Cerró la puerta detrás de sí, tratando de no hacer ruido. Tenía los puños apretados y temblaba de rabia: el beso la había enfurecido. Sintió arcadas y corrió al lavabo. El agua estaba tan fría que fue como cortarse con un cuchillo. Se frotó bien los labios.
Caleb… la había besado.
Estaba tan enfadada que tenía ganas de gritar, de golpear, de romper cosas. Pero no quería que su padre o Nate se preocuparan. Contempló su reflejo en el espejo, el pelo le chorreaba. Trató de ordenar sus pensamientos. Sólo entonces comprendió que Jeanine le había tendido una encerrona y ella se había dejado engatusar por su sonrisa bondadosa. Todo había sido cuidadosamente planeado de antemano. Aquella cena improvisada había sido una transacción, donde la especie subastada era ella. Jeanine necesitaba algo de Caleb y, a cambio, le había prometido la mano de su protegida.
Sintió ahogarse de rabia y se tiró del pelo, mordiéndose los labios.. Había sido una estúpida y Jeanine la había manejado a su antojo. ¡Hasta Caleb había jugado con ella! Por suerte, no era su primer beso. Aquel había sido de Eric Coulter.
Ocurrió del modo más inesperado, una tarde lluviosa de otoño a la vuelta del colegio. A Eric le conocía desde pequeña: era el mejor amigo de Nate. Sin embargo, de la noche a la mañana, Eric dejó de ignorarla; ya no la trataba como la hermana pequeña de su mejor amigo. Ella había notado su mirada intensa, y la desconcertaba tanto que procuraba ignorarle. Comentar aquello con Nate hubiera supuesto exponerse a sus burlas y a que Eric se enterara.
Ese día se entretuve comentando unas dudas con el profesor. Al salir del edificio, el cielo oscuro amenazaba lluvia. Cuando abrió su mochila descubrió que se había olvidado el paraguas en casa.
— Idiota —se golpeó en la frente. Ahora tendría que correr para llegar a casa.
Una voz conocida la llamó y se giró para saludarle.
— Eric —y añadió mientras señalaba hacia el cielo:— ¿tienes paraguas?
— Nop.
— Mala suerte.
— Te acompaño.
Se encogió de hombros y se colgó la mochila al hombro, prometiéndose tener la actitud más neutral posible. Lo de que Eric la miraba diferente no era más que alucinaciones suyas.
Echaron a andar. Ailee odiaba los silencios incómodos y desagradables, por lo que tendía a ocuparlos charlando sobre varios temas superficiales. Sin embargo, con Eric no funcionaba, pues la conocía de toda la vida. Así que echaron a andar en silencio. Las zancadas de él eran largas y Ailee tenía respiraba entrecortadamente tratando de mantenerse a la altura. Un relámpago rasgó el cielo y un trueno retumbo encima de ellos. Miró a Eric y él guiñó un ojo:
— Premio a quien llegue antes al parque —y sin terminar la frase empezó a correr.
Ailee no dudó ni un instante y se lanzó a la carrera tras de él. Una lluvia suave empezó a caer encima de ellos, sin importarles.
Lo que Eric había llamado parque no era sino una pequeña parcela de hierba con dos árboles y un balancín. Se resguardaron bajo el porche de una casa y Ailee se apoyó en las rodillas tratando de recuperar el resuello.
— ¿Estás bien? —Eric apoyó su mano en mi hombro.
— ¡Casi nos pilla! —estaba aliviada, la lluvia se había convertido en temporal y golpeaba con fuerza.— Ah, y eres un tramposo.
Se incorporó para escurrirse el pelo y entonces cayó en la cuenta de que Eric no se había reído. Giró la cabeza y tropezó con su mirada intensa. Sintió la garganta seca y quiso decir algo. Él alargó el brazo.
— Ailee…
Fue inesperado, pero suave. Abrió los ojos de par en par y recibió su primer beso.
El peine se deslizaba rápidamente por el pelo. Esa era una de las ventaja de tenerlo lacio. Se cepilló con suavidad, tratando de no pensar en nada. Pero era como luchar contra corriente. Caleb, Jeanine, la Prueba de Aptitud, Eric, el beso de Caleb, la Elección… eran como bombas programadas, asaltándola cuando creía que había conseguido calmarse.
