Hola a todas! No hay mucho que aclarar hoy...
Puede haber spoilers, por lo que recomiendo leer primero el capítulo y después esto.
Obviamente, la parte del flashback es lo que ocurre en la historia original de YYH, pero tú (la protagonista) no lo sabes. Shuichi no te lo quiere contar para no ponerte en peligro.
Y bueno... la escena del hospital... DIOS. Yo creo que tengo que modificar la historia y hacer que nosotras le clavemos una aguja en la carótida a esa enfermera entrometida, y que se muera desangrada. Añadimos una parte gore a la historia.
Pero no se preocupen, ya van a haber más escenas así a lo largo de los capítulos... ¡no desesperen!
Bueno, creo que no hay nada más que decir. Dejen su review cuando terminen de leer, así puedo saber qué opinan. Escriban si les gustó o no, qué le cambiarían, qué les gustaría que pase, y bueno, todo lo que quieran decir. Si les gustó, pueden agregarla a sus favoritos, que es un honor para mí, y seguirla, para saber cuándo publico un nuevo capítulo. Si me quieren decir o pedir algo, háblenme por inbox. Tarde o temprano, respondo todo.
Disfruten la lectura, y muchas gracias!

LA VIDA CON SHUICHI MINAMINO

CAPÍTULO 8: La herida misteriosa

El lunes, Shuichi te cuenta, radiante, que su madre ya fue trasladada a su casa. Se está recuperando del todo. ¡Ocurrió un milagro! Desde el día en que su madre mejoró, Shuichi está mucho más feliz. Tú misma lo notas, y te encanta ese cambio. "Un día, iré a visitar a Shiori. ¡Qué bueno que ya esté en su hogar!", piensas.
Sin embargo, ese mismo día, a la salida del colegio, ocurre algo extraño. La vida no te da un respiro.
Sales de la escuela con Shuichi. Es un día muy bonito. Bañados por los rayos del sol y oyendo el canto de los pájaros, caminan a paso lento hasta la plaza que queda cerca. Quieres que te cuente con más detalles qué ocurrió con su madre. Se sientan en un banco de madera y comienzan a charlar animadamente. Sin embargo, a los pocos minutos de estar allí, notas que Shuichi comienza a sudar exageradamente. El tono natural de su piel se va convirtiendo, vertiginosamente, en un tono muy pálido, y también está temblando como una hoja. Comienzas a preocuparte. Notas que Shuichi intenta disimularlo, pero a tí no te engaña.
―¿Estás bien?― le preguntas.
―Sí, sí. Lo estoy...― apenas logra contestar.
A los pocos segundos, comienza a tener problemas respiratorios. Ya no puede articular palabras, y le falta el aire. Intenta respirar a grandes bocanadas. A esta altura, ya estás de los nervios. Algo le está pasando. Entonces divisas una pequeña mancha roja en su vientre.
―Shuichi...― murmuras, mientras te acercas a la mancha.
Desabrochas un par de botones de su camisa, y la ves. Una enorme herida, provocada por un objeto punzante, sangra incesantemente.
―Cielos... Cielos... Oh, Dios mío...― te agitas. La sangre no te impresiona, pero temes por la vida de Shuichi, y no sabes que hacer.
Entonces, él pone los ojos en blanco y se desmaya. Va a caerse al piso, pero llegas a atajarlo. Lo acomodas bien en el banco. Le das un par de golpes suaves en la cara, para que despierte... pero no lo hace. Está inconsciente. La desesperación te domina. Comienzas a llorar, mientras gritas su nombre.
―¡Shuichi...! ¡Shuichi...! ¡Por favor, despierta...! ¡Te necesito... Te necesito aquí, conmigo! ¿Qué te ocurrió?―sollozas―¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!― gritas, mientras lloras, desconsolada. La vida de tu amado está en tus manos, y depende de tu inteligencia y tu capacidad. ― ¡Llamen a una ambulancia! ¡Por favor, ayuda! ¡Alguien!
Un par de adultos curiosos se acercan corriendo a ver qué sucede, y al instante llaman a una ambulancia.
―¿Qué le pasó?― te pregunta un hombre.
―No lo sé... ¡No lo sé!―le gritas, exasperada.
Los pocos minutos que transcurren hasta que llega la ambulancia son de desesperación y desamparo. Los paramédicos se abren paso entre la multitud que se ha formado, camilla en mano. Uno de ellos le toca la frente a Shuichi, y luegó coloca dos dedos en su cuello, para sentir su pulso. Luego, ve la herida.
