Capítulo 2

—¡McCarty! —Jessica recorrió por la habitación con los brazos abiertos para recibirlo con un entusiasta abrazo—. ¿Me has echado de menos? —preguntó, estrujándolo contra su generoso pecho y besándolo en la mejilla—. Yo creía que me iba a morir sin ti. —Apretó el pecho contra uno de sus bíceps—. Un mes es mucho tiempo, ¿no crees? Estoy segura de que has sido muy malo en mi ausencia, pero ahora estoy aquí y no hace falta que aúlles a la luna por no tenerme.

Le tiraba de la ropa mientras hablaba incansablemente y McCarty se impacientó. El deseo era algo físico, igual que la fatiga, el hambre o la agitación. Él se ocupaba de satisfacerlo, habitualmente dos veces por semana, en ocasiones más, en los últimos tiempos menos. Que no le hubiera importado lo más mínimo que Jessica se ausentara de la ciudad para asistir a una fiesta en una mansión campestre durante todo un mes había sido una señal levemente alarmante.

Pero ahora ella estaba de vuelta, después de un mes, y las ropas de él se amontonaban a gran velocidad en el suelo.

—Jessica —dijo, sujetándole las manos—, sabes que no me gusta el desorden.

—Pero sí te gusta estar desnudo —bromeó ella, agachándose para recoger la camisa, el chaleco y el pañuelo del cuello, que echó de cualquier manera sobre el respaldo de una silla. Acto seguido, lo empujó al diván para poder quitarle las botas—. Y a mí me gusta desnudarte.

Como una furia rubia, terminó de despojarlo de sus ropas con un entusiasmo que normalmente no demostraba.

—Has engordado —comentó, cuando le sacó los pantalones y los lanzó a la silla con el resto de prendas—. Ya no estás tan flacucho, McCarty. Vaya, vaya, veo que te alegras de verme.

Su miembro viril se alegraba de verla, eso sí. Lo bastante como para admitir que un mes había sido período de celibato suficiente, cuando Jessica hizo que se tumbara de espaldas en su ridícula cama roja.

—Deja que te paladee. —Ella, que no se había quitado la bata, se encaramó a la cama y se arrodilló a su lado.

Aquello sí que era una novedad. A Jessica le gustaba que fuera su protector, le gustaba pensar que el heredero de un ducado la había elegido para que satisficiera sus deseos físicos. Sin embargo, ni él ni el sexo le gustaban especialmente, factores que, al principio, a McCarty le habían molestado, aunque no más que a ella. En muchos aspectos, resultaba más sencillo que no se hubiera desarrollado un vínculo personal entre ambos.

Jessica realizó varias pasadas con la lengua a lo largo de su miembro, una sensación más provocadora y excitante que todo el resto de su repertorio de juegos preliminares. No obstante, hasta el momento no se había mostrado muy proclive a hacerle ese tipo de caricias, por lo que, normalmente, él se conformaba con juegos más pedestres cuando estaba con ella. El lapso de tiempo que había transcurrido desde la última vez que se vieron y las entusiastas caricias de su boca consiguieron minar su habitual autodisciplina.

—Me voy a derramar dentro de tu boca, Jessica —le advirtió al cabo de unos minutos—. Cuando me chupas así, me provocas de una manera...

—Ah, no, ni hablar —replicó ella, levantando la cabeza bruscamente, con una expresión de alarma en el rostro. Se abrió entonces la bata y se tumbó en la cama, a su lado—. No vas a ser tú el único que se divierta.

Abrió de buena gana las piernas para dejar que él se acomodara entre ellas.

—Me voy a ocupar de ti, Jessica —dijo él, acariciándole el cuello con la nariz. A ella no le gustaba mucho que la besara en la boca, pero sí llevaba bastante bien que le dedicara atenciones a sus pechos.

—Sí —convino Jessica, arqueándose contra él—. Aunque no es que te estés dando mucha prisa. —Lo dijo medio en broma, pero su tono dejó traslucir un dejo malhumorado y descortés que lo empujó a prescindir de los preliminares y, sin más preámbulo, buscar la entrada de su cuerpo con la punta de su miembro.

—Supongo —dijo, mientras se mecía buscando la penetración completa—, que has tenido un poco abandonados los placeres físicos.

—Así es —contestó ella, rodeándole la cintura con las piernas, que enlazó a su espalda por los tobillos—. Y ahora, hazme el amor sin descanso y deja de cotorrear.

