Capítulo 17
—¿A qué viene ese cejo fruncido? —preguntó Ed, sirviéndose un vaso de limonada de la que llevaban al estudio para el conde y el señor Quil cada mañana.
—Una carta de Hazlit. —McCarty se la entregó a su hermano. Quil se había marchado ya—. Fue al norte para ver si encontraba a Biers y resulta que éste no estaba más que a un día de distancia de la ciudad, supuestamente esperando a que su caballo se recuperase. Luego regresó a ella y se puso en contacto con King en The Happy Pig.
—Así que ya tenemos a los compinches reunidos —comentó Ed, leyendo la nota por encima—. Me pregunto para qué demonios emprendió el viaje al norte, para empezar.
—Vete tú a saber —dijo el conde, bebiendo un sorbo—. No me parece que sea muy astuto ninguno de los dos.
—Puede que no sean astutos —concedió Ed—, pero sí son despiadados. Incendiaron una propiedad privada por motivos que aún desconocemos. Estamos hablando de un delito penado con la horca, McCarty, y hasta el momento se han salido con la suya.
—Los cargos están pendientes, y sospecho que si cazamos a uno, el otro terminará también implicado.
Ed se sentó en el brazo del sofá.
—King aún no ha implicado a Biers.
—Es posible que se olviden los cargos por incendio intencionado —dijo él—, pero servirán como base en caso de otras acusaciones.
—O como capricho —sugirió Ed.
—Puede —opinó McCarty, fijándose en que su hermano le llevaba la contraria, lo que no era propio de él—. ¿Cómo está la señorita Kate?
—Progresando —respondió, taciturno—. Se está abriendo como una flor. Nuestras hermanas y los duques la aprecian mucho...
—¿Y los lacayos? —sugirió él.
—El mayordomo, los mozos, los jardineros —continuó el joven, asintiendo—. Hechiza a todo el que esté cerca.
—Podría ser peor. —Se levantó y se dirigió a la ventana, desde la que veía a Rosalie cogiendo flores para sus centros y ramos—. Podrías haberle pedido matrimonio una media docena de veces y que te hubiera rechazado todas ellas. La tercera o la cuarta vez desanima bastante. Después, uno se acostumbra. O lo intenta.
—Dios santo —exclamó Ed, enarcando mucho las cejas—. No me había dado cuenta de que fuera para tanto. ¿Qué demonios le pasa a esa mujer?
—Nada. Simplemente, cree que no encajamos, así que la dejo relativamente en paz.
—Pero subes a arroparla todas las noches.
—Sí —afirmó, mirando fijamente el jardín—. Me aprecia, permite que lo haga. Está muy sola, Ed, intento no tomarme libertades que sé que me serían concedidas. Comprendo que cuando una mujer no intenta besarme siquiera, es que he perdido gran parte de mi encanto ante sus ojos.
—¿Y le has hablado de esto?
—Sí —respondió con una tenue sonrisa—. Me plantó cara y me preguntó cómo íbamos a comportarnos a partir de ahora. Ella quiere consuelo, pero nada más. Yo puedo dárselo.
Consuelo, abrazos y mimos.
—Eres mejor que yo —concluyó su hermano, sonriéndole con compasión.
—No soy mejor —repuso él, negando con la cabeza—. Es sólo... ¿Qué demonios está ocurriendo ahí fuera?
Un par de matones de aspecto corpulento habían saltado la tapia del jardín y habían cubierto la cabeza a Rosalie con un saco. Ella seguía retorciéndose con denuedo cuando McCarty, sus dos hermanos y dos lacayos llegaron al lugar y la liberaron de sus atacantes.
—No, me parece que no —soltó St. Just con un gruñido feroz, empotrando contra la pared al más corpulento de los dos hombres—. Te vas a quedar aquí quietecito a esperar la justicia del rey. Y tú también. —Dirigió a los dos intrusos una mirada letal mientras los apuntaba con una pistola.
El barón King entró en ese momento por la puerta de la verja.
—Yo digo que no. McCarty, aparta a tus hombres.
—King —dijo él con una mueca de asco—. Esto es allanamiento. Sal de aquí a menos que quieras que venga a por ti el alguacil ahora, en vez de esperar a que estos ilustres personajes te impliquen en un intento de secuestro.
—Yo no estoy intentando secuestrar a nadie —resopló el hombre—. Querías la prueba de que esta dama es mi prometida, pues aquí la tienes. —Esgrimió ante el conde un documento con un sello, pero éste se limitó a levantar una ceja. Como si eso fuera la señal que esperaba para actuar, Ed dio un paso al frente, cogió el documento y se lo entregó a un lacayo.
—Llévaselo a su excelencia —ordenó McCarty—. Dile que quiero que revisen la validez de este documento. Y dile que es urgente.
—Vaya, vaya —exclamó el conde de Biers, entrando en el jardín tranquilamente. Rosalie se puso tensa—. No habrá necesidad. Rosalie, ven conmigo. Dile a este hombre que soy tu hermano y el tutor nombrado por nuestro abuelo para velar por ti y tu hermana. La abuela os ha echado de menos.
—Tú no eres ni has sido nunca mi tutor —le espetó ella—. Ya era mayor de edad cuando murió el abuelo, y aunque tengas el control de mi dinero, jamás tendrás control sobre mí.
—Parece que la dama no quiere irse contigo —comentó McCarty—. Así que ya puedes largarte.
—Vamos, milord —replicó Biers, negando con la cabeza—. No hay necesidad de ponerse desagradables. Yo también he traído pruebas de que lo que afirmo es cierto. Puede que Rosalie quiera leer la disposición fijada por nuestro abuelo. —Con la mano izquierda, mostró un segundo documento, pero McCarty se fijó en que tenía la otra mano escondida entre los pliegues de la levita.
—¡Rosalie, no!
Pero ya era demasiado tarde. Cuando ella alargó el brazo para coger el documento, su hermano la agarró y la estrechó contra sí, al tiempo que le apuntaba a la sien con una pistola.
—¡Basta! —gritó Biers, apretándola contra sí. El papel estaba en el suelo—. King, ven aquí. Ya tenemos a tu prometida. Es hora de irnos. McCarty, puedes llamar al magistrado si quieres, pero para cuando llegue, ya estaremos lejos, y entonces será tu palabra contra la nuestra. No creo que consigas demasiado, sobre todo porque una mujer no puede testificar contra su esposo. —Retrocedió un paso y luego otro, con Rosalie apretada contra el pecho.
Entonces se oyó un disparo y a continuación otro. Rosalie cayó hacia atrás contra su hermano, pero sintió que McCarty la tomaba entre sus brazos.
—Me han dado —se lamentó Biers, llevándose la mano a un costado. Su arma cayó al suelo, junto al documento—. ¡Bastardo! —le gritó a St. Just—. ¡Me has disparado!
—Sí —contestó Jas acercándosele, pistola en mano—. Y como te puedo asegurar que soy un bastardo en todos los sentidos de la palabra, te sugiero que no me des más motivos para descerrajarte una segunda bala y cerrarte la boca para siempre. Defensa de un ser querido, ya sabes. Cualquier tribunal del país acepta que se utilice la fuerza en ese caso.
—Ed... —dijo McCarty con tono urgente—. Ve a buscar a Garner o a Hamilton. Tráeme a un maldito médico. Rosalie está sangrando.
