CHP XXIX
Cuatro años y siete meses más tarde.
Como cada mañana después de correr su hora habitual por Central Park, se sentaba en el alfeizar interior del ventanal de la cocina con su taza de café y el periódico del día. Desde que era Capitana de la 12th se podía permitir el hábito de informarse de las noticias de su ciudad y del mundo antes de ponerse al frente de su comisaria.
Esa mañana nada que no estuviera acostumbrada a leer teñía las páginas del New York Times. Al girar la penúltima página, el anuncio en color de la portada de un nuevo libro y su nombre la abofetearon. Por instinto, empezó a jugar con el anillo de compromiso que llevaba en el dedo anular. La voz de Matthew al fondo del pasillo la despertó de su ensoñación cerrando el periódico. Con la taza en sus manos, se dirigió a la sala de estar dejando el periódico en la mesita de delante del sofá dónde tenía los magazines, actualmente, de vestidos de novia y agencias de viajes.
- ¿Tienes que irte? - regresó a la cocina dónde estaba él.
- Parece que tienen una emergencia y no saben hacerlo sin mí – la miró sonriente besándola – Buenas días.
- ¿Te crees el ombligo del mundo, verdad? - dejó la taza en el mármol.
- Mientras lo sea para ti, es todo lo que necesito. - la abrazó por detrás besándola en el cuello – Por cierto, acuérdate que esta noche tengo guardia.
- Paso más tiempo sola que acompañada... - comentó murmurando camino al dormitorio.
Matt salió de la cocina detrás de ella agarrando su mano al pasar por su lado y tiró de ella conduciéndola a toda prisa hasta el dormitorio dónde la tumbó encima de la cama.
- ¡Estás loco! - rió notando todo su peso encima de ella.
- Te quiero Capitana Beckett... Y no sabes las ganas que tengo de que todo esto de la boda haya acabado y podamos disfrutar del viaje. - la besó.
- Vas a llegar tarde... – susurró entre beso y beso.
- ¡Tienes razón! - admitió fastidiado.
Matt se levantó tendiéndole la mano a su prometida, atrapándola a su vez entre sus brazos.
- Matt... Al final llegaremos tarde los dos.
- Me quieres, ¿verdad?
- ¿Ves esto? - le enseñó la mano izquierda moviendo el anillo con el pulgar – Dentro de tres semanas justo en ese dedo habrá una alianza dorada, convirtiéndome en la Sra. Baker – sonrió a la vez que él.
Beckett le besó por última vez ese día y se encerró en el vestidor para cambiarse. Diez minutos después Matt – de nuevo pegado al teléfono – la buscó para un beso fugaz antes de desaparecer del apartamento. Katherine lo abandonó poco después recogiendo las llaves y el iphone de la mesa del comedor, observando una vez más las vistas del apartamento; el motivo por el cual le había insistido a su futuro marido para quedárselo. Desde el primer momento supo que esas visitas iban a ser su vitamina diaria antes de salir afrontar el día a día.
...
Solía saber a qué hora entraba pero nunca cuándo salía. Hoy, por primera vez en toda la semana se iba a casa antes de lo esperado. Concentrada con las últimas anotaciones en su agenda no se dio cuenta del par de ojos que la miraban divertidos hasta que la niña se rió.
- ¡Emma!
Al mismo momento que se sorprendió de ver a la hija de Julia en pie en la puerta de su despacho, recordó que les había prometido hacerles un hueco esa noche para ponerlas al día de la boda.
- ¡¿Está lista la novia?!
- Lo siento... ¡Lo había olvidado por completo! - admitió.
- ¡No me jodas Kate! - protestó Julia sentándose en una de las sillas vacías del área diáfana de la comisaria, delante del despacho – ¿Sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí? ¡Emma, no molestes o la próxima vez te vas a quedar con papá!
- ¿Puedo quedarme esto? - pregunto la pequeña a Kate cogiendo un bloc de post-it.
- ¡No, no puedes! ¡Deja esto inmediatamente dónde estaba y ven aquí! - la advirtió su madre. - ¡Vamos!
Beckett despegó una hoja del bloc y se la entrego a la niña quién se alejo contenta obedeciendo.
- ¿Todo bien? - preguntó Lanie tomando asiendo delante de ella.
