CHP XI
Domingo. Un nuevo día por delante, y mucho qué hacer.
La enfermedad parecía haberle dado una tregua, y ahora que seguía estando lucida y perfectamente capacitada y consciente de quién era y todo lo que tenía, quería dejar constancia de ello para que Kyra tuviese un futuro digno, dentro de sus posibilidades, y Richard tuviese cierta tranquilidad en según qué aspectos. Eso lo tenía claro. Sin embargo había otra cuestión que la preocupaba; el día a día con su padre.
No podía negar que en Chicago Kyra estaba rodeada de gente que la adora y probablemente no iba a cambiar, más bien todo lo contrario, pero... ¿sería suficiente?
La vida de Richard no le permitía estar al cien por cien por ella por mucho que él se entestase en admitir que se las apañaría. Emma, la niñera, tenía su horario y aún y sabiendo que nunca le había dado un no por respuesta, fuese la hora que fuese y por el motivo que fuese, no podía pedirle más. En realidad se sentía en deuda con ella por haber cuidado de Kyra cuando en realidad hubiese tenido que ser ella quien estuviera a su lado, pero en ese momento el trabajo la tenía cegada. Y Dani... A ella tampoco podía pedirle más de lo que ya hacía: cuidar de su hogar incluso los días que no había nadie en aquella casa. Se sentía afortunada por haber encontrado a dos personas tan eficientes, responsables y de confianza como ellas.
Sonia comprobó la hora desde su Blackberry: 11:15am. Su cita se retrasaba.
A pocos capítulos de terminar la re lectura del segundo libro de la serie de Derrick Storm, se vio obligada a dejar el libro. Un hombre alrededor de los cuarenta años vestido con traje oscuro, camisa blanca, zapatos de charol y un maletín en la mano, se asomó después de llamar a la puerta temiendo haberse equivocado por segunda vez de habitación.
- Tenía miedo de que me hubieses dejado plantada, - se levantó quitándose las gafas de pasta - algo muy raro en ti, si me permites decirlo.
- Te pido disculpas. - entró cerrando la puerta – Si supieses como está hoy la terminal... ¡Hola guapa! - la saludó con un beso en la mejilla.
Sonia sonrió.
Éste Peter... Siempre con prisas. Estaba segura que se había quedado dormido y había tenido que sobornar a alguien para conseguir una plaza en algún vuelo alternativo que llegase a Nueva York.
- Esperaba poder ver a la niña. Tiene que estar tan grande...
- Lo dices como si hubieran pasado años, y la última vez que nos vimos fue hace tres semanas...
- Sí, pero a estas edades crecen tan rápido... - comentó nostálgico tomando asiento en la única silla que había – Fíjate en Valeria, sino. El próximo fin de semana va a cumplir nueve y la mayor está a punto de ir a la universidad.
- Te envidio.
- ¡No lo hagas! Me paso el día viendo como sale más dinero del que entra... - se rió quitándole hueso a la situación. - ¿Empezamos?
- Me gustaría hacerte una pregunta antes.
- Siempre y cuando sepa la respuesta... Adelante.
- Creo que es más bien tu opinión lo que necesito – puntualizó – Estoy pensando en la posibilidad de... - hizo una pausa pensando en cómo abordar el tema – Estoy dudando en sí debería nombrar a otra persona como tutor legal de Kyra.
- ¿No ves claro que Richard pueda...?
- No, no, no. Me refiero a parte de él. - clarificó.
Hubo un silencio antes de que él hablase.
- Me gustaría saber responderte, pero considero que eso es bastante personal.
- No te preocupes. - negó con una curva similar a una sonrisa en los labios
- ¿Alguien en mente?
- Sí y no. Tengo la corazonada de que ella podría ser a quien Kyra podría aferrarse dentro de un tiempo y a la vez me siento un monstruo por hacer lo que creo que voy hacer.
- ¿Puedo saber quién es? ¿La conozco? Y no lo digo por qué crea que a mi mujer le encantaría tener a otra persona que dependiera de ella.
Sonia negó con un mohín en los labios.
- Estaré encantada de que les hagáis una visita de vez en cuanto, díselo a Olivia. Eso sí, Richard no suele ser muy sociable cuando está en estado creativo... - puntualizó - Y en cuanto a esa persona..., estoy en ello.
- ¿Entonces ya habéis hablado de volver a Chicago juntos? – dijo subiéndose las gafas.
