Capítulo 8
—Ay, ay, ay —dijo Douglas, torciendo el gesto mientras cerraba la puerta de la habitación—. ¿La señora Hale te ha dejado ahí desnudo, donde te puede dar la corriente?
—No —respondió McCarty con un suspiro, tratando de recordar dónde estaba el orinal—. Tenía calor y ese camisón tuyo pica como un demonio.
—Detrás del biombo —le indicó el vizconde—. Verás una silla horadada y un orinal. Te dejo solo o te ayudo, como quieras.
—Ni una cosa ni otra —contestó él, cruzando la habitación hacia el biombo bajo la mirada impasible de Douglas.
—Me parecía que habías ganado peso —observó Douglas—. Al mirarte ahora de cerca veo que estaba en lo cierto. Estabas demasiado delgado.
—Lo estaba, sí —convino, bostezando detrás del biombo—. Pero Rosalie..., la señora Hale ha puesto orden en mis comidas. Parte del problema era la falta de inspiración de mi cocinera.
—¿Y tu ama de llaves la inspira?
—Rosalie... la señora Hale habló con la cocinera de la duquesa, que se enorgullece de conocer los gustos de todos y cada uno de los miembros de la familia. Los menús resultaron interesantes. —Salió de detrás del biombo, echó un vistazo a la cama y cobró fuerzas—. Y luego me sermoneó diciéndome que cuando no comía ofendía al personal de la cocina.
—A la cama. —Douglas lo agarró del brazo lleno de granitos sin ceremonias y lo aupó para que se subiera al lecho—. Estate quieto —añadió, metiéndole el camisón por la cabeza. Luego lo miró—. Estás enfermo —concluyó con un suspiro—. Será mejor que te quedes en la cama y te comportes como es debido. Esta noche y mañana van a ser peores, con toda seguridad, pero después empezarás a sentirte mejor.
—¿Douglas? —McCarty se sentó al borde de la cama y, para su sorpresa, Amery se sentó a su lado.
—¿Hum?
—Cuando cortejabas a Gwen —empezó a decir, buscando el oso entre las almohadas—, ¿te pasaba...?
—¿Que si me pasaba qué? —lo instó el otro a continuar—. La señora Hale regresará de un momento a otro con tu infusión, y esperemos que algo de comer, así que será mejor que lo escupas, porque te cuida con verdadero celo.
—¿Eso hace?
—Sólo se ha apartado de tu cama para comer —respondió Douglas—. ¿No querías preguntarme algo?
—Cuando cortejabas a Gwen —lo intentó nuevamente—, ¿sentías una necesidad casi constante...? Quiero decir, ¿te pasaba que siempre estabas pensando en...?
—Aprovechábamos todas las oportunidades para fornicar —lo interrumpió el vizconde—. Y cuando no podía estar dentro de ella, la abrazaba o le cogía la mano, o me limitaba a mirarla como un hombre hambriento delante de un festín que no podía permitirse. La situación era de lo más molesta, porque yo había llegado a un punto en la vida en que todas las pasiones, incluida la carnal, se me hacían imposibles.
—¿Por qué me lo cuentas? No puede resultarte fácil explicármelo precisamente a mí.
—Me estoy entrometiendo —reconoció Douglas, mirándolo con una chispa de diversión en sus ojos azules—. Mi mujer me ha dado permiso, así que no es tan malo como si lo estuviera haciendo a sus espaldas.
—¿Que te estás entrometiendo?
—Sí, al alentar lo tuyo con la señora Hale —le aclaró el otro—. Creo que haríais buena pareja.
—Yo también. Pero ella no opina lo mismo.
—Pues tendrás que hacer que cambie de opinión, y si eso implica una recuperación muy lenta, no lo dudes y hazlo. No en vano eres el heredero de Moreland, no se pueden correr riesgos con tu salud.
El conde sonrió de medio lado.
—Una lenta recuperación... Dios mío. No tenía ninguna posibilidad contigo, ¿verdad?