- Cansada cómo cada día a estas horas. - respondió con la mirada fija en la pantalla del ordenador. - Por cierto, ¿algún avance con la exhumación?
- Mi horario laboral terminó hace quince minutos.
- ¡Al menos dime algo que me tranquilice!
- Todo lo que necesitas está en manos de Javi y Kevin. - cedió Lanie.
- Gracias. - suspiró aliviada.
- De nada – sonrió.
Emma, cansada de estar sin hacer nada volvió acercarse a la mesa de Kate cogiendo un bolígrafo al azar.
- ¡Quiero pintar!
Kate, sin prestar atención a lo que le daba, le entregó el periódico de la mañana. Ella lo cogió y se fue sentándose en el suelo al lado de su madre.
- ¡Mamí! ¡Mira, es el tito Richard! - dijo eufórica levantando la página en color dónde aparecía la nueva portada de su libro.
Julia se lo quitó de las manos de inmediato escondiendo el periódico detrás de su espalda al tiempo que Katherine salía de su despacho.
- Enseguida nos vamos.
- ¡Tranquila! - disimuló – ¡Tira esto! - se lo pasó a Lanie quien quiso saber de qué se trataba.
- Emma sabes que no se puede hablar del tito Richard delante de la tita Kate. ¿Recuerdas?
- Se me ha olvidado... - se disculpó casi sollozando.
- Ya mismo veremos su careto en todas las librerías y paradas de autobús, por no hablar de Times Square y los carteles publicitarios de algunos taxis... - comentó Lanie arrancando la página del periódico – ¿Y luego qué?
- Ahora la que tiene que ir al baño soy yo. - anuncio Julia zanjando el tema.
- ¿Estás segura que puedo contar contigo para el día 25? - preguntó Kate viendo que no dejaba de resoplar.
- Alex va aguantar aquí dentro las once semanas que le quedan, así que puedes apostar por ello, aunque ya te anticipo que pienso venir en chanclas. Tal y como tengo los pies, ponerme tacones sería un suicidio y ya tengo suficiente con las patadas que me da.
- Por mi como si vienes en camisón – comentó riéndose.
- ¡No me des ideas!
Una hora después mientras Emma dormía en la habitación de invitados del apartamento de Katherine, ellas seguían de cháchara en la sala de estar.
- No sé cómo eres capaz de irte a dormir con estas vistas...
- Yo tampoco podría. ¡Son hipnóticas! - expuso Lanie sentada en el taburete del piano.
Kate se apoyó en el marco de la ventana sonriente.
- No vais mal desencaminadas...
- ¿Y eso qué significa? - la interrogó Lanie.
- Significa que las noches que Matt tiene guardia suelo dormir aquí.
- ¿Me estás diciendo que prefieres dormir en el sofá que tener la cama de matrimonio para ti sola?
- ¿Lo sabe?
- Sí – miró a Julia – Y... - negó con la cabeza mirándolas a ambas – No – pronunció en voz alta – Tampoco considero que sea tan importante como para contárselo.
- Hablando de cosas importante, ahí va una que si lo es - expuso la embarazada – Vas a decirnos la fecha para la prueba final del vestido o vamos a tener que llamar a tu tía para que nos ponga al día?
- No sé a qué viene tanta emoción...
- ¿Estás de coña? Dentro de catorce días vas a caminar hacia el altar y debería ser con el vestido que elegiste, a menos que te unas a la moda del camisón. - declaró Julia.
- Lo siento pero no esperéis que me una a vuestro club. - declaró Lanie acercándose al sofá.
- ¡Tomad notad! Día 17 a las 16h. - anunció leyendo la pantalla de su iphone.
- ¿Y la prueba de peluquería?
- El día 24 por la mañana.
- Voy a decirlo y sé que vas a estar de acuerdo conmigo – se dirigió a Julia - Te veo muy tranquila y no sé si demasiado... - confesó Lanie mirando a la futura novia - ¿Qué hay de las flores de la ceremonia? ¿Ya escogiste las del ramo?
- ¿La distribución de las mesas ya la habéis cerrado?
- ¿Y el menú?
- Para más información póngase en contacto con Martha Rodgers... - sentenció Kate - Si queréis podéis quedaros, yo me voy a dormir.
Esas fueron sus últimas palabras mientras abandonaba la sala dirigiéndose al dormitorio.
...
