Hola! En este capítulo, se produce la última reunión de estudios en la casa de la protagonista, pero tiene una discusión con su padre. Y después finalmente llega... el día del examen! Chan chan channnnn!
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SPOILER: Ya sé que después de la discusión con el padre, Kurama no hubiera sido tan tierno, sino más frío y distante (o al menos eso supongo). Lo digo de nuevo: adapto su personalidad al avance de la historia.

LA VIDA CON SHUICHI MINAMINO

CAPÍTULO 5: Problemas parentales

Al otro día, vas a la casa de Natsume. Te la pasas muy bien con ella y con Akiko. Decidiste contarles que los actos de "vandalismo" en realidad eran simples travesuras que hiciste con Minamino, y lo tomaron bien. Sin embargo, te dijeron que ustedes dos se pasaron de la raya (y tienen razón), y que no debes dejar que pase de nuevo. Te convences de que no lo harás.
El domingo, después de la cena, estás sentada en el sillón de tu casa haciendo zapping en la tele. Nunca hay nada bueno que ver. Tu hermano asoma la cabeza por la arcada de la cocina y te mira con un gesto de burla.
―Hermanitaaaaa...― canturrea.
―¿Qué quieres?
―Tengo deberes para mañana.
Miras el reloj. Son las 11 de la noche.
―¿Y a esta hora se te ocurre decírmelo?― lo riñes, mientras te pones de pie de un salto.
―A esta hora los hago siempre.
Pones los ojos en blanco y lo sigues hasta su habitación. Desde que tu madre te ordenó que lo ayudes con la tarea, tu hermano no para de aprovecharse de eso para fastidiarte. Desgraciadamente, no hay nada que puedas hacer al respecto.
―En vez de estar todo el día sin hacer nada, podrías aprovecharlo para hacer tus tareas― le dices. Luego te das cuenta de que es justo lo que tú haces, así que no dices nada más.
―¡Las tareas son aburridas!― bufa, mientras te entrega su cuaderno y un lápiz y se sienta a tu lado en su cama.
―¿Y te crees que a mí me gustan? Pues no. Pero de todos modos las hago. ¡Y hago las tuyas también!
―Tú misma le rogaste a mamá ayudarme con mis deberes cuando estabas en problemas, ¿recuerdas?― te mira con expresión divertida― Y todo para ver a tu novio.
―No es mi novio― Aún...― ¿Y a tí qué te importa lo que yo haga? Pásame el borrador.
―Cuéntame más sobre tu novio.
―¡Que no es mi novio! ¡Es mi compañero!― le replicas, tirándole el la goma de borrar por la cabeza.
―Bueno, tu "compañero".
―No hay nada que contar. Cállate de una vez y déjame terminar con esto.
Los cálculos de matemática que le dan a tu hermano son pan comido. Puedes hacerlos mentalmente y en muy poco tiempo. Sin embargo, solo pasan unos segundos hasta que tu hermano no puede con su genio y rompe el silencio.
―Te gusta, ¿verdad?
―No― mientes.
―Vaya que eres mentirosa.
―Pásame el sacapuntas― le pides, ignorando su comentario.
―¿Cuándo se reunirán?― pregunta, dándote lo que le pediste.
―No lo sé.
―Umm... Creí escucharte decir en la cena que se reunirán aquí... mañana.
Terminas los cálculos, le devuelves el cuaderno a tu hermano y te largas de su habitación sin decir una palabra más. Se está metiendo demasiado en tus asuntos.
El lunes, al finalizar las horas escolares, sales de la escuela con Shuichi y comienzan a caminar hacia tu casa, discutiendo cosas de la escuela. Al llegar, van a tu cuarto. Dejan sus cosas por ahí y, cuando se disponen a comenzar a estudiar, escuchas que tu padre te llama. Bajas las escaleras y te sientas con él en el sofá.
―Hola, papá.
―Escucha. Debemos hablar.
Esa maldita frase de "debemos hablar" y su ceño fruncido te ponen los pelos de punta. ¿Estarás en problemas? ¿Por qué?
―De acuerdo... ¿qué ocurre?― le dices, fingiendo que estás tranquila.
―Me han dicho que te acusaron de vandalizar la escuela.
Se enteró. Estás muerta.
―¿Qué? ¿Quién te ha dicho tal cosa?
―Una compañera tuya― te revela. Seguro que ha sido Masako. Qué maldita...― ¿Es cierto eso?
