NI SIQUIERA LA MUERTE
AVISO LEGAL – Ver capítulos anteriores.
NOTA DEL AUTOR – Camaradas, ya hemos llegado al final.
Ha sido un honor, un privilegio, compartir este camino con ustedes.
Espero que hayan disfrutado de esta historia. Espero haberle hecho justicia a estos personajes.
Puede que no sea el final que se merecerían, pero es el mejor que podían conseguir, dadas las circunstancias.
Comentarios, críticas, etcétera, ya saben que suelo contestarlas todas por PM. Me han servido para darle más solidez a esta historia, cuidar detalles que quizás en otro caso habrían quedado más flojos. Y recuerden: siempre son bienvenidos al foro Cuartel General de Trost.
Ya es la hora. Empecemos con las despedidas.
Hasta pronto.
CAPÍTULO 6 – DESPEDIDAS – PRIMERA PARTE
[Publicado originalmente el 18 de mayo de 2015, con una extensión de 10.510 palabras.]
El Capitán Levi no vio la vida pasar delante de sus ojos. No toda su vida, al menos.
En vez de eso, recordó un momento muy concreto. Casi fue como si volviera a estar allí.
De nuevo, en aquella cabaña.
Ese maldito lugar en el que había perdido a sus hombres, sus camaradas… sus amigos.
Tanta muerte, en un lugar tan pequeño.
Gunther, el primero en caer; luego todos los policías que estaban esperando emboscados dentro; después Auruo, y Eld, y el bastardo de Kenny…
Petra Ral no. Ella no cayó.
"Espera… No es Ral, ¿verdad? Al menos, no sólo."
En aquel entonces, no lo sabía… y poco le habría importado.
Lo importante era que ella pudiera escapar de allí. Si mataban al Carnicero y luego morían todos, sería como si nada tuviera sentido; pero si ella conseguía salir de allí, si Petra sobrevivía… entonces a él no le importaba morir.
Levi prefería abandonar ese mundo, sabiendo que en él quedaba algo bueno… por lo que merecía la pena luchar hasta el final.
Mucha gente había muerto en aquella cabaña; muchas armas, que ya nadie usaría… Así que, cuando Petra cumplió su orden y se lanzó al escape, él le dio un buen uso a todo ese material; rifles y pistolas, municiones y granadas, no desaprovechó nada.
Primero disparó a los enemigos que se interponían en el camino de la legionaria; cuando por fin desapareció entre los pinos del Bosque Negro, Levi sintió alivio… pero la batalla aún no había terminado.
Tenía que ganar tiempo. Él solo no podía derrotar a cien imperiales, pero sí podía "convencerles" de que sería mala idea intentar perseguirla.
Siguió disparando, saltando de una ventana a otra para cubrir todos los flancos, lanzando también granadas cuando algún grupo de temerarios se acercaba demasiado. Las balas surcaban el aire como si fueran granizo; no sabía cómo, pero casi podía verlas, como si él se moviera mucho más rápido o todo a su alrededor hubiera empezado a ir más lento.
Si le dieron alguna vez, ni siquiera lo notó; la adrenalina se encargó del resto.
Aquellas figuras negras seguían avanzando, implacables. No se detendrían hasta acabar con él, eso Levi ya lo había asumido; pero si conseguía entretenerles lo suficiente…
Ya no tiraba a matar, no necesariamente. Cuando podía, tiraba sólo a dar; por cada imperial herido, otros dos tendrían que encargarse luego de él… y así las posibilidades de Petra mejorarían considerablemente. Qué demonios, incluso las suyas propias mejoraban considerablemente.
Quizás, al final, él también podría escapar de allí…
Fue justo en ese momento cuando el paquete cayó dentro de la cabaña.
Más que oírlo, lo presintió. Después lo vio.
Dos bolsas atadas entre sí, repletas de granadas, que alguien había lanzado por otra de las ventanas.
Levi soltó su arma. Cogió el paquete. Se dispuso a devolvérselo a los imperiales…
Prácticamente no había perdido ni un instante; reaccionó con velocidad sobrehumana. Podría haberlo conseguido, fue muy rápido.
Pero no lo bastante.
Quien había lanzado el paquete, había quitado el seguro de varias granadas mucho antes.
Le explotó justo en la mano, cuando iba a tirarlo por una ventana.
La brutal explosión voló la cabaña por los aires. La metralla lo destrozó todo a su paso.
Lo último que vio Levi fue un intenso fogonazo. Lo último que sintió fue dolor.
Después… nada.
Y sin embargo…
Si así había sido, si eso era lo que había ocurrido… ¿Por qué seguía allí?
Rodeado por aquella oscuridad, aquella nada, que iba convirtiéndose en parte de su ser. Ni vivo ni muerto. Perdidos sus sentidos, su noción del paso del tiempo, su percepción del espacio.
¿Qué era él? ¿Qué hacía allí? ¿Qué le esperaba?
Quizás el descanso eterno. El fin.
Se había acabado, entonces. El dolor, la guerra. Al menos, para él.
Pero no para ella.
Porque ése había sido su último pensamiento consciente, antes de que las llamas le consumiesen.
Una sola palabra. Una sola persona.
"Petra."
En aquella oscuridad, en aquella nada que le ofrecía descanso y paz, Levi recordó… que ella todavía seguía luchando; que todavía tenía una posibilidad.
Y entonces, de algún modo, supo… que Petra iba a morir.
Como si en aquel momento pudiera ver… que a ella no le aguardaba una sola muerte, sino varias en cascada; de modo que, aunque escapase de una, todavía caería en la siguiente.
La Muerte no era lo único que la esperaba. También vio dolor, un sufrimiento atroz…
Todo en él, cada fibra de su ser, se rebeló ante aquella idea.
¿Cómo podía descansar, olvidar, sabiendo lo que iba a ocurrirle a ella?
Volvió a sentir el fuego, pero no el de la explosión; era el de su propia ira, que iba apoderándose de su espíritu, que no descansaría hasta haber cumplido la promesa que se había hecho a sí mismo.
Que, aunque él tuviese que morir, ella escaparía de aquel bosque. Viviría.
Y de algún modo, fue recuperando lentamente sus sentidos, la percepción de tener un cuerpo propio, con el que podía desplazarse por aquella nada, que iba cediendo y desvaneciéndose conforme él se acercaba de regreso al mundo de los vivos.
Sin embargo, sólo su determinación y su furia no habrían bastado. Ni siquiera el hecho de ser noche de luna llena en el Bosque Negro. Hacía falta algo más… y ocurrió.
Un poder latente, inmenso, gigantesco… El poder de un ángel. De una diosa.
Una llamada de auxilio, de callada desesperación, aunque quien pedía ayuda no era consciente de ello. Un punto de referencia, un ancla, un lazo entre ambos mundos que le permitió regresar allí donde estaba la persona que más le necesitaba en ese momento.
Acudió a esa llamada que esperaba con ansia. Todavía no podía marchar al más allá, no sin haber resuelto antes aquel asunto pendiente.
Sin embargo, mucho se perdió en aquel traspaso. Regresar a una existencia con noción de espacio y tiempo, "aquí y ahora"… Olvidó, o más bien le fue imposible recordar, aquellos sucesos que había visto sin que hubieran ocurrido aún; otros sí tenían ese don, pero él no era uno de ellos.
Así que, cuando volvió a verse en el bosque nevado, rodeado por los pinos que brillaba a la luz de la luna como majestuosas columnas en el palacio de la naturaleza… no pudo recordar cómo había llegado hasta allí; y aunque hubiera podido, no habría querido hacerlo si eso le hubiese paralizado, impidiéndole hacer lo que debía hacer.
A pesar de todo, lo intuyó; nunca dejó de hacerlo. Como un poso, un fondo, que a veces tomaba la forma de aquella aprensión gélida que le había estado invadiendo constantemente.
Esta vez sí recordó. Al fin y al cabo, esas cosas que había visto al principio, antes de que ocurrieran, ya habían pasado… al igual que el peligro.
Lo supo en ese mismo momento. Pudo respirar, tranquilo… Petra estaba a salvo.
