IV

Abrí los ojos con mucha pesadez, el cuerpo me dolía, podía escuchar carcajadas a lo lejos, el sonido de música clásica y lluvia golpeando la ventana. No estaba segura de cómo había llegado ahí, ni siquiera sabía dónde me encontraba pero al menos tenía toda mi ropa puesta. Al levantarme de la cama me di cuenta que la habitación en la que me hallaba era mucho más grande de lo que mi dimensión espacial podía percibir mientras estaba acostada, en las paredes había pegados pósters de bandas de rock y metal progresivo; junto a la ventana había una vitrina llena de trofeos y premios pero no podía distinguir de qué eran, increíblemente el cuarto me pareció demasiado ordenado comparado con el mío y por la pinta que tenía parecía de un hombre.

Busque mi celular por todos lados. Flashazos de la fiesta en la que me hallaba con Yolei se aparecieron en mi mente; después me vi tirada en el pavimento, la lluvia mojándome, y yo estaba hablando por teléfono. ¿Y si me habían secuestrado? ¿Y si ya no me encontraba en Japón? ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que perdí la conciencia? Sentí miedo. Un escalofrío recorrió mi espalda. Entonces abrí la puerta y salí. Caminé por el pequeño pasillo hasta llegar a una estancia en donde se hallaba una sala completa, una pantalla plana pegada a la pared, todo el lugar estaba alfombrado, había objetos de cerámica, de porcelana; las ventanas estaban enmarcadas por detalles coloniales… en fin, mientras mi mente preguntaba cómo ni había ido a parar ahí mi estómago me pedía a gritos algo de comida.

Bajé las escaleras a puntitas intentando no hacer ruido. Tenía miedo de que si me hallaba secuestrada quiénes fueron los culpables se dieran cuenta de que había despertado y ya había salido de la habitación. La música se hizo más clara y me di cuenta que no era una grabadora sino alguien tocando el piano. Frente a mí se extendió la sala que no era sino un cuarto enorme con sillones que bien podrían ser camas. Había pinturas colgadas en las paredes, parecían haber costado una fortuna. Del techo colgaban dos candelabros en forma de araña y la chimenea estaba encendida. Me dirigí hacia la habitación continúa la sala y me encontré con que una sala de música, había un violín, una batería, un chelo y por supuesto, un hermoso piano de cola en color negro. El joven rubio, demasiado atractivo, estaba sentado tocando. Parecía tan inmerso en la música. Sus manos se movían mientras su cuerpo se meneaba. En cuestión de segundos me sentí contagiada por su energía. La música parecía cobrar vida apenas y salía de las teclas. Jamás me imaginé ver a TK así.

Comencé a caminar hacia él sin quitarle los ojos de encima y no me percaté de que frente a mí había un jarro que empujé con mi pie y por fortuna pude detenerlo antes de que cayera.

— Lo siento —murmuré.

— Kari. No te escuché despertar.

— No quise hacer ruido… tú parecías… —enfoqué mi mirada hacia el piano y él sonrió. Se puso de pie, cerrando la compuerta de las teclas y se acercó a mí.

— ¿Cómo te sientes?

— Hambrienta —respondí por inercia y él sonrió.

— Ven. Te prepararé algo.

Nos dirigimos a la cocina de la que me enamoré inmediatamente. Había una enorme barra al centro, la estufa, el microondas y el refrigerador eran de acero inoxidable. TK me pidió que me sentara mientras él sacaba comida del refrigerador. Las alacenas eran de madera pulida y parecían recién colocadas como si nunca alguien las hubiera tocado. El piso era de mármol y las paredes de color gris claro que contrastaba con el ocre de los detalles de decoración.

— Es muy bonita esta casa —comenté sin poder quitarle la vista de encima al cuadro de un ángel que le extendía los brazos a un campesina.

— Gracias.

— ¿Es tuya? —hubo silencio y para cuando me percaté de que él no me había respondido volví a preguntar—. ¿TK? —él le untaba aguacate al pan de hamburguesa que tenía en la mano. Miré la carne con jamón y queso que ya estaban dorándose en la estufa y me di cuenta que aún no salía de los efectos de la droga pues el tiempo me seguía pareciendo relativo.

— Es de mis padres —dijo finalmente—. Nos la dejaron a mi hermano y a mí para que la cuidáramos mientras estudiamos —asentí simplemente y me mordí el labio. Tenía muchas preguntas qué hacer y no estaba segura de si era el momento adecuado.

— ¿Y en dónde están ellos?

— Australia. Creo. Eso me dijeron hace un par de semanas. Quizás ya volvieron a Francia —se encogió de hombros y me regaló una cálida sonrisa mientras terminaba de cocinar. ¿Australia? ¿Una casa así? Sí que debían tener dinero. Y no me sorprendía. En el poco tiempo que llevaba conviviendo con TK me había percatado de que le gustaba la comodidad y no se conformaba con simplemente ir a comer pescado frito y papas un domingo mientras caminábamos por algún parque.

— ¿Y tu hermano dónde está? —el rubio volteó a ver el reloj del microondas. Eran las 4:36am.

— Probablemente teniendo sexo en alguna orgía. O quizás un trío —respondió de lo más natural y yo me reí—. Hace rato que no lo veo.

— Pero… creí que vivían juntos.

— Vivimos. Sí. Pero cada quien tiene su vida, Kari. Hace tiempo que Matty dejó de ser mi niñera.

— ¿Matty? —TK se acercó y me extendió un plato que tenía una hamburguesa con tocino y papas fritas. Olía delicioso.