Lo que menos le gustaba de todo el proceso de la boda era la llegada de regalos día sí y día también. Por esa razón había dejado la dirección del loft para que fuera Martha personalmente quien se encargara, también, de seleccionarlos según el gusto de su sobrina. No obstante, aquella semana se habían acumulado muchos sin abrir.
- ¿Es que esto no se acaba nunca? - protestó abriendo otro paquete envuelto con papel de topos blancos y negros.
- Y aún te quedan otros diez... - comentó su tía apartando el papel envoltorio de los que ya habían sido abiertos.
- A este paso hago antes la digestión que termino con esto... ¡Madre mía es horrendo! - exclamó sujetando un jarrón de cristal estilo bohemio muy recargado.
- ¿Ayúdame a bajar todo esto, quieres? Con tanto papel y cartón al final no podremos ni andar.
- Creo que no será lo único que vamos a tirar...
Con ese regalo debajo del brazo retrocedió para coger el móvil que había empezado a sonar.
- ¡Beckett! - respondió al no reconocer el número.
- ¿Katherine Beckett? - habló una voz femenina con acento extranjero.
- Sí, yo misma. ¿Con quién hablo?
- Me llamo Anna Oswald, soy una compañera de Marian Keller. Siento molestarte pero me ha pedido que te llamara. Su hermano acaba de ingresar por un accidente de tráfico...
El sonido de algo que acababa de impactar contra el suelo haciéndose añicos captó la atención de Martha saliendo del despacho y comprobando que se trataba del jarrón.
- ¿Era necesario? - agregó antes de darse cuenta de que no había sido a propósito por el rostro de su sobrina aún al teléfono - ¿Cariño, qué ocurre?
- Voy de camino – finalizó la llamada observando el desastre que tenía a sus pies.
Sin tiempo para dar explicaciones, ni siquiera para despedirse de ella, recogió sus cosas y salió del loft dejando a Martha con una mala sensación en el cuerpo. La había visto pocas veces actuar de ese modo y en todas ellas siempre había habido malas noticias detrás.
...
En su cabeza había un remolino de pensamientos positivos y negativos mezclándose entre sí. Con el miedo y los nervios a flor de piel pagó al taxista con un billete superior al coste del trayecto y salió dejando al hombre con cara de felicidad al escuchar "quédese con el cambio".
Las puertas de urgencias se abrieron al tiempo que unos salían y ella entraba acelerada buscando alguna cara conocida antes de acercarse al mostrador.
- ¡Hola! Me han llamado que ha ingresado Martin Keller hará unos quince minutos...
- ¿Katherine Beckett?
Al darse la vuelta se encontró con una mujer de no más de cuarenta años, de su altura, piel morena y el cabello rubio recogido en un moño, vistiendo una bata blanca por encima de un uniforme azul oscuro.
- Soy la Dra. Oswald – se presentó siendo más evidente su acento alemán.
- ¿Donde está Martin? ¿Está bien? ¿Puedo verlo?
- Entiendo tu preocupación, Marian me contó que eráis muy cercanos, pero en estos momentos no puedo decirte nada hasta que le suban del quirófano. - explicó en un tono de voz agradable y tranquilo.
- ¿Se sabe como ocurrió? ¿Iba solo?
- Iban de camino a Vermont con Leslie cuando un camión se les tiró encima. Un fallo en los frenos... - explicó Marian acercándose por detrás, sosteniendo el teléfono en la mano – Parece ser que el conductor del camión intentó salirse de la carretera para evitar la catástrofe cuando el eje del remolque de gran tonelaje cedió invadiendo el carril contrario. Por no salirse de la carretera, Martin viró por instinto de proteger a Leslie, imagino, y fue cuando el remolqué impactó contra su lado arrastrando el coche varios metros en dirección contraria. Una estructura de metal de paneles informativos les frenó.
- ¿Leslie?
Marian negó con la cabeza con los ojos empeñados.
Apenas consciente de sus actos se alejó sentándose en una hilera de sillas vacías del hall.
- ¿Quieres que me quede? - se preocupó su compañera.
- Estaremos bien.
- ¿Seguro?
- He llamado a mi marido, no tardará en llegar.
- Cualquiera cosa me llamas al busca. Y si tengo noticias vendré a buscaros.
- Gracias Anna.
- ¡Ánimo! - apretó su mano.
