CHP V

Cada segundo que seguía permaneciendo en aquel hospital, en la ciudad de Nueva York, se preguntaba si la decisión de quedarse por una temporada en realidad no había sido un error. Pero, ¿qué padre no pasaría por cualquier infierno, aún y siendo éste el carácter de su única hija en ese momento?

Deseaba hacer algo para que todo pasara, pero ni siquiera los medicamentos parecían aliviarle ese dolor persistente en el brazo. En vez de ir a mejor, su estado empeoraba. ¿Por qué?

Terminándose el zumo que había comprado en las maquinas expendedoras, Jim decidió que ya era hora de regresar a la habitación. Al darse la vuelta sus reflejos impidieron que chocase con una mujer, echándose a un lado antes de alzar la mirada para disculparse.

"¿Qué tipo de broma era aquella? ¿Podía estar pasando? " pensó.

El padre de Kate se quedó atónito cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a otra.

- Si no fuese por qué tú inconfundible estilo y perfume "YSL" te delatan, juraría que estoy teniendo una pesadilla.

Martha suspiró.

- Hola a ti también, Jim.

- ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

- No sé cómo pude creer que por un instante iba a escuchar palabras amables saliendo de tu boca... - confesó con una amarga sonrisa.

- Palabras amables – repitió con risa nerviosa – Da gracias de que siga aquí hablando contigo.

- Hmmm...

- ¿A qué has venido, Martha? Porque no me vas hacer creer que de repente te preocupas por ella...

- ¡¿Disculpa?! - exclamó sin dejarle terminar.

- ¡Oh! Por favor... No te hagas la ofendida – la acusó - Te fuiste a los tres días de enterrar a su madre dejándole una estúpida nota dónde decías que necesitabas alejarte de la ciudad. Demasiados recuerdos... - teatralizó – Y ahora, ocho años después, vuelves esperando que tu sobrina te reciba con los brazos abiertos. Lo siento. Ya no es una adolescente. Ha crecido, y aún más importante, madurado..

- Madurado... - volvió a interrumpirle – ¿De verdad te crees todo lo que has dicho? – comentó levantando la mirada - ¿Dejar una carrera en la que estaba brillando y meterse en una academia llena de testosterona, le llamas madurar? - terminó enfatizando la última palabra.

Por unos segundos sólo se escuchó el ambiente tranquilo de la segunda planta.

Decidida a abandonar aquella pelea absurda, Martha tomó asiento en una de las sillas de la sala de descanso.

- Sé que no soy precisamente la mejor tía del mundo, y mucho menos ejemplar. - ironizó - A decir verdad, desde el momento que subí en al avión supe que ibas a cargarme de culpa cuando volviésemos a vernos, y no lo discuto. Hice lo que hice y ya no se puede cambiar. - empezó con un tono demasiado convincente a oídos de su cuñado – Sin embargo... - continuó – Desde que leí ese artículo en el periódico, no puedo dejar de preguntarme si esto también es por haberme ido. ¿Lo es? - preguntó clavando la mirada en él. - ¿Tengo que culparme de que Katherine entrase en la academia?

Jim resopló tomando asiento.

- No.

- ¿Entonces? ¿Fue por ti? ¿Por qué no la detuviste?

- No. Me temo que yo tampoco tengo nada que ver..., o eso creo. Y si no la detuve fue porque no pude. - dijo devolviéndole la mirada - Me enteré de todos sus movimientos después de ser admitida, 48 horas antes de entrar.

- ¿Cómo dices? ¿Cómo es posible? - exclamó estupefacta.

- Pasé días haciéndome esa misma pregunta hasta que me acorde de esa frase tuya tan concurrente "No puedes protegerla para siempre, Jim".

Ambos se miraron con una triste sonrisa en sus rostros.

- Odio admitirlo, pero tienes razón. - respiró hondo - ¿Es buena?

- De las primeras de su promoción. - respondió orgulloso.

- Será que lo lleva en la sangre...