―Claro que no, papá. ¿Cómo puedes creerle?
―Pues, recuerdo que un día te quedaste hasta tarde en la biblioteca con un chico, y fue ese mismo día el que ocurrieron las cosas.
―Lo sé, es una coincidencia. No hemos hecho nada.
Tu padre se queda pensando unos segundos.
―Ese chico de la biblioteca, ¿es el mismo que vino hoy?
―Sí, es el mismo.
―No quiero que te juntes más con él.
Estás al borde de un ataque de nervios.
―¿Qué dices?
―Ya me oíste. No quiero que te juntes más con él.
―¿Por qué? ¿Acaso le crees más a la acusación de una chica que no sabes ni quién es que a tu hija?
―No es eso...― dice, tratando de convencerte― solo que ese chico es extraño. ¿Qué es ese cabello? ¿Por qué tiene ese color? ¿Se lo tiñe?
―No, papá. Es su color natural― le dices, impaciente. Esta conversación es un disparate, y no tiene sentido. Solo quieres volver arriba y estar con tu amigo.
―¿Y ese corte?
―El corte de cabello no tiene nada que ver con su forma de ser. Él es muy inteligente y estudioso, estoy segura de que si lo conoces te caerá muy bien.
―Lo dudo mucho. Parece ser una mala influencia en tí. Deja de verlo.
―Me está ayudando con Matemáticas, lo siento. No puedo dejar de verlo.
Te pones de pie, para volver a tu cuarto, pero las cosas no han terminado aquí.
―Espera, señorita. No hemos terminado de hablar. Siéntate.
No reaccionas.
―Siéntate― te repite tu padre, en un tono muy severo.
Te sientas de mala gana, más alejada de él.
―Te gusta ese chico, ¿verdad?
―No.
"Mentirosa, mentirosa", te dice tu conciencia. La haces callar.
―No lo parece. Mira, entiendo que a esta edad te fijes en esas cosas, pero... Ehh...
Tu padre no sabe qué mas decirte. ¿Por qué los adultos son tan necios? No entienden nada. No entienden lo que piensas, lo que sientes, lo que haces, lo que dices. No entienden. Tu paciencia ha llegado a su límite. Lo interrumpes.
―Eres libre de creer lo que quieras.
―Lo sé.
―Bien.
―Pero que sea la última vez que te vea con ese chico.
Explotas. Te pones de pie de un salto, violentamente.
―¿Y a tí qué te importa con quién me junte? Él es un chico agradable, me ha enseñado muchas cosas en estos días, y me está ayudando a aprender... mucho mejor que tú. ¿Acaso tú me has ayudado a estudiar?
Tu padre se te queda mirando, atónito, y luego su mueca de sorpresa se transforma en una de enojo.
―¿Cómo te atreves a hablarme así? Soy tu padre. Claro que me importa con quién te juntas.
―Pues no deberías juzgarlo por su exterior, papá. Es un buen chico. Quieres enseñarme a no tener prejuicios, pero no das el ejemplo.
―Entiendo lo que dices, pero...
―No. De hecho, no entiendes nada.
Estás furiosa con tu padre. Nunca te presta atención. Y cuando lo hace, es para regañarte por algo. Comienzas a caminar hacia las escaleras, dando por terminada la discusión.
―¡Vete a tu habitación!― te grita.
―¡Ya voy hacia allá!― le respondes, desde el fondo de tu furia.
Sin embargo, no vas a tu cuarto, con Shuichi, sino al baño. Cierras con un portazo y te pones frente al espejo. Tu rostro está colorado de la ira, y tu expresión colérica no se va. Tratas de respirar tranquila, pero las palabras de tu padre resuenan una y otra vez en tu cabeza, y la bronca y la impotencia te hacen llorar. Las primeras lágrimas se deslizan por tus mejillas.
Escuchas golpes de nudillos en la puerta del baño. No respondes, para no delatar tu llanto. Si es tu padre, no quieres ni verlo, y mucho menos mostrarte débil ante él, y si es Shuichi, no quieres que te vea así. Los golpes se repiten.
―Ocupado― dices, en un susurro.
La voz de tu hermano te sorprende.
―¿Qué fueron todos esos gritos?
―¿Qué haces aquí? ¡Se supone que deberías estar en la escuela!
―Hoy no fui, tengo fiebre. ¿Por qué discutieron?
Al cabo de unos segundos, respondes.
―Nada...
―Yo no creo que no haya sido nada.