Escribir. Necesitaba poner en orden sus ideas, aclararse de qué le importaba, cuál era la situación, qué sucedería si sí, si no. Sacó una cuartilla y trató de tranquilizarse. Dibujó una parrilla. Temas. Pros. Contras. La letra era alargada, tirante, tensa en los extremos. Como la de los suicidas, pensó. Debajo de temas escribió el nombre de Jeanine seguido del de Caleb, entre paréntesis. Luego Prueba de Aptitud, con su resultado. Y, a continuación, los nombres de las cinco facciones: Abnegación. Cordialidad. Verdad. Osadía. Erudición. Los siguientes veinticinco minutos fueron lluvia de ideas, en las que fue anotando en las otras dos columnas las ventajas y desventajas de los temas. Cuando terminó, sonrió satisfecha: había dado con el problema. Y con la solución.
Amaneció sin prisas. Tumbada en su cama Ailee repasó una vez más la cuartilla completada la noche anterior. El razonamiento que había seguido era prácticamente perfecto y sonrió orgullosa. Era verdaderamente hija de Erudición.
Unos pasos cerca de su habitación la pusieron en alerta y escondió el papel a tiempo. Su padre entró en la habitación.
— Buenos días, princesa. Pensaba que te habías dormido. ¿Estás preparada?
Ailee asintió.
Nate y el señor Gilbert la acompañaron en coche.
— En serio, nunca lo he entendido, ¿cómo pueden hacer eso? —Nate señalaba a un grupo de Abnegación, vestidos de gris, bajando del autobús para ceder sus sitio a otro de Cordialidad.
— A mí sus trajes me parecen espantosos —terció Ailee. Aquellas mezclas de rojo y amarillo eran una chillonas en comparación con el serio azul de Erudición.
— Pues ya sabes, no te unas a ellos —rió Nate, pero tuvo que callar al captar la ceñuda mirada del señor Gilbert.
Ailee miró por la ventanilla, tratando de distraerse. Tuvieron que aparcar dos calles más abajo del Colegio, pues había aglomeración de estudiantes y sus familiares.
Cara ya estaba allí y les hizo señas para que se aceran. Ailee iba a decirle algo cuando un chirrido quebró el aire y las miradas se dirigieron al tren que circulaba por las vías. Los miembros de Osadía saltaron de la locomotora en marcha, terminando en una voltereta o cayendo de pie. Sazonado de gritos y aullidos. Ailee tragó silencio cuando el grupo vestido de negro corrió al interior de Colegio, las demás Facciones apartándose para dejarlos pasar.
— Cara Dent.
Ailee observó a su amiga ponerse en pie y avanzar con paso tambaleante al estrado. Johanna Reyes, la Líder de Cordialidad era la encargada de conducir la prueba aquel año. Cuando la sangre de Cara tiñó el agua, hubo asentimiento general entre Erudición. Ailee aplaudió discretamente. La sonrisa de Cara reveló que acababa de pasar un mal trago y corrió a reunirse con Tim, que ya había elegido su lugar.
Las diez siguientes personas se quedaron en las Facciones donde habían nacido. De momento, sólo un muchacho de Verdad se había transferido a Cordialidad y otra había pasado a Abnegación. A medida que se acercaba su nombre, Ailee dejó de prestar atención. Hubo más transferidos y gritos y aplausos, pero ella repasaba mentalmente el papel escrito el día anterior. No quería equivocarse, pero buscaba incesantemente una brecha en su razonamiento para corregirla antes de que fuera demasiado tarde.
— Ailee Miles —la voz de Johanna sonó lejana, como si estuviera a mil kilómetros de allí.
Nate le apretó la mano, tratando de infundirle ánimos. Frente a ella estaba el moño bajo de Jeanine, que había tratado de ignorar durante toda la ceremonia. La chica hizo un esfuerzo y se puso en pie. Para llegar al estrado donde estaban los cuencos había que recorrer una distancia relativamente corta. Esos veinte pasos se le hicieron eternos. Hundió la mano en el bolsillo y acarició el papel arrugado. De algún modo, aquello le daba seguridad.
Johanna le tendió el cuchillo. Agarró el mango y se sobresaltó al sentir el metal frío en la palma. Hizo un corte limpio. Los cuencos estaban allí. Cinco, representando a cada una de las Facciones. Cuando abrió la mano, la sangre cayó sobre las brasas, exactamente en el lugar en que ella había decidido. Hubo murmullos y exclamaciones de sorpresa pero también gritos. Ailee había elegido Osadía como su nueva casa.
