CHP XVII

Katherine ojeaba el periódico de la mañana luchando con todas sus fuerzas para no quedarse dormida. Delante de ella, una taza vacía aún humeante y a su lado un plato pequeño con un último bocado del panecillo de queso que se había pedido.

- Siento el retraso.

El abogado retiró la silla para sentarse.

- ¿Mala noche? - tanteó al verla bostezar.

Ella le sonrió cerrando aquel montón de papeldejándoloa un lado del extenso sofá en el que estaba sentada.

- Perdona que haya empezado sin ti, pero necesitaba...

- No te preocupes. - repuso inmediatamente - ¿Te apetece algo más? Invito yo.

Katherine dudó por unos segundos.

- Quizá otro café... - dijo controlando otro bostezo.

- ¿Café sólo? - confirmó antes de dirigirse hacia el mostrador.

Asintió.

Minutos más tarde Peter se acercó a la mesa con una bandeja entre sus manos.

Ella colocó los restos de su anterior desayuno en la bandeja, una vez vacía, y se acercó la taza del café recién hecho.

- Imagino que te sorprendió mi llamada después del espectáculo de anoche en el loft.

- No soy nadie para juzgarte. - respondió mordiendo la napolitana de chocolate.

- Sigo creyendo en todo lo que dije. No es mi lucha, - recordó - pero... - continuó mientras no dejaba de remover el café – Me he pasado toda la noche en blanco dándole vueltas a la situación. No te puedes ni imaginar la de veces que he leído la carta de Sonia, que por cierto, tuve que reconstruir igual que un puzzle gracias a mi perro.

- Y la decisión que has tomado es...

- ¿No es obvio? - se encogió de hombros relamiendo la cuchara antes de dar un sorbo.

- No quiero que me mal interpretes pero, ¿estás completamente segura?

Katherine respiró hondo.

- No. Siento pánico cada vez que lo pienso y creo que meterme entre ella y su padre es y puede que sea lo más estúpido que haré en la vida. - se llevó la taza a los labios apurando hasta la última gota - No obstante, hay algo que me dice "Hazlo".

- Tengo que admitir que me sorprende tu decisión.

- Espero que para bien...

- Bueno... Tu tía me contó que estabas muy unida a tu trabajo.

- Y lo estoy. - afirmó - De todas formas no veo qué tiene que ver eso con mi decisión.

Peter se terminó el zumo de naranja dándose unos minutos para pensar en ello.

- Debería haberte advertido de esto, mea culpa. - se disculpó limpiándose con la servilleta - Verás, una de las cláusulas de aceptar, es la posibilidad de tener que mudarte a Chicago, con ella.

- ¡¿Mudarme?! Creía que sólo tenía que sacarla de Detroit y llevarla a Chicago con la esperanza que su padre recapacitase...

- Bueno, ¡eso sería genial! – confesó – Presiento que no será tan fácil... Deberías pensar en una alternativa, siempre y cuando quieras seguir con esto.

- Por supuesto que quiero – respondió con rotundidad. Tomándose unos minutos antes de seguir con la conversación – Sé lo que estás pensando y sí, tienes razón, no tengo ni idea de lo complicado que debe ser compaginar el trabajo y una niña de seis años, sobretodo en mi lugar, pero créeme cuando te digo que eso es lo que menos me preocupa ahora mismo - sonrió – Y..., sí aún estás interesado en mi ayuda, deberíamos centrarnos en el viaje. No soy de esas personas que les sobra el tiempo.

Peter apartó la taza y el plato del desayuno y cogió el móvil, consultándolo.

- No sé si lo verás precipitado pero deberíamos salir mañana por la mañana. ¿Te supone algún problema?

- ¡Ojalá lo supiera!

...

De camino a comisaría había estado pensando en distintas versiones de cómo pedirle unos días libres a su superior que no fuese "los necesito para rescatar a una niña de su padre".

El ascensor se detuvo en la planta y acto seguido se abrieron las puertas.

- Buenos días detective.

- Buenos días – respondió distraída.

Beckett centró la mirada en el despacho del capitán confirmando que ya había llegado.

- Hey, Beck-

- Ahora no Esposito. - le cortó tajante.

Llamó a la puerta del despacho de Hines y éste le hizo una seña desde dentro haciéndola pasar.

- Señor, ¿tiene un minuto?

- Claro. Adelante.

Katherine tomó asiento. A su vez, él se reclinó en el respaldo de su silla.