―¡Vete! Déjame sola.
―¿Dejarás a tu amigo ahí, solo?
―¡Ya voy! ¡Vete!
Tu hermano no insiste. Oyes sus pasos alejándose por el pasillo. Te suenas la nariz y comienzas a respirar hondo para calmarte. Intentas contar hasta diez y lavarte la cara. Estás mejor, pero aún hay rastros de lo sucedido en tus facciones. Esperas que tu amigo no lo note.
Ahora sí, vas a tu cuarto. Cierras la puerta y te sientas junto a él, en la cama, pero sin mirarlo.
―¿Comenzamos?― dices, tratando de sonar casual, pero se te quiebra la voz un poco.
Shuichi no responde. Espera a que te sientes derecha, para apartar suavemente un mechón de cabello de tu cara y observarte bien.
―Has estado llorando― afirma.
―¿Qué? Claro que no.
―A mí no me engañas. Has llorado.
Maldita sea. ¿Cómo se dio cuenta?
Ni modo... Tomas un pañuelo de tu mesita de luz y te vuelves a sonar la nariz. Las mejillas se te ponen coloradas, y los ojos se te empañan.
―Lo siento...―le dices, sollozando.
―No hay cuidado― te dice, dulcemente y acercándose―. Sólo tranquilízate y cuéntame lo que pasó.
―Mis padres... No me entienden― comienzas a explicarle, una vez que te calmas―. No pasan mucho tiempo conmigo. Nunca se interesan por mí. Y cuando lo hacen, es para regañarme. Odio que esto sea así... Siempre estamos peleando por algo. ¡ODIO QUE ESTO SEA ASÍ!
Shuichi se queda mirándote.
―Además, siempre se interesan por mi hermano pero no por mí. No lo digo por celos. No tengo celos de mi hermano. Solo siento que siempre le preguntan todo a él y a mí no. Tal vez sea solo una impresión mía... ¿Sabes a lo que me refiero?
―Claro que sí. Te entiendo.
―Mi padre acaba de decirme que no quiere que te vea más.
Minamino te mira con los ojos muy abiertos.
―¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
Te ríes.
―Creo que Masako le ha contado lo de la escuela y nos ha acusado. Mi padre le creeyó más a ella que a mí. Piensa que hemos sido nosotros. Y además dice que eres extraño, ¡pero si ni te conoce! Es un prejuicioso. Dice que tienes un corte de cabello extraño, y piensa que te lo tiñes.
―No es así.
―Ya lo sé, es absurdo. Pero, por Dios, no le hagas caso a sus comentarios estúpidos. Estás perfecto así. Y te ruego que no te cortes el cabello. Es genial. No eres extraño: eres único.
Shuichi ríe.
―Pues de todos modos no cambiaría nada de mí por agradarle a alguien...
―Y eso está muy bien. No escucharé a mi padre. No lo haré. Jamás.
―No digas eso... Mira, yo creo que él solo trata de cuidarte. Tal vez se sienta culpable por ser algo ausente y lo quiere compensar de este modo. Debes tratar de comprenderlo, por muy difícil que sea. ¿Tú no le has dicho nada malo?
―Le he dicho algunas cosas... muy malas. ¡Pero él empezó!
―Escucha, ¿por qué no vas ahora y le pides perdón?
―¡No lo haré! Ni ahora ni nunca. No se lo merece.
―¡No seas cabeza dura! Con ese criterio, nunca te llevarás bien con él. Solo hazlo. Olvídate del orgullo.
Te quedas pensando.
―¿Qué opinas? ¿Lo harás?
―Bueno... Pero cuando te vayas.
―Muy bien. Será lo correcto―te dice, con una sonrisa. Luego, con su dedo pulgar, te corre una lágrima―. Ahora olvidemos lo que ocurrió. Concentrémonos en las matemáticas. Y sonríe, ¿sí? No quiero verte llorar.
Cielos. Es tan tierno. Y te ha hecho sentir muy bien hablar con él. No puedes estar más enamorada. Dicen que toma 8.2 segundos enamorarse, pero tú te vuelves a enamorar todos los días de Shuichi. Te ríes, y le agradeces.
Al rato, golpean la puerta de tu habitación.
―Pasa― dices, aunque no sabes a quién.
Tu hermano abre la puerta y entra a tu habitación.
―¿Qué quieres?
―Nada.
―¿Nada?
―No, nada.
―Entonces lárgate. Estamos ocupados.
