Capítulo 13
—¿Y bien?
Riley James, noveno conde de Biers, recobró la compostura antes de volver la cara hacia el hombre que había abierto la puerta interior del estudio. No era un espectáculo agradable. Royce Arbuthnot, barón de King, medía casi lo mismo de ancho que de alto, y no era precisamente bajo.
Pero lo peor era lo desaliñado que iba. El pañuelo del cuello tenía restos del pollo que se había comido al mediodía, el vino con que lo había acompañado y el rapé con que había calmado sus comprensibles ardores de estómago. Un estómago que estaba siempre en funcionamiento.
Pero King, que tenía por lo menos diez años más que Biers, poseía dos cualidades que atraían, pese a su aspecto, falta de modales y tendencia a la flatulencia. En primer lugar, no escatimaba medios cuando perseguía algo y, segundo, era perseverante como un bulldog.
—Y bien ¿qué? —repitió Biers, sacudiéndose una imaginaria mota de polvo de la manga.
—¿Dónde están las chicas?
—Mayfair —contestó el conde, rogando que fuera cierto.
—Pues será mejor que hagas el equipaje —dijo King, olisqueando, como un perro tras el rastro de una presa—. Destino: Mayfair.
—Hace horas que se fue.
Rosalie dejó de dar vueltas por la habitación y miró fijamente a Jasper. No se había equivocado en su apreciación de que era el más bondadoso de los hermanos. Ed era sensible y perspicaz, pero debido a todas las veces que había acompañado a sus hermanas, había aprendido a tener perspectiva cuando estaba cerca de una mujer en un estado de crisis emocional.
—Ha dicho que no lo esperásemos para las comidas —razonó Jas—. Comidas, Rosalie, en plural. No sólo al mediodía. Quizá ha ido a hablar con el investigador del duque o a dar una vuelta con Pericles.
—Ya ha salido a dar una vuelta con Pericles esta mañana, cuando hacía más fresco —señaló Rosalie—. Me gustabas más cuando no tratabas de hacerte el simpático conmigo.
—Iré a la mansión a ver qué ha ocurrido —anunció Ed—. Cuando McCarty y el duque se enzarzan, suelen hacer ruido y decirse cosas feas, pero van al grano. Rosalie tiene razón. No debería estar retrasándose tanto.
Miró a Jas con gesto comprensivo. Sabía por qué su hermanastro no se habría ofrecido a ir a ver qué había ocurrido. Jasper no aparecía en casa del duque sin avisar o sin que lo hubieran invitado, y Ed no pensaba pedirle que lo hiciera ahora.
La puerta se abrió y, para sorpresa de todos, McCarty entró.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jas—. No me digas que su excelencia ha podido contigo.
—Ya lo creo que lo ha hecho —contestó él, yendo directamente a por el decantador de whisky. Se sirvió uno, se lo bebió de un trago y se sirvió otro.
—¿McCarty? —dijo Ed con cautela. Pero fue a Rosalie a quien se dirigió su hermano cuando habló.
—Por una vez —explicó—, el duque no es el culpable. Te ha investigado un hombre llamado Benjamin Hazlit, conocido por su forma de trabajar concienzuda y discreta. En Moreland contrataron sus servicios, sí, pero fue mi madre, no el duque. No lo he sabido hasta después de hacerlo callar a fuerza de soltar todas las obscenidades que se me han ocurrido, fruto de las mezquinas y egoístas frustraciones que he ido acumulando. He despotricado, gritado, y le he dicho...
Se podía oír el vuelo de una mosca mientras él miraba su vaso.
—Le he dicho que me avergüenza ser su hijo y su heredero.
—Dios mío —exclamó Ed, dirigiéndose al decantador—. Ya era hora de que alguien lo pusiera en su sitio —añadió, dándoles un vaso a cada uno; vio que Jas miraba a McCarty con el cejo fruncido.
—Pero así y todo, el viejo cotilla ha tenido la última palabra, ¿verdad? —adivinó su hermanastro mientras Rosalie aguardaba, asustada.
—Espero, sinceramente —contestó McCarty, clavando en ella una turbada mirada—, que no haya sido su última palabra. La duquesa me estaba explicando que Hazlit trabajaba para ella, cuando el duque ha sufrido un ataque al corazón. —El silencio cayó sobre ellos. Los tres hermanos pensaban en la mortalidad de su padre y en la suya propia, mientras Rosalie sólo pensaba en McCarty.
—¿Sigue vivo? —preguntó, atrayendo hacia ella tres pares de ojos.
—Estaba pidiendo a gritos que llamaran a sus tres médicos personales cuando me he ido —respondió él—. He mandado a Pugh y a Hamilton a la mansión con órdenes estrictas de que no lo sangren, por mucho que despotrique y resople.
—¿Estás seguro de que era un ataque auténtico? —planteó Jas—. Yo no descartaría que haya sido una nueva triquiñuela.
—Yo tampoco —dijo Ed, sin apartar los ojos de McCarty.
—Ha sido de verdad, aunque desconozco la gravedad. Estoy seguro de que ha creído que se moría, o que aún podría morir.
—Morirá —lo corrigió Ed—. Todos moriremos. ¿Qué te hace pensar que no estaba fingiendo?
—Lo he visto malhumorado, juguetón, furioso e incluso tierno con la duquesa —contestó su hermano—, pero en mis treinta años no recuerdo haber visto a nuestro padre tan asustado. Ha sido desconcertante, os lo aseguro.
—Recuerdo sus peleas con Bart —continuó McCarty, sentándose en el sillón de su escritorio—. Creía que Bart estaba medio loco por dejar que el duque se pusiera así con él. Me preguntaba por qué no dejaba que le resbalaran las cosas que le decía. Sin embargo, he descubierto que cuando se discute con el duque se siente una especie de seguridad; él no retrocede, no da cuartel, no se inmuta ni admite que se ha equivocado.
—Es firme —convino Jas—. Firmemente exasperante.
—Pero siempre se comporta como quien es —añadió McCarty—. Nunca se sale de su papel, ni duda de sí mismo o del derecho que Dios le ha dado.
Ed bebió un sorbo de whisky.
—¿Qué pasará si se muere?
—Larga vida al duque —intervino Rosalie, sosteniendo la mirada de McCarty durante un momento—. Subiré unas bandejas con la cena. Estoy segura de que todos querréis ir a ver cómo está. A lo mejor, queréis llevaros a nana Fran. Es una consumada enfermera y tal vez resultaría de consuelo para la duquesa.
McCarty asintió, aparentemente aliviado al ver que ella se ocupaba de los detalles prácticos.
La noche se desarrolló tal como Rosalie había predicho. Los tres hermanos fueron a la mansión ducal a ver cómo estaba su excelencia, a discutir con él sobre la elección de médicos y a ofrecerle su apoyo a la duquesa.
Ed decidió que se quedaría a pasar la noche y prometió que los avisaría de cualquier cambio en el estado del duque, mientras que Jas partía para avisar a su hermanastra Bree. Cuando McCarty regresó a su casa, ya era tarde. Rosalie le había dicho al lacayo que podía retirarse y ella se quedó a esperar al conde.
Llevaba puesto sólo el camisón, la bata y las zapatillas cuando él llegó. No parecía importarle que alguien pudiera verlos u oírlos al abrazarlo.
