CHP XXXII
En el avión de vuelta a Nueva York dejaba atrás una semana de reuniones y desconexión.
Por primera vez desde que empezó su relación con Matthew se sentía ella misma, fuera y dentro de la comisaria. Volver a estar soltera le había devuelto ese respiro que tantas veces había deseado a lo largo de su relación, en muchas más ocasiones el último año con los preparativos de la boda y con el accidente de Martin.
Katherine sacó el periódico que acababa de comprar en el aeropuerto junto con su tablet, dejándola en el asiento de al lado para centrarse en la prensa escrita; concretamente en la contraportada. Sonrió. Al igual que él, ella también llevaba días sin tener noticias suyas tras enterarse de que había tenido que posponer la presentación del libro. Volver a ver su foto en los periódicos, el escritor sujetando su novela al lado de los demás ejemplares, le gustó. Le gustó más de lo que alguna vez hubiera imaginado.
...
El taxi se detuvo delante del edificio The Hampshire House, el 150 del sur de Central Park.
No le había sido fácil dejar su otro apartamento, tenía muchos recuerdos en él, pero después de haber estado los últimos tres años disfrutando de las vistas de éste y los cero inconvenientes que su ex le había puesto para quedárselo, no lo dudó; al fin y al cabo él ahora tenía su vida en Cuba.
- Bienvenida de nuevo Srta Beckett – la saludó el conserje.
- Gracias Patrick. ¡No se imagina las ganas que tenía de volver...!
- A llegado correo para usted – el hombre entró en una habitación y volvió a salir con un paquete en sus manos junto con demás cartas – El paquete lo han traído esta mañana.
- ¿Para mí? - dejó las cartas dentro del bolso - ¿Está seguro?
- Lo trajo un chaval de una empresa de paquetería express y en el albarán pone su nombre y su dirección...
- No recuerdo haber pedido nada, pero... ¡Gracias!
Cargada con su maletín de ruedas, el bolso y el paquete misterioso, entró en el ascensor apretando el botón correspondiente a su planta.
Volviendo a pisar el suelo de su apartamento, dejó el maletín en el recibidor, se deshizo de los tacones y se dirigió a la sala de estar dónde aquellas vistas de las que seguía enamorada le daban la bienvenida. Respiró hondo.
- Hogar, dulce hogar...
Con el paquete aún entre sus manos, lo dejó encima de la mesa del comedor junto a su bolso y las llaves. Intrigada, volvió a cogerlo llevándoselo con ella hasta el sofá donde salió de dudas.
Sus ojos se agrandaron cuando abrió la caja azul con flores descubriendo su contenido. Reprimiendo las ganas de gritar, se mordió el labio y empezó a reírse nerviosa abriendo el sobre blanco que había encima del libro.
"Gracias...
Por soportarme esa noche tan desastrosa, por confundir tu café con el mío, por cuidar de mi hija cuando no supe hacerlo, por tus consejos, por ser la realidad de alguien que deseaba conocer cada vez que leía sus e-mails. Por dejar acercarme a ti.
Por todo y por tanto.
Siempre."
Ansiosa por empezar a leerlo, dejó la nota en la mesita que tenía delante y se acomodó poniendo los pies en el sofá sin soltarlo. Admiró la portada, leyó el titulo, y pasó directamente a la primera página del capítulo uno cuando se dio cuenta que había algo escrito en puño y letra en la página en blanco después de la portada.
"De la primera caja que abrí, el primer ejemplar que sostuve en mis manos.
Para ti.
Mi musa."
Leer aquella dedicatoria teniendo aún presente la nota de antes le provocó un hormigueo en la boca del estómago que creía olvidado. No obstante, olvidándose de ello por el momento, giró las páginas concentrándose en mantener la mente en blanco y empezar a leer.
...
A primera hora de la mañana con un vaso lleno de doble cafeína y el libro ya terminado dentro del bolso entraba por las puertas del hospital.
- ¡Kate!
Pasando cerca del mostrador de recepción se detuvo dándose la vuelta.
- ¡Hey! – saludó sonriente al ver a Marian junto a otras compañeras – Iba a ver a tu hermano.
- ¿Estás segura? – la saludó con dos besos.
- ¿Mal día?
- Semana – confesó suspirando – A ver si verte le anima...
- No tendría que haberme ido.
