La sangre cayó con suavidad en medio de la brasa y unas lenguas de fuego se agitaron para consumirla. Como si nunca hubiera estado allí.
— Osadía —anunció Johanna a la multitud congregada en la sala semicircular.
Hubo un murmullo de exclamación, procedente de la zona de Erudición y aplausos y gritos del otro lado del semicirculo: los miembros de Osadía daban la bienvenida a la transferida. Ailee bajó las escaleras con cuidado, aturdida. Repetía interiormente, como una cantinela, la decisión que acababa de tomar.
Fue recibida con efusividad en su nueva casa y se sentó entre otras dos chicas. Quiso decir algo, pero ninguna la atendió. Todos los ojos estaban pendientes del siguiente de la lista. Un muchacho que acabó decidiéndose por Abnegación, la Facción de la que procedía.
La ceremonia de Elección finalizó con un discurso de Johanna. Hizo énfasis en la importancia de ser fieles a la propia decisión, ceñirse a las ordenes de los Líderes.
— De esta manera, cuanto más fieles seáis a vuestra casa, mejor serviréis al Estado. Fidelidad en lo poco para lo mucho.
Tal vez seguía aturdida por los acontecimientos o había demasiado ruido en el área de Osadía, pero a Ailee le pareció que aquella frase era complicada.
— Ahora cada uno se irá a su nuevo hogar y empezaréis el periodo de iniciación. Os deseo la mejor de las suertes. ¡La Facción antes que la sangre!
Con aquellas palabras, Johanna puso punto final a su discurso y se retiró. Un aplauso estruendoso de la zona de Cordialidad sorprendió a las otras Facciones, que también se pusieron en pie y repitieron la letanía. Ailee casi se atraganta.
Lo que sucedió después fue caótico. Un ruido ensordecedor invadió la salda: padres felicitando a sus hijos, compañeros acogiendo a sus amigos, alguien llorando. Ailee miró a su alrededor: estaba perdida en un mar oscuro, entre brazos musculosos y cuellos tatuados. Completamente fuera de lugar. Una mano blanca se abrió paso en su dirección y contempló con horror como la alcanzaba.
— ¿Qué has hecho? —era Nate, sujetándola por el antebrazo con una fuerza desconocida.
Ailee le miró a los ojos. Su hermano estaba enfadado.
— Yo… la Prueba de Aptitud dijo que pertenecía a Osadía.
— No me jod… —Nate la zarandeó.
El señor Gilbert se abría paso en medio de la multitud, pero antes de llegar a su hija, alguien le interceptó. Por encima del hombro de Nate, Ailee vio que ese alguien era Jeanine. Hablaba con suavidad y el señor Gilbert asentía, con la mirada baja. Aquella visión le dio náuseas.
— Déjame, Nate. Era mi decisión.
Se deshizo del brazo de su hermano y se apresuró para unirse a Osadía, cuyos miembros ya estaban abandonando la sala con buen paso.
— Traidora —se giró para identificar la voz, pero sólo vio la espalda de Nate alejándose entre la multitud.
El grupo de Osadía subía las escaleras a buen trote. Ailee se incorporó a la última fila, junto a una muchacha de pelo rizado y camisa blanca. Transferida. Al llegar al primer piso, salieron a una azotea baja, que quedaba a la altura de la vía de tren. Un chirrido metálico indicó que el vehículo se estaba acercando. Traqueteaba.
— No querrán que… —la chica de Verdad contemplaba con la boca abierta a los miembros más adelantados del grupo, que habían empezado a correr.
— Creo que sí —Ailee también estaba sorprendida.
La chica se giró para mirarla:
— ¿Vamos?
Ailee asintió y echaron a correr. Justo a tiempo. El tren pasó veloz a su lado. La chica y ella movían las piernas con rapidez, acercándose peligrosamente al lateral del convoy. Ailee se fijó en un asidero metálico y alargó el brazo para agarrarse a él. Tropezó con un obstáculo y se rascó las rodillas. Sintió una quemazón y tuvo ganas de gritar, pero dándose un último empujón consiguió entrar dentro del vagón. La anilla había sido su salvación.
— ¡Lo has conseguido! —era la chica de Verdad.
Ailee asintió con la cabeza y se apoyó contra la pared del vehículo
— Por los pelos.
— Ya… no sé qué pretendían con esto. Podrían tener un poco más de consideración hacia los transferidos. Por cierto, soy Derry.
— Ailee.
— Erudición, ¿eh? ¿No sé te daba bien el estudio?
— Más o menos.
Derry sonrió.
— A ver qué tal nos apañamos en Osadía. Yo llevo casi un año preparándome para esto.
— ¿Cómo? —Ailee la miró desconcertada.
— Bueno, digamos que no pegaba nada en Verdad y he pensado que un poco de deporte no me vendría mal para entrar aquí.