—Tiene muy mal aspecto, Rosalie —explicó McCarty, ocultando el rostro contra el cuello de ella—. Se le ve viejo y, lo que es peor, a mi madre también. Las chicas están muertas de miedo.
—Y tú también estás un poco asustado —aventuró ella, separándose—. Dame el sombrero y los guantes. Te prepararé una bandeja. Casi no cenaste nada y la duquesa me advirtió que se te olvida comer cuando estás preocupado.
—¿De qué otras cosas te advirtió? —le preguntó, dejando que Rosalie le quitara el sombrero y los guantes. Pero ella no se detuvo ahí, sino que también le quitó la chaqueta y el pañuelo, y después le desabrochó los gemelos y le remangó la camisa.
—Hace demasiado calor —dijo—, y es demasiado tarde.
McCarty permaneció inmóvil en el vestíbulo, como un niño cansado, mientras ella le quitaba esas prendas. Rosalie se las puso sobre el brazo, entrelazó los dedos con los de él y lo condujo al interior de su propia casa.
El calor de la mano de Rosalie fue lo único bueno del día.
—Mi abuelo murió hace un par de años —señaló ella—. Tuve mucha suerte de poder disfrutar de él tanto tiempo. Era un hombre encantador. Pero sufrió una horrible enfermedad que lo fue consumiendo poco a poco y, al final, fue un alivio verlo marchar, aunque él resistía denodadamente por mi abuela.
—El duque hace lo mismo —dijo McCarty, apretándole suavemente los dedos.
—Recuerdo aquella sensación de miedo —continuó Rosalie—, miedo a que cada vez que se quedaba dormido, estuviera muerto. A veces lo parecía o yo pensaba que era así hasta que al final lo vi morir realmente. Tres semanas después, mi abuela sufrió una apoplejía y se quedó inválida.
—Sufrió un duro golpe —comentó él, mientras llegaban a la cocina.
—Lo fue para todos —comentó Rosalie, sentándose a la mesa—. Recuerdo la tensión del personal, esperando a que sucediera, pero sin llegar a perder la esperanza. Nos sentíamos... perdidos.
McCarty la miraba mientras ella se movía por la cocina preparándole limonada con una escandalosa cantidad de azúcar y una bandeja con comida. Había algo en la competencia práctica de sus movimientos que le proporcionaba tranquilidad, que hacía que se sintiera menos desorientado. En la mansión de los duques, su madre y sus hermanas, los sirvientes, los médicos, todo el mundo, lo miraban a él en busca de orientación.
Y él se la había proporcionado ordenando que alfombraran la calle, aunque la mansión estaba tan alejada de la plaza que no había muchas posibilidades de que el ruido molestara a su padre. Pero el servicio necesitaba tener algo que hacer, lo que fuera, para sentir que estaba contribuyendo de algún modo al bienestar y la comodidad del duque.
Así que él, McCarty, había empezado a dar órdenes. Pidió que prepararan una habitación para el enfermo en las dependencias ducales, mandó que fueran a avisar al personal de Moreland, le pidió a nana Fran que hiciera un inventario de los remedios médicos, puso a sus hermanas a escribir notas para los allegados y demás familia, y encargó a la duquesa que le pidiera al duque una lista de los amigos a los que quería avisar y en qué términos. Él mismo habló con los médicos y les pidió que se comunicaran con Fairly, y se aseguró de que Jas hubiese ido a avisar a Bree. Y, finalmente, una vez despachados todos los rostros que lo miraban con ansiedad, se fue a casa.
Porque así era como la sentía, su casa. No porque fuera el dueño del edificio y pagara a las personas que trabajaban para él, y tampoco porque viviera allí con sus dos hermanos.
Era su casa porque Rosalie estaba allí, esperándolo. Para cuidar de él, no esperando a que él cuidara de ella, a que resolviera sus problemas, a que la animara a seguir adelante; eso no estaba dispuesta a permitírselo.
«Te quiero», pensó, viéndola coger una margarita de un ramo situado en el centro de la mesa, para ponerla en un delgado búcaro que colocó en la bandeja que estaba preparando para él. Cuando la llevó a la mesa, McCarty le rodeó la cintura con los brazos y apretó el rostro contra su cuerpo.
—Te ponías así para que te curase la herida —murmuró ella, hundiéndole los dedos en el pelo en busca de la cicatriz—. Menos mal que no te maté.
—Tengo la cabeza demasiado dura —bromeó él, echándose hacia atrás—. ¿Tengo que comerme esto?
—Te golpearé otra vez si no lo haces —dijo Rosalie con firmeza, cruzándose de brazos—. Y se lo contaré a Pericles, que parece ser el único que tiene autoridad moral sobre ti.
—Siéntate conmigo —pidió McCarty, tratando de sonreír.
Ella se sentó a su lado y con eso él se sintió más tranquilo.
—¿Qué dicen los médicos? —preguntó Rosalie, apoyándole la cabeza en el hombro.
—Es extraño —contestó, cogiendo un sándwich—. Nadie me lo ha preguntado, ni siquiera la duquesa.
—Probablemente sabe que es grave, aunque no quiera admitirlo ni siquiera para sí misma. Con mis abuelos pasaba lo mismo. Estaban unidos a nivel muy profundo.
—Se amaban —dijo McCarty, masticando pensativo. ¿Estarían Rosalie y él unidos a ese nivel también? Él creía que sí, o Rosalie no estaría allí sentada preparándole comida, haciéndole compañía cuando ni siquiera su familia lo hacía.
—Mucho —admitió ella—. Mi abuelo cultivaba sus flores para mi abuela. También para Kate y para mí, pero sobre todo para su esposa.
—Kate es tu hermana —dijo él, dando buena cuenta del sándwich. Rosalie se quedó inmóvil—. Sé que estáis emparentadas —continuó, bebiendo un poco de limonada y ofreciéndole a ella después—. La cuidas y es mucho más que una prima para ti.
—¿Cómo lo sabes?
—Te conozco —respondió simplemente—. Y vivimos bajo el mismo techo. Cuesta ocultar una relación tan cercana. Estabas dispuesta a matar por defenderla.
—Es mi hermana.
—Lo adivinó Ed —prosiguió McCarty, metiéndose en la boca una rodaja de manzana—. Creo que está un poco enamorado de ella.
—¿De Kate? —Rosalie frunció el cejo—. Tal vez sea un capricho. Supongo que simboliza algo para él, algo relacionado con su música y las elecciones que ha hecho en la vida. Sé que ella lo adora por su ternura, pero confío en ellos.
—Ed toca a Beethoven como un hombre, no como un niño.
—Seguro que tú puedes saberlo mejor que yo —dijo ella, aceptando una rodaja de fruta—. Últimamente, me parece que toca de una forma más apasionada y brillante.
—Dices bien —convino él, masticando pensativo.
—Has eludido mi pregunta sobre los médicos —señaló Rosalie, acariciándole la parte baja de la espalda.
