VII
Por ahora no importaban los riesgos que implicaba estar al lado de TK pues el despertar con sus besos, recostada en su pecho, sintiendo su calor, hacía que el peligro valiera la pena. Totalmente. Y si algo siempre me había gustado era correr riesgos.
Mientras sus dedos recorrían lentamente mi brazo, los míos acariciaban su pecho, trazando líneas imaginarias sobre él. Me gustaba su olor corporal; por alguna razón me hacía sentir el mismo confort que un día de lluvia, recostada en el sillón frente a la chimenea y con una taza de té negro. Me gustaba de una manera inexplicable. Me causaba curiosidad el que hubiese tanta empatía entre nosotros. Había confianza sin conocimiento y eso era algo inusual en mí. Cuando me besaba se generaba una explosión desde mi estómago que lanzaba millares de descargas eléctricas por todo mi sistema nervioso y me hacía sentir en casa. Él y yo ya nos habíamos conocido en otra vida, de eso estaba bastante segura. Quizás desde el origen del universo nuestros átomos siempre estuvieron juntos y al ocurrir el Big Bang fuimos separándonos hasta encontrarnos nuevamente. Porque eso hace la vida: siempre vuelve a su estado de mínima energía a manera de que prevalezca cierto balance universal y por ende funcionalidad en el entorno. Y él y yo funcionábamos perfectamente estando juntos.
Se giró para abrazarme y escondí mi rostro en su pecho. Me besó la frente y levanté la cabeza para besarlo en los labios. Él sonrió y se movió hasta quedar sobre mí. No dejaba de mirarme y sonreír mientras acariciaba sus mejillas y enterraba mis dedos en su fino cabello rubio. Me gustaba sentir el peso de su cuerpo, la calidez del contacto piel con piel, sus brazos a mis costados apresándome a su pasión…
— Me gustas muchísimo, Kari —susurró cerca de mis labios.
— Tú también me gustas muchísimo, TK.
Ambos sonreíamos como idiotas, quizás aún ebrios, quizás aún drogados, o quizás…
Me besó. Me besó con ganas, sujetando mi rostro entre sus manos. Me besó sin darme tiempo de tomar aire para respirar. Me besó provocando que se acelerara mi pecho y me entraran unas terribles ganas de fusionarme a él. Sus labios fueron resbalando hasta parar a mi cuello. Su mano izquierda acarició uno de mis senos y ahogué un grito de placer. Bajé mis manos por su pecho pero él las sujetó alzándolas por encima de mi cabeza y volvió a besarme los labios.
Mis piernas acariciaban las suyas. Con el dedo pulgar de mis pies trazaba círculos en sus muslos que lo hacían gemir de tanto en tanto contra mi boca. Intenté deshacerme del lazo de sus manos pero su fuerza era mayor a la mía. Su cabello olía a shampoo de vainilla.
Su celular comenzó a timbrar desde la sala pero ni uno de los dos se movió. Por el contrario, TK fue bajando entre besos y mordidas por mi pecho hasta llegar a la entrepierna. Cerré los ojos dejándome llevar por su gesto y disfrutando de la obra que proyectaba su lengua y mi parte íntima. Entrelacé mis dedos en su cabello empujándolo un poco más hacia mí y sonreí al sentirlo cooperar con mis intenciones.
El punto clave. Tensión muscular. Una descarga. Y él insistió el proseguir para repetir la escena. Lo jalé haciéndolo subir para besarlo. Se unió a mí. Enterré mis uñas en su espalda al sentirlo inesperadamente delicioso. Comenzó a moverse despacio mientras yo besaba su cuello y lo hacía gemir. Sus manos se aferraban a mi cintura y se inclinó para besarme. Yo acaricié su rostro, su cuello, su pecho… hasta que el aire comenzó a faltarme y los gemidos se intensificaban.
Nos miramos. Nuestros cuerpos temblando. Aún unidos. Y sonreímos.
Esa fue nuestra primera mañana en Milán…
Desperté cerca de las 3:00pm. TK no estaba en la cama. Por la ventana se colaba el sol pegándome en el rostro y me levanté estirando los brazos. Me puse mis panties y una camiseta de él que estaba en el piso y fui a la sala en donde me hallé una nota en la mesa al centro de los sillones que decía:
"Ponte guapa, bonita. En el closet hay ropa de mi prima.
Vengo por ti a las 4:00pm para ir a comer.
TK."
Naturalmente sonreí al leer la nota y volví al cuarto. Dado que habíamos viajado sin equipaje no llevaba nada conmigo más que el pasaporte. Fui y abrí las puertas del armario que para mi sorpresa estaba ordenado por colores. Tomé una camiseta blanca que seguramente era del rubio, unos jeans desgastados de mujer y ropa interior limpia. Victoria's secret, para ser específica. Anoté mentalmente que más tarde le preguntaría qué hacía la ropa de su prima ahí.
Me di un delicioso baño con agua caliente, aprovechando que tenía tiempo de sobra para cuando él llegara. Mientras buscaba un cepillo para desenredar mi cabello mi celular timbró retumbando sobre el buró y haciéndome sobresaltar.
— ¿Hola?
— Kari, ¿quieres decirme dónde demonios estás?
— Ah, hola Yolei… —me levanté y comencé a caminar alrededor de la habitación buscando una excusa creíble—. Emmm… yo… estoy… volveré pronto.
— ¿Qué? No fue eso lo que te pregunté, Yagami…
— Estoy en Italia.
— ¿Italia? ¿Qué diablos haces allá? ¿Dónde…?
