CHP II

En el momento que solicitó el ingreso en la academia sabía a qué mundo se exponía. Con qué situaciones iba a tener que lidiar y la variedad de turnos con los que tendría que acostumbrar su cansancio.

Ahora todo iba a ser distinto; ya lo era. Acababan de darle las veinticuatro horas del día enteras para ella, sin horarios que seguir, sin malos a los que detener, delincuentes con los que pelearse, ni motivos por los que empuñar su arma o situaciones por las que perder el sueño. Pensar en ello le hacía sentir náuseas.

Beckett empujó la puerta hacia fuera sintiendo como el aire de invierno le golpeaba en la cara; aquello la hizo sentir mucho mejor. Por unos segundos permaneció de pie delante la entrada de la sede del Departamento de Policía de Nueva York con los ojos cerrados e inspirando hondo.

- Antes de salir de casa esta mañana tuve el presentimiento que algo iba a ocurrir y pensé "¡Qué demonios! Podré con ello." Estaba equivocado.

Katherine abrió los ojos, mirando al frente dónde se encontraba su – ya – ex compañero de patrulla apoyado en una de las columnas que sostenían el edificio.

- No deberías estar aquí. - sonrió.

- Pensé que necesitarías a alguien con quien desahogarte.

La sonrisa de Beckett se ensanchó mientras se acercaba a él. Martin pasó los brazos alrededor de su cintura después de que ella se dejase caer contra él, colocando los suyos alrededor de su cuello.

- ¿Cómo lo supiste? - preguntó sin separarse.

- Ha habido cambios en los turnos. Luego el sargento me llamó para decirme que mañana tendría un nuevo partner y que me cogiese el día libre. Algo insólito viniendo de él.

- ¡Vámonos de aquí!

Ambos permanecieron en silencio mientras se alejaban de la sede.

Al llegar al lado del flamante y nuevo Honda Civic de Martin, éste se apoyo en él rompiendo el silencio.

- ¿Por cuánto tiempo?

- Tres meses. - dijo situándose a su izquierda.

- ¡Guau! Incluso para mí que siempre encuentro cosas por hacer es mucho tiempo.

- Eso ha sido un golpe bajo... – comentó empujándole amistosamente.

- ¡Venga! Sabes que no iba con intención de ofenderte.

Katherine sonrió antes de poder contestar. Ambos adoraban sacarse de quicio mutuamente.

- Voy a echar mucho de menos estos momentos.

- ¿Puedes repetirlo? - dijo asombrado.

- No.

- Obvio – sonrió – ¡Ni que te fueras para siempre o te mudaras de país! Tengo cómo localizarte y se dónde vives... Además, conociéndote seguro que nos vemos antes de 48 horas desde ahora mismo.

- Puede... Bonito coche, por cierto. - dijo cambiando radicalmente de tema.

- MHmm... - sonrió orgulloso - Fui a recogerlo ayer por la tarde. Creía habértelo dicho.

- Me gusta. ¿Puedo? - dijo señalando el lado del conductor.

Martin asintió y ambos se refugiaron del frío de finales de Noviembre de aquel 2003 dentro del coche.

- ¿He dicho que me gustaba? ¡Por qué me encanta! - manifestó observando detenidamente el cuadro de instrumentos y la pantalla situada en el salpicadero.

- ¿Quieres conducirlo?

- ¿Qué? - se limitó a decir intentando asimilar esa pregunta. - ¿Te importa repetirlo?

El chico se echó a reír.

- Dije: ¿Quieres conducirlo?

- ¿Quién eres tú? - dijo uniéndose a la risa de su compañero.

- Eso mismo pensé yo de ti cuando dijiste "Voy a echar mucho de menos estos momentos."

- No es lo mismo. - añadió a su defensa - Nunca me dejas conducir cuando estamos de servicio porque dices que soy una loca al volante y ahora...

- ¿Quieres o no? - insistió interrumpiéndola.

- ¿Sin arrepentimientos?

Keller le mostró las llaves y ella las aceptó antes de que pudiese cambiar de opinión.

A pesar de sus diferencias durante las primeras semanas, al poco tiempo se vio inmersa en una rutina y una compenetración en el trabajo en equipo que por aquel entonces aún no había experimentado. Aquel agente de cuarto año, era la única persona que le había hecho sentir que había alguien a su lado, alguien en quien confiar y que confiaba en su talento dejando a un lado todas las habladurías que comportaba llevar su apellido.