—No pueden decir nada con seguridad. Los síntomas que tiene, la sensación de tener un caballo encima del pecho, los problemas para respirar, el dolor en el lado izquierdo del cuello y en el brazo izquierdo, son los indicios clásicos de un ataque al corazón. Pero el dolor se le ha pasado en seguida y su excelencia es un hombre muy activo. No se ha sentido especialmente fatigado, ahora mismo no le dolía y además es la primera vez que le ocurre. Es posible que se recupere por completo y viva otros veinte años. Las próximas semanas serán decisivas. Tendremos que asegurarnos de que descanse y que haga sólo ejercicio moderado.
—Pero tampoco descartan que pudiera morir esta noche. ¿Crees que es verdad que no ha sufrido ningún otro ataque o podría habérselo ocultado a tu madre?
—Jas ha preguntado lo mismo y hemos llegado a la conclusión de que si le hubiera pasado antes, la duquesa habría sido la única que podría haberlo sabido.
—Y no diría nada, excepto posiblemente a su esposo en un momento de intimidad, de la cual tienen más bien poca.
—Yo creo que sí tienen algo. —El conde la miró de reojo—. ¿Viste todo eso en tus abuelos?
—En mi abuela. De vez en cuando, echaba a todo el mundo de la habitación para quedarse a solas con él. Era una forma de darnos descanso a los demás y de poder disfrutar de un poco de tiempo para ellos.
—Y también una forma de despedirse. —McCarty bebió otro sorbo y volvió a pasarle el vaso a ella—. Dios, Rosalie, cuando pienso en las cosas que le he dicho a mi padre...
—Puedes disculparte —lo aconsejó ella simplemente—. Es más de lo que él ha hecho. Y no será porque no se le hayan presentado ocasiones.
Pese al miedo, la sensación de culpa y el cansancio, McCarty se rió por lo bajo al percibir su tono mordaz.
—Eres una mujer despiadadamente práctica, Rosalie Hale.
—Cómete el mazapán —le ordenó—. He aprendido a serlo, y a ti nadie te ha hablado con sentido común en toda la noche, excepto yo. Un hombre de la edad del duque tiene suerte de seguir vivo; y te diré más, vivo y capaz de manipular como lo hace. Tú no le has provocado el ataque, McCarty. Y no se te ocurra discutírmelo. —Se inclinó para besarlo en la mejilla y después le dio un mazapán—. Come.
Él obedeció y se dio cuenta de que la comida, la bebida y la conversación le habían devuelto las fuerzas más de lo que creía posible.
—La próxima semana va a ser difícil —dijo con la boca llena de pasta de almendra.
—Tu existencia junto al duque siempre ha sido difícil.
—Sí —convino él—, pero estoy consiguiendo dar la vuelta a las cosas, Rosalie. El dinero volverá a fluir de forma constante, los administradores de las propiedades estarán mejor organizados, las chicas y mamá, incluso mi padre, están aprendiendo a respetar los presupuestos y las asignaciones económicas. A finales del verano, ya no tendré que pasar tantas horas con Quil. Yo quería que mi padre viera todo eso.
—Querías que te diera las gracias o, tal vez, presumir un poco para ver si por fin se fijaba en lo mucho que te estás esforzando.
—Supongo —contestó, cogiendo otro mazapán—. ¿Tan terrible es que un hombre adulto siga buscando la aprobación de su padre?
—Lo terrible es que te quepa alguna duda de que ya la tienes. —Volvió a besarlo en la mejilla, un gesto que a él se le antojó reconfortante y natural y, acto seguido, se levantó y empezó a recoger la cocina.
—Con todo lo que ha ocurrido hoy, seguro que se te ha olvidado despedir a Stenson y que el nuevo mayordomo ha empezado a trabajar hoy.
—Sterling —dijo McCarty, asintiendo con la cabeza—. Lo he olvidado. ¿Hemos hecho recuento de la plata para estar seguros de que he elegido bien? Y no, aún no he hablado con Stenson.
—Mándalo de vuelta a la mansión —sugirió Rosalie—. Lord Ed está allí, y toda la ropa interior del coronel está ya remendada.
—Seguro que Jas te ha dicho que lo llames por su nombre.
Puede que Rosalie y Jasper no llegaran a ser nunca grandes amigos, pero ella no se refirió a él con la dureza de antes.
—Se parece mucho a tu padre —afirmó, parando un momento para coger la bandeja—. Gruñón y a veces incapaz de expresar lo que quiere, pero tiene buen corazón y es acérrimo defensor de lo suyo.
—Una descripción acertada. Cuando llegó a la edad adulta, aún le costaba hablar con desconocidos.
—Lord Ed me habló de su tartamudeo —comentó Rosalie, regresando a la mesa con un paño limpio. Se inclinó para limpiarla y McCarty la cogió por la mano, con suavidad, pero de forma decidida.
—Duerme conmigo esta noche.
Rosalie detectó un brillo desconocido en los ojos de McCarty, una mezcla de atrevimiento y ferocidad, y debajo de todo ello, una vulnerabilidad descarnada. «Duerme conmigo esta noche», había dicho. Palabras sencillas y francas, pero repletas de un significado mucho más complejo.
Cerró los ojos, tratando de encontrar fuerzas para enfrentarse al favor que le pedía y a su intenso deseo de concedérselo. «Ahora no», pensó con desesperación. Cuando ni siquiera habían discutido el tema del investigador ni por qué era preciso que ella se marchara de allí.
—Me portaré bien —dijo él, soltándole la muñeca—. Estoy demasiado cansado para pensar en... Bueno, a lo mejor no tanto, pero sí que estoy demasiado... —guardó silencio y frunció el cejo—. Mi petición ha estado fuera de lugar y es del todo inoportuna. Olvídalo.
Rosalie abrió los ojos y vio que ya no la estaba mirando. McCarty se levantó y se estiró, y después volvió la vista hacia ella, que seguía en el mismo sitio, inmóvil, con el trapo en la mano.
—Te he ofendido —se lamentó—. Yo sólo quería... ¿Estarás aquí por la mañana?
Su intención no había sido preguntárselo y Rosalie lo sabía. No había querido preguntarle si estaría con él a la mañana siguiente.
—Estaré aquí —contestó, incapaz de escuchar a su sentido común, que le gritaba lo contrario—. En tu cama, si es ahí donde quieres tenerme.
McCarty asintió y le quitó el trapo. Limpió él mismo la mesa mientras Rosalie terminaba de recoger los platos que acababa de fregar. A ella se le antojó una estampa rotundamente doméstica, en la que los dos encajaban a la perfección. El conde no se mostraba arrogante con ella, no siempre era un noble. A veces, como en ese momento, no era más que Emmett Cullen, un hombre honesto y digno de ser amado.
Esperó a que Rosalie terminara de recoger, entonces cogió la vela y le tendió el brazo. El gesto galante le recordó a sus abuelos. «Qué maravilloso sería envejecer con él...», pensó ella, aceptando el brazo que le ofrecía.
Una vez en la habitación, continuaron moviéndose en un ambiente de paz doméstica. Rosalie terminó de desvestirlo; él la metió en la cama y la arropó, y después se dispuso a lavarse con el agua que siempre tenía dispuesta en la habitación, junto a la chimenea. Una brisa fresca se colaba por las puertas abiertas de la terraza. Rosalie lo observó hacer sus abluciones a la luz de la vela y le pareció realmente hermoso. No era una apreciación erótica, sino algo mucho más posesivo. Tenía un cuerpo perfecto, pero la expresión pensativa de su rostro también le parecía bella.
