Como ya saben los personajes no me pertenecen sino a la gran Stephanie Meyer y la historia tampoco es mía, sino de Abbi Gliness, yo solo la adapto para mi diversión y su disfrute…
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Capítulo 12
Edward POV
Logré atravesar tres días sin quebrarme e ir tras ella. No estaba seguro de por cuánto más podría esperarla. Se había alejado y quería que fuera ella la que regresara. Pero maldita sea, verla sentada ahí en el porche con sus ojos en mí, tan grandes y tristes, era más de lo que cualquier hombre podría soportar.
Cerré la puerta de golpe y me acerqué para estampar mi puño en la pared. Necesitaba conseguir sacar mi frustración de algún modo. Me importaba demasiado. Jodidamente demasiado. Esto era diferente que el preocuparme por Alice. Completamente diferente. Bella me tenía hecho un lío. Yo no me comprometía. No era un chico de una sola mujer. Me gustaba la variedad. Me gustaba no tener que responder por una mierda. Esta cosa de preocuparse era pura mierda. No necesitaba esto.
Un golpe en la puerta me sorprendió y la esperanza se extendió en mi pecho. Finalmente había regresado. Dos grandes zancadas y estaba abriendo la puerta listo para caer de rodillas y prometerle hacer cualquier mierda que quisiera que hiciera con motivo de hacerla feliz.
—Hola, Edward —dijo Jessica Stanley animadamente, mientras mi emoción se convertía en amargura.
—Jessica —respondí.
—Um, ¿puedo entrar? —preguntó. Miré detrás de ella para asegurarme de que Bella no estaba de pie ahí esperando para hablar conmigo. ¿De dónde había salido Jessica, de todas formas? ¿Había estado en el porche con Bella?
—Supongo. —Retrocedí. Con esperanza de que la falta de entusiasmo en mi tono la detuviera de hacer algo estúpido.
—Um, entonces, ¿cómo has estado? —preguntó, a medida que se adentraba y cerraba la puerta detrás de ella.
—Bien.
Se acercó y tomó asiento en el borde de mi cama. Por la manera en que empujaba sus pechos en mi dirección, estaba ofreciéndose para lo que fuera que yo podría querer hacer. Un par de semanas atrás, lo habría aceptado completamente. No ahora. Las cosas habían cambiado para mí.
—Lo siento, no he estado por aquí desde esa noche en el lago. Supongo que no tomo el rechazo muy bien —murmuró.
—Supongo que no —gruñí y mantuve mi distancia.
Jessica Stanley bajó sus manos para tomar el dobladillo de su camiseta y comenzar a sacársela.
—No, Jessica. No estoy interesado. Te dije antes que eres una chica agradable y realmente hermosa, pero simplemente no eres mi tipo.
Jessica se arrancó la camisa de todos modos y la arrojó hacia atrás, a la cama. Sus pechos desnudos eran bonitas, pero después de haber visto las de Bella palidecían en comparación.
—Sé sobre tu novia. No voy a decírselo a nadie —ronroneó mientras extendía su mano y comenzaba a jugar con sus pezones.
—¿Qué novia? —pregunté confundido.
Jessica Stanley me sonrió brillantemente. —Con la que has crecido toda tu vida. Bella me habló sobre ella.
¿Bella le había dicho a Jessica que tenía novia? ¿Usó a Alice como la "novia", así que de hecho no estaría mintiendo? No podía quitar la sonrisa de mi rostro. No quería que Jessica viniera hasta aquí. Había estado celosa.
No quería esperar a que ella se rindiera y viniera hasta mí. Esto ya no era sobre cualquier otro juego. Quería hablar con Bella, ahora. Necesitaba que me dijera todo. Incluso si ya sabía lo que quería decirme. Era hora de que dejara de correr y enfrentara sus miedos.
—¿A dónde vas? —preguntó Jessica Stanley, la miré ahora de pie en mi habitación, sin camisa y confundida.
—Ponte tu camisa, Jessica Stanley y aléjate.
No esperé a que me arrojara algo o a que me llamara de algún modo. Había escuchado todo eso antes. Solo quería encontrar a Bella.
Abriendo la puerta del granero, levanté la mirada hacia el porche y la encontré todavía sentada allí. Nuestras miradas se encontraron e hice un gesto en dirección al lago con un levantamiento de cabeza a pesar de que estaba a kilómetro de regreso a la tierra. Esperé hasta que asintió en acuerdo y luego me dirigí hacia el camión. Era hora de que solucionáramos esta mierda.