- Es muy probable que si sigue sin haber cambios me den el alta. Y Rick estuvo de acuerdo en cuanto se lo comente, y ya no te digo Kyra... Por ahora parece feliz con él, lo ha aceptado muy bien y él, a pesar de mis miedos, también. Me ha sorprendido su actitud Peter.
- Me alegro. - le dio un apretón en su antebrazo.
- Bueno, será mejor que empecemos, no quiero que pierdas el avión de vuelta.
- No te preocupes, ésta noche la paso en Nueva York. Me voy mañana al mediodía. - Peter sacó una carpeta color marrón de su maletín. - Así que espero poder saludar a la familia antes de irme.
- Seguro. Rick tenía una comida con unos amigos y le dije que podía llevarse a la niña.
- Has hecho bien.
- ¿Son los papeles del divorcio? - señaló la carpeta marrón.
- Testamento. En cuanto a lo del divorcio, creo que ya te lo comente. Una vez existe la sentencia de divorcio, ya no es posible anularlo. Lo único que podéis hacer para volver a ser marido y mujer es casaros de nuevo. Y hablo en nombre de mi mujer, diciéndote que estaremos encantados de ser los testigos.
Sonia sonrió, ruborizándose.
- Me parece bien. Después lo hablo con él. ¿Seguimos?
La siguiente hora y media estuvieron redactando de nuevo el testamento siguiendo los puntos que ella había anotado en una libreta para evitar dejarse cualquier cosa que pudiese ser de vital importancia.
Antes de irse, Sonia le entrego tres cartas.
Adjunta esto a mi testamento.
Peter asintió guardándolas en su maletín.
Llámame cuando tengas novedades.
Espero tenerlas. - suspiró.
Mañana me paso antes de irme.
Entonces quizá mañana podremos darlo todo por zanjado.
Mientras se despedían con dos besos llamaron a la puerta.
Hola. ¿Llego en mal momento?
No, no, Peter ya se iba.
Éste se quedó en la puerta dejando entrar a aquella mujer tan elegante. Volvió a despedirse, ésta vez de ambas, y se fue cerrando la puerta.
…
Era difícil decir quién de los dos estaba más cansado. Excepto por el hecho de que era él quien estaba haciendo un esfuerzo tirando de su hija, quien iba unos pasos por detrás agarrada de su mano andando con desgana, haciéndole más difícil la llegada a la habitación.
A medio camino, yendo en sentido contrario, se cruzaron con alguien que acababa de abandonar la habitación de Sonia y a quien la niña reconoció.
- ¡Martha! - la llamó saludando con la mano.
Ésta le respondió con una sonrisa acariciando su mano sin detenerse.
- ¿La conoces? - retomaron la marcha.
- Es la tía de Kate.
- ¿Kate, tu amiga del hospital?
La niña se detuvo de repente. Antes de entrar, se giró al reconocer sus voces. Miró a su padre, moviendo su mano para llamar su atención y la señalo con el dedo índice.
- Es ella.
Richard enmudeció.
En tres años había llegado a conocer a muchas personas, la mayoría fans de sus novelas, y seguramente si uno de estos le parase por la calle apenas le recordaría a menos que mintiese para que él o ella se sintiese importante. Y después de esas últimas semanas había dejado de mirar a su alrededor para centrarse en lo que le había venido encima con lo de su hija. No obstante, aquel rostro no lo había olvidado. Ni a ella, ni aquel incidente a la salida de la cafetería, como tampoco sus palabras.
Apartó la mirada de ella y se adentro en la habitación al darse cuenta que no había sido consciente de que su hija se soltase de la mano y entrase en la habitación.
- ¡Hey! - le saludó en voz baja – No sé qué habéis hecho pero me parece que por hoy no habrá más niña.
- Fuimos a Staten Island con Julia y su marido, Dale. Íbamos a comer en su casa, pero al final nos invitaron. Julia hizo varias fotos, cuándo me las manden te las enseño - comentó risueño al recordar a Julia haciendo fotos a diestro y siniestro.
- ¿Cogisteis el ferry?
- Mmhmm – asintió dejándose caer en el sillón que horas antes había ocupado ella.
- ¿Ha comido bien?
- Regular... Eso sí, ha querido probar un poco de todos los platos que nos iban sirviendo.
- Y tú le has dejado... - dijo más en tono de afirmación qué de pregunta.