—Sí, ve —intervino Jas, asintiendo en dirección a Ed—. John y yo nos ocuparemos de estos dos hasta que llegue el alguacil.
Rosalie casi no se tenía en pie, pero McCarty la sujetaba por la cintura y luego terminó cogiéndola en brazos. Entró en la casa con ella, llamando a gritos a nana Fran.
El dolor del hombro se le iba extendiendo a Rosalie por todo el cuerpo, un dolor en forma de líquido viscoso y caliente que apenas reconoció como sangre, su propia sangre.
—Duele —consiguió decir—. Mucho.
—Lo sé —convino él en voz baja pero apremiante—. Sé que duele, cariño, pero te vamos a curar en seguida. Aguanta un poco.
La había llamado cariño, pensó. Ahora la llamaba cariño y eso también dolía.
—Estoy bien —le aseguró, aunque cada vez le dolía más—. No...
—¿No qué? —preguntó él, tendiéndola en el sofá de la biblioteca sentándose junto a ella. De inmediato llegó nana Fran.
—No te vayas —le rogó Rosalie, parpadeando varias veces, tratando de aguantar el envite del dolor—. Matasanos.
—No te preocupes, no te dejaré con los matasanos —la tranquilizó McCarty, casi sonriendo, al tiempo que cogía las tijeras que le entregaba nana Fran—. No te muevas. Vamos a echarle un vistazo a la herida.
—Háblame —dijo ella, tragando saliva. A pesar de su cuidado, los tirones que daba para cortarle la tela del vestido hacían que le doliera más.
—¿De qué quieres que te hable? —le preguntó, con voz no demasiado firme.
Rosalie notó cómo la sangre le brotaba del hombro cuando él le separó el tejido de la herida.
—De cualquier cosa —contestó—. No quiero desmayarme.
No obstante, los ojos se le cerraron y oyó que McCarty lanzaba una imprecación.
—Paños limpios —le ordenó a nana Fran, que le entregó un trozo de lino doblado—. Rosalie, voy a presionar directamente sobre la herida. Te va a doler.
Ella asintió. Estaba pálida y tenía los ojos cerrados. McCarty dobló el paño y apretó suavemente al principio, pero después ejerció más presión. Ella hizo una mueca de dolor, pero no dijo nada, de modo que siguió presionando hasta que el paño se empapó y entonces colocó un segundo paño sobre ése.
—¿Tenemos ácido fénico y albahaca? —preguntó el conde.
—Sí —respondió la mujer—. Y también muchos litros de brandy. —Guardó silencio un momento y entonces volvió a mirar por encima del hombro de McCarty—. Ahora parece que no sangra tanto —comentó, con reticente aprobación—. Será mejor echar un vistazo.
—Aún no —repuso él—, no hasta que deje de sangrar del todo. Ya habrá tiempo de limpiarle la herida después.
Cuando llegó el médico —el doctor Garner—, Rosalie ya no sangraba y le habían limpiado suavemente la herida, aunque no le habían puesto ningún tipo de vendaje.
—Un trabajo excelente —sentenció el médico—. La bala le ha pasado rozando justo por encima del hombro, aunque le ha hecho una buena herida. Unos centímetros a un lado o a otro y le habría alcanzado en el cuello o en el pulmón. Parece que han limpiado concienzudamente los restos de pólvora. Es usted una chica con suerte, señorita James, pero va a tener que guardar reposo unos días.
Le cubrió la herida con un vendaje y le recetó descanso y carne roja para compensar la pérdida de sangre. Le dijo que guardara reposo y tomara un poco de láudano si no podía aguantar el dolor. Después, se llevó al conde a un lado y le advirtió muy seriamente del riesgo de infección. Su actitud se suavizó bastante cuando McCarty le describió los cuidados que le habían proporcionado nada más producirse el disparo.
—Bien hecho —aprobó el médico—. Fairly va a estar muy orgulloso, pero la paciente no está aún fuera de peligro. Necesita reposo y tranquilidad, y no sólo por la herida. Las lesiones recibidas en circunstancias violentas afectan al espíritu, y hasta los más valientes necesitan tiempo para recuperarse.
—¿Y si estuviera embarazada? —preguntó él con un hilo de voz.
—Es difícil asegurarlo —contestó el médico, soltando el aliento muy despacio—. Es joven y parece bastante fuerte. No está de mucho tiempo y se me antoja que es una mujer sensata. Si tuviera que hacer una predicción, yo diría que el bebé no se ha visto afectado, pero la procreación está más allá de nuestras manos, milord. Lo único que podemos hacer es esperar y rezar.
—Se lo agradezco —dijo McCarty, acompañándolo hasta la puerta—. Y también por su paciencia con mi padre. Sé que no ha sido un enfermo fácil.
—Los lores de cierta edad casi nunca lo son —contestó el hombre con una sonrisa—. Están demasiado acostumbrados a salirse con la suya y les preocupa demasiado su dignidad.
—Intentaré recordarlo si llego a convertirme en un lord de cierta edad —comentó, devolviéndole la sonrisa.
Cuando el médico se fue, las autoridades se llevaron a King y Biers bajo custodia y los ánimos generales en la residencia empezaron a calmarse. Comenzaba a caer la noche, y McCarty fue a la pequeña habitación de Rosalie.
—Yo me quedaré con ella, nana —anunció, ayudando a la anciana a levantarse—. Ve a tomarte un té y algo de aire fresco.
—No me vendrá mal —comentó ella—. Una taza de té es lo mejor para asentar los nervios.
Él miró a Rosalie con el cejo fruncido. Estaba reclinada sobre un montón de almohadas.
—No me gusta que te hayan herido.
—A mí tampoco me ha hecho gracia lo sucedido —repuso ella—. A propósito, ¿qué ha pasado exactamente?
—Tu hermano ha intentado secuestrarte —respondió, sentándose en el sitio que había dejado libre nana—. St. Just lo ha detenido de un disparo, pero el arma que él empuñaba se ha disparado también.
—¿Me estás diciendo que me ha disparado mi propio hermano?
—Sí, aunque no sabría decir si ha sido intencionado.
—¿Cómo está? —inquirió Rosalie, bajando la vista.
—Tiene un tiro en el estómago —contestó con suavidad—. Le hemos pedido al doctor Hamilton que vaya a verlo pero su pronóstico es reservado en el mejor de los casos.
—¿Está herido y en la cárcel? —preguntó con voz entrecortada.
—Disfrutando de la hospitalidad de la Corona en una casita que tiene St. Just, acompañado por personal médico profesional además de guardias armados. Es un par del reino, y será tratado como tal.
Que era más de lo que merecía.
—Rosalie —continuó él, recorriéndole suavemente con el dedo la línea del cabello—. Deja que me ocupe de esto.
Ella lo miró a los ojos y frunció el cejo, pero McCarty no había terminado.
—Deja que resuelva tus problemas. Me ocuparé de tu hermano y de todo lo que haya que hacer con él. Si quieres, avisaré a tu abuela y haré que vayan a buscarla para traerla a Londres. Podemos emplear el coche del duque y hacer todas las paradas necesarias. Te lo prometo.
—Hazlo, por favor —dijo ella, secándose los ojos con la mano izquierda—. Gracias.
—Rosalie. —Se sentó en la cama, a su lado, y la abrazó, al tiempo que ahuecaba la mano contra su mejilla con ternura—. Llorar no es malo, cariño.