―¡Herida con objeto punzante!― anuncia.
Con la ayuda de dos hombres más, suben a tu amigo a la camilla, y lo llevan al interior de la ambulancia.
―¿Hay algún familiar del chico aquí?
―¡Yo!― gritas― ¡Yo!― repites, para que escuche. Tomas tu bolso, y el de tu amigo, y entras al vehículo. Te sientas al costado de Shuichi. Dos paramédicos se quedaron allí. Cierran las puertas rápidamente. El chofer enciende la sirena y comienza a avanzar por las repletas calles de Japón.
―¿Eres menor?― te pregunta un paramédico.
―Sí.
―¿Qué eres del chico?
―Una amiga.
―De acuerdo. Si eres impresionable, no mires.
Haces caso omiso de la advertencia y te quedas observando. Quieres ver qué le harán. Uno de los hombres rompe su camisa para poder tratar la herida. Al ver un borbotón de sangre brotando de la herida, te estremeces. Te arrepientes de haberte quedado mirando. Una sensación de náuseas te invade, y los ojos se te llenan de lágrimas. Sin perder un segundo, el otro hombre clava una intravenosa en la muñeca de tu amado, para darle suero, y acto seguido, le coloca una mascarilla de oxígeno. El primer hombre toma una toalla y comienza a presionar la herida, para detener la hemorragia. ¿Cómo se habrá hecho esa herida?
A los pocos minutos, llegan al hospital. Bajan la camilla con la misma velocidad a la que la entraron, y la conducen hacia el interior de la institución.
―¡Síganos, señorita!― te grita un hombre― ¡debe hacer los trámites de ingreso!
Con tu bolso y el de Shuichi a cuestas, intentas seguirlo sin perderlo de vista. Al llegar a la recepción, te hace una seña para que te dirijas al mostrador. Te acercas y te pones al frente.
―Respete la fila― te dice cortantemente la empleada.
Te das vuelta y ves la larga fila que hay, que antes no habías distinguido. Te colocas al final y marcas el número de tu madre, para avisarle que estás aquí. Luego de explicarle todo, te dice que cuando salga del trabajo, irá al hospital.
Un par de horas más tarde, ya has hecho el papeleo y te encuentras sentada en la antesala de la Terapia Intensiva, esperando novedades de tu compañero. Te habías comprado un paquete de pañuelos, pero ya te gastaste la mitad. Te suenas la nariz y te enjugas una lágrima con uno. Tienes miedo de que algo le pase a Shuichi. ¿A quién llegarás a amar tanto como a él?
Al rato, un doctor con el delantal y los guantes ensangrentados sale de la sala de cirugía. Te paras de un salto.
―¿Y, doctor? ¿Cómo está?―preguntas. Tienes miedo por la respuesta.
El doctor hace una pequeña pausa, como buscando las palabras para explicártelo.
―Tenía una herida provocada por un objeto punzante, el cual había alcanzado y perforado una vena. Por eso la hemorragia no se detenía. Hemos logrado reconstruirla, por suerte, y...
―¿Como está AHORA?― lo interrumpes, sollozando― ¿Vivirá?
―Está estable, en Terapia Intensiva. Queremos ver cómo evoluciona. Si todo va bien, cuando despierte podremos pasarlo a una sala común. Sí, vivirá.
―Gracias, doctor. Muchas gracias― le dices, llorando, pero esta vez, del alivio.
El doctor asiente y se va. Te diriges a Terapia Intensiva. Desde el cristal, ves a Shuichi. Aún está dormido, por la anestesia, y sigue conectado al suero y con la mascarilla de oxígeno. Luego de asegurarte de que ninguna enfermera te vea, entras a hurtadillas a la habitación, aunque supuestamente está prohibido, y te sientas a su lado. La expresión de paz y calma que Shuichi lleva en su rostro es irónica, porque por dentro, sigue luchando por recuperarse. Le tomas la mano y, sin darte cuenta, te quedas dormida.
Al rato, te despierta un tirón en la mano. ¡Es Shuichi! ¡Se está despertando! Abre los ojos lenta y pesadamente. Parpadea un par de veces, para adaptarse a la luz, y luego mira su alrededor, confundido. Se lleva la mano libre a la frente y se la toca. Al parecer, está medio atontado. Con movimientos errantes, se saca la mascarilla de oxígeno. Se la tratas de poner nuevamente, porque no sabes si se la puede sacar, pero no te lo permite. Se sienta un poco.