—Eso esperaba —dijo Douglas, levantándose—. Aunque te aseguro que me diste un buen susto y por tu culpa tuve que acelerar los planes que tenía para Guinevere. Nunca fuiste mi enemigo, ni tampoco el de ella. Digamos que el duque era una molestia para todos.
Dicho esto, salió de la habitación y entró Rosalie con una bandeja. Se quedó con el paciente cuando el vizconde se fue, y pasó la siguiente hora obligándolo a comer, tratando de que estuviera lo más cómodo posible y luego dejó que dormitara hasta que se despertó al amanecer.
—¿Rosalie? —preguntó con voz cavernosa.
—Estoy aquí —dijo ella, levantándose de la silla para ir a sentarse junto a él en la cama.
—Me encuentro fatal.
—Le ha subido la fiebre —observó, poniéndole el dorso de la mano en la frente—. Ahora que está despierto, podría refrescarlo con la esponja, si quiere. Eso además le calmará el picor.
Él asintió, y Rosalie fue a buscar toallas, la esponja y la palangana. Lo destapó para poder lavarlo, dejándole cubierta sólo la parte inferior del cuerpo.
—Fairly ha mandado esto, hamamelis y otras infusiones de hierbas que le aliviarán.
Él suspiró al notar el contacto de la esponja fría sobre la piel. Rosalie se la pasó repetidamente por la espalda, los brazos, los hombros y los costados, y después movió las mantas para refrescarle las piernas y los pies. Repitió el proceso una y otra vez hasta que McCarty se sintió más cómodo. La fiebre cedió. Entrada la mañana, podía decir que, al menos, no estaba peor.
Llamaron discretamente a la puerta y entró el vizconde con aspecto descansado, listo para emprender el nuevo día.
—Buenos días, señora Hale, ¿o debería llamarla Rosalie? —preguntó—. Y buenos días a ti también, McCarty. —Le puso la mano en la frente y frunció el cejo—. Mejor de lo que creía.
Mandó a Rosalie con Gwen y se quedó a solas con él.
—¿Cómo es que tu fiebre responde únicamente a sus cuidados? —inquirió.
—Cállate —contestó McCarty, cansado—. Ha puesto algo en el agua, por si te interesa. Creo que ayuda.
Cuando Douglas terminó de cambiar las sábanas de la cama y sacó a McCarty del baño, éste se quedó nuevamente adormilado. Lo obligó a tomar un poco de infusión de corteza de sauce, lo tapó bien y lo dejó durmiendo apaciblemente junto con su osito guardián prestado.
El día siguiente se convirtió en un mosaico de breves actividades y siestas. Ed envió un mensaje para comunicar que se acercaría en breve, y McCarty le escribió una nota a su excelencia diciéndole que había ido a ver a Rose. Ésta hizo una visita a su tío, pero él no aguantaba más de quince minutos sin usar el orinal o dormir una pequeña siesta.
La tarde pasó igual de despacio que el resto del día, con Rosalie, que primero lo ganó al cribbage y después le leyó una traducción de las invasiones de Britania, de Julio César. Él cayó en una duermevela en la que era consciente de su voz, pero no entendía lo que decía. Se despertó cuando Rosalie dejó de leer, pero al mirarla vio que también ella tenía los ojos cerrados y el libro en el regazo, boca abajo. Al verla tan cansada, volvió a dormirse sin molestarla.
Pasaron mala noche los dos, McCarty despertándose a ratos, con accesos de fiebre, y Rosalie cuidándolo como mejor sabía. Refrescarlo con la esponja ayudaba, aunque no tanto como les hubiera gustado a ambos.
—Creo que se encontraría mejor si lo metiera entero en un baño de agua fría —dijo ella cuando dieron las dos de la madrugada.
—Eso implicaría tener que moverse y, ahora mismo, hasta respirar me duele, Rosalie.
—Pero si conseguimos bajarle la fiebre, no le dolerá tanto.
—Si insistes...
