CHP VII

Asunto: (sin asunto)

EAllan 25 de Marzo de 2007

Para: Cath

" ¡Hey! ¿Voy a tener que empezar a llamarte chica invisible? Hace varios meses que no sé de ti. ¿Va todo bien? Ahora es cuando me dices: "¿Yo perdida? ¿Y tú qué?" Mis disculpas milady. Pero tienes razón, no eres la única que ha estado desaparecida últimamente y te preguntarás por qué este silencio por mi parte. La verdad que es complicado y ahora mismo no dispongo de mucho tiempo para escribirte uno de esos e-mail interminables.

(…) Estoy escribiendo este e-mail por partes. A ver si esta vez consigo mandártelo.

Nada ha cambiado desde ayer, y me alegro (pronto entenderás porqué). ¿Lista? Te voy a resumir esta situación tan extraña por la que estoy pasando.

¿Recuerdas esa ex de la que te hable? Sonia. El Jueves me estaba preparando para ir a una cena y llamaron a la puerta. Fui a abrir creyendo que sería mi compañera de trabajo y... ¡Surprise! Sigo sin entender como no le cerré la puerta en las narices, de verdad. Pero no fui capaz. Me quede ahí de pie, como... venga dilo, sí , como un imbécil.

La hice entrar, hablamos, me llamaron al móvil, me aparté para poder hablar y cuando volví me la encontré tirada en el suelo del cuarto de baño. Imagínate todo lo que vino a continuación...

Llevaba horas sin pegar ojo. Y no me esperaba poder dormir en una cama esta noche, pero me tiene prohibido quedarme. Literalmente.

Si te preguntas si he dormido bien, la respuesta es: ni siquiera sé si he dormido. Me siento agotado, confuso, asustado... No dejo de darle vueltas a la cabeza. ¿Sabes qué es lo único que fui capaz de retener de todo lo que me contó su especialista? "Siento comunicarle que su esposa nos está dejando..." en otras palabras y más directas: Sonia se muere.

No hace falta que digas nada, Cath. Sólo necesito saber que a pesar de eso sigues ahí y seguirás ahí.

En estos momentos me siento fatal. No debí desearle...

¿Te puedes creer que me siento culpable?

Llevo muchas horas tragando todo esto yo sólo y la única persona con quien me apetecía hablarlo era contigo. Sí, lo sé. Tendría más lógica con alguien a quien pudiera ver, tocar, abrazar... Pero en estos momentos no necesito ver la compasión en las caras de mis conocidos y amigos, pero sí necesito saber de ti.

Así que por favor. Promete que sabré de ti... Que harás los posibles por contestar en cuanto abras el correo después del fin de semana de borrachera que te has montado ;) haha...

Tick, tack, tick tack... ¡buenos días!

Ps. Soy consciente a que se debe tu larga ausencia. Siempre me he arrepentido de aquel correo que te mande hace meses. Nunca debí escribirlo cuándo y cómo lo hice. Podemos hablar si quieres..., o no.

Te hecho tanto de menos...

Un abrazo.

Edgar."

Richard no despegaba los ojos de su portátil. Había leído ese correo tantas veces que no podía dejar de recitarlo mentalmente como quien no es capaz de sacarse el estribillo de la canción del momento en todo el día.

No acostumbraba a pasarse por la editorial un lunes por la mañana, pero después de varios mensajes y llamadas de Julia decidió presentarse con el fin de no estar más de dos minutos para que viese que seguía vivo, pero al llegar se encontró con un post-it en la puerta de su despacho que ponía: Estoy en una reunión. Y al despegarlo había otro que decía: Richard Castle, si eres tú ni se te ocurra irte. Vuelvo en una hora. Espero...

Y ahí estaba. Esperando a la Srta Shumway desde hacía más de sesenta minutos mientras seguía torturándose con la relectura de ese e-mail del que aún no había recibido respuesta.

- ¿Quién es cath41319 ... ?!

Al escuchar la voz de Julia detrás de él, bajó la tapa del portátil con un golpe seco, incorporándose sobresaltado.

- La madre que te pario... - bufó.

- ¡Cualquier diría que te he cogido infraganti con algo turbio entre manos! - bromeó.

- ¿Se puede saber por dónde has entrado?

- ¿!Por la puerta!? - respondió arrugando la nariz.

- ¿Desde cuándo? Quiero decir... ¿Hace cuanto? - pronunció alterado.

- Richard... ¿Se puede saber qué te pasa?