Derry le explicó que todas las mañanas salía a correr para aumentar su resistencia física. Mientras hablaba, Ailee se acordó de su cama confortable. Ella nunca se había levantado más pronto. Jamás se le hubiera ocurrido entrenar para entrar en Osadía. Se fijó en los otros miembros del vagón. Había tres chicas de Cordialidad, riendo con un chico de Verdad. Cerca de la puerta por donde habían saltado, dos muchachos de Abnegación miraban al exterior. Alguien tiró de la manga de su camisa y se giró para encontrarse de frente con…
— ¡Ethan! —el muchacho, vecino de Cara también se había transferido.
— Ya ves, Alteza, hemos escapado de Erudición.
— Chss, no me llames así. ¿Ha venido alguien más?
— Sí, Jon Curto y Layla. Están más adelante.
Nunca había sido muy amiga de Layla y con Jon apenas había cruzado palabra.
— Bueno, qué, ¿me vas a presentar a tu amigo?
Derry se situó junto a Ethan y este enrojeció.
— Derry este es Ethan. Ethan, Derry.
— Encantado —dijo el chico con un hilo de voz.
— No hay de qué.
— ¡Eh, mirad! ¡Están saltando! —todos se acercaron a la portezuela del vagón y miraron en la dirección que señalaba el muchacho de Abnegación.
El tren estaba pasando cerca de un edificio y los pasajeros de los otros vagones estaban literalmente saltando.
— Mirad abajo —entre las vías del tren y el edificio había un distancia larga y, abajo, el vacío. Lejano. Distante.
— Joder… —murmuró un chico de Verdad.
Ailee tragó saliva. Derry se pasó varias veces las manos por el pelo. Al final se giró hacia Ailee.
— ¿Juntas?
Asintió. Se agarraron de la mano, echaron a correr. Fue como estar volando, aunque apenas duró unos segundos antes de caer sobre las piedras y rodar unos metros más allá. Cuando se puso en pie estaba riendo. Buscó a Derry con la mirada. Su nueva amiga estaba riendo como una posesa.
— ¡Sí! —Jon también había aterrizado más allá y estaba poniéndose en pie. Se había hecho un rasguño en el brazo.
— ¿Qué pasa con los que no han saltado? —una de las chicas de Cordialidad expresó la pregunta que todos habían querido formular.
— No han pasado la prueba. Ahora son Sin-Facción —el que había respondido era un muchacho alto, de pelo oscuro y brillante. Tenía una sonrisa angelical, de dientes blancos.
La chica de Cordialidad que había preguntado bajó la mirada. Uno de sus amigos se había quedado atrás.
— Bien. Escuchad todos. Soy Peter —el chico de dientes blancos alza la voz. Se puso de pie al borde del edificio. Ailee tragó con fuerza.— Varios pisos por debajo de nosotros está la entrada de los miembros a nuestro recinto. Si no tenéis la voluntad para saltar, no pertenecéis aquí. Nuestros Iniciados tienen el privilegio de ir primero.
Hubo un completo silencio. De pie en la cornisa del edificio, Peter paseaba la mirada entre los recién llegados. Nadie abría la boca.
— ¿A qué esperáis? ¿Quién quiere tener el honor de saltar primero?
— ¿Quieres que saltemos desde allí? —Derry no pudo mantenerse callada. Señalaba el agujero del cemento entre los cuatro edificios. Más oscuro que la boca de un lobo.
— ¿Desde dónde, si no? —la voz de Peter, aunque suave era amenazadora.— ¿Quieres ser la primera? ¿O eres tan cobarde como el resto?
Derry tragó saliva. Haberte subido a un tren en marcha, saltar de él a un edificio y que ahora te tildaran de cobarde delante de todo el grupo era un insulto incómodo. Asintió.
— De acuerdo. Saltaré.
Ailee la miró sorprendida.
— Ánimo —susurró.
— No le des tanto ánimo y salta tú también, Listilla.
Ailee se puso tiesa. Listilla sonaba, en los labios de aquel chico, como un escupitajo. Derry subió a la cornisa y miró abajo. Le temblaban las piernas, pero saltó. Cuando desapareció en la oscuridad no oyeron ningún ruido.
Uno a uno fueron saltando los otros muchachos. Ethan se animó a saltar pronto y, al final, quedaron Ailee y el tal Peter.
— Qué, ¿no vas a saltar?
¿Por qué le daba tanto miedo? Contempló una vez más el agujero. Le aterrorizaba la negra oscuridad. Pero era la última y no tenía todo el día. Escaló la cornisa. El viento la despeinó y agitó su uniforme azul. Tragó saliva. Abajo, el agujero negro. A su lado, Peter impacientemente golpeaba con la punta del pie el suelo. Contó mentalmente hasta tres. Y entonces saltó.
La red la recibió con dureza y le quitó la respiración. Una mano la cogió por el brazo y la ayudó a levantarse.
— ¿Eres la última?
Asintió, confundida. La mujer que la había ayudado a levantarse tenía los ojos de un color azul grisáceo y la nariz larga.
— ¿Cómo te llamas? —al ver que dudaba, la mujer dijo con suavidad—: Puedes elegir un nombre nuevo si no te convence. Nadie te conoce.
Ailee asintió.
— Ali. Me llamo Ali.
— Bien, Ali, bienvenida a Osadía.