Hizo un monumental esfuerzo para sentarse al borde de la cama, pero necesitó de la ayuda de ella para meterse en la bañera, dentro del agua. En menos de diez minutos le castañeteaban los dientes, aunque, al tacto, el agua estaba casi tibia. Rosalie lo sacó de la bañera, lo envolvió en una toalla e hizo que se sentara delante del fuego mientras le secaba el pelo con otra toalla.
—Entonces, ¿mañana por la noche me sentiré ya mejor?
—Debería —contestó ella—. Aunque en los adultos, esta enfermedad puede ser más complicada que en los niños.
—¿Tienes hijos? —le preguntó desde debajo de la toalla con que le estaba secando la cabeza.
Ella se quedó parada, pero contestó con toda la calma que pudo.
—No. ¿Y usted?
—Ninguno. Pero cásate conmigo, Rosalie, y podrás tener todos los hijos que quieras.
De hecho, le gustaría tener hijos con ella, pensó, sintiendo, entre otras varias incomodidades, que se le despertaba el miembro.
—No me casaré con usted —dijo de pie, detrás de él. McCarty notó la primera pasada del cepillo en el pelo—. Pero debería tener hijos. Será un padre excelente y los niños le harán bien.
—¿Y cómo es eso? —quiso saber él, cerrando los ojos para disfrutar más intensamente de la sensación del cepillo acariciándole con suavidad el cuero cabelludo—. Mi padre no es precisamente un ejemplo que quiera seguir.
—Fanfarronadas —repuso ella, quitándole importancia con un gesto de la mano—. Usted lo pinta como un aristócrata pomposo, prepotente y anticuado, pero a mí me parece que se tomó muchas molestias para poder acceder a su nieta.
—Exageradas molestias —dijo McCarty—. Te regalaría los oídos con los detalles, pero casi no puedo mantener los ojos abiertos. —Cuando Rosalie dejó el cepillo, se levantó como pudo pero al sentarse en la cama la cogió de la mano y se la puso en la frente—. Debo confiar en ti y en Amery cuando me decís que la enfermedad está siguiendo su curso, aunque no creo que esté mejorando mucho.
—Tampoco está empeorando.
—Cierto. —Cerró los ojos e inspiró la fragancia a rosas que emanaba de ella—. Si empeorase, prométeme que no dejarás que los matasanos de su excelencia me toquen.
Rosalie se inclinó y le dio un beso en la frente.
—No dejaré que su padre lo moleste. Pero creo que, en caso de que necesitara protección frente a las intrigas de su padre, lord Amery y su esposa lo harían mejor incluso que la propia guardia de la reina.
—Pues, pensándolo bien, tienes razón. Dormiré más tranquilo ahora.
Rosalie lo arropó cuidadosamente, luego le puso la mano en la frente y le apartó el pelo de la cara. Cuando su respiración se aquietó al quedarse dormido, apagó las velas, alimentó el fuego y se echó la otra manta de la habitación por encima de los hombros. Al doblarse para apoyar la mejilla en la cama, notó que el conde le rozaba el pelo con una caricia lenta y repetida. La ternura del gesto los apaciguó a los dos y Rosalie se quedó dormida en seguida.
—Su excelencia no molestará a ningún invitado que esté bajo mi techo.
Rosalie se despertó al oír la voz de Douglas, más alta de lo normal, pero sin llegar a gritar, procedente del pasillo. Dios santo, el duque iba a encontrarla allí, con la cabeza apoyada en su...
Se levantó de un salto y sacudió el hombro del conde con firmeza.
—Milord —siseó—, despierte. —McCarty gruñó y se volvió. Las mantas se escurrieron por su cuerpo desnudo, lleno de manchas rojas—. ¡Milord! —Él se puso en posición fetal, con el cejo fruncido.
—¡Emmett Tristan Montmorency Cullen, despierte!
—Estoy despierto —dijo él, apartando las mantas automáticamente—, y me encuentro muy mal. Déjame solo, a menos que quieras verme hacer el ridículo.
