Fue una semana más de preparación, hasta que llegó el día en el que empezó nuestro año sabático. Mientras que Frodo se encargaba sobre todo del equipaje y pensar nuestra ruta, yo tuve que verme mucho con Merry y Pippin, pues teníamos mucho que planear ahora que iba a pasar todas las horas del día con Frodo.
Cuando iba a trabajar a su jardín casi todos los días, yo pensaba que pasaba mucho tiempo con él y lo conocía muy bien. Pero en los primeros días de nuestro viaje, fui dándome cuenta de que había mucho que no sabía hasta entonces sobre los hábitos de Frodo, y descubrí el precio de una hora de euforia por las noches.
Cuando tenía ocasión, llamaba a Merry y Pippin y les contaba lo que veía, por ejemplo que Frodo no comía bien y se estaba quedando muy delgado, o que muchas noches le costaba dormir.
Desde que lo conocía, a Frodo le había gustado viajar, y me hablaba con ilusión de los sitios que quería visitar en nuestro país y hasta en el extranjero. Sin embargo, cuando empezamos a visitarlos, casi me pareció que yo los disfrutaba más, y que en él había desaparecido parte de la ilusión con la que hablaba de esos lugares. A veces tenía que convencerle yo para ir, y tampoco le gustaba el irse de una ciudad en la que ya llevábamos varios días. Los cursos a los que queríamos asistir, que preparaban a los jóvenes como nosotros para la vida laboral, cada vez tenían que ser más cortos, para que Frodo no perdiera el interés por ellos.
También, lo veía más irritable que de costumbre, se enfadaba muy a menudo y sobretodo cada vez que mencionaba algo de la cocaína. Se iba convirtiendo en algo de lo que evitábamos hablar. Y cada vez que llamaba a Merry y Pippin tenía que hacerlo asegurándome de que él no se enterara, pues una vez que me descubrió llamando se puso de repente muy nervioso y se enfadó con nosotros tres durante varios días.
Algo en lo que no había perdido el interés, por desgracia, eran las fiestas cada fin de semana. Siempre quería ir, y yo lo acompañaba porque tenía que estar con él. A las pocas, me di cuenta de que cuando se le pasaba el high se tomaba otra dosis, y así hasta que nos íbamos. Cuando les conté esto a Merry y Pippin, empezamos a pensar formas de evitar que se metiera la segunda dosis, y de hacer que saliera menos. Habíamos oído sobre la tolerancia, que cada vez tenía que consumir más cocaína para sentirse satisfecho, y empecé a hacer cálculos a ojo de lo que tomaba cada vez. Así nos dimos cuenta de que aquello era cierto.
Pero lo peor ocurrió cuando descubrió los barrios bajos, donde tenía mucho más fácil conseguir la droga, y esta dejó de ser sólo para los fines de semana. Hacía tiempo que yo me ocupaba del dinero y se lo escondía, pero él seguía escapándose, hasta que yo decidí acompañarle también cada vez que fuera a esos barrios, porque aquellos lugares sí eran peligrosos.
Conforme pasaba los meses con él, viendo con pesar como esos síntomas aumentaban, y él se enfadaba cada vez que quería ayudarle, terminamos llegando al que fue uno de los peores momentos de su adicción.
Estábamos de nuevo en uno de aquellos barrios, de los que en nuestro pueblo no se encontraban pero había en todas las ciudades. Ahí no había bares, ni gente de fiesta y pasándoselo bien, me daba cuenta. Veía a los adictos, la mayoría en el suelo, maltrechos, y no tenía ni idea de qué clase de sensación estarían experimentando, pero no se parecía en nada a lo que yo había visto en la gente saliendo y divirtiéndose. Aquel lugar era sombrío y desesperanzador, y me revolvía el estómago estar en él. Frodo se dio cuenta de esto mientras andábamos.
-Sam –me dijo-, puedes volver al hotel, si quieres.
-No, no. Voy a acompañarte –le respondí, pues algo que ni se me ocurriría hacer sería dejar a Frodo solo en ese lugar.