- Ha estado alrededor de cuatro años patrullando, la han suspendido en dos ocasiones y hace un año y tres meses pasó el examen para llegar a detective de homicidios.

- Está siguiendo sus pasos.

- Lo sé.

- Apuesto a que en un par de años, quizás tres, llegará a casa y te dirá que le han ofrecido la posibilidad de ascender y convertirse en Inspectora.

- Es hija de su madre. Es posible.

- Sin duda alguna, y sé que es cuestión de tiempo, pero esperaba... ¡qué más dá! - desistió – Por cierto, me alegra que le conservases el trabajo a Alicia.

- No fui yo. Fue tu hermana. Lo dejo como último deseo en su testamento.

- La lectura del testamento... - se repitió para sí misma en voz alta. - ¿Algo que deba saber?

- El abogado me entregó un sobre sellado que va dirigido a ti. Lo tengo en los Hamptons. - Podrías haberme llamado.

- Lo hice. No contestaste.

Un suspiro de arrepentimiento cruzó por su interior al escuchar aquella respuesta.

- En el taxi de camino al Presbyterian me hice una idea de cómo sería reencontrarme contigo y con ella... - hizo una pausa – Y ahora viendo que contigo ha sido menor de lo que podía esperar... - confesó – temo que lo peor aún no haya ocurrido.

- En circunstancias normales me atrevería a decir que te podría sorprender su reacción, pero ahora mismo...

La voz alarmante de un enfermero atravesó el pasillo hasta oídos de sus compañeras/ros y cualquiera que se encontrara allí en ese instante.

Jim salió al pasillo, seguido de su cuñada, comprobando de dónde provenía tal alarma. Al ver a dos enfermeras precipitarse a la altura de la habitación en la que estaba su hija su pulso se aceleró igual que su paso hasta la 215.

Al llegar a la habitación la puerta se abrió delante de él viéndose obligado a retroceder dejándoles espacio suficiente para sacar la cama en la que yacía una Kate pálida e inconsciente.

- ¡Belle, llama a quirófano y diles que necesitamos uno ahora mismo! - anunció su superior – Carrie manda un 911 al Dr. Roland. Hazlo las veces que haga falta hasta que responda.

- ¿Alguien me puede contar qué está pasando? - exigió Jim, de pie en medio del pasillo- ¿Dónde se la llevan?

- Sr. Beckett. - se le acercó una mujer con el pelo negro recogido con una pinza - Su hija tiene una hemorragia interna arterial en el punto dónde recibió el disparo. No sabemos la sangre que ha perdido pero su pulso es débil y debemos abrirla para saber a qué es debido e intentar detenerla. No sé cuando durará la intervención pero haré que le informen de su estado en cuánto sea posible.

Martha asintió con un nudo en el estómago colocando una mano en el hombro de su cuñado quien hizo lo mismo poniendo la suya encima.

En ese momento era difícil decir quien intentaba reconfortar a quien o cual de los dos se sostenía en el otro. Lo único cierto era que ninguno iba abandonar ese hospital, aunque esto supusiese pequeñas peleas de convivencia.

Asunto: (sin asunto)

EAllan 23 Marzo de 2007

Para: Cath

¡Hey! ¿Voy a tener que empezar a llamarte chica invisible? Hace varios meses que no sé de ti. ¿Va todo bien? Ahora es cuando me dices: "¿Yo perdida? ¿Y tú qué?" Mis disculpas milady. Pero tienes razón, no eres la única que ha estado desaparecida últimamente y te preguntarás por qué este silencio por mi parte. La verdad que es complicado y ahora mismo no dispongo de mucho tiempo para escribirte uno de esos e-mail interminables... Ojalá pudiera. (…)

- Papi, ¿qué haces?

- Escribo un correo.

- ¿A quién?

- Trabajo.

Kyra se le quedó mirando con el ceño fruncido.

Con su hija observándole se sentía incapaz de concentrarse y seguir escribiendo. Dejó el móvil encima de la mesa y le prestó atención.