Con el tiempo Martin había dejado de ser un simple compañero de trabajo. Le había demostrado que por ella sería capaz de poner la mano en el fuego; y ese sentimiento era mutuo.

Tres Años & Cuatro Meses más tarde.

Marzo, 2007.

Como cada jueves a las once de la mañana desde hacía un año, Richard iba a las oficinas del periódico The Independents para hablar sobre el escrito de su columna de opinión semanal y tratar posibles temas para el número de la siguiente semana con su compañera y editora Julia Shumway.

- Ricky, ¿me estás escuchando?

- Por supuesto. Dime que tengo que cambiar y lo haré. - respondió distraído.

- Definitivamente no me estabas escuchando. - dijo, cerrando varios archivos del escritorio de su ordenador portátil - ¿Va todo bien?

- Como siempre... - respondió desmoralizado.

- ¿Te apetece venir a cenar con Dale y conmigo? Seguramente también se animen unas amigas. ¿Qué me dices?

- Otro día. Hoy no sería una gran compañía.

- Richard Edgar Alexander Castle, tienes que empezar a pasar página. No puedes estar así toda la vida porque una editorial incompetente ha rechazado publicar tu nueva historia.

- No soporto que me mientan. Esto es lo que me cabrea, no el hecho de rechazarla.

- ¿Debo recordarte que no es el primer libro que publicas? ¡Vamos, Rick! No te pido que actúes como si no pasara nada, entiendo cómo te sientes, pero no quiero que tires la toalla.

- Creía que después de un año y medio en la sombra no sería difícil encontrar a quien le interesase.

- Para serte sincera yo tampoco entiendo como esa editorial se hizo atrás en el último momento. Puede que no sea como tu otra saga, pero sigo viendo la misma esencia de Richard Castle que vi en los demás libros. Incluso algo distinto. Algo...

Los ojos de Richard se abrieron como platos al escuchar sus palabras. Llevaba semanas esperando este momento.

- ¡La terminaste!

- La termine hace tres semanas. Dejé pasar dos días y volví a cogerla, esta vez tomándome la libertad de ir haciendo pequeñas anotaciones de estilo y ortografía en un documento aparte. No quería decirte nada hasta haberlo terminado, me quedan cien páginas, pero debido a las circunstancias...

- ¿Tan mala te ha parecido?

- Definitivamente, eres idiota.

- Te agradezco el piropo.

- Vamos a ver... - dijo desesperada, separándose de la mesa – Dije que era distinta, no que fuese mala. Y no lo es. Desde mi punto de vista es todo lo contrario. Te juro que si no fuese porque sé que tu capacidad imaginativa es enorme, diría que está basada en una experiencia personal.

Richard trató de disimular la sonrisa que le produjo aquel comentario.

- Estás sonriendo... ¡¿Es real?! - gritó, conteniéndose, emocionada. - ¡¿Richard Castle que es lo que no me estás contando...?!

Una llamada entrante en su teléfono fue el motivo perfecto para evitar tal conversación y retomar la referente a los planes para la noche.

- ¿A qué hora has dicho que es la cena?

- ¿Vienes?

- Me pasaras a recoger aunque diga que no – respondió.

- ¡Me vas conociendo...! - afirmó ella sonriente - ¿Sobre las nueve? - el aceptó, volviendo a rechazar la misma llamada - Si fuese antes te llamo. Estoy a la espera de la llamada de una de mis amigas, la forense de la que te he hablado alguna vez, a ver si ha podido convencer a una amiga suya.

- ¿Debería estar deseando que me saliese un contratiempo...?

- ¡Ni se te ocurra! - exclamó, tirándole el bolígrafo que tenía a mano - No es ninguna cita a ciegas, te lo prometo. - le aseguró mostrándole el dedo meñique.

Rick se la quedó mirando con el ceño fruncido antes de dejar entrever una sonrisa.

- Nos vemos después, entonces.

- ¿Desde cuándo no confías en mí?

