CHP XXX
El taxi se detuvo en medio de la calle.
- Hemos llegado señora. 5658 norte de la avenida Lockwood... – informó el hombre.
Sosteniendo la dirección con el número de la casa anotado en un papel, miró a su alrededor. Maravillada con aquella pequeña urbanización no se percató de quien, de pie a la entrada de su casa, se estaba preguntando si era quien parecía ser.
- Martha Rodgers... - confirmó en voz alta al verla de perfil - ¡Menuda sorpresa!
La mujer respiró aliviada al girarse y ver a una cara conocida a la vez que el vecino de la Familia Castle-Willgsburg se acercaba para saludarla.
- Me alegro de verla.
- Y yo de poder decir lo mismo. Lástima que puede que alguien no piense así...
- ¿Todo bien por Nueva York?
- Dejó de ir bien hace una semana y media – admitió.
- ¡Peter!
Martha, al igual que él miraron hacia la mujer, no mucho mayor que él con el cabello largo y rubio, que estaba un paso por delante del umbral de la puerta.
- No sé si ya habrá desayunado, pero deje que la invita – se ofreció al ver a su mujer entrar de nuevo en casa. - Así le presento a Olivia. Conociéndola se estará preguntando de qué la conozco.
...
Al parecer Martha había elegido el día perfecto. El buen tiempo anunciado durante todo el fin de semana había animado a los Bishop a preparar una barbacoa en el patio trasero a la que sus vecinos también estaban invitados.
A la hora acordada el timbre de la puerta se escuchó desde el patio trasero. Peter, encargándose de la barbacoa mientras Olivia estaba en la cocina preparando las ensaladas, miró a su invitada especial; tal y como había bromeado horas antes.
- Aquí están.
- Siento que esto va a estropear la agradable comida que habríais tenido si...
- Le guste o no va a tener que escucharla – replicó – Y no se preocupe por lo demás.
Un par de ojos color caramelo observaban a la mujer que estaba sentada en el banco de madera con una copa en la mano.
- ¡Hey! ¡Mira quien está aquí! ¿Vienes con hambre Kyra? - la saludó Peter.
Inmóvil en el primer escalón, la niña reprimió las ganas de ir a saludar a Martha al escuchar la voz de su padre.
- ¿Qué haces todavía aquí de pie? ¡Vamos baja! – le ordenó su padre.
Cargado con dos ensaladeras de cristal llenas hasta arriba, Richard bajó detrás de su hija y las dejó en la mesa. Ignorante en un primer momento, no tardó en pedir explicaciones.
- Creía que nos habíais invitado a una barbacoa, no a una encerrona. ¿De qué va todo esto? - se dirigió a Peter.
- Esto no es ninguna encerrona Richard – habló Martha - Ellos no sabían que yo iba a venir, ni yo que habíais programado esta comida. Peter insistió para que me quedara.
- La próxima vez asegúrese de que no vayamos a coincidir.
- ¡Richard, te estás pasando! - le advirtió Peter.
- No pasa nada – dijo al abogado – Esperaba una reacción así.
- Creo que deberías escuchar lo que ha venido a decirte – intervino Olivia al lado de su hija Valeria, quien entrelazaba la mano con su amiga Kyra – Probablemente te interesa más de lo que crees.
- En este momento lo que más me interesa es irme. ¡Vamos, Kyra!
Todavía sentada en el balancín – situado a un lado del jardín – se aferraba a la mano de Valeria mientras observaba la escena
- Yo quiero quedarme – manifestó con una voz suave y precavida.
- Cuándo sepas dónde vamos, seguro que no.
- ¿Por qué no puedo quedarme?
- Kyra, no quiero repetirlo. Nos vamos. ¡Ahora!
- ¡Oye! - le cogió Olivia por banda – Si quieres irte, vete, pero no lo pagues con la niña. Si a ella le apetece quedarse, ¡déjala!
- Te agradezco tu preocupación Olivia, pero no. ¡Kyra vamos!
- Tengo que irme – murmuró a Valeria soltando su manos – Lo siento – dijo mirando a Martha.
Lo siguiente que se escuchó tras quedarse todos en silencio fue la puerta de la calle cerrándose de golpe seguido de las voces de ambos.
- ¿Papá, por qué lo has hecho?
- ¿Hacer qué?
