CHP XIII
" (...)
- ¡No! Ni hablar.
- ¿Por qué? ¿Porque no les conoces?
- Porque ya me había hecho a la idea que pasaría el día con mi hija. Por eso.
- Richard, no se trata de ti. Estamos hablamos del cumpleaños de tu hija, y creo que a ella le encantaría tener... ir a esa fiesta.
- ¿Se lo has dicho?
- No.
- Mejor.
- No te entiendo, en serio. - resopló - ¿Qué problema tienes con Kate y su tía, Martha?
- Estoy seguro que Martha es una señora encantadora, pero eso no les da derecho a...
- Ya sé cual es tú problema. - le interrumpió - Lo vi el otro día y ahora tú mismo te acabas de delatar. Es Kate. Es por ella que no quieres que la niña vaya a los Hamptons. Y lo siento, pero Kyra va a ir a su fiesta, te guste o no.
- ¡Genial! - exclamó irónico - ¿Me puedes decir entonces para que querías mi opinión?
- Porque eres su padre, y a pesar de saber que te ibas a negar tenía que decírtelo. Ya que vamos a empezar de cero, quiero hacerlo sin secretos.
- Te lo agradezco.
Silencio.
- Contéstame a eso: ¿Crees que de no existir esa fiesta, una vez en Chicago no va a nombrar a Kate?
- Se acabará olvidando.
- No. No lo hará. Desde que ha empezado a hablar no eres consciente de las veces que me ha pedido, a su manera, que le comprase un perro. Y ahora sabe que hay una persona a quién parece haber cogido cariño que tiene uno. Así que cuando empiece a decirte que quiere ir a Nueva York, que sepas que esto va a ir relacionado con ella. Y si quieres un consejo, cuánto antes lo aceptes mejor para vuestra relación.
- Eso no me impide seguir pensando en que si no fuese a esta fiesta todo sería más fácil.
- ¿Más fácil para ella o para ti? ¿De verdad has escuchado algo de lo que acabo de decirte? Richard, te guste o no, Kate ha empezado a formar parte de la vida de nuestra hija y créeme, siento si estoy insistiendo demasiado, pero más te vale empezar a aceptarlo antes de que sea demasiado tarde."
Llevaba años evitando Chicago, pero nunca había tenido tantas ganas de volver como aquella noche.
Durante la cena no había dejado de buscar vuelos de ida a Chicago para dos adultos y un menor en clase preferente para el próximo lunes. Una vez comprados, lo que había logrado evitar durante unas horas volvió a instalarse en sus pensamientos.
- Maldita sea...
Cabreado consigo mismo por no conciliar el sueño, se levantó dirigiéndose al cuarto de baño dónde se desnudo y entró en la ducha graduando el agua de modo que saliese fría. Pasados unos doce minutos, salió con una toalla anudada a la cintura decidido a hacer uso del mini bar. Cogió una cerveza de la nevera y volvió al cuarto de baño para vestirse.
Al escuchar el sonido predeterminado de una nueva entrada en su correo, salió todavía con el torso desnudo y descalzo hacia el portátil dando un trago directo de la botella. Al leer el remitente, se atraganto con lo que había ingerido. Con manos temblorosas y sintiendo los latidos rítmicos del corazón en sus oídos, deslizó el dedo índice por el control táctil hasta que el cursor estuvo encima de su nombre y con el botón izquierdo abrió el correo:
RE: (sin asunto)
Cath 4 de Abril 2007
Para: EAllan
Hola Edgar. Estoy muy cansada así que seré breve.
Sé que llevamos meses sin hablar, mejor dicho llevo meses sin devolverte respuesta al e-mail del pasado Junio, pero viendo tu insistencia de estos últimos días me di cuenta que no podía retrasarlo más.
No suelo ser tan directa, pero ambos necesitamos que así sea.
Llegué a sentir más que simpatía por ti, pero ahora qué más da, ¿no?. De ahí que no te respondiera.
Me hizo daño leer aquello, pero no te preocupes, estoy bien, o una parte de mi lo está. Además, como tú dices, es mejor dejar las cosas como están. Sobre todo después de leer lo de tu ex. Ahora ella tiene que ser tu mayor prioridad. Y te voy a dar un consejo de antemano: Haz que cada día sea el mejor hasta su final. Regálale siempre una sonrisa que la haga olvidar todo lo malo de vuestra antigua relación. Haz que se vaya feliz, Edgar. Nadie se merece morir solo, ni con culpas ni penas en su interior por muy mal que se haya portado contigo o te haya herido. Dale los mejores últimos años, meses, semanas o días de su vida.