Llegamos a donde Frodo quería ir, y ocurrió lo que ya había pasado cada vez que íbamos a aquellos barrios. Yo aparté la mirada mientras Frodo compraba la cocaína y la metía en su cuerpo, e hice a ojo un cálculo de lo que había gastado, como me pedía Merry. No era demasiada, menos que las otras veces, parecía que funcionaba lo de hacerle pensar que nos quedaba mucho menos dinero del que teníamos realmente.
El high llegó tras varios segundos, y Frodo trató de aprovecharlo cuanto durara. No entendía cómo podía aprovechar esa euforia en un lugar así, a no ser que esa fuera la clave, olvidar el lugar en el que se encontraba. Yo tan solo aguanté la repugnancia y me quedé con él para asegurarme de que estaba bien y no hacía nada inconsciente.
Cuando el high ya iba a pasar, yo sabía que tenía que llevarlo al hotel antes de que le pasara algo en aquel barrio o quisiera volver a consumir. Le puse una mano en la espalda, para sacarlo de ahí cuanto antes. Pero de repente ambos escuchamos un grito y unos golpes, y Frodo se giró de inmediato.
Lo que llegué a ver fue que al fondo de la calle estaba habiendo una pelea, antes de que Frodo por algún motivo empezara a correr hacia ella. Fue tan rápido que no tuve tiempo de retenerlo y sólo pude gritar su nombre, antes de salir corriendo tras él.
A veces se comportaba de una forma extraña, pero eso no lo esperaba, y me asusté. Se metió entre la gente, la mayoría eran más altos que nosotros y al principio me costó localizarlo. Pasé ahí unos eternos segundos, entre toda la gente furiosa y sucia, mientras sentía que me mareaba y que aquellas peleas se movían dando vueltas a mi alrededor.
Era todo tan confuso, pero mi mente se aclaró de golpe en el momento en que escuché a Frodo gritar. Me moví tan rápido como podía, a veces empujando a la gente en la dirección que había escuchado. Cuando encontré a Frodo, lo vi de rodillas en el suelo, y sin pensar lo cogí por la cadera y lo arrastré fuera de ahí.
Nos llevé lejos de esa calle, hasta llegar bajo la luz de una farola, y entonces solté una exclamación al encontrar su hombro manchado de sangre.
-¡Oh, Frodo! ¡Tu hombro! –chillé, y rápidamente le desabroché la camisa y vi la herida que le habían hecho. Sentí que se me humedecían los ojos. Saqué de mi mochila unos pañuelos, y traté de taponarla, pero no funcionaba-. Sangra mucho, creo que tenemos que ir a urgencias.
Frodo, que en aquel momento había estado algo ausente, pareció espabilarse de golpe.
-¡No! ¡No, Sam, por favor! ¡Un médico no!
De fondo, escuché unas sirenas, y aquello para mí fue una bendición.
-Alguien ha llamado a la policía –entonces vi una mirada aún más horrorizada en sus ojos. Traté de tranquilizarlo-. Vendrán también ambulancias. ¡Vamos, te curarán la herida!
-¡No! ¡Sam, no! –me dijo, agarrando con fuerza mi mano. No entendía lo que le pasaba, pero su voz era suplicante y parecía a punto de llorar-. Estoy bien, Sam, de verdad. Vámonos al hotel. Por favor, un médico no…
Estaba tan nervioso y tan asustado, que comprendí que le haría mucho mal alimentar esa ansiedad. Le dejé apoyarse en mí y continué presionando sobre la herida. Se le veía tan débil y miserable, que lloré por dentro mientras volvíamos al hotel, y a la vez me sentía culpable porque sabía que probablemente no estuviera tomando la decisión correcta.
Tardé lo menos posible en llegar, cuando casi todos mis pañuelos ya estaban empapados de sangre, y rápidamente fuimos al baño de la habitación. Le quité la camisa y saqué corriendo el botiquín. Tratando de no temblar empapé un algodón en agua oxigenada y empecé a limpiar la herida. Frodo se quejó cuando lo hice, y soplé suavemente intentando de aliviar el escozor. Luego la lavé con agua, y saqué las vendas y envolví la herida lo mejor que pude. No dejaba de sangrar.