«Es así porque se preocupa por los demás, y tal vez en eso, su padre y él se parezcan.»
Cuando dejó la toalla y se irguió, Rosalie le abrió las sábanas con olor a lavanda.
—Ven a la cama.
—Su camisón, señora —dijo él, tendiéndole la mano—. Hace demasiado calor para llevar tanta ropa. Te prometo que no te acosaré.
—Ya me lo has dicho —advirtió, sacándose la prenda por la cabeza para dársela—. ¿Has cerrado con llave?
—Dios, la puerta. —Fue descalzo a cerrar y después apagó la vela y se metió en la cama.
—No me acuerdo ya de cuándo fue la última vez que dormí acompañada por alguien que no fuera mi gato, exceptuando la noche que pasamos en Willow Bend —comentó Rosalie mientras se acomodaba.
—Yo podría decir lo mismo —contestó McCarty, ahuecando la almohada—. Aunque el matiz sería diferente. Lo siento. —Se estaba disculpando por haber tirado sin querer de la almohada de ella, pero Rosalie dejó que la disculpa alcanzara también el comentario.
Tumbada de espaldas, se puso las manos en el estómago.
—¿Qué tienes que hacer mañana?
—Ir a ver a su excelencia —respondió él—. Dar sus nuevas instrucciones a Stenson, probablemente visitar a Bree y tratar de acabar con Quil todo el trabajo pendiente para que no se acumule.
Rosalie le buscó la mano, que él también tenía sobre el estómago, y entrelazó los dedos con los suyos.
—Deberías avisar a tus hermanos a primera hora y salir a dar tu paseo diario.
—¿En vez de ir a ver si mi padre sigue con vida? —Era evidente que estaba frunciendo el cejo, a juzgar por su tono de voz en la oscuridad, pero Rosalie era consciente de cómo sus dedos se aferraban a los suyos.
—Si fallece esta noche, te avisarán de inmediato. Lord Ed se encargará de ello. Y tú disfrutas mucho montando a caballo por la mañana —continuó—. Hay días en los que creo que ése es el único momento en que te permites hacer lo que te place, en vez de lo que estás obligado a hacer. Y Pericles no vivirá eternamente.
—¿Pensando en el bienestar de mi caballo, Rosalie?
—Y a tus hermanos también les vendrá bien ver que, aunque la salud del duque sea delicada, el conde está sano y no se pasa las horas esperando a que su padre muera. McCarty es demasiado fuerte para capitular ante la ansiedad y está demasiado acostumbrado a cumplir con sus obligaciones. La muerte nos llega a todos y, aunque es una pena, el duque ha vivido larga y plenamente. Todos lloraréis su pérdida, pero su muerte seguirá el orden natural de las cosas, igual que la del conde cuando le llegue el momento.
Él suspiró y reflexionó sobre sus palabras.
«Te quiero porque eres sincera conmigo y porque no vacilas en decirme la verdad cuando los demás prefieren decir cosas agradables para caerme en gracia. Te quiero porque estás en esta cama conmigo, no para intentar concebir a la tan esperada próxima generación de los Cullen, sino para cogerme la mano y reconfortarme.»
—Iré a montar a caballo.
—Bien. —Ella rodó hacia él y lo besó en la frente. McCarty la notó moverse—. Y ahora, duérmete, Emmett Tristan Montmorency Cullen. Estaré aquí cuando despiertes. Te lo prometo.
Lo obligó a adoptar la postura que ella consideraba más adecuada para dormir, estrechándolo entre sus brazos, con el rostro apoyado en su hombro. Le acarició la espalda lentamente, como él hacía con ella, y al poco oyó que se le aquietaba la respiración.
«Estaré aquí cuando despiertes, pero no sé cuánto podré quedarme.»
Enviar al norte a aquel investigador había precipitado su marcha y la enfermedad del duque la obligaba a desechar cualquier tentación de confiarle sus preocupaciones a McCarty. Bastante tenía ya con sus propios asuntos, como para preocuparse de los problemas de su ama de llaves.
Rodeó con los brazos al futuro duque de Moreland y rogó al cielo por la felicidad de él y la seguridad de ella.
En los días y noches sucesivos, se produjeron algunos cambios en la rutina de los habitantes de la residencia del conde. El paseo a caballo de McCarty con sus hermanos, hábito ocasional hasta ese momento, se convirtió en habitual. La marcha de Stenson fue un alivio para todo el mundo, y el nuevo mayordomo, Sterling, un caballero de cierta edad, callado, que contaba con la recomendación del mismísimo duque de Quimbey, restauró el orden entre los lacayos.
Y por las noches...
El conde se levantaba todas las mañanas descansado y dispuesto a enfrentarse al nuevo día porque Rosalie compartía su cama. La necesidad que tenía de ella penetraba partes de su ser que McCarty no acertaba a expresar siquiera. Había deseo, pero no lo bastante como para iniciar la seducción. El consuelo que le ofrecía con su presencia era más valioso para él que cualquier placer fugaz.
Pero tenía la impresión de que Rosalie le estaba regalando su compañía por las noches porque seguía decidida a marcharse, y pronto. Su excelencia llevaba cuatro días sin dolor en el pecho y todos en la residencia ducal comenzaban a sentir cierto alivio, si bien con prudencia.
McCarty observó a Rosalie mientras dormía. Frunció el cejo al darse cuenta de que probablemente se marcharía en cuanto el duque saliera de peligro.
No lo permitiría. No podía permitirlo. Se reconvino mentalmente por no haber encontrado un momento para reunirse con Hazlit todavía. Se juró que lo haría ese mismo día, aunque tuviera que perseguirlo a pie por todo Seven Dials.
—Estás despierto.
Rosalie le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Algo tan simple, empezar el nuevo día con una sonrisa. Se inclinó y la besó.
—Espera —dijo ella, apartando las sábanas—. Tú ya te has lavado los dientes. —Se levantó de la cama, se puso la bata y se ocultó tras el biombo situado en la esquina para hacer sus necesidades.
Su Rosalie no era especialmente melindrosa, pensó McCarty. Cuando salió del biombo, se lavó los dientes con el cepillo y los polvos de él y se miró en el espejo del tocador.
—Estoy horrible. No sé cómo no te ríes al verme así.
Él la miró a través del espejo: tenía la trenza medio deshecha y la almohada le había dejado marcas en la mejilla.
—Estás encantadora. Vuelve a la cama.
—Ya ha amanecido, señoría —dijo ella, mirándolo con intención—. Me sorprende que hayas dormido hasta tan tarde.
—Hoy, Jas tiene que llevarse los caballos a Surrey y Ed estuvo hasta tarde tocando el piano en el burdel de Fairly. Me temo que, esta mañana, el pobre Pericles se va a quedar sin paseo. Vuelve a la cama, Rosalie.
Había algo implacable en su voz, y entre las sombras del amanecer, ella presintió que estaba enfrentándose a un momento trascendental de su vida. Podía volver a la cama, y esa vez, esa vez por fin harían el amor. Lo sabía como una mujer que conoce el aroma de su amante o una madre reconoce el llanto de su hijo.
