NI SIQUIERA LA MUERTE

CAPÍTULO 6 – DESPEDIDAS – SEGUNDA (Y ÚLTIMA) PARTE

[Publicado originalmente el 22 de mayo de 2015, con una extensión de 8.086 palabras.]


"Y ahora qué hacemos…"

En efecto, qué hacer en el Bosque Negro, en una noche de luna llena, cuyos rayos plateados iluminaban como plata la nieve que cubría la tierra; los pinos, como silenciosos testigos de todo lo que allí había ocurrido, rodeaban a Levi y Petra, al fin solos.

El Capitán se sintió, de repente… mareado. Hasta entonces, en presencia de los dos policías imperiales, había tenido que mantenerse en una calma tensa, listo para reaccionar si era necesario; a pesar de que la tormenta ya había pasado, de que aquella explosión de ira y furia había dejado tras de sí las brasas de un odio que difícilmente volvería a rugir de esa forma. Pero sin tener ya delante a sus "queridos enemigos", el legionario no podía evitar pensar en todo lo que se había dicho; en cómo él todavía no estaba ni vivo ni muerto, aunque sólo era cuestión de tiempo convertirse en lo segundo… para siempre.

Levi tragó saliva. Se pasó una mano por los negros cabellos; luego deslizó un dedo por el cuello de su uniforme verde oscuro, atusándose también el pañuelo blanco que solía llevar consigo, incluso cuando iba vestido de civil.

"Me pregunto si me quedaré así vestido para siempre. Aunque no me importaría demasiado…"

Al Capitán le gustaba su uniforme; pero no podía olvidar cómo, tan sólo un momento antes, se lo habían rajado intentando arrancarle el corazón… y ahora, en cambio, volvía a estar impecable. Sus ojos grises no le engañaban; no necesitaba mirar muy lejos, para ver alguna de aquellas discretas señales que revelaban la verdad… que su hora estaba cada vez más cerca.

Su aliento formaba un vaho demasiado tenue, en aquel frío que él ya era incapaz de sentir, aun sin su capa. Contempló su propia sombra y descubrió, con temor y fascinación, que no era tan nítida como las demás que le rodeaban, formadas a la luz de la luna.

¿Estaba muerto? Vivo no, desde luego; y sin embargo, todavía seguía allí…

"En serio, no tengo ni idea… ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?"

Quizás era un error aferrarse a aquella existencia; quizás debería cerrar los ojos, dejarse llevar y ponerle fin de una vez por todas. ¿Qué le esperaría al otro lado? Una nueva vida, el descanso eterno, la nada; no tardaría mucho en averiguarlo. Fuera lo que fuese, sus compañeros ya estaban allí, aguardándole.

Todos sus camaradas… menos una.

Aquella idea le permitió zafarse de sus dudas, sus temores; la inseguridad de quien cree estar en un lugar que no le corresponde. Dejó todo eso y se dio la vuelta. Contempló a Petra.

Ella le devolvió la mirada.

Una leve brisa agitó la capa que él le había dado antes; esperaba que bastase para abrigarla del frío, aunque ella todavía temblaba un poco… pero sabía que no era por eso, ni por el temor, ni por la ira. Todo aquello había quedado atrás.

El rostro de Petra reflejaba una tristeza inmensa, enorme; Levi no recordaba haber visto nunca a alguien tan apenado. Era un dolor profundo y al mismo tiempo… resignado, tranquilo. Incluso sus cabellos rubios se agitaban ligeramente, con un aire melancólico; sus ojos azules brillaban intensamente con unas lágrimas que, aunque ya no desbordarían, seguían allí.

La legionaria empezaba a aceptar la situación, pero eso no significaba que sufriera menos; al contrario, comprender con tanta claridad hacía que su dolor fuese aún mayor, destrozándola por dentro. Si se mantenía en pie, era gracias a la fuerza insospechada, sobrenatural, que albergaba su cuerpecillo frágil (sólo en apariencia) y fluía por sus venas; ella era fuerte, muy fuerte… y por eso mismo, capaz de sufrir más.

Levi temía que, hiciera lo que hiciese, sólo conseguiría empeorar su dolor.

"Para mí, esto ya casi ha terminado… pero para ella, acaba de comenzar. Todavía tiene el resto de su vida por delante."

Sin embargo, aquel pensamiento consiguió animarle, incluso ponerle una tenue sonrisa en sus severos labios.

"No me importa… Si ella vive, si ella consigue salir de aquí y seguir adelante, no me importa…"

Se fijó en la mochila, abierta, medio vacía, que había quedado en el suelo a cierta distancia. Se acerco, la recogió… Se acordó de la primera vez que lo hizo, cuando encontró a Petra apoyada contra aquel árbol, como si estuviera muerta; cuando él acudió a la llamada que tan desesperadamente había anhelado, cuando ni siquiera la muerte había sido capaz de detenerle. Ella había tomado su mano, había destruido con su poder oculto la barrera invisible que separaba ambos mundos y le había traído de vuelta.

"Entonces, está claro lo que tengo que hacer… La cuestión es cómo puedo serle más útil, servirle mejor."

Y sin embargo… supo inmediatamente que aquel enfoque sólo provocaría nuevas dudas y temores; quizás descartados por ahora, sí, pero todavía demasiado recientes como arriesgarse a llevar a Petra al límite otra vez. Levi no permitiría que ella sintiese de nuevo terror, ante la idea de que quizás le había convertido involuntariamente en su esclavo de ultratumba.

La pregunta adecuada, entonces, no era qué quería Petra, sino qué quería él. Trató de imaginar cómo se sentiría, si hubiera sido al revés; si él hubiese sobrevivido y en cambio ella…

La sola idea hizo que se le encogiese el corazón, pero tenía que someterse a esa tortura para poder obtener la respuesta que los dos tanto necesitaban. Petra estaba al límite de sus fuerzas, le miraba como esperando… Levi seguía lleno de dudas, pero no podía permitirse el lujo de vacilar, no ahora; debía aparentar seguridad, fingir que sabía lo que estaba haciendo, convertirse una vez más en aquel Capitán implacable que nunca dudaba ante nada.