―¿Dónde estoy? ¿Qué ocurrió?― pregunta, arrastrando las palabras. Aún está torpe para hablar.
Estrujas su mano, y comienzas a llorar de nuevo. Tienes que volver a revivir todos esos sucesos trágicos parar explicárselos.
―Shuichi...― es lo único que atinas a decir― pensé que te morirías...
Entonces, te colocas sobre él y lo abrazas largamente, sin decir nada, solo llorando. Él también se queda callado.
Cuando te apartas, él repite la pregunta.
―Te desmayaste, porque tenías una gran herida en el abdomen. Ahora estás en el hospital― le explicas.
―¿Mi madre lo sabe?― preguntó.
―Yo no se lo he dicho, así que no creo.
―Que no se entere, por favor. Ella aún se está recuperando. No puedo dejar que se preocupe por esto.
―Lo siento, tarde o temprano lo hará. Te van a internar por unos días.
Él no responde, y se recuesta sobre la almohada con los ojos vidriosos, dándote la espalda. Llamas al doctor. A los pocos minutos, aparecen unos enfermeros con una camilla. Lo trasladarán a una habitación normal.
Cuando ya está acostado y los dejan a solas, te sientas junto a él. Debes preguntarle muchas cosas.
―Shuichi, ¿cómo te hiciste esa herida? Y no me mientas.

_
*Flashback*
Unos días antes, Hiei tenía a Yusuke atrapado e inmóvil, con el poder de su ojo Jagan. Tenía prisionera a Keiko, la mejor amiga del detective espiritual, a quien solo la salvaría de convertirse en un demonio la medicina que había contenida en la empuñadura de la espada que Hiei tenía en su poder. Hiei era un poderoso demonio que tenía el cuerpo repleto de ojos, que le otorgaban más fuerza y vitalidad. Él estaba a punto de acabar con la vida de Yusuke, cuando Kurama se interpuso entre él y la espada. Tenía que devolverle un favor, y ¿qué mejor forma de hacerlo que salvando su vida? Sintió el filo de la espada desgarrando su piel y sus músculos, y sintió la sangre caliente que manaba de su herida. Ahogó una exclamación de dolor. Él también era un demonio; sabía que no moriría por esa herida insignificante.
¡Kurama! ¡Traidor!le gritó Hiei, sorprendido.
Kurama ungió su mano con sangre de la propia herida y salpicó el tercer ojo de Hiei. El demonio retrocedió, cegado. Los poderes de su ojo Jagan se debilitaron. Yusuke se vio libre de sus ataduras.
¡Me liberé del hechizo! gritó Yusuke.
El único ojo que tiene poder por sí mismo, es el de su frenteexplicó Kurama. ContinuóVine a devolverte el favor. Me encargaré de esa chica dijo, alejándose, con la espada clavada en su abdomen.
Idiota, no te muevas con esa heridalo previno Yusuke.
Jeh... Yo también soy un demonio, esto no me matará. Tú solo encárgate de Hiei antes de que recupere sus poderes.
Kurama... murmuró Yusuke, agradecido. Kurama le había salvado la vida. No encontraba las palabras para agradecerle.
¡KURAMAAA!gritó Hiei, ya recuperado y listo para abalanzarse sobre el pelirrojo¡Voy a matarte! ¡Me traicionaste, maldito!
Yo soy tu rivallo detuvo Yusuke, interponiéndose en su camino.
Minutos después, Yusuke logró derrotar a Hiei ingeniosamente. Agotado, se dirigió hacia donde estaban Keiko, Botán (su asistente) y Kurama.
¿Están bien los tres? ¿Y Keiko? preguntó.
Ya está haciendo efecto la medicina. El ojo de la frente está desapareciendoafirmó Botán.
¡Kurama! ¿Estás bien? Gracias...
No es tan grave. Además, no puedo hacer nada hasta que termine el juiciodijo, haciendo referencia al juicio que le estaban haciendo por haber participado en el robo de los tres tesoros.
Luego, Botán, Yusuke y Kurama se pusieron a hablar sobre la estrategia del detective para vencer a Hiei. Al descubrir que solo fue suerte, todos terminaron riendo y bromeando. Yusuke había ganado un aliado. Kurama lo ayudaría mucho desde entonces.