O podía sonreír, negar con la cabeza y enfrentarse al nuevo día.
Lentamente, se desató el cinturón de la bata y regresó desnuda a la cama.
—¿Cuándo tendrás el período? —le preguntó él, mirándola.
—Dentro de unos días —contestó, sin mostrar sorpresa por lo íntimo de la pregunta. En más de un aspecto, en los últimos días habían compartido más intimidades que si fueran amantes. Usaban el mismo cepillo de dientes. Él la peinaba. Ella lo ayudaba a vestirse y él le hacía asimismo las veces de doncella. Al empezar y al terminar el día, charlaban tranquilamente en la cama, cogidos de la mano o abrazados.
Rosalie iba guardando como oro en paño todos esos recuerdos, uno a uno. Aquel hombre, aquel rico, poderoso, atractivo y singular hombre era suyo si quería amarlo durante los próximos minutos u horas. Era un privilegio mayor de lo que jamás podría haber imaginado, y ahora también quería crear recuerdos nuevos con ella.
Puede que hubiera sido capaz de negárselo a sí misma, pensó, pero no podía seguir negándoselo a él.
—Sigues pensando en abandonarme, Rosalie —le reprochó, cuando se acomodó en la cama—, y yo te digo, sinceramente, que pelearé con todas las armas a mi alcance, sean honradas o no. No quiero que te vayas.
Era la primera vez que se lo decía en voz alta, y ella tuvo la impresión de que era la esencia de lo que trataba de comunicarle, reclamándola de nuevo en su cama.
—No quiero que te vayas —repitió con mayor determinación.
—Estoy aquí —dijo Rosalie, mirándolo a los ojos—. En este momento estoy contigo en esta cama.
Él asintió con mirada indescifrable.
—De donde no te moverás hasta que te vuelva loca de placer.
Ella le sonrió por aquella exhibición de arrogancia y le apartó el pelo de la frente.
—Estoy segura.
McCarty le dedicó una sonrisa de depredador que, sin embargo, en el fondo ocultaba cierto matiz de alivio.
—Nada de prisas —le advirtió.
—Nada de promesas —repuso ella, acercándose a él—. Y se acabaron los sermones. —Le rodeó la cintura con las piernas y se estiró para besarlo. McCarty la estrechó entre sus brazos con un gruñido y rodó por la cama con ella.
—Voy a hacer que pierdas la cabeza —le advirtió, colocándola encima.
—Y yo voy a dejar que lo hagas. —Rosalie sonrió—. Pero aún no.
Trató de escabullirse, pero él la agarró por los tobillos y le dio dos azotes en el trasero, bastante sonoros, antes de tirar de ella, quejándose de las mujeres latosas y las amas de llaves que se portaban mal. Le encantaba, la fascinaba aquel lado de él, el hombre juguetón y vitalista.
Y tampoco ponía objeción a que le diera unos azotes en el trasero, sobre todo si después se ocupaba de calmarle el escozor con delicadas caricias, como estaba haciendo en ese momento.
—¿Quieres que yo te dé unos azotes a ti cuando te portes mal? —le preguntó, cuando la tumbó en la cama y se puso encima de ella.
—Azótame cuantas veces quieras y lo fuerte que quieras, porque contigo quiero ser muy, pero que muy malo —murmuró él, bajando la cabeza para besarla.
Rosalie supuso que la conversación había terminado cuando su lengua comenzó a explorarle la boca y le cubrió un seno con la mano. La intención no era tanto seducirla como excitarla y demostrar posesión sobre ella. «Eres mía», parecían decir sus manos. «Soy tuyo», reverberaba en cada uno de sus besos. «Toda mía», declaraba la insistente presión de su miembro contra su vientre.
«Soy toda tuya —pensó Rosalie, rodeándole el cuerpo con las piernas, acariciando con su sexo el turgente miembro—. Y en este momento, este día, tú eres todo mío.»
—Despacio —susurró él, cerrando los dedos alrededor de uno de sus pezones y deteniendo la mano.
—Nada de promesas —repitió ella—. Iré de prisa si quiero, señor —añadió, rozándole los pezones al tiempo que movía con más vigor las caderas contra él.
—Dios bendito, Rosalie —musitó McCarty—. Quiero tener cuidado contigo... pero tú...
Pero ella lo deseaba con demasiada desesperación como para agradecerle la preocupación. Sentía el calor que se le iba formando en la boca del estómago, allí donde la preocupación y la soledad podían hacer que se sintiera vacía y desesperada. Era el calor del deseo, deseo por él, deseo de entregarse a él. McCarty llenaba rincones dentro de su ser en los que el vacío y el anhelo reinaban desde hacía mucho.
—Te necesito dentro de mí —suplicó en voz baja, enmarcándole el rostro con las manos—. Ya serás cuidadoso después, te lo prometo. Pero ahora te necesito. Por favor.
—No me metas prisa, Rosalie. No respondo de las consecuencias.
Pero para su alivio, llevó la punta de su miembro a la entrada de su sexo y comenzó a hurgar con él entre sus pliegues. Pareció conformarse con explorarla a placer, empujando perezosamente sin objetivo aparente, a veces acercándose al punto, otras apartándose —deliberadamente, creía Rosalie— hacia un lado o hacia arriba o hacia el otro lado.
—Me estás... atormentando.
—Pues dime dónde quieres tenerme —la instó él—. Guíame.
Estaba húmeda, McCarty se había asegurado de ello, y él lo estaba por contacto. Rosalie cerró los dedos en torno a su miembro erecto y lo condujo directamente hacia ella. No lo soltó hasta que hubo avanzado lo suficiente, aunque sin llegar a penetrarla, como para no tener dudas de dónde quería tenerlo: alojado en su interior.
—Deja que yo me encargue de esta parte —dijo él, apoyándose en los antebrazos para mirarla a los ojos—. Lo digo en serio, Rosalie. No soy un hombre pequeño, y tú eres... oh, Dios. —Lo último lo dijo casi con un gemido cuando empujó un poco—. Dios bendito —susurró, bajando la cabeza para besarle el cuello—. Eres tan maravillosa, jodidamente...
«Está uniendo su cuerpo al mío», pensó Rosalie, exultante. Era extraño y maravilloso... y demasiado lento.
—McCarty —se ofreció, elevando las caderas y haciendo que se detuviera.
—No —respondió él, apretando los dientes—. Por una vez en tu testaruda vida, deja que cuide de ti, Rosalie. Sólo... deja que lo haga.
A ella le gustaba que empleara vocabulario soez y que maldijera y se pusiera serio, pero, sobre todo, le gustaba sentir cómo iba penetrando cuidadosamente en su cuerpo.
Hasta que dejó de gustarle.
—Agárrate a mí —la instó él—. Agárrate, pero intenta relajarte. No me moveré hasta que sienta que te relajas. Bésame. —Bajó la cabeza y la besó con ternura en la mejilla, la mandíbula, los párpados. Cuando notó que su respiración se tranquilizaba y le devolvía los besos, le rodeó un pecho y comenzó a acariciarlo y a apretárselo hasta que ella suspiró y su cuerpo se rindió a las sensaciones. Mientras tanto, seguía penetrándola poco a poco.