"Es el problema de tener una reputación que mantener, los demás ya esperan algo de ti y no puedes defraudarles…"

Sin embargo, al mismo tiempo, aquello era lo que le permitía sobreponerse, convertirseen la persona que necesitaba ser, la persona que en realidad quería ser en ese momento; no sólo por ella, sino también por él mismo. Fue así como recuperó de nuevo la confianza.

No pudo evitar sonreír, al pensar en esa pequeña paradoja: ella había revelado su poder oculto gracias a él; pero si él pudo vencer a su vez la angustia de saberse próximo a su fin, si pudo convertirse de nuevo en "el soldado más fuerte de la humanidad", fue precisamente gracias a ella.

Fue porque Petra necesitaba de él aquella fuerza, que Levi pudo buscar en su interior y encontrarla, superar sus propios límites y conseguir lo que parecía imposible.

Recordó la forma en que ella había dicho antes su nombre, y él el suyo: como si fuese la primera vez que aquellas palabras se pronunciaban con tanta plenitud, revelando su verdadero significado… como si fueran un voto sagrado, una promesa para la eternidad.

La idea le hizo sentir a Levi cierto rubor en las mejillas; esperaba que no se le notase mucho… pero a juzgar por el color que también apareció en las de Petra, ya era demasiado tarde. Ella no apartaba de él sus ojos azules, poderosos, como dos pequeñas estrellas… que literalmente le habían dado esa nueva vida, esas horas arrebatadas a la muerte, una oportunidad única en toda la historia según las viejas leyendas.

Supo que no podía desperdiciar esa oportunidad.

"Si hubiera sido al revés… ¿qué es lo que yo habría querido?"

Compartir esos últimos momentos con ella; decir todo lo que debía decirse, hacer todo lo que debía hacerse. Ayudar, en esas últimas horas, en todo lo que fuera posible; darle a la otra persona tanto como pudiera, para que ella fuese capaz no sólo de sobrevivir sino de vivir. Conseguir que aquellas últimas horas, los dos a solas, juntos… mereciesen la pena.

Y él se dio cuenta de que prefería vivir con intensidad algo auténtico, por muy poco tiempo que le quedase; aunque luego tuvieran que separarse para siempre, aunque luego aquel recuerdo doliese como una herida que siempre permanecería… pero que con el tiempo se curaría, hasta dejar una marca, un recuerdo de por qué merecía la pena seguir adelante.

Mejor el dolor por haber vivido algo verdadero, real… que una eternidad de arrepentimiento por no haber dicho, por no haber hecho, por no haber aprovechado aquella oportunidad.

Y Levi tomó su decisión.

–Petra –pronunció su nombre.

Y por la forma en que ella tembló al oírlo, él se dio cuenta de que sus palabras iban a significar mucho más de lo habitual en lo que quedaba de noche, para bien o para mal. Suspiró lentamente; se obligó a calmarse, a ser de nuevo el completo dueño de sus actos como sólo un Ackerman era capaz. Le tocaba a él ser la roca en la que Petra se apoyase, su bastión, su fortaleza. No podía dejarse ahogar por pequeñeces, por tonterías ya carentes de sentido cuando la muerte rondaba tan próxima; tenía que asegurarse de que cada palabra contase.

"Basta."

Ya no más palabras cortantes y bruscas, para mantener alejados de él a los demás, como había hecho toda su vida; cuando eran los que le rodeaban quienes caían a su alrededor, mientras él en cambio sobrevivía, por ser "el más fuerte". Todo eso… ya no era necesario.

En realidad, Petra había sido siempre la más fuerte; prácticamente indestructible. No tenía que apartarla para protegerla del dolor de la pérdida… No quería apartarla; quería estar a su lado en aquellos últimos momentos, al final del camino. Levi sonrió al darse cuenta de que, una vez más, su ángel de cabellos rubios y ojos azules había echado abajo una barrera que parecía imposible de derribar.

Supo que ya no había vuelta atrás. Por su parte, él estaba dispuesto a hacer lo que él quería, necesitaba, como un apetito insaciable en aquella alma que existía a la vez en dos mundos distintos. Si ella tenía otra idea de cómo deberían ser esos últimos instantes, que lo dijera; él no iba a ser tan arrogante como para suponer lo que ella prefería en realidad… que fuese ella quien decidiera por sí misma.

"Además, si los dos nos quedásemos aquí sin hacer nada, ¡menudo desperdicio!"

Así que Levi, con la mochila en una mano, se acercó a Petra, que seguía observándole con sus ojos de luminoso zafiro, vivos, muy abiertos. Había dejado de temblar. Ya no se reflejaba tanta pena en su rostro, como si él le hubiera transmitido a ella su determinación; como si, por aquel vínculo que existía entre ambos, cada uno pudiera compartir con el otro su fuerza, multiplicada por diez.

Se acercó a ella, la miró prácticamente desde la misma altura. El Capitán tuvo que hacer un esfuerzo para controlar su respiración, pero lo consiguió. Quedaba poco tiempo; pero algunas cosas, merecía la pena hacerlas despacio. Simplemente extendió su mano libre, dejándola a su alcance… y Petra, después de mirarla, le sonrió y la tomó entre las suyas.

Sintió de nuevo esa calidez tan característica en ella, emanando de su piel, su aliento… su cuerpo entero. Esta vez, la sensación fue casi eléctrica. Sus caras estaban muy cerca, a apenas unos centímetros de distancia, y él pensó que no le importaría volver a acariciar sus sienes, sus mejillas, tomar entre los dedos su barbilla…

Sin embargo, había algo más que tenía que hacer, que aclarar antes de que fuese demasiado tarde; asegurarse de que ella comprendía… y cuanto antes lo hiciera, menos le dolería. Quedarse simplemente así, mirándose, su mano entre las de ella, habría sido suficiente para él; pero Petra necesitaba más, merecía más. Levi quería hacer todo lo que estuviese en su mano, para que su legionaria siguiera siendo fuerte; para que saliera adelante, viviese, con todo lo bueno y todo lo malo.

–Petra –repitió él, en voz baja–. Te acuerdas de lo que te dije, ¿verdad? "Vas a salir de aquí." Y yo… –apenas titubeó un instante–. Quiero ver cómo lo haces.