Lo miré, y se veía mucho más pálido de lo normal. Lo acosté en su cama poniendo las almohadas para hacer que la herida quedara un poco en alto. Apagué la luz y me metí en la cama, pero no me permití dormir, tenía que comprobar que Frodo estaba bien.
A la mañana siguiente volví a comprobar la herida, y me di cuenta con horror de que las vendas seguían manchándose de sangre. Miré a Frodo con pavor, pensado que aquello de verdad necesitaba puntos, pero él siguió insistiendo en que estaba bien.
Las drogas se habían convertido en un tema del que no podíamos hablar, y si lo mencionaba, Frodo parecía enfadarse y ponerse nervioso. Era la paranoia, me habían dicho, y ahora estaba pasando también con la herida. No me dejaba verla, ni preguntar por cómo estaba. Pasó desde el segundo día, y por culpa de eso inevitablemente llegamos a lo que ocurrió varios días después.
Recién levantado fui al baño a lavarme la cara, y cuando salí me encontré a Frodo recostado en la cama. Fruncí el ceño, porque me pareció que no había perdido la palidez desde que se había hecho la herida, pero ahora además su rostro se veía un poco sonrojado, y me pareció que no tenía buena cara. Me acerqué a su cama rápidamente.
-Frodo, ¿te encuentras bien? –le pregunté.
No me respondió, parecía algo ausente, y de cerca pude ver que su rostro estaba también un poco sudado. Yo ya sabía lo que todo aquello significada, y antes de que pudiera detenerme le toqué la frente.
-¡Está caliente! –exclamé, y sentí que la preocupación me invadía-. Quiero decir, Frodo, creo que tienes fiebre –me quedé un momento parado, pensando en lo que hacer-. Espera. Voy a buscar el termómetro.
Corrí hasta el botiquín y rápidamente empecé a buscar en él, igual que había hecho la noche en que se hizo la herida. Entonces, un pensamiento cruzó mi mente, y volví hacia Frodo.
-Espera, déjame ver el hombro.
Frodo no se resistió ni enfadó. Pero cuando fui a desabrocharle la camisa, me miró, y sus ojos temblaban y parecían llenos de miedo. Eso hizo que yo me preocupara más y sintiera con más fuerza que tenía que hacer algo.
Descubrí su hombro, y sentí verdadero temor cuando lo vi. No tenía que quitar las vendas para ver la herida, terriblemente roja, supurando, más caliente aún de lo que estaba Frodo. Infectada. La roce muy suavemente, y eso solo hizo a Frodo gritar de dolor.
-Tenemos que ir a urgencias –dije, dándome igual lo que quisiera Frodo, porque si ahora estaba así era por mi culpa y tenía que actuar bien.
Pero, ¿cómo íbamos? No teníamos coche, y no quería hacerle andar todo el camino hasta el hospital.
Recordé entonces a alguien, un amigo de Frodo con el que no había congeniado demasiado al principio, pero Merry y Pippin decían que también quería ayudarlo. Aragorn, o Trancos, como nosotros lo llamábamos, además había estudiado enfermería. Le pedí ayuda a él. Lo llamé, le dije lo que pasaba y le di la dirección.
Me senté con Frodo a esperarlo, después de ponernos la primera ropa que encontré. Tuvo un escalofrío y empezó a temblar, a pesar de lo caliente que estaba, y lo tapé con una sábana. Le lavé la cara con una toalla húmeda, haciendo todo lo posible por que se sintiera mejor.
Cuando Trancos llegó fui a abrirle inmediatamente. Tan sólo echo un rápido vistazo a la herida antes de decirnos que teníamos que subir al coche cuanto antes. Bajé la ventanilla y le puse con cuidado el cinturón, y Trancos nos puso en camino hacia el hospital de Wellington.