Por último, sólo comentarte que voy a estar bastante ausente durante un tiempo. Necesito centrarme en la recuperación del accidente que tuve hace unas semanas. Una que siempre se mete en líos... Ahora estoy bien. Sabiendo por lo que pase estando inconsciente puedo asegurarte que he salido ilesa. Así que no te preocupes, estoy bien. Con un esguince y una operación en el hombro, pero viva.
He decidido ir a vivir con mi padre una temporada, él aún no lo sabe, pero mucho me temo que no me pondrá ninguna pega, jeje. Necesito un cambio de aires, reflexionar, olvidarme de mi vida diaria y del estrés... ( no, nunca me creí capaz de estar escribiendo eso, jaja)
Tendrás que perdonarme, pero no me veo capaz de seguir escribiendo. No con los ojos abiertos, jeje...
Te deseo lo mejor Edgar.
Sé fuerte.
Ps. feliz cumpleaños, pasados.
Con cariño,
Cath.
Aquel correo había acabado de rematar su noche.
Por unos instantes no pudo evitar pensar qué habría sido de ellos si aquel correo hubiese llegado un mes antes del día D. ¿Habría cambiado algo? ¿Habría sido capaz de decirle que él sentía probablemente lo mismo que ella por él? Quería pensar que sí, pero en realidad tal y como había dicho ella, ¿qué importaba ahora?
A día cuatro de abril a las 3:10 de la noche no servía de nada lamentarse ni hacer suposiciones porque su presente era la madre de su hija, con quien había decidido volver a casarse hasta que la muerte les separase, y una pequeña traviesa ya oficialmente de tres años a quién hacer de padre.
Claro que esto no le impedía pensar en ella de vez en cuando. ¿No?
Richard se frotó los ojos bostezando. Iba siendo hora de acabar con aquel día, no sin antes ponerse el despertador a las ocho. Había mucho qué hacer por la mañana antes de que su pequeña rubia se fuese a su fiesta sorpresa en los Hamptons... Los Hamptons...
Se froto la sien tratando de centrarse.
Cerró el ordenador y mientras esperaba que se apagase, comprobó la batería del móvil poniéndolo a cargar al mismo tiempo que activaba las alarmas, una a las siete y la otra a las ocho. Apagó las luces de la habitación y se tumbó en la cama tratando de mantener la mente en blanco.
...
No había sido tan fácil como creían separarla de su madre. No obstante, al bajar del coche, medio dormida, y entrar en la casa investigando las estancias a su antojo, vigilada por Kate y Martha, quién podía andar con más soltura que su sobrina, Kyra dejó de añorarse dejando aquel sentimiento para Kate, a quién se le erizaba la piel cada vez que ponía un pie en el umbral de la puerta. Una sensación que con el tiempo había llegado a relacionar con su madre dándole la bienvenida.
Aún no disponiendo de la totalidad de su movilidad no había parado de ir de un lado a otro, ayudando en la cocina y poniendo su entera atención en la niña. Y a eso, aunque quisiera negarlo, su cuerpo ya había empezado a pasarle factura.
- ¿Katherine?
- ¡En la cocina!
Martha entró parloteando – seguida por Royal – animadamente con dos botellas de refresco vacías, deteniéndose en seco al encontrar a su sobrina apoyada en la nevera soplando y suspirando con los labios fruncidos.
- Que sepas que te acabas de perder lo mejor de la tarde... ¿¡Katherine?!
- Necesito... Creía que la herida me iba a dar una pequeña tregua, pero... Y además me dejé las pastillas en Nueva York... – maldijo tratando de mantener la calma.
- ¿Recuerdas el nombre?
Ella negó soltando un insulto a regañadientes.
- Sé que no es el mejor momento para decirlo, pero eso te pasa por hacerte la valiente.
- ¿Te importa acercarme el teléfono? Con suerte Martin aún no habrá salido...
- Marca el número, hablaré yo con él. - Kate se lo entregó y ella lo dejó en la encimera – Ahora le llamo. Primero te acompaño a la biblioteca. Allí podrás descansar hasta la hora de la cena.
- Hay que...
- Nosotros nos ocupamos de todo. - dijo atravesando el pasillo caminando detrás de ella - Ahora hablaré con Martin y te aviso cuando llegue.