Hasta que encontró de nuevo resistencia.
Le deslizó la mano debajo de las nalgas, la agarró bien y, sin previo aviso, empujó de golpe. Ella hizo una mueca de dolor y se puso rígida, pero no dijo nada.
—A partir de ahora irá mejor —le aseguró McCarty, moviéndose con más suavidad—. Dime si te hago daño.
Le había hecho daño, pero sólo un momento. Ya se sentía mejor y, cuanto más penetraba en ella, mejor se sentía.
—Me gusta esto —confesó complacida, con la respiración agitada—. No pares, McCarty. Cómo me gusta.
—Muévete conmigo, Rosalie. La parte difícil ya ha pasado. A partir de aquí, todo será placer. Hazme el amor hasta dejarme sin aliento... —bromeó, pero en su voz había una nota de ternura, a pesar de que sus embestidas iban cobrando vigor.
Ella intentó adaptar el movimiento de sus caderas al suyo y eso lo obligó a bajar el ritmo para darle tiempo. Pero lo que cedió en velocidad, lo compensó con intensidad.
—Así —le susurró—. Muévete así, y... Rosalie. Dios mío.
Ella aprendía muy de prisa. En seguida empezó a moverse en sincronía y a acariciarle un pezón al mismo tiempo. Se lo pellizcaba con la deliberada lentitud con que él la penetraba, para aplicar a continuación un poco más de presión, frotándoselo de forma muy erótica, trazando pequeños círculos.
—Rosalie... —susurró McCarty, cogiéndola por debajo de las nalgas con más firmeza—. Para un poco... deja que... Ahh, Dios mío. No pares, cariño.
—Tú tampoco —le contestó ella, lamiéndole el otro pezón—. Por el amor de Dios, no se te ocurra parar.
Intentó acelerar el ritmo, pero él se mantuvo firme a una cadencia más lenta.
—McCarty, por favor... —gimió suavemente—. Emmett...
Pronunciar su nombre con aquel tono de excitación y súplica tuvo el efecto deseado. Él aceleró el ritmo hasta que ella empezó a temblar y gemir de placer. Pero McCarty no se detuvo. Bajó la cabeza y se metió un pezón en la boca, antes de empezar a succionar con fuerza. Rosalie levantaba las caderas hacia él desesperadamente, susurrando su nombre una y otra vez contra su pecho, rodeándole la cintura con las piernas.
Él levantó la cabeza y la sujetó firme por debajo de las nalgas. Ella sintió que un líquido caliente se derramaba en su interior a medida que las embestidas se hacían más lentas y profundas. McCarty gimió suavemente en su oído y, finalmente, se detuvo.
—Tú —dijo con voz ronca al cabo de unos segundos—. Madre mía.
Sacó cuidadosamente su miembro de Rosalie y se levantó. Ella hizo una mueca de disgusto al sentir que abandonaba su cuerpo, pero no protestó, se limitó a mirarlo con ojos resplandecientes en las sombras del amanecer. Él se lavó y después volvió a la cama con un paño húmedo.
—Separa las piernas.
Rosalie hizo lo que le pedía, incapaz de negarle nada en aquel momento. Por amor de Dios, las cosas que la había hecho sentir... El paño estaba frío y el contacto era un alivio, pero saber que era McCarty quien lo estaba empleando hacía que se excitara.
—Tómate tu tiempo —murmuró—. No hace falta que te des prisa.
—Eres una niña mala —espetó él con una sonrisa de aprobación—. Pero seguro que ahora mismo debes de estar dolorida, así que se acabó por esta mañana.
—¿Y tú no estarás dolorido?
—Tú tienes mucho que decir en eso —contestó McCarty, echando el paño en la palangana.
—Mucho.
—Rosalie —se colocó sobre ella, apoyándose en los antebrazos y mirándola con expresión seria—, ¿no pensabas decírmelo?
—¿Necesitas oír las palabras? —preguntó, sosteniéndole la mirada, sintiendo que la tristeza superaba a la alegría.
—¿Las palabras? —repitió él, mirándola con recelo.
—Oh, está bien —suspiró ella, apartándole un mechón de la frente—. Claro que te quiero. —Se le acercó y lo rodeó con los brazos y las piernas—. Te quiero desesperadamente. No estaría aquí si no fuera así. No me iría si no te quisiera. Te quiero, Emmett Cullen. Y probablemente te quiera siempre. Ya está. ¿Te parece que los dos ya nos sentimos lo bastante mortificados?
—No estoy mortificado —susurró él, acercando el rostro al cuello de ella—. Estoy... anonadado. Sin palabras. Es un honor para mí, Rosalie Hale. Me honras profundamente.
Debería decir más, y lo sabía, pero el corazón le martilleaba dentro del pecho. Seguro que Rosalie podía sentirlo, con lo fuerte que la estaba abrazando. Debería decirle que él también la amaba, porque era verdad, pero no podía; no era capaz de expresar con palabras las emociones que se agolpaban en su cabeza.
—¿McCarty? —preguntó Rosalie con tono receloso, acariciándole la espalda—. ¿Estás bien?
—No —contestó él, sintiendo que las lágrimas le atenazaban la garganta. La abrazó entonces con más fuerza—. No estoy bien exactamente. Estoy... sin aliento.
Y lo decía en todos los sentidos.
—Te digo que era ella —siseó King—. Conozco a mis niñas, Biers, y ésa es mi pequeña Kate.
—Hace más de dos años que no ves a tu pequeña Kate —replicó Biers con toda la paciencia de que fue capaz—. Las mujeres cambian en ese tiempo, cambian radicalmente. Además, no puede ser ella. Esa chica está riéndose y gritando y hablando con su pretendiente para que todo el mundo pueda oírla. Kate no puede hacer ninguna de esas cosas.
—Es ella —insistió King—. Te apuesto a que, si los seguimos a ella y a ese bufón imberbe que la coge del brazo, daremos también con Rosalie.
—Con el calor que hace, por mí puedes salir corriendo detrás de una chica que, obviamente, no es mi hermana, aunque admito que se le parece. Kate no tenía el pelo tan claro y no creo que fuera tan alta como esa chica.
—Tú mismo lo has dicho —le espetó King—, las mujeres cambian entre los quince y los dieciocho años, y para mejor, a mi modo de ver.
—Pues adelante. Si tan convencido estás de que es ella, síguela. Ve a confirmar tu corazonada.
King lo miró con la misma cara de pocos amigos que pondría un niño gordo cuando se mofan de él y suspiró.
—Hace demasiado calor —concedió finalmente—. Si está por la zona, volverá. El parque es el único sitio donde se puede tomar el aire en toda esta miserable ciudad. Estoy seco. ¿Qué me dices? ¿Vamos a beber una cerveza y, tal vez, a las camareras que la sirven?
—Una o dos pintas. Suena bien —contestó Biers, sabiendo que King pagaría, como siempre—. Quizá encontremos a alguien que pueda vigilar el parque por si aparecieran las chicas. Aún tengo sus retratos.
—Buena idea. Que los ciudadanos de a pie trabajen, para que nosotros podamos dedicarnos a pensar. ¿Cómo se llamaba aquella posada en la que vimos a aquella...? —Se ahuecó las manos contra los pechos y movió las cejas arriba y abajo.
