Disclaimer: Como dije en el capítulo anterior, me limito a traducir. No soy ni arts and letters (¡pasaos a leer sus fics, son geniales!) ni Moffat ni Gatiss.
En fin, la vida no es justa.
Capítulo 2: Hábitos de cruce del pez
Todo empezó el día que un pez –un carpín dorado, vivo, en una pecera de cristal con algunos guijarros en el fondo- apareció en el escritorio de Mycroft Holmes.
Aunque Anthea intentó mantener la compostura lo mejor que pudo, no lo consiguió del todo frente a la obvia incomodidad de Mycorft Holmes con el giro de los acontecimientos. Como siempre, cuando se trataba de asuntos de esta naturaleza, se sentía como un pez fuera del agua. Una situación inusual con la que estaba preparada para lidiar.
-Anthea, ¿por qué hay un pez en mi despacho?
-Es un regalo de su hermano.
-Así que ¿Sherlock es el responsable?
-Bueno, definitivamente no lo es su otro hermano.
Le concedió una diminuta pero genuina sonrisa por eso, pero su expresión se oscureció otra vez cuando su mirada volvió al cuenco de cristal de su escritorio.
-¿Sería tan amable de deshacerse de esto por mí?
-¿Tirarlo, señor?
-Sí, tírelo. Alimente al gato de alguien, échelo por un desagüe o dele un funeral militar… lo que quiera, pero sáquelo de mi escritorio.
-¿Está seguro? Fue un regalo, después de todo. Podría herir los sentimientos de Sherlock…
Apenas pudo decirlo con seriedad y Mycroft recibió esas palabras alzando las cejas y con una diminuta sonrisa en los labios. No obstante, su respuesta pareció suavizar su determinación.
Cedió, con un sufrido suspiro.
-Está bien, pero asegúrese de ocultar esa cosa a puerta cerrada antes de que alguien importante se lo encuentre. Y hágale saber a Sherlock que se queda en contra de mi voluntad. No quiero que esto vaya más lejos.
Intentó no parecer muy satisfecha.
-Por supuesto, señor. ¿Eso es todo?
-Sí, Anthea. Puede retirarse.
Y con eso, se giró y salió de allí, aunque la imagen de un desconcertado Mycroft Holmes permaneció en su mente durante el resto del día. Solo por eso, había merecido la pena ayudar a Sherlock en ese asunto en particular.
De normal, no estaría tan dispuesta a actuar a espaldas de Mycroft, pero había aprendido a apreciar la mezcla entre hostilidad y afecto de los hermanos Holmes y, en ocasiones como esta, no le importaba tomar cartas en el asunto.
Sin embargo, era consciente de que había algo que se le había escapado del intercambio, aunque no era algo tan inusual. Después de todo, la genialidad de esos dos no tenía rival que ella conociera, y nadie brillaba como Mycroft Holmes.
No en su mundo, al menos.
Poco después de volver a su escritorio, mientras se preparaba para analizar los últimos archivos que había enviado el Ministerio del Interior, su teléfono móvil vibró, interrumpiendo su trabajo.
¿Qué ha dicho? –SH
No parecía muy contento, pero lo convencí para que no tirara al pobre animal por el retrete.
Bien hecho–SH
Con el tiempo terminará cediendo–SH
Anthea no se molestó en responderle después de eso, aunque eliminó la conversación de sms con rapidez. Prefería que Mycroft no supiera que estaba envuelta en todo el ausnto. Al menos, no todavía.
OoOoO
Mycroft Holmes estaba poco menos que contento —por decir algo—cuando, unos días después, Sherlock irrumpió en su oficina durante un momento particularmente tenso en las negociaciones con Corea del Norte.
-Esto puede parecerte sorprendente, Sherlock, pero los que tenemos un trabajo de verdad, con responsabilidades reales, no disponemos de tiempo para recibir visitas a media jornada laboral. Así que, ¿a qué se debe el placer de tu presencia?
A Sherlock no se le movió ni un pelo por la bienvenida tan poco calurosa de Mycroft.
-He venido a ver mi pez.
-Me pensaba que se suponía que era mi pez. ¿O no entiendes cómo funcionan los regalos? Eso explica muchas cosas, vaya.
-No, Mycroft, por una vez, eres tú el que no lo entiende. Pero lo harás pronto.