- Vale...
- Descansa – besó su frente.
Martha salió de la habitación dejando al perro tumbado al lado de su dueña y regresó a la cocina cerrando cada puerta que había por el camino.
Concluida la llamada con Martin dejó el teléfono en la base. Cogió un tetrabrik de zumo y una botella de refresco con gas y se dirigió de nuevo al patio trasero dejándolo todo en la mesa dónde aún se podía apreciar restos de la merienda y gominolas que su cuñado había preparado para la ocasión.
Un par de horas más tarde, Martin llegaba a los Hamptons.
Martha se precipitó hasta la puerta al escuchar el timbre.
- ¡Adelante! - le invitó a entrar echándose a un lado.
El chico sonrió mostrando la caja de las pastillas que le habían pedido cómo recién sacado de un anuncio publicitario.
- Siento el retaso.
- No te preocupes. - cerró - ¡Ven! Te enseñaré dónde está – se adelantó y atravesó el pasillo abriendo las puertas que previamente había cerrado – Mi cuñado y Lanie bajaron a la playa con la niña, de ahí éste silencio... – comentó en un tono de voz más bajo del habitual.
- ¿Usted no va?
- Por supuesto, pero alguien tenía que quedarse para recibirte... Es aquí.
Dio unos toques en la puerta llamándola. Nada.
- Martha, yo me encargo. Vaya con los demás.
- ¿Seguro?! Y por favor, nada de usted.
- Sí, sí, seguro. De todos modos dentro de noventa minutos tengo que volver a Nueva York para recoger a mi hermana. Espero que no sea ninguna molestia que venga a la cena.
- Querido, ¿te has dado cuenta de las dimensiones de esta casa? ¡Por supuesto que puede venir! - exclamó, manteniendo bajo el tono de voz.
- Sé lo diré, aún y habiéndose auto invitado.
- No hay problema. - palmeó su brazo – Bien, entonces... ¡tú mismo! Estás en tú casa. Nos vemos luego. ¡Suerte!
...
A menudo se preguntaba como conseguía hacer tanto y a veces tan poco con el mismo límite de tiempo. Y aunque hoy era uno de esos días en los que desearía disponer de un plus de cuatro horas a las ocho que solía pasarse trabajando, no tenía la suficiente voluntad para dejar la lectura de aquellos e-mail entre Richard y su, aparentemente, amor platónico.
- Srta. Shumway, tiene una visita.
Julia respondió malhumorada.
- Kristal, ¿recuerdas que te dije acerca de las visitas?
Se escuchó un ruido molesto a través del interfono.
- ¿Kristal? ¿Qué está pasando?
- ¡Hey! Richard Castle al habla. ¿Crees que puedo robarte sesenta minutos de tu tiempo?
- ¿Rick que estás haciendo aquí? ¿Sabes? No me importa. Ahora mismo salgo.
Marcó el punto en el que se encontraba de la lectura, cerró varias ventanas de Internet y programas que mantenía abiertos. A la espera que el ordenador se apagase, descolgó su chaqueta de la percha, se cruzó el bolso y tras bajar finalmente la tapa del portátil salió de su despacho.
Antes de saludarle se acercó al mostrador dónde la recepcionista acababa de atender a una llamada.
- Kristal, si alguien pregunta por mi les dices que tuve que salir por una visita de urgencia al ginecólogo. No creo que vuelva hasta mañana...
- Claro. - anotó con una leve sonrisa - Hasta mañana Srta. Shumway.
Julia se despidió arrastrando a Rick hacia la puerta quién la abrió cediéndole el paso.
Rodeados por el ambiente de Nueva York ambos se dirigieron al norte de la 110th St. en busca de un restaurante dónde poder hablar tranquilamente mientras saciaban el apetito.
- Me sorprende la facilidad con la que te escaqueas del trabajo.
- Bueno... Yo también estoy sorprendida por tu visita sorpresa. Espero que no sea por...
Rick se paró en medio de la acera obligándola a detenerse. Ésta retrocedió unos pasos mirándole con el ceño fruncido.
- ¿Va todo bien?
- Volvemos a Chicago.
- ¿Volvemos? - pregunto confusa.
- Vamos por allí – le indicó, cruzando hacia Frederick Douglass Blvd, antes de responderle.
Con respectivos menús - una ensalada de pollo de Subway y una pizza de Papa John's. - ambos habían decidido instalarse en un banco de Central Park.