—Su padre está aquí —lo informó ella, tirándole la bata.
—Apártate, Amery —bramó el duque con tono autoritario y desdeñoso—. No vas a impedir que me acerque a la cama de mi hijo enfermo o te acusaré ante el magistrado.
—De prisa. —Metió los brazos en la bata, súbitamente despierto al oír la voz de su padre—. Dame el libro —Le pidió a Rosalie y, en un acceso de fuerza desesperada, ocultó la bañera detrás del biombo. Ella arregló la cama, descorrió las cortinas y colocó dos sillas delante del fuego.
—Su hijo no es un bebé —repuso el vizconde con idéntico desdén—. No necesita que su padre venga a ver cómo se encuentra. Espere en el salón, por favor, como cualquier visita educada, aunque sea a estas horas tan intempestivas.
—Insultas a tus superiores, Amery —bramó el duque—, y no reconocerías el afecto de un padre aunque te dieras de bruces con él. Voy a ver a mi hijo. —La puerta se abrió de golpe. Rosalie levantó la vista del fuego de la chimenea, que estaba removiendo. Se incorporó, pero no soltó el atizador.
—McCarty. —El duque se acercó a él con paso firme, y lo vio leyendo a Julio César junto al fuego—. ¿Qué haces aquí, perdido en mitad del campo, cuando deberías estar al cuidado de nuestros médicos personales?
—¿Le parece que estoy enfermo? —Se levantó y enarcó una ceja con actitud señorial en dirección a su padre, que no alcanzaba a su hijo en estatura—. O más enfermo de lo que habitualmente parezco, puesto que la fatiga es una compañera habitual cuando alguien tiene tantas cosas que hacer como yo.
Douglas ahogó un resoplido ante la respuesta, pero frunció rápidamente el cejo cuando dos corpulentos caballeros, que obviamente habían logrado traspasar la barrera de lacayos que los retenían en el vestíbulo, se abrieron paso en la habitación, tras él.
—Podemos examinarlo de inmediato, excelencia —dijo el más bajo de los dos, abriendo un maletín negro—. ¿Podría usted dejarnos solos, señorita?
—Fuera, muchacha —le ladró el duque.
—No respondo ante usted, milord —le espetó ella con idéntico tono—. Si su hijo estuviera enfermo, lo mejor para su salud sería que descansara, excelencia. Sugiero que se lleve a sus matasanos de aquí y espere en el salón, a menos que quiera que sea lord Amery quien tenga que llamar al magistrado para echar de aquí a unos intrusos.
El duque fulminó a su anfitrión con la mirada.
—Amery, su personal doméstico es insufrible.
—No, excelencia —intervino McCarty con el mismo desdén que le había mostrado el duque a Rosalie—. Usted sí que es insufrible. Estoy aquí, visitando a mi sobrina. No hay ningún motivo para que venga a entrometerse, armando, como siempre, un drama a costa de los demás, para su entretenimiento personal. Le agradecería que saliera de aquí.
—¿Y yo? —preguntó Edward entrando en la habitación—. Lo siento, McCarty. No sé cómo su excelencia ha conseguido averiguar que estabas aquí. ¿Quieres que haga una demostración física de falta de respeto hacia nuestro padre?
—Eso tengo que verlo —dijo otra voz masculina desde el pasillo.
Un hombre alto, de cabello oscuro y ojos de azul hielo entró tranquilamente en la habitación detrás de lord Edward.
—Greymoor —lo saludó Douglas, asintiendo con la cabeza, con los ojos chispeantes de diversión.
—Amery —lo nombró a su vez el otro.
—¿Qué hace él aquí? —bramó el duque, fulminando al recién llegado con la mirada—. Y supongo que el libertino de tu hermano cerrará la comitiva.
Greymoor le hizo una breve reverencia.
—Es posible que el marqués se una a nosotros en breve, pero se ha pasado la noche con un bebé afectado de cólicos, algo que este caballero de aquí con seguridad no ha hecho —dijo, enarcando una ceja en dirección al conde.
