Capítulo 3: sentimientos
Mycroft y Anthea llevaban juntos unos meses cortos pero maravillosos.
De todas formas, durante las horas de trabajo, nada había cambiado. Seguían estando ambos tan ocupados como siempre, trabajando codo con codo, apagando fuegos, resolviendo crisis, empezando otras nuevas.
Había pequeños cambios, por supuesto, que solo el más astuto de los observadores podría ver: prolongado contacto visual, una sonrisa solo para ellos, una mano en su brazo mientras le echaban un vistazo a las notas de una reunión, un poco menos de distancia cuando se sentaban juntos en la mesa de conferencias.
Y entonces cuando la oficina se quedaba vacía, cuando estaban ellos dos solos, a veces se retiraban al living; una acogedora sala con chimenea, sofa, sillones y una amplia selección de té y galletas.
A menudo se iban cada uno a sus respectivos sitios: Mycroft a su silla preferida, Anthea al sofá, con las piernas dobladas bajo ella.
Y entonces, conforme avanzaba el tiempo, Mycroft se iría con ella al sofá, al principio con el pretexto de discutir algún documento en particular, pero tarde o temprano los papeles quedarían a un lado y todo el trabajo olvidado.
U otras noches, cuando Anthea notaba que Mycroft estaba muy estresado para su propio bien, se levantaba de su asiento, se acercaba a él, le quitaba los papeles de las manos y los dejaba en una mesa cercana para ocupar el espacio en su regazo que estos ocuparon antes.
A veces, él fingía objetar, pero ella había aprendido a no creerlo y sus quejas desaparecían tan pronto como la tenía de nuevo entre sus brazos.
OoOoO
Para un hombre como Mycroft Holmes tener una relación -y se atrevía a decir, estar "enamorado"- era una experiencia completamente nueva, una aterradora y emocionante.
Es emocionante en su novedad, su agitación, el placer de ser tan libre, tan deshinibido y etar tan en paz con otra perosna. Jamás se había permitido a sí mismo acercarse tanto a nadie (más que a Sherlock).
Pero su relación con su hermano es, por supuesto, algo completamente aparte. Es una relación construída del amor, naturalmente, con deberes fraternos y lealtad, pero es también una relación con bordes cortantes y muchos momentos mordaces; una relación de maquinaciones y reservas, aunque no es menos significativa por todas sus insignificantes disputas y desacuerdos menores.
Aún así, lo que tiene con Anthea es incomparable al amor que podría sentir por su hermano o sus padres. La pasión que le inspira eclipsa cualquier otra cosa que haya conocido antes. Y a pesar de eso, hay una parte de él que no puede evitar sentirse incómodo y eso, en sí, es otro tipo de novedad con la que tiene luchar todavía.
Mycroft no se ha sentido nunca más que seguro de sí mismo. Siempre ha sabido lo que quería y cómo conseguirlo y nada podía evitar que se saliera con la suya. Hasta ahora.
Estar enamorado (sí, puede admitir que eso es lo que es, en la privacidad de sus propios pensamientos) lo ha hecho ser más abierto, más emocional, más humano de lo que nunca creyó que posible.
Jamás pensó que quisiera algo así e incluso ahora no puede imaginar una vida sin amor o un futuro sin Anthea.
Y eso solo es aterrador.
Le gustadía decir que se ha manejado con gracia y dignidad a lo largo de esos años pero, la verdad sea dicha, ese no ha sido siempre el caso.
OoOoO
Fue solo dos semanas después de su primera cita cuando él hizo su primer intento de terminar las cosas.
Se les había hecho particularmente tarde a ambos, una noche que se convirtió en "altas horas" cuando Anthea se le unió en su casa y se quedaron despiertos juntos, al principio en la sala de estar y después en su habitación, hasta casi el amanecer, tan solo escabulléndose para dormir entre los brazos del otro mientras el sol se empezaba a poner.
Ninguno de los dos recordó poner la alarma , aunque Mycroft normalmente se levantaba por fuerza del hábito y el suave silbido de un sms en la Blackberry de Anthea era todo lo que necesitaba esta la mayoría de los días.
Pero su Blackberry yacía olvidada en la cocina esa mañana y ambos estaban tan profundamente dormidos que ninguno se despertó hasta bien pasadas las nueve.
Y así es como llegaron vergonzosamente a las diez de la mañana a trabajar. Mycroft llegó a las diez y Anthea a las diez y media porque los dos habían acordado silenciosamente que no podían arriesgarse a aparecer juntos.