Con esa críptica última palabra —y antes de que Mycroft pudiera responder—, Sherlock se dio la vuelta y salió de allí, cerrando a su espalda.
En su camino hacia la salida, se detuvo para charlar rápidamente.
-Hola, Anthea.
-Buenas tardes, señor Holmes.
Anthea no se molestó en levantar la vista de su ordenador, pero eso no le impió continuar a Sherlock. Había venido con una misión, después de todo.
-Parece ser el tipo de mujer que sabe lo que quiere. Así que, dígame, ¿cuándo planea declararle abiertamente su afecto a mi querido hermano mayor?
Eso fue suficiente para que dejara de teclear, aunque siguió sin crear contacto visual. Sherlock apreció el que no se molestara en negar la verdad subyacente de esa particular declaración (aunque, claro está, ¿qué sentido tendría?). Aún así, decía mucho -y para bien- de su carácter e idoneidad como compañera para su hermano mayor.
-Supongo que mis avances no serían bien recibidos.
Sherlock también aprobó el hecho de cómo lo dijo, sin sonar irritante o melancólica. Aunque eso no hacía menos incorrecta su conclusión.
-¡Venga, Anthea! Conoce a mi hermano mejor que a nadie. Todo está en cómo se lo diga.
-¿Eso es todo, señor Holmes?
-Por ahora, sí. Me acompaño a mí mismo hasta la puerta, ¿no?
Anthea asintió simplemente como respuesta.
Seguía sin despegar la vista de la pantalla, ni los dedos en el teclado. Pero su mente… su mente estaba en otra parte.
No había pasado mucho rato, cuando el zumbido de su móvil interrumpió el hilo de su pensamiento. Tampoco se sorprendió al comprobar su teléfono y encontrarse un nuevo mensaje de Sherlock Holmes. Aunque el contenido… bueno, eso sí que era un poco inesperado.
Debería saber que no ha sido la primera y que las que la precedieron tuvieron que dar siempre el primer paso. –SH
Su sentido común le dijo que no contestara, pero no pudo conternerse. No después de una revelación de ese calibre.
¿Qué pasó con esas otras mujeres?
Eso no importa. —SH
¿Por qué no?
Porque esas mujeres, Anthea, no eran tú. –SH
Ese último mensaje le aclaró poco, pero ya había pasado el tiempo suficiente con los hermanos Holmes para saber cuándo no se iba a hablar más de un tema, así que borró sin más los sms más recientes y volvió a su ordenador.
OoOoO
Tenía una última tarea que terminar antes de poder irse a casa, de modo que agarró los suministros necesarios y abrió en silencio la puerta de la oficina de Mycroft Holmes. Se sobresaltó al descubrir que no estaba vacía, tal y como había esperado.
-Lo siento, señor Holmes. No esperaba que siguiera aquí tan tarde.
-Yo tampoco- respondió con una pequeña mueca- ¿Puedo ayudarla en algo? Supongo que habrá alguna razón por la que haya venido a estas horas.
-Sí, claro. Solo iba a darle de comer al pez antes de irme.
-¿Darle de comer al pez?
-Sí señor. Los peces también necesitan comer.
-¿Ha estado haciéndolo a menudo?
-¿Cree que el animal ha sobrevivido dos semanas sin comer nada?
-Bueno, supongo que no he pensado mucho en ello.
La observó con atención dispersar por la superficie del agua unos cuantos copos de comida y ambos contemplaron cómo el pez emergía y volvía a sumergirse en el agua, con eficacia, para coger su cena.
-Dígame, Anthea, ¿tiene nombre este pececillo?
-No, señor. No tengo mucha mano para los nombres.
-¿En serio? Siempre pensé que tenía un talento natural.
Intentó no sonrojarse ante eso, aun cuando había sido uno de los cumplidos más significativos que había recibido del hombre más importante que hubiera conocido jamás.
Y, gracias a que siempre caía de pie con habilidad, la solución le vino pocos segundos después.
-Aurora.
-¿Disculpe?
-Se llama Aurora.
-La diosa del amanecer. Qué encantador.
-Sí, y comparte una raíz etimológica similar con la palabra latina para oro.
-Aurum. Sí, muy apropiado, sin duda.
Una vez se despidió de Mycroft hasta el día siguiente, empezó a repasar instantáneamente de memoria sus palabras textuales y su tono exacto, para poder reproducirlos una y otra vez en la privacidad de sus propios pensamientos.