Ella sacó el brazo izquierdo y le rodeó el cuello con él, para atraerlo hacia sí, apretó el rostro contra su cuello tibio y rompió a llorar. Como no podía moverse, las lágrimas le empaparon el cabello y mojaron la mejilla de él. McCarty la abrazó y le acarició las mejillas húmedas con los pulgares, pero dejó que llorara hasta que verla así le partió el alma.
Se incorporó lo justo para mirarla a los ojos y le aconsejó:
—Tienes que dejar que me ocupe de todo. Lo único que quiero es verte recuperada cuanto antes.
—Por el momento podrías darme un pañuelo.
—Aquí tienes —dijo, secándole las mejillas él mismo antes de dárselo—. Y estoy dispuesto a leerte a Julio César, darte una buena paliza al cribbage, discutir sobre decoración de interiores y acelerar tu curación como mejor te parezca.
—Me vas a dar un poco de mi propia medicina —respondió ella, abatida.
—¿Tal vez prefieres que te dé algo para comer? ¿Una tostada con mantequilla y mermelada o un cuenco de sopa?
—Tostada con mantequilla y té helado.
—Será un placer. —Se levantó y salió.
Rosalie notó su ausencia de forma dolorosa. Nana Fran era una buena persona, pero mascullaba y se quejaba todo el rato, y no se preocupaba especialmente porque el paciente estuviera cómodo. Al poco rato, McCarty regresó con una bandeja en la que había té helado, una tostada con mantequilla, un trocito de mazapán y una margarita en un búcaro.
—Me has traído una flor —observó ella con una sonrisa; la primera de verdad que había esbozado realmente en mucho tiempo.
—Me lo ha enseñado una experta —comentó él con otra sonrisa. La acompañó mientras comía y después jugó con ella una partida de cribbage. Cuando cayó la noche, le pidió a Ed que le tocara alguna nana lenta y sedante que la ayudara a dormir. Cuando Rosalie se despertó, en mitad de la noche, McCarty la acercó hasta el orinal y después la llevó de vuelta a la cama. Le sujetó la mano hasta que se quedó dormida. Nana Fran lo echó de la habitación al llegar el nuevo día, pero él estaba de vuelta a media tarde.
Cuando el doctor Garner apareció para ver cómo estaba la herida, el conde permaneció en la habitación, aprendiendo a cambiar el vendaje y a identificar los signos de que empezaba a curar. Pasó los siguientes tres días junto a ella, hasta que Rosalie afirmó que se encontraba lo bastante bien como para salir a sentarse en el jardín y moverse un poco sola.
Al quinto día, la duquesa fue a visitarla junto con Kate. Mientras las dos hermanas charlaban locuazmente en el jardín trasero, la mujer se llevó a su hijo a un lado para hablarle de ciertas verdades incómodas.
Rosalie era la nieta reconocida de un conde y el peligro de infección disminuía con cada día que pasaba.
Kate echaba de menos a su hermana.
Rosalie había rechazado todas sus proposiciones de matrimonio.
La casa del conde se había convertido en un club de solteros en el que vivían él y sus dos hermanos.
Su madre dijo que algo había que hacer, y a McCarty le quedó bastante claro lo que era ese algo.
—Dame un par de días —le pidió—. Todavía le duele un poco. Incluso un pequeño trayecto en coche le resultará incómodo.
—Eso puedo entenderlo —dijo la duquesa—, y también que es necesario que viva en otra parte, pero ¿qué piensa hacer después, McCarty?
—Hemos hablado de ello y seguiremos haciéndolo. Prepara las cosas para recibirla pasado mañana, a la hora del té.
—Kate se va a poner muy contenta —pronosticó la mujer, levantándose—. Haces lo correcto.
Él asintió, consciente de que su madre estaba en lo cierto. Era hora de que Rosalie siguiera con su vida y de dejar de atesorar recuerdos de ella para su propio disfrute.
Su convalecencia había sido agradable. Habían pasado muchas horas juntos, hablando casi todo el tiempo, a veces leyendo. McCarty despachaba la correspondencia mientras Rosalie dormía en la cama o a la sombra, en el jardín. Hablaron sobre Rosecroft, la propiedad de su abuelo en Yorkshire, y del efecto que tendría el hecho de que su hermano no tuviera herederos. Hablaron también de lo bonito que era Moreland. La puso al corriente de que se estaba llevando a cabo la reconstrucción de los establos en Willow Bend y le llevó las cartas que le habían enviado la marquesa de Heathgate y Gwen Allen deseándole una pronta recuperación.
Le prestó su pañuelo y su recio hombro cuando las amables cartas la hicieron llorar y le llevó ramos de flores para levantarle el ánimo, pero no hablaron de lo que realmente importaba.
—¿Ya te ha dicho mi madre lo que tienes que hacer? —le preguntó McCarty.
A Rosalie le pareció que estaba muy guapo, con chaleco y la camisa remangada, cuando llegó a la terraza donde ella estaba tomando el sol.
—Se ha pasado el rato cloqueando, quejándose y machacando sobre el mismo tema —contestó—. Tengo que recuperarme rápidamente y sin incidentes por decreto ducal.
—Tu abuela llegará a finales de la semana que viene, si todo va bien. —Se sentó en el borde de la tumbona en la que estaba Rosalie y la observó detenidamente—. Ya no se te ve tan débil.
—No me siento débil —le aseguró—. Hacía más de dos años que no tomaba el sol. Es malo para el cutis femenino, pero en el norte adoramos el sol.
—¿Regresarás a tu casa?
Rosalie jugueteó con el puño de la manga.
—No quiero. Deseo recordar Rosecroft como era cuando vivía mi abuelo, no ver el estado de negligencia y ruina en que lo ha dejado mi hermano.
—No me has preguntado por él —señaló McCarty, cogiéndola de la mano.
—Supongo que estará fingiendo estar enfermo.
—No está muy bien. Era de esperar.
—¿Y King?
—En libertad bajo fianza, pero no parece que le importe mucho aguardar juicio en The Happy Pig. He presentado cargos por allanamiento, porque me ha apetecido hacerlo, y de asociación delictiva contra ti y agresión en tu nombre.
—¿Prosperará alguno de esos cargos?
Él sonrió de oreja a oreja, enseñando una hilera de regulares dientes blancos.
—Es curioso lo del allanamiento, porque a la vez es un delito y un lío.
—¿Lío?
—Un agravio civil ante el cual la ley estipula que el demandante ha de ser indemnizado —recitó McCarty—. Calumnias o libelos son ejemplos de agravio civil.
—¿Me estás diciendo que puedo demandarlo personalmente en vez de limitarme a presentar cargos contra él?
—Ya lo has hecho —la informó—. Siguiendo el consejo del duque, claro.
—¿Por qué iba a yo a hacer tal cosa cuando las demandas judiciales tardan un siglo en resolverse y lo único que deseo es olvidarme de ese hombre para siempre?
—Normalmente, los asuntos civiles se acostumbran a resolver con una compensación económica, Rosalie, y aunque tú creas que tienes capital suficiente, tal vez Kate o tu abuela no piensen lo mismo.
—Entiendo. —Frunció los labios—. Confío en tu buen juicio. Procede como creas más oportuno.
—Eso haré —afirmó él, cogiéndole la mano entre las suyas—. Tenemos que hablar de otra cosa, Rosalie.
—¿Ah, sí? —dijo ella, viendo cómo se entrelazaban los dedos del uno con los del otro.