Cuando llegamos Trancos se encargó de todo, mientras yo me senté con Frodo en la sala de espera. Volvió a temblar de frío, me quité mi chaqueta y se la pasé por los hombros. Además de estar débil, también parecía algo asustado, y le cogí la mano tratando de tranquilizarle. El pobre se apoyó en mi hombro, y yo sentía tanta compasión por él, que sólo deseaba que pudiera salir de ese hospital estando ya bien.
Unos minutos después Trancos nos llamó, y venía con una chica que parecía una enfermera, que nos sonrió. Fue él quien entró con Frodo a la consulta, yo no pude. Tuve que sentarme en aquella misma sala, a esperar.
Y esperé, mucho. Vi en el reloj pasar tantos minutos, pero para mí fue algo mucho más largo. Estaba tan nervioso y tan preocupado por Frodo, de vez en cuando esto se apoderaba de mí y sentía ganas de llorar. Pero tenía que ser fuerte, por él, desde ahí.
Cuando ya habían pasado muchos eternos momentos, y pensaba que nunca iba a verlo salir, me encontré a Trancos hablando en el pasillo con la misma chica. Pensé que ya podrían haber terminado con Frodo, pero lo que me sorprendió fue cuando ella vino y se sentó a mi lado.
-Hola. Eres Sam, ¿no? El que ha traído a Frodo –me dijo con dulzura. Yo asentí ligeramente-. Bien, me llamo Arwen, y he estado atendiéndole. Te quería hacer unas preguntas –asentí de nuevo-. ¿Él consume alguna droga? ¿Lo ha hecho desde que se hirió?
Aquella pregunta me extrañó, y la miré con unos ojos entre tristes y dudosos.
-¿Por qué lo pregunta?
-Le hemos visto algunos síntomas, y es preferible saberlo.
Comprendí, y si eso iba a ayudar, empecé a contarle lo que sabía. Desde cuando había empezado con la cocaína, cuando lo hacía; lo que había ocurrido el martes anterior, cuando se hirió… Y sentí que estaba a punto de llorar cuando llegué ahí. Arwen me dijo que era suficiente, y cuando volví a mirarla tenía esa expresión dulce en el rostro.
-Te preocupas mucho por él, ¿no? –me sonrió-. ¿Hace cuánto que os conocéis?
-Desde el instituto –respondí-. Se mudó con su tío, y mi padre trabajaba para él, en su jardín.
-¿Y ahora? ¿Vivís juntos?
-Sí, bueno, nos estamos tomando un año sabático antes de que vaya a la universidad, y estamos viajando por el país.
-Eso suena fantástico. ¿Y lleváis juntos desde el instituto?
-Sí, nosotros… -empecé, pero mientras hablaba me di cuenta de lo que realmente Arwen quería decir-. Oh, no, no somos pareja.
-Oh… -pareció algo sorprendida-. Vale, tu amigo, entonces. Será mejor que te cuente lo que ha pasado –se puso más seria de pronto-. Verás, Sam. La herida no ha curado y se ha infectado muy rápido por la navaja con la que lo apuñalaron. Estaba sucia, y además la punta se rompió y se le quedó dentro.
Se me cortó el aliento.
-¿Qué ha pasado? ¿Está bien?
-Sí, está bien. No te preocupes. Hemos sacado el filo, y limpiado y cosido la herida. Vamos a recetarle unos antibióticos, y en seguida se pondrá bien. Ahora está en una habitación, dormido, pero hoy mismo saldrá.
-¿Puedo ir a verle?
-Para eso he venido a por ti –dijo poniéndose de pie. Mientras me llevaba por el hospital, me siguió preguntando-. Por cierto, Aragorn ha querido llamar a unos familiares suyos, para que supieran lo que había pasado, y si podían, visitarle…
Pensé inmediatamente en Merry y Pippin, y también en su tío Bilbo. No los habíamos visto en persona desde hacía meses, e igual estar con ellos le animaba. Asentí. Entonces la escuché decir que ya habíamos llegado.