Esa noche, mientras intentaba dormir tumbada en la cama de su apartamento vacío —con el móvil en la mano, por si recibía correspondencia importante durante la noche—repasó su conversación con Mycroft una y otra vez en su cabeza, permitiéndose a sí misma disfrutar de la calidez de su elogio. Sabía que esa noche había visto una parte de Mycroft Holmes que muchos otros no verían nunca.
Aunque no quería obcecarse mucho con ellos, tampoco pudo ignorar su conversación con el hermano menor.
¿De verdad era tan simple? ¿Sería realmente cuestión de preguntar?
Se había convencido a sí misma durante mucho tiempo de que cualquier intento no sería ni sensato ni bien recibido; había utilizado esa convicción como un escudo para protegerse de querer algo que no podía tener. Pero ¿y sí…? ¿Y si había una posibilidad, por pequeña que fuese? ¿Y si lo único y lo que más quería de verdad pudiera ser suyo?
¡El sentido común que había tras sus acciones le había parecido antes tan claro…! Pero ahora no podía dejar de preguntarse a sí misma "¿y si…?"
Cuando era niña, su padre le decía que podría sacarle al mundo lo que quisera siempre que estuviera dispuesta a conseguirlo. Esas palabras la habían guiado a lo largo de su vida en todos sus aspectos, excepto en este. Así que, ¿por qué debería dejar que se le escapara por entre los dedos el único hombre al que había querido?
Se durmió librando esa guerra consigo misma y se despertó por la mañana con una sensación de júbilo y vagos recuerdos de un sueño de ambos, juntos, sin trabajo, ni móviles, ni archivos… solo ellos dos, hablando, tocándose…
Y fue en ese momento en el que juró que Mycroft Holmes iba a ser suyo.
OoOoO
Si quisiera la atención de cualquier otro hombre, sabría exactamente lo que tendría que hacer. Un poco de piel, una miradita, una sonrisa… y sería suyo.
Pero Mycroft Holmes no era como ellos. Él no caería con esos trucos baratos.
Así que decidió llamar la atención de la parte de Mycroft Holmes que más le gustaba.
Su mente.
Aunque se había dedicado solo una escasa cantidad de tiempo al estudio de la psicología, recordaba haber aprendido algo sobre el concepto "detonador", por el que la exposición a un estímulo podía conducir a una respuesta inconsciente derivada de un evento posterior. Eso fue lo que la inspiró a dar el primer paso.
Pocos días después, llegó a la oficina de Mycroft Holmes con una pecera más grande y un segundo pez.
Esperó —atenta y nerviosa— a ver qué contestaba. ¿La despediría en el acto? ¿Se enfadaría, con esa conducta siempre tan plácida?
Cuando su única respuesta fue un "Supongo que este también tendrá un nombre…" acompañado de una sobrecargada expresión teatral, supo que había tenido éxito en su primera tarea.
-Por supuesto.
Hizo una pausa para crear efecto, saboreando el momento, antes de revelarlo:
-Se llama Titono.
-Titono- repitió él, pensativamente-, el mortal que se atrevió a amar a una diosa- y, entonces, recitó-. "No me retengas en tu Oriente para siempre.
¿Cómo pueden cruzarse, por más tiempo, nuestras esencias?"
-Siempre me ha gustado ese poema-sonrió.
-A mí también.
Ambos compartieron un silencioso momento de apreciación antes de que la expresión de Mycroft se agriara.
Se preocupó por un instante, preguntándose en qué punto de la conversación se habían torcido las cosas, hasta que Mycroft añadió:
-Por favor, no le cuente esto a mi hermano.
Y con esas palabras, su tensión desapareció.
-Sus secretos están a salvo conmigo, señor- dijo casualmente, con una leve sonrisa.
-Lo sé.
Sus palabras eran tranquilas, pero llenas de calidez y significado.
Aunque no mucha gente lo sabía, ella podía leer entre líneas los matices implícitos de esas dos palabras. Para un hombre como Mycroft Holmes, la confianza era una de las recompensas más importantes y difíciles de conseguir.
Y ella la tenía. Confiaba en ella, más que en nadie.
Pero ¿podría llegar a quererla?
La única forma de saberlo era preguntando.