- Tratar así a tía Martha. Tú siempre dices que hay que ser amable con la gente, aunque estos te caigan mal. Y que hay que escuchar siempre a los mayores. Y tú no has sido ni amable, ni has querido escuchar a..
- ¡Basta! - repuso él girándose de repente antes de llegar al coche – No quiero volver a escuchar una palabra de lo que acaba de pasar. ¿Estamos?
- ¡Cuándo te pones así eres insoportable! - contestó enfadada.
- Insoportable o no sigo siendo tu padre. Vamos, iremos a... ¡Kyra!
Ignorándole, sacó la llave de debajo el jarrón de la entrada para abrir la puerta.
- ¿Dónde te crees que vas? - la agarró por el brazo.
- ¡A mi cuarto! ¿O también me lo vas a prohibir? - repuso con rabia.
- ¿Y esa hambre de loba que tenías?
- Dejé que se fuera... ¡Igual que tú hiciste con Kate!
Aquel comentario acababa de ser una flecha directa al corazón. No solamente por salir de la boca de su hija y de aquél modo tan directo y sin escrúpulos, también por la flagelación continua consigo mismo cada vez que su mente se atrevía a revivir aquel momento del pasado a pesar de querer olvidarlo.
...
Dos horas más tarde, tras quedarse sin comer, analizar la situación y sabiendo que su padre le negaría ir a casa de Valeria aunque la pusiera de excusa, salió por la ventana de su habitación deslizándose por el tejado, aterrizando en el suelo de un salto.
- ¡Hola!
- ¿Sigue aquí? - preguntó temerosa de una negativa.
- Me imagino que no te refieres a Valeria... - sonrió Olivia haciéndose a un lado – Tú misma, ya sabes dónde está el jardín.
Recorriendo la casa como si de la suya propia se tratara accedió a la parte trasera, esta vez sin detenerse en las escaleras.
- ¡Kyra! - la saludó Valeria con una ancha sonrisa.
Sin tiempo a reaccionar, la niña se acercó a Martha rodeándola con sus brazos.
- Lo siento... ¡Papá es un estúpido!
- No tienes de qué disculparte. No es culpa tuya – le acarició su larga melena.
- ¿Cómo está Kate?
- Las preguntas después del postre – intervino Olivia con dos tartas heladas - ¿Kyra, de qué lo prefieres? Hay de chocolate y de melocotón.
- Aún no he comido – admitió – Me enfadé con papá y no quise comer. - se encogió de hombros.
- ¡Cuándo le vea voy a tirar de las orejas a tu padre!
...
Empezaba a preguntarse si quienes le rodeaban se habían puesto de acuerdo para fastidiarle el día. Acababa de colgar a su agente quién le había confirmado las fechas de la firma de libros. Empezaría en Estados Unidos, como ya esperaba, lo que no había previsto es que fuera en la ciudad de Nueva York y no en Chicago como habría preferido. Sin darle más vueltas confirmó el check-in en la página de la compañía dónde acababa de guardar dos plazas en clase preferente para el vuelo con destino a la gran manzana para dentro de 48h; algunas menos si tenía en cuenta que debían estar ahí antes de las 12:31pm. Bajó la tapa de ordenador sin apagarlo y subió al piso de arriba. Llevaba demasiadas horas sin escuchar un solo ruido de la habitación de su hija y eso no era nada bueno.
- ¿Kyra? - llamó varias veces a la puerta sin obtener respuesta – Cielo, voy a entrar...
A diferencia de lo que se esperaba la puerta no estaba cerrada. Manteniéndola abierta de par en par, lo único que encontró fue la cama medio deshecha y la ventana ligeramente abierta. La cerró y se quedó sentado a los pies de la cama. Pensativo y nostálgico de la niña que veía en los retratos enmarcados, algunos colgados en la pared, a la mujercita en la que se iba convirtiendo a pesar de haber celebrado los diez años el pasado mes de abril. Antes de salir rehízo la cama, colocando los cojines y sus animales de peluche como los tenía habitualmente encontró una fotografía boca abajo debajo de la almohada. Sintiendo curiosidad, cogió la foto y la giró. En cuestión de segundos volvió a dejarla cómo y dónde estaba y abandonó la habitación.
No quería parecer aguafiestas, ni fastidiarle lo que quedaba de sábado, pero era tarde y tenían mucho de qué hablar referente a su firma de libros. Se calzó, dejando las zapatillas de estar por casa a un lado de la entrada, y cerró con un golpe seco llevándose las llaves en el bolsillo de sus vaqueros antes de cruzar la calle y llamar a la puerta de sus vecinos.