—Tu abuela se escandalizaría si se enterase de que vives con tres hombres solteros, y mi madre me ha recordado que Kate está preocupada por ti.
—Kate acaba de venir a visitarme y no creo que a mi abuela le escandalice saber que estoy sana y salva.
—Rosalie... —Le sostuvo la mirada—. Lo he arreglado todo para que te mudes a la mansión de los duques pasado mañana. Terminarás tu convalecencia bajo los cuidados de mi madre.
—McCarty... —Él se levantó bruscamente y ella lo imitó, aunque más despacio—. Emmett, ¿es eso lo que quieres?
Él levantó la vista al oírla llamarlo por su nombre de pila y una sonrisa triste transformó su expresión ceñuda.
—Es lo que debe ser —le contestó, con las manos en los bolsillos. No intentó tocarla—. Eres una dama de noble cuna y yo un hombre soltero con buena reputación. Si se llega a saber que estás bajo mi techo sin carabina, te expondrías a un futuro desolador.
¿Más desolador que cuando King y su propio hermano la habían estado persiguiendo por toda Inglaterra?, quiso gritar ella.
—Te voy a echar de menos —confesó, dándole la espalda para ocultar las lágrimas. Santo Dios, desde que se relacionaba con el conde, no hacía más que llorar.
—¿Cómo dices? —preguntó él acercándosele, tanto que Rosalie captó su aroma.
—Que te voy a echar de menos —repitió, volviéndose y pegándose a él. Le rodeó la cintura con los brazos y permaneció así, mientras McCarty la abrazaba con dulzura—. Te echaré mucho, mucho, mucho de menos.
—Oh, cariño —dijo él acariciándole la nuca—. No debes llorar por eso. Sobrevivirás, igual que yo, y es lo mejor.
Ella asintió, pero no hizo ademán de apartarse, y McCarty la abrazó con fuerza, tratando de no hacerle daño en el hombro herido.
En la biblioteca, Ed levantó la vista del cajón que estaba registrando en busca de un cortaplumas y miró a Jas con el cejo fruncido.
—¿Estás espiando? —le preguntó, colocándose junto a él delante de la ventana.
—Disfrutando de mi asiento de primera fila —respondió Jas, frunciendo el cejo él también—. No entiendo a nuestro hermano, Edward. Ama a esa mujer y daría su vida por ella, pero la está dejando escapar, y ella le está permitiendo que lo haga.
—Quizá es un avance lateral —opinó Ed, observando cómo Rosalie lloraba a lágrima viva en el hombro de McCarty. Ambos estaban de perfil, de modo que cuando su hermano bajó la cabeza para besarla en la sien, quedó a la vista la expresión de su rostro.
—Vamos —dijo el joven, tirando a Jas de la manga. Éste se apartó de la ventana—. No deberíamos haber visto eso.
—Pero lo hemos visto —repuso Jas—. ¿Y ahora qué vamos a hacer al respecto?
—No entrometernos —contestó Ed—. No somos nuestro padre, Jasper. Yo confío en que McCarty dejará que Rosalie recupere un poco el aliento y después la cortejará como es debido.
—Pero ¿por qué esperar? —insistió su hermanastro—. Se quieren. Y yo tengo una ligera sospecha de por qué Rosalie llora con tanta facilidad últimamente. Soy bastante mayor que tú y recuerdo cuando la duquesa se recluía en su habitación.
—Es evidente que se quieren —opinó el joven—, pero ella se merece un cortejo propio de la dama de noble cuna que es, no el de una ama de llaves en fuga para huir de las corruptelas de su hermano. Y no me gusta hablar de reclusión, sobre todo cuando el duque tiene oídos en todas partes.
—El honor de McCarty ha vencido a su sentido común —arguyó Jasper—. Rosalie no quiere que la corteje más adelante, quiere que lo haga ahora.
—Pero entonces, ¿por qué se empeña en rechazarlo? —preguntó Ed con toda la razón—. Diría que nuestro hermano ha hecho el ridículo en su intento de cortejarla, de no ser porque estoy convencido de que está haciendo lo correcto.
—No lo sé. —Jas se frotó la barbilla y miró por la ventana—. Este asunto no tiene sentido y, por extraño que pueda sonar, me dan ganas de oír las sugerencias de su excelencia al respecto.
—Estoy de acuerdo —convino Ed con un suspiro, cerrando el cajón del escritorio de golpe—. Lo que pone de manifiesto que el comportamiento de McCarty no tiene sentido.
En los dos días escasos que les quedaban, el conde y Rosalie no se dejaron ni a sol ni a sombra. Se sentaban juntos en el jardín, en el sofá de la biblioteca o a la mesa del desayuno. Cuando Jas y Ed se reunían con ellos para comer o cenar, fingían algo más de decoro, pero sus ojos decían lo que no podían expresar con sus cuerpos. Rosalie volvió a dormir en el piso de arriba y él pasaba el final de cada día con ella.
—Les he pedido a Ed y a Jas que te acompañen mañana a la mansión —le anunció, mientras le cepillaba el cabello.
—Entiendo. Tú tienes cosas que hacer.
—Voy a tener que hacer cosas, sí. Creo que disfrutarás mucho de la hospitalidad de mi madre, y mis hermanas te van a adorar.
—Kate las adora a ellas —contestó, con sonrisa forzada—. Les habrá venido bien la compañía después de tanto luto y Kate también estaba sola.
—Y tú, Rosalie. ¿Te sentirás sola? —le preguntó él, dejando quieta la mano.
Ella le buscó los ojos a través del espejo del tocador y McCarty vio el deseo en ellos. El mismo deseo que ardía en los suyos.
—Yo me siento sola ahora. —Se levantó y se dio la vuelta—. Desesperadamente sola porque no te tengo. —Lo besó en los labios, el primer beso que se daban en semanas, y aunque él la abrazó brevemente, fue el primero en retirarse.
—Rosalie, lo vamos a lamentar.
—Lo lamentaré si no lo hacemos —replicó ella con expresión indescifrable—. Comprendo la necesidad de que me vaya mañana, y en cierta manera será un alivio, pero...
—¿Pero? —la instó él, manteniendo una expresión neutra, aunque tenía la respiración acelerada después de un mero roce de labios. Se preguntaba qué quería decir con que sería un alivio.
—Pero nos queda esta noche para darnos placer mutuamente una última vez —expuso ella con tristeza—. ¿Qué más da lo que hagamos?
Él llevaba días haciéndose la misma pregunta, y respondiéndose con algo relacionado con el honor, el respeto e incluso el amor, pero ninguna de esas respuestas explicaba realmente el dolor que veía en los ojos de Rosalie.
—No quiero aprovecharme de ti —planteó—. Otra vez no.
—Entonces, deja que yo me aproveche de ti —le suplicó ella con un hilo de voz—. Por favor, McCarty. No te lo volveré a pedir.
Lo deseaba, se dijo él. En eso habían sido sinceros, y Rosalie lo estaba persuadiendo para que diera rienda suelta a lo que más deseaba. Que fuera lo que más deseaba no significaba que tuviera que rechazarla, no significaba que tuviera que asumir con ducal arrogancia que él sabía mejor que nadie lo que ella necesitaba.
—Vamos —dijo, conduciéndola de la mano hasta la cama. La desnudó despacio, mostrando especial cuidado en evitar que tuviera que mover el brazo y el hombro derechos. Cuando la tuvo sobre el lecho, de espaldas, se desnudó también él y cerró la puerta con llave.