OoOoO
Al final del día, cuando Anthea entró a su oficina y preguntó si cenarían fuera o en casa, Mycroft empezó a tartamudear sobre cómo...
tal vez no sea prudente
piensa en lo que podría suponer para nuestras carreras
lo que pasaría si esto terminara mal...
Y Anthea lo miró y él se trabó en sus palabras. Y ella esperó a que terminara, antes de decir:
- Esto significa más para mí de lo que ningún trabajo jamás podrá. No puedo decir qué pasará de aquí a una año, o inclusode aquí a un mes, pero sé que hoy no quiero estar en ninguna otra parte que aquí contigo.
Se detuvo, negándose a desviar la mirada, manteniendo su voz firme, al añadir:
-Si no sientes lo mismo, podemos terminar nuestro vínculo personal y volver a una relación estrictamente profesional.
Mycroft abrió la boca para responder, pero Anthea volvióa interrumpirle:
-Pero no trates de convencerte a ti mismo de que estás haciendo esto por mí. Sé lo que quiero y te quiero a ti. Aquí es donde he decidido estar.
Y cuando finalmente terminó de hablar, Mycroft la miró fijamente con una expresión inescrutable.
Ella esperó a que compartiera sus pensamientos. Por fin, prosiguió:
-No hay ningún otro lugar en el que quisiera estar más que aquí contigo.
Al oírle decir eso, le sonrió.
-Bien, porque tengouna reserva para cenar y ya he puesto el despertador para mañana a las seis; así no llegaremos tarde a la reunión de las ocho.
Él le sonrió de vuelta y cuando le tendió la mano, aceptó su invitación, entrelazando sus dedos mientras salían uno al lado del otro de la oficina al coche que los esperaba.
OoOoO
Esa no fue ni la primera ni la última de las crisis de conciencia que Mycroft tenía, por supuesto.
Unas semanas después, un operario de mantenimiento los interrumpió en medio de una "reunión" privada en el estrecho archivador, abriendo la puerta (o intentándolo, ya que la habían cerrado prudentemente antes de juntarse).
Se deshicieron del abrazo en el mismo instante en el que oyeron moverse el pomo de la puerta y Mycroft se apretó la corbata mientras Anthea se arreglaba la blusa. Tan pronto como terminaron de volverse presentables, salieron de allí con rapidez.
El incidente, sin embargo, fue suficiente para darle en qué pensar a Mycroft, aunque no pudo ponerle voz a sus pensamientos, así que en vez de mencionar el tema, simplemente le dio excusas cuando Anthea le dijo de acompañarla esa tarde en la sala de estar. Y así ella se volvió sola a su piso y Mycroft se quedó hasta más allá de la medianoche en su oficina. Cuando por fin volvió a su casa, pasó la noche mirando el techo, demasiado consciente del espacio al otro lado de la cama como para poder coinciliar el sueño.
OoOoO
Una tarde, tras varios meses saliendo, Anthea estaba en su despacho tratando de concentrarse en su trabajo, aunque su mente se desviaba constantemente al hombre de la oficina vecina.
La mayor parte de los días parecía como si las cosas entre ellos fueran perfectas. Era más feliz de lo que había sido jamás y a menudo parecía darse lo mismo en Mycroft.
Y aún así, lo conocía tan bien (tal vez mejor de lo que se conocía él mismo) que no pudo evitar darse cuenta de que algo no iba bien. Podía notar su aprehensión. No podía ignorar la forma en la que a veces parecía encerrarse en sí mismo, dejándola fuera.
Había intentado sacar a colación el tema muchas veces, solo para descubrir que le fallaban las palabras.
Sin embrago, no podía más que intentar descifrar el significado de su silencio y preocuparse de que su reticencia señalaba el principio del final de su feliz noviazgo.
Está tan perdida en sus cavilaciones que apenas se da cuenta de el hermano menor de los Holmes entra en la oficina y se siente en la silla de enfrente de su escritorio.
-Buenas tardes, Anthea.
-Hola, señor Holmes.
-Por favor, llámame Sherlock. Después de todo, somos prácticamente familia.
-Yo no diría tanto.
-¿Problemas en el Paraíso?
-Yo no diría eso.
-¿No? Entonces, ¿cómo van las cosas con mi hermano mayor?
-Bien, supongo.
Ante su templada respuesta, Sherlock empezó:
-Sé que Mycroft puede ser bastante tedioso...
Ella contestó con rapidez:
-No, en absoluto. Me importa como nunca antes. Más, si es posible.
-Ah, así que el problema es él.
Ella se encogió de hombros.