—The Happy Pig —dijo Biers con un suspiro. Debía de ser ésa—. Estoy seguro de que podemos encontrar un par de ojos avizores allí. Y tal vez algo más.
Para Rosalie, la semana estaba pasando demasiado de prisa. Sabía que McCarty recibiría el pronóstico sobre el estado de salud del duque al cabo de esos siete días, ya fuera favorable o no. El conde salía casi todos los días; iba a ver a sus padres y hermanas, se ocupaba de sus negocios, se llegaba a Willow Bend o salía a montar a caballo con sus hermanos.
Pero las noches... Hacía dos noches y tres días que eran amantes, en todo el significado de la palabra, y a Rosalie le costaba un gran esfuerzo fingir ocuparse de sus obligaciones durante la jornada. Estaba abrumada con Emmett Cullen, el recuerdo de su ternura, su pasión, su sentido del humor y su generosidad en la cama desbordaba sus sentidos. Él insistía en que ella alcanzara el placer primero y varias veces. Le hablaba antes, durante y después de hacerle el amor. Bromeaba, la reconfortaba y excitaba preguntándole sólo qué era lo que le causaba placer y qué no.
Todo le causaba placer. Rosalie suspiró y frunció el cejo al ramo que estaba intentando preparar en el hogar elevado de la chimenea de la biblioteca. Normalmente, los hacía sin pensar siquiera. Los veía mentalmente al instante. Pero esa mañana, las margaritas y los lirios no encajaban, y recordar la mano de McCarty aferrándose a su trasero era sólo parte del problema.
Oyó que abrían la puerta y supuso que sería Kate con el agua, así que no se dio la vuelta.
—Una imagen cautivadora. Supongo que no se engancharán los botones del vestido en la rejilla, ¿verdad?
Rosalie se sentó en los talones y miró a McCarty de pie junto a ella. Le tendió la mano para ayudarla a levantarse y la atrajo contra sí.
—Hola, cariño —la saludó con una sonrisa, besándole la mejilla—. ¿Me has echado de menos?
Ella le rodeó la cintura con los brazos.
—¿Cómo está tu padre? —preguntó, como hacía siempre.
—Mejor, diría yo.
A Rosalie, su reticencia a devolverle las muestras de afecto no le gustó y sus ojos lo dejaron ver.
—He estado con Hazlit —añadió él, dejando que ella se soltara.
—¿Sí?
—No he averiguado nada. —Se sentó en el sofá y se quitó las botas—. Es un hombre interesante, de piel atezada. Se rumorea que su abuela era judía. Se dice también que está en la línea sucesoria de no sé qué título escocés y que es obscenamente rico. —Dejó las botas a un lado y se reclinó—. Te diré lo que sí he averiguado: para él, mostrar una pose fría y distante es una ciencia. No me ha revelado nada, pero me ha dicho que vuelva a verlo dentro de unos días. Irá a ver a la duquesa para que ella le dé permiso para informarme de sus pesquisas.
—¿Su excelencia no te ha dado detalles de la investigación? «No puedo seguir demorándome más tiempo», se lamentó ella en silencio.
—El señor Hazlit no pone por escrito sus descubrimientos —le explicó—. Tenía cita para visitar a mi madre cuando mi padre tuvo el ataque. Concertará una nueva y mi madre lo recibirá de inmediato.
—Podrías estar presente.
—¿Y que parezca que estoy coaccionando a mi madre? —replicó él—. Ojalá fuera más sencillo, pero ese hombre no permite que le den órdenes.
—Me cuesta creer que alguien así haya podido sacarle nada a mis adustos vecinos de Yorkshire.
—Así que eres de Yorkshire —señaló McCarty y ella se llevó la mano a los labios—. Rosalie... —añadió con voz cansada y en sus ojos una mirada infinitamente triste y paciente.
—Lo siento. —Ella notó que las lágrimas acudían a sus ojos y se dio la vuelta—. Siempre me pongo así cuando se aproxima la fecha de tener el período.
—Ven aquí. —Le tendió una mano y sus pies se movieron sin que Rosalie se lo indicara. Se sentó a su lado y dejó que le pasara el brazo por los hombros. McCarty se quedó un rato así, acariciándole la espalda, pensativo—. Me reuniré con Hazlit dentro de uno o dos días. Pronto averiguaré lo que sabe, pero preferiría que me lo contaras tú.
Ella asintió, pero no dijo nada, tratando de seleccionar y separar las partes de su historia que podía contarle. Fue a sentarse en la mecedora y él la dejó ir, lo que para Rosalie fue un alivio, porque pensaba mejor cuando no se estaban tocando.
—Puedo contarte parte —dijo lentamente—. No todo.
—Iré a por limonada mientras tú organizas tus ideas. Quiero oír lo que sea que puedas contarme, Rosalie.
Cuando regresó con las bebidas, ella se mecía lentamente y parecía haber recobrado la compostura por completo.
—Eres muy hermosa, ¿lo sabías? —observó él, dándole el vaso—. Le he puesto azúcar, pero no tanta como en la mía. —Cerró la puerta con llave y volvió a sentarse en el sofá. Desde allí, miró a la mujer a la que amaba, la mujer que no podía confiar en él.
Desde su encuentro, varios días atrás, Rosalie no había vuelto a declararle su amor, y McCarty no había sacado el tema de su virginidad. Ningún momento le parecía oportuno y tampoco estaba seguro de que la explicación importara. Muchas amas de llaves solteras respondían al tratamiento de señora y lo que estaba claro era que lo había elegido a él para entregarle su virginidad. A él.
—¿Qué puedes decirme? —la instó, reclinándose en el sofá. Estaba muy hermosa, pero parecía cansada. No la dejaba dormir demasiado por las noches y sabía que lo poco que dormía no lo hacía cómodamente. Por las noches, se pegaba a él y cambiaba de postura para amoldarse a su cuerpo o viceversa.
Cuando dormía, pensó con tristeza, sí confiaba en él.
—Cuando mi abuelo murió y mi abuela cayó enferma —comenzó Rosalie, con la vista perdida en el vaso de limonada mientras seguía meciéndose—, las cosas se pusieron difíciles. Él era un hombre muy bueno y un hábil administrador. El dinero que dejó debería haber sido suficiente si hubiera habido alguien capaz de administrarlo de forma adecuada. Mi hermano no sabía.
McCarty esperó, tratando de escuchar y no distraerse con el sonido de su hermosa voz.
—Mi abuela me instó a que me marchase y me llevara a Kate, al menos, hasta que ella consiguiera unos buenos abogados y se le ocurriera la manera de meter en cintura a mi hermano. Pero después de la apoplejía estaba muy débil.
—Y entonces te fuiste al sur. —Frunció el cejo al imaginarlo: dos chicas de buena cuna y muy jóvenes viajando solas sin protección. Kate no sería mucho más que una niña y necesitaría múltiples cuidados, al estar en un ambiente desconocido.
—Vinimos al sur —asintió Rosalie—. Mi abuela pudo darme algunas referencias de viejos conocidos, gente que me conocía de cuando era pequeña, y me registré en las agencias de colocación con un nombre falso.
—¿Rosalie Hale es tu verdadero nombre?
