Como ya saben los personajes no me pertenecen sino a la gran Stephanie Meyer y la historia tampoco es mía, sino de Abbi Gliness, yo solo la adapto para mi diversión y su disfrute…

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Capítulo 25

Bella POV

—Si no dejas menearte en mi regazo no vamos a conseguir esta maldita perforación —gruñó Edward en mi oído, haciéndome reír.

—Lo siento, me portaré bien —prometí.

—Nunca dije que quería que te portaras bien, nena. Me gusta que seas mala y traviesa —besó mi hombro y deslizó su dedo entre mis piernas—, y que estés húmeda.

Alejé su mano y comprobé la puerta para asegurarme de que la chica que iba a perforar su otro pezón no nos estuviera mirando. —Si no quieres que me mueva entonces no hables sucio —susurré.

Edward sonrió. —Eso no fue sucio, bebé. Sólo fue un poco de charla dulce. Pero si quieres que hable sucio, lo haré.

—Quiero que perfores tu otro pezón. Deja de tratar de distraerme.

Edward mordisqueó mi oreja. —Sé que lo quieres, y me estoy poniendo caliente al pensar en esa pequeña y rosada lengua tuya chupándolo como si fuera un caramelo.

—Eres como un gran pedazo de caramelo. Todo en ti está hecho para lamer. Incluso esos hoyuelos en la parte baja de tu espalda.

Una sonrisa se extendió lentamente por su rostro. —Me gusta cuando los lames también. Apuesto a que podemos conseguir que nos den una habitación privada si quieres mostrarme exactamente qué partes de mi cuerpo te gusta lamer.

La puerta se abrió y una mujer entró. Tenía varios tatuajes y la mayor parte de su rostro estaba perforado. Sus ojos devoraron a Edward. Lo que ayudaba a probar lo que le había dicho sobre él siendo un gran pedazo de caramelo. Ella también lo veía.

—Bueno, así que quieres perforar tu otro pezón —dijo, sacando una silla y alistando sus suministros.

—Ella quiere que perfore mi otro pezón —respondió, guiñándome un ojo.

La chica desplazó su mirada hacia mí. Podía ver la envidia en ella y no la culpaba.

—Quítate la camisa —instruyó.

Estiré los brazos hacia abajo y le saqué la camisa. Edward levantó los brazos obedientemente.

Miré fríamente a la chica y vi que disfrutaba del espectáculo. Me molestó un poco, pero me acurruqué en su regazo y su brazo se apretó a mí alrededor mientras metía una mano entre mis piernas.

—¿Estás listo? —preguntó ella.

—No tienes ni idea —respondió con un tono divertido. Me mordí el labio para no reírme.

La chica frotó alcohol sobre su pezón, haciendo que se endureciera. Luego tomó algo parecido a una pinza y tiró de su pezón. Entonces llegó la parte con la aguja. Me tensé en el regazo de Edward, y él se rió, deslizando su mano por el interior de mis muslos. Ni siquiera estaba preocupado.

Cuando la aguja lo atravesó no reaccionó. Solté un pequeño chillido, pero esa fue la única reacción.

La pequeña barra de plata fue lo siguiente.

—Listo —anunció la chica, y suspiré de alivio.

—Hay que mantenerlo limpio, y sin sustancias extrañas en él mientras sana. —Me miró con los ojos entrecerrados y me pregunté si hablaba de mi saliva.

—De acuerdo —respondió Edward, levantándose y tomando mi mano.

—¿Quieres que me ponga la camisa de nuevo? —preguntó Edward

Consideré todas las mujeres que habría de aquí al auto y asentí.

Extendió la mano y la recogió, poniéndosela por encima de la cabeza.

—Vamos. Estoy listo para ver cuánto te gusta. —Sonrió con malicia.

—¿Mi saliva no es una sustancia extraña? ¿Y no te dolerá?

Edward se inclinó y me susurró al oído—: Tu saliva está bien, y en cuanto a dolor, nunca nos detuvo antes.

Edward POV

Bella jugueteó nerviosamente con sus manos durante el viaje de regreso a casa para buscar sus cosas y llevarlas a la mía. Había manejado a su padre como una profesional y no tuvo ningún problema en empacar todas sus cosas. Pero era obvio que algo la molestaba. No me gustaba que estuviese molesta.

—¿Qué sucede con tus manos?

Bella se detuvo al instante, y dejó escapar una pequeña risita. —No me di cuenta que estaba haciendo eso.

—¿Qué es lo que te molesta? ¿Por qué estás nerviosa?

Se mordió el interior de la mejilla, el cual era otro de sus hábitos nerviosos, y luego me miró con los ojos entrecerrados. —¿Estás seguro que quieres que te responda eso?

