CHP IV

Nueva York empezaba a despertar saludando a los más madrugares con un maravilloso amanecer y por primera vez después de un invierno riguroso, con un ambiente más cálido.

Alrededor de las siete de la mañana – cinco minutos arriba, cinco minutos abajo – un Honda Civic de color blanco estacionó cerca del 43 3rd Street. Martin salió del interior de su coche, lo cerró a través del mando a distancia y se guardó las llaves en uno de los bolsillos del pantalón de chándal oscuro con varias franjas blancas a cada lado del muslo. Al entrar, saludó al portero del edificio dónde vivía Beckett poniéndole al día de la situación; esta vez no estaba ahí de visita.

Al mismo tiempo, al sur de Manhattan, un taxi se detenía delante del 425 de Broomer St. La puerta de detrás del copiloto se abrió poco después de la del conductor, quien se apresuró hacia la parte trasera para quitar el equipaje del maletero.

- ¿Quiere que le ayude a subirlo, señora? - se ofreció muy amablemente.

- ¡Oh! ¿Por qué no? Gracias.

Las puertas del ascensor se abrieron invitándoles a salir.

Con el neceser colgando de su antebrazo como si de un bolso se tratase, salió del ascensor rebuscando las llaves del apartamento en su pequeño bolso cruzado mientras el taxista sacaba el resto del equipaje – un par de maletas de cuatro ruedas de buena marca – antes de que se cerraran las puertas.

- Creo que con esto será suficiente.

Con las llaves en una mano y el monedero en la otra, se detuvo en la puerta y se giró hacia él entregándole dos billetes de cincuenta y uno de diez dólares.

La expresión de su rostro decía claramente que no se esperaba tal generosidad.

- ¿Y bien...? - insistió ella.

- Sí... Sí, sí. Es perfecto. – puntualizó aceptándolo. - Muchas gracias.

- Bien. Puede dejar el equipaje aquí mismo. Yo misma lo entraré.

- No me importa...

- Insisto. - le cortó – Puede irse, gracias.

- De acuerdo entonces... ¡Que pase un buen día!

Guardó el monedero y jugó con las llaves hasta que aquel cortés (aunque desconocido) taxista entró en el ascensor y éste empezó a descender.

¿Cuántas veces habría abierto esa puerta? Demasiadas para recordar. No obstante, en aquel momento esa simple y rutinaria acción...

El día que decidió irse no pensó en la probabilidad de que algún día volvería a estar delante de esa puerta a un sólo paso de volver abrirla. Mentira. Claro que lo había pensado, el problema estaba en la velocidad con la que habían transcurrido los últimos ocho años. Y estaba claro que no iba a pasarse lo que restaba de día ahí de pie.

Introdujo la llave en la cerradura recordando que por algún motivo, de vuelta en el avión, se había imaginado llamando a su cuñado – maldiciéndolo – después de comprobar que la llave no entraba. Eso no sucedió. Dio dos vueltas deteniéndose un segundo antes de girar por tercera vez. No tenía ni idea de lo qué iba encontrarse, ni cómo. Abrió la puerta despacio dándose tiempo para ir reconociendo todo lo que iba quedando en su campo de visión. Con la puerta parcialmente abierta entró desactivando el sistema de seguridad (esto tampoco había cambiado). Con esto resuelto, agarró el asa de ambas maletas, una con cada mano, y entró dejando el equipaje al comienzo de las escaleras que llevaban a las habitaciones, o eso recordaba.

Parecía como si para el apartamento el tiempo se hubiera detenido después de la muerte de su hermana. La distribución de la planta principal – salón, cocina (concepto abierto), despacho y habitación de matrimonio; incluyendo también los muebles y la decoración, especialmente las cortinas (algo que iba a cambiar muy pronto) – era exactamente la misma de cómo la recordaba. Viendo los grandes cambios, decidió inspeccionar el piso superior. Para su sorpresa, las tres habitaciones (entre ellas la suya) y el cuarto de baño tampoco habían cambiado.