Julia bordeó su mesa soltando su propio vaso "take away" lleno de cafeína con caramelo y sin azúcar, privilegio de una de las cafeterías cercanas. Se sentó con las piernas cruzadas y rompió el silencio esperando a que su ordenador se iniciara.

- ¿Y bien...?

Richard levanto la mirada esperando justo lo contrario a ella, que su ordenador se cerrase.

- Bien – contesto sin más.

- No sé... - dijo antes de dar un generoso sorbo al café. Relamiéndose el labio inferior antes de continuar. - A mi no me parece que...

- ¡Y para qué narices preguntas si ya lo sabes! - gesticuló alterado.

- ¿Cómo dices? - se separó arrastrando la silla hacía atrás - Que sea la primera y última vez que me levantas la voz y me hablas con este tono. - se levantó por acto reflejo - A mí nadie me habla así, ni en mi despacho, ni en mi casa, ni en casa de mis padres.

Incapaz de reaccionar a lo que acababa de ocurrir, volvió a sentarse centrándose en la pantalla del Mac, abriendo y cerrando paginas, documentos..., sin saber muy bien qué hacer.

Pasado medio segundo la puerta de su despacho se abrió y cerró en silencio. Julia se separó de la mesa dejándose resbalar por la silla hasta quedar al límite del asiento con ambos brazos apoyados en el apoyabrazos. Cogió aire y lo soltó sonoramente.

Durante unos minutos guardo la esperanza de verle entrar pidiéndole perdón, pero todo se quedo en falsas esperanzas. Visto, lo visto, y hasta que él no decidiera lo contrario le tocaría vivir con el recuerdo de una situación llena de preguntas sin respuesta.

Cuanto más dormía más sueño tenía. Su día a día solía empezar temprano, a veces más de lo que le gustaría, y terminaba tarde, nada que ver con el sedentarismo de los últimos días. Echaba tanto de menos el ritmo de trabajo que se vivía en comisaría, las llamadas a altas horas de la madrugada, las visitas a Lanie en la morgue, resolver casos... Necesitaba trabajar.

Katherine se desperezó estirándose teniendo en cuenta no hacerse daño al mover el brazo en el que aún llevaba la vía conectada.

- No puede ser que aún tengas sueño.

Marian entró después de los dos toques (ya habituales) en la puerta.

- ¡Hola! - bostezó – Perdona.

- Vengo a traerte esto. Mi hermano me ha dicho que lo necesitabas.

- ¿Ahora le haces de intermediario? - se quedó mirándola mientras le ayudaba con el cargador del móvil y luego añadió – Gracias. ¿Sabes si hace mucho que ha venido? Es que veo raro que te lo haya dado a ti pudiendo entrar y dejarlo.

La hermana de Martin sonrió encogiéndose de hombros restándole importancia. Puso las manos en los bolsillos de la bata y se encaminó a la puerta.

- Marian.

Se giró deseando que no le preguntase nada al respecto.

- Va todo bien, ¿verdad? - insistió Kate viendo su extraño comportamiento.

- Claro. - asintió con ímpetu.

- No te lo tomes a mal, pero... - empezó a negar - Mientes fatal.

La doctora dejó caer los hombros sintiéndose tentada a hablar.

- ¿Qué pasa? - insistió la detective.

- Nada. No te preocupes.

- Demasiado tarde.

- Beckett... Kate, no puedo decirte nada.

- ¿Pero por qué? ¿Tiene que ver conmigo? Con... ¿Mi padre está bien? - empezó a alarmarse.

- ¡No! Bueno, si.. - resopló – Mataré a mi hermano – dijo para sí – A ver...

Marian se acercó a la cama sentándose en ella.

- Uno de los enfermeros fue a vaciar los cubos de basura en la parte trasera y al... Que sepas que me estoy metiendo en un buen lío contándotelo – recalcó – Al abrirlo se encontró con el cuerpo de un hombre.

Las palabras de Marian se colaron en sus oídos provocando que su rostro, pálido y delgado, se iluminase. Su mirada hablaba por si sola y la sonrisa que había ido creciendo en su rostro parecía ensancharse por segundos.

- Muerte por homicidio - comentó más que preguntar.

- Entiendes ahora por...

- ¿Siguen ahí? El forense, y los demás...

- Eso creo...

- Marian...

- No. - negó sonriente – No puedes ir si es lo que me estás pidiendo.

- ¿Y salir a pasear? Muchos lo hacen...