Y ella volvió a comprender. De nuevo se desvaneció su sonrisa, de nuevo apareció en su rostro aquella pena inmensa que Levi podía sentir como propia; pero su determinación era inquebrantable. El momento de las dudas, para él, ya había pasado; y descubrió, sorprendido (una sensación agradable), que no necesitaba cortarla con sus palabras, ni empujarla lejos… que lo que se sentía capaz de decir, era precisamente lo que quería decir.

–Es mi decisión –continuó el Capitán, con tono suave y firme al mismo tiempo–. No podemos prolongar esto… Ni siquiera tú tienes el poder de detener la noche. Tampoco puedes quedarte para siempre en el Bosque Negro. No eres una Loba… –sonrió con el recuerdo del formidable animal.

Ella no lloró; no dijo nada. Simplemente asintió en silencio, recuperando su resolución de antes. Levi se sintió más tranquilo; intuyó que el momento más delicado ya había pasado, que ella comprendía plenamente, que había aceptado lo inevitable pero no iba a dejar que eso la paralizara. Petra estaba dispuesta a asumir ese dolor, a aprovechar esa oportunidad que se le había presentado… no, que ella había tomado en realidad por sí misma, con sus poderosas manos.

Por unos instantes, no hablaron; se limitaron a mirarse. Ojos grises, sumergidos en el océano más profundo; ojos azules, explorando el metal de las entrañas de la tierra.

Después Levi se echó la mochila al hombro, por un asa, y pasó el otro brazo sobre los hombros de ella, atrayéndola suavemente hacia sí. Petra le pasó un brazo por la cintura y se pegó a él, lentamente, casi con vergüenza. Luego intentó compartir la capa, pero él la detuvo con un gesto, negando suavemente con la cabeza, como diciendo "a mí ya no me hace falta".

Y era cierto. Con ella a su lado, Levi ya no sentía frío. Podía notar aquella calidez, cada vez con más intensidad; al mismo tiempo, iba haciéndose más consciente de su propia respiración, los latidos de su propio corazón… algo más acelerados de lo habitual, por cierto… a un ritmo que armonizaba con el de ella.

Avanzaron, con pasos tranquilos, sabiendo que todo iría bien; que ya nada les perturbaría, ni les arrebataría ese momento, ese pequeño instante de eternidad que tenían para ellos solos. Se lo habían ganado. Reforzada su determinación, valientes, cada uno dispuesto a enfrentarse a lo que vendría después: la vida para ella, la muerte para él.

Durante unos minutos apacibles y silenciosos, caminando a la luz de la luna, todo lo que se oyó fue el sonido de sus mullidas pisadas sobre la nieve; cada paso, acercándoles un poco más a ese final inevitable que ya habían aceptado.

No habría estado mal, despedirse así, simplemente paseando; pero Levi sabía que podía hacer mucho más, por Petra y por él mismo.

–¿Con qué apellido te vas a quedar? –preguntó en voz baja.

La legionaria entendió enseguida. No habían llegado al extremo de poder comunicarse entre ellos sin palabras (una idea que de todas formas le ponía nervioso), pero sí eran capaces de comprender todo el significado de las pocas que pronunciaban.

"¿Qué vas a hacer ahora que sabes qué significa ser una Leonhart?" Ésa había sido su pregunta.

Ella pensó en silencio unos segundos; sus ojos azules, decididos, miraban al frente y parecían brillar con una luz propia.

–Ese chico, Marco… –contestó Petra–. Creo que tiene razón.

Levi se acordó del moreno pecoso. "Si vosotros no decís nada, nosotros tampoco."

–Sé que ya nada volverá a ser igual –continuó ella, mordiéndose ligeramente el labio–, pero…

El Capitán, adivinando sus pensamientos, dejó escapar un suspiro. "Como de costumbre, se preocupa demasiado por los demás."

–Petra –la reconvino con suavidad–, tu hermana, Annie… es una superviviente. Decidas lo que decidas, sabrá cuidarse sola… –se le escapó una sonrisa–. Incluso si hubiera un cataclismo y el Imperio dejase de existir, estoy seguro de que ella seguiría en pie. Es una Leonhart, indestructible… como tú.

Miró con orgullo a su legionaria; ella se sonrojó un poco y también sonrió.

–Además –continuó él–, en realidad no está sola, tiene a Bott a su lado… El chico no es tan tonto como parece.

No pudo evitar pensar en lo que habría pasado si el joven imperial no le hubiera detenido, cuando estaba a punto de estrangular a Annie; a la hermana de Petra, aun sabiendo… no, precisamente porque sabía quién era.

Respiró hondo para volver a calmarse. Inútil preguntarse por lo que pudo haber sido, en un pasado que ya no cambiaría. Era el futuro, en lo que debían centrarse; el futuro de ella, en el que habría peligros y riesgos… y no siempre provenientes del enemigo.

–Hay una cosa que debes saber sobre el Mariscal Erwin –dijo el legionario–. Él y yo… Hemos recorrido un largo camino, juntos. Siempre creí que, si había alguien capaz de poner fin a esta guerra, sería él.

"Y que yo estaría allí para verlo," añadió para sus adentros; pero ella lo había adivinado, a juzgar por la sombra de pena que cruzó su rostro.

Levi meneó la cabeza, como diciendo "no importa", pensando que debía dejar de hacerse preguntas sobre lo que podría haber sido; así no llegarían a ninguna parte.

–Puede que no una victoria completa, pero sí al menos una paz honrosa –continuó él–. Sin Erwin en nuestro bando, todo esto habría acabado mucho antes… Es alguien que está dispuesto a hacer lo que sea necesario por la República, lo que él cree que es necesario.

Se detuvo. Frunció el ceño y miró con seriedad a Petra.

–Pero lo que él considera "lo mejor para la República", puede que no sea lo mejor para ti.

Su compañera le observaba atentamente, con los ojos muy abiertos, pero no se había quedado paralizada; su mente ya seguía ese hilo, dando un gran salto adelante y haciéndose más preguntas.

–Capitán…

–Ya hemos pasado antes por esto, Petra… –él sonrió.

–De acuerdo… Levi.

Al oír otra vez su nombre en los labios de ella, el legionario volvió a sentirse… más completo. Petra también sonreía, a pesar de todo.