―¿Él es tu novio?― dice, mirando fijamente a Shuichi, que lo mira con los ojos muy abiertos.
―¡Te dije que solo es un amigo!― le siseas, dirigiéndole una mirada asesina.
―No lo sé... Yo no te creo.
"Voy a matarte", piensas.
―¿Cómo te llamas?― le pregunta a Shuichi descaradamente.
―Ehh... Shuichi.
―Y, dime, Shuichi― dice, sentándose entre ustedes dos― ¿te gusta mi hermana?
―¿Qué dices?
―¿Te gusta mi hermana?
Shuichi se ruboriza. Te pones de pie violentamente y tomas a tu hermano de los hombros, arrastrándolo hacia afuera.
―¡Oye!― protesta― ¡Estaba hablando con Shuichi!
―VETE DE AQUÍ.
―¿Por qué?
―¡LÁRGATE!― le gritas, y le das un portazo en la cara.
En seguida vuelves a sentarte junto a Shuichi.
―Perdóname por... eso― le dices, incómoda, y te acomodas un mechón de cabello detrás de la oreja.
―Ehh... No es nada. ¿Continuamos?
―Sí, sí... claro...
Estudian un rato, y se hace tarde. Shuichi debe irse. Lo acompañas hasta la acera, donde lo saludas.
―Haré lo que me dijiste. Mañana te cuento como salió todo. De todos modos, no creo que ayude mucho. Le he dicho cosas muy malas...
―Dile que lo has estado pensando, que estás arrepentida y que solo lo dijiste porque te enojaste en el momento. Todo saldrá bien, ya lo verás.
Lo ves doblar en la esquina y vuelves adentro. Suspiras. "Es la hora", piensas.
Vas a hablar con tu padre. Le dices todo lo que te dijo Shuichi, y parece reflexionar. Charlando un rato, logran ponerse de acuerdo. Se dicen varias cosas que antes no se habían dicho, le cuentas cosas que no sabía, y parecen liberar una gran tensión que había entre ustedes desde un tiempo atrás. Al irte a dormir, estás muy relajada y tranquila.
Al otro día, en el recreo, le cuentas a Shuichi cómo salió todo y le agradeces nuevamente. Es muy bueno escuchando y aconsejando. Y para él, tú lo eres. "Si fuéramos novios, no tendríamos problemas de comunicación", piensas. Esperas que algún día sea así. No permites que Masako te vea triste, y tratas de ignorarla. A la gente como ella, si les prestas atención, estás participando en su juego.
Hoy no te juntarás con Shuichi, ya que tendrás que repasar todos los temas sola. Los exámenes son mañana. Te pasas toda la tarde incomunicada, encerrada en tu cuarto, lejos de tu familia, tus amigas y Shuichi. Necesitas aprobar estas pruebas. Compruebas que te sabes los temas, pero si algo te sale mal, te arruinará la calificación. Te quedas hasta las altas horas de la noche repasando, para asegurarte de que te vaya bien.
Al otro día, llegas a la escuela con el sistema digestivo lleno de cafeína, los párpados pesados y el cerebro lleno de fórmulas y ecuaciones. Tienes mucho sueño y te sientes mal, pero los temas están bien grabados en tu cabeza y no te los olvidarás.
Llega el profesor al salón, con una pila de hojas en su mano. Saluda a los alumnos con una sonrisa de malicia, y a continuación, les da todas las indicaciones necesarias. Mientras reparte las fotocopias, miras a Shuichi, que te hace una seña levantando el pulgar en alto. Le replicas el gesto con una sonrisa y un guiño. El docente te entrega la copia. Le echas un vistazo a las consignas. Notas que hay varias que te sabes, así que te quedas tranquila. Tienes la buena suerte que te han deseado todos tus seres queridos.
Sin embargo, al ir resolviendo los problemas, te pones nerviosa. No recuerdas algunas propiedades, y debes hacer el cálculo tradicional para no equivocarte. Te muerdes los labios. Golpeas el lápiz contra la mesa. Mueves la pierna incesantemente. Ya no sabes de qué manera liberar la tensión. Tomas una goma de mascar. Siempre te ha funcionado para hacerlo.
Al cabo de media hora, terminas la prueba. La has completado toda, aunque crees que hay muchas cosas que están incorrectas. El profesor dice que tardará una semana en corregir todos los exámenes.
Esa noche, te duermes con un nudo en la garganta. ¿Habrá sido en vano todo el esfuerzo que hiciste con Shuichi?