- No insistas. No puedo hacerlo, de verdad.

- Por favor. Sólo un paseo.

- Kate... - respiró hondo – Sigues demasiado débil para salir a la calle. Si te pasase algo, aún y estando a mi cargo, podrían castigarme severamente. No pienso incumplir las normas.

- Tenía que intentarlo...

- Al final del pasillo hay una salida que da a las escaleras de emergencia... comentó vacilante – Podemos probar de andar hasta allí, si te apetece...

Beckett sonrió.

Quizá aún era demasiado pronto para poner un pie en la calle pero haría algo que se le acercaba, respirar aire fresco.

Con algo más decente que ese horrible camisón de enfermo, Kate salió al pasillo por primera vez desde la operación, aferrándose al brazo de la hermana de Martin y arrastrando con la mano izquierda el carrito, en dónde todavía llevaba el suero, con cierta dificultad.

- No recordaba que andar fuese tan cansado – se quejó.

- Y querías salir a la calle...

- Vale, tenías razón. - dijo reanudando la marcha – Estoy débil.

- Por lo que me cuenta mi hermano de ti, intuyo que en cuestión de un mes, estarás recuperada.

- No sabía que se dedicaba a hablar de mí.

- Más de lo que imaginas.

Marian miró de reojo viendo como sus mejillas se sonrojaban.

Al salir al exterior sintió un leve vértigo que la obligo a aferrarse con fuerza al brazo de su acompañante.

- ¿Estás bien? - se alarmó viendo que se balanceaba hacia un lado. - ¿Quieres que volvamos?

- No... ¿Puedo sentarme? - Marian la ayudó a sentarse en el primer peldaño de ese tramo de escaleras.

- ¿Mejor?

Kate asintió respirando hondo.

- ¡Sargento Keller!

Éste alzo la mirada buscando de dónde provenía esa voz.

- ¡Qué demonios...! - masculló apartándose la gorra.

Se negaba a creer que estaba viendo a quien sus ojos estaban viendo.

- ¿Me puedes explicar cómo has llegado hasta aquí? Espera no me lo digas – continuó – ¡Hola Marian! - la aludida se asomó saludando – Eres incorregible hermanita...

- No es culpa suya, yo insistí.

- ¡Buen intento! - sonrió él.

La forense Parish apartó la vista del cadáver momentáneamente al escuchar a Keller hablar con alguien casi a voces.

- No me lo puedo creer... - masculló en voz alta.

Lanie terminó de rellenar el informe con los primeros datos de la víctima y entregó la carpeta a su ayudante.

- ¿Se puede saber que estás haciendo?

- ¿Hora de la muerte? - le preguntó Kate sonriente.

La forense negó soltando una risotada.

- Información confidencial.

- ¡A menos que subas y me lo cuentes! - la provocó.

- Me lo pensaré...

- ¡Oye, Becks! Si quieres más tarde me paso a verte y comparto información. Así me ayudas...

- ¡Agente Vlasco! - le llamó la atención el sargento.

Kate hizo rodar los ojos resoplando.

- Prefiero compartir información con otro antes que contigo. - contraatacó.

- Touché – comentó Marian presenciado la escena. Ambas rieron.

- ¿Podemos volver? Estoy cansada.

- Eso ni se pregunta...

Antes de lo previsto, y en medio de otra reunión, Julia recibió un mensaje de Richard citándola para aquella misma tarde.

"Brooklyn Bridge Park (Jane's Carousel). Estaré allí hasta las siete."

Cinco horas y medía después desde el mensaje.

Sentado en el carruaje de caballos en el que su hija había decidido montar, Richard creyó reconocer a Julia acercarse hasta el carrusel antes de que éste le obligase a perderla de vista.

- ¿Otra?

Kyra miró a su padre.

- El trato era dos vueltas antes y dos después de la merienda.

- Jo...

- Además..., - añadió cogiéndola en brazos – ¡Mira quien ha venido a vernos!

- ¡Hey! - saludó la periodista y editora.

- Hola - le devolvió el saludo – ¿Kyra te acuerdas de ella?

- Sí.

- ¿Sí? ¿Y cómo se llama?

- No sé...

Ambos se rieron por debajo la nariz.

- Me llamo Julia. - se presentó.

- Julia – repitió pronunciándolo a su manera.

- Venga, vamos a sentarnos. - interfirió Rick.

- Aquí, aquí – señalo ella con su dedos uno de los tres escalones para acceder a la atracción.