- Fin de la reunión – dijo volviendo a escuchar el mismo tono de llamada por cuarta vez consecutiva. - Te pasaré el artículo corregido esta noche. - dijo extrayendo su memoria usb del MacBook Prode su editora. - Cuando me ponga con ello después de la cena, por supuesto. - concluyó antes de salir por la puerta. Dejando así una sonrisa satisfactoria en Julia, quien no tardó en marcar el número de su chico desde el teléfono de su despacho.

Con el auricular del teléfono inalámbrico pegado en la oreja, cambiándolo de izquierda a derecha y/o sujetándolo con el hombro, Kate llevaba desde las tres de la tarde escuchando a Lanie en su intento de convencerla para salir a cenar con unos amigos aquella misma noche.

- ¿Sigues ahí?

- ¿Dónde voy a estar si no?

- Como no dices nada...

- Ya te dije que no estaba segura - contestó distraída observando la hora que marcaba el reloj digital en la mesita de noche; 15:52h.

- No voy hacerte cambiar de opinión, ¿verdad?

- Lanie... - suspiró, sentándose a los pies de la cama para calzarse las zapatillas deportivas con las que su perro disfrutaba jugando con los cordones. - Ya sabes que no soy de salir entre semana...

- Oye no eres la única a quien le suena el despertador a las siete. O antes... Y digo yo que vas a tener que cenar... - contraatacó.

El perro se levantó del suelo al ver que ella iba en busca de la correa.

- Oye, hablamos luego. Tengo que sacar a Royal.

- ¿Y no puedes seguir hablando conmigo mientras das un paseo?

- Necesito pensar en ello. Te llamo luego, lo prometo.

- Sólo tienes que decirme que sí. - insistió.

- ¡Adiós Lanie!

- Está bien... - aceptó a regañadientes – No pienses mucho.

- Vale... - sonrió - Hasta luego.

Inmediatamente después de colgar lo tiro encima de la cama y cogió su móvil guardándolo en uno de los bolsillos de su chaqueta deportiva después de atar la correa al collar de Royal. Cogió su pequeña mochila comprobando que llevaba lo esencial y salió de su apartamento haciendo una primera parada en el parque de enfrente, el Gramercy Park.

Kate estaba enamorada de su Golden Retriever. Tenía meses cuando decidió adoptarlo – un mes después de su suspensión/excedencia – y ahora que ya llevaban alrededor de cuatro años juntos, no podía estar más orgullosa de su decisión.

- ¡Royal! - le llamó, poco después de haberle soltado para que hiciese sus necesidades – ¡Vamos! Sabes que no me gusta, pero tengo que atarte.

Dispuesta hacer un poco de ejercicio, se colocó los auriculares seleccionado una lista de reproducción en su ipod, pasó el otro extremo de la correa alrededor de su muñeca y ambos empezaron a caminar girando a su izquierda en la esquina de esa misma calle, E 21st, hacia Park Ave S.

A pesar de las bajas temperaturas a primera hora de la mañana, el sol de primavera hacia que el ambiente fuese realmente agradable. En la esquina de la calle 14, al este, Katherine volvió a girar a su izquierda cogiendo la University Pl hasta llegar a Washington Square Park.

Ambos recorrieron el parque jugando; ella le tiraba un palo de madera y él se lo devolvía. Diez minutos después, Kate centró su mirada en uno de los bancos vacíos, situados alrededor de la plaza, dónde decidió sentarse para descansar antes de volver a casa; él hizo lo mismo tumbándose a sus pies.

- ¡Hola perrito!

- Cariño ¿qué te digo siempre sobre tocar animales mientras estás comiendo? Vamos, ven aquí.

Kate se apartó las gafas de sol momentáneamente para observar mejor a esa mujer, sentada en el banco de enfrente, y a la pequeña, que seguía acariciando a Royal; a quien parecía gustarle.

- ¡Kyra! ¿Qué acabo de decirte? - insistió la madre molesta acercándose a por ella y llevándosela en brazos.

El labrador se incorporó observándola atentamente sin moverse del lado de su dueña mientras madre e hija se sentaban dos bancos a la derecha de donde estaban.

- Relájate... – le ordenó Kate acariciándolo.

Sin dejar de prestar atención a la pequeña y a su alrededor obedeció y volvió a tumbarse.

Aprovechando los últimos minutos antes de volver a su apartamento Kate consultó su Blackberry.

