Nada de clínicas, nada de grupos de apoyo, y nada de esa clase de ayudas. Era lo que Frodo tenía claro cuando entró en abstinencia. No quería hablar de aquello, ni planteárselo, y cuando alguien se lo decía volvía a ponerse nervioso. Ya tenía bastante, y yo no quise que se agobiara ni que tuviera que enfadarse.
En el hospital le habían tratado bien, y la herida se curó y más rápido de lo normal acabó siendo una cicatriz blanca.
A los pocos días de que comenzara su abstinencia, me encontré en el bolsillo la tarjeta que me había dado la enfermera Arwen, y cuando no estaba Frodo decidí llamar, sólo para hacerme una idea de cómo iba a ser. Me atendieron, y me dieron la información que necesitaba.
Me hablaron de las fases por las que iba a pasar, de los momentos en los que era más probable que volviera a consumir y los riesgos que había, y los mayores síntomas.
Uno era que le aumentaría el apetito, y eso me pareció bueno, porque iba a recuperar todo el peso que había perdido desde que consumía. Pero ese fue el único que consiguió alegrarme, y tragué saliva conforme me iban diciendo los otros. Me daba cuenta de que iba a ser muy duro para Frodo, sobre todo en los primeros días.
Fatiga
Aun cuando consumía, por el día parecía estar bastante cansado, y probablemente la cocaína era lo único que le ayudaba a aguantar por las noches. Estábamos viajando sobre todo por la isla norte, especialmente visitando lugares, y también yendo a algunos actos. Pero en los primeros días de abstinencia, Frodo estaba mucho más cansado y desanimado que antes, y yo trataba de buscar sitios que le fueran a encantar, animarle a ir y a disfrutar de aquel viaje que estábamos haciendo. Sin embargo, nada parecía emocionarle demasiado, y cada vez fuimos moviéndonos menos, alargando más y más nuestra estancia en los hoteles. Muchas veces añoraba verlo tan feliz como estaba en el pueblo, y aquellos recuerdos me entristecían.
Insomnio y sueños desagradables
Desde que había empezado a vivir con él, había visto que no dormía bien, y de vez en cuando lo encontraba por las noches revolviéndose en la cama y hablando encerrado en malos sueños. Una noche, nos despertó a los dos con un grito suyo, y al encender la lámpara de la mesilla lo encontré recostado en la cama y respirando entrecortadamente, sudando y con los ojos muy abiertos.
Rápidamente me levanté y fui junto a él, tomándolo con cuidado entre mis brazos, tratando de no asustarle. Empecé a acariciarle en círculos la espalda, mientras le susurraba que estaba bien, que sólo había sido un sueño. Pasaron varios minutos sin que lo soltara, pero su respiración fue poco a poco calmándose. Entonces soltó un sollozo, y yo lo dejé apoyarse en mi hombro. Seguí tocándole con suavidad el brazo, hasta que sentí que estaba relajado de nuevo. Y para eso pasaron muchos minutos, tantos que cuando lo dejé e nuevo tumbado en la cama ya volvía a estar medio dormido. Lo arropé y le aparté los rizos oscuros que le caían por la frente sudada. Todavía tardé un poco en volver a mi cama, y Frodo pudo dormir el resto de la noche, pero yo no, por si volvía a pasar.
Paranoia e irritabilidad
Era más propio de la primera fase, pero si volvía a consumir tan sólo una vez, se sentiría tan mal que serían los primeros efectos en volver. Algo que me explicaron fue que, durante las primeras semanas, no poder aguantar el deseo y consumir una vez entraba dentro de lo normal, siempre que no volviera a consumir regularmente. Aun así, yo no pude evitar preocuparme cuando pasamos un día separados, al volver al hotel y con sólo mirarle pude ver que había consumido aunque fuera un poco. Tuvo que ver la tristeza en mis ojos, porque su rostro se volvió enfadado, y yo apoyándome en lo que me habían dicho en la clínica no hablé con él aquella noche.
A la mañana siguiente ambos parecíamos estar más tranquilos después de lo que había pasado, y como teníamos que dejar el hotel al día siguiente, fui comentándole algunas cosas. Estábamos preparando juntos la maleta, y yo me fijé en alguna de la ropa sucia que teníamos puesta en una silla.
-Creo que debería lavar esa ropa y tenderla, antes de irnos.
-Yo no lo haría –respondió Frodo-. La cicatriz me duele un poco, creo que va a llover…
En cuanto dijo eso, fruncí el ceño y dejé la ropa que estaba doblando.
-¿La del hombro? ¿Te duele?
-No es nada, sólo que a veces me pica un poco, cuando va a cambiar el tiempo.
Mi padre también había dicho alguna vez algo así, y de vez en cuando los huesos le avisaban de cuanto tenía que regar el jardín, pero en aquel momento me preocupé por Frodo por si la herida no había curado del todo bien, di un paso hacia él.
-¿Me dejas ver?
En cuanto dije eso, Frodo se llevó una mano al hombro, y en sus ojos pude ver como se enfadaba y desconfiaba de nuevo.
-¿Para qué? ¿Por qué quieres verla?
-Frodo, solo quiero ver si está bien…
-¿Para registrarme el brazo? ¿Es eso? ¿Qué quieres, verme más de cerca?
Por si había tenido alguna duda, ahora me quedaba más que claro, que había consumido anoche, y el pobre se sentía tan mal consigo mismo que pensaba que yo estaba enfadado también.
Di un paso hacia él, y extendí una mano para tranquilizarle. Pero él seguía lleno de angustia e ira.
-¿Qué quieres, controlarme? ¿Para eso estás aquí?