Marian volvió a comprobar su teléfono acercándose donde estaba Kate totalmente ausente de lo que estaba pasando a su alrededor. El contacto de la mano de Marian con la suya hizo que ambas se miraran.
- Lo sé. - respondió la hermana con un nudo en la garganta.
Beckett rompió a llorar escondiendo el rostro detrás de su otra mano. Con instinto protector, la hermana la abrazó luchando para mantenerse serena sin poder evitar que algunas lágrimas descendieran por sus mejillas.
...
En el hospital, la habitación de Martin se había convertido en su nuevo hogar desde las últimas veinticuatro horas. Su ropa seguía siendo la misma que la del viernes cuando entró en urgencias. Su vida al completo se había reducido a estar a su lado mientras la hermana de Martin, a pesar de todo y haciendo visitas esporádicas, cumplía con sus obligaciones cómo Dra Keller y madre de dos niños. Ella por su lado había desatendido sus responsabilidades en la comisaria dejando a Javi y Kevin al mando de ella.
- ¡Cariño despierta!
Sobresaltada centró la mirada en los ojos de Martin.
"Todavía no" – pensó.
- ¡Kate!
- ¡Hola! - le saludó - ¿Qué haces aquí?
- ¿Qué que hago aquí? He llamado a varias personas para saber dónde estabas y nadie ha sabido decirme nada, ni siquiera tu tía o tu padre, hasta que se me ocurrió llamar al número de Martin respondiendo su hermana...
- ¿Llamaste a mi padre? - le interrumpió alterándose.
- ¿Y qué esperabas que hiciera? Cuando me levanté seguías sin aparecer por el apartamento, pero no hice caso, me imagine que estarías con tu tía o con las chicas. Pero tras varios mensajes y llamadas sin respuesta empecé a impacientarme. Tenía miedo de que te hubiera pasado algo, Kate.
Con el bolso en su regazo rebusco el móvil entre las mil y una cosas que llevaba en él. Las llamadas y mensajes se le habían empezado a acumular. Con el iphone en la mano, dejó el bolso en el sillón y salió de la habitación.
- Si me hubiera pasado algo habrías sido el primero en saberlo – respondió de mala gana – Eres mi contacto de emergencia Matt. ¡A estas alturas deberías saberlo! - agregó mosqueada.
- ¿Tanto te molesta que me haya preocupado por ti? - preguntó asombrado por su reacción.
Kate le mandó callar haciendo señas con la mano mientras hablaba con su padre. A los pocos segundos colgó.
- La próxima vez que no sepas donde estoy ahórrate la llamada a mi padre. Estuvo a punto de coger un avión de vuelta a Estados Unidos.
- ¡Esto es ridículo!
- En esto estamos de acuerdo. - afirmó tajante.
- ¿Sabes? Quizá si te hubieras molestado en decirme dónde estabas no habría tenido que recurrir a todos tus contactos para averiguarlo.
- ¡Pardon me! – soltó en francés, molesta - Siento no haber sido capaz de pensar en ese detalle estando demasiado ocupada preocupándome y pensando en si volvería a verle. - señaló en dirección a la habitación.
Sus voces habían empezado a llamar la atención.
- Aunque no te lo creas, te entiendo.
- ¡Pues nadie lo diría Matt! - le atacó.
- Cariño necesitas descansar, comer algo... ¿Por qué no vamos a casa? - le propuso recuperando su tono de voz habitual.
- Ya estoy en casa.
- Estás en un hospital, Kate. No puedes pasarte los días encerrada esperando a que Martin abra los ojos.
- Es exactamente lo que voy hacer. - afirmó con rotundidad.
Marian tomó la curva del pasillo corriendo hasta llegar dónde tenía lugar el 911 que había recibido en su busca. Al ver la escena se relajó reduciendo el paso hasta llegar a ellos.
- ¡Chicos! - intervino - ¿Todo bien?
Sin abrir la boca, Kate se alejó volviendo a la habitación donde movió el sillón encarándolo hacia Martin, de modo que diera la espalda al pasillo.
- ¡No puedes permitir esto! - se enfureció dirigiéndose a Marian.
- Vete a casa Matthew.
- ¿Es una broma?
- Es una orden.
- No me lo puedo creer... - se movió nervioso.
- Aunque te cueste entenderlo, quedándote aquí no la vas ayudar. Y mucho menos presionándola.