Hubo un instante de silencio. Luego siguieron andando, agarrados el uno al otro. "Croc, croc, croc", hacían sus pies sobre la nieve; las pisadas de ella eran más nítidas que las de él.

–Levi, lo que has dicho antes… Puede que Erwin ya lo sepa. Que soy una Leonhart.

Esta vez fue el Capitán quien abrió los ojos, sorprendido.

"¿Cómo pude olvidarlo? Pero si yo mismo lo pensé antes… Que era extraño que en esos dossieres que nos pasaba el Mariscal no hubiera nada sobre los Leonhart, que quizás él sí lo sabía pero nos estaba ocultando esa información…"

¿Acaso los del Imperio guardaban celosamente el secreto, o en realidad lo ignoraban? ¿Ocultaban los Leonhart aquella terrorífica verdad a todo el mundo? Motivos tenían para ello…

–Petra, desde que llegaste a la República, ¿has usado alguna vez ese apellido?

–Hum… –ella frunció el ceño, concentrada–. No, nunca. Puede que no sea tan lista como el Cejas, pero incluso yo sabía que no era buena idea.

Levi sonrió al oírle decir, tan tranquilamente, el apodo con que conocían a Erwin en la Legión. Luego sintió curiosidad.

–¿Desde cuándo has usado el apellido Ral? Si no es mucha indiscreción…

"Quizás al otro lado encuentre todas las respuestas, pero prefiero oírlas salir de tus labios."

La expresión concentrada de ella dio paso a otra algo más lejana, nostálgica, con una sonrisa triste; como evocando recuerdos agridulces.

–Cuando llegué aquí, no tenía a nadie –susurró Petra–. Ni siquiera estoy segura de cómo lo conseguí… aunque ahora creo que sí lo sé.

Levi volvió a maravillarse, pensando en el poder que lo había hecho posible. Se alegraba de que una energía tan vasta, tan inmensa, estuviera contenida en la sangre de su compañera; toda esa fuerza, en manos de una persona bondadosa como ella… Así el mundo era un lugar mejor, más parecido a lo que debería ser.

–El señor Ral era un hombre ya mayor, viudo –continuó Petra–. Me encontré con él por casualidad, al poco de llegar a Trost. No me conocía de nada, yo podría haber sido una ladrona o algo peor… y él en cambio me abrió las puertas de su casa. No hizo preguntas, no me exigió nada, no me pidió nada. Me acogió con los brazos abiertos, me ofreció todo lo que tenía…

El Capitán trató de disimular la ceja que se le arqueó escépticamente, mientras pensaba en lo cándida que era su compañera; había tantas cosas que podían salir mal, aceptando vivir en la casa de un desconocido así sin más… Ella no vio su reacción; seguía mirando al frente, con un fuego cálido brillando en sus ojos… aunque algo en su expresión también revelaba duda, incluso culpa.

–Él me enseñó mucho de lo que sé. Me trató como a la hija que nunca había tenido, y yo… En realidad, fue como un padre para mí, mucho más de lo que…

Se interrumpió, pero Levi casi pudo leerle la mente: "mucho más que mi verdadero padre". No iba a enfrentarse por ella a sus propios fantasmas; iba a seguir sola un trecho del camino a partir de ahora, tendría que acostumbrase a valerse por su cuenta y más valía que empezase cuanto antes. Sin embargo, eso no significaba que fuese un hombre cruel.

–A veces, uno puede elegir a su familia –se limitó a decir; pero con eso bastó para que el rostro de ella volviera a iluminarse–. Me alegro por ti, en serio.

Petra le sonrió, agradecida; y él pensó que, por aquella sonrisa, no le importaría enfrentarse otra vez a un centenar de policías imperiales.

–No fue sólo que cuidase de mí, sin pedir nada a cambio –siguió ella–. También me dio un propósito, un objetivo… Yo quería ayudar, pero no sabía cómo. Él había sido legionario, me explicó cómo se hacían aquí las cosas… –miró de manera significativa a Levi–. Y también me contó que en la Legión, si sabes luchar, no te preguntan sobre tu pasado.

–El señor Ral… parece un buen hombre.

Dudó al referirse a él en presente; ella se dio cuenta enseguida y negó tristemente con la cabeza.

–Murió hace ya varios años –musitó mientras miraba al suelo–. Era un veterano, con muchas batallas a sus espaldas y más heridas aún. Alistarme en la Legión era algo que yo quería hacer, pero… –volvió a mirar al frente, con determinación inquebrantable–. Creo que a él también le habría gustado.

Un instante de silencio.

–Me alisté y tomé su apellido, naturalmente. ¿Cómo no iba a hacerlo?

–Siento no haberle conocido. Él estaría orgulloso de ti, Petra.

Ella asintió y los dos se quedaron callados; espontánea muestra de respeto, en recuerdo de aquel hombre que la había ayudado a convertirse en lo que era hoy.

Siguieron andando sobre la nieve, entre los pinos, apoyados el uno en el otro. Solía decirse que la noche era más oscura justo antes del amanecer. Con aquella luna llena, tan inmensa, tan poderosa, resultaba difícil apreciar la diferencia; pero en su interior, Levi sabía que se iba acercando su hora. Fue por eso por lo que se permitió romper el silencio; aún tenía varias cosas que decir, y era ahora o nunca.

–Por lo que me has contado, puede que Erwin sospeche que antes no te llamabas Ral, pero eso no significa que sepa lo otro… –frunció levemente el ceño–. Al final, será tú decisión. El problema es que, antes de elegir, no puedes saber cuál sería la mejor opción… y a veces, ni siquiera puedes saberlo después. Tienes que decidir… y luego tienes que vivir con las consecuencias, el resto de tu vida.

–Levi… –susurró ella, contemplándose con sus enormes ojos azules.

Él se permitió perderse por unos instantes en aquellos océanos llenos de vida; nadó, se sumergió en ellos… pero también pudo leer una muda pregunta.

"¿Qué decisiones tomaste? ¿Con qué has tenido que vivir?"

Y el Capitán descubrió, sorprendiéndose primero a sí mismo… que quería contestar a esa pregunta. Quería que ella lo supiera, que le conociera mejor… aunque ya fuese demasiado tarde.