—Insisto en asegurarme inmediatamente de su estado de salud —espetó su padre—. Mujer, sal de la habitación o te obligaré por la fuerza.
—Como le pongas una mano encima, vas a ver si estoy enfermo o no, papá —terció McCarty con suavidad.
Sin que nadie se lo dijera, Douglas, Edward y Greymoor se unieron a Rosalie y al conde junto a la chimenea.
—No pienso tolerarlo —gritó el duque—. ¡Un hombre tiene derecho a conocer el estado de salud de su heredero!
—¡Abuelo! —llamó Rose desde la puerta—. ¡Debería darte vergüenza! En esta casa tenemos la norma de no gritar y también la de no correr por el establo.
Y, a juzgar por su tono, estaba claro que se suponía que los abuelos tenían que conocer y cumplir las normas.
—Rose —dijo el duque, bajando considerablemente el tono de voz—, si nos disculpas, muñequita, tus tíos y yo estábamos resolviendo un pequeño desacuerdo.
Ella se cruzó de brazos.
—Estabas gritando, abuelo, y no te has disculpado.
Para asombro de todos, el duque hizo un gesto de asentimiento hacia su hijo mayor y lord Amery.
—Caballeros, les pido disculpas por haber alzado la voz y molestado a mi nieta.
—Disculpas aceptadas —contestó McCarty con los dientes apretados.
—Y ahora, muñequita, ¿quieres disculparnos?
—¿Papá? —preguntó la niña, volviéndose hacia su padrastro, que la esperaba con la mano tendida.
—No hace falta que te vayas todavía, Rose —le indicó. Ella se lanzó a sus brazos y él la levantó, apoyándosela en la cadera. El duque, frustrado a más no poder, salió hecho un basilisco de la habitación, chasqueando los dedos hacia sus médicos para que lo siguieran.
Greymoor cerró la puerta con llave. Ed ayudó a su hermano a sentarse y Douglas dejó a Rose en la cama.
—El abuelo estaba enfadado —observó ella, saltando sobre el colchón—. Tenía el cuello rojo. Creo que sus médicos tendrían que examinarlo.
—No le deseo una apoplejía ni siquiera a él —comentó Douglas—. Rose, no saltes tanto, que te vas a dar con el dosel —la regañó, pero lo único que consiguió fue que la niña saltara más alto, tratando en efecto de alcanzar el dosel.
Ed miró a su hermano con el cejo fruncido.
—No tienes buen aspecto, McCarty —concluyó—. ¿Cómo demonios se ha enterado su excelencia de que estabas enfermo?
—No lo sé —respondió él con agotamiento.
—Espías —intervino Greymoor—. ¿Me vais a presentar a la otra encantadora dama de la habitación antes de meternos en ese tema?
—Discúlpame —se excusó Douglas—. Señora Rosalie Hale, permita que le presente a Andrew Alexander, lord Greymoor. La señora Hale está aquí mientras McCarty se recupera.
—¿Y a mí qué? —intervino Rose, dejándose caer sobre el colchón—. A mí no me has hecho ninguna inclinación de cabeza, primo Andrew.
—Bájate de esa cama y hazme una reverencia como es debido y yo te responderé con una inclinación de la cabeza —contestó lord Andrew. La cogió en brazos cuando ella se disponía a realizar una elaborada reverencia—. Magic te echa de menos —le susurró al oído—. Ahora mismo le está diciendo a George cuánto.
—Oh, ¿puedo ir a ver a sir Magic antes de que te vayas? —chilló Rose, acurrucada alegremente contra el primo de su madre.
—Pues claro que sí, pero creo que antes hay asuntos importantes que discutir —señaló él, sentándose en la cama con la niña, al tiempo que miraba al conde con gran expectación—. McCarty, ¿qué es lo que te pasa?
—Tiene la varicela —explicó Rose—. Ya sabes, cuando te llenas de granos y te pica todo y te quejas como un cascarrabias.
