Este fic participa en el minirreto de noviembre para El Torneo de los Tres Magos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Poción: Elixir de la vida.

Generación: 2nda

LA SEGURIDAD DE LA PIEDRA FILOSOFAL

—Tonks —me llamó Moody cuando terminamos el entrenamiento—. Ahora tengo que ir a resolver un asunto. ¿Pero puedes hacerme un favor? —pidió mirándome con su ojo giratorio. Asentí—. Ve a Hogwarts e informa a Dumbledore acerca del intento de robo de la piedra Filosofal. Ya sabes, para que refuerce la seguridad, donde sea que la tenga escondida.

Y tras decir aquello se marchó de allí.

Envié mi patronus con un mensaje y desaparecí de la oficina. Me aparecí en la entrada de Hogsmeade, ya que no podía aparecerme directamente en Hogwarts.

Anduve un buen trecho por el camino hasta que llegué a la verja del castillo, la cual abrí con un toque de mi varita. Entré en los terrenos y continué con la caminata hasta la entrada donde el profesor Dumbledore aguardaba, tras recibir mi mensaje.

—Nymphadora —saludó cuando llegué a las escaleras —, ¿qué tiene que decirme Alastor?

Fruncí el ceño. Odiaba que me llamaran por mi nombre de pila. Sin embargo, no dije nada, pues lo que debía transmitir era más importante.

—Albus, ¿podemos ir a algún sitio más íntimo? —sugerí cuando estuve a su altura—. Este no es un buen sitio para hablar.

—Por supuesto —contestó—. Iremos a mi despacho, sígueme.

Entramos y caminamos hasta llegar al despacho del anciano. Allí tomamos asiento y le di el mensaje de Alastor.

—Albus —empecé—, debe proteger mejor la piedra Filosofal. —Él me miró fijamente como si me estuviera analizando con rayos X—. Han intentado sustraerla de su cámara de Gringotts; los aurores creen que alguien va detrás del Elixir de la Vida. Incluso algunos han barajado la posibilidad de que sea El-que-no-debe-ser-nombrado quien esté detrás del robo fallido.

—Gracias Nymphadora —agradeció él, mirándome serenamente—. Lo tendré en cuenta. Por suerte, pronto la piedra contará con nuevas protecciones y será casi imposible llegar a ella.

—De nada, Albus —respondí levantándome del asiento—. Bien. Pues eso es todo. Adiós —me despedí.

Él también se levantó. Y mientras giraba hacia la salida para irme, lo oí decir:

—Adiós. Y gracias por avisarme.

Llegué a la puerta del despacho y la abrí para salir de allí. Caminé hasta abandonar los terrenos del colegio. Y sólo entonces me desaparecí.

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