- ¿Por qué no?
- No es que esté en contra, pero siendo en un restaurante y con gente que no conoce...
- Lo dices como si fueran desconocidos y no es exactamente así. A Julia ya la conocía y se llevan bien. A Dale también le ha parecido caer en gracia, se le ve muy niñero. Además, - dijo cogiendo aire – aunque hubiera estado comiendo con desconocidos a esa edad se pueden permitir hacer éste tipo de cosas. - dijo sintiéndose muy suelto en el tema. - A la gente le parece gracioso. No me preguntes por qué.
- Supongo que sí – suspiró – Pero no quiero que se acostumbre.
- No, claro...
Pasados unos minutos en los que cada uno se había centrado en sus pensamientos, Richard se lanzó en la piscina.
- Sonia.
- Dime – le observó sin dejar de acariciar la espalda de su hija, aún dormida en su pecho.
- ¿Desde cuándo nuestra hija a pasado ha ser el centro de atención de éste hospital?
- ¿Por qué lo dices? - se tensó.
- Porque desde que hemos entrado y hasta llegar aquí, no ha habido alguien con bata que la saludase o ella saludara.
- ¿Celoso? - se mofó
- Preocupado. - asintió con una ceja levantada.
- No tienes porqué.
- Aún así, sea lo que sea, me gustaría saberlo.
- No te va a gustar. Te pondrás hecho un basilisco y...
Sus advertencias no fueron suficientes y terminó contándoselo.
- Tenías razón. - dijo malhumorado.
- Suelo tenerla.
- La próxima vez llámame. No quiero volver a ser el último en enterarme de este tipo de cosas, sobre todo si Kyra está por medio.
- Debo admitir que me gusta cuando sacas tu faceta de padre protector - sonrió coqueta – Nunca pensé que la tuvieras.
Richard mantuvo la mirada hacia ella consiguiendo que la apartase sonrojada, con una amplia sonrisa en sus labios.
- Aún no me has hablado de la visita de Peter.
Sé acercó a su cama, tratando de hacerse un hueco en ella. Algo difícil estando la niña durmiendo encima de su madre.
- No hay mucho que contar. Creo que todo se resume con una palabra. Papeleo.
- ¿Nada más?
- De hecho sí. Y hubiera querido hacerlo distinto, pero... - señaló a la niña con la mirada – Richard Edgar Alexander Castle, ¿quieres casarte conmigo? Otra vez – puntualizó.
Rick se inclinó hacia ella dejando la palma de su mano en su mejilla y la atrajo hacia él besando sus labios con ternura y una pizca de pasión.
- Me lo tomaré como un sí. - susurró ella.
Volvió a besarla y se despegó buscando su mano derecha para entrelazar los dedos con su mano izquierda.
- Habrá que comprar los anillos.
- Sí, por qué no recuerdo dónde ni si sigo guardando el anterior.
- El mío descansa en el fondo del rio Hudson.
Sonia le miró y se echó a reír en silencio.
- ¿Qué? - pregunto divertido.
- Peter y Olivia se han ofrecido a ser nuestros testigos. ¿Qué te parece? - comentó entre risas.
- No me parece mal.
- Entonces mañana se lo confirmo. Dijo que volvería a pasar antes de irse.
- Creía que ya estaría camino a Chicago.
Así se pasaron el resto de la tarde hasta que la cena les interrumpió – momento en que dejaron la conversación en stand by – hablando de un futuro cercano en el que volverían a ser marido y mujer, pero también una familia con la que soñaban con tener cuando apenas llevaban doce meses saliendo juntos.
Pasadas las nueve Richard decidió que ya era hora de volver al hotel.
…
Habían sido tres días muy largos, pero finalmente el día había llegado. No obstante, aún le parecían una eternidad las horas que faltaban hasta el mediodía, momento en el que traspasaría las puertas del hospital.
Llevaba horas mirando el reloj viendo pasar las tres, las cuatro, las cinco... Sí, recordaba haber cerrado los ojos en algún momento, pero no había sido, ni de lejos, una de aquellas noches en las que había dormido siete horas del tirón. ¿Nervios? No. ¿Ganas de largarse? Infinitas.