- A ver... ¿Qué le pasa a la pizza?

- No quiero más.

- ¿Y esa hambre de león que tenías?

- No me gusta.

- Kyra, te he preguntado qué querías y me has dicho esto. Así que no me creo que no te guste.

La niña se escogió de hombros.

Richard cortó un trozo de pizza para probarla. Al segundo de meterse ese trozo en la boca, agarró una servilleta de papel para esculpirla.

La niña empezó a reír por la reacción de su padre.

- Muy bonito... ¿Mamá no te ha dicho que cuando la comida quema hay que soplar?

- Sí.

- Hmmm...

- ¿!Soplas?! - dijo risueña señalando su plato con el tenedor.

Rick suspiró incapaz de esconder una sonrisa. Guardó definitivamente la blackberry en el bolsillo del pantalón, deseando que se hubiese guardado el e-mail en borradores, para centrarse en su hija.

Tres cuartos de hora más tarde, sin rastro de comida en el plato de la niña, Rick se comía la última porción de su pizza caprese mientras la observaba jugar con su móvil.

- ¿Te gusta el helado?

- ¡Sí! Mora.

- ¿Helado de mora? - ella asintió - ¿Y si pido que te lo traigan, te lo comerás?

- Sí.

- ¿Seguro?

- Sí – confirmo moviendo la cabeza hacia delante con un golpe seco.

- Muy bien. Ahora vuelvo, no te muevas.

Richard se acercó al mostrador sin quitarle ojo.

- ¿Necesita algo señor?

- ¿Podría ponerme una bola de helado de mora? Es para mi hija.

- Por supuesto. ¿Algo más?

- Sí... Póngame uno de stracciatella con menta para mí y...

- ¡Papi, papí!

- Y un Espresso con hielo. - se apresuró a decir.

- ¿Qué pasa cariño? - se giró.

- Ahora se lo llevo a la mesa. - dijo el camarero.

- ¡Llaman! - dijo ella sosteniendo el móvil en el aire. - Es mami.

- Aprieta el botón verde y contesta. - le indicó - Gracias. - respondió al camarero volviendo a la mesa.

- Papi no va... Ah, ¡sí va! - rectificó al ver que la pantalla había cambiado.

- ¿!Hola?! !¿Richard?! - se escuchó desde el otro lado del teléfono.

- ¡Hola mamí! - contestó sujetando el teléfono con la ayuda de su padre.

- ¡Hola mi vida! ¿Dónde estáis?

- ¡Comiendo helado! - respondió entusiasmada.

- Vaya... Ya veo que te lo estás pasando bien con papá.

- Sí.

- ¿Te ha gustado el Zoo?

- Mucho. Había muchos animalitos. Papá hizo fotos.

- ¡Quiero verlas! ¿Me las enseñaras, verdad?

- Si.

- ¿Está papá contigo?

Kyra apartó el teléfono de su oreja entregándoselo a su padre.

- Para ti.

Richard cogió el teléfono esperando unos segundos que el camarero se retirase para atender la llamada.

- Muchas gracias - dijo antes de responder.

- ¿Richard?!

- ¡Hola! Perdona, acaban de traernos el postre.

- Sí. Helado. Ya me lo han dicho...

- No lo tendría prohibido, ¿verdad?

- Sí fuese por ella comería helado a todas horas. Pero ahora llevaba días sin comer – añadió - ¿Como se está portando?

- Por ahora no la he visto llorar, así que interpreto que no lo estoy haciendo del todo mal...

- Seguro que no. Y de momento ya te la has ganado con el helado.

- Y la pizza de jamón y queso...

Richard escucho como su ex mujer resoplaba antes de responder.

- Por favor dime que no le has comprado el perrito. - dijo suspirando.

- No... Todavía... - respondió sabiendo la respuesta que eso implicaría.

- ¡No te atreverás!

- Estaba bromeado... - se rió.