- ¿Bromeas? Hiciste lo que debías hacer – Marian se agarró del brazo de Kate caminando al compás hasta la habitación de su hermano – Yo misma te habría metido dentro de ese avión si llego a saber que renunciabas a esa semana en Los Ángeles por él. ¡Y hay que ver lo bien que te ha sentado!
Recién llegado de rehabilitación y de peor humor de cuándo le había visto su hermana por la mañana, Martin se negó a recibir visitas.
- ¡Comienzo a estar harta de esta actitud de capullo que tienes con todo el mundo! – le discutió Marian – ¿Crees que sería posible ver al Martin de antes?
- Murió en el accidente igual que su mujer.
Dándose por vencida se giró caminando hacia Kate con quien compartió una mirada de "te lo dije".
- Entiendo que esto te supere pero tu hermana sólo pretende ayudarte, igual que todos los de rehabilitación y yo misma – intervino Beckett.
- ¿Os lo he pedido? ¿No, verdad? Entonces... ¡Iros de una puta vez! – gritó girando la silla de ruedas dándoles la espalda.
Su hermana iba a hablar cuando Kate dio un paso adelante enfrentándose a él.
- Si te quieres dar la espalda a ti mismo, me parece perfecto, pero a mí nadie me grita de ese modo y me da la espalda y a tu hermana menos – se situó delante de él –.
- Dejadme en paz – susurró sin mirarla.
- Lo haré cuando me hayas escuchado – le cogió la cara para que la mirase –. He estado a tu lado desde el minuto uno que saliste del quirófano. Estuve a punto de perder todo lo que había conseguido hasta el momento como policía por ser incapaz de alejarme de tu lado pensando "Y si..." – hizo una pausa y continuó – Crees que nadie puede entender cómo te sientes. Yo sí – le cogió por la barbilla –. Perdí a mi madre con diecinueve años. Ella, al igual que Leslie, tampoco tuvo la oportunidad de luchar por su vida. Se fue.
- Dejadme solo – dijo apartando la mirada.
Respetando su espacio se acercó hacia Marian quien seguía apoyada en la entrada de la habitación.
- No es fácil, te aseguro que no. Vas a llorar mucho, vas a querer hacer estupideces..., muchas. Pero con el tiempo se aprende a vivir con ello.
- He dicho que me dejéis solo.
- Lo haré y cuando lo haga no pienso volver. Puedo dedicar mi vida a alguien que está decidido a luchar, pero no por la persona que está delante de mí.
Marian esperó. Al ver que su hermano no reaccionaba, antes de alejarse por el pasillo, añadió:
- A Leslie ya la has perdido. ¿Vas a dejar que ella también se vaya? Te juro que no te reconozco.
...
Para sorpresa de muchos dado que no la esperaban hasta la semana entrante, Katherine se presentó en comisaría decidida a vaciar lo acumulado en su ausencia. El trabajo era su salida de emergencias, siempre lo había sido. Una vez se sentó en su silla no volvió a levantar la vista de los documentos de su mesa o de la pantalla del ordenador hasta que escuchó la voz de uno de sus detectives despidiéndose.
Cansada, apoyando los codos en la mesa con las manos entrelazadas, se quedó mirando su dispositivo móvil totalmente absorta. A pesar de saber que no tenía nuevas notificaciones lo desbloqueó para comprobarlo. Nada. Lo dejó de nuevo en la mesa. Suspiró apoyando la espalda con el respaldo de su silla. Era incapaz de quitarse a Martin de la cabeza. Sus ojos observaban el móvil a menudo con la esperanza de que tarde o temprano llegaría una llamada o simplemente un mensaje instantáneo.
De vuelta al apartamento, se descalzó dejando los zapatos de tacón tirados en el recibidor y a diferencia de lo habitual, se dirigió al dormitorio. Se subió a la cama sin desvestirse y se tumbó a un lado de esta mientras dejaba el bolso al otro. No tardo en quedarse dormida.
...
La escena del día anterior entrando por las puertas del hospital se repetía. No quería hacerse ilusiones, pero recibir aquel mensaje le había devuelto las esperanzas.
Haciendo caso al mensaje espero en la cafetería ojeando la prensa del día.
- Gracias por venir Becks.
- No me sobra el tiempo. ¡Tú dirás! - cerró el periódico dejándolo a un lado de la mesa.