–No sé hasta qué punto podría haber sido distinto, o si todo esto era en realidad inevitable… –Levi habló en voz baja, con un tono amargo atenuado en parte por su resignación–. Me llaman "el soldado más fuerte de la humanidad", pero a veces ser el "más fuerte" sólo significa ser el último en morir. Todos… todos a mi alrededor mueren, Petra.

Ella le observaba con atención, preocupada; eso no le detuvo, a pesar de que le venían demasiados recuerdos de golpe, después de haber bajado sus defensas, y era algo cada vez más abrumador.

–Puede que la sangre de los Ackerman esté maldita. No conocí a mi padre, pero seguramente está muerto, como mi madre cuando yo sólo era un crío. Y aunque te parezca increíble… –torció los labios en una media sonrisa, algo forzada–. Kenny no siempre fue "el Carnicero", hubo un tiempo en que él estuvo cuidando de mí… al fin y al cabo éramos parientes. Incluso me enseñó un par de trucos… –dejó escapar una risa corta, amarga–. Ya ves cómo se lo pagué, le clavé un cuchillo en la cabeza. ¿Te imaginas que me está esperando al otro lado para beber té y jugar a las cartas? Sería una situación un poco incómoda…

La idea de lo que podría venir después volvió a golpearle con fuerza; de repente, casi sintió terror, al darse cuenta de que no era una abstracción, sino algo que iba a ver muy pronto, algo de lo que ya no podía escapar. Continuó hablando, en voz baja, cada vez más rápido, con los ojos cada vez más abiertos y la mirada perdida.

–Cada vez que conocía a alguien, que conectaba con otras personas… terminaban muriendo. Puede que todas esas personas me estén esperando. ¿Cuántas de ellas se habrían salvado si no me hubieran conocido? Incluso si no me lo reprochan, yo… Puede que el infierno sea eso: pasar toda la eternidad con ellos, sabiendo que es culpa mía que estén allí, que…

Fue entonces cuando la presencia de Petra, a su lado, volvió a hacerse sólida, real; mucho más que aquellos temores. Ella se separó un momento de su lado, le agarró por los hombros y le forzó a girarse para mirarla de frente; su cara estaba muy cerca, a apenas unos centímetros de distancia, con el ceño fruncido y la boca apretada, sus ojos…

En sus ojos brillaba un fuego azul, no gélido sino ardiente, cálido, puro; la esencia misma de la vida, que cayó de repente sobre él con tanta fuerza que, por un momento, estuvo convencido de que ella le había abofeteado. Se quedó paralizado, con la mente en blanco, completamente absorto en la visión de aquella furia divina a duras penas contenida.

Y un instante después… Petra volvió a ser simplemente Petra. Su expresión se relajó y se convirtió de nuevo en la benevolente habitual , aquélla que él siempre asociaría con su legionaria, única e inconfundible.

–Levi…

Su voz era tan clara, tan nítida, tan poderosa, que sólo con esa palabra deshizo sus dudas y temores. Volvió a sentir aquella calidez, aquella vida, por todo su cuerpo; seguramente tenía algo que ver que ella estuviera sujetándole así, tan cerca.

–Levi –repitió, severa y amable al mismo tiempo; él volvió a sentir toda esa energía recorriendo cada fibra de su ser–. Antes me dijiste que no debía sentirme culpable por lo que había pasado. Que estamos en guerra, que la gente muere y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. Que no era culpa mía, que la idea de que sería mejor que yo hubiese muerto era absurda.

Por un instante, no dijo nada. Aquel silencio fue atronador.

–Y ahora yo te digo a ti lo mismo, Levi. No ha sido culpa tuya.

Ninguno de los dos habló durante unos largos segundos, eternos. Cada uno contemplaba los ojos del otro; Levi creyó ver en los de ella el reflejo de los suyos propios, aquel gris metálico fundido hasta convertirse en mercurio líquido.

Se dio cuenta de que, en su momento de mayor debilidad, Petra había sido fuerte por los dos; que como de costumbre, cuando más la había necesitado, ella no le había fallado. Volvió a sonreír, suavemente, con lentitud.

–Quería comprobar que habías prestado atención –musitó él.

Por la forma en que ella levantó una ceja, estaba claro que no se lo había creído; pero el Capitán ya estaba pensando en otra cosa, algo relacionado con lo que acababa de descubrir, o más bien recordar.

–Petra… –sólo pronunciar aquella palabra ya le hizo sentir el poder que emanaba de ella–. Sabes que después de esto, de haber cumplido con éxito la misión, podrás pedir lo que quieras y no te negarán casi nada.

Levi dejó caer lentamente la mochila al suelo; luego tomó con sus manos las de ella, que aún estaban sobre sus hombros, las retiró y bajó hasta dejarlas unidas entre ambos, a la altura de sus pechos. La legionaria escuchaba con atención, intuyendo de qué se trataba; bebía cada una de sus palabras. Él se había recuperado otra vez por completo, gracias a ella; podía volver a pensar en su futuro.

–No hablo de medallas o desfiles –continuó el Capitán con aquella leve sonrisa, aunque el tono era serio–. Me refiero a un ascenso… al mando de tu propia unidad. "Escuadrón Petra" suena bastante bien, ¿no te parece?

Allí donde antes había aparecido la furia de una diosa, y luego una benevolencia igualmente divina, surgió de repente la sorpresa más absoluta.

"¿De verdad que ni siquiera se lo había planteado?", pensó Levi, con algo de fastidio; decidió atajar de raíz la retahíla de "no puedos" que sabía que vendrían a continuación.

–Eres fuerte, Petra –su tono no admitía discusión alguna–, pero no te importa, no normalmente, ni siquiera te das cuenta… Brillas con más intensidad cuando estás luchando por otros. Yo siempre me he mantenido alejado de los demás, pero contigo ocurre justo lo contrario. Cuando dirijas tu propia unidad, serás todavía más fuerte. Tendrás que serlo. Por ellos… y por ti misma.

Se quedaron otra vez en silencio, mirándose. Ella respiraba con algo de agitación, con los labios entreabiertos; él podía sentir su cálido aliento entre los suyos. Tuvo que respirar hondo y hacer un verdadero esfuerzo, para no desviarse y continuar con el tema; un tema… que afectaba, además, a otra persona.