Pero entonces, si ya había cumplido su misión… Levi todavía seguía allí.
¿Por qué?
Volvió al presente. Abrió los ojos.
En lo alto, pudo observar un cielo estrellado a través de las copas de los pinos nevados. La luna seguía derramando su generoso baño de plata. Todo tan tranquilo…
Debajo de él, podía sentir la nieve sobre la que estaba tumbado, de espaldas; pero no tenía frío.
Comprobó que podía mover los brazos y las piernas. Dejó escapar un suspiro…
"¿Es aire lo que respiro?"
Contempló la nubecilla de vaho que partió de sus labios; pequeña, tenue, más de lo que correspondía en una noche como ésa.
Entonces oyó una voz, ya casi la de un viejo conocido.
–Las señales siempre han estado ahí, para quien quería verlas.
En su campo visual apareció, de pie, cierto moreno pecoso con expresivos ojos castaños, al que ya iba comprendiendo algo mejor.
–No es sólo el vaho –continuó Marco, con aquella sonrisa suya, un poco incómoda–. Sus pisadas en la nieve también eran más ligeras, incluso su sombra a la luz de la luna es menos nítida –tragó saliva mientras se rascaba a la vez la nuca–. Y si uno le mira a usted fijamente durante un rato… se puede ver lo que hay al otro lado.
Levi parpadeó un par de veces, perplejo. Le bastó levantar un poco la cabeza para comprobar que la terrible herida que tenía antes en su pecho había desaparecido; qué demonios, incluso su uniforme volvía a estar como nuevo. Y no notaba nada raro en la cara, a pesar del golpe que le había dado antes la otra… y del disparo.
–¿Cómo es que estamos teniendo esta conversación? –preguntó en voz baja pero clara, con tono neutro; no estaba seguro de si debería estar enfadado… el caso es que se sentía bien así, tumbado sobre la nieve.
–Se refiere usted a… –Bott no parecía muy seguro.
–Me refiero –le cortó Levi–, a que acabas de pegarme un tiro en la cabeza. A bocajarro. Cojones, si hasta he sentido cómo me atravesaba la bala. ¿A qué ha venido eso?
Un instante de silencio.
–Había llegado un punto en que las palabras ya no servían para nada –contestó el chico, como disculpándose pero no del todo–. Iba a cometer usted un error… del que se arrepentiría toda la eternidad. Hice lo que tenía que hacer.
Levi no se sentía culpable por haber intentado matar a Annie, ella le habría hecho a él lo mismo; pero sin toda esa rabia, sin toda esa ira, se sentía mejor.
–¿Cuánto llevo así? –preguntó en cambio.
–Dos minutos como mucho.
–Pareció más tiempo.
–La cosa cambia, ¿verdad? Cuando puedes ver lo que hay al otro lado…
–Chaval, no lo he visto. He estado allí.
Otro silencio prolongado.
–El caso es que… –continuó Marco dudando un poco–, es que ni siquiera debería de haber sentido usted la bala. Supongo que fue porque ella había tocado el arma antes.
–Ella… ¿Te refieres a…?
–Sólo quien le trajo a usted aquí podría hacerle algo… bueno, esa persona o alguien de su misma línea de sangre.
"Leonhart," pensó Levi para sus adentros; pero dejó esa idea para más adelante.
–Entonces, ¿podría matarte con mis propias manos y tú no podrías hacer nada para evitarlo? –bromeó el Capitán… pero no del todo; el chico, por toda contestación, tragó saliva pero no parecía ya tan asustado como al principio–. Oye, ¿desde cuándo supiste…?
–Pues… Ya antes de entrar en el bosque, había… visto algo. Aunque en persona impresiona más. Creo que primero lo supe, pero no lo comprendí hasta más adelante. No sé si me explico…
–Al menos estarás contento, ¿no? Has podido ver a tu novia en acción. ¿No era eso lo que querías?
–Je, me recuerda usted a alguien… pero ya le digo que no se trataba de eso –replicó Marco, algo más irritado–. Sólo pretendía ayudar.
Esta vez fue el Capitán quien sintió que los rescoldos de su ira volvían a encenderse, mientras fruncía el ceño y fulminaba al otro con sus implacables ojos grises.
–Ayudar –repitió Levi, escéptico–. Parece que tu idea de "ayudar" es bastante peculiar, Bott. Primero convences a esa zorra infernal para ir detrás de nosotros. Luego le apuntas con una pistola. Después la animas a torturarnos a mi compañera y a mí… Por último, me has pegado un tiro. En la cabeza. Cojones.
Marco tembló con la última palabra, como si le hubieran dado un golpe.
–Al menos todos… o casi todos, seguimos vivos –contestó en voz baja, incómodo, apartando la mirada–. Incluso tenemos a alguien nuevo entre nosotros, no sé si se había dado usted cuenta…
"No me digas que ha venido otro imperial," gruñó el legionario para sus adentros mientras, esta vez sí, se incorporaba hasta quedar sentado sobre el suelo y poder ver lo que tenía justo enfrente.
Se quedó quieto como una estatua.
Una muchachita rubia, con ojos azules, también sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra un árbol…
Por un momento, creyó que había retrocedido en el tiempo; que volvía a verla a ella delante de él, rendida, a punto de abandonarse a lo que ella creía que era el ángel de la Muerte, que había venido a recogerla.
La expresión resignada de la persona que tenía ahora frente a él era similar, pero su uniforme negro, y su nariz, la distinguían claramente.
Además, había dos cosas bastante fuera de lo habitual, en Annie Leonhart.
Primero, esa expresión; como si aquel gigantesco glaciar de odio gélido se hubiera consumido en las llamas de su temible enfrentamiento. No era que sólo quedase de ella una cáscara vacía, sin vida; más bien lo contrario, fue como si debajo de todo aquel hielo desaparecido hubiera surgido, por fin, la verdadera Annie… una chiquilla, apenas una adolescente, arrojada a luchar en esa guerra eterna, sin que nadie se hubiera molestado en preguntarle antes qué le parecía todo aquello.
Tampoco había temor en esa expresión, más bien un cansancio extremo, se la veía exhausta; como si la intensidad del odio y el temor que había sentido antes, la hubiesen agotado y ya, simplemente, no fuera capaz de mostrar más emociones, al menos por el momento.
Levi se sintió culpable… pero sólo un poco. Aún tenía fresco en la memoria el recuerdo de todo lo que ella había dicho que les iba a hacer, casi alegremente. Al menos, sus heridas sí se habían curado por completo; incluso la sangre del brutal impacto en la boca había desaparecido… y sus ojos azules ya no ardían con aquel fuego helado, ni relucía en ellos el puñal gélido de su odio. Ya sólo eran los ojos de una chica normal.
"Puede que no matándola… tampoco se haya perdido gran cosa, la verdad."
Sin embargo, hubo algo que le sorprendió aún más; algo que tenía sentido y, aun así, impresionaba.
La Loba.
Aquel pelaje gris que relucía como plata a la luz de la luna, aquellos rasgos finos y delicados en un cuerpo enorme que contenía una fuerza capaz de convertir a otros depredadores en sus presas… y unos expresivos ojos azules, intensos y poderosos, como una encarnación de la naturaleza, mirándoles con atención.
La Loba estaba cruzada sobre las piernas de Annie, tumbada cuan larga era… y lo era bastante; casi tan grande al menos como la imperial. Las patas delanteras de la bestia descansaban plácidamente sobre la nieve; su majestuosa cabeza estaba a la altura del regazo de la chica, pero sin llegar a reposar en él, sino ligeramente erguida. Era la calma atenta de quien no tenía nada que temer, pero estaba dispuesta a reaccionar con rapidez implacable ante el primer imprevisto que surgiese.
Simplemente observaba a Levi, sin hostilidad manifiesta; ni plegaba las orejas, ni enseñaba los dientes, no hacia ni un solo ruido. En su cara había una expresión tranquila, una serenidad sorprendente, que además casi parecía contagiosa.