- ¡Hola! ¿Hay alguien?

La hermana de Johanna se precipitó bajando las escaleras al oír una voz femenina que le resultaba familiar.

- ¿Sr. Beckett? ¿Es usted?

- ¡¿Alicia?! - dijo sorprendida y a la vez entusiasmada con su presencia.

La mujer de unos cuarenta y tantos años, morena, pelo corto y rizado, se quedó pasmada en la entrada observándola de arriba abajo.

- ¿!Sra Rodgers!? - pronunció desconcertada.

- ¿Tanto he cambiado?

- No... Es...

- Me tomare su reacción como un halago.

Rodgers se acercó para saludarla con un corto abrazo.

- Sabía que tarde o temprano volvería. - confesó la asistenta.

- La verdad es que empezaba a echar de menos esta ciudad... - admitió – Y por favor, llámeme Martha. Yo nunca he sido como mi hermana, que en paz descanse.

- Lo haré. Ahora si me disculpa... Debería empezar con mis tareas. - comentó, quitándose la cazadora y colgándola con una percha en el guardarropas.

- Por supuesto. - dijo Martha acercándose a su equipaje – Y que sepa que me alegra mucho ver que mi cuñado no la ha dejado sin trabajo, después de todo.

- Pase unas semanas sin saber qué debia hacer y finalmente, un mes después de entierro, el Sr. Beckett se presentó en casa disculpándose por haber tardado tanto en hacerme saber que quería que continuase siendo su asistenta. Le estoy muy agradecida por ello.

- Pocas veces apruebo sus decisiones, pero debo reconocer que no esperaba menos. Me alegro mucho, de verdad. De todos modos... - continuó – la admiro Alicia, yo en su lugar me habría echado a correr nada más ver la cantidad de trabajo que había por hacer...

- ¡Qué me va a contar...! - suspiró con una media sonrisa.

Las dos se rieron con complicidad.

- ¡No la entregando más...! - exclamó espontanea - No hace falta decirle que cualquier cosa...

- No se preocupe, está todo bajo control. - sonrió con un trapo en la mano – ¡Sra Martha!

- ¿Sí?

- Bienvenida de nuevo.

Esas fueron las últimas palabras de Alicia antes de darle la espalda y enfrentarse a las tareas que la estaban esperando.

Había olvidado las consecuencias que tenía pasar dos noches seguidas en vela. Su cuerpo estaba agotado, pero su cansancio físico no era lo único que empezaba a delatarle.

La charla con el Dr. Guzmán le había alertado de tal manera que no quería perderse ni un solo segundo de Sonia o de su hija, a quien le habían improvisado una cama después de negarse en rotundo a pasar una noche alejada de su madre. Eso era a lo que se había dedicado las últimas 29 horas, a contemplarlas mientras se iba concienciando de que ahora tenía una familia.

- ¿Otra noche en vela?

La voz de Sonia le desveló de sus pensamientos.

- ¡Hey! - respondió con una sonrisa.

Richard se levantó del sillón acercándose a su cama, procurando no despertar a la niña, la besó en la frente y tomó asiento a su lado.

- ¿Has descansado? ¿Cómo te encuentras?

- Estoy bien. - respondió algo adormecida. - ¿Y la niña?

- Durmiendo – dijo señalando la cama que tenía al lado - Sabías que hace las mismas burbujitas que recuerdo que hacías mientras dormías? Es gracioso. - sonrió.

- Veo que encontraste el osito Boo. Es incapaz de dormirse sin él. - aclaró pasando por alto su comentario.

- Si. Estaba en su mochila como me dijiste.

Ambos se quedaron en silencio hasta que ella decidió insistir con el tema.

- Richard.

- ¿Hmmm...? - pronunció bostezando.

- ¡Mírate! Como sigas así vas a tener peor aspecto que yo, y ya es decir... - bromeó.

- Estoy bien – dijo desperezándose – No te preocupes por mí. En cuanto a tener peor aspecto que tu, lo dudo. Siempre has sido la guapa, la inteligente, la intrépida...