—Ya me había dado cuenta de que se porta como un cascarrabias —dijo Greymoor, asintiendo—. Debe de ser grave, McCarty, porque tienes esos síntomas desde hace tiempo. Pero no veo los granos.
El conde subió la manga de la bata en respuesta, enseñando un fornido antebrazo cubierto de vello y granos.
—Pobre desgraciado —masculló lord Andrew—. Yo la pasé a los siete años.
—Parece que todos la hemos tenido menos Fairly —comentó Edward.
Su hermano se sentó cansinamente.
—Al parecer me estoy recuperando, a pesar de no haber recibido los cuidados de ningún matasanos, pero creo que será mejor que alguien baje para impedir que su excelencia haga alguna de las suyas.
—Voy contigo, Douglas —se ofreció Greymoor—, para arbitrar el espectáculo entre el duque y tú. ¿Te quedas tú con McCarty, Ed?
—Claro. —El joven se levantó y le tendió la mano a Rosalie—. Le agradezco mucho los cuidados que le ha prodigado a mi hermano, señora Hale —dijo, ayudándola a levantarse con una sonrisa especialmente cálida.
—¿Rosalie? —El conde le buscó la mirada y ella lo miró con curiosidad—. Yo también te doy las gracias.
Rosalie asintió con la cabeza y se fue sin decir nada.
—Vamos, Rose —dispuso Greymoor, cogiendo en brazos a su prima—. En el establo nos esperan dos guapos caballeros.
Ed cerró la puerta tras la comitiva y miró a su hermano a los ojos.
—Ahora voy a hacer una incursión en el armario de Amery —explicó el joven—, pero cuando vuelva tenemos que hablar.
En cuanto su hermano se fue, McCarty se dirigió al biombo aprovechando el inusual momento de soledad. Dios, ¿cómo había podido soportar Victor todos aquellos años de invalidez, sin intimidad, sin esperanzas, sin posibilidad de recuperación?
Con el mejor aspecto que cabía esperar, flanqueado por su hermano, su anfitrión y lord Greymoor, McCarty pasó la siguiente hora tratando de buscar un equilibrio entre la necesidad de controlar a su padre con el respeto que le debía por ser su padre y por ser duque. Fue una hora larga y bastante desagradable, soportable sólo por la disposición de Greymoor a distraer de vez en cuando al duque con su insolente sentido del humor, y después, antes de que a su excelencia le diera una apoplejía, hablando de caballos.
Cuando los demás se fueron y dejaron al duque a solas con sus hijos, su excelencia miró fijamente a su heredero.
—Vosotros dos —dijo, negando con la cabeza—. No creáis que no valoro el interés que mostráis por nuestra pequeña Rose, pero sé que tramáis algo, y no descansaré hasta que averigüe qué es.
—¿Sabe la duquesa que ha salido corriendo con esta lluvia a molestar a Amery con una de sus manías? —preguntó McCarty con tono de aburrimiento.
—No es necesario preocupar a tu madre sin necesidad.
—¿Y no fue precisamente una lluvia como ésta la que le provocó la pulmonía, excelencia?
—Calla, chico —siseó el duque—. No preocupes a tu madre, he dicho. O no dejará de darme la lata.
—Compórtese y no tendremos que irle con el chisme, excelencia. Pero como no lo haga, no nos quedará otro remedio.
—Que me comporte. —Su padre frunció el cejo—. Que me comporte. Y me lo dice un hombre adulto que no tiene amante, ni esposa, ni prometida... Que me comporte, me dice. Compórtate tú, McCarty, y asegura la sucesión.
Y dicho esto, salió de la habitación con un aire de ducal altanería. McCarty y Ed pusieron los ojos en blanco. El silencio que se produjo después del sermón y la afectación del duque resultó profundamente reconfortante.
—Siéntate —sugirió Ed—, ¿o prefieres volver a tu habitación?
—Debería subir —respondió su hermano—. Pero, Ed, creo que nuestro padre está empeorando. Está cada vez más exaltado. Irrumpir de esta forma en casa de Amery... Gwen y Douglas habrían estado en su derecho si le hubiesen prohibido la entrada.