- Nunca se lo pediría si no fuese muy importante. - introdujo frotándose las manos en la tela de los vaqueros – Necesito unos días libres empezando por mañana.

El capitán abrió los ojos sorprendido por tal petición.

- ¿Hay algo que debería saber?

- Nada que pueda ensuciar o poner en peligro mi carrera, señor.

- ¿De cuántos días estamos hablando?

- Una semana. Semana y medía... Quizá menos, o más.

- ¿Es consciente de lo que me está pidiendo, detective?

- Sí, señor. Y le aseguro que el porqué los necesito no incluye una playa rodeada de palmeras.

- Es bueno saberlo – comentó mostrando media sonrisa.

- A la vuelta no me importa estar trabajando cada día, incluyendo festivos si es necesario, lo que haga falta, - remarcó - pero en estos momentos necesito estos días.

Hubo un silencio bastante incómodo y lleno de tensión por parte de Beckett. Edward lo notó.

- Está bien – se enderezó – puede irse. Y espero no volver a verla por aquí hasta dentro de una semana o lo que necesite de tiempo, ¿entendido?

- Muchas gracias, señor.

- No he terminado – apuntó – Cuándo vuelva quiero que lo que sea que tenga que solucionar, lo esté. ¿He hablado claro?

- Sí, señor. Lo prometo.

- Nada de promesas, Beckett. Quiero hechos. - ella asintió -. Puede irse.

Edward levantó levemente la cabeza al escuchar la puerta cerrarse. Sonrió.

Era una baja importante quedarse sin ella en el cuerpo, y aunque cómo capitán no podía permitirse favoritismos, ¿para qué negarlo? Ella era una de las mejores en su departamento.

El gran interrogante de ahora era: ¿a quién ponía para sustituirla hasta su vuelta?

...

Pasados los cien diez minutos de viaje con algunas turbulencias, cortesía de la tormenta que estaba cayendo en todo el estado de Michigan, Katherine abandonó su asiento antes que la mayoría de los pasajeros.

Con los pies pisando firme el suelo del aeropuerto de Detroit, salió de la terminal cargando una maleta de viaje de mano de color marrón oscuro con las asas y algunos detalles de un marrón más claro, dónde llevaba lo suficiente para una estancia de dos semanas; no esperaba estar más. Al igual que no esperaba estar más de lo necesario en aquella ciudad tan triste y también húmeda, tal y como se apreciaba desde cualquier ventanal.

- Disculpe, ¿está libre?

Preguntó a voces a través de la ventana del asiento del copiloto a un hombre de cabello blanco sentado en el interior de su vehículo.

- Por supuesto, señorita. ¿Quiere que la ayude con el equipaje?

- No será necesario, sólo llevo esto – dijo levantando la maleta.

- ¡Pero entre mujer, va a quedar empapada...!

- ¡Maldito día lluvioso! - maldijo una vez dentro.

- No ha parado desde ayer y no parece que haya intención de darnos una tregua. Espero que no haya venido de vacaciones... - comentó entregándole una caja de pañuelos.

- Gracias – cogió unos cuantos para secarse – Y no, no estoy aquí por vacaciones. Me dirijo al 8100 Este de Jefferson Ave.

- Muy bien. ¿Entonces está de visita? - siguió manteniendo conversación mientras salía de su plaza de parking.

- Bueno... - dudó antes de darle demasiada información – Busco a alguien que se aloja en un edificio llamado Alden Towers, o algo así. Quizá lo conoce...

- ¿Los Apartamentos Alden Towers? Sí, los conozco.

- Bien. Por lo menos alguien sabe a dónde va... - comentó haciendo reír al conductor.

Treinta minutos más tarde, sin apenas haber despegado los ojos de su iphone escribiendo y contestando correos, el taxi se detuvo en la entrada principal.

- Hemos llegado. - anunció Frank, quien se había presentado durante el trayecto.

- No pensé que estuviese tan cerca... ¿Cuánto le debo?

- 50$

- Aquí tiene, quédese con el cambio.

- Muchas gracias. Y que tenga una bonita estancia, a pesar del tiempo...

- No espero estar mucho, de hecho puede que vuele a Chicago hoy mismo.

- De ser así... ¡Espere!

El hombre rebuscó en la guantera del coche.

- Tome, coja una tarjeta. Siempre que sea antes de las 12 de la noche será un placer llevarla.

- Estupendo. Lo tendré en cuenta. Muchas gracias.

