VI
Llegamos al Aeropuerto de Hanara cerca de las seis de la mañana. TK me llevaba de la mano mientras caminábamos apresurados hacia American Airlines en donde, para nuestra suerte, no había muchas personas y enseguida nos atendió Marian, una agradable pelirroja de ojos verdes. Cabe decir que aunque ya no se notaba tanto mi estado de embriaguez aún sentía los efectos de la marihuana en mí y procuraba esconderme en el rubio para que no fueran a notarlo.
— ¿Hacia dónde van, jóvenes? —preguntó sin quitar su encantadora sonrisa.
— Milán —respondió TK de inmediato y yo sólo lo miré sorprendida—. ¿Has ido a Italia? —me preguntó.
— No —dije sin poder evitar sonreír. Era como si hubiera leído mi mente. Italia era mi sueño imposible.
— Pues iremos allá…
— El vuelo más próximo sale a las 7:45am.
— Excelente. Quiero dos pasajes, por favor —Takeru sacó de su cartera una tarjeta de crédito plateada y no pude evitar ver más de un par en ella. Me intrigaba que tuviera tanto dinero, después de todo, pagar dos pasajes hacia un destino que estaba a 12 horas de distancia no era cosa barata.
Tras ser despachados y esperar a que abrieran la sala de abordar, decidimos ir a desayunar algo. Yo me moría de hambre y mi estómago me había delatado en más de una ocasión al hacer gruñidos. Fuimos por waffles y crepas de verduras, café y jugo de naranja para acompañar. La comida estaba deliciosa y hubo un momento en donde me olvidé por completo de que estaba ahí con TK hasta que me percaté de que no me quitaba los ojos de encima.
— Lo siento —murmuré, limpiándome los labios y luego dándole un trago al café.
— No, no te disculpes —se rio—. Hacía mucho que no veía a una mujer disfrutar su comida como tú —sonreí.
— ¿Por qué Italia?
— Tengo un departamento allá —casi me atraganto con un pedazo de crepa y empecé a toser—. ¿En serio? —él asintió—. ¡Wow!
— ¿Qué pasa? —quiso saber sin dejar de reír.
— Debes tener mucho dinero, Takaishi —sin siquiera pensarlo las palabras deslizaron de mis labios y su expresión cambió un poco. Se puso algo serio y miró alrededor procurando que no nos escucharan. Yo permanecí comiendo en silencio hasta que por fin habló.
— Quizás deba decirte esto antes de irnos —sus ojos azules se clavaron en mí intimidándome como siempre—. Kari… yo… te mentí —fruncí el ceño sin entender a qué se refería. Él soltó un profundo suspiro y le dio un trago al jugo de naranja—. Mentí cuando te dije que no distribuyo droga. Sí lo hago —asentí simplemente mientras un montón de preguntas se formularon en mi cabeza.
— ¿Eres… peligroso? —fue lo único que acerté a preguntar y él se echó a reír como si hubiera yo contado un chiste. La verdad es que me contagió su risa.
— Claro que no, boba. Bueno… algo. Pero no tienes qué preocuparte. No dejaría que algo malo te sucediera.
— ¿Algo malo?
— Sí, bueno… —se llevó una mano al cabello despeinándolo—. Ya sabes cómo es el negocio.
— ¿Por eso me corriste de tu casa la vez pasada? —ya habíamos terminado de comer y TK permaneció serio. Me miraba y sus ojos querían decirme tantas cosas pero sus labios permanecían cerrados.
— Mi papá… Kari él… él también se dedica a esto —asentí comprendiendo que entonces se trataba de un negocio familiar. Ilegal, pero negocio a final de cuentas. Eso explicaba los muebles caros, las casas en diferentes países y todo el dinero—. Pero él no sabe que yo me dedico a esto.
— ¿Eh?
— Digamos que cuando yo entré al negocio no sabía que él estaba involucrado en la… distribución —se mojó los labios y soltó un suspiro—. Comencé a adquirir mis clientes, que resultaron ser algunos que él tenía, peces gordos, digámoslo así, y lo traicionaron.
— Ya veo.
— Cuando me enteré que él era a quien mi jefe quería sacar del mercado no supe qué hacer —permaneció callado jugando con su taza vacía de café.
— ¿Qué pasó luego?
— Nadie, excepto mi hermano y ahora tú saben esto, bonita. Por nada del mundo debe salir a la luz que soy el hijo de Ishida.