Así fue como Kurama se hizo la herida...
*Fin del flashback*
_

―El otro día me asaltaron, y me clavaron un cuchillo en el estómago. No quise preocuparte a tí ni a mi madre. Lo siento...― es la explicación que te da tu amigo. Pero tú no conoces su pasado. No sabes que es un experto en mentir y en ocultar cosas.
Los ojos se te llenan de lágrimas. Tu intuición sabe que hay algo sospechoso en su relato (o mejor dicho, su vil mentira), pero en ese momento, no te pones a pensar. Tampoco relacionas eso con el misterioso suceso del otro lunes. Solo quieres abrazar a Shuichi y que sepa que todo estará bien. Por toda respuesta, le tomas la mano y te disculpas.
Shuichi te mira llorar. Odia verte así, pero no puede explicarte la verdad. Quiere decir algo para consolarte, pero no sabe qué.
Al rato, la madre de Shuichi llega al hospital. Tras saludarla, y resumirle lo que ocurrió, los dejas solos. Sin embargo, llegas a escuchar, desde el pasillo, que él le da la misma excusa que a tí: que quisieron robarle. Su madre no sospecha ni un poco.Más tarde, también llegan tus padres. Les cuentas todo lo que ocurrió. Te regañan, aunque no entiendes bien por qué, pero también se preocupan. Notas que tu padre cada vez tiene un peor concepto de Shuichi. Luego de todo lo que ocurrió, aparece con una herida misteriosa en el estómago, y preocupa a toda tu familia. Así, tu padre nunca lo aceptará. A pesar de todo, también alaban tu actitud fiel y amistosa... aunque te podría jugar en contra algún día.
Antes de irte, pasas una vez más por la habitación de Shuichi para despedirte de él. Su madre se fue a comprar la cena, así que están a solas. Golpeas la puerta suavemente con tus nudillos.
―Adelante― dice Shuichi.
Abres la puerta, entras, y la cierras suavemente. Te acercas a su cama.
―Bueno... Debo irme ya― le dices.
―Claro...
―Mañana vendré un rato a visitarte. Te traeré copias de lo que hagamos en clase. Será mejor que no te atrases.
―De acuerdo.
―Y... bueno... eso es todo. Nos vemos mañana.
Te acercas y le das un beso en la mejilla a modo de saludo.
―Cuídate. Hazle caso a los doctores. Y no te escapes― bromeas.
Shuichi ríe. Cuando estás a punto de abrir la puerta para irte, tu amigo te llama por tu nombre. Te das vuelta.
―Gracias― te dice, mirándote intensamente a los ojos y muy agradecido. Te ruborizas.
―No es nada― respondes, con la voz ronca. Sonríes y te vas.
Estás roja, y de golpe te dio mucho calor. Aunque no es novedad; Shuichi te hace poner así todos los días. Te encuentras con tus padres y te vas.
Al otro día, después de la escuela, vas al hospital. Llegas a la habitación y saludas a Shiori y a Shuichi. Te reciben muy bien, como siempre.
―Lo prometido es deuda― le dices a tu amigo, y le das fotocopias de las actividades realizadas en clase.
―Muchas gracias. Así no me atrasaré. Sería muy complicado.
―Claro que sí.
Luego, se enfrascaron en una charla sobre las novedades escolares. Te quedas un par de horas allí. Más tarde, vienen el padrastro y el hermanastro de Shuichi, a visitarlo.
―¿Quién es ella?― pregunta su hermanastro― ¿Tu novia?
―¡Claro que no!― responden los dos, a coro y ruborizados, mientras los mayores se ríen.
"Maldito enano entrometido", piensas.
Te la pasas muy bien con la familia Minamino. Son muy divertidos. Y te integran muy bien. No te tratan como si estuvieras de más o como si no fueras una de ellos. Te apena pensar que, a veces, te sientes más a gusto con ellos que con tu propia familia.
Llega la hora de irse. Shiori se marcha, con el hermanastro de tu amigo. Su padrastro se quedará a pasar la noche con él esta vez. Luego de pasar un rato más con ellos, te pasa a buscar tu madre, que vuelve del trabajo. Saludas y te vas.