- Hola Richard – le abrió Peter.
- Sé que está aquí. ¿Puedo entrar?
- No sé si debería después de...
- Peter, por favor. Sé que no actué de un modo apropiado, lo siento. Sólo he venido a buscar a mi hija.
- Quizá puedas hacer más que eso - agregó aún prohibiéndole la entrada – Martha sigue aquí. Dormirá en casa esta noche y mañana al mediodía volverá a Nueva York. Deberías escucharla antes de que eso suceda. Y créeme si te digo que es importante que lo hagas.
Richard suspiró sonoramente.
- ¿Si acepto vas a dejarme entrar?
- Estarás dentro antes de que lo averigüe.
Al llegar al comedor se hizo un silencio incómodo.
Kyra saltó del sofá y se acercó a su padre.
- ¡Papá tenemos que hablar!
- Yo también tengo que hablar contigo... - respondió serio.
- Oops... - murmuró cabizbaja.
- ¿Puedes explicarme en qué estabas pensando cuando decidiste escaparte de casa por la ventana, merodeando por el tejado cómo un chimpancé? No es la primera vez que lo haces y no me gusta. ¿Te has dado cuenta de la altura que hay desde esa ventana al suelo? ¿Es que quieres matarte?
- No...
- Escucha – se acuclilló – no me gusta regañarte, pero si mamá estuviera aquí no lo aprobaría y lo sabes.
- Pero ella ya no está aquí – repuso aún cabizbaja.
- ¿Y qué me dices de Martha? – la mencionó a propósito – ¿Crees que ella lo aprueba?
- ¡Por supuesto que no! - respondió ella de inmediato - ¡Lo que hiciste es muy peligroso! Incluso puedo imaginar cómo habría reaccionado Kate al saber que te habías caído del tejado...
- Ahora tiene cosas más importantes de las que preocuparse.
Antes de que Richard pudiera lanzar la pregunta Martha se le adelantó.
- Kate nunca ha dejado de preocuparse por ti, Kyra. Ni siquiera en sus momentos más difíciles.
- Martin despertará, ¿verdad?
- Espero que sí. De lo contrario...
- ¿Estáis hablando Keller? – intervino Richard sintiéndose el único que no sabía a qué se refería.
- Tuvo un accidente y ahora está... - la niña miró a Martha buscando ayuda.
- Martin está en coma inducido desde hace una semana.
Richard tomó asiento en el sillón.
- ¡Papá! - se sentó en su regazo – Tienes que escuchar a tía Martha. Está preocupada por Kate, y ahora yo también. Tienes que ayudarla.
- Me temo que no soy a quien más desearía ver en estos momentos, cariño.
- ¿Y si estuvieras equivocado? - intervino Martha.
- Me sorprendería – sonrió amargamente.
Ninguno de los presentes fue consciente del tiempo transcurrido hasta que Olivia entró para bajar las persianas y encender la luz de dos lámparas de pie, suficiente para dar una ambiente acogedor.
- Perdonad. ¿Richard os quedáis a cenar?
- Eso parece – afirmó tras mirar a su hija – Gracias.
De nuevo a solas,Richard se reclinó en el sillón – del que no se había levantado desde hacía por lo menos hora y media – tratando de organizar y/o priorizar toda la información que Martha le había contado.
- ¿Qué le hace pensar que a mi va a escucharme?
- ¿De verdad necesitas que te responda?
- Cuatro años y una relación estable que acaba en boda... No estoy seguro de que sea yo quien deba estar a su lado, Martha. Y aunque pudiera, ahora mismo no sabría cómo ayudarla...
- No debí comentarte lo de la boda... – murmuró ella – Te voy a decir algo al respecto, y es que probablemente mi sobrina no llegue hasta el altar... El accidente de Martin les ha distanciado. Cada vez que se ven acaban discutiendo o uno de los dos se va por no hacerlo... No está bien, Richard. Necesita a alguien que entienda el porqué está haciendo lo que hace y que a su vez le haga entender que no puede seguir como hasta ahora.
Aceptase o no, en breve estaría en la misma ciudad que ella y habría ciertas preguntas – obviase o no lo que sabía – que no podría evitar que acabaran rodando por sus pensamientos.