—No del todo. Pero sí me llamo Rosalie y mi hermana se llama Kate.
Él dejó el tema, contento al menos de no llamarla por un nombre falso cuando la pasión se apoderaba de él.
—Entonces encontraste trabajo.
—Me quedé el trabajo que no quería nadie más, en casa de un anciano caballero hebreo. Fue un milagro, la señal que te da el Altísimo para decirte que no estás completamente dejada de su mano.
—¿Ese anciano caballero se portó de forma decente contigo? —le preguntó, más aliviado de lo que podría haber imaginado, al comprender que, independientemente del precio que Rosalie hubiera tenido que pagar por sus decisiones, había mantenido su virtud intacta hasta compartirla con él en ese momento.
—El señor Glickmann se dio cuenta rápidamente de que Kate y yo estábamos huyendo. Él también tenía cicatrices; de sus propias experiencias con los prejuicios y la mezquindad de las personas. Lo habían metido en la cárcel con débiles pretextos, perseguido de un pueblo a otro, había recibido palizas... Sabía lo que significaba vivir siempre mirando si alguien le sigue, siempre preocupado, y nos hizo partícipes de su experiencia. Nos explicó las normas para sobrevivir en tales circunstancias y esas normas son las que nos han salvado.
—¿Y una de esas normas consiste en no confiar en nadie?
—Podría ser. Sin embargo, confié en él y si hubiera vivido más, tal vez hubiera podido sernos de más ayuda. Pero había llevado una vida dura y su salud se había resentido. Aun así, nos escribió unas entusiastas cartas de recomendación y nos proporcionó el modesto legado que una sirviente de confianza podría esperar. El dinero fue como un regalo del cielo, igual que las cartas.
Guardó silencio entonces y McCarty se quedó pensando en lo que le había contado. Difícil y triste, se dijo, pero no trágico. Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza las cosas que podrían haberles sucedido: ¿y si el trabajo que nadie quería hubiera sido en casa de un donjuán lascivo? ¿Y si hubieran hecho amistad con una abadesa al llegar a Londres? ¿Y si debido a la sordera de Kate no hubieran podido encontrar trabajo?
—Continúa —ordenó, más para poner fin a su fértil imaginación que porque quisiera oír más detalles.
—Después de Glickmann, encontré trabajo en casa de un rico comerciante, pero su hijo mayor no era de fiar, así que seguí buscando y encontré tu casa. La mujer que la agencia te había destinado tuvo que rechazar el trabajo a última hora porque cogió la gripe. Así que, en vez de hacerte esperar mientras entrevistaban a otras candidatas apropiadas, me enviaron a mí, pese a mi falta de experiencia y reputación.
—Menos mal —masculló él. El destino de Rosalie había estado pendiente de un hilo y de muchas coincidencias, rodeada de prejuicios sociales, gripe y una resolución que era lo que la había mantenido al margen de la tragedia.
—¿Y qué me dices de tu hermano? —preguntó, desabrochándose los gemelos—. Sospecho que forma parte más del problema que de la solución.
—Así es —admitió Rosalie con un tono mordaz que confirmó sus sospechas.
—¿Y no vas a contarme nada más?
—No puedo. La abuela me hizo jurar silencio, no quería ver el nombre de la familia envuelto en un escándalo.
Él contuvo las ganas de poner los ojos en blanco y sermonearla acerca del poco sentido que tenía sacrificar el nombre de uno por el bien del orgullo familiar.
—Rosalie —le dijo, echándose hacia adelante—. No tienes idea de lo afortunada que has sido por no haber tenido que servir sexualmente a hombres en la calle a razón de un penique el polvo, Kate y tú, las dos, mientras la sífilis os iba matando poco a poco. Enviaros al sur fue una absoluta insensatez, y si tu abuela tomó semejante decisión, es que la situación tenía que ser desesperada.
—Lo era —convino ella—, y sí que lo sé, McCarty. He visto a esas mujeres de las que hablas, con las faldas levantadas, los ojos apagados, su vida ya sentenciada, mientras algún juerguista echa un polvo antes de volver alegremente a casa después de su última cerveza.
Dios bendito. Si tan cerca había estado como para ver todo eso...
—Ven, deja que te abrace —dijo él, levantándose y ayudándola a ponerse en pie—. Oiré el resto cuando estés preparada para contármelo. Ahora estás segura conmigo y eso es lo único que importa.
Rosalie aceptó de buena gana los brazos que le tendía, pero McCarty percibió la resistencia, la duda, la reticencia a darle su confianza. Subió la escalera de la mano con ella, decidido a forjar una unión sólida, aunque sólo fuera a fuerza de pasión.
Cada vez que estaban juntos, le enseñaba nuevos placeres, nuevas caricias, nuevas formas de moverse. Esa noche, la instó a ponerse a cuatro patas y a que se sujetara al cabecero de la cama mientras él la penetraba profundamente por detrás. Rosalie recibió acogedoramente cada embestida y, cuando su sexo se aferró a su miembro entre convulsiones de placer, McCarty no pudo contenerse más. Como un semental, se vació en su interior y después se desplomó exhausto sobre ella, con la mejilla contra su espalda.
—Abajo —le ordenó entre jadeos, tirándole de uno de los pies hacia atrás para explicarse.
Rosalie estiró las rodillas y se tumbó boca abajo, mientras McCarty salía de su cuerpo. Se tumbó a continuación sobre ella, cubriéndola como una manta.
—¿Estás bien? —le preguntó, besándole la mejilla y chupándole el lóbulo.
—Estoy exhausta —murmuró Rosalie—. Pero esto me gusta.
—¿Qué te gusta? —preguntó él, acariciándole el cuello con la nariz.
—Lo mucho que te gusta acurrucarte contra mí después.
—Soy una especie rara en eso —le aseguró—. Sólo conozco a otra persona en esta cama tan predispuesta a semejantes muestras de afecto. —Apartó las caderas de ella ligeramente, moviéndose para besarla en la nuca—. Confías en mí —le dijo, mordisqueándole el cuello suavemente.
Al no recibir respuesta, se levantó y fue hacia la palangana. Se lavó las manos y los genitales, después volvió y se quedó de pie junto al lecho.
—Confías en mí, pero sólo en esto —repitió—. Dejarías que te tomara en cualquier postura, como yo quisiera y cuantas veces quisiera.
Rosalie se tumbó de espaldas y se apoyó en los codos, observándolo con recelo.
—Nunca me has dado motivo para no confiar en ti en la cama. Me siento segura.
—Eso no es lo que crees. Puede que te sientas protegida de la violencia y del egoísmo capaz de convertir a un hombre en un animal en celo, pero en realidad, no crees que estés segura conmigo.
En su voz, había tal tono de derrota, de resignación, que Rosalie casi se alegró de que aquélla fuera la última noche que pasarían juntos. Por la mañana, él saldría a montar con sus hermanos y ella cogería sus pertenencias y a su hermana y tomarían un coche en dirección a Manchester. Dormiría en sus brazos una última noche, fuertemente abrazada a él, aspiraría su aroma y lo amaría. Pero sería la última vez que estarían juntos, porque el día siguiente, a esas horas, estaría ya muy, muy lejos.
Qué fácil de hacer y qué imposible de soportar.