Unos días después, su madre te pide que te quedes por la noche con él, porque ella tiene que trabajar. Tú le dices que por tí está bien, pero que tus padres quizás no te dejen. Y es lo más probable. Tus padres son capaces de pensar lo peor. Sin embargo, al final, te dejan, por lo mucho que les insistes. Es extraño.
Llegas al hospital con un bolso, donde traes un pijama, tu cepillo de dientes, y otros enseres indispensables. Shiori te saluda y se va, apurada. Te quedas a solas con Shuichi. Se quedan hasta la trasnoche hablando de tonterías, divirtiéndose, y riéndose mucho. Hasta has llevado unos dulces, que fueron devorados enseguida, tanto por tí como por tu amigo.
Se hace la medianoche. Shuichi se sienta en el borde de la cama, así que tú vas y te sientas junto a él para hacerle compañía. Él se desabrocha la camisa por completo, dejando descubiertos sus esculpidos abdominales, parcialmente tapados por el vendaje. Te estremeces. Entonces comienza a desenrollar las vendas. Se las va a sacar.
―Oye, no creo que sea una buena idea― le dices, con la mirada fija en su abdomen. Tal vez no pueda hacerlo. Aunque, por otro lado, deseas que te desobedezca para poder apreciar su torso totalmente.
Shuichi no te contesta y sigue sacándose las vendas. La gasa se había adherido a su piel, así que cada vez que se sacaba una parte de la herida esbozaba una mueca de dolor. Al terminar, puedes apreciar la herida. Es un gran tajo recto, pero tiene un gran grosor. Algo te dice que eso no fue por un cuchillo. Acercas tu mano y, con tu dedo índice, la acaricias suavemente. Es áspera al tacto.
―Esto no es de un cuchillo, ¿verdad?― le dices.
―Sí, sí lo es.
―No es cierto. Es demasiado ancho. Los cuchillos tienen hoja plana.
―¡Pues este no tenía hoja plana! ¿Qué crees que podría haber sido, si no?
―¡No lo sé! El que se hizo la herida eres tú, no yo.
―Entonces hazme caso. Era un cuchillo.
―No lo creo.
Shuichi hace una mueca de impaciencia.
―¡Te digo que sí! ¡Mírala! ¡Mírala bien!
Te inclinas y te acercas lo más que puedes al tajo, pero no hay nada que te indique qué clase de objeto lo creó. Tal vez una pista sea que el borde de la herida no es dentada, como los cuchillos, sino lisa. Entonces te percatas de lo cerca que estás de su cuerpo. Puedes sentir el calor que emana. Cierras los ojos y te quedas así unos instantes, disfrutando de la íntima proximidad y de la figura escultural de Shuichi.
―¿Y bien?― pregunta él.
Vuelves a erguirte, pero esta vez estás mucho más cerca de él. Tu cara y la suya están distanciadas, apenas, por unos centímetros. Sientes el aire que exhala, y lo inhalas. Pareciera que Shuichi te está dando la luz verde para que te acerques y lo beses. No te atreves a hacerlo.
―Pues, ehh... Podría haber sido provocada por una daga... o una navaja... o una espada...― enumeras, embobada, y con la mirada fija en su boca.
"Hazlo de una vez. Hazlo. Bésame, Shuichi", piensas, suplicante.
Se quedan unos segundos en esa posición, mirándose, y desafiándose a ver quién daba el primer paso. Y justo, justo cuando parecía que él se estaba acercando, que tu sueño más anhelado estaba a punto de cumplirse, y tú ya habías cerrado los ojos... se escucharon unos golpes en la puerta.
"Maldita sea", piensas. Abres los ojos y te sientas derecha. La enfermera no espera una respuesta y entra en la habitación.
―Necesito que salgas de la habitación un momento― te dice a tí.
"Solo salgo para evitar la tentación de romperte la cara". Asientes y sales de la habitación, cabizabaja, turbada y ruborizada. Apoyas tu espalda contra la pared y te agarras la cara. ¿Realmente has estado a punto de besar a Shuichi Minamino? ¿Qué hubiera pasado si no hubiera entrado esa enfermera entrometida? ¿Él se habría detenido? ¿O tú? ¿O no se hubieran detenido? Y si no se hubieran detenido... ¿qué mas habría pasado? Es decir, toda una noche solos... Desechas este último pensamiento y sacudes la cabeza, como para negar que alguna vez lo tuviste.
