventaja; con el impulso que obtuvo al lanzarse hacia delante, el legionario le metió a la imperial un formidable cabezazo.

Quizás, si le hubiera dado en su gran nariz, habría sido ella la que le habría atravesado a él; pero el fortísimo impacto alcanzó a Annie justo en la boca.

Se escuchó un temible chasquido, no supo si le había roto sólo algunos dientes o toda la mandíbula… pero el rostro de ella se vio cruzado por el dolor y el aturdimiento durante unos instantes.

Levi aprovechó esa oportunidad.

Sus golpes sólo le permitirían ganar tiempo para retrasar lo inevitable; ella podía absorberlos, uno tras otro…

Pero incluso una zorra infernal necesitaría respirar.

Así que soltó la mano de ella y, con las dos suyas, con una fuerza sobrehumana cargada con todo el fuego de su odio hacia quien había prometido torturar y matar a su Petra… Levi agarró del cuello a Annie y la levantó en el aire, separándola del suelo; casi la estampó contra un árbol, pero se contuvo… no quería darle ningún punto de apoyo.

Empezó a apretar. Lo hizo con todas sus fuerzas. Con cualquier otra persona, aquella presa demoledora habría quebrado su cuello, aplastado su tráquea o incluso separado la cabeza del resto del cuerpo… pero no con ella; debajo de sus manos, en su piel, podía sentir la fría mordedura de aquella capa protectora de hielo, que ahora recubría su cuello.

Pero, aun así, ella no podía respirar.

Era extraño… El fuego azul todavía estaba allí, pero volvía a tener sus ojos… ¿Acaso había sido su imaginación? ¿O se le habían regenerado en apenas unos instantes? Debía ser uno de los poderes de los Leonhart.

–Adelante, muéstrame tu poder… –susurró él, con maldad; una sonrisa feroz, diabólica, en sus labios–. Muéstrame cuánto puede aguantar una Leonhart sin respirar.

Los ojos de ella comenzaban a darse cuenta de la situación… ojos asustados de una muchacha que acababa de enterarse de que iba a morir; la mirada implacable de acero de Levi, no dejaba lugar a dudas.

Naturalmente, ella se resistió… pero ahí fue donde el Capitán aprovechó al máximo aquella diferencia de diez centímetros de altura. Sin dejar de estrangularla, extendió los brazos y la levantó todo lo que pudo para que ella no pudiera alcanzarle…

Sus ojos azules brillaban cada vez más con un fuego distinto: miedo a la muerte. El sudor hacía que los cabellos rubios se le pegasen al cráneo como un casco dorado. Por la nariz resoplaba con fuerza, malgastando el poco aire que le quedaba… la boca ensangrentada, entreabierta en un grito de desesperación que no llegaba a salir de su garganta; no podía…

Siguió resistiéndose. Siguió sin servir de nada.

Como si estuviera concentrando todas sus fuerzas en el cuello para que no se lo partieran, o como si hubiera empezado a dudar en aquel instante decisivo, sus brazos y piernas ya no resultaban tan letales. Sin apoyo alguno, sostenida en el aire y sin poder respirar, sus patadas dolían pero no eran ya tan demoledoras como antes; Levi temblaba todavía con cada impacto, y a veces creía oír un crujido, pero no aflojó su presa.

Annie trató de golpear luego con los puños, pero esa pequeña diferencia de altura parecía hacerse abismal ahora; suspendida en el aire, sus impactos ya no tenían tanta fuerza.

Cada vez más pálida, cada vez más asustada… el color abandonaba su rostro, su vida se extinguía…

Levi siguió apretando, sin aflojar su presa.

Cada patada le dolía; cada puñetazo, cada golpe, cada arañazo en sus brazos y en su cara, los sentía tanto… pero la idea de que le estaba causando a ella, a esa aspirante a asesina fratricida, tanto o más dolor… reforzaba su determinación, le animaba a continuar… Como si la vida que se iba extinguiendo en ella, en realidad, él se la estuviera arrebatando para añadirla a la suya propia.

Una parte de él creyó que nunca se había sentido mejor. La otra parte tembló ante aquella idea…

Pero Levi siguió apretando.

Cuando Annie, en el que quizás fuese uno de sus últimos esfuerzos, le escupió en la cara… sintió que le quemaba, como si fuese ácido. Pero siguió estrangulándola, sin dejar de mirarla.

Sólo podía oír un latido, una respiración… ¿Era la suya propia o la de ella? Estrangular a alguien era una acción bastante personal, bastante… íntima.