- No sé a qué viene tanto piropo, pero te recuerdo que hace tres años firmamos los papeles del divorcio.

- Sí. Y once que te conocí. Y ocho que te pedí que casaras conmigo...

- Fíjate, el cansancio está empezado a hacer efecto. No obstante, no esperaba que siguieses acordándote. Más bien te veía haciéndome vudú o jugando a los dardos con una foto mía en el centro de la diana...

Atraído por la intimidad del momento, la conversación, los sentimientos apagados pero aún existentes hacia ella, la tristeza... Richard acarició una de sus mejillas tímidamente sonrojadas y se acercó a su rostro rozando sus labios.

A diferencia de lo que Richard pudiese creer, ella no había vuelto a estar con ningún otro. Una vez divorciados, su vida se había visto absorbida por la sorpresa del embarazo, el cuidado de su hija, y el trabajo y los múltiples viajes por semana que ello conllevaba antes de saber que su vida se estaba apagando antes de lo que hubiese querido.

El cuerpo de Sonia se estremeció al volver a sentir el contacto de sus labios con los suyos.

- Rick... No es una buena idea.

La ignoró. No quería hablar. Sólo hacerla sentir especial, viva. Recordar y volver a sentir ese hormigueo cuando la acariciaba mientras sus labios estaban demasiado ocupados en besarse. Y a su vez provocando que aquello fuese reciproco.

A su lado una risa traviesa les obligó a cortar en seco su efusiva muestra de amor.

- Está despierta – susurró ella recuperando el aliento.

- Eso parece... - contestó aclarándose la garganta.

Ambos se quedaron con las frentes pegadas, risueños y respirando hondo antes de hacer frente a la situación. Mientras, su hija permanecía en la cama de al lado tumbada boca abajo, mirándoles de reojo y escondiéndose, así repetidas veces.

- Buenos días, tesoro.

La pequeña sonrió, agarrando la mano de su madre.

- ¿¡Dónde está mi beso de buenos días?!

Kyra gateo por la cama hasta la de su madre, aferrándose a su cuello y llenándola de besos.

- ¡Buenos días mami!

- ¿Y...? Te dejas a alguien...

Sonia señalo a Rick con la mirada.

- ¿No le dices nada? - insistió.

- Quizá no sabe quien soy... - intervino él compartiendo una mirada cómplice con su ex mujer.

- Lo sabe. ¿Verdad que sí?

La niña se escondió debajo el brazo de su madre, apoyando la cabeza en su pecho.

- Creo que alguien tiene vergüenza...

- Kyra, escúchame. ¿Sabes quién es? - su hija asintió.

Apartándose el cabello de la cara de manera cómica, la niña se levantó y se situó entre los dos obligándoles a separarse unos centímetros. Miró a su madre, ésta asintió y la niña se abalanzo sobre él llenando su mejilla de besos.

- ¡Buenos días papi!

Intuyendo lo extraño que estaba siendo todo aquello para él – demasiados cambios en pocas horas – Sonia colocó su mano derecha en la espalda de su hija acariciándola, aprovechando, a su vez, la ocasión para estrechar la mano de Richard, transmitiéndole de ese modo que lo estaba haciendo bien.

En medio de esa estampa tan familiar, escucharon unos golpes de nudillo en la puerta justo antes de que se abriera.

- ¡Buenos días! - dijo la enfermera con total vitalidad. - Ya veo que estáis todos despiertos. ¿Habéis dormido bien?

- Unos más que otros – confesó Sonia mirando a su ex marido.

- No le haga caso. - añadió él.

- Ahora si queréis podéis aprovechar para ir a casa y descansar. Vamos a bajarla para hacerle unas pruebas y no volveremos a subirla hasta pasadas las doce.

La niña mantenía una mirada desafiante hacia la enfermera.

- Mami...

- No pasa nada, amor. Mamá se va a ir un momento, pero te quedaras con papá hasta la hora de comer, ¿vale? Después comeremos los tres juntos.