A su miembro le parecía una buena idea, pero a aquella parte de él que permanecía siempre alerta, considerando los pros y los contras, algo en la actitud de Jessica se le antojaba fuera de lugar. Su entusiasmo no parecía exactamente fingido, pero tampoco era... cálido.

—Más fuerte —lo instó ella, flexionando las caderas para acoger sus embestidas—. Hoy quiero sexo duro, McCarty.

¿Duro? ¿Y eso de dónde demonios había salido? Él hizo lo que le pedía y embistió con más fuerza, sintiendo con ello cómo se intensificaba su propia excitación. Pero los talones de Jessica clavándosele en la espina dorsal lo distrajeron, permitiéndole contener el orgasmo mientras oía cómo se acercaba el de ella.

—Oh, Dios... —Jessica elevaba las caderas desesperadamente, con una pasión bienvenida, si bien poco característica en ella—. Maldición, McCarty...

Se arqueó contra él con más intensidad hasta que se notó próximo al clímax. Sin embargo, se contuvo hasta que ella hubo alcanzado el suyo, y entonces sí se retiró para salir de ella.

Jessica lo apresó con fuerza con las piernas.

Con un súbito tirón, McCarty se libró de ella y se echó hacia atrás.

—¿Qué demonios haces? —bramó, poniéndose en cuclillas, jadeante de excitación insatisfecha mientras Jessica clavaba en él los ojos, vidriosos de pasión y rabia.

—¿Por qué? —respondió ella con un grito—. ¿Por qué no podías derramarte por una vez como los demás hombres sin pensarlo todo tanto? Tú no puedes fornicar sin más, McCarty. ¡Tú tienes que ser un maldito duque hasta en esto!

—Pero ¿qué diablos te pasa? —preguntó él, mirándola con incredulidad—. Conoces las condiciones que puse a nuestro acuerdo y...

La miró a la cara y entonces se dio cuenta.

—Oh, Jessica. —Se sentó de espaldas a ella, respirando entrecortadamente—. Dejaste que Renfrew plantara la semilla de un bastardo en tu vientre y esperabas poder hacerlo pasar como mío. —No le hizo falta mirarla a los ojos para saber que acababa de caer en otro complot de su padre para obligarlo a casarse. Renfrew era alto, de ojos verdes y pelo castaño, y fogoso como un macho cabrío.

—Su excelencia me prometió... —lloriqueó ella con voz queda—. Su hombre de confianza me dijo que si me quedaba embarazada, el duque se ocuparía de que nos casáramos.

McCarty negó con la cabeza con exasperación.

—Jessica, mi padre no consentiría en el matrimonio cuando le dijera que el hijo es de Renfrew.

—¿Y cómo iba a saber que eso era así?

—No soy estúpido, Jessica, y nunca he derramado mi semilla dentro de ti. Mi padre me creería. Al menos en eso —contestó, poniéndose en pie.

—¿Adónde vas? —Se sentó y se cubrió con la bata, como si no quisiera que la viera desnuda.

—A darme un baño de agua fría, supongo —contestó él, recogiendo su ropa—. ¿Qué prefieres, diamantes, esmeraldas o rubíes?

—Todo —respondió ella, cruzándose de brazos—. Me has dado mucho trabajo, McCarty.

—¡No me digas! —replicó, momentáneamente desconcertado, pero una vez superada la impresión, siguió vistiéndose—. ¿Y cómo ha sido eso?

—Esto es sólo sexo. —Jessica barrió el aire con el brazo a su alrededor—. Pero no deja de ser sexo con otra persona.

—¿Crees que no sé que eres una persona? ¿No me he encargado de darte placer? —preguntó McCarty, con más curiosidad de la que le gustaría admitir.

Ella le dirigió una mirada de reticente afecto.

—Probablemente, hoy has salido de casa con la lista de cosas que debías hacer: cambiar la herradura de la pata derecha trasera de tal caballo; redactar un borrador con las condiciones necesarias para dirigir el universo; visitar a Jessica; reunirte con los amigos en el club. Excepto que tú no tienes amigos. También tendrías apuntado besar a Jessica en la mejilla y desnudarla cuidadosamente al llegar. Juguetear con sus pechos, tumbarla, meterle tu miembro y sacudirte durante cinco minutos después de doblar cada prenda de ropa con sumo cuidado. —Luego, levantando las manos, añadió—: Olvida lo que he dicho.