Varios suspiros después, Richard miró a Martha y agregó:
- Voy a estar en Nueva York la semana entrante por la presentación del libro, firmas, entrevistas... Soy incapaz de decirle cuando, pero intentaré encontrar un momento para visitar a Martin...
...
La entrevista para el New York Times – la cuarta del día para la prensa escrita, sumado a las dos apariciones en los programas de televisión matutinos Today y The View – era lo último escrito en su agenda para ese martes, no obstante, después del día que había tenido entre grabadoras, cámaras, micros y focos era a escasos metros de la entrada del hospital cuando le empezaban a sudar las manos y a correr los nervios por su interior.
...
La fecha del que tenía que ser su día se les venía encima con un montón de cosas por confirmar, llamadas por hacer, detalles de último momento por decidir..., pero juntando el agobio de las últimas semanas en la comisaria por reuniones inesperadas y demás problemas burocráticos, más su preocupación y dedicación diaria a Martin la estaba consumiendo. Y para la guinda del pastel, llevaba diez minutos sentada en una de las sillas del hall del hospital oyendo la voz de su prometido, hablando sin hacer una simple pausa.
- ¿Qué quieres hacer?
- ¿Sobre qué? - suspiró cansada.
- Cualquiera diría que te aburro hablando de nuestra boda...
- No es eso...
- ¿Te das cuenta de todo lo que queda por hacer?
- ¿La verdad? ¡No! No tengo ni idea porque llevo días..., muy ocupada.
- Quizás deberías priorizar algunas de tus prioridades...
- ¿Te refieres a anteponer el color de las flores de la iglesia o el tipo de mantel del restaurante a Martin?
- Es nuestra boda Kate.
- Ya sé que es nuestra boda, Matthew. Pero no esperes que esté saltando de alegría y ocupándome de esas gilipolleces cuando hace dos días que han empezado a retirarle los medicamentos para despertarlo – se frotó los ojos.
- A mí tampoco me gusta tener que irme a Cuba hasta el próximo lunes sabiendo por lo que estás pasando. Sólo necesito saber que estarás bien y podrás ocuparte de todo antes del 25.
- ¿Puedes por un momento olvidarte de la puta boda y pensar en mí? – expresó furiosa – ¿De verdad crees que me importan esos detalles sabiendo que Martin no va a estar?
- ¿Y qué vas hacer? – respondió con el mismo tono – ¿Posponer la boda sólo porqué uno de los invitados no puede asistir?
Kate inclinó el cuerpo hacia delante con los codos apoyados en las rodillas, ocultando el rostro entre sus manos.
- Cuatro años y medio de relación y aún no has entendido lo que significa para mí... - se incorporó con un leve temblor en las manos – Vete.
- Cariño... Estás nerviosa. Estar aquí no te ayuda a ver las cosas con claridad...
Nerviosa por su continuo acoso con el tema le dio la espalda.
- ¿Quieres que llame a mi madre? Puede venir antes y ayudar con lo que tú no puedas...
- ¡Me importa una mierda la boda! - le gritó fuera de sí.
Automáticamente dejó de escucharle. Oía su voz, pero no era capaz de entender lo que decía hasta que al girarse para volverse a sentar vio que ya no estaba. Con los ojos cerrados se llevó la mano al pecho. Asustada por la dificultad que tenía para respirar y el dolor persistente en el pecho levantó la mirada en busca de alguien.
Un minuto después su cuerpo desfallecía en sus brazos.
...
La habitación en la que Katherine había sido instalada permanecía cerrada con llave y completamente a oscuras.
- ¿Cuándo podremos verla?
- Mañana o pasado...
- ¿Y para eso hemos venido tan rápido?
- Estás aquí porque Martha es su familiar más directo, después de su padre que también viene de camino. Y cómo te puedes imaginar no te iba a dejar sola en Chicago.
- Podía quedarme en casa de Valeria.
- Ahora te vas a quedar en el loft haciéndole compañía a Martha.
- ¡Guai! ¿Y tú? ¿Seguirás en el hotel? ¿Por qué no vienes conmigo? A tía Martha seguro que no le importa.
- Después hablaremos con ella, ahora termina de cenar.
- ¿Dónde está tía Martha?
- Hablando con el médico. ¡Haz el favor de dejar de hablar y comer!
- ¿Ella sabrá cuándo podremos ver a Kate?