Una persona de la que él se había desentendido, en vez de intentar estar a su lado; una persona a la que, como tantas otras, él había apartado, alejándola de sí… y ya era demasiado tarde para remediarlo.

Tarde para él. No para Petra. Todavía no.

–Habrás oído hablar de Mikasa Ackerman –consiguió decir por fin.

–¡Claro! –Petra parecía aún más sorprendida– ¿Quién no? Es una de las legionarias más prometedoras.

Pero en sus palabras, Levi supo que había mucho más: el mudo reconocimiento de lo que significaba ese apellido… para él y para todos.

–Ella… –el Capitán dudó, pero siguió adelante; no era el momento para sentir remordimientos–. Ella es buena… –suspiró y miró a Petra fijamente a los ojos–. Puede ser mucho mejor. Mejor que yo incluso, con tiempo suficiente y alguien que la entrene, que la guíe. Tú puedes conseguir que ella sea para los Ackerman lo que tú eres para los Leonhart, ¿entiendes?

El calor que sentía en sus manos, todavía unidas a las de ella, era difícil de soportar… pero no las separó.

–Sé que es difícil negarse a prometerle algo a un moribundo, pero tranquila, yo ya estoy muerto… –no habría sido capaz de continuar, si no se hubiera apoyado en ese sentido del humor algo retorcido–. No voy a obligarte a prometer nada, Petra, sólo…

–Juro por la sangre en mis venas que cuidaré de ella, Levi.

Pronunció aquellas palabras sin dudar, sin vacilar, con la misma claridad y fuerza con que había pronunciado antes su nombre. Después, se hizo el silencio.

A él no le habría importado seguir así, cada uno mirando al otro, sin decir nada, hasta que llegase su hora… pero aún tenía que hacer algo más.

–No te estoy pidiendo que la protejas de todo mal, ni que me asegures que nunca le pasará nada… –aclaró él con suavidad, en voz baja–. Estamos en guerra y nadie puede garantizar que no le ocurrirá algo. Tendrá que luchar, tendrá que correr riesgos… es inevitable, pero… si puedes enseñarle a valerse por sí misma, si la ayudas a convertirse en todo lo que puede llegar a ser, entonces no habrá nada que pueda detenerla –Levi sonrió–. No habrá nada que pueda deteneros a las dos. Quién sabe, quizás a Erwin se le ocurra alguno de sus planes y podáis ganar la guerra…

Petra asintió con la cabeza, muy atenta, todavía sin decir nada; así que el Capitán continuó.

–Y hablando de planes… ¿Te acuerdas de Armin Arlert? Un buen amigo de Mikasa, inteligente y listo. Tiene un montón de libros en la cabeza, pero también sabe cómo aplicar todos esos conocimientos, incluso es capaz de encontrar soluciones en las que nadie había pensado. ¿No te recuerda a alguien?

–¿Como un Erwin junior? –Petra le siguió el juego, de mejor humor–. ¡El mundo no está preparado!

Los dos aprovecharon ese breve respiro para reír un momento por lo bajo… La risa de ella le sonó a Levi como música para sus oídos.

–Creo que Mikasa tiene otro amigo de la infancia –continuó Petra, animada–. ¿Eren Yeager, se llamaba?

–Arg, Yeager… –gruñó el Capitán–. Supongo que preferí olvidarme de él. Demasiado impulsivo, demasiado testarudo… Corre demasiados riesgos.

–Me recuerda a alguien…

–No fastidies, Petra.

Sin embargo, al legionario se le estaba ocurriendo una idea. "Alguien que se lanza de cabeza hacia el peligro, que ya debería haber muerto al menos cien veces…" Sintió un escalofrío. ¿Acaso aquel apellido también significaba algo más? Ackerman, Leonhart… Yeager.

Observó a su compañera y, por la mirada que le devolvió, ella también parecía haber tenido ese presentimiento.

–Mikasa siempre está pendiente de él, protegiéndole, desde que eran niños… –la legionaria trataba de encontrar otra explicación.

–Una parte de mí preferiría mantener separados a los dos, pero… –Levi dejó escapar un suspiro–. Mikasa es como tú, Petra. Las dos sois temibles cuando estáis luchando por alguien más. Pero con eso no basta, no si esa otra persona es una carga. El chaval tiene potencial, sí, puede que incluso madera de líder. Habría que bajarle los humos, hacer que se acostumbre a pensar un poco antes de actuar… Je je, parece imposible, pero no sería la primera vez que tú consigues algo así, ¿verdad?

–Así que Mikasa, Armin y Eren… –ella se rascaba la barbilla, pensativa–. Y si se mantiene la misma estructura, faltaría un cuarto miembro. ¿A quién me sugieres?

–Se me ocurren varios nombres, quizás luego pueda hablar con…

Y entonces se dio cuenta de su error. No, no podría. Ya no.

"Annie tenía razón, al menos en parte. Yo nunca saldré de este bosque."

Se quedó un instante con la mirada perdida.

–Joder, los voy a echar de menos a todos. Erwin, Mike, Nanaba, Hanji… –abrió los ojos, sorprendido–. Sí, incluso voy a echar de menos a la chiflada ésa… Madre mía, esto sí que va en serio.

Trataba de sacar fuerzas de donde podía, incluso de hacer chistes en el que quizás no fuera el momento más oportuno. No vio cuál fue la reacción de ella.

Cerró los ojos, meneó la cabeza y luego volvió a abrirlos, mirando hacia lo alto. Entre los pinos que les rodeaban, cubiertos de nieve, podía verse el cielo estrellado, con la luna llena todavía en el firmamento, y sin embargo… Su influencia parecía haber disminuido, había cierta cualidad en el aire, casi sólida; como un contraste más acentuado entre la luz plateada y la oscuridad, más intenso justo en el momento que precedía a la leve claridad gris sucia del alba. Su tiempo se acababa.

Levi suspiró de nuevo, con calma. Después, volvió a mirar a Petra. Quizás podía darle algún consejo más, o pedirle algún favor antes de que fuese demasiado tarde…

Pero se quedó callado al verla.