—¿Juguetear, Jessica? —repitió él, sentándose a su lado en la cama—. Te noto decepcionada conmigo, pero decir que he jugueteado contigo me parece demasiado fuerte. Y dado que es así como te sientes, tal vez sea mejor que no vayas a ser mi duquesa, ¿no te parece?

—Sí —contestó ella, asintiendo—. Posiblemente te habría matado, McCarty, aunque no eres tan mal tipo, debajo de toda esa fachada.

—Una grandilocuente forma de mostrarme tu aprobación. —Se levantó y se volvió para mirarla—. ¿Qué vas a hacer? Renfrew tiene posibles, pero es un juerguista.

—No lo sé, pero te agradecería que me dieras un tiempo para decidir.

—Tómate todo el tiempo que necesites. —La abrazó, un gesto simple y afectuoso que se le antojó oportuno en ese momento—. Creo que me abstendré de amantes por un tiempo y la casa está alquilada para lo que queda de año, de modo que puedes hacer uso de ella.

—Muy generoso. Y ahora vete de aquí —dijo Jessica, apartándolo—. Me abstendré de hombres con título. Me buscaré un ciudadano bien situado y haré que se case conmigo, con hijo bastardo y todo.

—Ahora en serio, Jessica. —Se detuvo y la obligó a mirarlo a los ojos—. Te ayudaré económicamente si tienes al bebé. Dejarás que lo haga —añadió, poniendo toda su aristocrática autoridad en su expresión y ella se encogió visiblemente ante su mirada.

—Lo haré —contestó, asintiendo y tragando saliva.

—Entonces, adiós. —McCarty le hizo una inclinación con la cabeza, como si acabaran de bailar un Eds, y la besó en la mejilla.

Salió de la coqueta casita de su amante pensando que debería estar furioso con ella, pero, sobre todo, con su padre. Lo cierto era que el duque simplemente había cubierto una posibilidad lógica: si estaba teniendo relaciones con una mujer, la probabilidad de que ésta se quedara embarazada no era ni mucho menos peregrina.

Pero ¿Jessica, madre? Por el amor de Dios... Su excelencia se estaba volviendo senil.

Mentalmente, añadió a su lista de tareas pendientes unas cuantas más: enviar un regalo de despedida a Jessica, diamantes, esmeraldas y rubíes si era posible; reemplazarla; redactar un borrador de carta para su excelencia censurando su intento de soborno para que le endosaran a un bastardo.

¿Se habría dado McCarty cuenta del plan de Jessica si Ed no lo hubiera puesto sobre aviso?

Debería casarse de una vez, pensó mientras subía los escalones de su casa. Pero si encontrar una amante había sido tarea tan ardua, encontrar a una mujer digna de convertirse en su duquesa y su esposa iba a ser prácticamente imposible.

—El hijo pródigo ha vuelto. —Una potente voz masculina resonó por todo el vestíbulo de entrada de la casa.

—¿Edward? —Sonrió a su hermano menor, que aguardaba apoyado contra el marco de la puerta de la biblioteca—. ¿Has abandonado la vigilancia de nuestro padre? ¿Has dejado a nuestras hermanas desprotegidas?

—He venido sólo el fin de semana. —Se apartó de la puerta y le tendió la mano—. Estaba preocupado por ti, y su excelencia, el duque, ha quedado a cargo de su excelencia, la duquesa. No creo que haya problemas por unos días.

—¿Preocupado por mí?

—Renfrew va por ahí fanfarroneando. —Ed se volvió para entrar en la biblioteca seguido por su hermano—. Y se me ocurrió que quizá no entendiste lo que te decía en mi nota.

—Jessica y yo hemos llegado a un acuerdo amigable, aunque caro, de separación. Iré a ver a Renfrew dentro de un tiempo, para sugerirle discretamente que, en caso de que acceda al santo sacramento del matrimonio antes que yo, le haré llegar un pequeño obsequio con mis mejores deseos.

Ed silbó.

—Jessica está jugando sus cartas de un modo desesperado. Esa chica es una descarada.

—Renfrew y ella se entenderían —comentó su hermano—, y yo llevaba un tiempo ya buscando la manera de deshacerme de Monk's Crossing. Cada año tengo que sacar un par de semanas para acercarme por allí, y no puede decirse que andemos escasos de propiedades.

