Esta carne se cocina a fuego lento. Espero no aburrirlxs, gracias por su paciencia. Habrá más acción en el capítulo 3.
Además, intentaré ser regular y actualizar cada semana. Lo intentaré con todas mis fuerzas!
Y muchas gracias a quienes dejaron reviews en el primer capítulo. Me han hecho sonreir. Salud!
Capítulo 2
Todas las chozas se encontraban preparadas y adornados todos los espacios comunes para recibir los festejos que empezarían hoy en la noche y durarían tres días. Korra se había asegurado bajo la supervisión estricta de Katara que el altar fuera perfecto: flores, agua fresca y las mejores frutas de temporada.
Era medio día y el sol era implacable. Cualquier sombra era aprovechada, y por este motivo nadie notó el dirigible que se aproximaba a toda velocidad hacia la isla. Hasta que el choque y la explosión que le siguió hizo retumbar la tierra. El asombro se apoderó de la tribu, y todos sus miembros buscaban en vano el orígen de aquel inusual ruido.
Katara salió de su choza, atrayendo todas las miradas en busca de una explicación. Sin embargo nadie se atrevió a interrumpir el profundo pensamiento en el que la anciana se encontraba sumida mientras miraba hacia el cielo. Korra se acercó, y sin mayor formalidad soltó la pregunta.
-Katara, qué ha sido eso? No recuerdo que lo hayas pronosticado.-
Si cualquier otra persona se hubiera dirigido a la anciana en ese tono tan despreocupado, seguramente se hubiera ganado un bastonazo en la cabeza. Pero no Korra, la sabia maestra se había aburrido de corregirla cada vez y temía que si seguía haciéndolo le abollaría la cabeza a la joven. Al final, ya era de conocimiento público que Korra era su consentida.
A pesar de eso, y notando su error, Korra se corrigió. -Disculpe maestra Katara. La conmoción me ha hecho olvidar mis modales. Queremos escuchar su opinión. Es una señal?-
-No, no es una señal. Y no lo he pronosticado por que sea lo que sea, no proviene de las estrellas- Aguzó la anciana su vista y distinguió una delgada columna de humo- Allá- señaló.
Korra no perdió tiempo, hizo una corta reverencia a la anciana y se volteó buscado a Kuvira entre la multitud. Kuvira era su mano derecha. Leal, fuerte y valiente, Korra el confiaba su propia vida en combate. No tuvo que decir nada cuando sus miradas se encontraron. Kuvira sólo asintió y alzó su voz por encima del murmullo. -Tropa!- gruñó, y eso fué suficiente. Diez se adelantaron, saludaron a su comandante con el puño sobre el vientre e hicieron una profunda reverencia hacia Korra y Katara.
Salieron en dirección este, desde dónde provenía el humo. Korra encabezaba la expedición junto a Kuvira pero Katara la detuvo. A regañadientes se devolvió dejando todo a cargo de su confiable comandante.
Al notar su frustración, Katara tomo a Korra de los hombros.- Sé que quieres ir, pero esa expedición tardará toda la tarde y toda la noche en ir y volver, y no puedes dejar a la tribu sin su líder y sin su comandante al mismo tiempo, y menos en víspera del festejo-. Korra hizo una mueca- Ni siquiera voy a participar en el festejo, - rezongó- y no es como si no pudieran arreglarlo todo sin mí-. La anciana suspiró. Korra resopló con amargura hasta que un fuerte bastonazo la sacó de aquel estado mental. -Ouuuch!- Se quejó la joven. -La prudencia es una virtud valiosa para una líder- y con eso la anciana se volvió a su choza a resguardarse del sol.
La expedición avanzaba entre la maleza, soportando el bochorno que provocaba la combinación del calor y la humedad del ambiente. La isla era relativamente segura dentro de los amplios límites de la tribu, pero por su extensión era imposible vigilar todos los rincones y evitar la incursión de pequeños grupos de bandidos. Era necesario estar alertas todo el tiempo. De once que marchaban, cinco iban con arco y flecha y cinco con lanza larga, mientras Kuvira se conformaba con su inseparable hacha de doble filo ceñida al cinto.
Camiraron incansablemente durante cinco horas, y aunque sabían que no podrían participar de la primera noche del festejo, nadie se quejó. La lealtad que sentían por Kuvira era la misma que Kuvira sentía por Korra. Al cabo de unas cuantas vueltas por el lugar encontraron el punto exacto del choque. Un armatoste ardía lentamente, la mayoría ya había sido consumido por el fuego. El hedor era espantoso, Kuvira nunca había olido algo así, nada que hubiera quemado antes olía igual. Entre los escombros encontraron un par de cadáveres incinerados e irreconocibles. Y unos metros más allá, lejos del fuego, en una posición incómoda sobre unos helechos, yacía una mujer.
Estaba llena de raspones, moretes y cortaduras, pero respiraba. Cuando quisieron posarla sobre el suelo notaron que su brazo derecho estaba retorcido en una forma grotesca. Lo acomodaron lo mejor que pudieron y fabricaron una camilla para transportar a la única sobreviviente.
Kuvira buscó entre los escombros algún trozo particular para hacerlo inspeccionar por Katara. Al cabo de una breve búsqueda divisó un pequeño objeto redondo y aplanado, como una piedra de río. La tomó y limpió el ollín de su superficie. Era transparente por una de sus caras, y en su interior se balanceaba una aguja. Se dió por satisfecha con lo hallado y lo guardó entre sus ropas.
El sol ya se había puesto y les quedaban aún cinco horas por andar. Sin perder tiempo se pusieron en marcha, acampar no era buena idea en un lugar tan alejado de la tribu y tan cercano a la costa este de la isla. Además, el olor era insoportable.
N.A.: La leyenda de Korra, pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.