Katherine se incorporó de la cama a las ocho de la mañana cansada de estar tumbada y de darle vueltas a la cabeza a todo lo que tenía planeado hacer una vez en casa. Y lo primero sería dormir. Añoraba su colchón, su almohada, incluso el tacto de sus sábanas y el olor a hogar de su apartamento. Sí, también a su guardián canino. A él en especial le echaba muchísimo de menos. Pero estaba tranquila sabiendo que Martin se había ocupado de él todos estos días y probablemente seguiría haciéndolo. No podía olvidar que iba con una venda que le presionaba el tobillo y aún y no tener que llevar muletas, andaba cojeando. Y a eso había que añadirle que con el cabestrillo le era imposible moverse al cien por cien, por lo que aunque le molestase tener que seguir dependiendo de los demás, iba a seguir siendo así una larga temporada.
Hasta las once de la mañana su habitación se había convertido en un entra y sale de gente constante. A las nueve el médico había hecho la visita de cortesía con los resultados de las dos radiografías permitiéndose un comentario al que Kate había arrugado la nariz "Todo está siguiendo su curso. Así que no hay nada que me impida firmar el alta".
Poco después de salir el Dr. Roland, entraba Martha desprendiendo una alegría un tanto sospechosa sabiendo al momento su motivo. Y desde hacía medio minuto la recién llegada había sido Lanie, quien desde el pasado viernes ya estaba oficialmente en sus vacaciones de easter week.
- ¿Y tus zapatos? ¡Dime que no piensas irte con estas zapatillas de playa!
- ¿Qué tiene de malo?
Kate se miró los pies con una perfecta pedicura de color rosa palo, a conjunto con la manicura, con la que tanto había insistido su tía y en la que no había podido más que aceptar al verla entrar con una chica joven y un maletín. Ella se arrodilló y le cogió el pie que llevaba vendado haciendo una mínima presión en la zona dónde sabia que le iba a doler. Kate se estremeció apretando los dientes.
- ¡Joder Lan! - consiguió decir.
- Esto es lo que tiene de malo... ¿Duele, verdad?
- No, me hace cosquillas – ironizó.
- ¡Chicas! Haya paz... - se interpuso Martha – Si con ellas va cómoda, no veo tan mal que las lleve puestas.
Su sobrina sonrió satisfecha.
- De todos modos te van a llevar con silla de ruedas hasta el coche. Así que difícilmente te vas a volver a resbalar con ellas... - soltó sin más.
- ¿Perdona? ¡Ni hablar!
La forense puso los ojos en blanco resoplando.
- Menuda paciencia vas a tener que tener con ella, Martha...
- Ahora está así por qué está ansiosa por irse, pero una vez en el loft todo será distinto.
- ¿Has dicho loft? ¿Os habéis parado a pensar que quizá lo que quiero es volver a mi apartamento? - se quejó.
- ¿Estás segura? Yo estaré encantada de tenerte en casa y ayudarte en lo que necesites.
- ¿Y qué pasa con las escaleras? ¿Las subo volando? Por qué si no recuerdo mal mi habitación esta en el piso de arriba...
- No tienes por qué ocupar aquel dormitorio. La habitación de matrimonio es mucho más grande y tienes el baño al lado. Además, la semana pasada hice cambiar el colchón y compre dos juegos de fundas nórdicas preciosas.
- ¡Kate, no seas tonta! Di que sí. Incluso yo estoy pensando en mudarme ahí... - intervino Lanie, sentándose en la cama.
- Está bien. Pero...
- Malditos "pero" - exclamó su amiga dejándose caer hacia atrás.
- No tienes de qué preocuparte Katherine. Está todo solucionado. - sentenció Martha cerrando la puerta del armario, ya vacío.
…
Aquella semana no solamente había empezado con buen pie para la paciente de la 215, también para Sonia y su familia, quienes deseaban, ahora más que nunca, empezar de cero y en cierto modo retomar su vida en Chicago.
Sonia se había metido tanto dentro de la historia de aquel libro que Peter le había regalado que el grito repentino de su hija le acelero el corazón.
- Cariño, ¿qué pasa?
- ¿Puedo ir con Kate?
- Es verdad que se iba hoy... - musito para sí misma pero en voz alta – ¿Te acompaño?
- No. Sola.
- Vale, pero ten cuidado... - aceptó no muy convencida.
La puerta de la habitación se abrió de repente cuándo esta iba a salir. Richard se echó atrás al ver que su hija salía decidida hacia el pasillo.
- ¡Kyra! ¿Dónde vas? - sonó autoritario. - ¿Se puede saber a dónde va? - pregunto mirando a su ex.