—¿Por qué no vendes las que no estén vinculadas? En ese intento tuyo por tenerlo todo bajo control y conocer en todo momento las perversas ocurrencias de su excelencia, te sometes a un esfuerzo agotador, Emmett.

—Ya he vendido varias propiedades de baja productividad. Debería esforzarme más por mantenerte al corriente de esas cosas, puesto que eres el siguiente en la línea de sucesión.

—Ya —contestó Ed, levantando una mano—, bueno. Prestaré atención si insistes, pero, por favor, no se te ocurra sugerirle a su excelencia que todo esto me interesa lo más mínimo.

McCarty sonrió al tiempo que se acercaba al aparador para servir un dedo de brandy para cada uno.

—Pero yo sé que sí te interesa. ¿Qué tal van las manufacturas?

—No las considero manufacturas, pero vamos tirando.

—¿El negocio va bien entonces? —preguntó McCarty, confiando en no ofender a su hermano.

—Resulta difícil predecir el éxito de un negocio en los años inmediatamente posteriores a décadas de guerra —contestó Ed, aceptando el brandy—. La gente quiere divertirse, sólo quiere ver cosas bonitas, olvidar sus preocupaciones, y una forma de conseguirlo es a través de la música. Pero por otra parte, el dinero escasea.

—En algunos estratos —convino McCarty—. Pero otras organizaciones, como escuelas, iglesias o asambleas rurales, no son tan susceptibles de sufrir esa escasez de dinero, y todos ellos siguen comprando pianos.

—Es verdad. —Ed se llevó el vaso a la sien en un remedo de saludo marcial—. No había pensado en ello, puesto que nunca he actuado personalmente en ese tipo de lugares, pero tienes razón. Esto reafirma mi profunda convicción de que tú estás mejor preparado que yo para asumir el ducado.

—¿Porque he tenido una idea mínimamente útil? —preguntó McCarty, acercándose al cordón del timbre.

—Porque piensas en las cosas. Siempre estás pensando y siempre en profundidad. Antes creía que eras un poco torpe.

—Y lo soy, comparado con el resto de la familia, pero también tengo mis virtudes.

—Eso no te lo crees ni tú. Puede que no seas tan sociable como el resto de los hermanos, pero nosotros carecemos de esa habilidad tuya para concentrarnos en un problema hasta tenerlo rendido a nuestros pies.

McCarty dejó el vaso a un lado.

—Puede ser, pero basta de echarnos flores mutuamente cuando podríamos estar tomando bollos y limonada.

—Viajar da mucha sed, y hace un calor de mil demonios, incluso en Moreland. Y hablando de flores, el buen tiempo le ha venido muy bien a tu casa —dijo, señalando con la cabeza los floreros dispuestos por toda la habitación.

—Mi ama de llaves —contestó él, acercándose a la puerta para pedir el té—. La señora Hale es...

—¿Sí? —Vio que Ed lo observaba con detenimiento, como sólo podría hacerlo un hermano atento a las sutilezas.

—Se puede mantener la casa limpia y ordenada —continuó McCarty—, o se puede hacer de ella un lugar acogedor. La señora Hale hace las dos cosas.

Se había dado cuenta después del incidente con el atizador de la chimenea, a principios de semana. Los detalles se hacían evidentes con sólo prestar un poco de atención: las ventanas no estaban limpias, sino relucientes; la madera resplandecía y olía a limón y cera de abejas; las alfombras tenían siempre aspecto de estar recién sacudidas; no había ni rastro de polvo en toda la casa, nada fuera de lugar. Y a un nivel más sutil, se percibía una suave fragancia que flotaba en el aire de todas las habitaciones.

—Y se nota que también te está alimentando bien —comentó Ed—. Ya no se te ve tan flaco: has perdido tu aspecto de hambriento.

—Se debe a poder vivir tranquilamente en mi propia casa unos meses. Su excelencia agota a cualquiera y, aunque las quiero, nuestras hermanas pueden acabar con la paz de cualquier hombre.

—Su excelencia es un ejemplo de comportamiento infantil —comentó Ed, dejando el vaso vacío en el aparador—. Creo que haces bien limitándote a ser hermano y conde, y mejor aún actuando como apoderado de nuestro padre, de forma que sus absurdos impulsos no puedan hacer demasiado daño. Un golpe de efecto perfecto por tu parte, McCarty.