OoOoO
El día en el que -por fin- le declararía sus sentimientos a Mycroft Holmes, esperó hasta que se respirara la calma en la actividad de primera hora de la tarde, una vez apagados los incendios más recientes y a una hora en la que sabía que Mycroft tendría un momento libre.
Se había hecho un resumen de los puntos generales de su avance, aunque no los había escrito. No tenía que parecer ensayado. Además, aunque Mycroft Holmes era un hombre de razón, ese seguía siendo un asunto del corazón.
Estaba nerviosa — ¿cómo podía no estarlo?— pero no era una persona cuyo miedo dominara sus acciones y, por eso, cuando se dio el momento oportuno, se levantó de su escritorio, se miró rápidamente en el espejo, inspiró profundamente y llamó con suavidad a la puerta que separaba sus oficinas.
-¿Señor Holmes?
-¿Sí, Anthea?
-¿Puedo hablar con usted un momento?
-Claro.
Normalmente hubiera tomado asiento, pero esta vez decidió quedarse de pie. Inspiró profundamente y empezó a hablar.
-He llegado a la conclusión de que deberíamos añadir un componente más íntimo a nuestra relación profesional. Espero que, una vez haya escuchado mis razones, esté de acuerdo conmigo.
Esa era la única frase que había optado por adelantarle. Nunca le había gustado dar rodeos al tema principal.
-No necesita que lo adule ni le diga lo brillante que es, porque ya lo sabe. Jamás podré estar intelectualmente a su altura -¿quién podría?-, pero eso no significa que no podamos ser grandes juntos.
Creo que puedo hacerle feliz como nadie más podría. Sé cómo es cuando no hay nadie más en la misma habitación. Puedo decir cuándo quiere silencio y cuándo quiere que hable. Y sé qué decir cuando quiere escuchar.
¿Con cuántas personas puede imaginarse estando tantas horas a la vez? ¿Con quién más compartiría sus detalles diarios? ¿Cuántos estarían dispuestos a escuchar y a quienes confiaría sus secretos?
Pero usted ya confía en mí, incluso para temas confidenciales. Todo lo que le pido ahora es que también confíe en mí con su corazón.
Mycroft abrió la boca como si fuera a interrumpirla, pero ella se le adelantó antes de que tuviera siquiera la oportunidad.
-No me diga que no tiene uno. Sé que no es cierto, señor, y creo que usted también lo sabe. O quizá se crea lo que siempre ha dicho… En tal caso, déjeme demostrarle el corazón que tiene. No espero flores, ni bombones o poesías, ni regalos. Usted es todo lo que quiero, lo que quiera compartir conmigo.
Una vez terminado su discurso, se permitió finalmente a sí misma centrarse en su expresión y por primera vez desde que se conocieron, Mycroft Holmes parecía muy inseguro de sí mismo. No estaba segura de si era por lo que había dicho o por el hecho de que jamás la había escuchado encadenar tantas palabras del tirón.
Conteniendo el aliento, esperó su respuesta pero, cuando finalmente habló, fue solo para decirle:
-Podría tener hombres mucho más atractivos que yo, Anthea.
-No me importa el físico, ni el suyo ni el mío. No soy esa clase de mujer.
La expresión confundida de su rostro se transformó en algo más, completamente… más allá de lo que ella podía situar.
-No, definitivamente no lo es.
Y después de eso, permaneció en silencio.
Una vez quedó claro que no iba a responder a su declaración, decidió hacer una salida elegante en la medida de lo posible (teniendo en cuenta todo lo que acababa de revelarle al hombre que más admiraba).
-Estaré con usted a las cinco en punto para su sesión informativa de Oriente Medio.
Y con eso, salió de la habitación, cerrando suavemente la puerta detrás de ella.
No era esa la respuesta que esperaba, pero al menos tampoco era la que se había esperado. No realmente.
Así que volvió a su escritorio, a la habitación de al lado, y empezó a revisar los documentos que el ministro de Defensa había enviados más pronto ese día.
Veinte minutos después, se activó el interfono y escuchó la voz de Mycroft al otro lado.
-Anthea, ¿podría venir un momento?
Se levantó de su escritorio, abrió la puerta que separaba ambas oficinas y entró.
-¿Sí, señor Holmes?
-¿Le importaría acompañarme para la cena?
-Por supuesto, señor. ¿Llevo conmigo los archivos de Corea del Norte?
-Para ser exactos, estaba pensando en que deberíamos salir a cenar. Hay un restaurante francés no muy lejos de aquí que creo que le gustará.