—Tendremos cuidado —comentó él, colocándose encima y rozándole el vientre con su erección—. Estás herida y no puedo olvidarlo.
—Tendremos cuidado —convino ella. Le ahuecó la palma de la mano contra la mejilla, deslizándosela a continuación por la nuca para tirar de él—. Tendremos mucho cuidado.
Él se mantuvo sobre ella, aguantando su peso con los antebrazos mientras la besaba en la boca, al tiempo que se iba dejando caer suavemente contra su cuerpo.
—McCarty —dijo Rosalie, elevando las caderas hacia él—. Por favor, esta vez no quiero ir despacio.
—Despacio no, con cuidado.
—Con cuidado tampoco, por el amor de Dios.
Él entrelazó los dedos con los suyos encima de la almohada y se incorporó lo justo para mirarla a la cara.
—Con cuidado —reiteró él—. Deliberadamente —dijo, introduciéndose en ella para salir a continuación—. Mesuradamente. —Otra embestida—. Con firmeza. —Otra—. Pero con intensidad —le susurró—. Profundamente... con fuerza...
—Oh, Dios mío, Emmett... —Su cuerpo se convulsionó alrededor de su miembro, aferrándose a él con la intensidad, la fuerza y la profundidad que McCarty le había prometido. Ocultó el rostro contra su hombro para amortiguar los gemidos de placer, pero él seguía embistiendo, cuidadoso pero insistente.
—Estoy deshecha —afirmó, retirándole el pelo de la frente—. Estoy completa y absolutamente deshecha.
—Yo no —confesó McCarty, sonriéndole con la expresión posesiva del conquistador—. ¿Qué tal tu hombro?
—¿Cómo se te ocurre preguntar? Mi hombro está bien, creo, pero como ahora mismo me encuentro como si flotara, te lo diré cuando regrese al plano mortal.
—¿Te he dado placer? —le preguntó, entrelazando los dedos con los suyos—. ¿Era esto lo que querías?
—Esto era lo que necesitaba —contestó ella en voz baja, mientras él comenzaba a moverse de nuevo en su interior, con sumo cuidado—. Esto era lo que necesitaba como agua de mayo.
—Rosalie... mañana cuando te vayas...
—¿Sí? —Cerró los ojos, impidiendo así que pudiera leerle los pensamientos.
McCarty posó la mejilla contra la suya y le apretó los dedos con fuerza, ansioso por estar en contacto con ella de todos los modos posibles.
—Mañana cuando te vayas y yo no esté contigo, esto formará parte de nosotros —dijo él, girando la cabeza para besarle la suya y apoyando la suya en la de ella de nuevo, acto seguido.
—No entiendo lo que quieres decir.
—Que estaré pensando en ti —le aclaró McCarty—, y tú estarás pensando en mí, y en el placer que hemos compartido. Es bueno. Es la única palabra que se me ocurre. Dichoso, placentero, hermoso de alguna manera, aunque no pueda ser nada más. Quería que supieras cómo me siento.
—Emmett Tristan Montmorency Cullen, ¿no te da vergüenza? Cuando te pones poético me haces llorar —lo riñó ella, apretándose contra él con los ojos arrasados en lágrimas.
McCarty le enjugó las lágrimas con besos esa vez y casi consiguió que olvidara la pena con sus caricias. La hizo gritar de placer una y otra vez. La última culminó con ella, un potente clímax que estalló dentro de él, haciendo que sintiera como si flotara hasta que empezó a notar sueño.
Se ocupó de limpiarlos a ambos y después se quedó de pie junto a la cama, mirándola dormir de costado, desnuda. Era hora de irse, y lo sabía, pero todavía quedaban horas para que amaneciera.
—No te vayas. —Rosalie abrió los ojos y lo miró—. Vamos a estar separados mucho tiempo. Quedémonos juntos un ratito más.
Él asintió y se tumbó de lado en la cama, con ella, su torso contra su espalda, rodeándole la cintura con un brazo. Lo de esa noche había sido puro arrebato egoísta, pero guardaría aquel recuerdo para siempre, y confiaba en que Rosalie hiciera lo mismo.
Le hizo el amor una vez más, despacio, con dulzura, justo antes de que amaneciera, y después se fue.
Rosalie durmió hasta tarde, lo que fue un alivio para ella, porque McCarty le había dicho que estaría todo el día en Willow Bend. Ed y Jas habían salido a montar, de modo que desayunó sola. Le molestaba un poco el hombro y tardó más en recoger sus cosas de lo que había creído en un principio. Cuando quiso darse cuenta, la estaban llamando para comer en el jardín de atrás.
—Tienes buen aspecto —comentó Jas—. Si no supiera que todavía te estás recuperando de una herida de bala, pensaría que estás contenta.
—Te lo agradezco —dijo ella, sonriendo—. He dormido muy bien.
Por primera vez desde hacía semanas, a decir verdad.
—Pues yo no he dormido bien —explicó Ed, sentándose a la mesa y sirviéndose a continuación de la jarra de limonada—. Nos hace falta otra tormenta.
—Eso me recuerda algo. —Rosalie buscó la mirada del joven—. ¿Kate sigue teniendo miedo de las tormentas?
—Sí —respondió él, reclinándose en la silla—. Cree que se debe a que el día en que murieron tus padres y ella se quedó atrapada en el coche, llovió toda la tarde. La asociación de ideas sigue martirizándola, pero por lo menos ya no le duelen los oídos.
Jas y Rosalie se miraron sorprendidos, pero Ed no pareció darse cuenta mientras comía su filete.
Jas devolvió la atención de nuevo a su plato.
—¿Estás preparada para irte a la mansión ducal, Rosalie?
—Todo lo preparada que se puede esperar —respondió ella. De repente, el filete dejó de parecerle apetecible.
—¿Quieres que te lo corte? —preguntó Jasper, señalando con la cabeza su plato—. He sufrido algún que otro tirón en un hombro o caídas tontas de un caballo nervioso y sé que las cosas más simples pueden resultar incómodas.
—Es que no he recuperado el apetito por completo —mintió Rosalie, mirando el filete con recelo—. Y creo que estoy cansada. ¿Os importa que duerma una pequeña siesta antes de irnos?
Abandonó la terraza antes de que los dos hermanos pudieran levantarse. Ambos se miraron con el cejo fruncido.
—Nos ofrecimos a ayudarlo como fuera —dijo Jasper, alzando su vaso—. Creo que esto va mucho más allá de la devoción fraternal.
—Nuestro hermano hace lo que cree que es correcto —planteó Ed—. Pero yo ya estoy harto de nuestro asiento de primera fila, Jas. La tragedia nunca ha sido lo mío.
—Ni la farsa lo mío.
No lo vio en toda una semana.
Pasó el tiempo dormitando, probándose los vestidos nuevos que acababan de hacerle, conociendo a las hijas del duque y con su abuela, recién llegada del norte. Con gran alivio, Rosalie comprobó que se encontraba mucho mejor de lo que cabía esperar.
—Los efectos de la apoplejía tardaron un año largo en empezar a suavizarse. Pero Biers no quería convencerse de que estaba mucho mejor. No quería dejarme salir de la propiedad, aunque sí podía mantener correspondencia, como ya sabes.
—Tenemos que dar gracias a Dios por los leales dueños de esa casa de postas.