Verdaderamente, a la luz de la luna en aquella noche que ya acababa, parecía una diosa.

Sus ojos azules, aquellos lagos cálidos rebosantes de vida, brillaban en la oscuridad como el fuego eterno de una esperanza, una promesa; que el mundo podía ser bueno, un lugar por el que merecía la pena luchar, vivir… morir.

Su piel, su cara, emitía un brillo plateado, apenas perceptible; como si ella se hubiese convertido en un cuerpo celestial, que daba fuerza y energía a todo a su alrededor.

Una leve brisa agitaba sus cabellos, ni de oro ni de plata bajo aquella luz, sino como si fueran algún metal desconocido, hermoso, capaz de contener la esencia vital; como una extensión del inmenso poder que albergaba aquel cuerpo, en apariencia tan frágil y tan pequeño.

La capa que él le había dejado, impecable, cubría su uniforme marcado por la batalla; el aspecto de la legionaria era el de una estatua esculpida en mármol, dedicada al soldado desconocido… un ejemplo al que imitar, un ideal al que aspirar.

Recordó las palabras de ella antes. "Una sola carne." Volvió a sonrojarse.

Sabía que era inútil, y aun así seguía preguntándose sobre lo que podría haber sido… Si sus decisiones hubiesen sido otras, si se hubiera dado cuenta antes de ciertas cosas, ciertas señales que en realidad siempre habían estado allí… Ella y él juntos, vivos, ¿hacia dónde les habría llevado ese camino? Ya nunca lo sabrían.

Poder gozar de aquella compañía en sus últimos momentos, ya era bastante para Levi; se marcharía enseguida, no tenía ningún derecho a echar otra carga sobre los hombros de Petra, atormentarla con el fantasma de algo que ninguno de los dos podría conseguir jamás con plenitud. No sabía qué más decir, cómo continuar…

Ella sí supo cómo. No habló. No hizo falta.

Petra salvó los escasos centímetros que les separaban. Sin soltar sus manos, se inclinó lenta y delicadamente hacia él. Entrecerró los ojos y le besó en los labios. Apenas un suave roce, como el aleteo de una mariposa.

Pero aquel aleteo desencadenó una tormenta, un tornado de emociones, como fuego y relámpago recorriendo a la vez todo su cuerpo… Como si de pronto una energía inconmensurable penetrase o surgiese dentro de él (quizás ambas cosas), llenándole por completo, haciéndole sentir más vivo que nunca.

Luego ella se apartó, llevándose las manos a la espalda, sonriendo con timidez, respirando agitadamente y con las mejillas ruborizadas, como una chiquilla a la que hubiesen pillado haciendo alguna travesura. Quizás iba a decir algo, disculparse o dar alguna explicación… pero nunca llegó a salir de sus labios.

Esta vez fue Levi quien se inclinó sobre ella.

Cerró los ojos. No se limitó a posar sus labios sobre los de Petra; como un ariete echando abajo las puertas de una fortaleza, su lengua se abrió paso dentro de su boca, dentro de ella. Notó su sorpresa, pensó por un momento que caería fulminado por su cólera divina pero no le importaba.

Sin embargo, ella respondió con la misma intensidad, su lengua luchando contra la suya al principio; pero después de aquel primer contacto, fueron explorándose mutuamente, conociéndose, tratando de recuperar el tiempo perdido.

Si esto era lo último que iba a hacer antes de morir… Estaba bien así. Por él y por ella. Por los dos. Como si fueran una sola carne, aunque después de aquella noche ya no podrían volver a serlo.

Subió las dos manos hacia la cara de ella, tomándola suavemente y acariciando sus mejillas, sus sienes, sus orejas, su cuello, mientras cada uno seguía explorando la boca y la lengua del otro. De repente se sintió… como un dios; como si en aquel encuentro se concentrase súbitamente toda la energía que había dado lugar en un único punto al universo entero. Fuego líquido, corriendo por sus venas; también por las de ella, a juzgar por sus gemidos de placer.

"Si así es la muerte, ¿quién tiene miedo a morir?"

Quizás él no necesitase respirar, pero ella sí… así que tuvieron que separarse, después de aquel breve instante en el que se había condensado toda la eternidad, todo lo que no habían hecho ni podrían hacer el resto de sus vidas… Algo casi imposible; pero con ella a su lado, lo imposible parecía ser mucho más sencillo.

Levi siguió acariciando su cara; le sorprendió la suavidad de aquella piel que parecía plata a la luz de la luna, lo sedoso de sus cabellos más preciosos que el oro, ver el universo tan de cerca en sus enormes ojos azules. Petra también acariciaba su rostro, rozándolo apenas con la punta de sus poderosos dedos; el tacto de ella sobre su piel era una sensación eléctrica, como si le cayera encima una multitud de pequeños rayos, causándole dolor y placer al mismo tiempo.

Luego la atrajo hacia sí, la abrazó; temblaba, pero solo un poco. Ella respondió del mismo modo. Cada uno fue pasándole al otro los brazos por la espalda, bajando hasta llegar a la cintura; después sus manos volvían a subir, acariciaban suavemente el rostro de aquella persona que tanto significaba. Siguieron besándose, ya sin intentar devorarse el uno al otro; sus labios se acariciaban, se posaban con delicadeza, emitían un aliento cálido que habría podido derretir montañas.

No les hizo falta hacer preguntas. Ya tenían sus respuestas.

Se sentía limpio, renovado… y sin embargo, al mismo tiempo, también exhausto. Supo que la hora ya estaba cerca. Supo que allí donde tenía que ir, ella no podría acompañarle; y estaba bien que así fuera. Sabiendo que Petra seguiría viva… todo era mucho más fácil. Se sentía en paz, consigo mismo, con el mundo al que ya nada le ataba. Lo había asumido… pero aun así, quería hacer las cosas bien; quería despedirse en condiciones… de la única persona a la que de verdad había amado.