- ¿Seguro que puedo dejarle solo? - preguntó el enfermero que le acompañaba.
- No se preocupe – intervino ella –. Lo deja en buenas manos – le enseñó la placa.
El hombre asintió son una leve sonrisa y se fue.
- ¿Te importa cogerme una botella de agua?
- Se lo podrías haber pedido al enfermero.
- Por favor. Iría yo, pero...
- Está bien – se levantó – ¿Algo más?
- Sólo agua.
Martin no dejó de observarla hasta que volvió a sentarse.
- Gracias.
- De nada.
Katherine abrió el refresco y el envoltorio del snack de chocolate que acababa de comprar.
- Ya veo que hay cosas que no han cambiado.
- Será de las pocas cosas que no han cambiado en mi vida – le dio un mordisco.
- ¿A qué día estamos?
- Martes. Cuatro de Agosto. ¿Por qué?
- Desde que desperté nunca sé en qué día vivo. Fue lo primero que pregunté. Y lo sigo haciendo. Es como si mi mente se hubiera quedado congelada al cuatro de Julio.
- ¿Se lo has dicho al médico?
- Esta mañana traía los resultados del escáner y parece que todo ha vuelto a la normalidad. Ha dicho que no me obsesione que con el tiempo...
- Estuviste en coma dos semanas. Imagino que será normal.
- Hay días que me levanto queriendo acabar con todo. Ayer fue uno de ellos y lo acabasteis pagando mi hermana y tú. Lo siento mucho.
Kate alargó la mano entrelazando los dedos con los suyos.
- No pienso rendirme contigo.
- Eso habrá que verlo...
- Me gustan los retos – sonrió – Volverás a andar Martin. Esta silla es temporal.
- ¿Y si te digo que la silla me da igual?
- Sabes que no es verdad. ¿Has probado de ponerte en pie?
- Cada día y no duro más de cinco minutos.
- Es un comienzo.
- Hablando de comienzos... – acarició sus dedos con el pulgar echando en falta el anillo de prometida – Qué pasó con... – dudó – Lo siento no recuerdo su nombre.
- ¿Prefieres la versión larga o la corta?
Volver a sentirse como en los viejos tiempos con Martin era lo que necesitaba. Aunque no se lo hubiese dicho abiertamente, le había añorado durante esos días de agobio; por suerte no había estado sola.
De nuevo en su habitación, le ayudó a hacer el cambio de la silla de ruedas al sillón acolchado.
- Nunca me gustó – confesó – Y por lo que me cuentas el sentimiento era mutuo. ¿Has sabido algo más de él? – negó – Cuándo Marian me dijo que estarías una semana fuera supuse que sería por la luna de miel, pero ahora intuyo que fueron unas vacaciones contigo misma.
- Más o menos... – sonrió – ¿Recuerdas esas reuniones, convenciones..., llámalo como quieras, a las que asistimos un año?
- ¿Las de Los Ángeles? Ahora entiendo porqué te veo más morena... ¿Alguna novedad?
- Los nuevos dispositivos tecnológicos que quieren implementar en las comisarias para que los resultados sean más inmediatos.
- Resumiendo, lo de siempre
Katherine asintió tumbándose en la cama
- ¿Vas a quedarte para la cena?
- ¿Acabas de comer y ya piensas en la cena? – observó ella.
Martin sonrió con tristeza. Al percibir ese gesto, Kate se levantó acercándose a él. Se sentó en su regazo y lo abrazó.
- Te lo diré una vez y no pienso volver a repetirlo. Nunca – le advirtió – Puedes contar conmigo para lo que sea, incluso cuando no pueda estar por ti – se quedó en silencio y añadió – Ahora si quieres puedes desahogarte.
Martin se rió con lágrimas en los ojos aceptando aquel abrazo que le había cogido desprevenido dejándole confuso.
- ¿Peso mucho?
- Sorprendentemente... No. Un peso pluma.
- Está bien – le dio una palmadita en el hombro – De todos modos debería irme.
- ¿No puedes quedarte unas horas más?
Katherine le miró luchando con el deber y el querer.
- ¡Anda vete! Antes de que te haga esposar – cedió bromeando.
- Como si tuvieras derecho para hacerlo... – se burló – ¡Toma! Lee un poco.
- ¿Cuando me has visto coger un libro?