—Y por los jóvenes nobles —comentó la abuela—. El coche que me ha traído hasta aquí es el vehículo más elegante que he visto en mi vida, Rosalie. ¿Y cuándo dices que voy a conocer a ese conde tuyo?
—No es mío —replicó ella, negando con la cabeza. Se levantó y se dirigió hacia la ventana, repentinamente fascinada por la vista—. Trabajaba para él y es un caballero, como sus hermanos, que acudieron en mi ayuda.
—Y atractivo —comentó la abuela inocentemente.
—¿Lo conoces?
—Kate y yo nos los encontramos con su hermano menor cuando ayer fuimos a dar un paseo por el parque. Dos truhanes muy atractivos. En mis tiempos, no perderíamos de vista a dos jóvenes como ellos.
—No estamos en tus tiempos, pero como eres viuda, no es necesario que te reprimas por mí.
—Tu querido abuelo me dio permiso para que volviera a casarme, ¿lo sabías? —dijo la mujer con un ojo puesto en una bandeja de dulces—. En aquel momento le dije que jamás podría amar a otro, y así es. Nunca podré amar a otro de la forma en que lo amé a él.
—¿Pero? —Rosalie la miró con curiosidad, expectante.
—Pero él me conocía mejor que yo a mí misma. La vida es corta, Rosalie James, pero puede ser larga y corta al mismo tiempo cuando uno está solo. Creo que ahí radicaba, en parte, el problema de tu hermano.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, reticente a señalarle a su abuela el uso prematuro del tiempo verbal pasado.
—Se encontraba demasiado solo en Yorkshire —respondió la anciana, mordiendo una chocolatina—. El único chico y criado por un anciano; demasiado aislado. Si se manda a los jóvenes a estudiar fuera a una edad temprana es por una razón: juntar a esos bárbaros para ver si entre todos se civilizan un poco.
—A McCarty no lo enviaron fuera hasta los catorce años —explicó Rosalie—. Y es bastante civilizado, igual que sus hermanos.
—Civilizado, bien parecido, acaudalado, con título. —La abuela levantó la vista—. ¿Qué demonios es lo que no te gusta?
Rosalie atravesó la estancia.
—¿Y si yo dijera que me gusta y que viviríamos aquí, a más de trescientos kilómetros de Rosecroft? ¿Cuándo ibas a ver a tus bisnietos? ¿Cuándo podrías repetir un viaje como éste si no podemos poner a tu disposición un carruaje ducal para que viajes en él?
—Mi querida niña —dijo la mujer, mirándola—. Yorkshire es un lugar frío, gris y solitario la mayor parte del año. Es una zona inadecuada para cultivar flores y, si no fuera por la residencia familiar, tu abuelo y yo nos habríamos mudado a Devon hace mucho. Anda, cómete un dulce, que te hace falta.
Rosalie cogió un trocito de mazapán con forma de melón y le sonrió a su abuela con gesto animoso. Pero a continuación miró el mazapán, prorrumpió en lágrimas y salió corriendo de la habitación.
—Rosalie. —McCarty le cogió ambas manos con las suyas y le dio un beso en la mejilla—. ¿Cómo estás? Tienes buen aspecto, aunque pareces un poco cansada.
—Mi abuela es agotadora —contestó con sonrisa algo forzada—. Me alegro de volver a verte.
—Y yo —convino él, reticente a soltarle las manos—. Pero traigo malas noticias.
—¿Referentes a mi hermano?
Él asintió, buscándole los ojos.
—Falleció anoche, pero te dejó un último regalo —explicó, conduciéndola al asiento de la ventana—. Escribió una confesión. King y él están implicados en todo tipo de delitos, entre los que se incluyen incendio intencionado, negligencia, agresión, asociación delictiva y más. A King lo colgarán o lo deportarán a una colonia penal si no huye antes, porque las confesiones en el lecho de muerte son admisibles como prueba.
—Mi hermano está muerto —repitió Rosalie en voz alta—. Quiero estar triste, pero no me sale.
—Negó con firmeza que quisiera dispararte. Jas estuvo con él y, aunque dijo que consideró la posibilidad de matarte por dinero, no fue capaz de hacerlo. Insistió en que la pistola se le disparó accidentalmente.
—¿Y Jas? —preguntó ella con desazón—. ¿Presentará cargos? ¿Se encuentra bien?
—Muy propio de ti pensar en St. Just. Pero, Rosalie, el título de vuestra familia ha quedado en suspenso, es decir, en espera de dueño legítimo. Podríais perder Rosecroft.
—Jas sirvió en la guerra de independencia española durante casi ocho años —contestó Rosalie—. Ha llevado a dos pares del reino ante la justicia por actos delictivos. Que se quede él con la mansión. La abuela me estaba diciendo que es un lugar malo para cultivar flores, aunque eso no quita para que sea un lugar bonito y tranquilo. A los caballos les gustaría.
—¿Y tú dónde vivirás? Creía que ibas a aceptar los deseos de tu familia y regresar a Yorkshire.
—Mi familia —repitió ella, apretando los labios en una delgada línea—. Kate coquetea con todo lo que se mueve y, de repente, la abuela está cansada de los inviernos del norte. Estoy emparentada con un par de desvergonzadas.
—Pero hasta las desvergonzadas tendrán que vivir en algún sitio.
—¿Me venderías Willow Bend? —le preguntó, tan sorprendida al decirlo como él al oírlo. Fue como si se le acabara de ocurrir.
«Te la regalaría», quería decir, pero habría sido totalmente inapropiado.
—Lo haré si de verdad la quieres. Los establos están terminados, y la casa está lista para entrar a vivir.
—A mí me gusta —reconoció Rosalie—. En realidad me encanta, y también me gustan los vecinos. Tiene el tamaño suficiente para albergar varios invernaderos y hasta un huerto de naranjos.
—Les diré a mis abogados que preparen la documentación, pero, Rosalie...
—¿Hum?
—Sabes que te la regalaría —confesó, pese a que pudiera resultarle insultante.
Ella lo rechazó de plano con un gesto de la mano.
—Eres demasiado generoso, y te lo agradezco, pero no. Asegúrame que St. Just no está abatido por lo sucedido. Le ha quitado la vida a un hombre y eso no puede ser fácil, ni siquiera para un soldado.
—Sobrevivirá, Rosalie. Ed y yo cuidaremos de él. Además, no podía dejar que tu hermano te lastimara. Ese hombre consideró seriamente la posibilidad de asesinarte, aunque no llegara a hacerlo.
—Jas lo sabía —murmuró ella, frunciendo el cejo—, y yo también sabía que Biers no estaba bien. Algo en él se quebró, algo en el sentido moral o racional. Ya sé que es horrible que lo diga, pero me alegro de que haya muerto.
—No es horrible. Los motivos eran diferentes, pero yo también me alegré de que Victor muriera —dijo McCarty. Deseaba abrazarla, ofrecerle al menos el consuelo de su abrazo, pero no era lo que ella buscaba—. ¿Te apetece dar un paseo por los jardines?
—Claro —aceptó Rosalie, sonriendo, pero a él le pareció una sonrisa forzada, una expresión más de alivio que de agrado. Una vez estuvieron a suficiente distancia de la casa, se detuvo y la observó detenidamente.
—No duermes bien —concluyó. Y él tampoco—. Y parece que has perdido peso. No me digas que es por el calor.
—Tú tampoco tienes buen aspecto. Y también has perdido peso.