Los diez minutos posteriores a las presentaciones, Julia, sentada al lado izquierdo de Richard, se ausentó contemplando embelesada la panorámica de la isla de Manhattan, mientras Richard intentaba que la hora de la merienda no se alargase eternamente.

- Cuatro cucharadas y ya está.

- No.

- Come esta por lo menos...

La niña giró la cara apretando los labios con fuerza hacia el otro lado a la vez que su padre la perseguía con la cuchara medio llena.

- ¿Puedo hacer algo?

Richard bajó un escalón situándose de cara a las dos.

- Gracias. Pero creo que...

- ¡Sí! Julia.

- ¿Cómo que "Sí, Julia"?

- Julia – repitió señalando el yogur.

- Cariño, no te entiendo... ¿Quieres que se lo acabe ella?

- ¡No! - lloriqueo enfadada.

- Quiere que se lo de yo – dijo la aludida.

- ¿Es eso? Quieres que...

- Sí – pronunció haciendo el tonto sin rastro de la rabieta.

Richard la dejó al mando de su propia misión imposible y se alejó momentáneamente al acercarse dos personas preguntando si podía firmarles dos ejemplares de sus libros.

- Y yo que creía que la gente ya se había olvidado de esa saga... - comentó hacia Julia.

- Cuando menos te lo esperas...

- ¡Toma!

Kyra estiró ambos brazos entregándole a su padre los restos de su merienda, el envoltorio de plástico de las galletas y el bote vacío del yogur.

- ¿Un regalo para papá?

- ¡Sí!

- ¡Precioso! Gracias. – dijo aceptándolo dejando un sonoro beso en su mejilla – ¿Me acompañas a lanzarlo?

Sin necesidad de ir los tres, Julia aprovecho para moverse y ocupar uno de los bancos de madera que acababan de quedar libres.

No tardo en volver estar acompañada.

- ¡Julia, ven!

Ilusionada por volver a subirse a los caballos, como ella les llamaba, Kyra agarró su mano obligándola a levantarse para acompañarla. Richard se limito a observar y sonreír.

- ¡PAPI! - gritó gesticulando, al girarse y ver que su padre seguía sentado en el banco.

Lo que en un principio eran dos vueltas más al final del día acabaron sumando cinco; cuatro viajes de su padre y uno extra por parte de Julia por el cual él se negó pero tuvo que acabar aceptando por dejar de escuchar una y otra vez la palabra "porfi".

Al volver de esa pequeña excursión Katherine había caído rendida en la cama.

Dos horas después se despertaba con ganas de volver a salir de aquella cama, pero ésta vez lo hizo sola, sin ayuda y llegando con éxito hasta la butaca donde llevaba sentada desde hacía un buen rato.

Había dos cosas que no dejaban de pasearse por su mente. La primera era saber que su tía Martha estaba en Nueva York pero su padre le había prohibido visitarla. La otra, la duda de encender o no el móvil sabiendo la cantidad de llamadas y mensajes que podría encontrarse o todo lo contrario.

Poniéndose como excusa que debía recuperar esa agilidad en la que solía andar, se aferró al carrito y al apoyabrazos para levantarse. Se acercó a la mesita, cogió el móvil desconectándolo del cargador y volvió a sentarse.

A pesar de su temor en la pantalla aparecieron varias llamadas perdidas, unos tres mensajes y un montón de avisos de correo los cuales le era imposible abrir por un problema de conectividad.

- ¡Maldita Blackberry! - maldijo.

Tas varios intentos desistió centrándose en contestar o borrar aquellos mensajes que fuesen meramente spam. Comprobó las llamadas registradas hasta ese día deteniéndose unos segundos al encontrarse con un número que no había guardado en la agenda.

Antes de que pudiera barajar varias posibilidades o dejarlo estar, la pantalla de la Blackberry se iluminó con el nombre "Loft llamando" parpadeando.

- ¡Hola! - contestó sonriente aunque su padre no pudiera verla - Creía que no volvías de los Hamptons hasta el fin de semana.

- ¿Srta Kate?

- ¿Alicia?! - se sorprendió

- ¿Cómo se encuentra señorita?

- Mejorando. Y no sabe la ilusión que me hace que me haya llamado. - sonó entusiasmada.

- Y yo soy feliz de que esté mejor.

- Gracias – sonrió.

- ¿La he cogido en mal momento?

- No para nada. Cuándo no tengo visitas esto es un poco aburrido...

- ¿Entonces puede hablar?