- Este es..., distinto – dijo con una leve sonrisa en sus labios – ¡Vamos cógelo!
- Richard Castle... - leyó en voz alta – Este no es el padre de... ¿Kyra?
- El mismo.
- ¿Qué te hace pensar que me interesa lo que escribe?
Intrigado empezó a ojear.
- Tú léelo – sonrió – Me voy – se despidió con un beso en la mejilla.
- ¡Espera! – la agarró de la muñeca y leyó lo que había escrito a mano en una página en blanco al principio de la novela – … Para ti. Mi Musa – enfatizó levantando la mirada con el ceño fruncido.
- Si esperas que te dé una explicación... No la tengo. Aún – añadió.
- Empiezo a sentir cierto interés por la lectura. Puede que hasta me guste...
- Avísame si quieres los otros. Escribió unos cuantos antes de éste.
- Y pensar que le odiabas... Ahora resulta que eres su fan número uno.
- ¡Disfruta de la lectura! – se despidió saliendo de la habitación ignorando el comentario que la hizo sonreír.
...
El teléfono la despertó. Deseando que fuera una mala pasada de su subconsciente siguió durmiendo hasta que éste volvió a sonar de forma insistente.
A tientas, alargó la mano para alcanzarlo. Descolgó.
- Beckett – dijo aclarándose la voz.
- ¡Oh dios mío! Me alegro que estés despierta.
- ¿Martin? – habló entre sorprendida y somnolienta.
- ¿Te das cuenta de lo que significa este libro?
- Tiene que ser una broma... – bostezó, tumbada, pasando un brazo por encima de su cabeza mientras sostenía el teléfono con la otra mano.
- ¿Una broma? ¡No! Lo que es es una declaración de amor en mayúsculas.
- ¡¿Qué?! - exclamó abriendo los ojos en medio de la oscuridad de su dormitorio.
- ¡No te hagas la sorprendida! A saber lo que escondes – insinuó.
- No me lo puedo creer – murmuró incorporándose a oscuras – Martin, son las dos de la madrugada – comprobó en su reloj despertador – ¿No crees que tu opinión sobre el libro podía esperar hasta mañana?
- No después de lo que he leído – argumentó serio.
- Necesito dormir, ¿sabes? Mañana debo estar en la sede del departamento a las nueve y no me gustaría llegar tarde...
- ¿Sabías que ibas a ser la nueva protagonista de su libro?
- ¿Has escuchado algo de lo que he dicho?
- ¿Y tú?
- Está bien – dijo en un suspiro – ¿Quieres hablar del libro? Hablemos del libro.
- ¿Lo sabías? – replanteó acortando la pregunta.
- No. No tenía ni idea. Nada – agregó enfatizando – Tú reacción probablemente fue como la mía en su momento.
- Si realmente este es el primer ejemplar... ¡Menudo detallazo!
- Humm – respondió sonriendo al recordar ese momento en el que abrió el paquete misterioso.
- En uno de los foros he leído que Richard suele dedicar los libros a personas importantes en su vida – explicó – Si juntamos la dedicatoria y que el personaje de April tiene una semejanza a ti muy sospechosa... ¿Hay algo que quieras contarme?
- No creo que ahora sea el mejor momento.
- Nunca lo es – afirmó con un tono de voz más apagado – Pero necesito distraer mi mente para no pensar en Leslie constantemente. Y ahora mismo el trasfondo de este libro puede ser mi salvavidas.
- Martin, no hace ni quince días era la prometida de alguien.
- ¿Qué ocurrió exactamente? Esta vez quiero la versión completa.
- ¿No te bastó con la resumida? - sonrió percibiendo la misma reacción en él. Dejó pasar unos segundos en los que ambos permanecieron en silencio y comenzó. – Cómo te dije, empezamos a discutir después de que tuvieras el accidente. Yo no era capaz de separarme de tu lado y él no era capaz de entenderlo. Lo único que parecía interesarle eran los preparativos de la boda y para mí... Horas antes de irse a Cuba vino a despedirse y volvimos a discutir. Recuerdo haber gritado y poco después sentir que me quedaba sin aire. Me asusté. – respiró hondo – Cuándo me desperté... estaba ahí. Estuvo ahí todo el tiempo, incluso para ti cuándo yo dormía.
- ¿Qué más?