«Te echo mucho de menos.»
—¿Mis padres no te tratan bien? —le preguntó, reanudando el paseo.
—Son un encanto, y sabías que se portarían bien con nosotras, o no nos habrías traído aquí. Tu padre me agrada especialmente.
—¿De verdad? Estamos hablando del duque de Moreland, ¿verdad?
—Sí, aunque éste no ha hecho mucho acto de presencia últimamente. A quien yo he conocido ha sido a un hombre de cierta edad que se parece al conde de McCarty. Le encanta contarme historias sobre sus hijos, adora a su esposa y está muy orgulloso de ti.
—Yo también lo he conocido, hace poco en realidad. Un hombre encantador.
—Deberías pasar más tiempo con él —dijo Rosalie—. Es dolorosamente consciente de que se mostró muy crítico y antagónico con Bart y con Victor, pero lo único que desea es que sus hijos sean felices.
—¿Antagónico? No lo había pensado de esa manera.
—Pues deberías —repuso ella, deteniéndose a oler una rosa con los ojos cerrados—. Tienes hermanos, no puede ser tan diferente con los hijos.
«Dime algo, Rosalie —rogó él en silencio mientras la observaba acariciar los pétalos—. Dime que podría tener un hijo, que podríamos tener un hijo, una hija, un bebé, un futuro. Algo.»
—¿Cuándo podría mudarme a Willow Bend? —preguntó ella, forzando una resplandeciente sonrisa.
—Mañana —le contestó, parpadeando varias veces seguidas—. Confío en tu capacidad para completar la venta. La casa estará mucho mejor si hay alguien viviendo en ella. Me gustará pensar que eres tú quien vive allí.
Rosalie se tambaleó un poco, pero él la sujetó con fuerza del brazo, evitando así que se cayera.
—Ya he abusado de la amabilidad de los Cullen demasiado —se lamentó ella con serenidad—. Y sé que a Kate y a la abuela les gustaría instalarse en un lugar más definitivo.
—Rosalie. —Se detuvo de nuevo, consciente de que tenían que volver en seguida a la casa y de que ella tenía intención de mudarse a Surrey, recuperar las riendas de su vida y salir para siempre de la de él.
»¿Cómo te encuentras? Pero de verdad.
Su falsa sonrisa se quebró.
—Voy tirando —contestó, mirando los arriates de flores—. A veces, me despierto y no sé dónde estoy. Creo que tengo que ocuparme de prepararte la limonada o me pregunto si estarás paseando con Pericles por el parque, y entonces me doy cuenta de que ya no soy tu ama de llaves. Que ya no soy nada tuyo, y que el futuro no es más que un profundo agujero negro y desconocido que tendré que llenar ¿con qué? ¿Flores?
Le sonrió, pero él no pudo soportarlo y la estrechó contra su pecho.
—Si necesitas algo —le dijo, abrazándola fuerte—, lo que sea, Rosalie James, no tienes más que hacérmelo saber.
Ella no contestó nada. Se aferró a él con desesperación un momento más y, finalmente, retrocedió un paso y asintió con la cabeza.
—Dame tu palabra, Rosalie James —le ordenó él con severidad.
—Te doy mi palabra —obedeció, con una sonrisa trémula, pero sincera esta vez—. Te avisaré si tengo cualquier problema.
La severidad desapareció del tono y la pose de McCarty, que le ofreció gentilmente su brazo de nuevo. Terminaron el paseo en silencio, sin percatarse de que el duque los observaba desde la terraza. Cuando la duquesa se reunió con él, su marido la rodeó por la cintura.
—Esme —dijo, besándole cariñosamente la coronilla—. Creo que ya estoy totalmente recuperado.
—Es asombroso —ironizó ella—, dado que ni posees estudios médicos ni dotes de adivinación.
—Cierto —aseveró él repitiendo la caricia—. Pero hay dos detalles que me indican que vuelvo a estar sano como un roble.
—¿Qué detalles? —preguntó la duquesa, observando a su hijo, que se despedía de Rosalie James en ese mismo instante.
El duque frunció el cejo al ver que McCarty se alejaba de ella.
—El primero es una necesidad casi irresistible de entrometerme en los asuntos de ese chico. Jasper y Edward me obligaron el otro día a tomar un té y, por una vez, los tres estábamos de acuerdo en algo.
—Ya era hora.
—¿Te parece muy mal que me inmiscuya un poco? —le preguntó con cierto recelo.
—Yo misma los ahogaría a los dos —contestó la mujer con un suspiro, apoyándose en su marido—. Y sospecho que esa joven está embarazada y ni siquiera lo sabe.
—St. Just opina igual. Ed y él prácticamente me han preguntado que qué pensaba hacer al respeto.
—Ya se te ocurrirá algo. Yo confío en ti, Carlisle.
—Me alegra saberlo.
—¿Cuál es la segunda prueba que confirma que estás bien de salud?
—Vamos arriba, amor mío y te lo explicaré con todo lujo de detalles.
—He venido a instancias de mi duquesa —declaró el duque de Moreland.
—Su excelencia siempre será bienvenido —dijo Rosalie—. Estoy segura de que la abuela y Kate lamentarán mucho haberse perdido la visita.
—Entiendo que han conocido a ese sinvergüenza de Heathgate —comentó su excelencia, negando con la cabeza—. Podría contarte muchas cosas sobre él que te pondrían los pelos de punta, muchacha. Su hermano no es mejor que él, pero confío en que no dejes que me distraiga de mi objetivo hablándote de Amery.
—Y adora a su nieta —arguyó ella—. Pero tome otro pastelillo de crema, excelencia, y cuénteme cómo está la duquesa.
—Estupendamente, como siempre, gracias a mis cuidados —entonó él pomposamente, pero a continuación le guiñó un ojo y cogió un pastelito—. Pero si le cuentas que me he comido tres pasteles de éstos me desollará vivo. Está muy bien, en serio, igual que las chicas. No puedo decir lo mismo de nuestro querido McCarty. Ese muchacho está para el arrastre. Si no fuera por sus hermanos, lo obligaría a que se mudara de nuevo a la mansión.
—¿Para el arrastre? —Rosalie sintió que se le revolvía el pastelillo que se acababa de comer.
—Como te lo digo —insistió el duque, masticando con entusiasmo—. En su casa no hay orden de ningún tipo. La vieja Fran hace lo que le viene en gana y ya sabes que no puede salir nada bueno de eso. Quil amenaza con dimitir, St. Just ha vuelto a beber y se pasa el día rumiando, y Edward se esconde de sus hermanos en la sala de música.
—Lamento escucharlo. Pero ¿qué le ocurre al conde? ¿Qué tal se encuentra?
—Se le olvida comer —contestó el hombre con un suspiro—. Eso no lo ha heredado de mí. Monta a caballo a diario, pero aparte de eso, lo único que hace es trabajar y trabajar. Cualquiera diría que es un ciudadano vulgar y corriente, a juzgar por la forma en que se empeña en leer cada párrafo y negociar cada precio. Fíjate lo que te digo: como siga así, el próximo que va a sufrir un ataque va a ser él.
—Excelencia —dijo Rosalie muy seriamente—. ¿Y no puede hacer usted nada? Él le respeta más de lo que usted cree.