Bella POV
Tan pronto como Edward se alejó en el camión, Jessica Stanley salió dando fuertes zancadas del granero con una mueca en su rostro. Alivio se extendió sobre mí. Cuando se dirigió hasta allí, había dejado que un mal escenario tras otro se reprodujera en mi cabeza, hasta que Edward salió por las puertas del granero como si estuviera en una misión. Saber que quería que me reuniera con él en el lago hizo que las mariposas en mi estómago despertaran.
—Es un completo idiota. No sé por qué me molesto siquiera. —Jessica Stanley pasó el porche hacia su coche.
—¿Te vas? —pregunté, solo para asegurarme antes de seguir a Edward.
—Sí, tengo mierda que hacer. Te llamaré —respondió Jessica.
Una vez que salió de la entrada para coches, salté y corrí hacia el camión, pero me detuve antes de alcanzar la puerta. Girándome miré el garaje. Mi Jeep estaba allí sin usar. Me había quitado el anillo. Era mi turno de conducir mi Jeep. Lentamente, caminé en dirección al garaje. No estaba segura de sí los recuerdos resultarían ser demasiado para mí. Tecleé la clave en la puerta y se elevó y rodó hacia atrás. Mi Jeep plateado era agradable y limpio. Sabía que papá le había pagado a Seth cada semana para lavarlo y asegurarse de que arrancaba. Fingí que no sabía esto porque confrontarlos sobre ello sólo me haría recordar.
La necesidad de hacerme un ovillo en el suelo y llorar se había ido. Sólo tenía buenos recuerdos para conservar. Di la vuelta y abrí la puerta del conductor. —Supongo que es momento de conducirte de nuevo —susurré, mientras me subía detrás del volante y lo encendía. Música country resonó en la radio y sonreí pensando en Seth subiendo la música de modo que podría escucharla mientras limpiaba.
Salí de la cochera y me dirigí hasta el lago sin ningún problema. Ningún momento de intenso dolor y pérdida. Sólo mi Jeep y yo.
Vi el camión de Edward tan pronto como giré en la esquina detrás de ese viejo arce. Estaba sentado en la parte trasera esperándome. Sus ojos se ampliaron con sorpresa mientras aparcaba a su lado. Él nunca había visto mi Jeep. Todo lo que me había visto conducir era uno de los viejos camiones de granja de papá. Sonreí ante su expresión, luego bajé de un salto y caminé hacia él.
—Lindas ruedas —dijo cuándo me detuve frente a él.
—Gracias —respondí, antes de elevarme para sentarme en el borde de la parte trasera con él.
—En caso de que tengas curiosidad, Jessica Stanley se quitó su camiseta después de que le pedí que no lo hiciera. Nunca me acerqué y la conduje afuera. Probablemente está enojada.
No pude contener la risa. —Sí, lo está.
—¿Crees que eso es gracioso? —preguntó Edward, tratando de sonar severo pero el tono burlón en su voz era imperdible.
—Sí, lo hago.
Edward sonrió, luego bajó la mirada hacia el suelo. Sabía que estaba esperando por mí. Podría haberme pedido que viniera, pero era porque todavía estaba esperando respuestas. Él las merecía.
—Estaba comprometida —comencé y no pude encontrar las palabras correctas.
Edward no me presionó sino que esperó silenciosamente a mi lado.
—Jacob murió en Bagdad hace un año y medio. —Me las arreglé para decirlo sin sofocarme.
Edward no giró su cabeza para mirarme. No había lástima y tampoco condolencias vacías. No estaba segura de qué esperaba de él, pero no era su tranquila aceptación sobre esto.
—Lo sé. Seth me lo dijo el viernes antes de tu escapada borracha.
¿Seth le había dicho? ¿Por qué?
—Pero nunca dijiste nada —dije, tratando de asimilar el hecho de que Seth me había traicionado. Había roto la confianza. Sabía que no quería que Edward se enterase.
—Quería que fueras tú la que me lo dijera. —Finamente apartó la mirada del suelo y giró la cabeza para mirarme. No había lástima en sus pálidas profundidades verdes, solo entendimiento—. Era tu historia. Si querías que supiera me lo dirías. Luego cuando tú no continuaste ese día en el lago estaba enojado. Herido. Esperaba que entendieras que esto no era un juego para mí.
Él lo había sabido todo el tiempo. Ni una vez me había tratado diferente. No me había tratado con guantes de seda. Extendí el brazo y cubrí su mano con la mía. Giró la suya y entrelazó sus dedos con los míos, luego apretó.