Todos tus pensamientos se aglomeran en tu cabeza, haciéndote olvidar por completo la discusión de la herida. Todo lo que alguna vez has vivido con Shuichi se pasa por tu mente como un flash y te hace dudar. ¿Acaso él quiere algo contigo o no? ¿Está tan enamorado de tí como tú de él, o no lo está? ¿Qué harás al entrar a la habitación de nuevo? ¿Retomarás la situación?
La enfermera sale de la habitación, interrumpiendo tus pensamientos, y se retira. Tú entras a la habitación nuevamente. No puedes mirar a Shuichi a la cara, de modo que, cuando él va a mirarte, tú esquivas sus ojos y buscas tu cepillo de dientes en tu bolso. Vas casi corriendo al baño, como para refugiarte allí adentro. Te lavas la cara y los dientes. Luego, te acuestas en el sofá. Lo único que dices es "buenas noches", antes de apagar el velador y tratar de dormir, procurando evitar cualquier tipo de situación similar a la anterior. Sin embargo, te cuesta conciliar el sueño. Esa escena te sigue dando vueltas en la cabeza una y otra vez.
Sacando "ese momento", ha sido como una pijamada, pero con Shuichi, y sin hablar de chicos. Ahora que lo piensas, hace mucho que no te reúnes con Akiko y Natsume. Debes hacerlo un día de estos.
Esa fue tu rutina durante las dos semanas en las que Shuichi estuvo internado. Siempre le llevabas revistas y libros para que se entrenga (entre ellos, los de Chase, y su madre también se interesaba), y los deberes de la escuela. Nunca volviste a tener una situación así con él, y ambos firmaron un acuerdo tácito en el que fingirían que nada pasó. El día en que volvió a su casa fue, por un lado, un alivio para tí: te encantaba que ya esté bien.`Pero por otro lado, querías que esa rutina se convierta en un hábito para tí. Es muy divertida. Los Minamino te tratan como si fueras parte de su familia. Hasta te han ayudado a hacer tu tarea. Tu familia se muestra un poco celosa, pero los ignoras. "Solo se hacen las víctimas", piensas.
El mismo día en que Shuichi llega a su casa, pide permiso para salir un rato. Va contigo al parque donde se descompuso, el primer día. Se sientan en el mismo banco. Se quedan unos minutos en silencio, escuchando el sonido del viento y mirando una pequeña laguna, donde los peces saltaban y comían la comida que le tiraba la gente. De pronto, Shuichi te toma la mano. Una ola de calor sube por tu brazo hasta tu cabeza y se expande a todo el cuerpo. Comienzas a transpirar, te pones colorada, y se te seca la boca. Shuichi se acerca un poco. Las escenas mágicas del otro día reaparecen en tu memoria como flashes.
―Escucha, te quiero decir algo.
Asientes.
―Dímelo.
"―Me gustas desde el primer día en que te vi. Me enamoré de tí. Fue amor a primera vista. Durante todo este tiempo he intentado acercarme a tí, y ahora somos buenos amigos. Me has ayudado en mis peores momentos...". Eso, y más, es lo que esperas que te diga, seguido de un beso apasionado. Lamentablemente, tus expectativas son muy altas.
―Quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí. Siempre me has escuchado y ayudado con todo... Y en estos días... No se cómo explicarte lo mucho que me ayudaste. No te apartaste ni por un momento de mí, siempre me diste las cosas de la escuela... y otras cosas... Así que... Gracias. Eso es todo lo que puedo decirte.
Te decepcionas un poco, pero lo que dice te derrite de todos modos. Lo aprecias mucho.
―Shuichi... No tienes nada que agradecer. Al contrario, el que me ayudó a mí fuiste tú. El primer día que hablamos fue porque tú me querías ayudar. La que tiene que agradecer soy yo. Gracias.
Shuichi ríe.
―Eres la única amiga de verdad que he tenido. Eres mi mejor amiga, y te quiero mucho.
No sabes si tomar eso como algo bueno (porque te aprecia y te quiere mucho) o como algo malo (porque estás en una friendzone total). Pones tu mayor cara de felicidad posible y le respondes, con una sonrisa:
―Yo también te quiero mucho― le dices. "No es cierto. No te quiero. TE AMO", piensas.
Luego, lo abrazas más fuerte que nunca, pero con la sensación de que nunca llegarás a tener algo con él. Parece que nada lo conmueve. ¿Y lo que ocurrió el otro día? Quedó en la historia.