- ¡Es mi prometida!
- ¡Y yo la hermana de la persona que permanece en la cama intubado en coma inducido, y como tal decido quién se queda y quién se va! - sentenció autoritaria sin levantar la voz.
Marian respiró hondo cuando le vio desaparecer del pasillo, entrando en la habitación.
- Gracias.
- De nada – respondió permaneciendo en la puerta.
- Sé lo que estás pensando – expuso con la mirada perdida.
- Que le haya echado no significa que no esté de acuerdo con él – admitió.
- Ya sabes mi opinión.
- Y la acepto, de lo contrario ya te habría hecho sacar a rastras por los guardias – sonrió – Pero te iría bien salir de aquí. Ya son muchas horas aquí encerrada.
- Estoy bien.
- Te haces la valiente que es distinto y todos tenemos un límite.
- Marian... - protestó.
- Lo sé. Quieres que me calle y lo haré cuando te haya dicho que no es necesario que salgas, si no quieres, ni siquiera que abandones el hospital para que te dé el aire, incluso puedo hacer que te traigan algo de comer si quieres... Te sentirías mejor con ropa limpia y un buen menú en el estómago. Esto no es un hotel, pero dispone de vestidores con ducha, un comedor y salas de descanso con literas. Y aunque te parezca imposible Martín me está dando la razón.
Con esa última frase y un "Piénsalo" antes de abandonar la habitación, dejó a Beckett, por primera vez en horas, pensando en esa posibilidad.
...
A la misma hora desde hacía una semana, Katherine salía de su despacho dirigiéndose hacia el ascensor sin dejar que nadie ni nada la detuviese. Cualquier duda, pregunta o sugerencia quedaba para el día siguiente a las ocho de la mañana. Tras pasar brevemente por el apartamento, se cambió de ropa llamando a un taxi para que la acompañara al hospital. Una vez allí se pasó por el bar-restaurante donde la esperaba Marian. Escogió la cena y juntas se dirigieron a la habitación de Martin.
- Es inútil que te pregunte si habido cambios, ¿verdad?
- Todavía nada... Pero lo hará. Sé que lo hará.
- Lo sé, de verdad que sí... - sonó poco convencida.
- ¡Hey! Tú mejor que nadie conoces su lado de superación. No hay nada que no consiga, y muchas veces me pregunto cómo demonios lo ha hecho, pero lo hace.
- Aunque suene ridículo él es mi persona. Y me es imposible seguir adelante sin saber que él estará ahí para apoyarme o abrirme los ojos.
- Cómo un hermano.
- Prefiero llamarlo mi persona. - afirmó sonriendo.
Un pitido sonó en el interior de la bata de Marian.
- Debo dejarte. Más tarde volveré a pasarme. ¡Qué aproveche!
A aquellas alturas se había acostumbrado a escuchar y ver a médicos, enfermeros y personal médico correr por los pasillos y ni siquiera eso le impedía acomodarse en el sillón contando su día a su amigo mientras cenaba o incluso más tarde cuándo reclinaba el sillón para dormir.
...
James Beckett pisó el hall del hospital dirigiéndose a la planta dónde Martin permanecía en coma inducido después de una llamada preocupante por parte de su cuñada.
- Katie
Con delicadeza le quitó el libro abierto que tenía en sus manos a punto de caerse al suelo.
- ¿Papá?
- Hola cariño.
- ¿Cuándo volviste? - habló en voz baja aún adormecida – ¡No sé ni a qué día estamos! De haberlo sabido habría venido a recogerte al aeropuerto... – se incorporó fijándo en el maletín porta documentos de ruedas.
- Me gustaría desayunar – propuso – ¿Me acompañas?
- Puedo llamar y pedir que nos lo traigan, así no tengo que moverme – sugirió.
- No creo que pase nada para que te tomes un tiempo para desayunar, cariño. Te vendrá bien salir.
- Has hablado con tía Martha... - expuso al escuchar sus últimas palabras.
- Está preocupada, y yo también después de lo que me contó.
- Papá, estoy bien. Quizá al principio me lo tomé demasiado a pecho, pero terminé asentando la cabeza y volví a cumplir con mis obligaciones. Me alimento bien y duermo las horas que necesito. - se acercó agarrando sus manos – Estoy bien. De verdad – admitió mirándole a los ojos.
- ¿Y con Matthew?