A pesar de su concentración, los gruñidos de Royal le hicieron apartar la vista de la pantalla; sabía que ese comportamiento no era en vano. Al instante se escuchó los gritos de una mujer forcejeando con quien salía corriendo con su bolso debajo del brazo.

- ¡Hey! - gritó Kate quién acababa de presenciarlo.

Su reacción provocó que Royal saliese tras él dejándola confundida. Sacó el teléfono del bolsillo pequeño de la mochila y se acercó a la victima.

- ¿Se encuentra bien?

- Mi hija... - respondió sobresaltada.

- ¿Estás bien? - le preguntó mirándola. La pequeña asintió asustada. - Quédate aquí con mamá, enseguida vuelvo. - le anuncio sonriente.

Katherine se dirigió de nuevo a la madre de la pequeña para ayudarla a levantarse, con la ayuda de un hombre que se ofreció amablemente, antes de salir corriendo en dirección Este por dónde había visto alejarse a su perro.

Los minutos que le llevó voltear la fuente y adentrarse en el parque ya estaba hablando con la central informando del asalto. Beckett se plantó en el centro de uno de los caminos girando sobre sí misma, mirando hacia izquierda y derecha en busca de su labrador o el asaltante cuando reconoció los ladridos.

- ¿!Royal?! - le llamó recibiendo respuesta.

Con los años había aprendido que siempre era bueno llevar el armar encima. Se agachó para hacerse con el arma que guardaba en su pernera y avanzó hacia el norte. Al llegar al punto dónde se encontraban lo que presenciaron sus ojos fue totalmente inesperado.

- ¡Guau! - exclamó sonriente acercándose a ellos – ¿Parece que te ha salido mal la jugada, huh?! ¡Buen trabajo Royal!

El perro respondió a su presencia. Beckett se agachó halagando y obsequiándole por aquello.

- ¿Es que no va a decirle que se levante? ¡Me está aplastando!

Ella se lo quedó mirando por unos segundos encogiéndose de hombros. Aquella situación le estaba divirtiendo.

- ¿No te importa que me lo llevé, verdad? - dijo recogiendo el Armani Jeans de charol del suelo – Más te vale que esté todo...

- ¡Beckett!

De entre los arbustos una pareja de agentes se acercó corriendo hacia su encuentro.

- ¡Aquí! - gritó ella, enfundando de nuevo el arma.

Royal se apartó situándose al lado de su dueña observando cómo ambos agentes ayudaban a aquel chico a levantarse para llevárselo.

- ¡Haz los honores! - le ofreció la agente Frizz.

- ¡Será un placer! - dijo ella aceptando las esposas que le proporcionó su compañera.

- ¡Deberían demandar a ese puto chucho por lo que me ha hecho! - exclamó el detenido cabreado.

- ¡Da gracias que no te estés desangrando! - respondió el agente Philips sujetándole con fuerza por el brazo.

- ¿!Ves?! Parece que al final vas a tener que agradecérselo...

Después del aviso a la central, todo lo ocurrido a continuación en la plaza se había convertido en una atracción para la pequeña y un gran foco de atención para los presentes; dos unidades patrulla, una ambulancia...

Madre e hija habían recibido atención médica de inmediato. Por suerte todo había quedado en un simple incidente.

- ¡Mami, mami, mira!

Todos los presentes miraron en dirección dónde la niña estaba señalando con su dedo índice. La presencia de ambos agentes custodiando al detenido con Katherine y Royal siguiéndoles de cerca animó los aplausos de algunas personas.

- Detective Beckett.

- Sargento Keller.

No cabía ninguna posibilidad que pudiese estar allí sabiendo cómo había cambiado su vida desde hacia un año. Sin embargo, se alegraba de tenerle ahí. Fuese un buen o mal momento, su presencia siempre le reconfortaba.

- Esperad un momento.

Katherine se acercó a la victima para devolverle su costoso y a la vez deseado bolso para algunas. Aunque no fuese su estilo le venía en mente a dos personas quienes probablemente matarían por tener uno en sus manos, incluso una en concreto quien no le importaría estar en su lugar en este momento; aunque sólo fuese para sostenerlo un par de minutos.

- No se puede imaginar lo que significa que lo haya recuperado. No hace ni 48h que lo compré... – confesó aliviada.

- Compruebe que no le falte nada - pidió entregándoselo.