-No espero mucho. No demuestra mucho por naturaleza y yo ni lo necesito ni quiero que lo cambie, pero a veces me pregunto si realmente le importo algo. Sé que hemos estado juntos por poco tiempo, pero pasaría felizmente el resto de mi vida a su lado y no tengo ni idea de si él siente lo mismo.
-Deja que hable con él.
-Realmente no creo que...
Completamente sordo a sus objeciones, Sherlock exclamó:
-¡No te preocupes! Yo lo solucionaré...
Y antes de que pudiera formular otra palabra, él se había ido.
OoOoO
Al día siguiente, mientras Anthea estaba fuera de la oficina –había comprobado a escondidas su calendario durante su anterior visita- Sherlock entró en la oficina de Mycroft y se sentó sin esperar invitación.
Mycroft ni se molestó en separar los ojos de sus papeles al recibir a su hermano menor con un:
-¿A qué se debe la intrusión?
-Tu amante no parece nada contenta con el estado actual de vuestra relación.
Eso fue suficiente para que Mycroft alzara la mirada de su trabajo.
-No tengo ni idea de lo que estás implicando, pero estoy completamente seguro de que no te concierne.
-Tu bienestar siempre me concierne, hermano mío.
-¿Ah, sí?
-Se hace mucho más tolerable estar cerca de ti desde que empezaste tu relación con Anthea.
Con genuina curiosidad, Mycroft volvió a preguntar:
-¿Ah, sí?
-Desde luego. Al menos, relativamente. Me atrevo a decir que es lo mejor que podría pasarte. Después de todo, mi trabajo está en pleno auge y no puedo estar aquí haciéndote compañía a todas horas.
-En serio, Sherlock...
Cambiando abruptamente de táctica, Sherlock dijo:
-Es una mujer increíble, ¿verdad?
Soprendido por el repentino cambio de dirección, Mycroft simplemente respondió:
-Sí, por supuesto.
-Y te importa, ¿no?
-Más de lo que jamás creí posible.
-¿Se lo has dicho?
-No con tantas palabras, pero seguramente...
-Venga, mycroft. La pobre Anthea prácticamente tuvo que lanzársete antes de que te dieras cuenta de que la mujer perfecta estaba a tres metros de tu escritorio. Lo menos que podrías hacer es dejarle claro que el afecto es recíproco.
-Supongo que...
-A menos que prefieras que se vaya y encuentre a alguien más con quien pasar su tiempo. Estoy seguro de que hay muchísimos hombres que estarían felices de tomar tu posición si...
A Mycroft le chocó los repentinos celos que brotaron de él y se tropezó con sus palabras, diciendo:
-¿Cómo podría...? Yo nunca... definitivamente, no.
-Ah, entonces a lo mejor hay alguien más en quién te has fijado...
-No hay ninguna otra para mí.
-Ya veo.
Mycroft no pudo más que dejarse llevar por la enigmática respuesta de Sherlock.
-¿Qué se supone que significa eso, exactamente?
-Que tienes miedo.
-¡No lo tengo!
-Sí que lo tienes. Reconozco los signos. Tienes miedo de ceder al sentimiento. Tienes miedo de abrirte a una vida feliz con una mujer preciosa a tu lado.
-En absoluto.
-Bueno, si no tienes miedo, entonces no veo qué es lo que te frena a aclarar tus intenciones. Después de todo, ya no eres tan joven y Anthea es, claramente, una mujer que sabe lo que quiere. Serías un estúpido arriesgándote a perderla porque no puedes admitir lo profundo de tu afecto.
Mycroft abrió la boca, pero antes d epoder repsonder, Sherlock estaba saliendo por la puerta, dejándolo solo con sus pensamientos.
OoOoO
Una semana después, Mycroft estaba sentado en su sillón, con un montón de papeles en su regazo, aunque no había pasado de página o leído una sola palabra en muchas horas.
Por mucho que odiara admitirlo –e incluso aunque jamás lo confesaría en voz alta- había algo de sabiduría en las palabras de su hermano pequeño.
Sabía en lo más profundo de su corazón que era la hora de confesar sus intenciones. No era justo para ellos –para niguno de los dos- continuar en ese estado de incertidumbre.
Con esa convicción en mente, dejó a un lado los papeles y la llamó:
-Anthea, ¿vendría un momento...?
Escuchó el sonido de su silla apartándose de su escritorio y después el ruido de sus tacones contra el suelo de madera.
Entró en la habitación, quedándose junto a la puerta mientras él le dijo:
-Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.
Ella pilló su expresión.
-¿Es serio?
-Es bastante importante, sí.