—A un precio muy alto.

—Pero no has tenido que casarte —señaló Ed—. Así que no ha pasado nada.

—El tema no quedará resuelto hasta que me presente ante él con varios nietos legítimos, y puede que ni aun así esté contento. —Mientras hablaba, se dirigió hacia las cristaleras que daban a la terraza.

—Algún día morirá —dijo su hermano—. De hecho, el invierno pasado estuvo a punto.

—Más que la pulmonía, lo que casi estuvo a punto de acabar con él fueron esos matasanos, sangrándolo incesantemente. —McCarty echó un vistazo al joven por encima del hombro y frunció el cejo—. Edward, si alguna vez enfermo gravemente, prométeme que no dejarás que se acerque a mí esa caterva de matasanos y carniceros. Bastará con una enfermera bonita y un poco de licor de uso medicinal. Lo demás, que quede en manos del Todopoderoso. —Se volvió de nuevo hacia la terraza y observó a la señora Hale, que apareció con varias cestas y las tijeras de podar, dispuesta a cortar algunas de las flores que trepaban a lo largo del murete bajo del jardín.

—Eso es someterme a una gran presión —dijo Ed con una sonrisa—. ¿De verdad crees que no haría todo lo que estuviera en mi mano para mantenerte con vida, a pesar de que tú desearas lo contrario?

—Entonces esperemos que siga disfrutando de buena salud.

La señora Hale llevaba la cabeza descubierta, su pelo oscuro recogido en un grueso moño en la nuca. Él sabía que, a la luz de la lumbre, en ese pelo se veían reflejos rojizos.

La limonada llegó poco después, acompañada de unos bollos de gran tamaño, pan recién hecho con mantequilla, carne en filetes, queso, fruta cortada en trozos y un ramillete de violetas en la misma bandeja. Pulcramente presentados sobre un paño de lino había cuatro trozos de mazapán glaseado con forma de frutas.

—¿Así es como se sirve el té en tu casa últimamente? —preguntó Ed, enarcando una ceja—. No me extraña que estés más gordo. Me mudaré de inmediato contigo, siempre y cuando me prometas que afinarás el piano.

—¿Sabes?, deberías hacerlo —dijo McCarty. Se estaba sirviendo la comida en un plato al decirlo, pero las palabras no le salieron con el tono despreocupado que había querido darles—. Sé que no te gusta vivir en la mansión ducal y yo tengo espacio más que suficiente.

—No me gustaría abusar, pero es una invitación muy generosa —contestó su hermano, sirviéndose un plato él también.

—No es generosidad. Lo cierto es que... que me vendría bien la compañía. Echo de menos tu música, la verdad. Un vecino o alguien de por aquí toca por las noches. Disfruto escuchándolo, pero no eres tú. Creía que me iba a resultar más difícil controlar a su excelencia cuando viviera yo solo, pero me ha sorprendido mucho lo poco que se esfuerza por eludirme.

La puerta se abrió sin llamar y la señora Hale entró en la habitación.

—Le ruego que me disculpe, señoría. Lord Edward. —Se detuvo con la cesta apoyada en la cadera—. Creía que no regresaría de su cita hasta más tarde, milord.

«De juguetear con los pechos de mi amante», pensó McCarty enarcando una ceja.

—Señora Hale. —Ed se levantó sonriendo, como si supiera que tenía delante a la responsable de que la residencia de su hermano tuviera un aspecto más alegre y saludable—. La felicito por las viandas que ha enviado con el té y el maravilloso aspecto que presenta la casa.

—Señora Hale. —El conde se levantó más despacio, en una demostración de buenos modales que nadie esperaría ante una ama de llaves.

—Señorías —contestó ella haciendo una reverencia, pero frunció el cejo al erguirse—. Perdone la libertad, pero me he dado cuenta de que se ha levantado despacio. ¿Está usted bien?

McCarty miró a Ed como diciéndole que no preguntara.

—¿Es que mi hermano no está bien de salud? —inquirió éste, sonriendo de oreja a oreja—. Dígame.

—Sólo me di un golpe en la cabeza —explicó él—, y me atendió la señora Hale en vez de los médicos.

Ella seguía frunciendo el cejo, pero el conde continuó, impidiéndole que pudiera contestar.

—Atienda sus flores, señora Hale, y le reitero las felicitaciones de mi hermano: un té de lo más agradable.