- Volvió anoche de..., no sé dónde me dijo que se iba. Vino a despedirse el miércoles antes de irse y no sé mucho más. - se encogió de hombros con una sonrisa amarga.
- ¿Puedo volver a Europa tranquilo?
- Nunca te he mentido.
- Entonces... ¿Nada de salir a desayunar con tu padre?
- Sus padres estarán al caer, si te esperas unos minutos...
- Tranquila – la besó en la frente – Otro día.
- Sé que es difícil de entender, pero no quiero dejarle sólo.
- Prométeme que te vas a cuidar – dijo abrazándola.
- Prometido.
...
Disponía de cinco horas antes de volver al aeropuerto para coger el vuelo de regreso a Europa. Antes de quedarse esperando en la terminal tanto tiempo creyó necesario hacerle una visita a su cuñada.
Al abrir, Martha no fue la única sorprendida.
- ¡Vaya! Cuándo dijiste que vendrías no esperaba que fuera tan pronto... - admitió ella.
- Veo que tienes visita... - comentó indeciso de entrar.
- Son amigas de Kate. ¡Vamos, entra! - cerró la puerta e hizo las presentaciones – No sé si os conocéis.. Él es el padre de Kate y ellas son Julia y Lanie.
- Un placer – saludaron ambas.
- ¡No, por favor no te levantes! - se acercó a Julia – Enhorabuena – la felicitó por el ya más que evidente embarazo.
- Gracias. Este va a ser el segundo.
- ¿Te queda poco?
- Estoy de 30 semanas. - sonrió acariciándose la barriga.
- ¿Niño o niña?
- Con este voy a tener la pareja. Primero tuve a la niña, se llama Emma, cumplirá cuatro a finales de mes, y el niño se llamará Alex.
- No quiero ser aguafiestas pero ¿has visto a tu hija? – Martha dejó una taza de café en la mesita, delante de él.
- ¿Esto es para mí?
- Para que luego digas que no te trato bien...
- Tomo nota. Y sí, he visto a Katie.
- ¿Y?
- ¿Sinceramente? - miró a las tres lamiendo la cuchara – Cómo esto siga así el día 25 olvidaros de ir de boda.
- ¡Os lo dije! - comentó Lanie.
- Nosotras también lo hablamos. - indicó Julia.
- Bueno, y ¿qué vas hacer? - le preguntó su cuñada.
- Volver a Alemania y esperar no recibir una llamada tuya diciéndome que han tenido que ingresarla por estrés.
- Tiene todos los números como esto siga así. - se sinceró la forense recibiendo un codazo por parte de Julia. - ¿Qué?
- Tenéis razón, pero hablar con ella no va a servir de nada – se terminó el café.
- ¡Lo sabemos! - respondieron las tres prácticamente al mismo tiempo.
- Aún queda alguien que no ha hablado con ella...
Todos los presentes centraron su atención en Julia. Lanie fue la primera en responder a aquel comentario.
- Estamos hablando de ayudar a Kate, no de crearle más estrés.
- Lo sé y quizá sea nuestra solución.
- Alucino de que seas tú quien lo proponga cuando hace una semana regañaste a tu hija por hablar de él y me hiciste esconder la foto del periódico.
- ¡Chicas! - intervino Martha – ¿Estamos hablando de quién creo que estamos hablando?
- Sí – afirmaron a unísono.
- ¿Alguien me pone al día? - comentó el padre de Kate.
- A decir verdad no sé por dónde empezar... - admitió Julia.
- Resumido sería – empezó su cuñada - que sabemos de alguien que hace unos cuatro años que no ve tras una discusión y sentimientos por en medio que podría ser lo que necesita.
- Para hacerlo simple – recapituló – La persona que pueda ayudarla es un hombre que no es su prometido y por el que tuvo sentimientos.
- ¡Exacto! - asintieron las tres.
Jim guardó silencio analizando la situación.
- Si creéis que tiene que ayudarla...
- No va a ser fácil. Lo mejor que puedo ocurrir es que nos cierre la puerta en las narices... – ironizó la embarazada.
- O no quiera saber nada de ella...
- Eso no ocurrirá – sentenció Martha sonriendo – sé con quién debo hablar para me escuche. ¿Os importa que vaya yo?
A primera hora de la mañana siguiente, Martha subía al avión con destino a Chicago.