Siguió parada, indecisa, hasta que él empezó:
-Por favor, toma asiento- ella se sentó en el sofá y lo miró, esperando a que volviera a hablar-. Anthea, me he dado cuenta de que puede que no haya dejado claras mis intenciones para contigo desde que empezamos a salir. Temo que quizá te haya dado una falsa impresión de mis sentimientos y considero que es de suma importancia que corrija ese error.
Él se detuvo, ordenando sus pensamientos y ella lo interrumpió, con tono tranquilo.
-Vas a terminar con esto, ¿verdad?
Por un momento, toma tan por sorpresa a Mycroft que se queda helado, con la boca entreabierta pero sin salirle las palabras.
Pero sale de su mutismo momentos después cuando percibe el dolor y la tristeza enterradas bajo la cuidados expresión neutra de Anthea.
Sin pensar, se levanta, se sienta a su lado y estira el brazo, tomando su mano izquierda entre las suyas. Le responde con profunda sinceridad.
-Nunca- entonces añade, sonriendo con arrepentimiento-. Supongo que las declaraciones emocionales nunca han sido mi fuerte.
-No, realmente no es uno de tus muchos talentos... -le responde con cariño.
-¿Te molesta?
Hay indicios de preocupación y tal vez inseguridad en la voz de Mycroft.
Ella niega con su cabeza una sola vez, con énfasis, y después posa su mano derecha encima de las suyas, antes de añadir:
-No querría que fueras nada más de lo que ya eres.
-Lo mismo digo.
-Bien, porque me atrevo a decir que ambos estamos muy apegados a nuestras costumbres.
-Muy apegados- dice y s einclina hacia ella, depositando un beso gentil en el dorso de su mano, que sigue sujetando la suya propia.
La vuelve a mirar y, por un momento, casi se pierde en la expresión de su rostro, la calidez de sus ojos y en su propio shock porque una mujer como ella pudiera serle tan leal a un hombre como él.
Como si puediera ver a través de sus penamientos, ella dijo:
-Jamás podría amar a nadie como te quiero a ti.
-Jamás he querido a nadie como lo hago contigo.
Le sonríe, aun más ampliamente, y un delicado sonrojo aparece en su cara antes de preguntarle:
-Así que... si no ibas a cortar conmigo, ¿a qué ha venido todo esto?
-Ah, solo tenía una pregunta, una proposición que quería hacerte, para que lo consideraras.
Volviendo a su modo de trabajo, preguntó:
-¿Tiene que ver con nuestro plan de operaciones encubiertas en el asunto de la India? Porque...
-No, no, nada parecido.
-Entonces, ¿qué...?
Antes de que pudiera terminar su oración, la interrumpió.
-Durante lo que llevamos de noviazgo, he conocido una felicidad que jamás creí posible. He experimentado deseos y necesidades que nunca antes consideré. Me has hecho más feliz y más humano de lo que nunca esperé. Y jamás hubiera creído que esto era lo que quería para mí; incluso ahora, no puedo imaginarme un futuro si no estás tú en él -Mycroft se detiene, inspira profundamente y dice-. Y por eso, quería preguntarte si...
Se detiene otra vez, suelta sus manos unidas y busca en el bolsillo de su abrigo para sacar de él una cajita, abrirla y preguntarle:
-Anthea, ¿quieres casarte conmigo?
Tan pronto como las palabras salen de su boca y la mira y ve que su expresión se ha congelado de la sorpresa, siente de golpe el impacto de la ansiedad, preguntándose si ha sido una mala decisión, si tal vez ha ido demasiado lejos...
Pero entonces su rostro se ilumina con la más radiante de las sonrisas -tan brillante que eclipsa a joya centelleante del anillo que sigue sosteniendo en su mano derecha- y las lágrimas le brotan de los ojos.
Incapaz de encontrar las palabras, asiente simplemente –una, dos, tres veces- y le tiende la mano; él desliza el anillo por su dedo y entonces ella le echa los brazos al cuello y él la abraza.
Apretándola fuerte contra su pecho, puede sentir la calidez de su aliento en su cuello mientras susurra:
-Por supuesto que sí.
Y al oír esas palabras, se promete a sí mismo que, pase lo que pase, jamás la dejará ir.
OoOoO
N/T: este capítulo es muy especial para mí porque, a pesar de que me ha llevado un poquito más traducirlo (que s eme han juntado muchas cosas), arts and letters me lo ha dedicado con todo su cariño y con ese detalle me ha arañado el alma.
Thank you, very VERY much again. Espero que os haya gustado tantísimo como a mí.