Aparentemente, después de una rápida comprobación por los distintos bolsillos, no le pareció que faltase nada. No obstante, al mirar en el monedero revisó repetidas veces el billetero y el tarjetero.

- ¿Todo bien? - preguntó Beckett al ver su comportamiento.

- Llevaba ciento noventa dólares y ahora no están. También me falta una tarjeta de crédito.

- ¿Está segura?

- Completamente. - confirmó mostrándole el hueco dónde debería estar.

Beckett miró hacia el banco dónde retenían al chico con cara de pocos amigos.

- ¡Ahora mismo vuelvo!

- ¡Beckett espera! - la retuvo Keller – No te pases...

- ¿Has olvidado con quien estás hablando?

- No. Por eso te lo recuerdo. - admitió sonriendo.

- Entonces no me ofendas...

Decidida a resolver aquello de la forma más civilizada posible, se dirigió con paso ligero hacia él cambiando su semblante divertido por la conversación express con Keller a una expresión totalmente seria.

- Seré breve. Así que espero que no me hagas perder el tiempo. - dijo como previa introducción deteniéndose delante de él - ¿Dónde está el dinero y la tarjeta que faltan en el monedero que estaba dentro del bolso que has robado? - dijo señalando a la víctima.

- ¿Qué? No sé de qué estás hablando. - respondió con actitud despreocupada.

- ¿Dónde están los ciento noventa dólares y la tarjeta de crédito que has robado? - repitió acortado la pregunta.

- ¡Acabo de decírtelo! No sé de qué coño me hablas. - continuó negando.

Kate se movió nerviosa.

- Tercera oportunidad y más te vale que me digas la verdad. ¿Qué ha pasado con el dinero y la tarjeta que faltan en su monedero?

- ¡Que te jodan! - chilló el chico escupiendo en el suelo.

Sin delatar el nervio que le corría por las venas, le dio la espalda por unos segundos – antes de cometer alguna estupidez - calmando a Royal quien había empezado a gruñir y obligándole a ir con Keller.

- Zorra... - añadió el chaval murmurando.

- ¡Eh! ¡Cuidado con este vocabulario! - le advirtió el agente Philips.

La distancia que había entre la víctima y su asaltante no fue suficiente para pasar desapercibido aquel comentario hacía un miembro de la autoridad. Keller interpretó de inmediato la expresión que vio en el rostro de su amiga una vez escuchado el insulto.

Beckett, olvidando algunos conceptos aprendidos en la academia, se acercó sujetándole bruscamente por la camiseta y obligándole a ponerse en pie.

- ¡Eh! ¿Qué crees que estás haciendo? - se quejó él.

Con el pulgar y el dedo corazón de la mano derecha presionándole su cuello lo suficiente para dominarle, se lo llevo prácticamente a rastras hasta el centro de la fuente, alejando así, a todos quienes permanecían cerca.

- ¡Y ahora escúchame bien! - soltó cabreada dejándole al suelo de la misma - Vas a decirme dónde está el jodido dinero o te juro que me voy asegurar de que se te pasen las ganas de seguir robando en todo lo que te queda de vida.

Viendo que no tenía ninguna intención de hablar, le ayudó a levantarse para arrastrarlo hasta el surtidor principal.

- ¡Vamos a ver si con un baño se te aclaran las ideas!

- ¡Sacadme de aquí! – gritó. - ¡Está tía está loca! – continuó mientras luchaba para salir de allí.

- ¿Dónde está el dinero? - insistió ella.

- ¡Está bien, está bien! ¡Te lo diré! ¡Lo juro! Pero sácame de aquí.

Silenciosamente acababa de agradecerle que se decidiese a hablar. Empezaba a sufrir por su propia salud; el agua estaba demasiado fría para su gusto.

- ¿Y bien? - preguntó sentándolo en los escalones que había por el interior de la fuente.

- En mi cartera - dijo tiritando de frío.

Martin se dirigió a sus hombres al interpretar la mirada y las señas de Beckett, y los tres fueron a su encuentro.

Con el dinero y la American Express mas Gold en manos del sargento, los cinco salieron de la fuente: tres de ellos en dirección al coche patrulla y los otros dos dónde se encontraban la madre y la hija.

Uno de los paramédicos salió de la ambulancia con dos mantas, una para el detenido y otra para Kate.

- No sé como agradecérselo.