- Por supuesto. ¿Va algo mal? - le preocupo su tono.

- No señorita. Todo va bien. Es sólo que hay alguien que le gustaría hablar con usted.

Katherine respiró hondo.

Antes de que pudiera contestar noto como se le aceleraba el corazón sintiendo un leve hormigueo en la punta de los dedos.

- ¿Sigue ahí? - se aseguró la asistenta.

- Si, si, perdona.

- Se la paso entonces. Cuídese Srta Kate.

- Gracias Alicia. Recuerdos a los suyos.

Pasaron unos segundos antes no intuyó que volvía a tener a alguien detrás de la línea telefónica. Alguien que compartía los mismos nervios que ella en aquel momento.

- Es la primera vez que mantengo una conversación tan silenciosamente interesante.

Kate se rió escuchando aquella risa tan familiar.

- Nuestras conversaciones siempre fueron interesantes.

- Hola a ti también tía Martha. - saludó sonriente.

- Hola cariño.

Volvió a haber un pequeño silencio del que Martha se ocupó llenando con las típicas preguntas de cortesía.

- ¿Cómo te encuentras?

- Bien. Aburrida...

- Tenía entendido que nunca te dejaban sola.

- Y no lo hacen, pero no quiero que ahora qué me tienen aquí encerrada su vida cambié y pasé a girar en torno a mi.

- Entiendo...

- Y luego está papá que sube los fines de semana a Nueva York y me llama todas las noches de lunes a viernes, a menos que se encuentre con que no estoy disponible o fuera de cobertura.

- James Beckett... - mencionó alargando las palabras. - Realmente me ha sorprendido que te contase sobre mi regreso.

- No lo ha hecho – confesó.

- Entonces o tienes súper poderes o una intuición brillante.

- Nada de eso, excepto por lo de intuición brillante por supuesto – enfatizó soberbia.

- No me cabe la menor duda – remarcó.

- ¿Recuerdas el chico con el que hablaste el día que me operaron? Un chico alto, metro ochenta, moreno, ojos color caramelo, con muy buen planta...

- Cualquiera diría que me estás describiendo a un sospechoso. - bromeó – Sé a quién te refieres. Lo encontré un chico muy guapo, a la vista está, y muy majo, educado y se nota que está por ti...

Mientras escuchaba como estaba idolatrando a su amigo, éste apareció con un acompañante muy especial.

- Lo sé... - respondió sin evitar sonrojarse - Oye, podemos hablar más tarde o... ¿Por qué no te pasas mañana por el hospital?

- ¿Y desobedecer las órdenes de tu padre?

- ¿Desde cuándo has dejado de llevarle la contraria? - se extrañó. - Tenemos mucho de qué hablar.

- ¿Te ocupas tú de tu padre?

- Claro. Llevo ocho años haciéndolo... ¿Esto es un sí?

- ¡Está bien!

- Hasta mañana.

- Que descanses cariño.

Martin se vio obligado a ceder más cuerda de la que Royal iba atado - al cual le había colocado un pequeño chaleco antibalas negro en el que se podía leer "Police" en letras blancas a un lado, para evitar problemas –, volviéndose éste loco por acercarse a su dueña y llenarla la cara de besos/babas.

Con la excusa de tener que ir a comprar un regalo para el cumpleaños de su madre en una joyería cercana de la zona, se ahorró ir de visita al hospital. Julia se despidió de Kyra con un hasta la próxima y un beso y un ahora nos vemos hacía Rick a pocos metros de la entrada principal. Seguía devolviéndole una explicación y una disculpa y tenía muy claro que no iba a terminar el día sin escuchar lo segundo.

Sentada en una mesa de la cafetería situada al final de la calle del hospital, en paralelo a Park Row, Julia escondió un bostezo con la mano después de comprobar por enésima vez la hora en su teléfono móvil.

Harta de esperar, selecciono el icono de mensajes decidida a mandarle uno a Richard. Lo escribió de carrerilla, lo releyó y en el momento que le dio a enviar, la puerta del local se abrió.

- ¡Genial! ¿Ahora, no? - gesticuló molesta.

- Perdona, no me di cuenta de...

- Ya... - dijo recogiendo sus cosas.

- ¿Te vas?

- Léelo tu mismo. Acabo de mandarte un mensaje.

- Entonces, ¿hablamos mañana?

Julia se giró colocándose un mechón de su melena ondulada y pelirroja detrás de la oreja.

- Tú sabrás lo que haces.