—Es el abuelo de Rose —dijo el joven cuando llegaron a la habitación—. Pero estoy de acuerdo. Desde que Victor murió, y después de su propia enfermedad, creo que está obsesionado con que nazcan herederos.
—Yo te propongo a ti.
—Y yo te propongo a ti —repuso Ed—. ¿Nos sentamos?
—Sí. Me he quedado sin fuerzas. El descanso ayuda, pero el efecto es sólo temporal. Cuando me tumbo, me extingo como una vela.
—Te quitaré las botas. —Hizo que se sentara en una silla de brazos, le quitó las botas y después pidió desayuno para los dos.
—De modo que has pasado tres noches con la señora Hale —comentó, como si tal cosa.
—Sí —admitió su hermano, cerrando los ojos—. Me he portado bien, Edward. —A duras penas, pero lo había hecho—. Es una mujer decente, y yo no obligaría a una mujer a hacer nada.
—¿Obligarla tú? —Ed enarcó las cejas—. Su excelencia os obligará a pasar por el altar ipso facto como se entere.
—A ella nadie la obligará a hacer nada, y a mí tampoco. Ya me lo hizo una vez, y no permitiré que vuelva a hacerlo.
—Te lo hizo y se lo hizo a Gwen, que tenía el apoyo de una numerosa familia, mucha más familia que la señora Hale. Si puede burlar a Heathgate, Amery, Greymoor y Fairly, ¿qué posibilidades de ganar tendría una simple ama de llaves?
—Un pensamiento inquietante, Edward —admitió él, frunciendo el cejo—, aunque su excelencia manipuló a Gwen para que aceptara mi proposición de matrimonio valiéndose, en gran parte, de amenazar a su familia. Si la señora Hale no tiene familia, será menos vulnerable a sus maquinaciones.
—Habla con ella, McCarty. —Ed se levantó y fue a atender la llamada en la puerta—. Haz que comprenda a lo que se expone y lo desesperado que está nuestro padre por que se case su heredero. —Abrió la puerta y un lacayo entró con el carrito del desayuno.
Mientras comía tostadas, té y unas rodajas de naranja con su hermano, McCarty consideró que éste tenía razón: si Rosalie Hale ocultaba alguna debilidad o vulnerabilidad, sería mejor que se lo confesara, porque, si el duque las descubría, tarde o temprano se aprovecharía de ellas.
Y por mucho que sintiera que Rosalie y él podían hacer buena pareja, no la aceptaría como esposa bajo ningún concepto si era como resultado de la manipulación de su padre.
McCarty se curó, aunque despacio, y tuvo que darle la razón a Douglas en lo de que lo que más necesitaba era dormir. Al tercer día, la lluvia cesó; al cuarto, durmió toda la noche de un tirón. Al quinto, comenzó a quejarse diciendo que tenía que volver a casa de inmediato cuando Rose lo persuadió para que la acompañara a los establos. Consiguió cepillar a su caballo y entretener a su sobrina contándole historias de su padre.
Pero la incursión en el establo, por breve que hubiera sido, lo había dejado agotado y, para gran irritación suya, necesitaba volver a la cama. Le dijo a Rose que hiciera dibujos de las historias que le había contado y se dejó caer en la cama.
Le parecía que había algo fuera de lugar, una sensación persistente y molesta. Se quitó la ropa y se tumbó en el colchón, pero el sentimiento no desaparecía.
«Rosalie», pensó, cuando se metió bajo las sábanas perfumadas. Llevaba dos o tres horas lejos de ella y notaba su ausencia. Razón de más, pensó, cerrando los ojos, para regresar a la ciudad, donde la rutina impediría que pudieran pasar períodos tan largos sin verse.
Desear acostarse con ella —incluso pidiéndole que se casara con él— no era lo mismo que desear estar con ella a sol y a sombra. Para desear tal cosa, un hombre tenía que estar loco por una mujer.