–Impresiona, ¿verdad? –comentó Marco admirado en voz baja, con respeto–. Incluso cuando no es la primera vez…
Annie, con la mirada ausente sin fijarla en nadie en concreto, tenía una mano sobre el lomo del animal y la otra sobre aquella poderosa cabeza; acariciaba a la bestia con suavidad, detrás de las orejas y por el cuello. La Loba parecía estar a gusto, o al menos no incómoda; algo en su actitud daba a entender que, si toleraba aquello, como cumpliendo con un deber, era porque la chica lo necesitaba.
Y entonces Levi se acordó de la otra persona que había querido acariciar antes al animal… la otra Leonhart. ¿Cómo era que no había pensado antes en ella? ¿Acaso la había olvidado? ¿O una parte de él quería apartarla deliberadamente de sus pensamientos?
El Capitán se incorporó del todo y se puso de pie, sin que la Loba le quitase la vista de encima. Annie estaba delante de él, Marco a su derecha, pero… ¿y Petra? Miró a su izquierda; nada. Miró detrás de él…
Allí estaba, a una distancia prudencial, recostada en la nieve con la espalda apoyada en otro árbol; la cabeza casi escondida entre los brazos, que tenía cruzados sobre las rodillas. La capa (su capa) cubría aquel cuerpecillo menudo y frágil… que sin embargo, al mismo tiempo, albergaba una fuerza y un poder difíciles de imaginar.
Levi oyó que Marco tomaba aire, como si fuese a empezar a hablar otra vez, a "ayudar" de nuevo. Bastó una sola mirada fulminante del Capitán para que el imperial se lo pensase dos veces y, al final, guardase silencio. Sin embargo, otra vez, sintió la necesidad de justificarse ante él, aunque sólo fuera un poco.
–Hay cosas que debe hacer uno mismo –le aclaró en un susurro–. No digo que no necesite ayuda, es que… Tengo que resolver yo esto.
El chico asintió, sin decir palabra. Levi fue avanzando lentamente hacia Petra, como temiendo espantarla si hacía movimientos bruscos. Cierto, le estaba dando la espalda a la zorra infernal que antes había intentado destruirles a los dos usando algún tipo de fuerza demoníaca; que ahora estuviera acariciando tranquilamente a aquella Loba, como una niña jugando con un cachorro, no borraba nada de lo anterior. Sin embargo, no iba a echarse ahora atrás sólo por eso; no después de haber regresado de entre los muertos, gracias a la sangre de una especie de hechiceras imperiales que corría por las venas de su compañera, cuyo verdadero apellido y origen había ignorado hasta hacía tan solo un momento…
Dejó de pensar en tantas cosas a la vez, cuando notó que la cabeza empezaba a darle vueltas; y eso que ya se estaba acostumbrando, a los extraños misterios que podían tener lugar en el Bosque Negro, en una noche de luna llena.
Concentró sus pensamientos en Petra, que seguía en la misma posición, sin levantar la cabeza a pesar de que Levi ya se había acercado bastante. Desde que había oído por primera vez la voz de Annie, la legionaria apenas había sido capaz de reaccionar… quizás un poco hacia el final, pero aquella determinación parecía haberse evaporado ahora, sin dejar rastro. El pánico que ella había sentido en los peores momentos, había sido tan intenso que él también lo había sentido como suyo.
"Aunque supongo que eso se juntó con el hecho de saber, en el fondo, que yo ya estaba muerto… Es curioso, ahora que lo he aceptado, no me encuentro tan mal. Mejor que ella, en todo caso… Claro que también le influyó encontrarse de pronto con una hermana salida del infierno, dispuesta a torturarla y matarla. Tanto odio en alguien de la misma sangre… Lo de Kenny no cuenta, prácticamente no nos conocíamos. Quizás, si hubieran sido otras las circunstancias… Pero ya es tarde para eso. Además, cada uno reacciona de una manera distinta, en una situación límite."
Él, por ejemplo, se consideraba alguien pragmático. ¿Estaba muerto? Sí, pero al menos había podido regresar para ayudar a Petra, su legionaria, su compañera… su amiga.
"Ja, si me he convertido en un fantasma, vamos a tenerlo difícil para hacer algo más que cogernos de la mano," bromeó para sí con amargura.
Ella seguía sin mirarle, con la cabeza gacha. Levi no hizo nada; no creyó que fuese buena idea, tocarla justo en ese momento.
"Y el problema de Petra es que siempre se preocupa por los demás… demasiado. Estará atormentándose por lo que me ha pasado, pero yo ya me voy haciendo a la idea… ¿Acaso se siente culpable? Parece que me va a tocar otra vez quitarle esas tonterías de la cabeza…"
– Oye –se limitó a decir.
Aquello bastó para que Petra levantase lentamente la cabeza. La luna llena hizo brillar sus hermosos ojos azules… Sus mejillas, donde antes había surcos resecos, volvían a estar húmedas; sus cálidos orbes parecían repletos de lágrimas, a punto de desbordar. Esta vez fue Levi quien sintió un golpe, al verla en ese estado.
Se dio cuenta de que la situación era más grave de lo que creía; porque, aun siendo tan amable y cariñosa, Petra no era de las que se venían abajo fácilmente. Lo que él había pensado antes, sólo rozaba la superficie; dentro de aquella cabecita atormentada, debía de haber mucho más. Pero si él seguía allí, era precisamente para ayudarla, ¿verdad?, para salvarla… incluso de ella misma, de sus dudas y temores, de remordimientos que seguramente no venían al caso.
Supo que estaba pisando terreno peligroso; un solo paso en falso podía echarlo todo a perder, quebrarla y terminar lo que había empezado a hacer mella en Petra desde que se encontró con… su hermana. Como con una herida infectada, había que abrir y limpiar cuanto antes.
"Menos mal que a mí se me da bien limpiar."
Tendría que ser mucho más cuidadoso, más sutil de lo habitual, con aquel frágil pajarillo; dejó escapar un suspiro, resignado. Trataría de cuidar sus palabras, de no ser tan brusco; pero por mucho que los muertos volvieran a la vida aquella noche, algunos milagros seguían estando fuera de su alcance.
–Petra – susurró con dulzura su nombre, sólo con eso ya pareció reconfortarla; él también se sintió mejor, incluso supo que sería capaz de decir lo que debía decirse, lo que era necesario–. Sentí desesperación, Petra. Yo estaba allí, al otro lado… y sentí que corrías peligro, que necesitabas ayuda y ya nadie podía prestártela. Lo sentí, pero no podía hacer nada.
Se arrodilló con movimientos pausados, con calma, delante de ella, sin permitir que sus orbes azules se separasen de los suyos gris metálico. Petra parecía contener el aliento, pendiente de cada una de sus palabras, bebiéndolas igual que necesitaba aire para respirar; y él supo que tenía que hacer que mereciese la pena.
–Entonces te oí. Tú me llamaste… Me trajiste aquí de vuelta, que era justo lo que yo quería, lo que necesitaba hacer. Petra, ¿no lo entiendes? No me has "arrebatado" nada, no has perturbado mi "descanso eterno"… porque si no me hubieras dado esta oportunidad, jamás podría haber descansado en paz. ¿Lo entiendes? Petra, no tienes que pedirme perdón, soy yo quien tiene que darte las gracias.
Al menos ella asintió, aunque aún no se la veía convencida del todo. Levi habría querido acariciarle la mejilla, pero tuvo la corazonada de que, en ese momento, un gesto así no la tranquilizaría sino más bien lo contrario. "¿Qué es lo que temes?", se preguntaba; y creía tener la respuesta… justo delante de sus ojos, esta vez no podía dejar de verla. Lo haría… por ella.
–Soy consciente… –pronunció las palabras con cuidado–, de que crees que es cruel, traerme aquí para que yo tenga que desaparecer luego otra vez. Porque tienen que ser unas circunstancias muy concretas, ¿verdad? Un sitio como éste, una noche como ésta… –resopló un poco por la nariz–. No sé si lo de la loba y la nieve también hacía falta, pero supongo que le dan un toque más dramático a todo esto…
La sonrisa que había ido apareciendo en sus labios, se fue transmitiendo a los de ella. "Vamos bien."