No muy segura del verdadero significado de sus palabras y con esperanza, aunque también miedo de confiar en su corazón, preguntó:
-¿Hago la reserva, señor?
Esperó, conteniendo el aliento.
-Deje que me ocupe yo de eso- dijo él.
Y sus dudas desaparecieron.
Después, añadió:
-De hecho, ¿por qué no se toma el resto de la tarde libre? La recogeré a las siete…- y se detuvo, inseguro de sí mismo, antes de añadir- si le parece bien, claro.
Sintió cómo el corazón le aumentaba de la alegría, y respondió con una sonrisa:
-Siempre.
A cambio, la honró con una rara y genuina sonrisa propia, que era aún más especial por sabía que era solo para ella.
-Excelente. Nos vemos a las siete.
Antes de salir de la habitación, la llamó de nuevo.
-Oh, y una última cosa.
Ella se detuvo, con la mano en la puerta.
-Llámame Mycroft.
OoOoO
Horas después, iba el uno al lado del otro en la parte de atrás del coche de Mycroft, tal y como lo hacían a menudo. Aunque esa tarde no era como ninguna de las veces anteriores.
Ella llevaba un favorecedor pero adecuado vestido negro y él uno de sus más elegantes trajes; sofisticado y distinguido, con esa discreción que encajaba tan perfectamente con Mycroft Holmes.
Mientras el chófer los conducía por las calles de Londres, Anthea respondía correos con su móvil –algunas cosas nunca cambian- hasta que se dio cuenta, por el rabillo del ojo, de que más que mirar por la ventana como era habitual en él, Mycroft la estaba mirando a ella, en silencio y de forma pensativa.
Envalentonada por su reciente éxito, se inclinó un poco, acercándose más a él y cuando no se apartó, lo tocó suavemente, apoyando la mano derecha en su pierna. Al tensarse levemente, ella se preparó para retirarla…
Pero, entonces, él puso su mano izquierda encima de la suya y entrelazó sus dedos.
En ese momento supo, sin ninguna duda, que finalmente – ¡y por fin!- Mycroft Holmes era suyo.
Y juró que nunca lo dejaría ir.
Nota de traducción: Sé que en la adaptación al español de la serie, Mycroft dice que vive "rodeado de borregos" y antes de cambiar de tema, Sherlock le pregunta si se había buscado "una ovejita".
Curiosamente, me parece una posibilidad de traducción bastante ingeniosa: tiene sentido y más elegancia que la opción de estar rodeado de burros, que también podía darse dada la expresión en español.
La versión original en inglés habla de "goldfish", lo que viene a ser el típico pez rojizo/anaranjado/dorado de ojos saltones que se puede encontrar en cualquier acuario; también conocido como carpa dorada o carpín dorado común.
Pues bien, como el fic original gira alrededor de la analogía con el animal de la versión inglesa (y, dado el marco geográfico en el que se desarrolla la acción, es mucho más sencillo escribir sobre peces que sobre ovejitas), lo he traducido tal cual y me he permitido aclararlo para que luego no me linchen.
Además, por si alguien se ha quedado con la intriga (o simplemente quiere leer el poema del que Mycroft recita dos versos), puede encontrar una traducción oficial al español de Titono en el blog de Jordi Doce ( . ).
A pesar de que jamás -repito, JAMÁS- he hecho traducción poética, me hacía ilusión intentarlo con los dos versitos de Mycroft; espero no haberlos arruinado al tomarme la libertad de jugar con la palabra "mix" (mezclar, que he cambiado por "cruzar") para que tuviera más sentido y reflejara la esencia del título del capítulo. "Cruce" también se utiliza para "apareamiento", de ahí el mítico cruce de peces… y de las naturalezas o esencias, tan distintas, tanto de Anthea como de Mycroft. Connotaciones por todos lados, este fic está lleno de sentido.
El poema original –un monólogo dramático escrito de 1833 a 1859 por Alfred Lord Tennyson en verso blanco (pentámetro yámbico)- se llama Tithonus, y personalmente, me parece precioso. Lo recomiendo de corazón, así como redirecciono al perfil de arts and letters, que ha sido tan amable de permitirme traducir sus fics y escribe maravillosamente.
Me despido esperando que hayáis disfrutado leyéndolo tanto como yo, tanto leyéndolo como traduciéndolo.