Sentí ganas de llorar cuando dijo eso, pero seguía queriendo calmarle, hasta que fui con él y le toqué el brazo.
-¡No me toques! –exclamó y me rechazó al momento. Cuando volví a intentar rozarle, me empujó con fuerza, dándome con la pared, y corrió alejándose de mí-. ¡Déjame en paz!
Cerró de un portazo la puerta del baño, encerrándose ahí, y yo sentí que ya empezaba a llorar. Me deslicé por la pared contra la que me había dado y enterré el rostro en las rodillas, lleno lástima por lo que le estaba pasando. Pero tras unos segundos me levanté, pleno de compasión, sabiendo que tenía que ir con él. En la puerta del baño me sequé las lágrimas con la manga, y lentamente giré el pomo. No estaba cerrada con pestillo.
Abrí, y encontré a Frodo sentado en el suelo, abrazando sus rodillas y llorando silenciosamente. Me acerqué a él lentamente para que no volviera a rechazarme, y me senté a su lado tan sólo rodeándolo con los brazos. Tras varios segundos me pegué a él más, y con una de mis manos empecé a acariciar su hombro, por si eso ayudaba a aliviar su dolor. Entonces, con un sollozo Frodo me cogió esa mano, y la apretó. No dijimos nada más.
Craving
Lo último que me dijeron fue que en la fase dos, las siguientes semanas, al principio los síntomas se suavizarían –cosa que pasó-, pero luego volverían a aumentar. Entre ellos estaba un aumento del craving, el deseo de consumir, cerca del final de la fase. Él había vuelto a tomar algunas veces –pero pocas, se podrían contar con los dedos de una mano-, lo importante era que no volviera a hacerlo cada noche, y que por el elevado deseo no tuviera una sobredosis. En cuanto pasara esa fase, todo empezaría a normalizarse, definitivamente.
Cuando me di cuenta de que estaba justamente en esa fase, no quería dejarlo sólo, tenía que estar con él ayudándole y apoyándole en todo lo que hiciera falta. Pero no estábamos muy lejos de nuestro pueblo, y había unos hermanos de los que yo había sido amigo desde niño, que me llamaron para quedar conmigo. Desde que habíamos salido en nuestro año sabático no los veía y tampoco hablábamos mucho por teléfono, y yo realmente los echaba de menos y quería verlos. Cuando se enteró, Frodo me insistió en que fuera, y cuando llamé a Merry y Pippin para pedirles consejo, me dijeron también que me tomara ese día.
Dejé el hotel por la mañana, y no volví hasta casi al atardecer. Venía contento del día que había pasado, tarareando alguna canción, y con ganas de hablar con Frodo y contarle algunas cosas que había hecho.
Pero toda esta alegría desapareció de golpe en el momento en que crucé la puerta de la habitación, y escuché la respiración acelerada de Frodo. Estaba sentado en la cama, con los ojos muy abiertos y todo su cuerpo temblando.
Lleno de pánico, corrí hacia él, temiendo lo que le pudiera pasar.
-¡Frodo! –lo llamé, porque parecía que estaba tan atrapado que no sabía que estaba con él. Entonces sus ojos azules y temblorosos me miraron.
-Sam… -murmuró, temblando y con lágrimas en los ojos-. N-no… no puedo hacerlo…
Le tomé las manos temblorosas entre las mías, y las besé tratando de calmarle. Me sentí de pronto tan mal, dándome cuenta de que si hubiera estado con él aquel ataque de ansiedad por el craving no habría ocurrido. Pasé así varios minutos, hasta que vi que se inclinaba acercándose a mí y me senté con él en la cama. Inmediatamente, Frodo enterró la cabeza en mi pecho. Le acaricié los brazos, la espalda, el cabello, todo tratando de calmarle, y entonces la ansiedad dio paso a la tristeza y empezó a llorar, sollozando de vez en cuando palabras derrotadas. Yo trataba de luchar contra eso, y no me importaba ser su pañuelo, le daba palabras dulces y trataba torpemente de consolarle. Pero un rato después debió quedarse sin lágrimas, porque a pesar de que seguía habiendo dolor en su rostro dejó de llorar.
Permaneció entre triste y ansioso lo que quedaba de ese día y el siguiente, y yo traté de hacer todo lo posible por hacerle sentir mejor. Quería enmendar mi error de haberle dejado solo.
Pero todo lo que hice no fue suficiente, y volví a cometer otro error. La primera noche no dormí en absoluto, estuve todo el rato atento a como estaba Frodo, si tenía pesadillas, si necesitaba otra manta… Y la segunda, cuando me metí a la cama para que Frodo pensara que dormía, estaba tan agotado que acabé durmiéndome de verdad.
Pero hubo la suerte de que a las pocas horas me sacó del sueño unos pasos en la habitación y un portazo, y cuando abrí los ojos y no encontré a Frodo en su cama me levanté inmediatamente.
Con un mal presentimiento en el pecho, encendí la luz y no lo vi por ninguna parte. Pero encontré mi mochila abierta encima de la mesa, corrí y dentro encontré mi cartera. Frodo había cogido casi todo el dinero.
Empecé a respirar entrecortadamente del pánico, sin dudar ya de lo que pasaba, y me sentí mareado y a punto de llorar. Pero no podía hacerlo, tenía que actuar rápido.
Cogí los primeros zapatos y la primera chaqueta que encontré, me colgué la mochila con todo lo que en aquel momento llevaba, y corrí hacia la salida del hotel.
Frodo no estaba en la calle, pero yo sabía adonde había ido, y empecé a correr todo lo que me permitían mis piernas en esa dirección. Tenía que encontrarlo, después de todo lo que había pasado no podía permitir que recayera de esa manera.