–Además –continuó él–, ya sabes lo que suele decirse, "más vale haber amado y perdido que…"
Entonces aquella tenue sonrisa desapareció y un rictus de dolor cruzó de nuevo el rostro de Petra. Levi estuvo a punto de darse un buen puñetazo a sí mismo… aunque no sabía por qué. ¿Qué había dicho, para que ella se pusiera así? Y entonces…
–Hay un problema con eso –intervino una voz a sus espaldas.
Era una voz que también iba conociendo ya bien… aunque el tono había cambiado por completo; como la expresión de su dueña, todo el odio que la infectaba se había consumido y ya sólo quedaba cansancio y agotamiento.
Con lentitud pero si vacilar, Levi se puso de pie y volvió a enfrentarse a Annie Leonhart. Sintió que los rescoldos de su ira se avivaban otra vez… aunque se moderó un poco al ver que, a su lado, tenía a la Loba.
"Por las diosas, es enorme," tuvo que reconocer el Capitán.
Los ojos azules de la bestia, a apenas unos metros de distancia, le observaban con atención… y una muda advertencia: "cuidado".
Los ojos azules de la otra bestia, la tal Annie, tenían una mirada… limpia, cristalina; como si se hubiera curado de lo que sea que hubiese estado devorándola por dentro. La chica tenía una mano sobre el lomo de la Loba; parecía apoyarse en ella, como si fuese la única razón por la que estaba allí de pie, en vez de tirada contra un árbol. En el rostro de la imperial, además del cansancio extremo, se veía ahora cierta determinación; la de quien ha tomado una decisión difícil, pero correcta.
–No estás familiarizado con las habilidades de los Leonhart –afirmó Annie, aunque a veces dudaba un poco–. Yo… Algo sé sobre sobre el tema, naturalmente. Ese… poder, depende de cada uno.
Se interrumpió y miró a Petra, que seguía apoyaba contra aquel tronco, la cabeza de nuevo gacha. La Loba miró a Annie, como animándola a continuar, y ella dejó escapar un suspiro.
–Petra –le costó pronunciar la palabra, pero no le salió cargada con el odio de antes; la legionaria tembló primero y luego se quedó quieta, atenta–. Lo que has hecho… nadie había conseguido hacerlo antes, al menos no en siglos. Influyen las circunstancias, desde luego: el Bosque Negro, luna llena… –dejó escapar otro suspiro, aún más profundo–. Parece… que eso es algo que sólo tú podías conseguir.
Petra fue levantando lentamente la cabeza; pero por la aprensión en sus ojos y la forma en que se mordía los labios, se notaba que intuía lo que vendría después… y le daba miedo.
–Lo que ella teme… –Annie miró esta vez a Levi–, es que tú no seas tú.
La expresión confundida del Capitán debió ser lo bastante elocuente, a pesar de su silencio; la imperial, resignada, miró hacia atrás, donde Marco se había quedado un poco apartado de los demás.
–Estas cosas se te dan mejor a ti que a mí –le habló a su compañero–. Necesito que se lo expliques tú.
El chico tenía cara de ir a preguntar "¿seguro?", pero vio algo en la mirada de ella que ya le sirvió de respuesta; asintió silenciosamente y se acercó a ellos con paso cauteloso. Observó con curiosidad, y algo de inquietud, a la Loba, que le devolvió una mirada plácida. Resultaba irónico, que el único de los presentes que aún iba armado (dos pistolas y un rifle), pareciese el más inofensivo de todos. Palideció un poco y tragó saliva al acercarse al Capitán, pero éste le dejó pasar para colocarse enfrente de Petra, que le miraba expectante.
–No hay una manera sencilla de explicarlo, así que… –Marco tomó aire, como preparándose para una larga explicación–. A ver… Yo soy un Bott, no un Leonhart, pero los de mi familia siempre intentamos informarnos de todo un poco, y el tema de las líneas de sangre siempre me ha fascinado, por motivos obvios…
–Marco, por lo que más quieras, abrevia que no tenemos toda la noche –susurró Annie a sus espaldas.
–¡Ejem! Como iba diciendo… Naturalmente, mi compañera tiene experiencia y conocimiento de primera mano, en lo referente a sus habilidades, pero yo en cambio domino más la perspectiva histórica, por así decirlo. Para empezar, todos los Leonhart tienen el potencial para desarrollar ciertas habilidades, aunque no todos llegan a despertar ese potencial. Quienes lo consiguen, en el nivel más básico, son capaces de proezas como regenerar sus heridas a una velocidad sorprendente… y a veces regenerar órganos enteros, acabamos de verlo hace un momento… –tragó saliva, nervioso, con una sonrisa algo forzada en su cara–. Luego el poder sigue desarrollándose, como un aura sutil, que afecta a la realidad misma, aun sin proponérselo. Es como un instinto de supervivencia pero llevado al extremo, capaz de cambiar las cosas, que al mismo tiempo trata de permanecer oculto para no llamar demasiado la atención. Pequeñas "causalidades", como una bala que te pasa rozando o que topa con algún objeto…
Levi abrió bien los ojos y observó a Petra, que escuchaba con atención. "Así que se trataba de eso."
–Es más, creo que ese "poder sutil" termina afectando a quienes rodean a un Leonhart, porque ahora que lo pienso… –el moreno se rascó la barbilla–. Esta noche, en nuestro pequeño "grupo de amigos", no ha muerto nadie. Y yo vi pasar una bala muy cerca, y Annie estaba justo a mi lado en ese momento, así que… Es una posibilidad.
El Capitán seguía sorprendiéndose; incluso en su estado, tuvo que hacer un esfuerzo para respirar. "Cuatro de los nuestros en una cabaña, contra cien de ellos… ¿Fue por eso por lo que aguantamos tanto? Y desde que Petra entró en nuestra unidad, hasta hoy no habíamos tenido bajas… Por las diosas, ahora todo va encajando."
Luego se fijó en Annie, que no parecía tan sorprendida; y no pudo evitar sonreír al ver que la Loba tenía cara de aburrimiento.
–Quizás un Leonhart no sepa que lo es –continuó explicando el moreno–, pero ocurre como con otras líneas de sangre, tu cuerpo y tu mente sí "saben" y son capaces de usar ese poder en determinados momentos… –guardó silencio un instante y luego se volvió hacia su compañera–. Annie, ¿tú sabías que podías hacer… todo eso que has hecho antes?
La imperial se lo pensó unos segundos.
–No, así no –contestó–. Siempre se me ha dado bien el cuerpo a cuerpo, pero eso…
–Y es como dijo ella antes –Marco volvió a dirigirse a los legionarios, especialmente a Petra–. En ciertas circunstancias, ese poder resuena todavía con más fuerza… y parece adaptarse a las capacidades de cada uno. Annie, por ejemplo, puede llevar al límite sus habilidades de combate.
Se detuvo un momento, sonriendo como ensoñado en el recuerdo de aquella formidable batalla. Su compañera puso los ojos en blanco y Levi tuvo que contenerse para no soltarle un guantazo al chaval. "Sólo 'ayudar', sí claro… Eso es lo que tú habías querido desde el principio, majo."
Marco ignoró (o fingió ignorar) sus reacciones y siguió hablándole a Petra.
–Por ejemplo, si alguien se preocupa mucho por los demás y encima se dan esas circunstancias excepcionales, entonces ese alguien puede hacer cosas que parecerían imposibles… como traer a una persona de entre los muertos.
Se hizo el silencio. Petra se mordió el labio, inquieta por lo que sabía que vendría a continuación.
–El problema… –el chico titubeó, pero al final siguió adelante–. El problema es que, por lo que he averiguado sobre el tema, hacer algo así, normalmente… –Marco tembló un poco, tragó saliva–. La última vez ocurrió hace siglos, pero la idea era usar ese poder para crear un siervo… un esclavo.
El silencio que se hizo a continuación fue tan tenso que podría haberse cortado con un cuchillo. Por la expresión atormentada de Petra y la mirada furiosa de Levi (Annie y la Loba se mantenían estoicas), Marco debería haber visto que seguir el tema era peligroso… pero si se dio cuenta, lo que hizo en cambio fue lanzarse de cabeza contra ese peligro.