—Me he reformado —contestó el duque cogiendo otro pastelillo de crema—. Ya no me entrometo en la vida de los demás. He aprendido la lección. McCarty tiene que aprender la suya. Cuando te tenía en la casa parecía que sabía apañárselas, pero, bueno, ahora eso ya da lo mismo. Ya se las apañará. Como te iba diciendo, la duquesa quiere saber qué tal estás —añadió y se levantó para sacudirse las migas mientras le dirigía una de sus aristocráticas miradas.
—Estoy bien —respondió ella, levantándose un poco más despacio.
—No te has desmayado ni nada de eso, ¿verdad? —le preguntó, mirándola con el cejo fruncido—. No le encuentro el sentido. El Señor quiere que la semilla eche raíces en el vientre de una mujer y entonces ella comienza a marchitarse. Puedo comprender que llore y la necesidad constante de dormir, pero el resto... Yo no lo haría de esa forma. Pero no parece que el Todopoderoso necesite mis consejos, igual que les ocurre a mis hijos.
—Estoy bien —repitió Rosalie, que había empezado a sentir como si le zumbaran los oídos.
El duque se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente.
—Me alegra oírlo, querida —dijo, dándole unas palmaditas en el brazo—. McCarty se alegrará también, espero.
—¿McCarty?
—El conde —aclaró el duque con los ojos brillantes—. Un hombre atractivo, aunque un poco serio. Lo ha heredado de su madre. Y también un poco solitario. Creo que lo conoces.
—Lo conozco, sí —repuso ella, asintiendo con la cabeza. Se percató entonces de que ya habían llegado al vestíbulo de entrada—. Que tenga un buen viaje, excelencia. Dele recuerdos a la familia.
Él asintió y partió hacia su siguiente objetivo con una sonrisa.
—No tiene buen aspecto —señaló el duque, negando con la cabeza—. Tu madre estaba preocupada y me envió a verla, McCarty. Y te aseguro que últimamente no me deja ni a sol ni a sombra, como ya sabes.
—¿Y dice que se la ve pálida?
—En su estado, a veces están un poco demacradas durante los primeros meses, pero después florecen. El pelo, la piel, los ojos... A ella no le está pasando. No come bien y parece cansada.
—Le agradezco mucho que me lo cuente —dijo, frunciendo el cejo—, pero no sé qué puedo hacer yo. Ella no me ha pedido ayuda.
Su padre se levantó y cogió un trozo de mazapán.
—Creo que no es totalmente consciente de lo que le pasa, hijo. Creció sin madre. Probablemente piense que se debe a la tensión sufrida por haber perdido a ese despreciable hermano suyo. Me parece que comprenderás que será necesario que tengas una charla sincera con ella si no quieres que tu hijo sea un milagro de seis meses.
»Un milagro de seis meses, como estuvo a punto de serlo tu hermano Bart —continuó el duque—. Al final fue un milagro de ocho meses, que como desliz es más excusable.
—¿Que fue qué? —preguntó McCarty aún con el cejo fruncido y aún preguntándose sobre el porqué de las revelaciones de su padre respecto a los problemas de salud de Rosalie.
—Un milagro de ocho meses —repitió el duque, asintiendo con conocimiento de causa—. Pregúntale a cualquiera que sea padre y te dirá que la gestación completa de un bebé son nueve meses, puede que algo más con el primer hijo. Bart se adelantó un poco, porque la duquesa no podía aguantar más sus ganas de estar conmigo.
—¿Que la duquesa no podía aguantar...? —McCarty sintió que se le ponían las orejas rojas al comprender lo que quería decir su padre.
—Es la base de cualquier matrimonio —sentenció éste alegremente—. ¿Qué? ¿No creerás que yo he sido el único responsable de mis diez hijos? Tienes mucho que aprender, hijo. Mucho. Y ahora... —hizo una pausa con la mano en el pomo de la puerta—, ¿cuándo empieza a trabajar tu nueva ama de llaves?
—¿Mi nueva ama de llaves?
—Sí, tu madre quiere saberlo y quiere inspeccionarla. No puedes dejar que la vieja Fran siga tiranizando a tus pobres lacayos.
—Todavía no he contratado a nadie.
—Pues más vale que lo hagas —le aconsejó, echando un vistazo a su alrededor con gesto de desaprobación—. Tu casa está perdiendo lustre, McCarty. Si pretendes reanudar tus maniobras de cortejo en el otoño, tendrás que hacerte cargo de la situación, poner buena cara y todo eso.
—Lo haré —accedió él, acompañando al duque hasta la puerta—. Le agradezco que haya venido a verme, excelencia.
Se quedó mudo de sorpresa cuando su padre lo abrazó.
—Un placer —dijo con una sonrisa resplandeciente—, y para tu madre habrá sido un alivio librarse de mi irresistible persona durante una o dos horas. Por favor, no dejes que a esa vieja que tienes en la cocina se le suba la situación a la cabeza.
—Le haré llegar sus halagos —dijo McCarty con una sonrisa, mirando cómo su padre bajaba trotando los escalones de la entrada como si tuviera un tercio de su verdadera edad.
—¿Era ése nuestro estimado progenitor? —preguntó Jas, apareciendo por la entrada trasera de la casa.
—Así es. Si hubiera sabido que estabas en casa, le habría pedido que esperase.
—No te preocupes. ¿Tenía algo importante que contar?
—Rosalie no se encuentra muy bien de salud —contestó, preguntándose cuándo había dejado de ser el hombre discreto de siempre.
—¿Y eso? —Jasper enarcó una ceja—. Vamos a la biblioteca, hermanito. Cuéntanos al decantador y a mí de qué se trata.
—Yo prefiero no beber alcohol —objetó él, siguiéndolo a la biblioteca—, pero tal vez sí me beba un vaso de limonada con mucho azúcar.
—Entonces, ¿el duque ha ido a ver a Rosalie y la ha encontrado baja de moral?
—Me ha dicho que no le ha parecido que tuviera buena salud. Estaba pálida, ojerosa, cansada...
—Igual que tú —observó Jas, removiéndole la limonada.
—Yo estoy ocupado. Igual que tú liquidando los establos de Fairly.
—Y coqueteando con sus chicas —añadió su hermanastro con una sonrisa de oreja a oreja—. Son muy dulces todas, McCarty. ¿Y te ha dicho el duque que ha visto que Rosalie se comportaba como si estuviera acondicionando el nido, por decirlo de alguna manera?
—¿Y qué sabes tú de acondicionar nidos?
—Me gano la vida criando caballos —le recordó—. Te puedo decir sin equivocarme si una yegua está preñada, porque se les pone una mirada soñadora, enigmática y misteriosa. Serena, pero complacida consigo misma. Creo que te espera un feliz acontecimiento.
—Yo también lo creo —convino él—. Pásame el decantador.
Jas hizo lo que le pedía y lo observó servirse un dedo de whisky en la limonada.
—La semana pasada te prometí que no dejaría que te emborracharas en los próximos diez años.
—Inténtalo —lo retó McCarty, empujando la botella hacia él—. No se emborracha uno con un cóctel.
—Una forma muy educada de decirlo —observó Jas, aceptando el decantador—. ¿Y cómo vas a asegurarte de que mi sobrina o sobrino no sea un hijo bastardo, McCarty? Por muy heredero que seas, estoy dispuesto a darte una paliza como no hagas lo correcto.
Él sorbió su bebida.
—El problema no es que no desee hacer lo que correcto, como tú dices. El problema es que ahora le toca a Rosalie pedirme que me case con ella.