- No - se quejó a punto de llorar. - No quiero.

- Kyra, ¿recuerdas las veces que mamá se iba a trabajar y te quedabas con Emma? - asintió – Pues hoy vas a pasar la mañana con papá, por qué a mamá tienen que hacerle unas pruebas. Y ahí no pueden entrar los niños.

- ¿Y por qué no?

- Por qué no es como ir al parque con columpios al que solíamos ir en Chicago. Aquí solo pueden entrar los mayores.

- ¿Y por qué?

- Por qué de éste modo... - dijo Richard tirándose a la aventura – todas aquellas cosas a las que mamá te ha dicho que no, papa te dejará...

Sonia clavó la mirada a su ex marido, negando la cabeza, sabiendo las consecuencias que esto comportaría.

- ¿Me vas a comprar un perrito?

Esa pregunta salió de su boca con una claridad y una velocidad que le dejó pasmado.

- Papá no va a comprarte ningún perrito, cielo. Ya hemos hablado de esto muchas veces.

- Pero papa ha dicho...

- Papá debería habérselo consultado a mamá antes de decir nada. - se excuso él.

- ¿Te gustaría ir al Zoo?

- ¡Sí! Al zoo, al zoo, vamos al zoo, vamos al zoo.

No había duda que su madre acaba de dar en su talón de Aquiles.

- Al zoo entonces – confirmó su padre.

- Kyra, escucha a mamá un momento. - ella atendió dejando de moverse entusiasmada – Antes de ir al Zoo iréis al hotel donde duerme papa para cambiarte de ropa y desayunar. ¿Trato hecho?

- ¡Vale! - acepto risueña. - ¡Vamos papi!

Richard la cogió en volandas, al colgarse de él sin previo aviso.

- ¿Iremos también en un bus abierto?

- Se refiere a los autobúses turísticos. - aclaró su madre.

- Si, eso, bus abierto. - repitió.

- Ya veremos, no sé si nos dará tiempo de todo... Va, despídete de mamá.

- Adiós mami. - le lanzó un beso - ¡Vamos papi!

- Ya la irás conociendo... - aseguró Sonia.

- No se te ocurra hacer ninguna locura mientras estamos fuera, ¿me oyes?

- ¡Pasadlo bien! Y se buena con papá, ¿me oyes Kyra?

Besando primero su frente y después sus labios, Richard se despidió de Sonia quien le susurró un "buena suerte" en el oído antes de separarse. Recogió la mochila de su hija y salió por la puerta con la niña en brazos.

Horas más tarde, Martha comenzaba a sentirse de nuevo como en casa. Sus trajes, vestidos, camisas y demás volvían a lucir en el armario, junto a todo su ejército de zapatos y complementos.

De pie delante del armario no dejaba de buscar el que sería el outfit idóneo para salir a comer a su restaurante favorito, decisión que había tomado minutos antes mientras disfrutaba de un largo un baño relajante.

A través del ruido del aspirador, el ring del teléfono de la habitación de al lado al mismo tiempo que el del salón, llamaron su atención. Alicia paró el electrodoméstico y no tardó en llamarla quedándose a mitad de las escaleras.

- ¿!Sra. Martha?! Está llamando el Sr. Beckett. ¿Quiere que le diga algo?

- No. Prefiero hacerlo yo. - contestó saliendo de su habitación anudándose la bata - Pero en otro momento...

La asistenta asintió y volvió a bajar.

- Apartamento de los Beckett, ¿!dígame¡? – respondió al descolgar – (…) Sí, estaba pasando el aspirador por eso tarde en cogerlo. Usted dirá...

Imaginándose la conversación que estaban teniendo por sus respuestas, ella continuó arreglándose yendo de su habitación al cuarto de baño y viceversa.

Le gustaba lo que veía en el espejo ovalado situado en una esquina, al lado del armario. Finalmente, la camisa amarilla y los pantalones estampados, con zapatos negros y uno de sus collares largos con bolas azules, había sido su elección para afrontar ese nuevo día, a pesar del jetlag.