- Cariño, aunque te dejaran entrar, Kate está sedada y...
- ¿Y esto que significa?
- Significa que necesita dormir muchas horas para recuperarse del agotamiento que lleva acumulado de estos últimos días. Y por eso la han sedado, para que descanse.
- ¿Y después podre verla?
- Ya veremos...
...
Doce horas después seguía teniendo prohibidas las visitas. No obstante, Marian había dejado que Richard entrara cinco minutos.
Antes de irse Katherine le sorprendió incorporándose de repente con la respiración acelerada.
- ¡Martin! - gritó.
Richard se acercó sentándose a un lado de la cama.
- ¡Hey! Tranquila... Él está bien. Todo sigue igual...
- ¿Rick? - le buscó con la mirada a pesar de estar a oscuras.
- Estoy aquí – sonrió.
Katherine palpó a través de la oscuridad hasta encontrar su brazo al que se aferró, apoyando todo su cuerpo en él al tiempo que Rick intentaba tranquilizarla.
- Intenta dormir un poco más.
Sin una respuesta, pero cediendo, la ayudó a tumbarse.
- Quédate – le retuvo agarrando su mano cuando iba a irse.
- ¿Estás segura?
Acomodándose tiró de su mano obligándole a sentarse a su lado.
- Me quedaré hasta asegurarme que vuelves a estar dormida.
A primera hora de la tarde, con las persianas subidas y la luz entrando de nuevo en la habitación, Richard entró encontrándola sentada en la cama ya cambiada con la ropa que su tía había ido a recoger a su apartamento.
- ¿Cómo te encuentras? – preguntó apoyado en la pared, cerca de la puerta.
De espaldas, terminando de ponerse las botas, se levantó recibiéndole con una sonrisa.
- Hambrienta...
- ¡A eso invito yo!
- ¿Qué hora es?
- Olvídate de horarios y obligaciones por hoy.
Antes de que pudiera protestar se colgó la bolsa de deporte, que su tía había usado para ponerle la ropa limpia y sus pertenencias, al hombro.
- ¡Rick! Gracias...
- ¿Por llevarte la bolsa?
Kate negó sonriendo.
- Sé que has estado al lado de Martin mientras yo estaba durmiendo.
- Y yo que creía que aquí podría alejarme de los paparazzi... - comentó con expresión cómica.
- Lo digo en serio.
- ¡Yo también! - siguió en su role haciéndola sonreír – Siempre. – agregó.
...
Por primera vez desde que estaba allí había aprendido cómo funcionaba el televisor que colgaba a un lado de una de las paredes de la habitación de Martin.
Con su mano entrelazada en una de las suyas y el mando del televisor en la otra, seguía a la espera de ver entrar al novelista Richard Castle en el plató del show nocturno de la NBC.
- ¡Vaya, que elegancia! – exclamó sorprendida – Creo que es la primera vez que le veo vestir en camisa roja – comentó mirando a su amigo – Le queda bien...
Katherine se quedó embobada mirando el programa, sonriendo y riéndose durante la entrevista. Tras finalizar, esperó a que llegara el primer anuncio publicitario para cerrar la televisión.
- Creo que me voy a tumbar en el sillón – comentó aún sabiendo que podía que no estuviera escuchándola – Parece mentira que después de todo lo que he... dormido... aún... tenga... sueño...
Katherine se quedó perpleja preguntándose si lo que estaba viendo era real. Sonrío nerviosa.
- ¡Martin! – le llamó – ¿Puedes oírme?
A pesar de no recibir respuesta por su parte tenía suficiente con lo que acababa de ver y sentir; había movido los dedos y había reaccionado del mismo modo cuándo ella le había apretado la mano. Y aquello solo podía significar buenas noticias.
Con la llegada de las enfermeras y demás sanitarios Katherine se tomó un respiro saliendo a la calle. Hacia una noche estupenda, ideal para estar sentada en la playa o en la terraza de la casa de los Hamptons escuchando las olas. Con este pensamiento retenido en su cabeza, volvió adentro saliendo minutos después con el teléfono en la mano.
- ¡Hey! Soy yo... Kate.
- ¿Estás bien? ¿Qué ocurre? - respondió una voz medio dormida.
- No quería despertarte...
- No te preocupes. Acabo de llegar al hotel...
- Sé que es tarde pero me estaba preguntando si podríamos vernos.