— TK pero… no… no entiendo. ¿Por qué? —en ese momento vocearon nuestro vuelo y él pareció aliviado.
— Te contaré todo en cuanto lleguemos a Milán. Por ahora ya no comentemos nada del tema —lo miré no sabiendo si estaba molesta, impresionada, asustada, feliz o todas las anteriores. Pero tenía razón. No estábamos en el mejor lugar para tratar un tema como aquél.
Cuando entramos al elevador para dirigirnos al piso donde estaban las salas de abordar miré a TK mientras sentía una explosión en mi pecho y en mi mente se afianzaba la convicción de que no importaba lo que pasara, y a pesar de que no lo conocía y no sabía si estaba mintiéndome, yo quería estar con él. Quería compartir aquella aventura a su lado, pues el simple hecho de verlo, de sentirlo cerca de mí, de olerlo, hacía que mi pulso se acelerara y me dirigiera movida por adrenalina, algo que nadie más había provocado en mí antes. Entre el miedo y la emoción, dejaba que reinara el corazón.
Sonaba un mix de Zombie por The Cranberries y yo cerré los ojos dejándome llevar por la música. Estaba lo suficientemente ebria como para que no me importara si golpeaba a alguien o no al moverme. TK bailaba frente a mí aunque no sabía si el alcohol ya había causado estragos en él o no. Hacía un rato que llegamos a su departamento, igual de impresionante que la casa que tenía en Japón, y decidimos salir a pasear hasta terminar en éste club. Una chica que intentó pasar entre nosotros, llevando consigo dos vasos de cerveza, se tropezó o quizás alguien la empujó y terminó derramando todo el líquido de un vaso sobre mí.
— ¡Hey! —exclamó TK.
— Lo siento —murmuró ella mordiéndose el labio, esperando a que yo dijera algo.
— Ya, no pasa nada —la chica se alejó rápido de nosotros y miré mi blusa blanca empapada, y como si fuese lo más lógico del mundo me la quité.
— ¡Kari! —el rubio se acercó riendo y yo lo tomé del rostro para besarlo—. Es hora de volver a casa, bonita —asentí, no sintiéndome más de acuerdo con él, y se quitó la chamarra de piel que llevaba para ponérmela encima.
Tomamos un taxi, aunque su departamento no estaba muy lejos de ahí, en el centro de Milán. Miré las calles vacías, impresionantes, hermosas. Las luces de la ciudad que se reflejaban en los vidrios de los automóviles iluminando el espacio vacío entre objetos. Sin darme cuenta no había soltado la mano de TK desde que subimos al coche y él jugaba con mis dedos.
— Aquí está bien —le dijo al chofer quien se detuvo frente al precioso edificio que, si no hubiese entrado ya antes, podría jurar que era un hotel.
Su departamento estaba en el 12vo piso por lo que tomamos el elevador. A medio camino tuve un ataque de hipo y en dos ocasiones eructé el alcohol. Había bebido demasiado esa noche. Al llegar seguí al rubio a la cocina y me sirvió un vaso con agua. Él estaba callado y me pregunté si estaría molesto o sólo cansado. Enseguida fuimos a la sala y como por instinto me acerqué a una mesa donde había más fotografías de él con su familia.
— Cuando estábamos en el aeropuerto…
— ¿Ajá?
— Me dijiste que no debía saberse que eres el hijo de Ishida —sus ojos azules me miraban atentamente y sentí mis mejillas enrojecer—. ¿Por qué?
— Ven —me hizo sentarme a su lado en el sillón. Tomó mis manos y acarició mis nudillos sin levantar la vista. Percibía algo de alcohol en su aliento y noté que se hallaba nervioso—. Él está buscándome para matarme —abrí los ojos sorprendida de que lo dijera tan calmado—. Sabe que hay alguien que le está robando el negocio. Nuestra mercancía es… mejor —esbozó una media sonrisa y me acarició una mejilla.
— Pero es tu papá, TK. No podría hacerte daño…
— Es un negocio, Kari. Por eso prométeme que no dirás nada —lo miré a los ojos comprendiendo que más que una promesa, él me estaba pidiendo comprensión. Apoyo incondicional. Lo abracé sintiendo que era lo que necesitaba y él suspiró contra mi cuello.
— Tu secreto está a salvo conmigo —susurré en su oído.
días grises...