- No te preocupes, va a ver a Kate. - le informo desde el interior.
- Kate, Kate, Kate... ¡Últimamente no hago más que oír este nombre! - discutió molesto observando el pasillo con detenimiento.
- ¿Tanto te molesta que tu hija conozca a otras personas o es que hay algo que no me has contado y está relacionado con Kate? - tanteó.
- Claro que no me molesta, sólo que no me parece bien que esté con gente que no conozco. Y sinceramente, esta chica no me transmite..., nada bueno.
- Richard, ¿te importa dejar de mirar el pasillo? Me pones nerviosa.. - éste se giró con desgana – ¿De verdad crees que le habría dejado ir si no tuviese mis motivos para hacerlo?
- Estaré encantado de escucharlos.
- Para empezar que forma parte del cuerpo de policía de Nueva York. Es detective de homicidios, trabaja en la comisaria doce.
- Eso no significa nada. Es sólo una profesión. Saber a qué se dedica una persona no te va a decir como es, y mucho menos...
- ¡Soy perfectamente consciente de eso! - le interrumpió – Pero no había terminado. Se mucho más...
Sonia calló en seco compartiendo una mirada cómplice con su futuro marido al reconocer el llanto de su hija. Decidido a salir a por ella, Kyra entró corriendo hasta esconderse al regazo de su madre en un continuo llanto dejándoles a ambos confusos y preocupados.
- Kyra...
Sonia fulminó a Rick con la mirada al escucharle resoplar mientas ella era incapaz de sonsacarle a su hija el porqué de aquellas lágrimas sin fin.
- Cariño, ¿le cuentas a mamá qué ha pasado? - insistió ella paciente acariciándole la espalda.
- No está – farfullo en sollozos.
- Si no la hubiera conocido ahora no estaríamos así... - murmuró él.
- Si no la hubiéramos conocido, probablemente no sabrías que tienes una hija porque no habría volado a Nueva York. Así que o lo aceptas y te callas o será mejor que te largues.
Sin ganas de seguir discutiendo por aquello se encaminó hacia el ascensor decidido a salir de allí y olvidarse de lo que acababa de pasar.
Marian se cruzó con él sin percatarse con el teléfono en sus manos pendiente de que su hermano se dignase a responder.
- ¡Hola! Vengo a buscar a Kyra – anunció acelerada. - Si aún quiere despedirse de Kate, claro..
La niña se incorporó frotándose los ojos con las manos.
- Creía que ya se había ido. Al decirme que no estaba en..
- Sí, bueno, ha dejado la habitación pero sigue abajo esperando a que mi hermano venga a buscarla. Estoy intentando localizarlo para que no se de tanta prisa en llegar... - sonrió nerviosa.
El teléfono vibró en sus manos respondiendo al instante. Y en menos de un minuto le convenció para que se retrasase un rato más.
- ¿Vienes conmigo, entonces? - le tendió la mano.
- Mami...
Kyra miró a su madre indecisa.
Ella no se lo pensó. Se levantó, cogió a su hija de la mano y las tres salieron de la habitación atravesando el pasillo como si les fuera la vida en ello.
…
Katherine empezaba a impacientarse y a arrepentirse de haber dejado que Martin las fuese a recoger y no avisar a la compañía de taxi que estaba segura que habrían llegado más puntual de lo que estaba llegando él.
- ¿Qué haces? - preguntó Lanie viendo que tenia, otra vez, el móvil en sus manos.
- ¿Tú qué crees?
- ¡Mira que eres impaciente...! - se lo requisó – Hace diez minutos te dijo que estaba de camino... ¡Dale tiempo!
…
Incapaz de retrasarlo más, Martin puso el intermitente para girar a la derecha antes de detenerse por el semáforo en rojo. Cuando éste se lo permitió, y viendo que los pivotes estaban bajados, avanzó invadiendo la acera momentáneamente al girar para adentrarse en una zona – habitualmente – prohibida para cualquier vehículo, estacionando el Honda con los cuatro intermitentes a pocos pasos de la entrada principal.
Katherine sonrió al ver aparecer el Honda Civic de color blanco y poco después al conductor salir de él más chulo que un ocho vistiendo de uniforme con méritos de sargento.
…
Marian se abrió paso al abrirse las puertas del ascensor con un "dejen paso" consiguiendo que la gente se apartarse al verla tan acelerada.