No hubo nada más que decir, nada más que hacer. Simplemente el silencio, sólo roto por gemidos ahogados de agonía, gruñidos furiosos, rechinar de dientes y el resuello de unos pulmones que ardían por la falta de oxígeno. Una persona estaba matando a otra; una seguía con su presa implacable y no cedía, la otra se movía cada vez menos…

Como si no hubiese, para esas dos personas, nada más en el mundo.

Pero el mundo no se había olvidado de ellos.

Por eso Levi se sorprendió cuando notó el frío acero del cañón de un revólver apuntado contra su sien, justo detrás de la oreja.

Desconcertado, giró la cabeza…

Petra estaba apuntándole con un arma. Ella. A él.

Marco, que era quien se la había dado, estaba a su lado, con una cuidada expresión neutra.

La legionaria tenía la cara más triste, más apenada, que Levi hubiera visto jamás. Los ojos al borde de las lágrimas, con surcos resecos en las mejillas por las que habían caído antes. Ella negaba suavemente con la cabeza, de forma apenas perceptible.

–Me lo prometiste –susurró.

Y al oír su voz, Levi supo que ella, como antes el imperial con su compañera, sólo quería atraer su atención… no sería capaz de dispararle. Ella debió de verlo también… bajó el arma, luego la dejó caer al suelo, como si le quemara. Marco la recogió con rapidez y la sostuvo en la mano, sopesándola, como tratando de decidir… luego miró a Annie.

Naturalmente, Levi no había dejado de apretar. La imperial se movía cada vez menos; ella sólo tenía ojos para el Capitán… Sus orbes azules, implacables, llenos de odio hasta el último momento, todo para él, ignorando a Petra… quizás ya ni siquiera podía verla.

–Me lo prometiste –repitió en voz baja la legionaria.

–No te prometí una mierda –gruñó Levi; la ira que abrasaba su interior amenazaba con desbordarse y arrasarlo todo a su alrededor.

–Levi, es mi hermana –suplicó Petra.

–La misma que dijo que estabas muerta para ella… que luego te torturaría y te mataría… ¿Es que no has oído nada de lo que ha dicho? –replicó el Capitán, exasperado.

–Levi, por favor…

–¿De verdad quieres que la suelte? ¿Para que en cuanto se recupere te pegue una puñalada por la espalda? Nada, ¿me oyes?, nada justifica que…

Y entonces oyó un chasquido con el que ya estaba bien familiarizado. Dejó de hablar y giró la cabeza.

Marco estaba apuntándole ahora a él con el revólver; lo sostenía a apenas unos centímetros de la cara de Levi.

–¿En serio? –Levi se recuperó de su estupor y tuvo que esforzarse para no reír, despectivo–. ¿Ahora si vas a disparar…?

El muchacho imperial no sonreía, pero sus ojos castaños… mostraban demasiadas cosas a la vez; brillaban con pánico sobrecogedor, determinación suicida… y algo de alegría siniestra, casi alivio, como quien por fin ha tomado una decisión difícil y siente como que se ha quitado un peso de encima.

A su lado, extrañamente, Petra parecía más bien… ¿resignada? Algo no encajaba.

–No se ha dado usted todavía cuenta, ¿verdad Capitán? –preguntó Marco, cortés, serio.

Levi se le quedó mirando, con cara de "¿pero de qué estás hablando?"… Seguía estrangulando a Annie y, por mucho aguante que tuviese la chica, ya apenas se movía.

–No hay tiempo para explicaciones –Marco tragó saliva–. Que conste que yo… esto es sólo…

–Aclárate de una vez, maldito imbécil –espetó Levi, consumido cada vez más por su ira–. ¿Vas a pegarme un tiro o no? Si sí, hazlo de una puta vez. Si no, aparta ese trasto de mi cara, mientras termino de cargarme a la zorra de tu novia, ¿quieres? Si tuvieras cojones, ya me habrías matado.

El imperial sonrió con lo que parecía tristeza, resignación… Como Petra. Como si los dos se hubieran dado cuenta, supieran…

El mal presentimiento, la aprensión, volvieron con fuerzas redobladas… pero Levi dejó que ardiesen en el fuego de su ira. No se detuvo. No quería.

–Es lo que intento explicar, Capitán –siguió el muchacho–. Yo, a usted, no puedo matarle. Ya no.

La incredulidad, el temor, el miedo… Tantas emociones… Daba lo mismo: todas ardieron. Las palabras, por sí solas, ya no podían hacerle ningún efecto.

Así que Marco apretó el gatillo.

El silencio de la noche fue quebrado por la detonación.

La bala atravesó limpiamente su cabeza.

Pero el chico tenía razón.

Levi no podía morir dos veces.