- La noche que empezaste a despertar salí del hospital y le llamé. En ese momento era la única persona que conocía que parecías importarle y le importaba como me sentía. – hizo una pausa y continuó – Poco después estábamos en los Hamptons. Le enseñé la casa, bebimos vino y hablamos...
Había revivido aquellas horas muchas veces por sí misma, pero nunca en voz alta y con otra persona que no fuera ella. No podía evitar sonreír cuando lo hacía, incluso ahora, hablando por teléfono con Martin todavía a oscuras.
- Quizá no te des cuenta pero tu voz es distinta cuando hablas de él – dijo cuando ella hubo terminado de hablar – Y si quieres mi opinión, que te la voy a dar aunque digas que no – agregó antes de que pudiera protestar – Sólo depende de vosotros de que tarde o temprano acabéis juntos. Os conocéis desde antes de que supieras de Kyra sin mencionar todo lo que vino después. Y a pesar de vuestras diferencias, él escribe un libro con un personaje femenino basado en ti. Becks, esto es la declaración de amor más bonita y original que he visto a día de hoy.
- La tuya con Leslie tampoco estuvo mal.
- Fue perfecta. Pero ahora no estamos hablando de mí, sino de ti. ¿Puedo hacerte una pregunta? – ella asintió con un "dispara" – ¿En algún momento de vuestra charla en los Hamptons hablasteis de Johanna?
- ¿Por qué me lo preguntas?
Hubo un breve silencio roto por la risa de Martin.
- Kate. ¿No crees que ya va siendo hora de dar el paso? Y da igual quién lo haga. Estamos en el siglo veintiuno, eso dejó de importar.
- No me has respondido.
- Pero tú a mi sí – concluyó – Voy a colgar antes de que entre una enfermera a preguntarme qué hago todavía despierto.
- Deberías. Mañana vas a tener un humor de perros después de la rehabilitación.
- Puedes apostar por ello.
...
El reloj marcaba las 8:35 cuando lo miro aún incapaz de abrir los ojos.
- ¡Maldita seas Martin James Keller!
Maldiciendo en voz alta salió de la cama corriendo hasta el cuarto de baño dónde se encerró y salió poco después con una toalla anudada en el pecho, maquillada y el cabello ligeramente ondulado y mojado. A las 8:45 salía de su apartamento camino a la cafetería que frecuentaba las mañanas que no tenía tiempo para desayunar.
- Buenos días Kate. ¿Lo de siempre? – preguntó la chica al verla acercarse apresuradamente al mostrador.
- Sí. Para llevar – sonrió dejando el dinero al lado de la caja registradora – Quédate con el cambio.
Antes de que la chica que la había atendido pudiera darse cuenta, ella recogió el vaso y salió del establecimiento. Tenía diez minutos para llegar.
- ¡Disculpe!
Sin prestar atención a su alrededor siguió andando sospesando la idea de coger un taxi.
- Perdone – dijo una voz a sus espaldas agarrándola por el brazo – Me temo que se ha llevado mi café... por equivocación. Vaya... – agregó éste con una sonrisa.
Sorprendida por aquel encuentro, sonrió bajando la mirada al vaso que tenía entre sus manos leyendo Richard en vez de su nombre.
- ¿Tomas el café con nuez moscada? – dijo haciendo un pequeño sorbo.
- A veces.
El escritor observó su reacción y bebió del vaso que él sujetaba con el nombre Kate escrito en rotulador negro.
- Supongo que no ha sido una equivocación después de todo - comentó con el sabor de la nuez moscada en su boca.
- Excepto por los nombres... – señaló entregándole el suyo y viceversa – Debería irme – dijo nerviosa al comprobar la hora en su teléfono – Tengo una reunión con el jefe de...
- ¿Volveremos a vernos?
Katherine asintió levemente con la cabeza sin borrar la sonrisa de sus labios y se giró para seguir su camino. No había dado dos pasos cuando se giró de nuevo caminando hacia Richard al recordar el mensaje que le había mandado Martin aquella mañana.
Él, confuso, la vio acercase incapaz de prever el porqué. Ni siquiera cuando apartó la mano en la que llevaba el café y rozó sus labios con los suyos apoyando la mano libre en su mejilla.
- Espérame – le susurró antes de salir corriendo para subirse al taxi que casualmente acababa de detenerse.
Ahora si llegaba tarde.