—Cuando llegaste a mi habitación alterada la otra noche. Sabía por qué. Quería ser el que te sostuviera mientras llorabas y lidiar con el cambio venidero. Pero tú no me dejarías entrar. Nunca quise involucrarme, Bella. No hasta que lo hicieras.
Tragar era difícil con el nudo formándose en mi garganta. Necesitaba decirle más. Si íbamos a tener una aventura de verano, simplemente ser amigos, o lo que sea que termináramos siendo por los próximos dos meses. Quería que el supiera.
—Él era mi mejor amigo. Habíamos sido inseparables desde que teníamos cinco años de edad. Fue mi primer beso. Mi primera cita. —Sentí el conocido ardor en mi nariz mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Tenía que hacer esto. Tenía que compartir esto con él—. Íbamos a envejecer juntos. Pero no regresó a casa. —Edward liberó su agarre sobre mi mano y deslizó su brazo alrededor de mis hombros, presionándome contra su costado. Recosté mi cabeza en su pecho y dejé que las últimas lágrimas que sabía que lloraría por Jacob Black cayeran.
No hablamos. No me preguntó más de lo que estaba dispuesta a compartir. En su lugar, simplemente me sostuvo. Sus manos frotaban mi brazo de arriba abajo suavemente y me daba un beso en la cabeza de vez en cuando. Aparte de eso, simplemente nos sentamos ahí en silencio.
Después de que dejé a Edward en el lago, regresé a casa y fui a mi habitación. La guitarra en la esquina estaba en su estuche, recordándome diariamente que una vez también fue una parte de mí. Había conseguido quitarme el anillo. Había conquistado el conducir el Jeep. Quería tocar de nuevo. Cerré la puerta de mi dormitorio y me acerqué a la cama, directamente frente al estuche de la guitarra. Había detestado la funda negra cuando papá la trajo a casa. Cuando había agotado mi primera guitarra, él había ido a comprarme una nueva. Quería un estuche genial. Ese sencillo estuche negro había sido tan aburrido. Jacob apareció esa noche para ver mi nueva guitarra y le dije lo descontenta que estaba con el feo estuche. Al día siguiente apareció con un par de divertidas etiquetas de coches y las puso en el estuche. Me había reído y dicho que era perfecto. Por todos los años siguientes, me trajo adhesivos de todos los lugares que visitaba, o simplemente unos al azar con los que se había cruzado y pensado que me gustarían.
Este iba a ser el obstáculo más duro, pero había perdido tanto cuando Jacob había fallecido. Quería recuperar algo de ello. Mi música era algo que extrañaba. Alcanzando la funda, la levanté y la tendí a mi lado en la cama. Abriendo la cubierta con lentitud, mi corazón aceleró su paso mientras conseguía divisar la madera lisa y la familiar púa atrapada en las cuerdas. El cuaderno en donde estaban todas mis canciones escritas estaba colocado seguramente debajo del cuello. No tocaría esas canciones. Todavía no. Pasos pequeños.
Con reverencia saqué a mi vieja amiga de su estuche forrado de terciopelo. Esta noche simplemente la afinaría. Eso sería suficiente por ahora. Sosteniéndola en mis brazos, cerré mis ojos ante el familiar sentimiento. Era como si hubiera regresado a casa. Me picaban los ojos con lágrimas no derramadas a medida que asimilaba la emoción que venía con ser capaz de sostenerla en mis brazos.
Comencé a afinarla mientras rasgaba cada cuerda. La sencilla melodía me rodeaba. El mundo a mí alrededor se desvaneció. Justo como antes, era sólo mi música y yo. Cada sentimiento que contuve dentro de mí el pasado año y medio comenzó a derramarse en la música. Toqué a través de mi dolor, mi ira, mi amargura, mi perdón y finalmente la esperanza que lentamente tomaba lugar dentro de mí.
Mis dedos fuera de práctica comenzaron a entumecerse y lentamente dejé de tocar hasta detenerme. La humedad en mi rostro me sorprendió. No eran lágrimas de tristeza. No esta vez. Esta vez eran lágrimas de felicidad. Tal vez habría un mañana, después de todo.
El sonido de palmas aplaudiendo me sorprendió y abrí los ojos para ver a mi papá de pie en el marco de la puerta. Sus ojos estaban húmedos y una sonrisa tiraba de cada esquina de su boca. —Esa es mi chica —dijo con voz ronca endurecida por la emoción—. No sabes lo bueno que fue entrar y escuchar ese sonido. —Presionó los labios fuertemente y tomó una gran bocanada de aire a través de la nariz—. Espero escuchar más de eso. —Asintió una vez con aprobación y luego se dirigió por el pasillo hasta su habitación.