- A usted Srta... ¿Beckett, verdad?

- Kate. Puede llamarme Kate. - sonrió y bajo del coche despidiéndose nuevamente.

...

Agradecía la tranquilidad de aquella planta. Necesitaba tener la mente despejada y no tener que responder a vecinos curiosos el porqué llevaba más de diez minutos en pie delante de la puerta en la que según el portero se alojaban Richard Castle y su hija.

"Puedes hacerlo Kate. Sólo tienes que llamar y decir... Esto es una estupidez"

Resopló en silencio procurando no delatarse al mismo tiempo que se deslizaba por la pared hasta el suelo. Ante el no saber cómo afrontar aquel primer paso, decidió permanecer sentada aguzando el oído a la espera de escuchar alguna voz conocida.

Nada. Ni el sonido de la televisión y/o la radio, ni siquiera una conversación por teléfono...

Un ruido estrepitoso proveniente del interior del apartamento la alertó poniéndose en pie de ipso facto.

- ¡Kyra! - gritó Castle desde su habitación – ¡Cómo tengo que decirte que no quiero que pises la cocina a menos que esté yo!

- Yo sólo quería poner la mesa... ¡Tengo hambre!

- ¡No hace ni dos horas que has desayuno, como vas a tener hambre!

- La leche con galletas no llena... mamá siempre me daba...

- Mamá, mamá, mamá, ¡siempre la misma canción! ¡Comerás cuando sea hora de comer, y cuándo más me retrases más tarde será. Papá tiene que mandar un documento antes de las 12, es decir en cuarenta minutos, y aún me quedan unas quince páginas por escribir... ¡Ahora vete a tu cuarto!

Aquellas palabras fueron la mecha que la empujó a llamar, si se le puede decir así a aporrear la puerta.

Con algunos cubiertos aún esparcidos por el suelo, Richard se levantó precipitándose hacía la puerta malhumorado.

- ¡Ah! ¡Genial! - exclamó al abrir - Supongo que ahora mi día ya no puede ir peor...

- Vale... ¡Voy a pasar esto por alto! Me llamo...

- Sé perfectamente quien es y a qué se dedica, detective Beckett. Lo que no tengo tan claro es a qué ha venido. ¿Y sabe?, tampoco me importa por qué ahora mismo saldrá de mi vista yéndose por donde ha venido. ¡Buenos días!

Mosqueado cerró de un portazo.

Se podía esperar aquel recibimiento, pero a Katherine Beckett nadie le cerraba la puerta de aquella manera, no sin escucharla. A las buenas o a las malas, visto lo visto, iba a hacerlo.

- No pienso irme a ningún sitio sin que antes me escuche. - alzó la voz.

- ¡No tengo nada de qué hablar con usted!

- Siento decirle que está equivocado. Abra la puerta por favor.

- Me veré obligado a llamar a seguridad si no se va en cinco, cuatro...

- Y yo me veré obligada a abrir la puerta por mi cuenta si no deja de comportarse como un completo gilipollas.

- Llamando...

Katherine resopló maldiciendo para sus adentros.

Se alejó unos centímetros y con toda la rabia contenida que le provocaba aquella situación y ese personaje con el que estaba intentando hablar, levantó la pierna derecha haciendo que el tacón de sus botines impactara a la altura del pomo.

- ¡¿Qué cojones...?! ¿Se ha vuelto loca? - chilló él aún con el teléfono en las manos.

- Espero que ahora por lo menos podamos hablar – dijo recomponiéndose una vez dentro.

- ¿Papi? ¿Qué pasa?

- Disculpe, Sr Castle. ¿Va todo bien? - dijo una voz masculina desde el marco de la puerta.

En aquella habitación ya no quedaba nadie más por aparecer.

El vigilante del edificio esperaba una respuesta observando al, por aquel momento, dueño del apartamento, quien a su vez observaba con recelo a la mujer que permanecía con los brazos cruzados a la espera de la misma respuesta. Kyra, observando la escena, se quedó con una expresión de sorpresa total en su rostro al ver a quien había querido y soñado tantas veces volver a ver.

Richard volvió la mirada hacía su hija. Aquella sonrisa llena de felicidad que tanto añoraba en su rostro volvía a estar allí. De repente se le hizo un nudo en la garganta.

Carraspeó.

- Todo está bien. No se preocupe. Y siento lo de la puerta, en cuánto pueda bajo y le hago un cheque por la reparación.