–Había una antigua leyenda… –a los nervios del pecoso, se añadió cierto rubor en las mejillas–. Hace mucho tiempo, dos amantes iban por un bosque, puede que este mismo… Se encontraron con unos bandidos, el hombre le dijo a su amada que huyese y él trató de contenerles. Ni qué decir tiene que no fue suficiente. Le torturaron, le mataron… Cuando ella volvió a encontrarle, o a lo que quedaba de él, fue tal la rabia que sintió… Que consiguió traerle de vuelta.
Levi tenía un mal presentimiento, sobre cómo iba a continuar la historia. En cambio, Annie seguía tranquila.
–Creo que ésa es la historia de la primera Leonhart, ¿no? –preguntó la chica, con algo de curiosidad–. Me gustaba la versión en la que ella hacía un pacto demoníaco, para obtener poder y destruir a sus enemigos… y todo eso.
"Por qué será que no me extraña," gruñó el Capitán para sus adentros.
–Insisto en que entramos en el terreno de las leyendas –aclaró Marco–. Lo curioso es que, según esa historia, la forma en que ella vengaba a su amado… precisamente era traerle de vuelta a este mundo, pero convertido en una especie de espectro que destruía a todos y cada uno de sus enemigos. Él disfrutaba haciéndolo… y ella también.
Todos sintieron un escalofrío.
–Hay otras leyendas, otras historias… –continuó el chico–. Insisto, hace siglos que no ocurre algo similar. Pero hay un elemento común a todos esos casos… y es que el espectro siempre se plegaba por completo a la voluntad de quien lo invocaba.
Petra seguía temblando, como si temiera que a ella fuera a pasarle lo mismo. No la tranquilizó la sonrisa, algo siniestra, que apareció de pronto en la cara de Marco.
–Es eso lo que hiciste tú, ¿verdad? –su voz era amable e implacable al mismo tiempo–. Le trajiste de vuelta… para tener a la versión del "Capitán Levi" que siempre quisiste. ¿Y lo mejor de todo? Que él creería que esas emociones serían suyas, que lo que pudiera sentir hacia ti sería auténtico… cuando en realidad estaría limitándose a cumplir tus deseos, todos tus deseos. Tomaría las decisiones que tú quisieras, creyéndolas suyas. Creería tener voluntad propia, pero no sería más que la tú le habrías impuesto sin darse cuenta. El esclavo perfecto: aquél que ni siquiera concibe la posibilidad de que en realidad no es libre. Sienta bien, ¿verdad? El poder de una diosa, para alterar la realidad a tu antojo y hacer todo lo que tú quieras, sin que nadie pueda impedírtelo. Poder. Absoluto. Ilimitado.
Levi estuvo a punto de caer sobre él, en ese mismo momento… Si se contuvo, fue por la forma en que le miró la Loba; sin agresividad pero como diciendo, casi ordenando, "espera que todavía no ha terminado". Su propia rabia podía explicarse, no sólo por oír al chico hablarle así a la legionaria, sino sobre todo porque el Capitán temía que aquello fuese cierto; que, incluso sin darse cuenta, Petra le hubiera convertido en una marioneta… y que lo que creía sentir por ella fuese una ficción.
Ella se había quedado aún más pálida, con ojos bien abiertos que mostraban su pánico; su expresión era desesperada, mientras negaba con la cabeza. "¿Acaso es lo que se temió desde el principio?"
–No… –musitó débilmente.
–Sí –contestó Marco, con lo que (a Levi le pareció) maldad–. Siempre lo quisiste para ti… y ahora por fin lo tienes. ¿Y lo mejor de todo? Podías enviarle a hacer el trabajo sucio, a acabar con aquella a la que siempre odiaste.
–¡No! –gritó Petra.
–¡Sí! –exclamó el imperial con ferocidad, como poseído–. ¡Siempre odiaste a tu hermana! ¡Querías matarla! ¡Acabas de ver lo que le hizo! ¡Eso era lo que tú querías, lo que siempre quisiste hacerle! ¡Tú voluntad, Petra, tus deseos!
–¡No, no, no! –ella negó aún más rápido, llorando.
–Reconócelo… Dentro de ti, en lo más profundo de tu ser, querías verla sufrir… hacerla sufrir. ¿Y no sería justo? ¡Al fin y al cabo, es lo que ella quería hacerte a ti! ¡Ojo por ojo, así de sencillo!
Levi supo que ya no podía contenerse más. Iba a hacerlo. Iba a cargarse de una vez al imbécil ése.
Entonces la Loba gruñó.
Apenas duró un instante. Sin embargo, la tierra pareció temblar. Incluso empezó a caer nieve, de las copas de los árboles.
El silencio que se hizo después fue sobrecogedor. Aquella vibración, breve pero intensa, parecía haberlo aquietado todo: la desesperación de Petra, la rabia de Levi, las provocaciones de Marco…
En cambio, Annie siguió callada, como lo había estado desde que casi se consumió en aquel fuego helado de odio puro; parecía incapaz de volver a sentir ya una emoción tan intensa. En aquel momento, quizás exceptuando a la Loba, era la que estaba más tranquila de todos los presentes.
Entonces el animal alzó su poderosa cabeza, mirando a la imperial a los ojos; ella le devolvió la mirada y luego asintió levemente, levantó la mano de su lomo y la dejó marchar… hasta Petra.
Levi tragó saliva, mientras Marco se hacía a un lado para apartarse del camino de la espléndida bestia, que avanzó con paso lento y majestuoso hacia la legionaria; ella seguía sentada en la nieve, apoyada de espaldas contra aquel árbol, absorta viendo acercarse al animal cuya cabeza superaba la altura de la mujer en aquella postura.
Y la Loba… rozó delicadamente con su hocico la mejilla de Petra. Luego se apartó un poco y la contempló con sus enormes ojos azules, vivos y serenos. Volvió a repetir el gesto, con cuidado, como tratando de animarla. Movió sólo un par de veces el poderoso rabo, pero con eso ya creó una brisa que pudieron sentir los demás.
Fue entonces cuando Petra se echó hacia delante y abrazó con fuerza al animal, pasándole los brazos alrededor de su cuello, hundiendo la cara en su pelaje gris, temblando mientras dejaba escapar un sollozo ahogado.
Levi sintió un escalofrío al ver que, por un instante, aquel cuerpo inmenso se tensaba casi imperceptiblemente… pero al final la Loba dejó escapar un resoplido, que casi pareció un suspiro, y se puso cómoda sentándose lentamente sobre sus cuartos traseros, dejando que Petra siguiera abrazándola. La bestia abrió su poderosa boca, repleta de afilados dientes, pero se limitó a bostezar, mostrando una enorme lengua roja que contrastaba con su piel convertida en plata, a la luz de la luna.
El Capitán agradeció mentalmente, no sólo que la Loba no le pegase un mordisco a su compañera, sino que tampoco la lamiese y la dejase llena de babas; la idea le hizo reír para sus adentros.
"Algunas cosas no cambian, ¿eh? Ni siquiera después de la muerte. Aunque, con todo lo que han dicho, ya no estoy seguro de nada. ¿Soy realmente yo… o cómo ella se imagina que soy yo?"
–Creo que ya es la hora.
Levi giró la cabeza hacia esa voz… la de Annie, que se había acercado a Marco; le puso una mano sobre el hombro y le dio un leve apretón.
–Gracias… por encargarte de la peor parte.
El chico asintió en silencio, con una expresión en la que se mezclaba la incomodidad con la culpa… no por aquel contacto, sino por lo que había hecho antes; por el papel que le había tocado interpretar. Y entonces Levi comprendió: si todo eso lo hubiera dicho Annie en vez de Marco, ni siquiera la Loba habría podido detenerle.
–Petra… –la imperial volvió a pronunciar aquel nombre con tono neutro, sin odio.
La legionaria levantó la cabeza, sin dejar de abrazarse al poderoso cuello del animal; miró a su hermana con aquellos enormes ojos azules, en los que había temor y expectación a partes iguales.