Kyra se adelantó soltándose de la mano de su madre al ver a Kate acercarse a la rampa, ya fuera del hospital.
- ¡Martin espera! - gritó su hermana.
- ¡Kate! ¡Kate...!
Al tiempo que ambos, y más presentes, se giraban, la niña se aferraba a las piernas de Beckett obligándola a apoyarse a la barandilla con todo su cuerpo. Ésto la obligo hacer un movimiento que no debía con el pie del esguince. Maldijo para sus adentros.
Marian y Sonia se acercaron más relajadas soltando un disimulado suspiro de alivio.
- Así que era por eso... - susurró Keller a su hermana, ahora apoyada en su hombro. Asintió.
- ¿Desde cuándo se te dan tan bien los niños? - se sorprendió Lanie al ver aquella niña aún aferrada a ella sin intención de soltarla.
Kate sonrió.
- Quería decirte adiós y como no te vio en la habitación... - dijo su madre acercándose al lado de Martha, quien sonrió mirando cómplice a Sonia.
- Tenía tantas ganas de irme que... ¿Me perdonas? - miró a la niña haciendo un puchero.
- ¡Vale! - sonrió mostrando sus pequeños dientes leches.
- Oye, ¿y esa tirita? - se fijo.
- Me hecho pupa. - contestó poniendo morritos.
La niña se aparto la manga corta de su camiseta verde con la rana gustavo y le enseño la tirita de color azul que llevaba en la zona alta del brazo, tocando al hombro.
- Desde ayer que se quejaba que le dolía ahí y hasta que no le han puesto una tirita de colores no ha parado... - explicó la madre restándole importancia.
- Ahora ya no te duele, ¿verdad?
- No. ¿Y a tu?
- Cariño se dice a ti – la corrigió.
- Sí, ¿y a tu? - repitió.
Todos procuraron disimular lo divertida y adorable que les parecía aquella pequeña.
- Sí, aún me duele un poco.
- Beckett, deberías irnos...
- Claro... Bueno, princesa me tengo que ir. ¿Me das un beso?
La niña se acercó poniéndose de puntillas y ella se inclino a su altura. Con sus cortos brazos alrededor de su cuello la besó con ímpetu. Cuándo le dejó, Kate se lo devolvió.
- ¿Y mi beso? - se quejó Martin poniendo cara de tristeza.
- Tú no - contesto decidida.
Katherine tuvo que contener una risotada tapándose con la mano derecha.
- Cielo, no seas mala. Dale un beso al sargento Keller. - la animó su madre. - ¿Podemos hablar un momento? – susurró a continuación acercándose Beckett.
- Claro.
Ambas se separaron de los demás unos centímetros más adelante.
- Verás... Sé que no tengo derecho a pedírtelo, pero... El miércoles es su cumpleaños y si no es mucho pedir me preguntaba si podrías pasar unas horas con ella. No tienes que llevarla a ningún sitio ni comprarle nada. Si puede pasar un rato contigo y el perro, estará más que contenta.
- ¿Y si damos una fiesta sorpresa en los Hamptons? - propuso en susurros Martha, uniéndose a lo que había empezado siendo una charla privada.
Su sobrina se giró observándola estupefacta, más o menos como el rostro de la madre.
- ¿Eres consciente de lo que acabas de decir? - le recrimino Kate.
- ¿No os parece buena idea?
- No se trata de si la idea es buena o no, se trata de que es su hija. No de un objeto que puedas manejar a tu antojo.
- Katherine, cariño, piénsalo.
- No creo que sea yo quien tenga que pensarlo – dijo desviado la mirada hacia Sonia.
- En verdad, no sé qué decir...
- Te entiendo. Mi tía a veces tiene ideas un tanto descabellas...
- No es por la idea, Kate, es... No sé qué va a opinar mi marido de todo esto...
- Bueno, no se trata de su cumpleaños, sino del de la niña; su hija – insistió Martha.
- Dejad que lo hable con él...
- Por supuesto. Espera... – se puso a rebuscar en su bolso sacando una tarjeta de color blanco roto con su dirección y número de teléfono. - Llámame cuando hayas tomado una decisión.
- Gracias.
- ¿Podemos irnos ya? - interrumpió Martin con Kyra en brazos, dejándola en el suelo al lado de su madre.
- ¡Sí! Por favor... - suplicó Kate aún incrédula a la idea de los Hamptons.