— Mi hermano se llama Matt… bueno, Yamato, pero todos le decimos Matt —abrí los ojos como platos y comencé a toser ahogándome con una papa frita.

— ¿Matt? ¿Matt el… el Matt que está en una banda? —TK comenzó a reírse y fue al refrigerador a sacar dos Coca-Colas en lata. Me dio una y enseguida se sentó a mi lado a comer.

— Él mismo —dijo, mientras masticaba la hamburguesa.

— No puedo creerlo —comencé a reír y él frunció el ceño esperando a que le contara el chiste—. Mi mejor amiga, Mimí, está saliendo con él. Eso creo —dije, volteando los ojos. Lo cierto era que no sabía qué relación tenían ellos—. Está enamorada de él.

— ¿Enamorada? ¿De mi hermano? —asentí y TK no me quitó su preciosa mirada de encima.

— ¿Qué? ¿Dije algo malo?

— No, nada. Es sólo que… pues es Matt. Él no es hombre de una relación —me encogí de hombros mientras masticaba. Dios, la hamburguesa sabía a gloria.

— Pues no sé si hay algo entre ellos… —en ese instante vino a mi mente el momento exacto en que Matt me ofrecía de la hierba que probé en la fiesta y…—. ¡Fuiste tú! —exclamé extasiada.

— ¿Eh?

— Tú le diste esa hierba a Matt. La que probé en la fiesta… él me dijo… tú eres su hermanito —de pronto el semblante del rubio cambió y se puso serio. Siguió comiendo en silencio mientras yo esperaba una respuesta.

— No sé de qué hablas, Kari. Yo sólo consumo, no distribuyo —dijo y yo me crucé de brazos.

— No mientas, TK. Sabes de qué hablo. Esa cosa sí que me hizo volar en cuestión de segundos —él se levantó, dejando su plato en el fregadero, y salió como si yo no existiera. Estaba molesto—. ¡Hey, espera! —quise seguirlo pero él se detuvo a la entrada de la cocina.

— Termina de comer para llevarte a tu casa —aquello fue una orden y por su mirada entendí que no debía cuestionarlo. Asentí simplemente y me di prisa por terminar.

Al salir no lo hallé en la sala de música pero me di el lujo de poder examinar bien la casa. Vaya que aquello era una mansión de ricos. Cada detalle, tanto en las ventanas como en las paredes parecía haber sido tallado a mano. Aquello tenía un estilo que combinaba el arte contemporáneo con el tradicional. Y me gustaba.

Entonces llegué a un recibidor junto a la entrada principal y en éste había un mueble de madera oscura en donde estaban colocadas varias fotografías. En ellas aparecían dos niños rubios, que de no haber sido notoria su diferencia de edad bien podrían haber pasado como hermanos gemelos. Una señora, muy guapa, de complexión delgada, ojos azules y cabello castaño, y un hombre muy apuesto de cabello claro y ojos color miel. Supuse que eran los padres de TK. También había fotos de ellos en sus cumpleaños, sobre una silla y soplando las velas del pastel.

— ¿Qué haces? —la voz del rubio me sobresaltó y sentí como si estuviese cometiendo algún crimen—. Tenemos que irnos. ¿Tienes ya tus cosas? —lo miré sin quitarle los ojos de encima a pesar de que me sentía asustada. ¿Por qué me sentía asustada? ¡Era TK!

— No quiero irme —espeté con toda la seguridad que fui capaz de hallar en mí.

— Lo siento, Hikari, pero hoy no estoy para juegos.

— TK, ¿qué fue lo que hice? ¿Fue lo que dije de la droga? ¿Te molestó eso? —él se acercó y me puso una mano en la boca y con la otra me sujetó de la cintura.

— No vuelvas a hablar de eso aquí, ¿entendiste? —murmuró cerca de mi rostro para que pudiera escucharlo y entonces caí en cuenta de que no me hallaba en un lugar seguro ni mucho menos con alguien seguro.

— No me pienso mover de aquí hasta no saber qué sucede —y pese a todo, dejé que reinara mi curiosidad. Él suspiró y se mordió el labio. Pero lo que hizo a continuación me dejó sin palabras, literalmente. Se acercó y me besó lenta pero apasionadamente. Sus manos se clavaron en mi cintura y por un momento no pude resistirme. Sus dedos fueron rápidos y me quitaron la blusa en cuestión de segundos—. ¿TK?

— Shhh —volvió a besarme, pegándose a mí y me cargó de los muslos llevándome a la sala—. Voy a hacerte el amor, aquí y ahora —dijo mientras me recostaba en uno de los sillones y se dejaba caer sobre mí.

— No —dije entre besos. Me moví repetidas veces intentando que él se moviera—. TK, no… —bajó sus manos hasta mi pantalón y lo desabotonó. Yo libraba una batalla entre el deseo y el temor, pero finalmente ganó el segundo—. Dije que no —me puse de pie y me alejé de él—. Quiero saber en qué rayos estás metido.

— No puedes saberlo.

— Bien. Siendo así no puedes acostarte conmigo.

— Kari, no seas boba. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

— Tengo miedo —solté antes de pensar en las palabras y él agachó la mirada. No supe si lo había lastimado, incomodado, hecho enojar o todas las anteriores. Se levantó del sillón y salió en busca de nuestra ropa.

— Voy a pedirte un taxi. Por favor cierra la puerta cuando salgas —y así sin más, me dejó ahí, y él subió a encerrarse a su habitación.


Espero sus reviews ^^