–Debes saber… –Annie dudó un instante y luego continuó–. Hay muchas cosas que desconozco, pero sí sé bastante sobre el odio y el poder, porque desde que te fuiste me he estado alimentando de lo primero para conseguir lo segundo. Y al final, para lo que me ha servido… –sonrió con amargura, ausente por un momento, pero enseguida se centró–. Lo que quiero decir es que sé lo que es el odio… y sé que en ti no lo he visto. Al menos, no tanto como necesitarías para poder lanzarme encima al engendro demoníaco éste –señaló con un pulgar a Levi.
–Mira quién fue a hablar… –murmuró él, lanzándole dagas con los ojos.
–Tu Capitán sí me odia, desde luego –Annie siguió como si nada–. Pero no es sólo un reflejo de mi propio odio… ni de su instinto de protegerte, como se supone que debería hacer si es un buen oficial. No, Petra, él me odia a muerte… porque yo fui quien le mató.
Silencio absoluto.
Nadie dijo nada, nadie se movió; ni siquiera respiraban, como si de pronto se hubieran convertido todos en estatuas. Levi no sabía que pensar; demasiadas ideas, demasiadas emociones al mismo tiempo… y no tenía ganas de recordar otra vez sus últimos momentos.
Petra abrió mucho los ojos… pero más que rabia, en ellos asomó una súbita comprensión, puede que incluso alivio.
–Ya ves –comentó Annie como de pasada, encogiéndose de hombros–. Si traes a alguien del más allá y le pones justo enfrente de la persona que le envió allí… pues está claro lo que va a ocurrir.
Levi consiguió calmarse, volver a respirar; hasta cierto punto, fue compartiendo el alivio de Petra, al haber encontrado una razón para aquel odio, aquella furia que había sentido contra la imperial.
"Como si lo hubiera acumulado a lo largo de varias vidas… En realidad bastó con una: la que ella me arrebató. Supongo que eso explica unas cuantas cosas…"
En el rostro de la muchacha vestida de negro, apareció de nuevo aquella mirada ausente, junto con la sonrisa amarga; como decepcionada… consigo misma.
–Al final no soy más que una fracasada –susurró–. Todo lo que he hecho, todo lo que he sacrificado… no ha servido absolutamente para nada.
–Vamos, no digas eso –intervino Bott esta vez, acercándose a ella.
–Marco… –le advirtió.
–No, ahora escúchame tú a mí –insistió el otro, con amabilidad pero también firmeza–. Me parece que no te das cuenta… Annie, te has enfrentado en una noche de luna llena, en el Bosque Negro, al espíritu vengativo de un Ackerman, traído desde el más allá con un poder que hacía siglos que no se veía. No es sólo que hayas sobrevivido al ataque de alguien capaz de destruir un ejército entero, ¡es que has estado a punto de derrotarle! ¿Es que no…? Annie, sólo tú podrías haber hecho algo semejante. No eres una fracasada, ¿me oyes? No vuelvas a decir eso.
–Anda, cállate –contestó la chica en voz baja; aunque por el tono, cierto rubor en las mejillas y una leve sonrisa, estaba claro que en realidad pensaba otra cosa… "Gracias".
Levi puso los ojos en blanco y miró a la Loba; quizás era impresión suya, pero le pareció ver que el animal imitada el gesto… una idea que, de nuevo, le hizo sonreír.
Aunque la sonrisa se le borró de la cara, al darse cuenta de lo seria que estaba Petra… que además, seguía sin atreverse a mirar directamente a su Capitán. Éste trató de solucionarlo, de hacerle ver que él ya había asumido, incluso aceptado, su situación.
–Vale, tú me mataste a mí –le dijo Levi a Annie–. Yo también he matado a unos cuantos compañeros tuyos… y luego intenté matarte a ti, créeme que ganas no me faltaban. No diré que "estamos en paz", pero… al menos, podemos dejar de intentar arrancarle al otro la cabeza, ¿no?
La imperial se limitó a asentir, mirándole con expresión neutra, casi indiferente; sin rencor, ni miedo. Él supuso que su propia expresión debía de ser similar; como si los dos hubieran agotado todo su odio, toda su ira, en aquel combate que había hecho temblar el mundo… y al final, de puro cansancio, aceptasen a regañadientes la presencia del otro.
–Hay una cosa más que deberías saber, o más bien no olvidar –Annie se encontró con la mirada de la legionaria–. Intentaste detenerle y él no te hizo ni caso. Si verdaderamente fuese tu "siervo"… algo así no habría pasado, ¿verdad?
–Existe una posibilidad –intervino de nuevo Marco–. He estado pensando y… Bueno, en teoría es posible, aunque… –tragó saliva–. Que yo sepa, es algo que no ha ocurrido jamás.
Todos se quedaron en silencio por un instante. La única que se movió fue la Loba, que se incorporó lentamente sobre sus cuatro patas. El gesto, sutil y casi delicado pero igualmente firme, hizo que Petra tuviera que seguir ese movimiento; dejó de estar de rodillas y se puso también de pie, apoyándose en el lomo de la formidable bestia, de manera no muy distinta a como lo había hecho antes su hermana. Sus ojos enrojecidos brillaban a la luz de la luna, pero había dejado de llorar y ya no temblaba.
–Es decir –continuó Marco, en voz baja, serio y solemne–, traer de vuelta a una persona, aunque sólo sea temporalmente, exactamente tal y como era… auténtica, plena, pura… respetando en todo su propio carácter, su voluntad… Bueno, sería la primera vez en la historia que una Leonhart, no, que alguien consigue hacerlo.
De nuevo, silencio. Petra abrió bien los ojos, sorprendida; Levi la contempló, orgulloso. "En realidad, ella siempre ha sido la más fuerte."
–Eso tiene más sentido, ¿no te parece? –le comentó el Capitán, medio en serio medio en broma–. "Grosero, maleducado, irritante, insoportable"… así es como me llamaste antes. Si tenías la oportunidad de recrearme de cualquier forma, me cuesta creer que eligieras a propósito precisamente ésa.
–Y el carácter de la persona en cuestión también influye mucho –confirmó Marco–. Alguien tan… determinado como el Capitán, que además ya quería volver aquí por su cuenta, no se dejaría dominar fácilmente por alguien que no fuera él mismo… ni siquiera por la que quizás sea la Leonhart más poderosa de la historia.
–Vaya… –murmuró Annie, con un tono extraño.
Los demás se volvieron hacia ella; la imperial tenía otra vez la mirada perdida, ahora la de alguien que intentase asimilar algo, costándole un gran esfuerzo.
–Renunciaste a tu apellido… pero al final nos has superado a todos con creces. ¿Qué se supone que significa eso? –preguntó más bien para sí, en voz baja, y luego miró a su hermana–. ¿Por qué? ¿Por qué Ral y no…?
La pregunta inacabada quedó flotando en el aire, creando un silencio incómodo. Petra pareció tambalearse un poco, pero siguió apoyada en la pacífica Loba y sostuvo aquella mirada, todavía con más determinación en sus ojos azules.
–Sabes que una Leonhart lo habría tenido difícil en la República… –al final volvió a dudar–. Quería pasar desapercibida.
–Pero no es sólo eso, ¿verdad? –insistió Annie, aunque en su voz no había acritud; más bien curiosidad, o incluso necesidad de saber la auténtica razón.
–Yo… –Petra miró un momento a Levi, que asintió con la cabeza; aquello pareció darle ánimos–. No quería ponértelo más difícil aún.
De nuevo, el silencio incómodo.
–Qué considerada –contestó Annie, con un tono tan neutro que costaba encontrar el sarcasmo–. Supongo que, si se hubiera hecho público que había una Leonhart alistada en el ejército de la República, a mí me habría ido peor… o quizás no. Quizás, con una declaración abierta sin dejar lugar a dudas, a los que nos quedamos en el Imperio nos habría ido mejor. O quizás nos habrían ejecutado a todos en el acto, eso ya nunca lo sabremos.
Silencio. Marco parecía incómodo; Petra, culpable; y Annie… sonreía, sin maldad, más bien nostálgica.
–Un buen día decidiste que ya no lo aguantabas más, que te largabas de allí… Hiciste al final lo que te dio la gana, sin pensar en lo que pudiera pasarnos a los demás.