El hombre asintió y se alejó dejando la puerta ajustada, ya que era imposible cerrarla.

- ¿Va a contarme ahora que es eso tan urgente? No tengo todo el día.

- En eso estamos de acuerdo. En realidad... - dijo apoyándose en el sofá – no estaría aquí si su hija estuviera dónde pertenece y no dónde su padre ha decidido que pertenezca.

- ¿Qué está insinuando?

- No insinuó nada Sr. Castle, estoy bastante segura de mi información; un 99%, de hecho. Ella no es feliz aquí.

- ¡Tonterías! - exclamó con sorna.

- Si usted lo dices...

La niña se encogió de hombros bajando la mirada al suelo.

- Quiero volver a casa.

Ambos centraron su atención en ella.

- Cielo, ya estamos en casa. - dijo su padre cogiéndola de las manos – Este es nuestro hogar.

- Pero yo no quiero estar más aquí. - se zafó - ¡Quiero volver a Chicago!

- Detroit es nuestra casa ahora, Kyra. Quizá papá no ha podido estar mucho por ti estos días, pero te prometo que desde mañana todo será distinto. Haremos más cosas juntos. ¿Qué me dices?

- Esto no es lo que quiero. No quiero conocer Detroit, quiero volver a Chicago.

- Eso no puede ser. - se levantó.

- ¿Por qué?

- ¡He dicho que no, Kyra!

- ¡Todo esto es por mamá! !Por eso no quieres volver allí, porqué ella ya no está!

Las palabras de su hija se le clavaron como dagas por la espalda.

Inconsciente de las consecuencias se acercó a su hija con la mano levantada dispuesto a pegarla cuándo una mano apareció de la nada evitándolo.

La niña, asustada, se alejó encerrándose a su habitación.

- ¿De verdad cree que dándole una bofetada va a sacarle la idea de volver a Chicago?

- ¡Cállate! - le ordenó terminando de recoger los cubiertos del suelo, dejándolos en el fregadero con desgana.

- ¡Lo haría si hubiese terminando de hablar, y no es el caso! - repuso con fiereza y a su vez conteniéndose en levantar la voz igual que él acababa de hacer. - Está claro que dio en el clavo cuándo sacó el porqué no quiere volver a Chicago, y lo respeto, y seguramente ella también si se lo explicara. Lo que no es justo es que la arrastre en su duelo sin darle oportunidad de hacer el suyo. Kyra necesita volver a Chicago para llorar a su madre. Además, ella misma lo ha dicho.

- ¿Qué sabrás tu de lo que quiere o necesita mi hija? Sé lo que pretendes... Y Kyra no se irá a ningún sitio y menos contigo.

- ¿Ha escuchado algo de lo que acabo de decir?

- ¡Gilipolleces! ¡Eso es lo que he escuchado!

- ¡Eres imposible! - exclamó frenética cerrando los puños con rabia. - Vine aquí con intención de hablar, dialogar, pero está claro que eso no lo conoces. Y es una pena, porque eso te hace perdedor de esta especie de lucha por tu hija que te has marcado.

- Yo no he perdido nada, pero creo que tu si, y se llama tiempo. Así que si no te importa...

De repente se hizo el silencio viendo aparecer a Kyra arrastrando la maleta con algunas de las cosas que su padre había guardado en ella antes de irse de viaje, o eso le había dicho.

- ¡Ya estoy lista! ¿Podemos irnos? - anunció mirando a Kate.

- ¡Estarás contenta! Ya tienes lo que has venido buscando. Pero no vas a salirte con la tuya, Beckett. - pronunció su nombre con rabia.

- No se equivoque, Sr Castle. No soy su enemiga aunque se empeñe en verme como tal, excepto que me dé motivos para serlo.

Katherine cargó con la maleta de la niña colocándosela en el hombro. Esta se precipitó a la puerta abriéndola fácilmente, sin necesidad de fuerza alguna.

- Kyra, despídete de tu padre.

- ¡No! ¡Quiero irme ya! - se impuso, alejándose hasta el ascensor.

- Me quedaré en Chicago hasta mediados de Septiembre, - le informó mirándole a los ojos - espero que para entonces haya recapacitado. Ah! ¡Casi se me olvida! - añadió a punto de atravesar el umbral - Antes de hacer algo estúpido como tratarme de secuestradora, hable con el abogado de Sonia. A los de mi especie no nos gusta que nos hagan perder el tiempo con gilipolleces.