Alicia estaba guardando el aspirador y algunos productos de limpieza cuándo vio bajar por las escaleras a una radiante Martha Rodgers.

- Esta muy guapa, Martha. ¿Va a salir?

- Sí, comeré fuera. Así no la molesto.

- Usted nunca molesta, señora. De todos modos, he terminado por hoy.

- ¡Oh! Entonces, ¿le apetece acompañarme? Yo invito. Así puedo ponerme al día de mi familia. Estoy segura que sabes muchas más cosas que yo...

- Le agradezco la invitación, de verdad, pero a las cuatro voy a limpiar al apartamento de la Srta. Kate, y ya que ésta semana mi marido trabaja de noches, hemos decidido salir a comer juntos...

- ¡Lo entiendo! - gesticuló negando con las manos – Además, no tiene por qué darme explicaciones. No obstante, acaba de decir que tiene que ir a limpiar al apartamento de mi sobrina.

- Sí señora.

- ¿Hace mucho de eso?

- Unos tres años, más o menos.

- Bueno... Esperaba no tener que compartir hogar con mi cuñado, pero si no queda otra...

- Por él no tiene que preocuparse. El Sr. Beckett se instaló en la casa de los Hamptons después de la muerte de la señora.

- Creo que me he perdido.

Alicia cogió aire antes de continuar.

- Si me permite, y con todos mis respetos... - dijo haciendo otra pausa - Cuando la vi hace unas horas pensé que probablemente había vuelto por lo de la señorita Kate, pero ahora me doy cuenta de que desconoce ciertos detalles los cuales no debería saber por mi...

- Lo siento Alicia pero no tengo ni la menor idea de lo que me está hablando. Sea más directa. ¿Le ha pasado algo a mi sobrina?

Por un momento todas las alarmas de su alrededor saltaron en estado de alerta.

- Las palabras exactas del Sr. Beckett fueron, "estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado". No sé mucho más, sólo que se encuentra estable.

- ¿Está en el hospital? ¿Ingresada?

- Y estable – enfatizó.

Martha se acercó al sofá andando totalmente distraída.

- En el periódico viene la noticia. Si quiere leerla... Página seis.

Alicia dejó el periódico en la mesa de centro antes de ir a por sus cosas y marcharse.

- ¿Quiere que me quede, señora Martha?

Ella sacudió la cabeza y levantó la mirada sonriéndole.

- Puedes irte Alicia, estoy bien. - dijo obviando las formalidades – Saluda a tu marido de mi parte. Disfrutad.

- Gracias, lo haré. Hasta mañana.

Unos minutos después de escuchar como la puerta del loft se cerraba, Martha se bajaba del taxi convencida de lo que iba hacer; caminar hasta la entrada principal del hospital Presbyterian dónde había averiguado que se encontrada su sobrina y afrontar los errores que hubiese cometido en el pasado. Ésto último no iba a ser fácil.

- Disculpe, ¿podría decirme en qué habitación se encuentra Katherine Beckett?

- Un momento por favor.

- ¿Katherine Houghton Beckett?

- Sí.

- Segunda planta, puerta 215.

- Vale, gracias.

Hubiera sido más fácil acceder por el ascensor, era consciente, pero pensó que subir dos pisos por las escaleras en aquel momento era lo mejor.

Martha pisó el último peldaño llegando a la segunda planta, mirando a izquierda y derecha, dudando de por dónde debía seguir. Una vez averiguado, se dispuso a seguir pasillo abajo al reconocer de espaldas a alguien demasiado familiar para pasarlo por alto. Martha se le acercó para saludar. Era consciente que tarde o temprano ese momento tenía que llegar, sin embargo, seguía sin obtener respuesta a la pregunta que llevaba en mente desde hacía horas: "¿Cómo representa que debía presentarse delante el marido de su difunta hermana después de todo este tiempo sin saber de ellos?"