Se paró delante de una puerta, y yo rápidamente fui hacia el pomo. Pero antes de abrir, oí como ella se iba, y un rápido pensamiento pasó por mi mente.
-¡Espere! –exclamé, cuando ella ya estaba al final del pasillo, y corrí a su lado-. Lo que ha dicho… de que le habéis encontrado síntomas… Quiero decir, ¿es que… le ha hecho algún daño? ¿Alguno que no se pueda curar…?
Pareció algo extrañada cuando fui con ella, pero cuando le pregunté me miró con dulzura y me contestó.
-No hay ningún daño permanente. Sí, su cuerpo muestra síntomas del consumo, pero todos acabarían desapareciendo, si la dejara ya. Si la dejara ya… Espera, creo que tengo… -empezó a rebuscar por los bolsillos de su bata-. Aquí está. Toma, es una tarjeta de una clínica de desintoxicación. Por si quiere ayuda, o al menos necesitas tú información.
Le di las gracias, y entonces sí, corrí hacia la habitación de Frodo.
Abrí la puerta despacio, y como Arwen había dicho lo encontré dormido en una cama. Me acerqué tratando de no despertarlo. Tenía el hombro vendado, y no llevaba camisa. Se veía toda su piel pálida, y estaba tan delgado que se le notaban las costillas. Aquello no era bueno, pensé.
Me senté en una silla que había junto a la cama, y le tomé la mano. No pensaba apartarme de su lado de ninguna manera, ya había estado demasiado tiempo sin él mientras le atendían.
Estuve varios minutos con él, mirándolo y rezando porque se recuperara, hasta que Frodo se revolvió y abrió los ojos.
-¿Sam…? –se giró hacia mí y sonrió.
-Frodo, te han curado la herida, y dicen que esta tarde ya podrás volver al hotel.
Suspiró, parecía algo aliviado. Entonces, sin que yo lo esperara, me pidió que le contara lo que sucedió aquella noche del martes, pues él no lo recordaba bien. Yo fui contándoselo todo, y él tenía una mirada seria y arrepentida. Finalmente, cuando terminé de hablar, me apretó la mano que le cogía. Había tristeza en sus ojos, y quise decirle algo para consolarle.
Pero entonces, de repente, la puerta se abrió, y tras ella dos chicos entraron.
-¡Frodo! ¿Estás bien? –él esbozó una sonrisa conforme Merry y Pippin se acercaban a su cama.
-Frodo –se adelantó Pippin-. Hemos oído lo que dicen de la comida de hospital, así que de camino te hemos comprado esto –y sacó un donut envuelto en una servilleta.
-Pip, gracias, pero voy a salir esta tarde.
En aquel momento, la puerta volvió a abrirse, y los que faltaban llegaron.
-¡Frodo, muchacho! Aragorn me ha contado todo lo que ha pasado. Lo siento tanto. ¿Estás bien?
Frodo sonrió también a los dos que acababan de llegar, y Trancos se puso a su lado, mirando las vendas.
-Lamento tanto lo que ha pasado. Pero por desgracia, en esos barrios suele verse demasiado a menudo…
Ninguno se extrañó por los barrios que mencionaba, y eso sólo podía significar que ya sabían dónde había ocurrido. Y también que todos, incluido Bilbo, sabían que Frodo consumía cocaína.
Él también debió de darse cuenta. Tragó saliva, y se paró a mirar a todos los que estaban ahí. Finalmente, se le humedecieron los ojos, y se sinceró.
-He pasado miedo… -suspiró-, de lo que podía ocurrirme, por esto, y… siento que he tocado fondo –noté que me apretaba la mano, y busqué sus ojos. Brillaban y se veían apenados y nerviosos. Compartimos una mirada antes de que él continuara-. Voy a hacerlo… Voy a dejar la cocaína.
EL FIC NO TERMINA AQUÍ, REPITO, EL FIC NO TERMINA AQUÍ. La historia va a continuar por un par de capítulos más. Gracias por leer ^^