- Eso espero. - volvió a suspirar. - ¡Oye! ¿Vais a venir pronto?

- Sí, en cuanto terminemos. ¿Ocurre algo?

- No, estoy bien. Sólo te llamaba para comentarte que no te asustes si ves a muchos policías rondando por aquí. Cuándo me subieron pregunte a qué venía tanto agente en la segunda planta y parece ser que hay alguien ingresado del cuerpo de policía. Está justo dos puertas antes de mi habitación.

- Lo tendré en cuenta – respondió, mientras cogía helado del bol de su hija y viceversa. - No tardaremos... - anunció riéndose de la cara de la niña al probar su helado.

- ¿Que ocurre?

- Tu hija que es una payasa. Ha querido hacer como yo y ha cogido helado de mi bol y parece ser que no le ha gustado.

- Dejame adivinar... ¿Stracciatella con menta?

- Stracciatella con menta. - repitió, relamiendo la cuchara.

- Me hago una idea de su cara... Le gusta comer de lo que comen los demás. Supongo que es su manera de probar cosas nuevas..

El aviso de batería baja le obligo a terminar con esa conversación.

- Sonia, me estoy quedando sin batería, voy a tener que colgar.

- Vale, no tardéis.

- Aprovecha para descansar de mientras.

- ¡Besos mami! - alzó la voz para que la escuchara.

- Hasta ahora.

La operación parecía no tener fin, pero su paciencia cada vez era menor, al igual que sus esperanzas a recibir buenas noticias.

El corazón de Jim y su cuñada se aceleraba cada vez que veían a algún sanitario, médico o cualquier persona que vistiese bata blanca correr por los pasillos o cuchichear entre ellos.

- ¿!Crees que esas dos saben algo de Katie?!

Martha se giró hacia el mostrador.

- En absoluto. - respondió dándoles la espalda.

- ¿Cómo estás tan segura?

- Por qué le estaban mirando el culo al rubio que acaba de salir con la camilla por la puerta de urgencias.

El padre de Kate se río sin ganas.

- ¿Qué? ¿He dicho algo gracioso?

- No... - negó con la cabeza – Me ha hecho gracia el cómo lo has dicho, nada más.

Pasando por alto sus argumentos, Martha centró su atención al chico musculoso, moreno y pelo corto, que acababa de entrar con un labrador.

- Jim... - le llamó distraída – ¿Desde cuándo dejan entrar perros en los hospitales?

- ¿Por qué lo dices?

Con un rápido gesto de cabeza le señaló hacia la entrada.

- Bueno... Él no es un perro cualquiera. - comentó levantándose.

Jim se acercó a ellos saludando al amigo de su hija con un rápido apretón de manos. Acto seguido se agachó acariciando al perro por detrás de las orejas. Martha sentía como la curiosidad le mordía los talones ante aquella escena que estaba presenciando.

- Martin, ella es Martha Rodgers, mi cuñada. - la presentó al llegar a su encuentro – Martha, él es Martin Keller. O mejor dicho, - rectificó - al Sargento Martin Keller. Ha sido compañero de patrulla e instructor de Katie desde que empezó, prácticamente.

- Encantado – saludó tendiéndole la mano.

- Igualmente.

- Y éste de aquí es Royal, el perro de tu sobrina. - concluyó Jim.

- ¿Cómo dices? - expresó sorprendida – ¿Lo dices en serio?

- Totalmente.

- Oh... Bueno, en este caso... ¡Encantada de conocerte Royal!

El perro se tumbó a sus pies apoyando la cabeza contra el suelo.

- Parece qué le ha caído bien. - comentó Martin.

- Ojalá hubiera sido así de fácil cuando mi hermana nos presento, ¿verdad cuñado? - soltó sin más.

Jim suspiró. Empezaban a pesarle las horas de espera y los comentarios fuera de contexto de su cuñada lo hacían aún más difícil.