–Annie…
–No, Petra, escúchame tú ahora –lo dijo con suavidad, pero sin admitir réplica–. Las cosas son así. Te marchaste. No te importó nada más. Te dio lo mismo que pudieran detener y torturar a papá, que luego me hicieran a mí lo mismo…
–Por las diosas… –murmuró la legionaria, horrorizada.
–No las metas a ellas en esto –la cortó Annie, con un breve destello de la misma furia gélida de antes, aunque remitió enseguida y volvió a calmarse–. Decía que eso es lo que podría haber ocurrido, aunque a ti te daba igual. Por suerte, las cosas no llegaron a ese extremo… pero tampoco fueron fáciles, no gracias a ti precisamente. A papá sólo le interrogaron, pero desde que te fuiste ya no volvió a ser el mismo.
–Traté de hablar con él –Petra, esta vez, empezaba a enfurecerse; una visión que sorprendió a Levi y, al mismo tiempo, le agradó–. Traté de hacerle comprender… y él me contestó con un guantazo. "No vuelvas a sacar el tema," me dijo. Pues bien, no lo haría… ¡pero tampoco dejaría que volviera a ponerme la mano encima!
La legionaria tenía una expresión feroz en el rostro; enseñaba los dientes y sus ojos azules brillaban como relámpagos. Algo cambió en el aire; incluso sus cabellos rubios se agitaron levemente… con una brisa que un momento antes no existía.
Sin embargo, Annie no parecía muy impresionada.
–Y tu solución fue salir corriendo… –en su tono no había maldad, ni siquiera ira, sólo perplejidad.
–¡Supongo que la tuya sería quedarse allí hasta que eso terminara convirtiéndose en "lo normal"! –Petra sí replicó con furia–. ¡Hasta que servir en las filas de los mismos que ordenaron lo de Karanese fuera "lo normal"! ¡Hasta terminar podrida como todo lo demás en ese Imperio, que ha eliminado a dos diosas y sólo usa el nombre de la tercera para darse más gloria a sí mismo! ¡Me niego a formar parte de eso, Annie! ¡Me negaba entonces y me sigo negando ahora!
Levi tuvo una sensación extraña… Viendo a las dos Leonharts enfrentadas entre sí, ahora en cambio Annie parecía la mayor; más madura, más responsable. Ella mantuvo la calma en todo momento, escuchando a Petra con el ceño algo fruncido y el gesto severo, pero sin condescendencia ni rabia. Debió ser por eso que la legionaria terminó calmándose también; seguramente también influyó la presencia de la Loba, que levantó su poderosa cabeza y la miró con sus intensos ojos azules, como para evitar que dijese o hiciese algo de lo que luego se arrepentiría.
–Todos teníamos problemas –concedió la imperial–. Es sólo que tú te olvidaste convenientemente de los míos. Maldita sea, yo era tu hermana pequeña, se suponía que debías cuidar de mí… –levantó una mano para evitar que la interrumpiera–. Sé lo que vas a decir, "papá siempre te trató mejor", "tú siempre has podido defenderte sola", etcétera etcétera… y es cierto, pero eso no cambia las cosas. Saliste corriendo, te escondiste y te dio lo mismo lo que pudiera pasarme luego a mí. Mira, incluso olvidándonos por un momento de la forma miserable en que me dejaste tirada… ¿De verdad creíste que así ibas a solucionar algo? ¿No pensaste que podías quedarte allí para intentar solucionar las cosas, cambiarlas a mejor…?
–Claro, porque a ti te ha servido de mucho –replicó Petra, con tu tono ácido poco habitual en ella… y con el que quizás estaba intentando ocultar algo más.
"Culpa," intuyó Levi; una emoción que siempre había estado presente en la legionaria, antes mezclada con el miedo, ahora con la ira.
Sin embargo, el Capitán se sentía un poco como convidado de piedra, sin poder aportar mucho a aquella conversación. Tanto Marco como la Loba miraban alternativamente a las dos hermanas, acaso intentando recordarles que la hora de "luchar a muerte" ya había pasado. Annie respiró hondo, haciendo un esfuerzo visible para calmarse; al final lo consiguió.
–En una cosa tienes razón –la imperial habló en voz baja, tranquila–. Somos distintas. ¿Era yo la favorita de papá? Quizás, pero tú te fuiste y él centró en mí todos sus esfuerzos, todas sus expectativas. Mamá había muerto hacía años, sólo nos teníamos el uno al otro… Cuando él creía que yo no estaba a la altura, podía ponerse desagradable… y también perdió conmigo la calma alguna vez. También me pegó.
La culpa se hizo aún más patente en el rostro de Petra, pero en cambio por el de Annie cruzó una sombra de desprecio, al ver aquello.
–El mundo no gira a tu alrededor, hermana… –no escupió la palabra, pero casi–. Influyó que te marcharas, sí, pero ésa no fue la única razón. Además, como ya te dije antes, tú y yo somos distintas. Yo no salgo corriendo, no me escondo… y cuando él me puso por primera vez la mano encima, me aseguré de que fuese la última.
Esta vez fue horror lo que apareció en la cara de la legionaria. La imperial dejó escapar un suspiro, mezcla de resignación y fastidio.
–Por las diosas, Petra, ¿de verdad me crees capaz de…? No, no maté a papá sólo porque él me diese una bofetada… –entonces Annie sonrió de tal forma que los demás, incluso Levi, sintieron un escalofrío–. Sólo le pegué la paliza de su vida. Sobrevivió… aunque, después de aquello, siempre cojeó un poco.
"No sé si debería sentirme aliviado…" Levi recordó, una vez más, lo cerca que había estado de la derrota, en la batalla de antes. "Preferiría tenerla de nuestra parte, la verdad."
–No volvió a tocarme, pero sí siguió entrenándome –continuó la muchacha vestida de negro–. Me enseñó todo lo que él sabía, todo lo que yo sé ahora, y me enseñó bien. Ayudó que a mí siempre me gustara pegarle patadas a algo… –su sonrisa era otra vez nostálgica–. Luego me alisté en la Policía Imperial y no fue un camino de rosas, pero gracias a…
–Espera un momento –se atrevió a interrumpir Petra con timidez–. Sólo hablas de papá en pasado. ¿Significa eso que…?
Annie la fulminó con la mirada; sus ojos cristalinos volvían a empañarse con aquel odio frío que, en realidad, nunca desaparecería del todo.
–Sí, murió –su voz sonó, por un momento, como la tapa de un ataúd al cerrarse–. El interrogatorio, las dudas sobre la lealtad de nuestra familia, el entrenamiento exhaustivo al que me sometió y que al final le pasó a él más factura que a mí… y reconozco que los golpes que yo le di tampoco ayudaron. La enfermedad, el frío y el hambre hicieron el resto. Al fin y al cabo, ¿quién habría querido tener tratos con el padre de una traidora?
La furia gélida volvía a crecer en ella. Levi se temió que debía prepararse para el siguiente asalto. Marco tragó saliva, visiblemente nervioso. Petra… seguía sintiéndose culpable, pero la ira abundaba en ella a partes iguales.
Ni siquiera fue un gruñido esta vez; más bien, la Loba pareció carraspear, como diciendo "por favor no os peleéis" y al mismo tiempo "tened cuidado". Las dos Leonharts casi saltaron de la sorpresa y miraron al animal; luego dejaron escapar un hondo suspiro y el ambiente se relajó considerablemente.
–¿Ves? A eso me refería… –Annie contempló a la Loba y luego a Petra, con una sonrisa triste–. Me he estado alimentado de odio, todos los días desde entonces, y me temo que algunas cosas no van a cambiar de la noche a la mañana. El caso es que papá murió… En cuanto tuve suficiente edad, me alisté en la Policía Militar. Con qué ilusión cobré mi primera soldada… –y entonces la sonrisa desapareció–. Ya fue demasiado tarde para él.
Se hizo un silencio respetuoso; las dos hijas, recordando al hombre que, para bien o para mal, las había educado y contribuido, en parte, a convertirlas en quienes eran ahora.