—Nos jugaremos a los dados quién se come el mazapán —le dijo Ed a su hermano.

—No hace falta —comentó la señora Hale por encima del hombro—. Puesto que a su señoría le gusta, tenemos una buena provisión en la cocina. También hay pasteles de crema y chocolatinas, aunque normalmente lo reservamos para después de la cena. —Cambió las flores de días anteriores por las que acababa de cortar, envolviendo la estancia en una bruma fragante a rosa, lavanda y madreselva.

Ed miró al conde.

—Quizá acepte tu generosa invitación, McCarty.

—Sería un honor —contestó éste distraído, aunque no le pasó inadvertida la mirada especulativa de su hermano. La señora Hale tarareaba algo de Händel. McCarty estaba casi seguro de que era el Mesías. En ese momento, la mujer se dio la vuelta y les dedicó una resplandeciente sonrisa a los dos, seguida de una leve inclinación.

—¿Señora Hale? —La voz del conde la detuvo a dos pasos de la puerta.

—¿Milord?

—Avise a la cocina de que mi hermano y yo cenaremos en casa esta noche. Una cena informal. Y así seguirá siendo hasta próximo aviso.

—¿Lord Edward ha venido de visita?

—Así es. Se quedará en la habitación azul. —McCarty se inclinó de nuevo hacia la bandeja en la que seguía habiendo cuatro trozos de mazapán.

—¿Me permite sugerir que se quede mejor en la verde? —preguntó la señora Hale—. Tiene unos techos más altos y está situada en la parte trasera de la casa, donde hará menos calor y estará más tranquilo. Además, también tiene balcón.

El conde consideró la posibilidad de reprenderla por llevarle la contraria, pero se había mostrado muy educada al hacer la sugerencia, y era cierto que las habitaciones de la parte trasera de la casa siempre eran más cómodas, pese a tener un tamaño más reducido.

—Como usted diga —respondió, despidiéndola con la mano.

—Una ama de llaves inusual —comentó Ed cuando se cerró la puerta.

—Lo sé. —McCarty se preparó un sándwich y comprobó de nuevo que su hermano no hubiera engullido todo el mazapán—. La verdad es que es un poco descarada, pero hace muy bien su trabajo. Me recuerda a su excelencia, la duquesa.

—¿Y cómo es eso? —preguntó Ed, preparándose también él un sándwich.

—La rodea una aura indomable —contestó McCarty entre bocado y bocado—. Me golpeó con un atizador al creer que era una visita que trataba de propasarse con una doncella. Me hizo ver las estrellas.

—Por todos los santos. —Su hermano dejó de masticar y añadió—: ¿Y no llamaste a los guardias?

—Las apariencias engañaban, y ella no sabía que yo nunca acosaría a una doncella.

—Y en caso de que se te hubiera ocurrido alguna vez, a partir de ahora lo pensarás dos veces —dijo Ed, echándole un vistazo al mazapán.

—¿Y qué me dices de ti? —McCarty hizo una pausa para mirar a su hermano. Éste también había heredado la estatura y los ojos verdes de los Cullen, aunque los suyos eran un poco más oscuros que los de McCarty, de un color verde jade, y Ed tenía además el pelo casi negro.

—¿Qué pasa conmigo? —preguntó el joven, untando mantequilla en un bollo.

—¿Has acosado a alguna doncella últimamente?

—Conocí a una mujer muy interesante en Little Weldon, mientras hacía un recado para el vizconde Fairly al comienzo de la Temporada —respondió Ed—. Pero no, me preocupa más despistar a su excelencia que aliviar mis deseos sexuales.

—Intenta no pasarte en la labor de despiste —le advirtió su hermano—. Hay quienes no toleran la diferencia.

—Desde luego que los hay —convino Ed—, y son precisamente los que se preguntan qué sentirían al permitirse hacer algo intrépido de vez en cuando. Pero no temas, McCarty. Hablo con afectación, río con nerviosismo y coqueteo, pero no me desabrocho los pantalones.

—Pues parece que los míos también se van a quedar cerrados —respondió él, frunciendo el cejo al tiempo que alargaba la mano hacia el mazapán.

Dio un mordisco al dulce con forma de melón maduro y ahogó un resoplido de incredulidad. Sus pantalones permanecerían abrochados y lo único con lo que juguetearía durante un tiempo sería con los... pulgares.