- No sé lo tengas en cuenta... – se dirigió a Keller – Llevamos dos horas esperando a qué nos digan algo y lo raro es que sigamos compartiendo el mismo espacio sin acabar uno a cada extremo de la sala... - comentó tomando asiento.

- Estoy de acuerdo – concluyó ella también sentándose.

Martin hizo lo mismo en una silla libre al lado de Jim al dejar la correa de Royal en el suelo sabiendo que no causaría ningún altibajo.

No habían pasado ni cinco minutos desde que había llegado. Nervioso, sacó el teléfono del bolsillo del pantalón comprobando la pantalla. Acto seguido volvió a guardarlo.

- No tienes porque quedarte si tienes qué hacer.

- Para nada. He podido arreglármelas para no tener que volver a comisaria hasta mañana. Sólo comprobaba si mi hermana me había dicho algo. Trabaja en éste hospital y antes de entrar al quirófano me llamó informándome de lo sucedido. Fue al poco tiempo de hablar con usted – miró a Jim.

- ¿Cómo se llama? - intervino Martha.

- Cotilla – puntualizó Jim.

- ¿Me puedes decir qué hay de malo en querer saber el nombre de su hermana?

Su cuñado guardó silencio dejando que continuasen con la conversación.

- Se llama Marian Keller.

- ¿Es posible que fuese con la mujer que hablamos antes? - se dirigió a su cuñado.

- ¿De verdad esperas que me acuerde del apellido que había en la identificación que colgaba al lado izquierdo de su bata?

Martha resoplo ante su arrogancia.

- ¡Oye, relájate! Sólo te estaba haciendo una consulta. - se defendió - Pero si tienes que estar así de insoportable será mejor que te vayas a dar una vuelta. - le reprochó. - Ya tengo bastante con la situación que para el colmo tenga que aguantar tu mal humor.

Sin dar explicaciones Jim se levantó alejándose de aquella zona durante unos minutos.

Por mucho que quisiera negarlo, ella tenía razón, necesitaba salir de allí o acabaría volviéndose loco.

Martha respiró hondo viendo como James Beckett se alejaba con paso apresurado.

- Siento que tengas que ver esto. Mi cuñado y yo nunca nos hemos llevado bien, y si le añades que la vida de Kate puede estar colgando de un hilo...

- No se preocupe. Lo entiendo. Respecto a mi hermana, es más o menos de mi altura, blanca de piel y con el pelo negro. Lo tiene largo pero suele llevarlo atado cuando trabaja.

- No lo recuerdo, pero podría ser. ¿Es mayor que tú?

- Nos llevamos cuatro años.

- Y... - dudó antes de pronunciar la siguiente pregunta – No quiero parecer una gossip, como me llama mi cuñado, pero... ¿Conoces mucho a mi sobrina?

Martin esbozó una sonrisa antes de poder responder.

- Hay una frase que me dice siempre, o casi siempre, que puede servirle de respuesta: "Odio que me conozcas tanto". - dijo tratando de imitarla.

- Ya veo... Y – continuó - Sé que voy a meterme dónde no me llaman pero, por casualidad tu y Katherine...

Martin agachó la cabeza pasándose las manos por el pelo risueño.

- Lo siento, no tienes por qué contestar... - se apresuró a decir viendo su reacción.

- No, no, no. No pasa nada. No tengo nada que esconder. - hizo una breve pausa antes de continuar – Mi amistad con Kate puede parecer más de lo que es, pero no lo es. Me explico. Llevo saliendo con Leslie desde los veintidós, ella tenía diecinueve, y desde entonces, a pesar de malas temporadas, ninguno de los dos ha fallado al otro. En tres semanas hará trece años que estamos juntos. - anunció ilusionado.

- ¡Felicidades!

- Gracias. No obstante, cuando miro a Kate es como si viese a mi hermana pequeña, a parte de una compañera de trabajo y amiga. Incluso mi propia hermana, Marian, ha llegado a estar celosa de ella. No lleva bien eso de ser la mayor, pero no le diga que se lo he dicho...