–Todos los días –repitió la más joven, con una amargura impropia de su edad–. Era tan fácil odiarte, echarte la culpa de todos mis males, de todo lo que no me salía bien… No era el Imperio el que no funcionaba como debía, el que me trataba como a una ciudadana de segunda. No, era culpa tuya, tú lo habías estropeado todo, pero si me esforzaba lo suficiente por fin conseguiría quitarme ese estigma y ser libre –Annie respiró hondo, dejó escapar un suspiro… y luego su rostro se cubrió de sombras–. Cuando te vi aquí está noche, tan asustada, tan con cara de "cuánto lo siento"… Sentirlo no sirve de nada, Petra. Si te hubieras enfrentado a mí, si hubieras defendido tu decisión como acabas de hacer ahora, quizás habría podido respetarte, quizás habríamos podido evitar…
Se quedó callada un instante, sin mirar a nadie en concreto.
–Supongo que ya es demasiado tarde… –continuó–. Lo hecho, hecho está, aunque… ¿Sabes? Era más sencillo cuando no te conocía y podía odiarte –Annie volvió a mirar a Petra, de nuevo claridad en su mirada–. Hay cosas que no pueden cambiar, hermana. Seguimos en bandos enfrentados, si volvemos a encontrarnos seguramente te mataré… o puede que me mates tú a mí, quién sabe.
Lo dijo con un tono neutro; no como amenaza, sino simplemente enunciando un hecho.
–Renunciaste al apellido, pero al final tú has sido la más… Leonhart de las dos. Quizás, en realidad, tú has sido siempre la más fuerte… y yo la más débil, la que nunca ha sido capaz de nadar contra corriente, la que siempre ha seguido el camino que le marcaban otros. Quizás sí que hay que tener más valor, para renunciar a todo y salir corriendo… en vez de limitarse a obedecer órdenes, tratando de no pensar en si estás haciendo o no lo correcto.
En lo que llevaban de noche, Annie nunca había dudado tanto; nunca había parecido tan vulnerable, tan frágil… una chiquilla asustada, atrapada en una guerra de la que no tenía escapatoria, poseedora de un poder terrorífico que ni ella misma terminaba de comprender del todo.
Fue entonces cuando se produjo un gran cambio en Petra; todo aquel miedo, que luego se había convertido en ira… desapareció. Al fin comprendió. En su rostro apareció una sonrisa sincera, cálida, incluso alegre; a pesar de ir acompañada del dolor de saber, por esa misma comprensión, que para algunas cosas ya era demasiado tarde. Aun así, tenía que intentarlo…
–Annie –dijo en voz baja–. Vente con nosotros.
Levi y Marco contuvieron la respiración. La imperial miró a su hermana, sorprendida; luego volvió a sonreír con tristeza.
–No puedo –contestó en voz igual de baja–. Yo… no estoy sola. Ya no. Tengo a mis compañeros… no puedo abandonarles. Maldita sea… no puedo.
De nuevo el silencio, respetuoso. Levi no podía pensar mal del todo, de alguien que no abandonaba a sus camaradas a las primeras de cambio… ni siquiera por la familia.
–Además –continuó ella, algo más animada o al menos esforzándose en aparentarlo–, aunque no lo parezca, después de lo de esta noche… –dudó, con una dureza en su mirada que luego se suavizó–. Hemos perdido gente, pero mis compañeros, mis amigos, viven. La "suerte de los Leonhart", supongo… Creo que, a partir de ahora, las cosas nos van a ir bien, nuestra posición va a mejorar.
Sin embargo, había un asunto que, aunque delicado, el Capitán no podía pasar por alto; no cuando Petra y su hermana… bueno, puede que no se hubieran reconciliado del todo, pero al menos una ya no estaba intentando matar a la otra sólo con la fuerza de su odio.
–Oye, si es cierto lo que comentaba antes éste –Levi señaló con la cabeza a Marco–, y "casualmente" esos oficiales que murieron en Stohess eran del sector crítico… Me da que lo vais a tener difícil, para "cambiar las cosas desde dentro". Deberíais ir con cuidado.
El imperial le observó con atención; Annie frunció el ceño, con cara de "tú no te metas", pero al final no dijo nada.
–Es mejor que lo de esta noche quede entre nosotros –continuó el Capitán; entonces se le ocurrió una idea–. Petra, dale a ella la capa… la tuya, no la mía –se volvió otra vez hacia los imperiales–. Así no regresaréis con las manos vacías. Vosotros inventaros algo y ya está.
–Puede hacerse, éste tiene bastante imaginación –Annie señaló con un pulgar a Marco, que sonrió halagado.
–Pero en serio –insistió Levi, mientras la legionaria hacía en silencio lo que él había dicho–, me parece que ni el Imperio ni la República saben realmente de qué son capaces los Leonhart. Si se enteran, Annie, quizás te viviseccionen.
No añadió "tampoco me importaría demasiado", por respeto a Petra.
–Es verdad que el Imperio es algo quisquilloso con lo de tener varias diosas… –sonrió Marco, tratando en vano de ocultar las dudas cada vez mayores sobre la causa a la que servía–. Pero oye, si vosotros no decís nada, nosotros tampoco.
–¿Seguro? Porque tú sabes bastante del tema…
–Normalmente, un Bott sólo habla con otros Botts sobre esas cosas. Lo de esta noche ha sido una excepción, pero creo que mereció la pena… –aquí su sonrisa se hizo más amplia, menos forzada–. Además, he oído por ahí que dicen que estamos locos, así que dudo que me creyesen… –frunció el ceño–. O igual me fusilarían directamente, por esparcir "propaganda subversiva". Vamos, que pueden ustedes contar con mi silencio y el de los míos.
Precisamente se hizo un nuevo silencio… Ninguno de los cuatro sabía qué decir ahora, qué hacer; sin embargo, la Loba sí reaccionó. Con delicadeza, volvió a levantar su poderosa cabeza y acarició con el morro a Petra en la cara, contemplándola con sus grandes ojos azules. Después se separó de ella lentamente; la legionaria le pasó una última vez la mano por el lomo y luego la dejó marchar. La majestuosa bestia, siempre con paso tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, siguió avanzando hasta dejar atrás a los cuatro soldados; dos de uniforme negro, dos de uniforme verde. A cierta distancia, la Loba se detuvo y les miró con atención, esperando.
–Es la dirección del claro, ¿no? –preguntó Levi.
–Así es –afirmó Marco–. Vámonos, entonces. Nuestros camaradas nos esperan.
Petra no dijo nada, como si estuviera esforzándose en contener las lágrimas y una sola palabra pudiera hacer que desbordasen. Debía de ser difícil, para ella y para Annie; tanto tiempo sin verse, tantas cosas que decirse… pero no podían.
"A mí tampoco me queda demasiado tiempo," recordó Levi, lúgubre.
Entonces, su legionaria hizo el saludo de la República: la mano derecha, cerrada en un puño, sobre el pecho, sobre el corazón. Para su propia sorpresa, Levi también saludó así a los imperiales; fue algo espontáneo… sintió que era lo que debía hacerse.
Su sorpresa fue aún mayor cuando los dos policías les devolvieron el saludo, serios, solemnes; pero no el saludo imperial con la palma abierta… sino también el de la Legión.
Después Annie asintió levemente con la cabeza y se dio la vuelta. Marco se despidió con una mano y no tardó en seguirla. La Loba, cuando llegaron hasta ella, siguió avanzando, mostrándoles el camino.
Petra y Levi se quedaron a solas, en silencio; rodeados por los pinos cubiertos de nieve, iluminados por la luna llena.
Cosas extrañas ocurrían, en una noche así en el Bosque Negro… como que alguien que ya no estaba vivo, todavía pudiera caminar por aquel mundo.
El Capitán miró hacia lo alto; habían ido pasando las horas, el amanecer estaba cada vez más cerca. Suspiró: serio, estoico… resignado.
"Nunca hay suficiente tiempo, ¿verdad? Entonces… tendré que asegurarme de que merezca la pena."
–Bueno… –le dijo en voz baja a su compañera–. ¿Y ahora qué hacemos?
NOTA IMPORTANTE – Dada la extensión que había alcanzado este capítulo, consideré conveniente dividirlo en dos. La continuación y (ahora sí) final de la historia llegará en breve.