- Richard, ¿estás seguro? - dijo apartando el recipiente dónde minutos antes estaba lleno de vegetales.
- Lo estoy.
- Entonces... Imagino que no te importara que te haga cierta pregunta...
- ¿Has empezado a leer lo que te pase, verdad? – esbozó una sonrisa melancólica. Julia asintió – Antes dime hasta dónde has leído. - repuso, apartando la caja de su regazo.
- Estoy a punto de empezar el 2005.
- Cómo te dije, sé qué me vas a preguntar y la respuesta está en las últimas páginas y en un e-mail que no tienes pero te pasare hoy mismo cuando vuelva al hotel.
- Te odio. - sentenció dirigiéndose hacia la papelera más cercana.
- Lo sé. - sonrió.
...
Escuchar a la espera de algún ruido y que todo permaneciese en silencio – excepto por los ronquidos de Royal – era una sensación que la hacía sentir libre.
- ¿Te apetece dar un paseo?
El perro se levantó al oír su voz acercándose al sofá dónde se sentaba ligeramente incorporada.
- ¡Sube, anda! Pero no sé lo digas al Sr. Beckett o nos echará a los dos...
Su estomago protestó. No había comido desde las doce del mediodía, ya que lo que había picoteado antes de empezar a encontrarse mal apenas podía definirse como tal.
Ansiosa por salir al exterior – y no era la única – se acercó a la cocina dónde cogió un par de sándwiches ya preparados y una botella de un refresco sin gas que guardó en su mochila. Abrió la puerta que daba al patio trasero, salió después de Royal y cerró.
No podía negarse a sí misma las ganas de seguir caminando a solas por el borde de la orilla con el agua cubriéndole hasta el tobillo, mientras jugaba con Royal y un palo (o similar) que siempre conseguía de algún rincón. No obstante, hoy no era un día cualquiera y sabía de alguien que probablemente estaría contenta de verla.
- ¡Royal! - le llamó acercándose a la orilla con las zapatillas en la mano derecha, la buena – ¡Deja esto! Kyra nos espera...
...
Le habían sacado cuarenta mil fotos al castillo de arena que había construido con la ayuda de Jim y Lanie, y aún así no parecía satisfecha con el resultado. Ella quería el original. Y quería llevárselo a casa.
- Entiendo que quieras enseñárselo a tu madre, Kyra, pero no podemos llevárnoslo. Se romperá si intentamos cogerlo. - argumento Jim.
- ¡No! ¡Yo quiero éste! - insistió.
Martha sonrió escondida detrás de una revista de moda y tendencias para ese verano. Le divertía ver a su cuñado en apuros.
- ¿Alguna idea? - murmuró, lanzándole una mirada desafiante.
Su cuñada hizo ademán de levantarse dispuesta a reconocer que estaba sin ideas cuando de reojo y a lo lejos reconoció a quien iba a ser la solución al problema.
- Tú hija. - soltó sin más.
- No estamos hablamos de Katie, estamos hablando...
- ¿Por qué nunca me entiendes cuando hablo? - repuso acercándosele.
Puso las manos a ambos lados del su rostro y le obligó a mirar al frente.
- Tú hija – repitió susurrando a su oído izquierdo.
Jim esbozó una involuntaria sonrisa hacia su cuñada y se encogió de hombros soltando un "ya veremos" mezclado en un suspiro mientras se alejaba para empezar a recoger.
- ¡Quiero mi castillo! – insistió gritando y pataleando con sus manos cerradas en puños.
- ¡Por supuesto que lo quieres! ¿Qué sería de una princesa sin su castillo?
La niña miró hacia atrás girando noventa grados sobre si misma al ver a Kate y a Royal acercase por la orilla.
- ¡Kate!
Martha estaba en lo cierto.
El problema del castillo se desvaneció por completo al aparecer su sobrina. Ni siquiera le importó dejarlo ahí y que a la mañana siguiente las olas se lo hubieran llevado. Aquello la hizo pensar. ¿Había hecho lo correcto? ¿Su decisión habría sido otro error más que añadir en su lista? La respuesta la podía ver con sus propios ojos. Cada minuto que las dos pasaban juntas, cogiéndose confianza y conociéndose, una parte de ella se volvía más optimista. O eso quería creer.
"Podía funcionar. ¿Por qué no debería?" – se dijo a sí misma.