Tuve un breve momento de pánico, pero me recordé a mí mismo que le acababa de decir a su padre que estaba enamorada de mí.

—Sí, lo estoy —respondí con cautela.

Dejó escapar un suspiro y se encogió de hombros. —Me preocupa que esto sea demasiado pronto. ¿Y si te cansas de tenerme alrededor todo el tiempo? ¿Qué pasa si me como tu cereal o dejo mi maquillaje en el baño? ¿O si ronco?

El alivio se apoderó de mí. Eso podía arreglarlo. No iba a dejar que se sintiera así.

Entré en el aparcamiento bajo nuestro apartamento, luego apagué el motor, y me di vuelta en mi asiento para mirarla. —No como cereal, espero que dejes tus cosas de chicas por todo el lugar, así puedo verlas cuando no estés allí y saber que vas a volver. Y no roncas. Sólo ronroneas suavemente, lo que es tan jodidamente lindo que lo único que quiero es quedarme despierto y escucharte.

Bella se inclinó sobre la consola y me dio un rápido y suave beso. —Te amo.

La tonta sonrisa que siempre traían a mi rostro esas palabras no podía ser evitada. —Entonces, sube las escaleras y muéstrame lo mucho que me amas. Tengo todo tipo de ideas.

Bella se acercó y pellizcó suavemente mi nueva perforación. —¿Pueden estar involucrados estos? —preguntó roncamente, lo que de inmediato me puso duro.

—Diablos, sí que pueden.

La idea de llevar a Bella hasta el apartamento para que pudiera hacer cosas sucias con ella sonaba atractiva, pero no era ese el por qué me sentía emocionado. Tenía una sorpresa esperando por ella y no podía esperar para llegar allí y mostrársela. Cargué dos de sus cajas en mis brazos y las puse al lado de la puerta, así podía abrirla. Además, no quería que nada en mis brazos obstruyera la visión del rostro de Bella cuando entrase en el apartamento.

Giré el pomo lentamente y la abrí.

—Las damas primero —dije, dando un paso atrás para dejarla entrar.

Bella me dio una pequeña y confundida sonrisa y entró en la habitación. La seguí al interior, sin apartar ninguna sola vez la mirada de su rostro. En el momento en que vio el piano puesto en medio de la sala de estar con una docena de rosas rojas que puse encima de éste, se congeló. Su mandíbula cayó, luego caminó lentamente hacia el piano. No respiraba. No podía. Necesitaba que dijera algo. ¿Hice algo malo al conseguírselo?

Bella pasó sus dedos sobre las teclas de marfil y luego alargó la mano, tomando la pequeña tarjeta que había dejado con las rosas. Simplemente decía: Te amo.

Cuando sus ojos se alzaron para encontrarse con los míos, estos brillaban con lágrimas no derramadas. Alzo un puño, y tapó su boca, negando con la cabeza. Ah, mierda. La había hecho llorar. No era lo que quería lograr.

—No puedo creer que me compraras un piano —respiró mientras alejaba el puño de su boca.

—Si no lo quieres, no tenemos que quedárnoslo. Acabo de pensar que, puesto que has dicho…

—No te llevarás mi piano a ningún lugar —me interrumpió. Una sonrisa se dibujó en su rostro y una pequeña risa salió de sus labios—. Me compraste un piano —dijo, sacudiendo la cabeza como si no pudiera comprenderlo.

—Querías uno —contesté.

Bella puso la tarjeta de nuevo en su lugar y se acercó hasta quedar de pie frente a mí. Colocó sus dos manos sobre mi pecho y miró mi rostro. —Edward, voy a querer un montón de cosas, pero no espero que me compres cada una de ellas. Lo que más quiero es a ti. Y tengo. De alguna manera me las arreglé para conseguir al famoso mujeriego Edward Cullen, y no tengo intención de dejarlo ir.

Sonriendo, me agaché y toqué su labio inferior con la yema del pulgar. —Entonces, ¿lo que quieres decir es que no tenía que comprar ese piano para sobornarte e intentar que te quedaras? Bueno, diablos, nena. Si lo hubiera sabido, podría haberme ahorrado mucho dinero.

Bella se echó a reír y me dio una palmada en el pecho. —Estoy tratando de ser dulce y tú te estás burlando de mí.

—Lo siento. No sabía que quisieras ser dulce. Tengo una idea, vamos a tomar una ducha y me puedes dejar probar y ver lo dulce que eres.

—¿No vas a dejarme tocar mi piano primero? —preguntó, mirando con nostalgia su regalo.

—No me importaría probarte en el piano. Está bien para mí, también. Apuesto a que te verías terriblemente sexy extendida en ese banco.