— Tranquila. Te explicaré todo en cuanto vuelva, pero te pido que no le digas a nadie que estoy acá, Yo.
— Kari, no me asustes. ¿Por qué tanto misterio?
— Es… largo de explicar —se me escapó un profundo suspiro y caminé hacia la cocina en donde vi una canasta con manzanas junto al lavabo. Tomé una y le di una mordida. Estaban frescas y dulces.
— Está bien, pequeña. Ten mucho cuidado.
— Gracias, amiga.
Tras cortar la llamada terminé de arreglarme. TK llegó antes. Llevaba unos jeans oscuros, playera blanca y chamarra de piel. Parecía que nos habíamos coordinado al vestir.
— Hola, preciosa —se acercó y me dio un beso en los labios. Sabía a café—. ¿Tienes hambre? —asentí simplemente y me paré de puntitas para besarlo de nuevo—. Vamos a comer y luego te llevo a que conozcas la ciudad.
— Me encanta la idea.
Fuimos a una pizzería tradicional de la ciudad. Pedí una pizza de cuatro quesos y una Coca-Cola para acompañar. TK ordenó una pizza de carne y nos sentamos en una mesa al aire libre. Aquella era la típica experiencia italiana que había visto en un sinfín de películas. Mientras saboreaba los deliciosos alimentos admiré la arquitectura de la ciudad que embellecía aquél rincón de Milán: los edificios altos parecían labrados a mano, las calles muy cuidadas y limpias. Las personas que parecían sacadas de una película de Hollywood, de diferentes escenarios y épocas, con cabello de colores y cortes exóticos.
Seguía sin poder creer que me encontrara en Italia. Desde hacía tiempo había sido un anhelo que brotaba cada día por conocer tan preciada ciudad y ahora, como por obra divina, estaba pisándola… ¿y la mejor parte? Acompañada de TK.
Por un momento mi mente divagó semanas atrás al tiempo en que el rubio y yo nos conocimos. En más de una ocasión me había salvado la existencia de terribles acontecimientos. Exagerando, claro. Primero Davis, después las interminables fiestas, las sustancias ilegales gratuitas, todas las noches que dormimos juntos… me detuve a mirarlo recordando las palabras de Mimí «… estás enamorada, pequeña…». ¿Enamorada? ¿Sería posible enamorarse de alguien tan pronto y sin conocerlo? ¿Por qué, entonces, mi pecho brincaba de alegría al saber que lo vería o al escuchar su nombre? ¿Por qué había elegido confiar en él? Entregarme a una aventura con él…
— ¿En qué piensas? —preguntó él haciéndome salir de mi ensimismamiento. Le di un trago al refresco y me aclaré la garganta.
— ¿Por qué estaba la ropa de tu prima en el departamento?
— Ah, eso —se limpió las manos con la servilleta y se inclinó en la silla. Ya habíamos terminado de comer—. Mi prima vive en Bruselas y le gusta venir seguido a Italia. Le di una llave del departamento para que lo usara cuando quisiera y no tuviera que estar pagando hotel.
— Ahh… ¿ella sabe… a lo que te dedicas? —dije esto último bajando el tono de voz y sus ojos azules permanecieron fijos en mí. Negó ligeramente con la cabeza.
— Nadie en mi familia lo sabe, Kari. Excepto Matt —asentí simplemente—. Ven, vamos a caminar.
Tras pagar la cuenta fuimos sin un rumbo fijo por las calles. O al menos no estaba segura de si él me llevaba a un lugar en específico. Andábamos en silencio escuchando la naturaleza y el tráfico andar. Tras un par de cuadras finalmente entramos a un parque enorme.
— Me gustaba consumir drogas cuando era adolescente. Marihuana, más que nada. Conforme fui creciendo me ofrecieron ser distribuidor y acepté con tal de tener mercancía gratis.
— Ajá…
— Mi jefe… el proveedor, consiguió mercancía de América del sur. Yo vivía en Alemania en ese tiempo, con mis papás. Llegaron clientes de dinero. Empresarios, Inversionistas… me dijeron que su proveedor estaba bajando de calidad y fuimos ganando mucho. No fue sino hasta una noche en que había viajado a París para entregar mercancía que vi a mi papá en un bar. Creí que se había ido a Australia pues fue lo que nos dijo —TK hizo una pausa y me mantuve mirándolo, esperando a que continuara. Estaba demasiado metida en la historia que la curiosidad me mataba—. Ahí me enteré que él era la competencia a la que le robamos los clientes, y quien estaba buscándonos, a mí específicamente, para… bueno, ya sabes —analicé lo que acababa de contarme buscando las palabras adecuadas para decir. Era difícil expresar mi opinión en una situación como esas.
— ¿Tú crees que lo haga? —él se encogió de hombros.
— Como te digo, esto es la guerra, y en la guerra todo ataque es válido. Cuando él y mamá decidieron quedarse a vivir en Alemania yo opté por irme a Japón a estudiar y poder seguir vendiendo. Al menos hasta donde sé estamos lejos de su zona y sus hombres no nos han localizado.
— ¿Tienes miedo?
— ¿Miedo? No, no realmente. Aunque…
— ¿Qué? —nos detuvimos en una esquina y él me miró fijamente a los ojos.
— He intentado salirme del negocio pero no es sencillo. Una vez que estás dentro la gente te sigue.
— ¿La gente? —TK se acercó y me besó, tomándome fuertemente de la cintura. Sonreí contra sus labios y enredé mis manos en su cabello para profundizar el beso.
— Vamos por una cerveza.
what do you mean?