–Petra –susurró en su oído; ella le contestó con un gemido apenas perceptible–. Quiero que me recuerdes así. Viví bien… y morí bien, gracias a ti. No te equivoques, Petra, tú eres la más fuerte. Tú eres quien ha hecho todo esto posible. Tú eres la que me ha dado tiempo, un tiempo precioso, para poder hacer lo que tenía que hacer, lo que debería haber hecho mucho antes…

La abrazó con más fuerza. No abrió los ojos aún, pero casi podía sentir cómo a sus espaldas aumentaba la claridad… una claridad que ya no era de este mundo. Su tiempo se acababa. Tenía que darse prisa.

–No voy a irme a ninguna parte –pronunció las palabras con voz clara, en la noche que ya llegaba a su fin, a todos y a nadie en concreto–. Esperad un momento, ¿de acuerdo?

La luz no cedió, pero dejó de aumentar. En sus brazos, Petra tembló con más intensidad. Levi podía sentir su respiración, algo entrecortada; los latidos de su corazón, irregulares, angustiados. Abrió los ojos, observó de nuevo los suyos de zafiro, tan de cerca que se ahogaba; esta vez sus orbes estaban al borde de las lágrimas, algunas incluso habían desbordado y rodaban por sus mejillas. Con delicadeza, con ternura, él las fue recogiendo lentamente con el pulgar.

–Y no digas ahora nada de "no puedo seguir adelante", ¿eh? –habló él con la misma dulzura, tratando de animarla con una leve sonrisa en los labios–. Vas a salir adelante. Si miras atrás, hazlo para recordar de dónde vienes, pero no te aferres al pasado si eso no te deja continuar. Si mi ejemplo, mi recuerdo, te sirve para sacar fuerzas y seguir tu camino, aprovéchalo. Y creo que hemos dejado el listón bastante alto… –dejó escapar una risa breve, por lo bajo, que para gran alegría de Levi también se le contagió a ella–. Pasará un tiempo, es posible que encuentres a alguien... Por lo que más quieras, Petra, no te aferres al recuerdo de un fantasma. Tienes que seguir viviendo, ¿de acuerdo?

Ella asintió con la cabeza, en silencio. El Capitán puso las manos sobre sus hombros, la fue apartando lentamente, sin quitarle los ojos de encima.

–Es la guerra y perderás a gente que te importa. Dolerá, ya lo creo que dolerá. Y tú sufrirás mucho más que cualquier otra persona, precisamente porque también eres más fuerte y puedes aguantar más… pero, por eso mismo, sé que podrás seguir adelante. Sé tú misma, haz lo que siempre has hecho, no apartes a los demás como hacía yo, ¿de acuerdo? Todo saldrá bien. Vivirás. ¿Me oyes, Petra? Vivirás.

Y con la misma suavidad con la que había hablado, levantó las manos de sus hombros y retrocedió un solo paso. Aquella claridad sobrenatural iluminaba los pinos de manera extraña, haciéndoles parecer más y menos reales al mismo tiempo; como si el velo que separaba los dos mundos fuera haciéndose cada vez más delgado. Sin embargo, a ella no le pasaba lo mismo; Petra seguía brillando con luz propia, indestructible, a pesar de que por cómo miraba detrás de Levi… podía ver lo que había allí. El Capitán tragó saliva, pero ya no era el momento de las vacilaciones. Se dio la vuelta y…

En realidad, el panorama era mucho menos aterrador de lo que habría imaginado. Como si otra realidad hubiera ido abriéndose camino a través del bosque, podía ver una especie de túnel, y al fondo una luz blanca muy intensa, aunque no llegaba a deslumbrar del todo. Más aún, podía ver a lo lejos tres figuras que le resultaban muy familiares, vestidas con el uniforme de la Legión; tres hombres más altos que él, que le saludaban tranquilos, alegres y solemnes al mismo tiempo… uno moreno, uno rubio y otro con los cabellos castaños.

La sonrisa que apareció en el rostro de Levi fue sincera. Devolvió el saludo a sus compañeros, haciendo gestos de "enseguida voy", y se dio la vuelta. Petra le observaba con atención, otra vez recuperada por completo, inquebrantable; su luz interior brillaba aún con más intensidad, revelando el inmenso poder de su espíritu en todo su esplendor.

–Gunther, Eld, Auruo… –el legionario pronunció sus nombres con solemnidad–. Vivieron bien, lucharon bien, murieron bien. Petra, cuando regreses, si puedes…

–Visitaré a sus familias –contestó ella serenamente–. Les contaré lo que hicieron. Podrán sentirse orgullosos.

Levi asintió en silencio, sin saber muy bien qué hacer después. ¿Cómo despedirse de la persona que se lo había dado todo? ¿Decir "adiós" o "hasta luego"? ¿Darle una palmadita en la espalda? Otra vez paralizado por la duda, él que siempre había sabido cómo reaccionar ante cualquier situación…

Y una vez más, fue Petra quien le dio las fuerzas que necesitaba. La legionaria le hizo el saludo, con firmeza y decisión, perfecto. Él respondió de la misma manera. Sonrió y ella también lo hizo.

–Petra –se despidió.

–Levi.

Oír por última vez salir su nombre de aquellos labios le hizo sentir una gran paz.

Ella le miró con sus enormes ojos azules. Los ojos más bonitos, de la mujer más preciosa. Si tuviera que conservar un recuerdo, una imagen para la eternidad, sería ésa.

Y Petra se dio la vuelta, cogió la mochila, se la echó al hombro y empezó a andar. No salió corriendo, no huía, no escapaba; avanzó decidida, como sólo una legionaria era capaz… pero también había en ella algo de celestial, como si en realidad aquel Bosque le perteneciera.

Levi quiso recordarla así: entera, de una pieza, retomando el camino que la llevaría de regreso a Trost.

Cuando la perdió de vista entre los árboles, dejó escapar un suspiro de alivio; supo que le iría bien. Podía estar tranquilo; podía descansar en paz.

El Capitán se dio la vuelta y miró hacia el túnel. Al otro lado, sus compañeros, sus amigos, le esperaban. Seguramente, allí habría más personas; nombres que le costaba recordar, caras que había ido olvidando…

Quizás no estaría tan mal, el otro mundo. No le costó mucho sonreír.

Levi tuvo un último pensamiento, antes de avanzar y dar el paso que le devolvería al lugar que le correspondía.

El lema por el que siempre se habían regido los legionarios.

"¡Adelante!"

FIN