Martha selló sus labios como si de una cremallera se tratase.

- Me alegra saber que ha encontrado a alguien que haya cuidado de ella éstos últimos años. - reflexiono en voz alta - ¿Puedo hacerte una pregunta? Nada personal.

- Claro.

- ¿Alguna vez ha hecho algún comentario respecto al por qué se decidió a llevar un arma y una placa colgada del cinturón en vez de seguir con la carrera de derecho?

- Las veces que he mencionado algo al respecto siempre ha sabido como darle el giro a la conversación. - confesó – Así que estudio derecho...

- Se estaba preparando para convertirse en la primera mujer presidenta del tribunal supremo. - contó orgullosa.

- Wow... Impresionante. - asintió. - De todos modos, no tiene porqué preocuparse. Fuese cual fuese el motivo real de entrar en el cuerpo, se nota que lo lleva en la sangre. O por lo menos es lo que esta demostrando. Le aseguro que no ocurre todos los dias que te propongan ascender y si lo ha conseguido ha sido por motivos propios y no por su apellido, tal y como creen muchos.

- No se si sabe lo afortunada que es de tener a alguien como tu a su lado. - insistió - ¡Deberías recordarselo! - bromeó.

- Oh, lo hago a menudo... – respondió algo sonrojado siguiéndole la corriente.

- Imagino que no te habrá hablado mucho de mí, probablemente ni sabias que existía por lo que me ha parecido cuando nos ha presentarnos mi cuñado... Con esto quiero decirte que esta conversación...

- No se preocupe. - se adelantó al interpretar sus palabras.

Royal levantó la cabeza, moviéndola de un lado a otro, al ver a dos personas salir del fondo de la sala.

- ¡Buen trabajo Marian!

- ¡Gracias Dr. Roland! Si no hubiese sido por usted...

- ¡Tonterías! No te quites merito.

- ¿Quiere que hable con la familia?

- ¡Yo me encargo! Mientras tanto, antes de subirla a la habitación, pida que revisen quien estaba de turno anoche y quien la opero.

- De acuerdo.

Keller no podía apartar los ojos de ambos intentando entender que se estaban diciendo entre ellos. Al ver que se separaban no perdió ocasión para acercarse a su hermana dejando al perro al lado de Martha quien estaba por fin a punto de saber cómo estaba su sobrina.

- ¡Hey!

La sorprendió cogiéndola por la cintura al susurrarle en el oído.

Marian se giró sobresaltada.

- ¡Martin! - exclamó molesta – ¿Es que quieres que me de un infarto?

- Bueno, qué mejor sitio que éste para que ocurriese, ¿no? - bromeó.

- ¡Idiota! - le atizó con una carpeta que tenía en la mano.

- ¿Y bien?

Keller se quedó mirándola a los ojos, nervioso, a la espera de escuchar lo que sabía que ella sabia.

- ¿Qué? - se hizo la despistada.

- Como que "¿Qué?"

A Marian le fue inevitable sonreír.

- Respira hondo hermanito. - le dijo colocando una mano en su hombro – Se pondrá bien. Pudimos detener la hemorragia, aunque había perdido bastante sangre y tuvimos que hacerle una transfusión...

Esas primeras palabras hicieron que sus pulmones se volviesen a llenar de aire. Excitado por ello y sin dejar que acabase de informarle, la abrazó haciéndola girar sin importarle quien estuviese mirando.

- ¡Martin! Estás como un cencerro, enserio.

- ¡Te adoro! - dijo colocando ambas manos al lado de su rostro y dejando un sonoro beso en su mejilla.

- Ahora si veo claro que papá tenía razón cuando pensaba en encerrarte...

- ¿Sabes? ¡Nada de lo que puedas decirme va a hacer que me mosquee! ¡Hoy no!

Keller se alejó con aire bailarín para acercarse a los familiares de Kate quienes no perdían detalle a la explicación del Dr. Roland respecto a la intervención que les había tenido ocupados las últimas dos horas y media.