La mujer se hizo a un lado para que pudiera sentarse en la ambulancia.

- Sólo hice mi trabajo - contestó aceptando otra manta por parte de Keller – Aunque esta vez me va a costar un resfriado... - bromeó.

- ¡Detective Beckett! - se acercó un agente – Necesitaría el informe del accidente, si no le importa...

- Claro. Más tarde me paso por comisaria y relleno los papeles. - dijo volviendo la mirada a Keller y éste a su agente. - Ahora si me disculpáis, no hay nada que desee más que ir a casa y cambiarme.

- ¡Te acompaño! Dejé tus cosas en mi coche.

- Te lo habría pedido de todas formas – confesó ella risueña.

- Kyra, levántate del suelo. No te lo voy a repetir... - la regañó la madre viéndola sentada al lado del perro.

- ¿Necesita que la acerquemos alguna parte? - se ofreció Martin.

- No será necesario. Gracias de todos modos. Y... - continuó dirigiéndose a Kate - Muchas gracias de nuevo, detective. - le agradeció no muy segura de cómo dirigirse a ella.

- Puedes llamarme Kate.

- Sonia Willgsburg. - se presentó – Ella es Kyra. - añadió mirando a su hija, aún sin intención de levantarse.

Beckett sonrió al ver la situación.

- Royal, vas a tener que ir despidiéndote de tu nueva amiga - comentó – Tiene que irse, y tu también.

El labrador la miró y volvió a descansar su cabeza en el pavimento.

- Está bien. Como tú quieras. - se encogió de hombros. - Si prefieres quedarte...

Katherine giró sobre sus talones y se puso a andar en dirección al arco de triunfo dedicado a George Washington. Antes de que pudiera llegar, el perro se puso en pie yendo detrás de ella soltado algún que otro ladrido.

- ¡Buen chico! - le acarició. - Ven, vamos a despedirnos.

Muy a regañadientes y con la ayuda de todos Kyra acabó aceptando que era hora de irse. No obstante, en cuanto Martin y Beckett empezaron alejarse, la pequeña no puedo evitar mirar hacia atrás - viendo como cada vez estaban más lejos - mientras caminaba de la mano de su madre hacia otra dirección.

Odiaba dejar trabajo acumulado para el último momento y probablemente por ello no se había movido de la habitación del hotel desde el mediodía.

Incluso antes de lo previsto acababa de mandar por correo el repaso del escrito de su columna y algunas ideas para el próximo número de la semana entrante. Con esto fuera de su agenda, había llegado el momento de apagar el portátil y dirigirse a la ducha antes de llegar tarde a una cena que a él le olía a cita.

Antes de la hora acordada – un hecho muy propio de Julia - alguien llamó a la puerta cogiéndole delante del espejo abrochándose los botones de la camisa blanca. El tiempo de llegar hasta la puerta se colocó la camisa por dentro los pantalones para estar más presentable.

- Sabía que vendrías ant...

- Hola Richard.

Su inesperada presencia y escuchar su nombre pronunciado nuevamente por aquella voz le habían dejado en shock. En ese momento no era consciente de estar respirando o incluso seguir pestañeando.

- ¡¿Sonia?!

No sabía cómo reaccionar. La aparición de su ex no entraba en sus planes para esa noche. Para ser más exacto, ni para esa noche ni en el resto de su vida. Por algún motivo había firmado los papeles del divorcio. Sin embargo, ahí estaba.

- Siento presentarme sin avisar, pero de haberlo hecho te habrías negado a verme. Seguro que ni siquiera me hubieses cogido el teléfono.

- Nunca pensé que diría esto, pero tienes razón. - objetó.

- No estaría aquí si no fuese por ella, créeme. Le prometí que la llevaría a Nueva York para conocer a su padre y quería hablar...

- Puedes... - la interrumpió inconsciente de lo que acababa de escuchar - Lo siento... creo que no he... ¿Has dicho padre?

Sonia invitó a la pequeña a salir de detrás de sus piernas donde se había escondido. Tímidamente fue dejándose ver permaneciendo aferrada a la ropa de su madre.

- ¡Hola papi!

En aquel momento hubo un par de cosas que pasaron por la mente de Rick. La primera, cerrar la puerta y volver abrirla deseando que esa niña y su ex mujer no estuvieran, y la segunda, salir corriendo en caso contrario.